El reloj de pared del pasillo marcaba las diez pasadas de la noche, pero para Aria Vance bien podían ser las tres de la mañana. Tenía los pies hechos pedazos y los hombros contracturados después de un turno de doce horas continuas en la clínica comunitaria. Entre cambiar vendajes, tomar la presión a ancianos tercos y coser un par de cortes menores en la sala de emergencias, sentía que le habían drenado hasta la última gota de energía.
Aria suspiró, acomodándose la mochila desgastada sobre el hombro mientras cruzaba la puerta trasera de salida. Lo único que quería en ese momento era llegar a su departamento, darse una ducha con agua hirviendo y caer rendida en la cama sin pensar en el examen de anatomía de la semana siguiente.
La ciudad estaba helada. El aire de la noche quemaba al respirar y la humedad de la lluvia reciente hacía que el asfalto brillara bajo las pocas luces amarillentas de los postes de alumbrado público. El camino más rápido a su parada de autobús pasaba por detrás de la zona industrial, un tramo estrecho de callejones oscuros flanqueados por paredes de ladrillo viejo y contenedores de basura. No era el lugar más seguro a esa hora, pero a Aria le pesaban demasiado las piernas como para dar el rodeo de tres cuadras por la avenida principal.
Ajustó el cierre de su chaqueta de mezclilla y apresuró el paso.
Fue justo al pasar frente al cruce con el callejón más angosto cuando lo escuchó.
Al principio pensó que era el viento chocando contra las láminas de metal. Pero luego el sonido se repitió: un gruñido bajo, gutural y rasposo, seguido por un jadeo pesado que resonó contra las paredes húmedas. Era un eco sordo, cargado de dolor puro.
Aria se congeló en seco. Su instinto le gritó que echara a correr, que no se metiera en problemas y siguiera su camino. La ciudad no perdonaba a los curiosos. Sin embargo, su vocación de enfermera y ese terco impulso de ayudar que siempre la metía en líos fueron más fuertes.
Echó una mirada rápida hacia ambos lados de la calle. Estaba completamente sola.
-¿Hola? -llamó con voz firme pero cautelosa, dando un paso hacia la penumbra del callejón-. ¿Hay alguien ahí? ¿Necesita ayuda?
La única respuesta fue un movimiento brusco entre las sombras, acompañado por el chasquido metálico de un contenedor de basura siendo golpeado.
Aria sacó el teléfono de su bolsillo y encendió la linterna. El haz de luz blanca cortó la oscuridad, iluminando charcos de agua sucia, cajas de cartón deshaciéndose por la humedad y... sangre. Había manchas oscuras y espesas salpicadas por todo el piso de concreto, trazando un camino hasta el fondo del callejón sin salida.
El corazón de Aria empezó a martillearle contra las costillas. Siguió la rastro de sangre con la luz hasta que esta chocó contra una masa enorme tendida entre dos contenedores.
Aria ahogó un grito y dio un paso atrás, casi tropezando con sus propios pies.
No era un hombre. Ni siquiera era un perro callejero.
Tendido sobre el pavimento frío había un lobo gigantesco. Era un animal imponente, de una envergadura que no parecía lógica ni natural; si se ponía de pie, fácilmente le llegaría al pecho. Su pelaje era completamente negro, denso y tupido, aunque en ese momento estaba enredado, sucio de barro y bañado en una cantidad alarmante de sangre fresca.
-Madre mía... -murmuró Aria, apretando el teléfono con fuerza.
El animal levantó la cabeza muy despacio, como si el simple movimiento le exigiera un esfuerzo sobrehumano. Sus ojos se fijaron directamente en ella. Aria se quedó sin aliento. No eran los ojos salvajes o amarillentos de un depredador común; eran de un color plata brillante, intensos, casi hipnóticos, que reflejaban la luz de la linterna con una inteligencia helada que la estremeció hasta los huesos.
El lobo dejó ir un chasquido de dientes, intentando ponerse de pie para alejarla, pero sus patas delanteras le fallaron y volvió a caer de costado con un gemido sordo.
Aria se quedó inmóvil un segundo, analizando la situación. La parte racional de su cerebro le decía que era una locura acercarse a un animal salvaje de ese tamaño. Pero al ver cómo el pecho del lobo subía y bajaba con dificultad, y al notar la enorme herida que le atravesaba el costado izquierdo, el miedo empezó a ceder ante la compasión. Estaba desangrándose. Si se daba la vuelta y se iba, ese animal no sobreviviría a la noche.
-Tranquilo... tranquilo -dijo en voz baja, usando el mismo tono pausado y suave que empleaba con los pacientes asustados en la clínica-. No voy a hacerte daño. Déjame ver.
Avanzó despacio, despacio, bajando la intensidad de la luz para no encandilarlo. El lobo la siguió con la mirada en todo momento, manteniendo las orejas echadas hacia atrás y dejando ver sus enormes colmillos en una amenaza silenciosa. Sin embargo, estaba demasiado débil para atacar.
Aria se arrodilló a medio metro de distancia, sobre el concreto mojado, ignorando cómo el agua fría le empapaba los pantalones de gabardina. Acomodó la linterna del teléfono sobre una caja para iluminar la zona lesionada y examinó la herida.
Lo que vio la dejó perpleja. El desgarrón en el costado del animal era profundo y feo, pero lo más extraño no era el corte en sí, sino el aspecto de la carne. Alrededor de la herida, la piel lucía negra y quemada, como si lo hubieran atravesado con un hierro al rojo vivo, y un humo leve y extraño parecía brotar de los bordes. Olía a azufre y a metal oxidado.
-¿Pero qué diablos te hicieron? -susurró para sí misma.
Rápidamente, se quitó la mochila y empezó a revolver en el interior. Como estudiante de medicina y enfermera de turno nocturno, siempre cargaba consigo un botiquín básico de emergencias: gasas esterilizadas, guantes de nitrilo, tijeras de curación, un antiséptico concentrado y un par de vendas elásticas.
Se enfundó los guantes de nitrilo azul con agilidad.
-Esto va a doler bastante, amigo. Intenta no morderte la lengua -le advirtió al lobo, mirándolo a los ojos.
Sorprendentemente, la bestia pareció entenderla. Dejó de gruñir y cerró un poco los ojos, apoyando la enorme cabeza contra el suelo mientras un temblor le recorría todo el cuerpo.
Aria vertió una generosa cantidad de antiséptico sobre una compresa de gasa. Con cuidado infinito, presionó la herida para limpiar el exceso de sangre y la suciedad que rodeaba el corte. El lobo soltó un bufido ahogado y sus garras de metal rasgaron el asfalto por el dolor, pero no intentó morderla.
Aria trabajó con una precisión casi quirúrgica. Limpió el área dañada, sorprendida de lo denso y caliente que era el tejido muscular del animal. Sin embargo, mientras intentaba acomodar una capa de gasa más gruesa para hacer presión constante sobre la arteria lesionada, cometió un error.
En su afán por trabajar rápido antes de que el animal entrara en shock, no se dio cuenta de que una pequeña lámina de metal afilada sobresalía del contenedor rasgado a su espalda. Al estirar el brazo con fuerza para cortar el esparadrapo con las tijeras, la punta de la lámina le enganchó la palma de la mano izquierda, rasgando el guante de nitrilo y abriéndole un corte limpio sobre la carne.
-¡Auch! -maldijo Aria entre dientes, soltando las tijeras.
La herida de su mano no era profunda, pero comenzó a sangrar de inmediato. Una gota espesa de su propia sangre se acumuló en la palma y, antes de que pudiera reaccionar para limpiarse, cayó directamente sobre el hocico herido del lobo, justo donde la carne quemada de la bestia estaba más expuesta.
Aria ahogó un grito de frustración.
-Maldita sea, lo que me faltaba...
Se llevó la mano a la boca para limpiar su propia herida, pero justo cuando iba a retomar la curación del animal, algo completamente anómalo comenzó a suceder.
En cuanto la gota de sangre de Aria tocó la piel del lobo, una especie de chispa dorada, tenue pero visible, brilló sobre el pelaje negro. Un chasquido eléctrico resonance resonó en el callejón, similar al impacto de una corriente de alto voltaje.
El lobo abrió los ojos de golpe. Las pupilas de color plata se dilataron al máximo, brillando con una intensidad casi cegadora. La bestia soltó un rugido sordo que hizo vibrar el aire y los cristales de las ventanas lejanas.
Aria retrocedió de golpe, cayendo sentada sobre el suelo húmedo.
-¿Qué... qué está pasando? -balbuceó, aterrorizada.
La herida del lobo empezó a expulsar un humo denso, pero esta vez la piel negra y quemada comenzó a cicatrizar a una velocidad imposible frente a sus propios ojos. La carne se regeneraba, el pelaje volvía a crecer y el aliento agónico del animal se transformó en un pulso fuerte y pausado.
Pero el milagro no se detuvo ahí.
El cuerpo del lobo comenzó a contorsionarse de forma brusca. Se escuchó el crujido aterrador de huesos rompiéndose y reacomodándose en ángulos imposibles. Las patas delanteras se alargaron, el pelaje negro se reabsorbió como si se disolviera en la sombra y la fisonomía de la bestia comenzó a cambiar drásticamente.
Aria no podía moverse; el pánico la tenía completamente paralizada contra la pared de ladrillo. Su mente médica buscaba desesperadamente una explicación lógica para lo que estaba presenciando, pero no la había. Esto no era ciencia. Esto era una pesadilla surrealista.
En menos de diez segundos, la figura del lobo desapareció por completo.
En su lugar, tendido sobre el concreto mojado entre la niebla nocturna, había un hombre.
Era alto, de hombros anchos y una complexión física imponente cubierta de músculos marcados y cicatrices antiguas. Su cabello era negro como la noche, despeinado sobre la frente, y su rostro parecía esculpido a golpes de cincel: mandíbula marcada, nariz recta y pómulos altos. Estaba completamente desnudo de la cintura para arriba, cubierto únicamente por los restos destrozados de lo que alguna vez fueron unos pantalones oscuros.
El hombre tomó una bocanada de aire convulsa, como si regresara de las profundidades del mar, y lentamente apoyó un brazo en el suelo para levantarse.
Aria dejó caer el teléfono. La linterna quedó apuntando directamente hacia la cara del desconocido.
Cuando el hombre abrió los ojos, reveló ese mismo tono de plata brillante e irreal que tenía el lobo. Su mirada recorrió el callejón hasta posarse en Aria, que temblaba descontroladamente en el suelo.
El sujeto se puso de pie con una fluidez felina, ignorando por completo que segundos atrás estaba desangrándose en el piso. Avanzó un paso hacia ella. El aire a su alrededor se volvió denso, pesado, cargado con una presión que le dificultaba el habla a Aria. Olía a pino, a tierra mojada y a un perfume almizclado peligrosamente embriagador.
-Tú... -la voz del hombre era desgarrada, profunda, un retumbo que le recorrió a Aria toda la columna vertebral.
El hombre se inclinó sobre ella, acorralándola contra la pared helada. Aria intentó encogerse, pero él estiró una mano grande, de dedos largos y nudillos marcados, y le sujetó la muñeca izquierda con una fuerza firme pero extrañamente cuidadosa. Con el pulgar, acarició el corte fresco en la palma de Aria, donde todavía quedaban rastros de su sangre.
Los ojos plateados del desconocido parecieron encenderse en medio de la penumbra. Se acercó tanto a su rostro que Aria pudo sentir su aliento caliente contra la piel del cuello.
-Siento tu sangre en mí -susurró él, con una mezcla de conmoción y una posesividad helada que le cortó la respiración-. ¿Qué me has hecho, humana?
Aria sentía que el corazón se le salía del pecho. La espalda le dolía contra los ladrillos fríos del callejón y la mano de ese desconocido apretaba su muñeca con una fuerza contenida, firme pero sin llegar a lastimarla. La luz del teléfono tirado en el suelo iluminaba de medio lado la cara del hombre: una mandíbula marcada, pómulos altos y unos ojos de un color plata tan brillante e irreal que le erizaban los vellos de los brazos.
-¿Qué... qué me has hecho, humana? -volvió a preguntar él. Su voz no era normal; sonaba gruesa, cavernosa, como el rugido sordo de una tormenta lejana.
Aria tragó saliva. La mente le daba vueltas tratando de asimilar lo que sus propios ojos acababan de ver. Hace apenas dos minutos, ese sujeto era un lobo gigante del tamaño de un oso, desangrándose en el suelo. Ahora, era un hombre enorme, de hombros anchísimos, desnudo del pecho para arriba y respirando con una agitación que llenaba todo el aire del callejón.
-Yo... yo no te hice nada -logró articular Aria, haciendo un esfuerzo supremo para que no le temblara tanto la voz-. Te estabas muriendo. Solo limpié tu herida y te puse una compresa.
El hombre no pareció escucharla. Cerró los ojos un segundo y soltó un gruñido ahogado, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas tensionadas. Llevó la otra mano a su propio pecho, justo donde hacía un instante tenía un desgarrón enorme que echaba humo. La piel ahí estaba suave, limpia, solo manchada por la sangre seca que le había quedado del ataque.
Pero no era la sanación lo que lo tenía desorientado. Era algo más.
Un calor extraño, como una corriente eléctrica sutil pero constante, empezó a brotar desde el punto donde la sangre de la palma de Aria tocaba su piel. El hombre abrió los ojos de golpe. Las pupilas plateadas se dilataron tanto que por un segundo parecieron completamente oscuras.
Aria sintió un latigazo en la cabeza. Una ráfaga de sensaciones ajenas la golpeó de lleno: un mareo intenso, un olor a pino y tierra mojada que se le metió hasta el fondo de los pulmones, y una necesidad absurda, casi violenta, de acercarse más a él. Un cosquilleo caliente le recorrió la columna vertebral, partiendo desde la nuca y bajando hasta las caderas.
«¿Qué demonios es esto?», pensó, asustada. Jamás en su vida había sentido algo así. No era atracción física común ni miedo; era una atracción magnética, un tirón en las tripas que le ordenaba quedarse pegada a ese desconocido.
El hombre soltó un jadeo pesado y la soltó bruscamente, dando dos pasos hacia atrás. Se tambaleó ligeramente, apoyando una mano en la pared de ladrillos para no caer. Se llevó los dedos a la cabeza, como si le doliera horriblemente.
-No... esto no puede ser -murmuró él, mirándose las manos y luego mirando a Aria como si ella fuera un fantasma o un monstruo-. Tu olor... tu sangre. Es imposible. Eres una humana.
-¡Y tú eres un loco que se convierte en perro! -estalló Aria, aprovechando la distancia para ponerse de pie atropelladamente.
Se sacudió el agua sucia de los pantalones, agarró el teléfono del suelo y retrocedió lentamente hacia la salida del callejón, manteniendo la luz apuntándole directamente a la cara. Le temblaban las piernas como si fueran de gelatina, pero la adrenalina la mantenía alerta.
-Quédate ahí -le advirtió, sacando las tijeras de curación del bolsillo y apuntándole con ellas, aunque sabía perfectamente que ese pedazo de metal no le haría ni cosquillas a un sujeto de su tamaño-. No te acerques. No sé qué clase de truco de magia o droga rara sea esta, pero me voy a ir ahora mismo.
El hombre levantó la cabeza. La mirada plateada se clavó en las tijeras y luego en la cara de ella. Una sonrisa fría y amarga se dibujó en sus labios pulidos.
-¿Crees que un par de tijeras de enfermera pueden detenerme? -dijo, dando un paso lento hacia ella.
Aria sintió cómo el pulso se le disparaba. Pero antes de que pudiera dar la vuelta y echar a correr, el hombre se llevó una mano al costado y soltó un gemido bajo. Aunque la herida por fuera estaba cicatrizada, la transformación tan repentina y el choque del vínculo lo habían dejado exhausto. El sudor le perlabá la frente y sus hombros pesados cayeron un poco.
Aria se detuvo un segundo. Su instinto médico, ese que no podía apagar ni en los momentos más absurdos, le dijo que el tipo estaba al límite de sus fuerzas. La energía que necesitó su cuerpo para regenerarse en segundos tenía un costo biológico enorme.
-Estás en shock -dijo Aria, tratando de sonar neutral, aunque el pulso le retumbaba en los oídos-. Tu cuerpo gastó demasiado en... en lo que sea que acabas de hacer. Necesitas descansar y tomar líquidos, o te vas a desmayar aquí mismo.
Él la miró con una mezcla de fastidio y fascinación. Nadie le hablaba así. Nadie lo miraba con esa mezcla de desconfianza y preocupación profesional después de ver de lo que era capaz.
-No necesito tus consejos, humana -respondió él, intentando mantener la voz firme y dominante, la voz de un Alfa. Pero el mareo lo volvió a golpear. Se pasó la mano por la cara, frustrado-. Maldita sea... ¿qué le pusiste a la compresa?
-¡Solo antiséptico y mi propia sangre porque me corté con un metal viejo! -protestó ella-. Tú fuiste el que empezó a brillar y a cambiar de forma. Si alguien tiene que dar explicaciones aquí, eres tú.
El hombre se le quedó viendo fijamente. En su mente, el caos era total. Su lobo interior, esa bestia posesiva y salvaje que usualmente solo respondía a la autoridad y a la violencia, estaba extrañamente tranquilo. No quería atacar a la humana; quería envolverla, olerla, marcarla y llevarla a un lugar seguro. La reclamaba como su mate, su compañera destinada por la luna.
Pero su mente racional, la del Alfa Valerian Drake, se negaba a aceptarlo.
«Una humana. Una simple humana sin garras, sin fuerza, sin posición social. Esto tiene que ser un error o una maldición de los cazadores», pensó Valerian con rabia. Si la manada se enteraba de que su líder había quedado vinculado a una chica común de la ciudad, los enemigos olerían la debilidad a kilómetros. Y Selene... el compromiso con la Manada Thorne se iría directo al demonio.
Aria vio cómo la expresión del tipo pasaba del dolor a una frialdad absoluta, dura como la piedra.
-Cómo te llamas -ordenó él, más que preguntar.
-No te voy a dar mi nombre -respondió Aria, dando otro paso hacia la calle iluminada-. Ya te salvé la vida. Estamos a mano. Me voy.
Dijo eso, pero cuando intentó dar la vuelta definitiva, una punzada en el pecho la hizo detenerse. No era un dolor físico real, sino esa extraña opresión del vínculo que protestaba al alejarse de él. Se giró a mirarlo, confundida y asustada de su propia reacción.
Valerian notó el vacile en los ojos de ella. Sabía perfectamente lo que estaba sintiendo: el tirón de la marea del vínculo.
-No puedes irte -dijo Valerian, con una voz baja y sombría que no admitía discusión-. Si te vas, tu olor va a atraer a las cosas que me estaban cazando a mí. Y créeme, humana, ellos no te van a limpiar los cortes con gasa.
Aria tragó amargo. La luz del poste al final del callejón parecía muy lejana. El silencio de la noche, que antes le parecía normal, ahora se sentía cargado de peligros invisibles.
-¿Quién eres? -preguntó ella, apretando el teléfono contra su pecho.
El hombre se erguí completamente, mostrando toda su estatura y la presencia intimidante que infundía respeto a leguas.
-Soy Valerian -dijo simplemente, mirándola desde arriba con esa mirada de plata que parecía leerle los pensamientos-. Y a partir de esta noche, tu vida ordinaria se acabó.