No quería que nacieran todavía, aferrándome a la esperanza de un destino diferente.
Pero mientras las contracciones me desgarraban, la televisión de la sala de espera gritaba una verdad horripilante: mi esposo, Alejandro, proclamaba su amor inquebrantable por Eva, mi prima, la mujer que en mi vida pasada me robó a uno de mis gemelos y me encerró en un psiquiátrico hasta morir.
Esta vez, el golpe fue doble: el dolor de su traición y el recuerdo vívido de mi infierno anterior, con la imagen de mi bebé arrebatado grabada a fuego.
Él y sus hombres irrumpieron en mi habitación, arrastrándome al quirófano como una bestia, ignorando mis súplicas y mi avanzado embarazo.
Allí, Eva, con su sonrisa de ángel y lágrimas falsas, susurró mentiras sobre mi cordura, mientras Alejandro, el hombre que juró amarme, me abofeteaba, me humillaba y ordenaba que me sedaran para quitarme a mis hijos.
¿Cómo era posible que volvieran a hacerme esto? ¿Qué había hecho para merecer tal crueldad, una y otra vez?
Esta vez, no moriré sin luchar; esta vez, protegeré a mis hijos y haré que paguen por cada gota de mi dolor.
Traté de posponer la cesárea, pero fue inútil, ya era de noche y la lluvia torrencial afuera golpeaba las ventanas del hospital con una furia que parecía reflejar mi propia desesperación.
Mi cuerpo temblaba, no por el frío, sino por el miedo que me carcomía por dentro.
En la televisión de la sala de espera, que apenas podía ver desde mi cama, un noticiero anunciaba con fanfarrias la noticia del día: Alejandro de la Vega, mi esposo, acababa de anunciar públicamente su inquebrantable amor por Eva, mi prima, declarándola la mujer de su vida en un evento benéfico.
La presentadora sonreía, hablando de un amor de cuento de hadas, mientras yo sentía cómo mi mundo se derrumbaba por segunda vez.
El dolor agudo de una contracción me atravesó el vientre, un recordatorio brutal de que el tiempo se agotaba, mis hijos estaban a punto de nacer en medio de esta pesadilla.
Apreté los dientes, aguantando el dolor físico y el que me desgarraba el alma.
Todo esto ya lo había vivido.
En mi vida pasada, fui tan estúpida, tan ciega. Creí en las mentiras de Eva, mi prima, que siempre me miró con una sonrisa dulce mientras planeaba mi destrucción. Ella me convenció de que Alejandro me era infiel, me aisló de todos y, en el momento de mi mayor vulnerabilidad, después de dar a luz a mis gemelos, me robó a uno de ellos.
Le hizo creer a Alejandro que yo había intentado matar a nuestro hijo, que estaba loca. Y él, el hombre que juró amarme, le creyó. Me encerró, me arrebató a mi otro bebé y me dejó morir sola y rota en un hospital psiquiátrico, mientras él criaba a mi hijo con Eva, la mujer que me lo había quitado todo.
Pero el destino, o quizás una fuerza que no comprendo, me dio otra oportunidad. Abrí los ojos un día y estaba aquí, de vuelta en el pasado, con mis dos bebés aún a salvo en mi vientre. Con los recuerdos intactos, con el dolor y el odio ardiendo en mi pecho.
Jurpe que esta vez sería diferente. Juré que protegería a mis hijos, que desenmascararía a Eva y que haría que Alejandro pagara por su ceguera y su crueldad.
Por eso intenté retrasar el parto, necesitaba tiempo para pensar, para encontrar una salida. Pero él no me lo permitió.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Dos hombres altos y con cara de pocos amigos, los guardaespaldas de Alejandro, entraron sin decir una palabra.
"Señora, el señor de la Vega ha dado la orden. Es hora."
"No," supliqué, tratando de encogerme en la cama. "Todavía no, por favor, esperen."
No me escucharon. Me agarraron de los brazos con una fuerza que me hizo gemir de dolor. Me levantaron de la cama sin ninguna delicadeza, ignorando mi estado.
"¡Suéltenme! ¡Me están lastimando! ¡Estoy embarazada!"
Me arrastraron por el pasillo, mis pies descalzos resbalando en el suelo pulido. Vi los rostros curiosos y asustados de otras enfermeras y pacientes, pero nadie hizo nada. Eran los hombres de Alejandro de la Vega, y en esta ciudad, su palabra era ley.
Me metieron a la fuerza en el quirófano. La luz blanca y fría me cegó por un momento. El olor a antiséptico me revolvió el estómago. Me amarraron a la camilla, y el pánico se apoderó de mí por completo.
"¡No, por favor, no lo hagan!" grité, mi voz quebrándose por las lágrimas.
Entonces, la puerta se abrió de nuevo. Eva entró, con su cara de ángel y sus ojos llenos de una falsa preocupación. Llevaba un vestido elegante, como si viniera de la fiesta que mostraban en la televisión.
"Sofía, prima, ¿por qué haces esto?" dijo con una voz suave y lastimera. "Solo queremos lo mejor para ti y para los bebés. Alejandro está muy preocupado."
"¡Lárgate de aquí, maldita víbora!" le grité, luchando contra las ataduras. "¡Tú no te acercarás a mis hijos!"
Eva retrocedió, llevándose una mano al pecho como si la hubiera herido profundamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas.
"Alejandro," sollozó, mirando hacia la puerta. "Mira cómo está. Está fuera de sí."
Y entonces entró él. Alejandro. Alto, imponente, con su traje caro y su expresión de hielo. Me miró con un desprecio que me heló la sangre.
"¿Todavía sigues con tu teatrito, Sofía?"
Se acercó a la camilla y, sin previo aviso, su mano se estrelló contra mi mejilla. El golpe fue tan fuerte que mi cabeza rebotó contra la camilla y vi estrellas. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca.
"¡Eres una vergüenza!" siseó, su rostro a centímetros del mío. "¡Intentando dañar a mis hijos solo para llamar la atención! ¿No tienes límites?"
Miró al anestesiólogo.
"Duérmanla. Hagan lo que tengan que hacer. Y asegúrense de que esos bebés estén bien, lejos de esta loca."
Mis últimas lágrimas rodaron por mis mejillas mientras la aguja entraba en mi brazo. Mi última visión consciente fue la de Alejandro abrazando a Eva, consolándola, mientras ella me miraba por encima de su hombro con una sonrisa de triunfo.
La oscuridad me tragó, y con ella, la esperanza.
El golpe en la cara todavía me ardía, un dolor punzante que era insignificante comparado con el que sentía en el corazón. Mientras el mundo se desvanecía, un pensamiento helado se abrió paso en mi mente confundida.
La sonrisa de Eva. Esa sonrisa de triunfo. No era solo la sonrisa de una manipuladora que había logrado su objetivo. Era algo más. Era una sonrisa de reconocimiento, de complicidad en una guerra que solo nosotros dos conocíamos.
Eva también recordaba.
Esa revelación me golpeó con la fuerza de un huracán. No estaba luchando contra una simple mujer malvada, estaba luchando contra un monstruo que conocía cada uno de mis movimientos, que había regresado del más allá con el mismo propósito que yo, pero para destruirme. La desesperación me ahogó. ¿Qué oportunidad tenía ahora?
La voz de Alejandro, llena de furia, fue lo último que escuché.
"¿Ves lo que provocas? ¡Eva está embarazada, y tú la alteras con tus locuras y tus gritos! ¿Es que no te importa nadie más que tú misma?"
Sus palabras eran absurdas, crueles. Eva no estaba embarazada. Era yo quien llevaba a sus hijos, a los hijos que él ahora creía que yo quería lastimar. Era una mentira más, una red tejida por Eva para atraparlo, y él había caído de nuevo, como un tonto.
"Alejandro, no... no es verdad," logré susurrar, pero mi lengua se sentía pesada, torpe por la anestesia que empezaba a hacer efecto. "Ella miente..."
"¡Cállate!" me gritó, su rostro contorsionado por la ira. "No quiero oír ni una palabra más de tu boca. Has hecho suficiente daño."
Se inclinó sobre mí, su aliento olía a alcohol y a un perfume caro que no era el mío. Era el de Eva.
"Escúchame bien, Sofía," dijo, su voz baja y amenazante. "Vas a tener a estos bebés. Y después, te largarás de mi vida. Renunciarás a todos tus derechos sobre ellos. Se los darás a Eva para que los críe. Ella será su madre, una madre de verdad, no una loca egoísta como tú."
El aire se escapó de mis pulmones. No podía ser. No podía estar pasando otra vez.
"No... son mis hijos..."
"¡Eran tus hijos!" corrigió, su voz subiendo de tono. "Pero perdiste ese privilegio. O haces lo que te digo, o me aseguraré de que tu querido hermanito, que tanto te preocupa, se quede sin trabajo y sin futuro en esta ciudad. Y sabes que puedo hacerlo. Puedo destruir su vida con un chasquido de dedos."
Mi hermano. Mi pequeño hermano, Luis. Él era mi única familia, la única razón por la que había seguido adelante después de la muerte de nuestros padres. Alejandro lo sabía. Sabía que era mi punto débil.
El terror, puro y absoluto, me paralizó. Estaba atrapada. De nuevo.