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Luna Salvaje : La locura del Alfa

Luna Salvaje : La locura del Alfa

Autor: : snow1801
Género: Hombre Lobo
Ella no es solo una forastera en el pueblo de las montañas. Es una loba. La última descendiente viva del antiguo clan lunar que habitó esas tierras... hasta que el padre del actual Alfa, los masacró para apoderarse de su territorio. Su madre logró huir aquella noche, escondiéndola entre los brazos de una humana, quien la crió lejos del mundo salvaje, sin contarle jamás la verdad... hasta el lecho de muerte. Confundida, herida y hambrienta de respuestas, Isela regresa a las montañas siguiendo un instinto que no comprende. Los recuerdos fragmentados de la noche en que vio morir a su padre y a su madre huyendo entre los árboles la persiguen. Kael, el alfa que, carga con los pecados de su linaje... se convierte en el hombre que despierta en ella un deseo indomable. Pero Kael no está solo. Su luna destinada, hermosa y cruel, pronto descubrirá la presencia de la forastera ... y estará dispuesta a todo por defender lo que cree suyo. El pasado llama. El deseo arde. Y bajo la luna salvaje, la venganza y el amor no pueden coexistir sin sangre.

Capítulo 1 Aroma de peligro

Un grito, un golpe seco y luego nada más que absoluta oscuridad. Escucho un corazón latiendo con fuerza, casi a punto de estallar; está cerca, lo siento en mi pecho, pero no es el mío. Las ramas me arañan piel y una ola de cabello, negro y espeso se enreda en mi rostro. Me llevan en brazos. Corremos, no puedo ver con claridad, pero sé que nos siguen. Alguien o algo. Otro grito, un gruñido, una luz y despierto otra vez en mi cama. Empapada en sudor, agitada y temblorosa. He tenido el mismo sueño por quince años, ahora ya sé lo que significa.

Me compongo frente al espejo y miro el reloj. Ya son las ocho. El bar abrirá pronto y hoy es mi primer día.

No me hace ilusión trabajar entre esta gente, en un pueblo extraño a kilómetros de mi hogar, o lo que creía mi hogar, empañado ahora con el recuerdo de las mentiras de mi infancia. Aquellos no eran mis padres, ni esa mi casa, ni yo una niña normal como tanto se esforzaron en hacerme creer.

Si trabajar en este sitio, soportando a borrachos escandalosos era lo que necesitaba para aprender de mis padres bilógicos, de su historia, y de mí, de lo que era; no iba a dejar que nada se interpusiera en mi camino, no siquiera mis propios miedos.

La noche llegó y enseguida descubrí que estaba en lo cierto; pasar horas entre el hedor de aquelllos hombres peludos, navegando entre sus halagos babosos me dejaba escuchar conversaciones, normalmente inútiles, con la esperanza de encontrar algo, un nombre, una historia, que me diera un punto de partida, un lugar donde comenzar.

- !Otra cerveza, mamita! - el golpe estremeció la barra y la espuma rancia que quedaba en la jarra se derramó por la madera.

- En un minuto-. Contesté poniendo una botella de whisky sobre la bandeja.

- ¡Ahora mismo perra! - Pretendí no oírlo y seguí mi camino hacia la mesa con la bandeja llena de vasos y el whisky - Oye, ¿ eres sorda o acaso no sabes quien soy yo?

El tacto de su mano callosa en mi hombro me hizo estremecer. Intenté desprenderme pero me zarandeó con fuerza haciéndome soltar la bandeja, el vasos se volvieron trozos afilados en el suelo y todo el bar se volvió silencioso.

- ¡Qué perra tan torpe! Necesitas aprender como son las cosas aquí.

- Sueltáme -. Intenté zafarme en vano.

Su risa estruendosa rebotó a mi alrededor.

- Tienes agallas, me gustas. Ven, hablemos a solas.

No me averguenza decir que sentí el terror más profundo cuando comenzó a halarme hacia el cuarto de servicios y busqué, desesperada, cualquier ayuda entre los presentes. Cada uno de ellos bajó la vista al suelo, evitando mi mirada. Supe que estaba sola y que solo podía contar conmigo misma. Entonces lo escuché a mis espaldas. Primero fue un susurro.

- Lucian - Luego un grito - ¡Lucian! - La bestia me soltó de golpe , y se dio la vuelta. Su expresión había cambiado por completo. Estaba pálido, podría jurar que era miedo lo que veía en su mirada.

- Kael...

- ¿ Qué crees que haces Lucian? - La voz venía de una esquina oscura en el fondo del bar.

- Es solo una humana, pequeña e insignicante.

- Oh, mi querido y estúpido Lucian.

La bestia tragó en seco, retrocedí intentando recuperar el aliento, y entonces lo vi. Los demás se hacían a un lado para abrirle paso.

Alto, imponente, con hombros anchos y cuerpo esculpido a base de fuerza y disciplina, su sola presencia emanaba poder. Su piel era ligeramente bronceada, curtida por el sol y la vida salvaje, y sus músculos se marcaban bajo la camiseta negra y la chaqueta de cuero gastada.

El cabello oscuro, negro como la noche sin luna, caía en mechones desordenados sobre su frente, dándole un aire rebelde y peligrosamente atractivo. Pero eran sus ojos lo que más intimidaba y fascinaba a la vez: grises, fríos como la tormenta, cargados de secretos, ferocidad y una culpa que parecía tatuada en su mirada.

Su mandíbula definida y la barba de varios días acentuaban su masculinidad, mientras que líneas de tatuajes asomaban desde su cuello y se perdían bajo la ropa, símbolos antiguos que susurraban sobre su herencia y su rol. Kael caminaba como un depredador en su territorio, cada movimiento calculado, elegante, y cargado de la amenaza latente de alguien que podría destrozarte... o protegerte... con la misma intensidad.

Se detuvo frente a él, Lucian bajó la mirada.

- Creo que es hora de que te vayas a dormir.

Lucian gruñó y salió del bar azotando la puerta.

Kael ladeó la cabeza, olfateando sutilmente el aire. Su expresión se tensó.

-Eres nueva -dijo con voz grave.

-Trabajo aquí -respondí y me apresuré hacia la barra.

Kael se acercó sus movimientos fluidos, peligrosos, como un lobo acechando a su presa.

-Tu olor... -sus ojos brillaron con un destello salvaje-. Eres mucho más que una simple humana. ¿ Cómo te llamas?

Mi corazón se detuvo un segundo.

-Isela y no sé de qué hablas.

Kael apoyó las manos grandes y fuertes sobre la barra, acercándose. El calor de su cuerpo la envolvía, intoxicante.

-Sabes perfectamente de qué hablo... loba.

Mi pecho se apretó con sus palabras. Por un momento nos quedamos en silencio, el uno perdido en los ojos del otro. Todo a nuestro alrededor parecía desaparecer, hasta que la puerta del bar se abrió de golpe.

- Kael...

Una voz dulce se escuchó y Kael se apartó de la barra.

- Lyana - El aura indomable de Kael parecía doblegarse de alguna forma ante la presencia de aquella mujer de ojos dorados y cabello negro.

Ella se acercó, puso la mano en su pecho y le susurró algo al oído, luego se giró hacia mi.

- y tú... ¿quién eres?

- Ise...

- Nadie, no es nadie. - Kael me interrumpió tomándola por la cintura.

Lyana sonrió sin separar sus ojos de mi.

- Tienes razón, mi amor. No es nadie.

Capítulo 2 A un paso del abismo

-¿Se puede saber qué estás haciendo?

-Intentando darle un poco de color a mi vida. Me han dicho que uso demasiado negro -respondí sin apartar la vista de mis uñas recién pintadas. Dejé la brocha dentro del pomo de esmalte rojo sangre y soplé con delicadeza sobre los dedos, disfrutando del leve ardor del alcohol en la cutícula.

-¿Quieres una copa? Saqué una para ti -añadí, señalando con la cabeza hacia mi derecha, donde una copa de cristal reposaba junto a una botella de vino abierta, ambas atrapando la luz del atardecer como si destilaran sangre.

Kael me miraba desde el borde del claro. Su silueta recortada por las sombras parecía un augurio. Una advertencia. Sus ojos, grises como la tormenta que siempre parecía seguirnos, se clavaban en mí con una mezcla de decepción y furia contenida.

-No sabes con quién te estás metiendo.

-Creo que tengo una idea bastante clara -repliqué, recostándome en la vieja silla del porche con un suspiro exagerado, como si su presencia no me agitara por dentro.

-No, Nyra... -su voz se quebró apenas, imperceptible para cualquiera que no lo conociera-. Te has aliado con la gente equivocada.

Y sin más, se dio la vuelta. Un resoplido frustrado escapó de su pecho antes de fundirse con el crujir leve de las hojas al apartarse entre los árboles.

Me quedé allí, inmóvil, observando cómo su figura desaparecía entre la espesura. La oscuridad se cerró tras él como una puerta que no pensaba volver a abrirse.

El silencio volvió, pesado y absoluto.

La noche cayó con una lentitud insoportable. El viento susurraba secretos que no quería escuchar. Nadie llamó a mi puerta. Nadie me suplicó quedarse. Nadie gritó mi nombre. Nadie vino a amarme ni a destruirme. Solo el canto de los grillos, el crujido de la madera bajo mis pies descalzos y la certeza brutal de lo que había perdido... o dejado ir.

Y fue entonces, en medio de esa quietud despiadada, cuando lo supe.

Estaba sola.

Y no de esa forma pasajera en que uno se siente sin compañía...

No.

Sola. De verdad.

Como una herida que ya no sangra porque todo lo que tenía adentro ya fue arrancado.

La bruma del amanecer me encontró sentada en la misma silla, el esmalte seco, la copa intacta. Y al abrir los ojos, entendí que algo dentro de mí había cambiado para siempre.

-¿Entonces tenemos un trato?

-Sí -dije con voz firme, estrechando la mano rugosa del dueño del bar. Su apretón fue breve, cargado de años y secretos.

Lucian nos observaba desde su rincón habitual, con una ceja arqueada y los brazos cruzados, como si intentara medir cuánto de humana quedaba en mí. Se notaba incómodo. Como un perro que olfatea una tormenta antes de que truene.

El viejo desapareció en la trastienda, y yo comencé a guardar mis papeles. Lo sentí venir antes de verlo. El olor a cuero, tabaco y una pizca de arrogancia mal contenida.

-¿Estás de vuelta, humanita? Pareces... distinta -murmuró Lucian con una media sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos. Se inclinó hacia mí y aspiró con descaro cerca de mi cuello-. Hueles... a decisiones.

-Hola, Lucian. Lo soy -contesté sin levantar la vista, cerrando mi carpeta con un chasquido seco.

-Tú y yo tenemos asuntos pendientes -añadió con esa forma suya de hablar, como si cada palabra fuera una amenaza disfrazada de juego.

-Estoy de acuerdo. ¿Por qué no te sientas? -Empujé con el pie una silla vacía.

-¡Una botella! -grité al camarero.

Cuando la colocaron en la mesa, la deslicé hacia él como si no pesara nada.

-Toda tuya. Cortesía de la casa.

Lucian frunció el ceño.

-¿De la casa? ¿Quién te dijo que podías hacer eso? Ya te la sacarán del pellejo...

-Oh, Lucian... -sonreí con dulzura venenosa-. Esta casa es mía ahora. Acabo de comprar el bar.

Él se quedó quieto. Solo se oyó el tapón de la botella al salir. Se sirvió un trago largo, lo bebió de un solo golpe, y luego otro. En su cara se dibujó una sombra distinta: respeto o miedo, no sabría decir cuál.

-Nos tenías bien engañados... Qué chica tan lista.

-Ay, Lucian... soy mucho más que eso. Pero no te esfuerces demasiado, podrías romperte algo -dije con una sonrisa.

Él golpeó la mesa con el puño, los vasos vibraron. Su mirada se volvió oscura.

-¿Qué me has dicho?

-Shh... -levanté una mano, como calmando a una fiera-. Mira, quiero ofrecerte algo. ¿Cuánto te paga Kael estos días?

Lucian apartó la vista, rumiando su silencio.

-Ajá. Eso pensé. Mira, necesito un equipo. Seguridad. Ocho hombres, y que no pregunten demasiado. Te pagaré el triple.

-Kael no es mi jefe. Es mi Alfa. Mi familia. No lo entenderías.

Le tomé el vaso, bebí lo que quedaba y lo dejé donde estaba, entre los dos.

-No te estoy pidiendo que lo traiciones. Solo que trabajes para mí. El resto... puedes decidirlo tú.

Me puse de pie con calma, recogí mi carpeta y salí sin mirar atrás.

La noche ya era espesa cuando mis pasos me llevaron a un pequeño parque entre las calles viejas del pueblo. Las farolas parpadeaban como luciérnagas viejas. Me senté en un banco olvidado, abrazando el silencio como un viejo amigo.

Miré mis uñas, ahora opacas y ajadas, y pensé en cómo la vida podía cambiar en cuestión de horas. De promesas. De traiciones.

Entonces los sentí.

Pasos.

Lentos.

Pesados.

Venían detrás de mí. No como un ataque, no como una amenaza... sino con la parsimonia de quien ya sabe que lo estás esperando.

No me giré. Dejé que el aire me trajera su aroma.

No era Kael.

No era Lucian.

Una sombra cayó sobre mí, y una voz suave, casi un susurro, rompió la quietud:

-Te dije que no podías deshacerte de mi por mucho tiempo, Isela...

Capítulo 3 Los secretos de la luna

El aire cambió de dirección y, de repente, el sueño que me envolvía se transformó en pesadilla, tan rápido que apenas pude reaccionar. Los ojos de Kael ardían, y lo que antes confundí con lujuria, ahora se parecía demasiado al odio.

-N... no... -susurré con un hilo de voz.

-Qué casualidad -espetó, su tono impregnado de veneno-, que apareces en la ciudad y ese mismo día tres de mis hombres desaparecen misteriosamente.

Cada aliento se me escapaba más difícil que el anterior. La presión en mi garganta me nublaba la visión y, sin poder evitarlo, una lágrima rodó por mi mejilla.

-N... no... -repetí, apenas audible.

Por un instante, su agarre se aflojó. Y juro que lo vi mirarme con ternura, como si algo dentro de él vacilara. Pero el momento se esfumó tan rápido como había llegado. Un golpe seco me zarandeó, la fuerza me abandonó y caí al suelo.

Todo se volvió negro.

Cuando desperté, él estaba ahí. De pie frente a mí, inmóvil, observándome fijamente.

Su cabello negro caía lacio y largo, rozándole los hombros, enmarcando un rostro pálido y anguloso, donde los pómulos marcados y la mandíbula afilada parecían esculpidos en mármol.

Pero lo más perturbador, lo imposible de ignorar, eran sus ojos. Negros como la obsidiana, y sin embargo, dentro de ellos danzaban destellos plateados, como si ocultaran fragmentos de estrellas atrapados en su mirada. Había algo inhumano en ellos, una calma letal, como si pudiera ver más allá de la carne, más allá de las mentiras... como si supiera cosas que los demás ni siquiera se atrevían a imaginar.

Me incorporé como pude, tambaleante, el corazón agolpándose con violencia en mi pecho, y la certeza amarga de que mi vida se había convertido en una carrera constante por sobrevivir.

Miré a mi alrededor. No había rastro de Kael.

Solo aquel hombre. Y esa maldita sensación de que la pesadilla apenas comenzaba.

- ¿Quién eres? ¡Aléjate de mí!

Retrocedí a rastras por el suelo, el corazón desbocado en mi pecho.

- No pretendo hacerte daño -dijo él, frunciendo el ceño-. He visto lo que ese hombre quería hacerte... no pude quedarme al margen.

Cada palabra suya solo servía para confundirme más.

- Déjame en paz... ¡Aléjate de mí! -grité, desesperada, y salí corriendo sin mirar atrás.

Cuando lo hice, esperé encontrarlo persiguiéndome, pero no. Allí estaba, inmóvil, observándome en silencio, como si no necesitara seguirme para alcanzarme de algún modo y aquello me aterrorizaba aún más.

Horas después, llegué a casa, agotada y con una sola decisión en mente: abandonar esa absurda búsqueda de respuestas sobre una vida que no me pertenecía. Me convencí de que había cometido un error, de que aquel pueblo albergaba secretos demasiado oscuros, cosas que escapaban por completo a mi entendimiento.

Tiré mi ropa en la maleta y agarré mis documentos. Estaba lista para dejar atrás aquella pesadilla, cuando al abrir la puerta... lo encontré del otro lado.

Intenté cerrarla de golpe, pero su mano la detuvo. Antes de que pudiera gritar, lo tuve encima, cubriéndome la boca.

- No te haré daño -dijo, clavando en los míos esos ojos negros como la noche, donde destellos plateados parecían flotar como fragmentos de estrellas-. Solo quiero hablar. Hay cosas que mereces saber. Después, si aún quieres irte, yo mismo te llevaré al aeropuerto.

Asentí. Las lágrimas me nublaron la vista y un escalofrío me recorrió la espalda. Él se alejó, levantando ambas manos en gesto de paz, y se sentó en la otra punta de la habitación.

- Mi nombre es Darian... y tú eres Nyra.

Negué con la cabeza, retrocediendo un paso.

- Te confundes de persona.

- Imposible -su voz sonó tan firme que me heló la sangre-. Llevo tu olor grabado en la memoria. Estuve allí cuando naciste. Nuestros padres pactaron nuestro matrimonio mucho antes de que tú o yo pudiéramos entenderlo.

Me costaba creer lo que estaba escuchando.

- Siempre tuve una relación especial con tu padre. Él me enseñó más que el mío. Me dio cariño... confianza.

Los ojos de Darian se nublaron y, de pronto, se levantó. Me dio la espalda, sumido en silencio durante un minuto eterno, y luego continuó:

- Por eso... no pude soportar la traición. La falta de honor de mi padre. La vergüenza con la que manchó nuestro nombre con la sangre de todos los que masacró aquella noche.

- ¿De qué hablas? -me atreví a preguntar.

Él se volvió, sus ojos ardiendo de dolor y rabia.

- Mi padre se volvió contra el tuyo. Por tierras, por ambición. Por eso... él masacró a tu familia y te condenó a vivir como humana, alejada de tus raíces, tu legado.Pero, como si la Luna hubiera escuchado mis plegarias, has regresado. Y yo pienso honrar la promesa que le hice a tu padre. Es mi derecho... como hijo mayor, tomar esposa y liderar nuestra manada. Contigo a mi lado, Nyra, podemos devolver la grandeza a nuestros clanes... a nuestra gente... a los licántropos que han olvidado lo que significa ser un lobo.

- Lo siento... no soy quien crees que soy -susurré, pero ni yo misma estaba segura.

Frente a la pantalla del aeropuerto, sus palabras retumbaban en mi cabeza. Los nombres de los vuelos y los números subían y bajaban en la pantalla luminosa, pero yo no veía nada... solo revivía aquella noche, como si algo se hubiera roto dentro de mí. Los recuerdos, contenidos por tanto tiempo, fluían como un río desbordado.

Y la vi.

Su rostro enrojecido, empapado en lágrimas. Su voz, por primera vez, nítida en mi mente.

- Te amo, Nyra. Te amaré por siempre.

Sentí el peso de todo el dolor que había ignorado, de todo lo que había perdido... y al salir del aeropuerto, allí estaba.

Darian.

Apoyado en el capó de un auto viejo, sonriendo con los ojos encendidos de alegría, como si supiera que había ganado.

- ¡Lo sabía! -exclamó con una sonrisa enorme en el rostro-. Vamos... hay alguien que tienes que conocer.

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