Venecia, Italia
~Monasterio de Santa Maria delle Vergini~
-Señor Todopoderoso,
Tú que ves más allá de la carne y del linaje,
guarda mi alma, que no lleva culpa,
aunque mi sangre cargue con sombras ajenas...
Annika dejó que las palabras flotaran en el aire, desgastadas por la repetición. Ya no le parecían suyas, ni siquiera creía que atravesaran el techo de la capilla. Había recitado aquella oración tantas veces en secreto que su significado se había desvanecido. ¿Acaso alguien la escuchaba? Tal vez no lo merecía. Después de todo, no era una monja devota como las demás.
-Sorella Annika.
La voz, suave y afectuosa, la sobresaltó. Se puso de pie de inmediato, dejando su posición arrodillada.
-¿Qué haces aquí a esta hora? -preguntó la Vicaria, mirándola con curiosidad.
Annika bajó la mirada, sus manos unidas frente a ella.
-Estaba... orando -respondió en voz baja, con cierto titubeo.
La Vicaria se acercó y, con un gesto delicado, levantó su mentón hasta encontrar sus ojos castaños.
-Eso está bien -dijo-, pero es hora de la lectura espiritual. ¿Qué te inquieta tanto, Sorella? Sabes que puedes hablar conmigo.
Annika negó suavemente con la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa débil, casi imperceptible.
-Estoy bien, Vicaria.
La mujer la observó por un instante, como si buscara leer entre líneas. Finalmente, asintió con una leve expresión de resignación.
Ambas salieron de la capilla y caminaron hacia la sala capitular. Allí, las demás novicias ya estaban reunidas, cada una con una pequeña biblia en las manos. Sus túnicas negras caían rectas hasta los tobillos, ceñidas a la cintura por un cinturón de cuero. Un velo blanco cubría sus cabezas y parte de sus cuellos, dejando solo el rostro visible, mientras una capucha descansaba sobre sus hombros, lista para ser usada durante la oración. Sus expresiones eran serenas, concentradas.
Annika tomó su lugar junto a ellas, sosteniendo su biblia con manos que temblaban apenas. Estaba cansada de la monotonía del monasterio: oraciones interminables, caridad sin pausa, devoción impuesta. Pero no tenía otro refugio. Aquella vida, aunque asfixiante, era lo único que la mantenía a salvo.
No por mucho tiempo.
Un ruido sordo, proveniente de algún lugar indeterminado, interrumpió la calma, haciendo que las novicias levantaran la vista de sus biblias al unísono. Sus miradas reflejaban desconcierto y temor. La Vicaria, de pie al frente, frunció el ceño y se quitó con cuidado los lentes transparentes que llevaba puestos.
-Quédense aquí -ordenó.
Sin más, se dirigió hacia la puerta de madera, la abrió y salió, cerrándola tras de sí con delicadeza, como si no quisiera alarmar más de lo necesario.
Annika tragó con dificultad, sintiendo cómo su corazón golpeaba frenético dentro del pecho. Había soñado demasiadas veces con momentos así: su refugio desmoronándose y siendo arrastrada de vuelta a la cruel realidad.
No permaneció en la sala como las demás. Con decisión, dejó la biblia sobre el banco de madera y, pese a las advertencias de las otras hermanas, se dirigió a la puerta. La abrió lo suficiente para asomar la cabeza, sus ojos recorriendo con cautela el entorno. El silencio era absoluto, opresivo.
Cerró la puerta con cuidado y, sin esperar permiso, se deslizó por el pasillo que conducía al nivel inferior.
Sin embargo, no tuvo que llegar lejos. Sus pasos se detuvieron frente a una ventana que ofrecía una vista clara del exterior. Contuvo el aliento por un instante al ver, desde esa altura, a un grupo de hombres atravesando la entrada principal del monasterio. Vestían de negro, y eso solo activó las alarmas de su cabeza.
Un disparo resonó desde la planta baja, haciendo que el rostro de Annika se desfigurara por el miedo. En cuestión de segundos, comenzó a correr sin rumbo, impulsada por un instinto primario de huir, sin entender del todo el peligro que la acechaba, ni si esas personas realmente la buscaban a ella.
Corrió por los pasillos, abriendo puertas y esquivando a las monjas que, sorprendidas, la miraban pasar. Su única meta era encontrar la salida trasera del monasterio, pero ¿adónde iría? Desde que la habían traído allí, nunca había puesto un pie fuera de sus muros. No conocía la ciudad, todo le era desconocido.
-¡Sorella Annika! -la voz autoritaria de una monja la hizo detenerse en seco-. ¿Qué cree que está haciendo? No puede estar en esta ala.
-Por favor... -respiró profundamente y la miró con ojos suplicantes-. Tengo un recado urgente. ¿Puedo salir?.
-Sabes que no puedes hacer eso sin el permiso de la madre superiora -la reprendió con severidad-. Vuelve a tu lugar o serás castigada por desobediencia.
Otro disparo resonó, y la monja se sobresaltó, su rostro palideciendo al instante. Annika aprovechó la distracción y siguió corriendo, sin mirar atrás. Su objetivo parecía cada vez más lejano, pero, contra todo pronóstico, llegó a la salida trasera de los imponentes muros del monasterio.
A lo lejos, escuchó los gritos de otras monjas pidiéndole que se detuviera, junto con el caos que comenzaba a formarse dentro del edificio.
-¡Detente ahí! -Una voz masculina la hizo frenar en seco, y Annika tropezó, casi cayendo sobre sus manos. Estaba tan cerca de escapar, tan cerca de la libertad, pero al levantar la mirada, una sonrisa amarga de derrota apareció en su rostro. La zona estaba rodeada por hombres vestidos con trajes oscuros y armados. Desde el principio, no había escapatoria.
Se mantuvo de pie, de espaldas a la voz, respirando agitadamente mientras levantaba las manos al notar los cañones de las armas apuntando hacia ella.
-Date la vuelta -ordenó la voz, autoritaria y fría-. Ahora.
Annika cerró los ojos con fuerza y los abrió nuevamente. Todo era real. Se dio la vuelta lentamente y lo vio. Ese hombre. Esa voz, imposible de olvidar, al igual que esos ojos de hielo.
-Rainer Vogel -pronunció Annika con su perfecto acento italiano-. Tanto tiempo.
El hombre avanzó hacia ella, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios mientras la observaba de pies a cabeza.
-Annika -pronunció lentamente, con un toque de extrañeza-. Esos trapos no te lucen en lo absoluto.
La joven apretó la mandíbula al sentirlo cerca, tan cerca que el aliento amentolado mezclado con alcohol invadió sus fosas nasales. Pensó que ese hombre se daría por vencido al creer que todos estaban muertos, o incluso ella.
-¿Cómo me has encontrado? -preguntó ella, con la ira burbujeando desde lo más profundo-. Debiste pensar que estaba muerta.
-Lo hubiéramos sabido -la mano del hombre se levantó y, con brusquedad, le arrancó el velo blanco que cubría su cabello, revelando su larga melena rubia-. ¿De quién estabas huyendo? ¿De los rusos o de mí, "Annika"?
-Tú sabes de qué.
-De tu muerte -apretó su mano sobre su cuero cabelludo y la tiró de él-. Tienes una deuda conmigo, Annika Klein, ¿lo recuerdas? Vengo por lo mío, y espero que, estando oculta como una rata en este sucio lugar, hayas tenido tiempo de meditar sobre eso.
-No me voy a ir contigo -replicó-. Este es mi hogar ahora, así que...
Un tirón de su cabello la interrumpió, forzándola a callar y a soltar un jadeo de dolor. Rainer inclinó su cabeza hacia atrás y se acercó a su oído.
-Annika -dijo con tono gélido-. No vine aquí para escuchar estas tonterías. Si no quieres que el patio del monasterio se llene de los cuerpos de esas inocentes novicias por tu culpa, sé obediente -sus labios rozaron la curva de su oreja y ella se estremeció, luchando contra el dolor-. Decide. O haces lo que te digo, o todas mueren y, además, te entrego a los rusos.
Prefería la muerte de una bala en la cabeza antes que caer en manos de esa gente despiadada, que seguramente la torturarían hasta que deseara morir de verdad.
Sabía que tarde o temprano eso sucedería. O los rusos la encontrarían, o lo haría Rainer, el hombre que se convirtió en su dueño en el momento en que su padre aceptó aquel maletín lleno de dinero. Su destino estaba sellado desde hacía tiempo.
Annika no respondió, selló sus labios con resignación. Aunque había llegado a ese monasterio buscando refugio, no quería que las monjas sufrieran por su culpa. No era como su padre, tan vil y cruel.
Rainer sonrió para sí mismo y la soltó con tal brusquedad que su cuerpo se desplomó al suelo.
-Volvemos a Alemania -declaró el hombre, antes de darse la vuelta y hacer una señal a sus hombres para que la llevaran.
***
Berlín, Alemania
El vuelo de Venecia a Berlín no tardó más de dos horas. El auto en el que Annika era transportada se detuvo después de unos quince minutos. Miró por la ventanilla y vio ese maldito lugar otra vez: la mansión donde, por primera vez, ella y Rainer se conocieron, o más bien, donde su padre la llevó para venderla.
En esa situación, con la muerte acechando y Rainer como único conocedor de su paradero, no tenía más opción que aceptar sus condiciones. Era suya, aunque en contra de su voluntad, pero lo era. Había sido comprada como un simple trozo de carne, y de no haber sido por la muerte de su familia, ya habría estado sometida a ese hombre. Ahora lo estaba.
La sacaron del auto sin ninguna delicadeza, empujándola hacia el interior de la imponente mansión de lujo. Rainer Vogel, un empresario petrolero muy reconocido, no escatimaba en recursos.
-Bienvenida a tu nuevo hogar, "Annika" -le dijo Rainer en medio del salón, sonriendo con una mezcla de triunfo y arrogancia-. ¿Qué te parece? Hacía mucho que no venías, ¿desde la última vez...?
-¿Qué quieres? -escupió ella, con desprecio-. ¿Voy a ser tu esclava?
Rainer borró la sonrisa de su rostro y su mirada se oscureció. Annika retrocedió al ver que se acercaba.
-Serás mi esposa -anunció el hombre, y ella palideció-. Sigues siendo útil, Annika Klein. Tu familia ya no está, pero tú sigues aquí, y eso es suficiente. Y no te preocupes por tu identidad, seguirás siendo... -la miró de arriba a abajo con desprecio- tú.
-No voy a casarme contigo.
-Eso no lo decides tú -dijo, sujetando su barbilla mientras ella le mantenía la mirada-. Quiero que seas mi esposa y que me des un hijo. Esas son mis condiciones para dejarte vivir, Annika.
-¿Por qué lo haces, eh? No sirvo para nada, no como antes. Nuestra familia se arruinó, estamos hechos polvo.
-No del todo -respondió, acariciando su mejilla con una caricia venenosa-. Puedes recuperar lo que te pertenece.
La rubia entendió de inmediato las intenciones de ese hombre. No era un capricho, no se trataba de hacerle la vida un infierno por diversión. Él iba tras el legado de su familia, y si por ella fuera, se lo entregaba todo. No quería dinero manchado de sangre.
-Esta conversación termina aquí -dijo, alejándose mientras aflojaba la corbata de su saco-. Llévenla a su nueva habitación y denle ropa.
Un hombre la empujó escaleras arriba sin decir palabra, obligándola a seguirle con pasos rápidos. Al llegar frente a una puerta al final del pasillo, él la abrió sin ceremonia y la empujó dentro de la habitación.
El cuarto era enorme, con techos altos y una atmósfera que combinaba lujo y frialdad. La cama, grande y de cabecera tallada en madera oscura, dominaba el espacio. Sábanas blancas como la nieve contrastaban con las cortinas de terciopelo negro que cubrían las ventanas. Había una alfombra gruesa que cubría el suelo y, en una esquina, un espejo de cuerpo entero que reflejaba la luz débil de las lámparas. Todo parecía demasiado perfecto, otra jaula de oro más.
Annika se dejó caer en la cama, soltando un suspiro agotado. Miró sus manos sucias, su túnica negra manchada, y la sensación de suciedad que la invadía. Su cuero cabelludo dolía por los tirones que Rainer le había dado. Si así se comportaba con ella apenas reencontrándose, no quería imaginar cómo sería cuando se casara con él.
Unos suaves toques en la puerta la hicieron levantar la mirada y fruncir el ceño. Esperaba que no fuera ese hombre de nuevo. Abrió la puerta con recelo y casi suspiró de alivio al ver que no estaba él. En su lugar, una sirvienta rubia, de tono de cabello más oscuro que el suyo, estaba de pie en el umbral. La mujer la observaba con una mirada despectiva, casi idéntica a la de Rainer, como si la despreciara.
-Tu ropa -dijo, arrojando las prendas hacia Annika, algunas cayendo al suelo. Annika parpadeó, confundida-. No te acomodes demasiado aquí ni esperes un trato de reina.
La sirvienta se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más. Annika se quedó ahí, en trance, preguntándose qué le pasaba a esa mujer. Era solo una sirvienta, después de todo. Aún aturdida, recogió la ropa del suelo y cerró la puerta con fuerza. Todos en este lugar parecían ser igual de desagradables.
Se dio una ducha rápida y se vistió con las nuevas prendas. Ya no tenía que cubrir su cabello ni usar esa túnica larga que la asfixiaba. Sin embargo, preferiría mil veces permanecer en ese monasterio de por vida que caer en las manos de Rainer.
Se miró al espejo, frunciendo el ceño. El vestido amarillo que le habían dado le quedaba un poco grande en el pecho, y el aroma dulce a perfume de mujer que lo impregnaba la incomodaba. No era ropa nueva, sino usada, de alguien más.
A pesar del disgusto, no le dio demasiada importancia. Se sentó nuevamente en la cama, esperando la siguiente orden de Rainer. Escapar era imposible, con tantas personas buscándola afuera. Solo le quedaba aceptar su destino y soportar, al menos, para sobrevivir.
Horas después, Rainer la mandó a llamar para cenar con él. Se sentó en la mesa frente a él, ambos mirándose en silencio: él con una sonrisa desdeñosa, ella con una expresión fría, su mirada canela afilada.
Rainer era un hombre atractivo. Cabello rubio oscuro con ondas claras, ojos negros y cejas espesas. Cualquier mujer desearía estar con alguien como él, pero esa no era la realidad de Annika, que lo odiaba profundamente.
-Come -ordenó él, sin quitarse la sonrisa-. No dejes que se enfríe. Los chefs se esfuerzan mucho.
Annika bajó la mirada hacia su plato. No le gustaba la langosta, y justo eso le habían servido. Parecía que también tendría que ajustarse a los gustos de ese hombre si quería sobrevivir.
Empezó a comer a la fuerza, sintiendo su estómago revolverse con cada bocado. Pero no era nada, solo los intentos estúpidos de Rainer por molestarla. Él sabía perfectamente que no le gustaba la langosta. Lo había dejado claro la primera vez que compartieron mesa con sus padres, cuando el mismo platillo fue servido y ella no pudo comerlo. Lo aborrecía.
Comió en silencio, sin levantar la mirada ni una sola vez hacia él. Rainer, sin embargo, no se sentía satisfecho. Odiaba ser ignorado, especialmente por la hija de una familia arruinada como la suya. Siempre lo había rechazado, y ahora era el momento de hacerla pagar.
-Nos casaremos en dos días -dijo, rompiendo el silencio. Annika levantó la mirada, horrorizada. -No esperes una boda de ensueño, "Annika". Será sencilla, sin estúpidas decoraciones ni luna de miel.
La joven rubia torció una sonrisa amarga. ¿Por quién la tomaba? ¿Creía que ella deseaba casarse con él? ¿Acaso pensaba que, por haber estado encerrada en un monasterio durante un año, era una ingenua que caería a sus pies? No dijo lo que pensaba en voz alta, pero la rabia quemaba por dentro. Solo asintió y aceptó su papel, sin ofrecer más oposición.
-Está bien -respondió, simplemente.
El día antes de la boda fue un auténtico calvario. No hubo ni un solo gesto de atención hacia ella. A pesar de la multitud de sirvientes esparcidos por la mansión, era evidente cuáles eran las órdenes de Rainer con respecto a Annika. Nadie la atendía, y se veía obligada a hacer todo por su cuenta. No tenía privilegios, y la ropa que llevaba, usada por otra mujer, olía a perfume mezclado con detergente cada que la usaba.
Parecía que la habitación donde se alojaba también perteneció a esa mujer. En el baño encontró cosméticos femeninos, perfumes en la cómoda y algunas lencerías en los cajones. ¿Una hermana o madre de Rainer? Pensó, pero no le importó. Annika no era de las que se dejaban llevar por esos intentos de provocación.
El día de la boda llegó, y ella misma se preparaba en la habitación con un vestido demasiado simple para su gusto: blanco, de mangas largas de encaje, sin adornos, solo unos pendientes y un collar que le habían dado. Un poco de maquillaje y perfume, solo para parecer presentable.
El ramo fue aún peor. Las rosas, marchitas y mal arregladas, parecían ser la última burla. Todo estaba hecho con mala intención, y no le extrañaba. Probablemente, esas sirvientas hostiles que la odiaban tenían algo que ver.
Annika salió de la mansión sin que nadie le dirigiera la palabra. Caminó hasta el coche que la esperaba en la entrada, y se subió sin hacer preguntas. El conductor arrancó sin prisa, llevándola por un camino largo y silencioso, donde las horas parecían pasar lentamente. No necesitaba saber adónde iba; no importaba.
El coche se detuvo frente a una capilla pequeña y oscura. Annika miró a su alrededor, pero no había nadie, ni una sola persona más. Ningún invitado, ningún miembro de la familia de Rainer. Solo él, parado junto al altar, y el cura que los esperaba. Era todo lo que había.
Entró en la capilla y sintió la frialdad del lugar. No había emoción en el aire, solo una quietud incómoda. Rainer la observó con su expresión habitual, totalmente desinteresado.
-Vamos, Annika -dijo él, sin moverse-. No tenemos todo el día.
Ella asintió y, con la misma expresión imperturbable que él, se situó a su lado. El cura, visiblemente incómodo, cedió ante la mirada firme de Rainer y dio inicio al procedimiento de la unión. Votos vacíos, anillos sencillos y un beso sin rastro de emoción.
Así concluyó la boda, y como llegaron, se marcharon, cada uno en su propio coche. Rainer optó por conducir el suyo. Ahora, ella era su esposa en las sombras, un título oculto, porque siendo alguien de peso, no permitiría que un "defecto" como ella fuera conocido.
***
En horas de la noche, Annika se deshizo de esa ridícula ropa y se puso un mini vestido revelador que la sirvienta de la última vez le había traído. Comprendió rápidamente lo que eso implicaba: esa noche estaría en la cama de Rainer para consumar el supuesto matrimonio.
No se lamentó ni se resistió, simplemente aceptó lo que debía hacer. Se cubrió con una bata y salió de su habitación, dirigiéndose hacia la de Rainer. Era preferible ir a él que arriesgarse a que todo sucediera en el lugar donde ella dormía, y mucho menos ser tomada por la fuerza.
Tocó la puerta suavemente, esperando que él le abriera. Ahora eran marido y mujer, y aunque le invadía el temor por lo que iban a hacer, pensó que era algo normal en un matrimonio, aunque no existiera amor.
-Pase -ordenó Rainer.
Annika, con el corazón acelerado, cruzó el umbral de la puerta. Lo encontró sentado en el borde de la cama, una copa en la mano, el cabello aún húmedo y una bata blanca que dejaba su pecho descubierto.
Sin decir una sola palabra, Annika se deshizo de la bata que cubría su cuerpo y la dejó caer al suelo, revelando el mini vestido rojo que habían elegido. El contraste entre la delicadeza del vestido y la frialdad de la situación no pasó desapercibido para ella, pero no hizo nada para cambiarlo.
Rainer la observó en silencio, sus ojos recorriendo cada centímetro de su figura.
-¿Qué haces aquí? -preguntó, y Annika lo miró, confundida -no te dije que vinieras.
-Soy tu esposa ahora -respondió ella, con la certeza grabada en su voz-. ¿Acaso no enviaste a que me llevaran este vestido? He captado el mensaje que querías dar. Por eso estoy aquí.
Rainer soltó una carcajada seca que resonó en el aire, haciendo que el rubor cubriera las mejillas de Annika. No era otra cosa que vergüenza, una sensación incómoda de estar expuesta ante él.
-Eres tan... -Rainer hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas-. Tan ilusa, sí, eso eres. ¿Qué te hizo creer que pasaríamos la noche?
-Pero tú...
-No eras a ti a quien esperaba -interrumpió, levantándose de la cama y acercándose a ella con la copa en la mano-. ¿Crees que me provocas algo, Annika? Dame tiempo, no seas egoísta. Necesito aprender a verte como mujer antes de siquiera pensar en tocarte. Porque ahora mismo, no puedo.
Annika permaneció quieta, absorbiendo cada palabra, soportando la presión implícita de su rechazo. En lo más profundo de ella, sabía que Rainer mentía. Siempre la había deseado, de eso no había duda. Había ofrecido una suma considerable a su padre, construido puentes hacia su corazón, incluso acercándose a su familia con la esperanza de aproximarse a ella. Todo eso, ¿por un simple capricho? No podía ser así. Rainer debía sentir algo más profundo; su orgullo, herido y desafiante, era lo único que hablaba por él.
-Entonces, si no es a mí, tu esposa, ¿a quién esperas? -preguntó ella, ignorando las palabras hirientes que él había dicho momentos antes.
Tocaron a la puerta, y Rainer dio la orden inmediata de que la persona del otro lado pasara. Al ver a la mujer rubia frente a ella, comprendió la respuesta a su pregunta. No era otra que aquella sirvienta que siempre la había tratado con desprecio; ahora entendía la razón. Era la amante de Rainer.
-Ven, acércate -le dijo él a la sirvienta, quien se aproximó con un andar coqueto, vistiendo un mini vestido similar al de Annika, aunque el de ella era de color blanco.
La rubia se abrazó a Rainer, y él le rodeó la cintura con el brazo.
-La esperaba a ella -respondió finalmente Rainer-, no a ti, Annika.
La sirvienta sonreía con malicia, mirándola con aire de superioridad. Debía de ser profundamente satisfactorio, para alguien de su posición, haber sido preferida por su amo en la noche de bodas, en lugar y por encima de su propia esposa.
Annika los observó a ambos, y la amarga verdad volvió a instalarse en su mente. El vestido era solo otra provocación más, un intento deliberado de aplastar lo que quedaba de su orgullo y dignidad. Y lo habían logrado, porque en ese instante, la humillación, el asco y un desprecio corrosivo se abrieron paso dentro de ella.
-Perfecto -dijo finalmente, con una calma gélida-. Te dejo para que sigas disfrutando de tu noche.
Sin más, se giró para marcharse. Su respuesta, tan serena y altiva, avivó la furia de aquel hombre despiadado, quien sintió cómo la rabia crecía en su interior.
-No te he dado permiso para irte -la detuvo con un tono cortante-. Detente.
Annika se detuvo en seco, cerrando los ojos con fuerza. ¿No bastaba con que otra fuera a ocupar su lugar en la cama? ¿Qué más podía querer de ella?.
Cuando Annika se giró para enfrentarlos, Rainer esbozó una sonrisa cargada de malicia antes de tomar a la sirvienta por la cintura y besarla con una hambre descarada. La mujer, rubia y complaciente, respondió al beso con igual fervor, mientras las manos de él recorrían su cuerpo sin el menor recato.
Annika frunció el ceño y apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia hervía en su pecho. ¿Hasta dónde pensaba llegar ese miserable para humillarla?.
-¿Para esto quieres que me quede? -soltó con un veneno que apenas pudo contener-. ¿Para que sea testigo de esta bajeza?
Rainer rompió el beso y la miró con una burla fría en los ojos.
-¿Ahora te crees digna y pura solo porque saliste de un monasterio? -se mofó, limpiándose los labios con desprecio-. Estás aquí para obedecer, Annika. No olvides tu lugar... o terminarás entre las garras de esos perros rusos que tanto ansían un pedazo de ti.
Annika cerró los puños con fuerza, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en las palmas. Cada palabra de él era un recordatorio cruel de la cadena invisible que llevaba al cuello.
-¿Qué más quieres? -le espetó, con la voz desafiante y amarga-. ¿Que me quede a mirar?
En su interior, rogaba que no fuera eso, que Rainer la dejara regresar a su habitación y olvidarse de aquella escena repugnante. Pero él no era alguien que se conformara con tan poco. Ladeó la cabeza, mirándola con esa sonrisa torcida que la hacía odiarlo aún más.
-Sí, quédate -ordenó con un tono áspero-. Quiero que veas y aprendas cómo se me trata en la cama, lo que me gusta y lo que no. Porque tú, niña de monasterio, no eres más que una idiota virginal que no sabe nada de hombres. Has estado toda tu vida en un hueco y dudo mucho que sepas hasta cómo meterte los dedos.
La sirvienta soltó una carcajada descarada, y Rainer la acompañó con una risa burlona que resonó como un eco de humillación. Annika sentía cómo su pecho se comprimía de furia e impotencia, una rabia contenida que no encontraba salida. Por más que lo deseaba, no podía hacer nada para defenderse de aquella degradación.
Inspiró hondo, obligándose a recuperar la compostura. Necesitaba mantener la cabeza fría, no ceder a los impulsos que podrían empeorar su situación. Era consciente de que tenía todas las de perder.
-De acuerdo -dijo con una calma tensa, sus ojos fijos en el sillón situado en la esquina de la habitación-. Me quedaré a mirar, como quieres.
Con pasos decididos, Annika se dirigió al sillón y se dejó caer en él, cruzando las piernas con una pose altiva, como si aquel gesto pudiera protegerla del veneno de esos dos. No iba a permitir que ningún imbécil la aplastara tan fácilmente.
Rainer le dirigió una mirada de desprecio antes de volver a tomar a la sirvienta entre sus brazos. La besó con la misma hambre de antes, y la mujer, complaciente, respondió exagerando cada gemido con un dramatismo que solo aumentaba la irritación del hombre.
Harto de la teatralidad, Rainer empujó a la rubia sobre la cama. Ella soltó una risa coqueta, disfrutando de la brusquedad a la que ya estaba acostumbrada y que parecía encantarle. Él se despojó de la ropa con movimientos rápidos, mientras Annika, desde su rincón, luchaba por no desviar la mirada, aunque en su interior deseaba con todas sus fuerzas salir corriendo... o, mejor aún, acabar con ambos de un solo disparo si pudiera.
La escena se tornó aún más grotesca. Rainer embestía a la sirvienta por detrás, en una posición que evocaba la crudeza de dos animales en celo. La rubia gemía con cada movimiento, volviendo la cabeza para mirar a Annika con una sonrisa burlona, disfrutando de su sufrimiento y alimentando la furia que hervía en la joven.
Rainer, sin dejar de moverse, mantenía sus ojos clavados en Annika también. Su mirada era un cóctel de desafío y deseo, como si aquel acto no fuera suficiente para él. Quería que fuera ella quien estuviera en ese lugar, bajo su control, sometida a su voluntad. Y esa sola idea parecía excitarlo aún más.
Annika permaneció en ese sofá durante más de una hora, siendo obligada a presenciar una escena que parecía no tener fin. Rainer y su sirvienta no se detenían, repitiendo el mismo acto una y otra vez, explorando todas las posiciones posibles, como si aquello fuera un espectáculo diseñado exclusivamente para atormentarla. Cada tanto, sus miradas se posaban en ella, burlonas y desafiantes, disfrutando de su supuesta derrota.
Cualquier otra mujer, en su lugar, habría sucumbido al llanto, rota por el dolor de ver a su esposo, en la noche de bodas, entregándose a otra mujer. Ser testigo de cómo lo que debía pertenecerle por derecho era usurpado tan descaradamente habría sido insoportable para cualquiera. Pero Annika no era como las demás. No lo amaba, ni siquiera lo deseaba; en realidad, quería verlo muerto, con sus propias manos si fuera necesario. Sin embargo, eso no la hacía inmune al peso de la humillación.
Aunque mantenía la barbilla en alto, su orgullo se desmoronaba lentamente. No podía evitar sentirse aplastada, como si la historia de su vida se repitiera con cruel exactitud. Esa escena no era nueva para ella. Había visto algo similar en el pasado, cuando su madre había sido pisoteada por su padre, un hombre igual de monstruoso que Rainer.
Ahora, el mismo destino miserable la alcanzaba, obligándola a revivir aquel dolor en carne propia. Por mucho que intentara aparentar indiferencia, sabía que era la única que estaba perdiendo en ese juego. Esa verdad le calaba en los huesos, llenándola de un odio que prometía consumirla.
Después de presenciar aquella aberración con sus propios ojos, Annika se apresuró a regresar a su habitación, como si el mismo diablo le pisara los talones. Cerró la puerta con un golpe seco y echó el seguro antes de lanzarse hacia el baño, donde vació su estómago en el retrete. Varias arcadas más, hasta que su garganta quedó ardiendo y su cuerpo se tensó, dominado por la náusea. Se apoyó contra el lavabo, respirando con dificultad, mientras el pecho le hervía de angustia.
-Maldito...-susurró, su voz temblorosa, llena de repulsión por lo que acababa de presenciar. -¡Maldito seas, Rainer!.
Golpeó el lavabo con furia, la impotencia apoderándose de ella. No podía hacer nada. Ni siquiera huir parecía una opción viable. La sensación de estar atrapada la consumía, como un peso insoportable sobre su pecho.
Salió del baño con el rostro demacrado por la rabia. Sin pensarlo, arrancó el vestido rojo que le habían impuesto y lo pisoteó, con furia, hasta que sus fuerzas se agotaron. Se desplomó en la cama, su cuerpo temblando, con las lágrimas al borde de los ojos, pero se negó a dejarlas caer. No por él, no por ese hombre tan despreciable. Antes morir que derramar una sola lágrima por alguien como Rainer.
En busca de consuelo, apagó las luces y se envolvió en las mantas, abrazando el calor de la cama. Al menos, pensó, tenía ropa, comida, y cierta comodidad. Debía aprovecharlo mientras pudiera, antes de que ese hombre la redujera a nada, antes de que su vida se convirtiera en una jaula. Cerró los ojos, todavía furiosa, pero con una determinación férrea. Ya sabía lo que debía hacer con ese bastardo.
***
El día después de casarse con Rainer no trajo ningún cambio. Todo seguía igual de hostil, como siempre. Ser la señora de la casa no resultaba muy distinto a ser una sirvienta de bajo rango, porque al parecer, la rubia amante de Rainer tenía el privilegio -o la desgracia- de ocupar su cama.
-Esto es lo que hay -dijo la sirvienta de siempre, colocando la bandeja de comida sobre la mesita de noche en la habitación de Annika-. Rainer ha pedido que te trajeran el desayuno, como una pequeña muestra por haberte convertido en la señora Vogel.
Las palabras de la mujer caían sobre Annika como un veneno, amargas y crueles. Annika, sin embargo, las ignoró.
-Gracias -respondió, con una calma helada-. Parece que mi marido empieza a tener buenos detalles.
La sirvienta levantó una ceja y torció una sonrisa cínica.
-¿Ah, sí? -se burló-. Pensar eso solo demuestra lo poco que te valoras, después de haberme visto acostarme con tu supuesto esposo, justo frente a tus ojos.
Annika esbozó una sonrisa burlesca. Una mínima mueca de indiferencia.
-Las amantes son útiles solo cuando nadie más está disponible -dijo con frialdad, haciendo que la sonrisa de la rubia se desvaneciera de inmediato-. Disfruta de mi "marido", espero que te suban el sueldo por el esfuerzo de abrirle las piernas.
El rostro de Lavinia se tornó rojo de furia. Sus puños se apretaron a los lados de su cuerpo, pero rápidamente se recompuso, forjando una sonrisa de victoria.
-Respiras por la herida -dijo con desdén-. Estás muriéndote de celos por la humillación de anoche. No puedes soportar que una simple sirvienta te haya arrebatado la atención de Rainer.
-Te lo regalo -suspiró Annika-. Ah, perdón, olvidé que Rainer no es un hombre a tu nivel. Estoy segura de que preferiría cortarse los huevos antes que presumir delante de la sociedad con una simple sirvienta. -Se puso de pie y, con desdén, miró a Lavinia por encima del hombro-. Si vas a seguir calentando su cama y ser su juguetita, hazlo bien y deja de ladrar. Ahora, lárgate.
La sirvienta estuvo a punto de actuar por impulso, levantando la mano para abofetearla, pero logró mantener la compostura. En lugar de eso, esbozó una sonrisa forzada antes de salir de la habitación. Era mejor dejar pasar la provocación y hacerle la vida imposible en otro momento, que arriesgarse a perder el favor de Rainer por una simple rabieta.
Annika, por su parte, rodó los ojos con fastidio antes de fijarse en la bandeja de comida sobre la mesita de noche. ¿Acaso eso era lo único que había? ¿Y Rainer se lo había enviado por algún tipo de consideración? Se echó a reír y negó con la cabeza. No parecía un desayuno lleno de buenas intenciones, sino más bien sobras, que rápidamente desechó en la basura. Prefería pasar hambre antes que tragar ese revoltijo de tripas.
El resto del día lo pasó encerrada en su habitación, mirando por la ventana o hojeando un libro, sintiéndose más inútil que nunca. No tenía nada que hacer, y aunque su vida con sus padres no era menos tormentosa, al menos entonces no estaba atada a nadie ni soportaba el desprecio de los empleados. Era libre, a su manera.
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Se busca personal para limpieza y mantenimiento en mansión privada.
Se requiere empleado/a de limpieza y mantenimiento para trabajar en una mansión privada de alto nivel. Las responsabilidades incluyen:
•Limpieza general de las áreas comunes y privadas de la propiedad.
•Mantenimiento de jardines y exteriores.
•Conservación de muebles y objetos delicados.
•Gestión de productos y suministros de limpieza especializados.
Requisitos:
•Experiencia en limpieza y mantenimiento en propiedades de alta gama.
•Conocimiento de productos de limpieza de calidad.
•Capacidad para trabajar de forma autónoma y con discreción.
•Buen estado físico para labores de mantenimiento exterior.
Ofrecemos:
•Salario competitivo.
•Alojamiento disponible si es necesario.
•Ambiente de trabajo privado y exclusivo.
Annika se incorporó en la cama con los ojos fijos en el número de contacto que aparecía bajo el anuncio. La emoción inicial de imaginarse trabajando para sí misma pronto se desvaneció, eclipsada por la realidad de su situación: estaba atada a un marido que no solo la mantenía relegada, sino que la trataba como una prisionera.
Si tan solo pudiera trabajar... ese infierno sería más soportable. Un empleo, sin importar cuál fuera, sería una vía de escape. Desde pequeña, había aprendido a ser una ama de casa impecable, un legado que su madre se encargó de inculcarle con rigor. Pero aunque viviera rodeada de lujos, hacer algo por cuenta propia no disminuía su valor ni la hacía menos digna.
Con cuidado, recortó el número del anuncio y lo guardó en un cajón. Mientras lo hacía, su mente ya buscaba estrategias para convencer a Rainer de que la dejara trabajar. Sabía que no sería fácil. Recién casados, él parecía decidido a controlar cada aspecto de su vida. Tendría que descubrir algún punto débil, si es que lo tenía, para abrirse camino hacia la libertad que tanto anhelaba.
Escuchó a lo lejos el rugir de un motor. Annika saltó de la cama y se asomó a la ventana de su habitación, viendo el auto de Rainer entrar en los terrenos de la mansión. Su verdugo había llegado.
Se apresuró al espejo, ajustándose la ropa: los mismos vestidos glamurosos de siempre, impregnados con ese insoportable aroma a otra mujer. Peinó su cabello rubio con rapidez y se roció un poco de perfume. Una vez lista, salió al salón para recibirlo.
Cuando Rainer entró, la observó de pies a cabeza con una expresión que oscilaba entre la extrañeza y el escrutinio. ¿Estaba ella finalmente cumpliendo con el papel que él esperaba? Algo en su interior se revolvió.
-Tenemos que hablar -dijo Annika, firme. Él frunció el ceño.
-¿Acaso no ves que vengo de trabajar? -espetó con irritación, justo cuando Lavinia apareció para tomar su portafolio y quitarle el saco con un gesto deliberadamente coqueto-. Estoy cansado, más tarde.
Rainer pasó junto a Annika con Lavinia siguiéndolo de cerca, pero ella no estaba dispuesta a rendirse. Lo alcanzó justo a tiempo, apartando a la sirvienta y sujetándolo por la manga de la camisa para detenerlo.
-Por favor -le dijo en un tono bajo, suave, inusual en ella-. Solo dame un momento, Rainer.
-¿No lo has escuchado? -interrumpió Lavinia, su voz cargada de recelo-. Necesita descansar. No seas desconsiderada.
-Él es mi esposo, y tú una sirvienta -replicó Annika con acidez, logrando que Rainer se girara hacia ella, arqueando una ceja-. Quiero hablar con él a solas.
-Ya te dijo que...
-Largo -la cortó Rainer con frialdad-. Ahora.
Lavinia giró hacia su jefe con una expresión triunfante, pero la sonrisa en sus labios se desvaneció al encontrar la mirada severa de Rainer, cargada de una orden inquebrantable.
-Pero, Rainer...
-Ahora -repitió él, con los dientes apretados y un tono que no admitía réplica.
La sirvienta apretó la mandíbula, lanzando una última mirada llena de odio hacia Annika antes de inclinarse y retirarse en silencio.
-Sígueme -ordenó Rainer, sin apartar la vista de Annika. Ella obedeció, siguiendo sus pasos escaleras arriba.
Al llegar al despacho, Rainer abrió la puerta y esperó a que Annika entrara. Apenas cruzó el umbral, él cerró la puerta tras ellos, sus ojos clavados en ella, brillando con un destello de deseo contenido.
-Bien, habla -exigió con un tono frío, cruzando los brazos-. Espero que seas breve.
-Yo... -Annika le dio la espalda y cerró los ojos con fuerza- quiero que despidas a esa mujer.
-¿Qué?
Dudó antes de continuar, abriendo los ojos con una mezcla de incertidumbre y determinación. Nunca había sido buena para la seducción ni para hacerse la víctima.
Se giró de nuevo hacia él, dejando ver una expresión cargada de dolor.
-Lavinia, ¿no? -se acercó con pasos decididos- Tu sirvienta. Quiero que la despidas.
Rainer frunció el ceño, claramente confundido.
-¿Te has vuelto loca? ¿Ya olvidaste cuál es tu lugar aquí?
-Soy tu esposa -quedó frente a él, con la mirada húmeda-. Te acostaste con ella en lo que debía ser nuestra noche de bodas. ¿Por qué no tienes un poco de consideración, si vamos a compartir esta vida juntos?
Él la observó en silencio, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Había reproche en sus palabras, pero también algo más profundo. Por un instante, creyó que le importaba lo que había sucedido. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro mientras acortaba la distancia entre ambos.
-¿Estás celosa de Lavinia? -murmuró, con un tono burlón. Annika, sin delatar su satisfacción, mantuvo su postura-. ¿Te dolió verme con ella esa noche? ¿Es por eso que vienes con este reclamo?
-Sí -admitió con determinación-. Ese lugar me pertenece, Rainer. Soy tu esposa.
Rainer sintió una satisfacción inmensa. Siempre había creído que Annika era una mujer imperturbable, incapaz de mostrar debilidad. Por más que intentaba herirla, ella mantenía su actitud altiva, ignorando cada provocación. Pero ahora, ¿estaba finalmente admitiendo cuánto le dolía verlo con otra?
-Lo siento, querida esposa -murmuró con tono triunfante-. Lavinia ha trabajado para mí durante años. Además... -tomó un mechón del cabello de Annika y lo rozó con sus labios-, ella cumple con lo que tú aún no has sido capaz de hacer. Te dije que dejaras de ser tan egoísta.
-¿Entonces vas a seguir con ella? -preguntó Annika, apretando la mandíbula al ver cómo Rainer asentía.
-Tuviste tu oportunidad -dijo mientras sujetaba su mentón y la obligaba a mirarlo-. Podrías haberlo tenido todo conmigo, pero elegiste rechazarme y darme la espalda. Huiste sabiendo perfectamente el acuerdo entre tu padre y yo.
-Eso no justifica lo que haces -replicó, mordiéndose el labio inferior antes de continuar-. Yo... yo puedo hacer lo que quieras. Si deseas que esté en tu cama, lo haré.
Pronunciar esas palabras le provocó una náusea que apenas logró contener. Su único consuelo era la esperanza de que su plan estuviera funcionando, que Rainer creyera en su supuesta fragilidad y en la necesidad de ganarse su atención.
-No, ya es tarde para eso -respondió él con frialdad, soltándola mientras ella respiraba aliviada-. Cumplirás tu papel cuando yo lo decida. Por ahora, Lavinia es quien calienta mi cama.
-Tu debes de estar de acuerdo ... -murmuró Annika, dejando entrever una expresión controlada -lo acabo de comprobar.
-¿De qué estás hablando?
-En este lugar me tratan como a una sirvienta más -respondió, mirándolo directamente mientras una lágrima, trabajada con esfuerzo, rodaba por su mejilla-. No me atienden como deberían, me miran con desprecio y susurran a mis espaldas. ¿Sabías que Lavinia incluso sugirió que buscara trabajo? Rainer, tú sabes de dónde vengo... Yo nunca...
Annika no terminó la frase y bajó la mirada, dejando escapar un sollozo silencioso que no pasó desapercibido para Rainer. Una nueva oleada de satisfacción lo invadió. Sabía perfectamente que ella, acostumbrada a una vida de privilegios, debía considerar el trabajo una tortura, más aún cuando carecía de habilidades prácticas. Ser tratada con hostilidad por todos no era solo incómodo, sino un golpe directo a su orgullo. ¿Había estado reprimiendo todo aquello durante tanto tiempo?
-Así que por eso quieres que la despida -murmuró Rainer, tomando su barbilla para alzarle el rostro y encontrarse con unos ojos enrojecidos por las lágrimas-. Ahora que estás sola, sin el respaldo de nadie, vienes a buscar mi atención como una zorra desesperada. ¿Crees que soy un idiota? Sabías perfectamente que no ibas a ser tratada como una reina aquí, Annika. No te lo has ganado.
-¿Qué quieres decir? ¿Estás de acuerdo con esa mujer? -preguntó Annika, con un dejo de alarma en su voz-. No puedes hacer eso, Rainer, soy tu esposa, tienes el derecho de...
-No tengo derecho a nada -la interrumpió con desprecio-. A partir de ahora, Annika, vas a valerte por ti misma. Busca un trabajo, porque de mí no recibirás ni un solo centavo. No me casé contigo para mantenerte. Solo cuando estés completamente a mis pies consideraré tener alguna indulgencia. Ahora, fuera de aquí.
Annika intentó insistir entre lágrimas, pero Rainer perdió la paciencia y terminó echándola a la fuerza de su despacho. Al otro lado de la puerta, ella dejó de llorar y, tras recomponerse, secó las lágrimas fingidas mientras una media sonrisa se dibujaba en su rostro. Todo había salido exactamente como lo había planeado, y lo mejor era que apenas había tenido que esforzarse.
Mientras tanto, Rainer, aún en su despacho, se sentía victorioso. Creía haber encontrado la debilidad de su esposa y estaba convencido de que pronto volvería suplicando, incapaz de enfrentar la realidad. No imaginaba lo astuta que podía ser Annika ni lo lejos que estaba de quebrarla.
Annika no sabía qué le revolvía más el estómago esa mañana: las fachas de mierda que llevaba encima o tener que desayunar frente a Rainer con su amante enredada sobre él como una maldita lapa.
Se sentó, tragándose el asco y el fastidio, mientras esos dos se restregaban descaradamente en la mesa. Intentó enfocarse en el plato que tenía delante, pero el primer bocado casi la hizo vomitar. Era otra de las bromitas de Lavinia, la muy desgraciada.
Respiró hondo, recordando que debía mantener su papel de víctima. Necesitaba mantener a Rainer bajo control, aunque eso implicara tragarse la humillación. Levantó la vista y los vio: Lavinia alimentaba a Rainer con una cuchara, riéndose como una idiota. Annika sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a seguir con su plan.
Dejó caer la mirada, dejando escapar un sollozo que acompañó con un gesto de falsa vulnerabilidad al secarse una lágrima imaginaria con el dorso de la mano.
-Pobrecita -se burló la sirvienta desde la esquina-, llora como si fuera la protagonista de un mal drama. Tonta.
Rainer soltó una carcajada, pero no dijo nada. Era el momento. Annika golpeó la mesa con fuerza, haciendo que todo en la sala se detuviera. Se levantó de golpe, la furia encendida en sus ojos mientras caminaba hacia Lavinia. Sin miramientos, la agarró del brazo y la levantó de las piernas de Rainer con un tirón.
-¡¿Qué coño te pasa?! -protestó Lavinia, sorprendida.
-¡Lárgate! -gritó Annika, su voz oscilando de rabia-. ¿Te diviertes restregándote con el marido de otra? ¡Fuera de aquí, zorra!.
La carcajada de Lavinia fue como un fósforo cayendo en gasolina. La muy cínica tenía el descaro de reírse en su cara. Annika sentía cómo la sangre le hervía de verdad. La odiaba. Si esa mujer no se hubiera metido con ella desde el inicio, tal vez habría encontrado otra forma de manejar a Rainer.
-¿Todavía no entiendes cuál es tu lugar? -dijo Lavinia con una sonrisa venenosa, colocándose detrás de Rainer como si fuera su escudo-. Solo me voy si mi jefe lo ordena. Así que háblale a él, no a mí.
Annika fijó la mirada en Rainer, quien parecía encantado con el espectáculo. Una esposa celosa peleando por su lugar, justo lo que alimentaba su ego.
-Rainer -murmuró ella con un tono cansado, dejando que su expresión se volviera vulnerable y rota-. Yo... haré lo que quieras. Mira esto -dijo, señalando el espantoso vestido que llevaba puesto-. ¿Sabes lo humillante que es salir así a buscar trabajo? Es obvio que me lo van a negar. No sé cómo más hacerlo. Estoy haciendo todo esto por ti, ¿y tú sigues haciéndome esta mierda? ¡No lo merezco!.
Él respondió con una sonrisa torcida, estudiándola de arriba abajo con descaro. Verla en ese estado le provocaba algo retorcido. Diversión y deseo. Esa versión sumisa y derrotada de Annika lo atraía más de lo que quería admitir. Parte de él quería llevársela a la cama de inmediato, pero su ego inflado y su orgullo machista no le permitían ceder tan fácilmente.
-¿No lo mereces? -Rainer repitió con un tono sarcástico mientras se levantaba de su asiento -. Sigues siendo igual de insufrible, Annika. ¿De verdad pensaste que iba a pasarme la vida arrastrándome por ti? Esto es lo que te toca, y apenas estoy calentando motores.
Annika apretó la mandíbula, tragándose las ganas de mandarlo al infierno. Qué asco le daba tener que actuar como una pobre imbécil, pero sabía que esa era la única forma de mantener su plan en marcha. Sorbió por la nariz y limpió las últimas lágrimas de su rostro, esforzándose por parecer derrotada.
-¿Me darás al menos para un taxi? -susurró con un hilo de voz, lo suficientemente bajo como para sonar vulnerable.
Lavinia soltó una carcajada desde su lugar, casi atragantándose de la risa.
-¿No tienes ni para eso? -se burló la mujer -. Qué patética.
Annika bajó la mirada con los dientes apretados, esperando la reacción de Rainer. No tenía nada más que los trapos que él le tiraba y la bazofia que llamaban comida. Dependía también de su dinero.
-Casi lo olvido -soltó él con una sonrisa -. Ahora eres una pobre diablo más en este agujero.
Sacó la billetera, dejando caer un puñado de billetes a sus pies. El gesto era tan calculado que la humillación quemó más que las palabras. Ella cerró los puños, conteniendo la sarta de maldiciones que le hervía en la garganta. No podía arruinarlo todo perdiendo el control.
Se agachó en silencio, recogiendo cada billete con movimientos lentos, mecánicos. Cuando alzó la vista, su expresión era vacía y cansada.
-Gracias -murmuró, apenas audible.
-Nunca olvides lo que eres, Annika -le espetó Rainer, con un tono gélido-. Si pones un pie fuera de aquí, no durarás ni un día. ¿Qué vas a hacer? ¿Crees que alguien te va a dar la hora sin identificación? No me vengas llorando cuando te reviente la realidad allá afuera.
-¿Y qué opciones tengo? Eres tú quien me ha hundido en esta mierda. Tú, favoreciendo a esa cualquiera mientras yo tengo que mendigarte. ¿De verdad crees que elegí esto?
Rainer la agarró de las mejillas con fuerza, obligándola a mirarlo.
-Te lo buscaste, Annika. Te creías intocable cuando me hacías dar vueltas como un idiota, ¿no? Mira dónde estás ahora, arrastrándote por las sobras. Esto es culpa tuya.
La soltó con un empujón que casi la hace perder el equilibrio.
-Desaparece de mi vista. Y ni se te ocurra intentar largarte, porque si no te mato yo, lo harán los rusos. ¿Entendido?
Ella tragó saliva, luchando por mantener el poco control que tenía sobre sí misma.
-Lo sé. Eres lo único que me queda, y mi último refugio -susurró antes de girarse.
Agarró el bolso de la mesa y salió del comedor casi corriendo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Detrás de ella, Rainer se quedó observándola con una sonrisa de triunfo. Para él, era cuestión de tiempo antes de que ella regresara, dispuesta a rendirse. Por ahora, disfrutaría del espectáculo que le daría.
***
Annika estaba hecha un manojo de nervios. El corazón parecía querer estallar, latiendo con fuerza bajo la mirada gélida del hombre frente a ella. Era un anciano, tal vez rondando los setenta, de cabello blanco como la ceniza, vestido impecablemente con un chaqué gris. Sus manos, enfundadas en guantes negros, sostenían un bastón con la misma firmeza con la que sujetaba su autoridad. Un monóculo en su ojo derecho completaba su porte de severidad. La observaba de arriba abajo, como si estuviera evaluando una mercancía defectuosa.
Annika sentía que se le encogía el estómago. ¿Era su ropa vieja y gastada? ¿O acaso el hecho de haber llegado en un día no acordado? Tragó saliva, intentando que la voz no le temblara.
-Yo... -se forzó a hablar-. Vine por el anuncio en el periódico. Hablamos por teléfono, ¿me recuerda? Annika Klein.
El anciano no dejó de escanearla con esa mirada de desaprobación que pesaba toneladas. Finalmente, habló, su tono tan cortés como frío.
-Señorita Klein, no recuerdo haber acordado una cita con usted para hoy.
Ella sintió cómo la frustración se le subía al pecho, apretándole la garganta.
-Lo sé, lo sé, y lo lamento mucho -respondió, mordiéndose el labio. La desesperación empezaba a filtrarse en su voz-. Pero... necesito este trabajo.
No tenía documentos, ni referencias, ni nada que pudiera respaldarla. Su ropa vieja y desgastada era una bofetada a la imagen de "buena impresión". ¿Y si Rainer tenía razón? ¿Si no podía conseguir nada fuera de esa cárcel dorada? Solo de imaginarlo, la idea de regresar a ese infierno con su sonrisa de burla la llenaba de rabia. No podía fallar.
El hombre entrecerró los ojos, dispuesto a rechazarla de plano.
-Lo siento mucho, señorita, pero...
-¡Por favor! -Annika dio un paso al frente, tomando la mano enguantada del anciano en un impulso desesperado-. Sé que no vengo vestida como debería, que me adelanté al día acordado, y tampoco tengo los papeles que me pidió, pero... le ruego que me dé una oportunidad. Necesito este trabajo más de lo que se imagina. Estoy... desesperada. Ni siquiera he desayunado.
Su voz se quebró al final, pero no soltó la mano del hombre, aferrándose a la mínima esperanza de no tener que volver con las manos vacías.
No mentía. No solo no había comido nada esa mañana, sino que las demás comidas se las había saltado por culpa de Lavinia, que le traía la comida tan salada o tan insípida que ni ganas le daban de probarla. Los días con ese hombre, casada con él, se volvían cada vez más insoportables.
-Haré lo que sea -repitió Annika, ante el silencio pesado del hombre-. Puedo hacer cualquier cosa, se lo aseguro. Si quiere, puede ponerme a prueba durante una semana, sin sueldo.
El anciano suavizó la mirada, retirando la mano de Annika con algo de incomodidad. La estudió una vez más, de arriba a abajo, antes de soltar un suspiro resignado.
-Está bien -dijo al fin-. Entre. Hay algunas reglas que debe seguir antes de empezar a trabajar aquí.
Annika sonrió tan ampliamente que casi se le olvida cómo era hacerlo. Casi saltaba de alegría mientras seguía al hombre a través de las grandes rejas de hierro, viejas y oxidadas.
El camino de piedras crujía bajo sus pies, cubierto de hojas secas. Annika miraba a su alrededor, viendo cómo los jardines estaban completamente descuidados, las flores secas y marchitas, los árboles rebosantes de hojas amarillas que caían al suelo con cada ráfaga de viento.
Y ni hablar cuando vio la mansión. Aunque en su exterior parecía desmoronada y olvidada, los jardines que la rodeaban también lucían muertos y abandonados.
El anciano abrió la puerta principal y entró, con Annika siguiéndolo, intrigada. A pesar de la fachada deteriorada, el interior era un reflejo de un lujo antiguo. Cuadros en las paredes, floreros con flores secas, candelabros de cristal y muebles finos de estilo clásico. El suelo de mármol negro brillaba bajo la tenue luz, y unas escaleras imponentes se elevaban hacia lo que parecían ser habitaciones interminables.
-Primera regla, señorita Klein -dijo el hombre, deteniéndose en medio del salón y volviéndose hacia ella-. El segundo piso está completamente prohibido. Todo lo que tendrá que hacer se limitará a las áreas fuera de esa zona.
-¿Puedo saber por qué? O... -se detuvo al ver la mirada implacable del anciano, y enseguida asintió, sumisa-. Claro, está bien.
-Segunda regla -continuó sin perder el ritmo-. Está prohibido hablar con el propietario. No le dirija la palabra, ni haga nada que le cause molestias.
-Pero...
-Tercera regla-la interrumpió el anciano, con un tono firme-. Las instalaciones del sótano están fuera de los límites. Lo mismo para las áreas subterráneas. Como estará supervisando toda la mansión, señorita Klein, evite esos lugares, por su bien.
Annika tragó saliva, pero asintió sin dudar. Era muy buena en acatar órdenes, sobre todo cuando dependía de ello su supervivencia.
-Otra cosa, señorita -prosiguió el hombre-. Su único trabajo será limpiar y ordenar. También encargarse de los jardines y el césped. Este lugar necesita una limpieza a fondo. ¿Puede con eso?
-Sí, absolutamente.
-¿Tiene experiencia? ¿Alguna carta de recomendación?
-No, ninguna -respondió con pesar-. Pero verá lo bien que puedo hacer el trabajo en esta semana de prueba. No se arrepentirá, confíe en mí. Me esforzaré al máximo.
-De aquí no debe salir información, señorita. No ve nada, no escucha nada, no siente nada. Lo que estoy haciendo con usted es una excepción. No llena ninguno de los requisitos para el puesto -la miró fijamente-. Espero que esté a la altura de esta oportunidad y sea digna de confianza. De lo contrario, su final será... trágico.
Eso le dio una señal de alerta, pero asintió sin pensarlo. Ya estaba dentro, de todos modos. No iba a dejar pasar una oportunidad como esa para alejarse de Rainer, y haría lo que fuera necesario para que él la dejara seguir con el trabajo. Tendría que encontrar otro camino.
El anciano continuó mostrándole la mansión, dándole instrucciones claras que debía seguir al pie de la letra si quería mantener el puesto. El lugar era enorme, hermoso, acogedor, pero en un silencio pesado.
El mayordomo le había dejado claro que no tendría que ocuparse de la comida ni de nada relacionado con la alimentación del propietario. Y lo más importante, la limpieza sería a medio tiempo. Una lástima, porque Annika hubiera preferido quedarse más tiempo allí para evitar las caras de su esposo y su amante, pero al menos algo era algo.
Finalmente, el anciano, llamado Sergio, le indicó dónde estaba su habitación de descanso, para que pudiera cambiarse y ponerse su nuevo uniforme de limpieza, comenzando de inmediato con la tarea.
Al terminar de vestirse y lista para comenzar, Annika decidió empezar por limpiar la entrada principal y el gran salón. Le quedaba poco tiempo antes de que llegara la hora de salida, así que se tomó su tiempo, concentrada y más feliz que nunca. Se sentía libre, sin la presión de Rainer encima.
Solo había algo que la incomodaba: el hecho de que, en ese mismo momento, Rainer debía saber dónde estaba y que había conseguido trabajo. ¿Y si la encerraba? ¿Y si le prohibía salir solo para tenerla bajo control? Ese era su mayor temor, además de ser encontrada por los rusos. Por suerte, había pasado la mayor parte de su vida bajo el control de su padre, encerrada, lo que hacía casi imposible que alguien supiera quién era.
Estaba tan sumida en sus pensamientos sobre los pros y los contras de su vida que no escuchó los fuertes pasos acercarse a la puerta principal. Alzó la cabeza de golpe al ver una sombra moverse por debajo de la rendija, pero cuando intentó levantarse para abrir, la cerradura cedió y la puerta, llena de tallas, se abrió. Frente a ella apareció una figura que debía medir al menos dos metros de alto.
Annika retrocedió por instinto, asustada, pensando que tal vez se trataba de un ladrón o algo similar, por la apariencia del hombre. Pero un ladrón no entraría con tanta naturalidad en una mansión como esa, ni mucho menos atravesaría las rejas oxidadas sin que el anciano lo hubiera notado, con las cámaras y la alta seguridad que había.
Se quedó quieta en su lugar, cerca de las escaleras, con la aspiradora en la mano. El hombre la miraba fijamente con unos ojos plomizos, grises intensos, que parecían poder traspasar el hierro. Pero solo podía ver eso: sus ojos, ya que su rostro estaba cubierto por un pasamontañas y una capucha negra que le tapaba la cabeza.
Llevaba botas de cuero negro de combate, jeans oscuros y una sudadera de tela gruesa. Además, tenía guantes que cubrían sus manos.
Avanzó unos pasos hacia adentro y la puerta se cerró detrás de él con un sonido seco. Annika no podía moverse ni emitir palabra alguna. ¿Quién era? ¿El dueño? Era demasiado aterrador, demasiado alto, demasiado imponente como para ignorar su presencia.
Cuando aquel hombre dio un paso más hacia ella, como si estuviera a punto de matarla o hacerle algo peor, el anciano carraspeó con fuerza.
-Es la nueva sirvienta -anunció, deteniendo al gigante en seco-. Trabajará para ti a partir de ahora. Ya me he encargado de todo.
Annika soltó un suspiro de alivio. Por poco y se orinaba del susto. Ver a ese hombre la hizo sentir que tenía un pie más cerca de la muerte. Literalmente.
El gigante apartó la mirada de ella, como si ya no tuviera importancia, y dirigió su atención al suelo. Fue entonces cuando Annika notó a un gato negr0 de ojos dorados que apareció de la nada y se restregó contra la pierna del extraño. Él se apartó con un movimiento brusco y empezó a caminar, ignorándola por completo, con el gato siguiéndole los pasos.
El único sonido en el aire era el eco pesado de sus botas mientras subía las escaleras. Cada escalón retumbaba hasta que, a lo lejos, se escuchó una puerta abrirse y cerrarse de golpe, con una agresividad que dejó a Annika inmóvil, aún procesando lo que acababa de ocurrir.