¿Qué pasa si no quiero amor?
Soy una mujer exitosa y dedicada. A mi edad he logrado lo que muchos ni siquiera sueñan con alcanzar y todo es gracias a mi disciplina y esfuerzo.
Todo el mundo pretende opinar sobre mi forma de ser o vivir, haciendo preguntas fuera de lugar e incomodándome.
¿Para cuándo el novio?
¿No piensas empezar una relación seria?
¿Cuándo te vas a casar?
¿Vas a tener hijos?
¿Tanto trabajo no te hace mal?
Como esas, mil estupideces más. Odio que crean que tienen algún efecto o control sobre mí. Simplemente soy feliz así, como vivo, como pienso y como soy. Eso nadie lo va a cambiar.
Si las preguntas te parecen poco, los comentarios que soporto a diario, por parte de mujeres que viven bajo los escombros de un hogar desgastado por la monotonía y los años, serán peores.
"Tienes que sentar cabeza. Tienes que pensar en algo más que trabajo y dinero. Debes apresurarte en conformar una familia. Te estás quedando atrás. Tienes que ser feliz. Tienes que vivir".
No entienden que así me siento bien. En mi vida el amor no cabe, pero de todas formas ¿Quién les ha pedido su opinión al respecto?
Tengo dinero, fama y éxito ¿Qué más puedo pedir? Nada, porque no necesito nada más.
Estoy enfocada en mi trabajo que, para mí, es lo más importante. No tengo tiempo para distracciones sin sentido. A mi corta edad soy reconocida y admirada, respetada y valorada donde quiera que ponga un pie, porque pocos son los que a sus 27 años han alcanzado mis méritos. No necesito nada más.
Soy una prestigiosa abogada en uno de los bufetes más importantes de todo New York y amo mi profesión. La practico con profesionalidad y transparencia. Por ello es que me va tan bien en este mundillo de los negocios, he roto el molde y me he abierto una brecha importante entre tantos que han querido obtener mi puesto, quedándome justo donde siempre quise estar. En la cima.
Por eso me siento plena y feliz, sin necesidad de trivialidades.
Mi nombre es Virginia Lackander y esta es mi historia.
Virginia
-Deberíamos repetir.
Escucho a mis espaldas esa voz proveniente de un hombre. Un hombre que no sabe quién soy. Se oye algo grave su tono, seguro es porque acaba de despertar, o la resaca ¿Quién sabe?
Lo miro con aburrimiento recogiendo mis tacones del suelo. Prosigo buscando mi falda por la oscura habitación de hotel. La veo junto a la puerta del baño y ruedo los ojos antes de arrastrar la sábana que envuelve mi cuerpo hasta allí. Me la coloco lo más rápido que puedo y sigo con mis tacones, primero uno y luego otro.
Voy hacia el tocador en el pequeño baño y me retoco un poco el maquillaje. Miro por el rabillo del ojo mi celular, son las 5:00 de la mañana. Una noche perdida en vano. Menos mal que mañana no tengo que trabajar, es mi día libre. Uno de los pocos que puedo obtener en el bufete.
-¿Ya te vas? -escucho al hombre tirado en la cama y ruedo mis ojos con hastío.
-Sí -respondo cortante, terminando de abrochar mi blusa.
Detesto cuando se creen que por una noche de locura tienen algún derecho a dormir conmigo.
¿Acaso no son hombres? El sexo fuerte. Los que te usan y te abandonan. No he tenido la suerte de encontrarme con uno así, que verdaderamente se limite a solo sexo y ya.
No puedo negar que es guapo, si no, no me hubiera fijado en él, pero lo cierto es que no fue lo que esperaba.
Termino de recoger mis cosas y salo de la habitación sin mirar atrás. Mi teléfono se ilumina en mi mano con la llegada de un nuevo mensaje de texto.
Desconocido:
Llámame para repetir, chiquita.
Ruedo nuevamente mis ojos. A veces temo que se queden chuecos de tanto girarlos, es un gesto que no puedo desechar. Ignoro el mensaje de "Nimeacuerdoelnombre" y tomo el ascensor hasta el parqueadero.
¿En qué momento le di mi número?
Al fin el ascensor llega abajo y camino hacia la garita, donde se encuentra el señor encargado de vigilar el estacionamiento, para recoger mis llaves y largarme a descansar.
El guardia está dormido, lo que provoca que ría un poco. Toco el cristal un par de veces y el señor se despierta asustado, arreglando su gorra para pretender que no estaba dormido.
-Buenas, las de 800, por favor -le dedico una risa divertida señalando mis llaves tras su espalda.-Gracias.
Tomo las llaves y lo miro por última vez. Se ve bastante mayor y tiene un cuerpo redondo que le da un aire bastante tierno. Los ancianos no deberían trabajar turnos de noche, y no porque crea que no estén capacitados para ello, sino porque los abuelitos deberían estar en las casas recibiendo mucho amor de sus nietos, sin hacer nada más que dar un poco de cariño a cambio. Pero supongo que la vida no es justa, ni equitativa para todos.
Camino hacia mi Audi, no sin antes desearle una buena jornada al señor. El sonido del desbloqueo del seguro me hace suspirar. Este en mi bebé, mi único y gran amor. Es el mejor gusto que decidí darme. Subo al asiento del conductor aspirando el dulce aroma de mi perfume, ligado al olor de la gasolina. Al menos ya no huelo a hombre. Me abrocho el cinturón de seguridad y pongo el auto en marcha hacia mi depa en el centro.
A esta hora las carreteras están un poco vacías, bueno casi desiertas. Para nada se compara con el tráfico habitual de New York, eso es algo que no me gusta de esta ciudad. Enciendo la radio para entretenerme y evitar dormirme en el trayecto a casa. Manejo con cuidado, después de unos largos y tediosos 20 minutos llego. Aparco en mi lugar de siempre y pongo los seguros. No es un lugar donde prime la delincuencia, pero nunca está de más ser precavidos. Por si acaso.
Camino casi a rastras hacia la recepción y el señor Benítez me recibe con una gran sonrisa. Es un señor mayor con un bigote blanco muy gracioso. Lo conozco hace como ¿Cinco años...? Ni idea de cuándo, pero casualmente me mudé el mismo día que comenzó a trabajar. Vino desde México, junto a su hijo que estudia en una universidad fuera del estado, generalmente está solo, por lo que pasa la mayoría del tiempo aquí trabajando, lo que ha hecho que nos hagamos muy amigos.
No sé cuánto tiempo llevo viviendo aquí, mi vida pasa a cámara rápida, casi siempre. Soy una mujer bastante ocupada, así que no tengo mucho tiempo extra. El poco receso que tengo lo empleo en satisfacer mis necesidades, ya sea yendo de compras, a comer fuera, algún que otro viaje flash o teniendo sexo ocasional con hombres que no volveré a ver.
-Hola, mi niña - me saluda alegre con un dejo de complicidad en su tono. Él sabe cómo soy y agradezco que no me juzgue o haga preguntas salidas de contexto. Siempre ha sido como un padre para mí. El padre que no tuve tan presente, tal vez por eso nos llevamos tan bien.
-Hola, Jorge -saludo amable ofreciendo mi más sincera, pero cansada, sonrisa -iré a descansar, que tengas buena noche.
-En realidad ya casi amanece -sonríe con picardía.
-Ya sabes cómo soy.
Digo en un tono de voz más alto mientras entro al ascensor. Marco el número de mi piso y espero con paciencia, pues vivo en el cuarto piso, mientras tanto me observo en el espejo del ascensor.
Unas pequeñas ojeras adornan mis ojos, estoy un poco despeinada y sin labial, por lo demás mi falda está correcta y mis accesorios bien. No me falta nada. Todo dentro de lo normal.
El sonido de las puertas del ascensor abriéndose me devuelve a la realidad y salgo al pasillo rebuscando en mi bolso en busca de las llaves del apartamento. Llego frente a mi puerta a paso rápido, aún sin encontrar las llaves, muevo mis cosas de un lado a otro buscando.
-Genial - me quejo en voz alta.
Seguramente he dejado las llaves en el carro. Doy varios toquesitos a mi frente a modo de auto regaño y vuelvo por donde vine.
Más distraída, imposible.
-Tonta - digo para mí.
Llego hasta la recepción y Jorge me vuelve a saludar divertido. Me conoce demasiado bien. Lo miro mal y continúo mi camino.
Una vez estando en el aparcamiento puedo distinguir una figura cerca de mi auto. Es un chico y está demasiado cerca de mi bebé.
Me acerco a paso rápido y lo tomo de un brazo con brusquedad. Él se asusta dando un respingo, pero sus ojos no se apartan del coche. Eso me enfurece aún más.
¿Por qué no me ve a la cara?
-¿Se puede saber qué haces cerca de mi coche como si fueras un ladrón? - pregunto molesta.
-¿Qué te asegura que no lo soy? -su voz suena dulce, casi infantil.
Se gira, encarándome y dejándome sin palabras en el proceso. Primero porque en su rostro puedo ver que se trata de un niño, o casi lo es. Segundo, el cabello le cae a ambos lados de su cara, un poco largo y ondulado. Su ceño se ve levemente fruncido, pero a la vez tiene un ápice de diversión en su mirada, lo que me lleva a sus ojos. Tiene un ojo de color azul intenso, pero me detuve a mirar con atención que el otro luce diferente, es azul, pero se tiñe en algunos puntos de verde. Lo observo con demasiada atención, la imagen que muestra es casi impresionante, no sé cómo describirlo, pero tiene una belleza rara y difícil de explicar. La forma tan peculiar de sus facciones que lucen muy masculinas, ligada a lo infantil de su armonía facial hacen que me quede sin palabras.
Proceso la belleza que acabo de admirar.
Levanto mis cejas con diversión y algo de asombro.
-¿Estás bien? - pregunta sacándome de mi trance.
Despierta.
-Perfectamente - carraspeo regañándome por mi momento de debilidad - ¿Qué haces cerca de mi coche?
Esta vez mi tono se suaviza un poco, aunque remarco cada palabra con importancia.
-Me acerqué para echarle un ojo -me dice metiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta. -Luce impresionante... y caro.
-Sí... es impresionante - miro mi bebé haciéndole ojitos y luego lo miro a él con una ceja enarcada - y caro también, así que ten mucho cuidado.
Él levanta las manos como gesto de rendición y sonríe como quien no rompe un plato. Dos hoyuelos se marcan en sus mejillas, lo que me provoca ternura. Quisiera apretujar uno de sus cachetes, pero me contengo, me recuerda a mi sobrina.
¿Qué diablos sucede contigo, Virginia?
-Bueno, ¿Te importa? - dejo caer a ver si decide irse. Él asiente y se aleja.
-Hasta luego... - se queda como pensativo un segundo - ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
-Qué listo eres - ironizo - no te he dicho mi nombre, niño. No te interesa, ya vete.
Vuelve a sonreír, esta vez con algo de malicia. Entrecierro mis ojos en su dirección y me da la espalda finalmente.
Suspiro agotada. Abro el carro y rebusco en los asientos y la guantera en busca de mis llaves.
¿Dónde las habré dejado?
Sigo buscando sin éxito.
-¿Buscabas estas? - me sobresalto del susto y saco la mitad del cuerpo que tenía dentro del auto, para encontrarme nuevamente con la sonrisa de hoyuelos marcados.
Como si pudiera leer mi mente ensancha aún más su sonrisa, dejando ver sus dientes blancos y perfectos. Por otro lado muestra en su mano derecha unas llaves con un colgante de osito. Mis llaves.
-Pero... ¿Qué...? ¿Cómo? - lo miro incrédula - ¿Qué haces con mis llaves?
-Oh ¿Estas? - las mueve, levantándolas en el aire para llamar mi atención - las encontré en el suelo. Justo al lado de ese coche.
Señala mi coche haciendo énfasis en "ese" y lo miro con mala cara. Observo mis llaves y luego a él. No sé si debería creer en semejante coincidencia, pero ¿Cómo las tiene si no era de esa forma?
-Bien, son mías - estiro mi mano, esperando que me las devuelva - Devuélvemelas, niño.
Él no hace absolutamente nada, ni siquiera se mueve un paso. Estiro mi mano para tratar de alcanzarlas y fallo.
Resulta que el nene es un poco más alto que yo, a pesar de estar en tacones. Debería darme vergüenza. Vuelvo a mirar mis llaves, desesperada por irme a descansar, he perdido mucho tiempo. Me distraigo un segundo mirando sus ojos, son tan particulares...
Él carraspea y me hago consciente de la poca distancia que hay entre ambos y me alejo torpemente.
-Necesito mis llaves, niño. Estoy muy cansada - digo aburrida.
-No me digas niño - frunce el ceño. -No lo soy, tengo 21.
-Pft... un niño - digo por lo bajo.
-¿Qué decías? - pregunta burlón.
-Que, por favor, devuelvas mis llaves. Ya deben pasar las 6:00 de la mañana y estoy muerta del cansancio - me quejo.
Me dedica una sonrisa triunfal y me ofrece las llaves. Cuando hago un ademán de tomarlas vuelve a quitarlas de mi alcance, sin más.
¡Qué infantil!
-¿Decías que era un niño? Es que no te escuché muy bien.
-Con ese comportamiento, sí -digo cruzando mis brazos sobre mi pecho, molesta.
Él levanta una ceja y niega repetidas veces. Pero ¿Qué le pasa a este? Si ni siquiera nos conocemos. Por dios.
-Honorable señor – digo frustrada, pero con ironía- necesito que me devuelva mis llaves, por favor y gracias.
-Todas suyas - dice altanero, con una sonrisa amplia y de perfectos dientes.
Tomo las llaves, esta vez sin fallar y cierro un poco más fuerte de lo que debería la puerta del auto. Celebro internamente mi partida hacia mi departamento. Al fin a descansar. No puedo más.
- ¿No me dirás cómo te llamas? - grita el chico a mis espaldas una vez que me he alejado lo suficiente del lugar.
-No te importa - respondo bajito.
Retomo mi camino.
-Lo averiguaré - vuelve a elevar el tono y por la tranquilidad de la madrugada me doy cuenta que se aleja despacio.
Tarado.
¿Qué se ha creído?
Mocoso.
Giro mis ojos por quinta vez en la noche y camino, otra vez, al ascensor para, finalmente, ir a descansar.
Virginia
La luz del sol colándose por el ventanal me hace voltear en la cama disgustada. Siento que he dormido muy poco.
Pero ¿Qué hora es?
Tomo una de mis almohadas, aún sin abrir los ojos, y la coloco en mi rostro, cruzo mi brazo derecho por encima de la misma y suspiro intentando reconciliar el sueño.
Mi celular comienza a sonar y ahogo un gritito de fastidio en la almohada que se encuentra en mi cara. Quisiera ahogarme. Maldigo mi vida y al mundo.
-¡¿Por qué no me dejan ser feliz?! - me quejo en voz alta - como si alguien fuera a escucharme.
Quito la almohada de mi cara y recojo el celular. Entrecierro mis ojos, me siento algo hinchada, estoy segura de que mis ojeras piensan lo mismo. La luz del móvil me ciega un poco y estrujo mis ojos para adaptarme a la nueva iluminación.
Genial. Es solo una notificación del Instagram de Rebecca.
Rebecca es mi mejor amiga. En realidad, es mi prima, pero nos queremos como hermanas. Creo que anda por Europa, viviendo una vida loca y libre. A veces quisiera ser como ella y no tan responsable, pero luego recuerdo que amo mi trabajo y se me pasa. El año pasado fui a España por trabajo y fue bastante divertido, debo decir que los españoles no están nada mal.
Miro la hora luego de ver sus últimas publicaciones y veo que son las 11:30 am. No he dormido nada. Definitivamente esta no es la forma de aprovechar mi descanso. Me regaño y vuelvo a envolverme entre las sábanas de mi amada cama. Perezosa, ignorando todo a mi alrededor. Cierro los ojos como un angelito y empiezo a sentir como voy cayendo en el país de los sueños.
¡Espera!
Las alarmas de mi cabeza se encienden ¡El almuerzo en casa de mis padres! A esta hora ya no llego a tiempo ¿Y si sigo durmiendo y luego me excuso? No. Tengo que ir.
Salgo lo más rápido que puedo de la cama y corro al cuarto de baño. Tomo una ducha rápida, una fría para quitarme la pereza. Me seco y voy a vestirme. Me coloco una minifalda de tubo negra con una blusa sin mangas blanca. Rebusco hasta encontrar mi chaqueta negra.
Camino hacia la sección donde se encuentran mis tacones y me pongo unas botas de tacón negras que llegan un poco más debajo de mis rodillas. Tomo un bolso pequeño en blanco y guardo el celular y las llaves del coche. Me doy una última mirada en el espejo, el maquillaje que me puse fue lo más sencillo posible, intentando ocultar mis ojeras de panda y un brillo labial de cereza.
Miro la hora mientras el ascensor va bajando, 12:30 ¿En serio he tardado una hora? Pero si he corrido como una loca. Vuelvo a mirarme en el espejo de ascensor y estoy presentable, como diría mamá. Las puertas se abren para mí y saludo a Jorge algo apurada.
-Con cuidado, mi niña - lo escucho decir y me giro para lanzarle un beso con mi mano.
Dentro del coche me aliso el pelo con un cepillo y lo recojo en un moño alto. Me pongo el cinturón y salgo del estacionamiento marcando la ruta hacia mi antigua casa. Me alegra que no sea muy lejos del centro.
Cuando llego me bajo a las carreras y paso la mano instintivamente por mi cabello, alisándolo. Camino hacia la puerta y toco el timbre. Siempre acostumbro a hacerlo, tengo llaves, por ahí, pero me gusta más tocar el timbre.
-Bienvenida, mi niña Virginia - el caluroso saludo de Marie me devuelve el aliento.
Marie es la empleada de la casa, para mí es más que una empleada, desde que tengo memoria esta mujer trabaja para mis padres, ya es como si fuera parte de la familia.
-Hola, Marie - le devuelvo el saludo con el mismo afecto que ella - ¿Cómo has estado?
-Bien, mi niña.
Los años ya se le empiezan a notar. Debe tener al menos unos 65. Aunque no se ve mal, las arrugas ya se hacen presentes en su rostro como huellas de una larga vida de esfuerzo y trabajo pesado. Criarnos a Vanessa, a Abraham y a mí no ha sido nada fácil, sobre todo a Abraham.
-Todos están en el comedor - dice y mi sonrisa flaquea - te esperan.
La miro apenada y camino en dirección al comedor. Cuando entro todos están en silencio, comiendo. Toco la puerta que separa el salón del comedor y entro.
-Hola, familia - saludo enérgica.
Camino hacia donde se encuentra mi sobrina y le doy un beso en frente.
-Hola, hermosa ¿Cómo está mi sobrinita? - la molesto apretujando una de sus mejillas.
-Tía, ya basta - se queja - ya soy bastante mayor para que me trates como una bebé ¿No me ves?
-Para mí siempre serás mi chiquita malcriada - le doy otro beso y paso a saludar a mi hermana.
Seguidamente saludo a mis padres, que se encuentran uno junto al otro en la gran mesa "el matrimonio perfecto"
-¿Y la abuela? - pregunto tomando un panecillo y sentándome en el lugar que me corresponde.
-No se siente muy bien - responde mi madre - la empleada le llevará la comida.
-Mamá, su nombre es Marie - la miro mal - lleva bastantes años trabajando en esta casa como para que a estas alturas la trates como una más.
-Virginia - mi padre llama mi atención.
Aprieto mis labios molesta. Acabo de llegar y ya me están incomodando.
El almuerzo transcurre en silencio absoluto, solamente interrumpido por el sonido de los cubiertos y los platos y una que otra vez que mi padre comienza a toser.
Thomas Lackander, mi padre, tiene una Enfermedad de Transmisión Sexual. Todo se debe a que decidió mantener relaciones con una prostituta fuera del matrimonio. Confió en los códigos de salud que supuestamente tienen esas "mujeres". Al parecer son sometidas a pruebas cada cierto tiempo, pero esa no. Se descuidó y enfermó. Para la suerte de mi madre hacía ya mucho que no mantenían relaciones íntimas, si no, ella también estaría enferma.
Ahora se encuentra estable, pero cada pocas semanas empeora. Mi madre lo perdonó, al menos eso es lo que ella dice, porque ni siquiera han vuelto a dormir en la misma habitación. Victoria Román, a mi entender decidió no dejarlo por miedo al qué dirán, ya que somos una familia importante en la región.
No lo juzgo, ni le guardo algún rencor, pero lo que le hizo a mi madre, a pesar de como ella es, no tiene excusa, es imperdonable. Mucho menos con una prepago, a la que ni siquiera conocía. Tampoco juzgaré a esa mujer, porque no sé qué la llevó a ese mundo, pero no estoy de acuerdo con ninguno. Para la cereza del pastel, de la infidelidad surgió fruto. Nació un bebé, es hermoso y lo adoro, pero eso no quiere decir que consienta que mi padre se siga viendo con esa mujer.
El niño no debe culpa de los errores que cometieron sus padres antes de él nacer, eso es algo que ni mis hermanos ni mi madre entienden. La única que lo visita soy yo, ni siquiera mi sobrina quiera saber nada de él. Al final entiendo a mi madre, no tiene que seguir soportando humillaciones, pero mis hermanos deberían de darle una oportunidad, creo que no se arrepentirían, es un niño muy adorable y cariñoso.
Debido a la enfermedad de la madre, el niño tiene deformaciones en sus huesos y, desgraciadamente, es paralítico. Los médicos no le daban esperanzas de vida, pero con el tiempo fue mejorando y es un fuerte hombrecito de dos años. Mi Matteo, en serio pienso que el bebé no debe culpa de absolutamente nada. Por mi parte tiene una hermana amorosa y comprensiva, que lo llena de besos y regalos.
-Si me disculpan, me retiro - avisa mi padre y sale del comedor con dificultad aferrado a su bastón.
Me pongo de pie para ayudarlo y lo llevo hasta su habitación, gracias a mí en la primera planta de la casa. No podía subir las escaleras desde que enfermó, no al menos son ayuda y mi madre no le brindaría su mano, menos mi hermana que no le perdona del todo lo que le hizo a mamá, para ella todo está bien. Exigí que se le acomodara una habitación en la planta baja, temía que tuviera un accidente en algún momento.
-Quisiera descansar un poco - dice en voz baja.
Asiento y le doy un pequeño beso en la sien, me despido desde la puerta y la cierro a mis espaldas. Me quedo ahí, de pie, durante un momento. Una lágrima silenciosa rueda por mi mejilla y la limpio con cuidado. Lamento tanto ver a mi padre así.
Recuerdo cuando estaba sano, yo era una niña y se veía tan fuerte, indestructible, era mi héroe, el hombre de mi vida. Era mi ídolo. Ya no sé si siga llevando ese título ante mis ojos, me ha fallado, lo amo, pero me siento tan decepcionada a veces. Mi súper héroe dejó caer su capa...
Recupero la compostura y camino hacia el salón de té, sé que ya están allí. Siempre toman el té luego de almorzar.
Efectivamente, mi madre se encuentra junto a mi sobrina tomando el té.
-¿Y Abraham? - Interrumpo - ¿Qué cuenta?
-Tu hermano es un caso perdido - comenta mi madre girando los ojos.
Eso me provoca una pequeña risa. Tenemos las mismas cosas, somos igualitas. Aunque nuestro carácter tan idéntico nos hace chocar mucho por las diferencias de ideales.
-Ya sabes - interrumpe Vanessa, mi hermana mayor - viajando y conociendo mundo. Es igualito a Rebecca.
-A veces, quisiera ser como ellos - digo sonriente.
-Tonterías - suelta mi madre exasperada - Lo que tienes que hacer es sentar cabeza y conseguirte un esposo, formar una familia y estar en paz de una vez. Te estás quedando atrás.
Es mi momento de rodar los ojos ante su comentario. Y dale con el temita del esposo y los hijos. Cada vez que vengo a visitarla se pone igual. No es que no me gusten los niños, por ejemplo, adoro a mi hermanito, pero no quiero tener hijos propios, no por ahora y sinceramente no sé si algún día esté preparada para ello.
-Mamá - le advierto - para con ese tema.
-Hija, ya estás muy mayor - la miro mal. - Necesitas hacer una vida, tener una familia, una compañía. Mira a tu hermana.
-Madre, no creo que sea el momento.
-Este es el momento adecuado - mi madre interrumpe a Vanessa - Virginia jamás viene a esta casa, siempre está ocupada. Hay que aprovechar cada instante.
-Pues menos voy a venir si sigues con el tema - suspiro en busca de paciencia. - Te he dicho muchas veces que tengo una vida y soy feliz con ella ¿Vale? No me interesa nada de eso.
-No es lo que a mí me parece - insiste mi madre - necesitas compañía-
-No necesito nada - la interrumpo - si quiero compañía me compro un perro ¿Quedó claro? Estoy harta ya de hablar del mismo tema - suspiro y me pongo de pie.
-Hasta Valeria ya tiene un novio - comenta dando un sorbo a su taza de té.
-Abuela, basta - se queja Valeria, que hasta ahora había estado callada.
- ¿No me digas? - La molesto y la miro enarcando una ceja -¿Quién es el afortunado?
-Ya tía - se pone colorada y me río por lo bajo - de verdad no quiero hablar de eso.
-Bueno, igual no te me vas a escapar - le digo y vuelvo a dirigir mi atención a mi madre - ¿Ya ves que ni la niña quiere hablar del novio? Déjame a mí. Voy a ver a mi abuela.
Salgo de la sala y me pierdo por el corredor del primer piso. Paso frente a la habitación de mi padre, no sin antes cerciorarme de que no necesite nada. Está dormido, así que sigo mi camino a ver a la abuela. Doy unos leves toquecitos en la puerta y la anciana voz me invita a pasar.
-¡Sorpresa! - digo animada entrando de lleno en la habitación. - Buenas, señora Charlotte. Está deslumbrante usted hoy - coloco mis manos como jarra en mis caderas.
Ella me recibe con una gran sonrisa y abre sus arrugados y cálidos brazos para mí, recibiéndome en un gran y afectuoso abrazo que me devuelve a la vida.