Helena Gibson fruncía las cejas debido a la preocupación mientras miraba la prueba de embarazo. La tensión que había estado cargando pareció por fin disiparse cuando vio la sola línea, la cual indicaba un resultado negativo.
De repente, el sonido de la puerta del baño siendo abierta violentamente la sacó de su breve sensación de alivio.
Su rostro se cubrió de absoluto pánico mientras se giraba hacia el estruendo, y abrió mucho los ojos por el terror.
El hombre entró furioso y su impaciencia resonó allí al cuestionar: "¡Llevas demasiado rato aquí! ¿Ya tienes el resultado? ¿Estás embarazada o no?".
Temblando, ella palideció, y el pequeño lunar rojo cerca de su ojo se fue oscureciendo por el miedo.
Y es que el hombre se cernía sobre ella como un depredador opresivo y amenazante.
Este tenía los ojos enrojecidos y la voz áspera cuando la agarró del brazo fuertemente y le exigió: "Muéstrame el resultado. Ahora".
Con manos temblorosas, Helena la extendió hacia él.
Tras agarrarla, el hombre soltó una risa escalofriante y despectiva mientras sus ojos brillaban peligrosamente.
Eso hizo que ella se tensara, ya que reconocía la calma antes de la tormenta.
Sin embargo, la actitud de él esta vez fue desconcertantemente suave mientras le acariciaba la mejilla. "Está bien, cariño. Lo intentaremos hoy otra vez. Si el resultado no es distinto, puede que te deje allí para siempre".
Un destello de desafío brilló brevemente en los ojos de Helena, aunque su rostro seguía manteniendo una expresión aterrorizada y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Complacido, el hombre apretó su agarre en la muñeca de ella para llevarla prácticamente a rastras a otra habitación.
La puerta se cerró de golpe de nuevo y se quedó resonando mientras las otras mujeres en la habitación giraban sus cabezas al unísono, también con completa desesperación en sus rostros.
Al igual que Helena, ellas estaban atrapadas en esta casa sucia, esperando su destino como meros objetos de placer para la élite en alguna isla remota de Eyrery.
Un mes antes, Helena había sido llevada allí a la fuerza.
Ella era la hija mayor de la familia Gibson, cuya fortuna dependía de los parientes ricos de su madre. Trágicamente, la mujer murió joven, y tres meses después, su esposo se volvió a casar, dándole a Helena una media hermana, Eunice Gibson.
La pérdida de su hija devastó al abuelo de Helena, provocando su deterioro y eventual muerte. Eso convirtió a la chica en un miembro olvidado de su propia familia.
Para evitar conflictos, esta se mantuvo apartada y no desafió a Eunice, quien de todos modos se alió con su madre para volverle la vida miserable mientras mantenía su vista fija en la fortuna de los Gibson.
Lo que empeoró toda la situación de Helena fue el accidente en el día de su veintiún cumpleaños, cuando ellas la drogaron y la vendieron a una isla remota.
Al reflexionar sobre su destino, su mirada se endureció.
Mientras avanzaba, las mujeres en el rincón al que se dirigía se movieron para hacerle espacio.
En circunstancias tan terribles, la unidad era esencial, pero nadie se atrevía a acercársele a ella, y todas tenían los ojos muy abiertos por el miedo.
El primer día que Helena estuvo allí, corrieron rumores de que la habían llevado a un club para que atendiera a un cliente de alto perfil.
Desde entonces, fue sometida a frecuentes pruebas de embarazo, evidencia de que los responsables estaban ansiosos por que ella concibiera, probablemente para chantajear al influyente hombre.
Esa misteriosa figura era, sin duda, alguien con muchísimo dinero.
Una mujer de pelo corto junto a Helena susurró preocupada: "Oye, ¿estás embarazada?".
Ella apretó los puños y sus pensamientos regresaron a aquella noche en el club, donde su intento de huir la llevó a un salón privado poco iluminado.
Allí la agarraron de repente y la empujaron contra un sofá. Entonces se encontró mirando fijamente a unos ojos penetrantes y helados mientras una mano le sujetaba la barbilla.
A pesar de que ella era capaz de defenderse, el cuchillo en su garganta la dejó impotente.
Lo que siguió fue una mezcla de violencia, dolor y ropa desgarrada, y lo último que vio antes de desmayarse fue un siniestro tatuaje en la mano del hombre en la penumbra.
Cuando recuperó la conciencia, estaba en el apartamento donde las chicas estaban cautivas, y fue cuando percibió la gravedad de su situación; eso era solo el comienzo.
Poco después, la escoltaron nuevamente fuera de allí, y mientras seguía en silencio al hombre, sus pensamientos se agitaban frenéticamente. Lo cierto era que no podía soportar otra noche en ese club; tenía que escapar. Ella necesitaba vengar su pasado y reclamar el legado de su madre.
Sin embargo, ese hombre estaba armado.
En un momento de desesperación, ella hizo su movimiento, y con repentina ferocidad, lo empujó a un lado y corrió hacia las escaleras.
Dado que eso lo tomó por sorpresa, él tropezó, pero luego se recuperó y gritó con rabia: "¡Maldita! ¿Crees que te puedes escapar? ¡Te mataré!".
Sin mirar atrás, ella bajó las escaleras a toda prisa, y al llegar al segundo piso, subió al alféizar de la ventana sin dudarlo.
Cuando la mano del hombre casi la agarró, ¡ella saltó!
El fuerte chirrido de los frenos chirriando rompió el silencio cuando su cuerpo golpeó el pavimento.
Cegada por las deslumbrantes luces del auto, Helena solo escuchó el sonido distintivo de zapatos de cuero acercarse hasta que se detuvo amenazadoramente ante ella.
Desorientada y con la vista borrosa, vio el brillo del cuero negro entrar en su campo de visión, y una voz escalofriante y baja declaró desde arriba: "Te encontré".
Los ojos de Helena se entrecerraron.
¡Allí estaba el hombre de aquella noche!
Enseguida su memoria se activó, haciéndola recordar cómo el frío del filo de la daga de ese tipo le había rozado la garganta, amenazando su vida.
De repente, él le preguntó: "¿Sabes quién soy yo?".
Por supuesto que ella lo sabía.
No era otro que Charlie Wallace, el famoso segundo hijo de la familia principal de Adaron, cuya locura era tan conocida como sus años de encierro en prisión.
A la edad de dieciséis años, fue desterrado por su propia familia a una prisión de Nusron, en medio del mar y hogar de los criminales más peligrosos del mundo.
Él prácticamente dominaba ese lugar cuando los Wallace fueron a recuperarlo.
El distintivo tatuaje de Henna en su mano, que el propio director de la Cárcel Perkins le había tatuado, era una insignia de honor y un símbolo de su temible reputación.
A sus veintidós, Charlie ya se había hecho cargo de la riqueza familiar, y en tres años llevó al Grupo Wallace a la cima de Adaron, ganándose el respeto incluso del presidente.
Sus métodos eran tan efectivos como horrorosos, y muchos se estremecían ante la mera mención de su nombre.
Teniendo todo eso en cuenta, atrapada bajo su intensa mirada aquella fatídica noche, Helena estaba demasiado aterrorizada como para siquiera respirar.
Ahora que él reapareció, a ella casi se le detuvo el corazón.
Charlie acababa de decir que la había encontrado...
De hecho, extrañamente había pasado un mes después de su último y terrible encuentro.
Ahora ella no podía sacarse de la cabeza la sospecha de que él estaba allí para verificar su embarazo. Dada la temible reputación de ese hombre, cualquier confirmación de que pudiera estar gestándose un hijo suyo no prometía más que consecuencias nefastas.
Helena estaba paralizada por el miedo.
De repente, uno de los guardaespaldas del hombre la agarró por la muñeca y la puso en pie de un tirón.
La mirada penetrante de Charlie fue lo primero que vio.
"¿No te acuerdas de mí?", cuestionó él en tono burlón, y su mirada no delataba ni una pizca de calidez.
Pese a los nervios, Helena logró mantener la expresión tranquila.
Charlie sonrió, pero incluso a la distancia, parecía irradiar un frío inquietante.
En ese instante, tres hombres salieron corriendo del edificio para alcanzarla y se detuvieron conmocionados al ver una fila de autos negros que bloqueaban la entrada.
Al reconocer la figura junto a Helena, se dieron la vuelta y volvieron a toda prisa por donde habían venido.
Si bien eran rápidos, los guardaespaldas de Charlie los superaban.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Fuertes disparos resonaron en seguidilla.
Helena observó con horror cómo los tres hombres acababan de regresar al interior del edificio cuando sus espaldas quedaron salpicadas de sangre. Uno de ellos, respirando agitadamente, fue arrastrado por dos guardaespaldas y arrojado ante Charlie.
"Señor Wallace, me equivoqué. Por favor, tenga piedad. ¡No volverá a suceder!", gritó al tiempo que le jalaba con desesperación el ruedo del pantalón.
Charlie respondió con una risa suave y presionó el pie sobre la herida sangrante del hombre.
"Tuviste la audacia de tenderle una trampa, lo cual debo decir que requirió mucho coraje", comentó a tiempo que giraba el pie. "Parece que quieres morir, así que déjame ayudarte con tu viaje al infierno".
Los gritos del hombre resonaron, escalofriantes y desesperados, y la sangre oscura fluyó de debajo del zapato de Charlie, extendiéndose rápidamente por el suelo.
Helena cerró las manos en puños. Sus sospechas eran correctas; la repentina aparición de Charlie no fue casualidad.
¡Todo fue una trampa para ambos desde el principio!
La razón por la que ella había podido escabullirse bajo la supervisión del gerente del club esa noche quedó clara: habían planeado todo sabiendo que Charlie estaría en el club.
Este último volvió a mirarla, con una oscura emoción en sus ojos. "Ahora es tu turno".
Helena respiró profundamente mientras los pensamientos se arremolinaban en su cabeza.
Era obvio que Charlie creía que ella estaba involucrada en la estafa, así que necesitaba explicar que la habían obligado para evitar un desenlace fatal.
El miedo desapareció repentinamente de su rostro, por lo que cuando él la miró esperando encontrar pánico, solo vio un vacío.
Ellos se miraron a los ojos durante varios minutos, y la expresión de ella era prácticamente idéntica a la de esa noche.
¿Podría tener un impedimento mental?
La intriga llenó los ojos de Charlie mientras levantaba una ceja. Pero luego le acarició con cuidado la suave mejilla.
A pesar de la agitación interior, ella se mantuvo completamente inexpresiva.
Charlie le dio unas palmaditas en la mejilla y su mirada se volvió más fría al declarar: "Tu estado mental no te salvará".
El corazón de Helena se aceleró y luego dio un vuelco cuando los guardaespaldas la agarraron y la obligaron a subir a uno de los autos.
Detrás de un edificio blanco al costado de la carretera, un hombre observó con expresión grave cómo los autos se alejaban, y tras tocar su auricular, dijo en tono profundo: "Localicé a Flamewing".
Una voz femenina preocupada respondió: "¡Entonces tráela de vuelta!".
El rostro del hombre se tensó al notificar: "Charlie Wallace la tiene".
Entonces hubo una breve pausa. "¿Ese Charlie Wallace?".
Y se hizo el silencio.
Pasados unos segundos, la mujer recuperó la compostura. "Flamewing es capaz; escapará de él. Ahora regresa y espera mis instrucciones".
"Entendido".
En Wrumlas, la capital de Adaron, Helena gradualmente volvió en sí y notó un techo desconocido en lo alto.
Cuando intentó levantarse, descubrió que tenía las manos y los pies atados firmemente y que su cuerpo formaba una marcada equis en una cama.
Sus esfuerzos por liberarse provocaron que las cadenas tintinearan ruidosamente, lo cual la hizo comenzar a desesperarse.
Al menos sus captores habían sido algo considerados al revestir las esposas con algodón.
Sin saber dónde se encontraba, Helena se dio cuenta de que ahora estaba bajo el control de un tirano despiadado y que sus posibilidades de escapar eran escasas.
"Ya despertaste", le dijeron en un tono frío desde un rincón oscuro.
Ella permaneció inmóvil, temiendo que cualquier cosa que hiciera pudiera provocar al hombre, pero sí giró su cabeza hacia la fuente de la voz.
Allí estaba Charlie, sentado en el sofá, y la oscuridad lo envolvía de tal forma que su mano fumando era lo único visible en la tenue luz mientras el aroma del tabaco flotaba en el aire.
Él se puso de pie y se acercó a Helena, sin apartarle la mirada de encima.
Ella era pálida y delicada, y en su rostro llamaba la atención el lunar rojo junto a su ojo, el cual hacía que estos, ligeramente rasgados, resaltaran aún más.
En silencio, Charlie simplemente la observó, con expresión dura e inflexible, como un animal que observa a su presa atrapada.
La confusión era evidente en Helena.
En ese momento, Jace Griffiths, el asistente de Charlie, entró y le entregó a este una pila de papeles. "Señor Wallace, ya tengo el informe".
Mientras mantenía sus ojos fijos en Helena, su jefe le ordenó: "Léelo".
Una punzada de pánico se apoderó de la mujer.
¿Un informe? ¿Qué tipo de informe podría ser ese?
De repente se preguntó si podría ser algo referente a su condición. La preocupación por el embarazo le rondaba en la cabeza, sabiendo los riesgos que corría si se hiciera real.
La posibilidad de traer al mundo a un hijo ilegítimo que nunca sería aceptado por la prominente familia Wallace la aterraba.
Impulsada por la desesperación, ella comenzó a retorcerse más intensamente, haciendo que el sonido de sus cadenas reverberara por la enorme habitación.
La expresión de Charlie se ensombreció con un dejo de molestia, y giró la cabeza hacia ella.
Rápidamente uno de sus guardaespaldas se dio cuenta de que la mujer no representaba ninguna amenaza en ese estado, por lo que la desató.
Cuando Helena se enderezó, el cuello de su blusa se movió, revelando más piel de la que habría querido, y con sus leves rizos de color marrón claro pegados a su rostro, sus grandes ojos transmitían un miedo ingenuo.
Por un momento, Charlie vio su cuello expuesto y su expresión se volvió más intensa.
Al sentir su mirada, ella dio un paso atrevido hacia adelante y le envolvió el cuello con sus brazos, presionando suavemente la mejilla contra la suya, con lo cual le demostró una vulnerable confianza en él.
Sorprendido por su cercanía, el instinto inicial de Charlie fue retirarse, pero la sutil fragancia que emanaba de ella lo detuvo, en cambio, posó su mano en la cintura de la mujer.
Jace miró hacia otro lado, sintiéndose un poco fuera de lugar, y Helena aprovechó ese momento para arrebatarle el informe y leerlo mientras balbuceaba juguetonamente: "Divertido. Divertido...".
El alivio la invadió, pues el documento informaba que ella no estaba embarazada.
Tratando de parecer meramente curiosa, relajó su postura y agitó el papel en el aire.
Charlie solo la observó con expresión distante.
Entonces Jace dijo: "Señor Wallace, tal vez esta señorita no esté del todo bien de la cabeza, y esa fue probablemente la razón por la que la vendieron a ese lugar".
Agarrando firmemente el brazo de Helena, Charlie le examinó el rostro de cerca, y pellizcándole la mejilla, se inclinó para hablarle con un susurro amenazante. "Eso no es una preocupación para mí".
Ella lo miró fijamente, y aunque parecía inexpresiva, su mente estaba acelerada por el miedo.
Había quedado dolorosamente claro que él no tenía planes de liberarla.
Preocupado, el asistente consultó: "Señor Wallace, ¿habla en serio? ¿Eso no le molestaría a su abuela?".
"Ella me ha estado presionando para que forme una familia. Dile que esta mujer me ha quitado mi inocencia; ahora ella debe asumir la responsabilidad".
Helena hervía de ira por entro ante tal audacia.
'¡¿Quién le quitó la virginidad a quién aquí?! Él es el culpable, no yo', pensó furiosa.
Jace asintió obedientemente. "Sí, señor. Le transmitiré su mensaje de inmediato".