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Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

Autor: IlianaH
Género: Hombre Lobo
Elena nunca fue nadie: huérfana, Omega, la última en todo. Durante años soportó en silencio las burlas y humillaciones de su propia manada, aferrada a una sola esperanza: que al cumplir dieciocho, la Diosa de la Luna le enviaría por fin a su pareja destinada. Ese vínculo sería su salvación y la ayudaría a escapar de la cruel vida que había sufrido durante tanto tiempo. Pero el destino era cruel. Su alma gemela resultó ser el Alfa Caleb, el gobernante frío e implacable de la manada. Y su corazón ya le pertenecía a Natalie, una mujer tan despiadada como ambiciosa, que se pavoneaba por el territorio como si el título de Luna le perteneciera. En lugar de aceptar el sagrado vínculo entre ellos, Caleb la rechazó sin titubear. Delante de toda la manada, siguió colmando de afecto a Natalie mientras trataba a Elena con indiferencia. En un instante, los sueños que ella tanto había atesorado se hicieron añicos. Sin embargo, cuando ya no le quedaba nada, apareció otro Alfa. Davis llegó desde más allá de las fronteras, envuelto en rumores oscuros. Se decía que una maldición perseguía su linaje, que la destrucción seguía a su familia dondequiera que fueran. Pero bajo esa sombra, Davis le ofreció a Elena lo que nadie más le había dado: la hacía sentir valorada. Por primera vez, Elena se enfrenta a una decisión imposible. ¿Seguir arrastrándose por un hombre que nunca la quiso? ¿O arriesgarlo todo por el que podría ayudarla a reconstruir su vida... y a descubrir quién era realmente?
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Capítulo 1 Mi mate eligió a otra

La luz de la mañana se derramaba sobre los terrenos de la manada mientras caminaba por los pasillos, equilibrando una bandeja llena de cuencos y tazas calientes. El aroma a café mezclado con caramelo flotaba a mi alrededor, pero no lograba calmar mi agitación interior. Hoy no era un día cualquiera, ya que había cumplido dieciocho años, mi compañero debía encontrarme y alejarme de la vida que había conocido como una Omega huérfana.

En cuanto entré en el comedor, Natalie preguntó con tono desdeñoso: "Elena, ¿piensas quedarte ahí parada para siempre?".

Todo el mundo sabía quién era esa mujer: la pareja elegida por Caleb. Nuestro Alfa la había elegido a pesar de que él tenía 33 años y ella 27 cuando llegó de la manada Iron Pine. Se habían conocido en la reunión del año pasado y, desde entonces, ella actuaba como si ya ostentara el título de Luna.

"Lo siento", murmuré, bajando la mirada. La luz del sol se reflejaba en sus rizos castaños mientras sus uñas pulidas golpeaban la mesa con impaciencia. Su postura hacía parecer que ya gobernaba el lugar.

Su atención se desvió hacia la bandeja que llevaba en las manos. "¿Dónde está mi café con leche de almendras? Te dejé claro que quería uno y no lo trajiste".

"Yo... lo haré ahora mismo", respondí rápidamente.

Sus labios se curvaron en una sonrisa fría. "Entonces no pierdas el tiempo. No quisiera tener que mencionarle esto a Caleb y que se entere de que ni siquiera puedes encargarte de tareas sencillas".

Nunca entendí qué había hecho para ganarme su antipatía, pero siempre encontraba la forma de menospreciarme.

Alrededor de la mesa, los demás sirvientes se quedaron quietos, intercambiando miradas como si aquello no fuera nada nuevo. Hannah, la morena alta que nunca perdía la oportunidad de ganarse el favor de Natalie, me miró con desaprobación y dijo: "Presta más atención, Elena. La señora Natalie ya tiene suficientes problemas. No le compliques más las cosas".

Luego intervino otra voz, en apariencia más suave, pero igual de cortante. "Ella ya se encarga de todo por aquí. Deberías agradecer que te permitan servirla", dijo Idyll.

Sujeté la bandeja con más fuerza para intentar que me dejaran de temblar las manos. "Lo entiendo".

Cuando me disponía a marcharme, la voz de Natalie me detuvo en seco. "Y no lo olvides: no me llames Natalie. Soy la Luna Natalie".

Los demás se rieron y sentí que la cara me ardía de vergüenza. Aún no se había ganado ese título, pero disfrutaba de escucharlo.

De vuelta en la cocina, noté que me temblaba la mano al sostener la cafetera. Nadie había mencionado mi cumpleaños, a pesar de que incluso el Alfa solía enviar regalos a la manada. Esta vez, no hubo nada. Era como si yo ni siquiera existiera.

La superficie pulida de la cafetera reflejaba mi imagen. Una figura esbelta de piel pálida me devolvía la mirada, con el cabello rubio recogido en una trenza suelta y los ojos grises apagados por el cansancio. Me veía peor de lo habitual. A los dieciséis años, el lobo interior despierta; y a los dieciocho, debe aparecer el compañero. Pero en mi caso, hasta el momento no había ocurrido nada.

"Solo quédate callada y supéralo", murmuré para mis adentros.

De pronto, sentí algo diferente. Una calidez suave se agitaba en mi pecho, débil pero imposible de ignorar.

Después de entregarle la bebida a Natalie y soportar más de sus comentarios hirientes, me escabullí a la lavandería. En cuanto entré, el aire cambió: un aroma llenó el espacio, cálido e indómito. Tenía notas de resina y lluvia sobre hojas de pino, con un matiz mucho más profundo. Mi pulso se disparó.

Mate.

La voz de mi loba, Maryse, irrumpió en mis pensamientos, llena de emoción. Mis pies se movieron por instinto, atraídos por algo invisible. El aroma me envolvió, apoderándose de cada uno de mis sentidos.

"¡Es él!", exclamó Maryse. "No te detengas, quiero verlo".

Guiada por esa fuerza, seguí el rastro a través de los pasillos hasta llegar al campo de entrenamiento bañado por el sol. Los guerreros ocupaban el lugar, pero mi atención se fijó en una sola persona.

Era él. El Alfa Caleb Reed.

La sorpresa me invadió de golpe. La Diosa de la Luna lo había elegido para mí: mi Alfa, mi compañero. Todo lo demás se desvaneció, dejando solo esa verdad ante mí.

Estaba de pie en el centro, muy concentrado en el entrenamiento, con el cabello negro y húmedo cayéndole sobre la frente. Cada uno de sus movimientos desprendía fuerza, firmeza y control. La luz del sol lo iluminaba, haciéndolo destacar aún más.

Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos, se me cortó la respiración. Algo brilló en su mirada. Me reconoció. Tenía que ser él. Mi corazón se aceleró y la esperanza me invadió. Di un paso hacia él, sin poder resistirme.

"Eres tú", susurré, sintiendo cómo el rostro me ardía.

De repente, su expresión cambió. Su postura se tensó y la calidez de sus ojos desapareció, sustituida por una frialdad glacial. Me detuve en seco.

"Sigue adelante", insistió Maryse. Me obligué a avanzar de nuevo, acortando la distancia poco a poco.

Antes de que pudiera alcanzarlo, alguien me apartó de un empujón. Natalie se dirigió directamente hacia él sin vacilar.

"¡Alfa Caleb!", llamó con voz alegre.

Al verla, la expresión de él cambió de inmediato. Se suavizó de una manera que nunca había presenciado. Como si yo ni siquiera estuviera allí, abrió los brazos y la atrajo hacia él. Un instante después, se inclinó y la besó.

La agonía me atravesó sin previo aviso. Todo en mi interior se derrumbó de golpe, y me quedé allí, incapaz de moverme. Sentí que el pecho se me partía. La voz de Maryse se alzó en protesta: "No, es él. ¡Nos pertenece!".

Pero en el fondo sabía que ella no podía hacer nada. Si lo hacía, Caleb no mostraría piedad.

Durante años me había aferrado a la ilusión de vivir este momento. Creía que por fin alguien me elegiría, a pesar de mis defectos. Sin embargo, lo que tenía ante mí era un rechazo que parecía casi deliberado. Las lágrimas me llenaron los ojos y me nublaron la vista.

Su mirada se desvió hacia mí, pero no transmitía ninguna calidez. Natalie permaneció abrazada a él con fuerza, mientras sus ojos brillaban con un aire de silenciosa victoria. Sabía que un movimiento en falso podía arruinarme, así que di un paso atrás. Al darme la vuelta, sentí cómo un peso enorme se instalaba en mi pecho. Su aroma permanecía en el aire y se aferraba a mí de forma casi insoportable.

Volví caminando por el pasillo; las lágrimas me nublaban la vista y no veía bien lo que tenía delante. Se suponía que ese día cambiaría todo, pero, en cambio, solo me había dejado un profundo vacío. ¿No se suponía que los compañeros debían apoyarse mutuamente?

Al regresar a la lavandería, cerré la puerta tras de mí. Me abracé las rodillas y dejé que el dolor me consumiera. Apoyé la mejilla en el suelo frío mientras mi cuerpo temblaba. No sabía cómo iba a soportar semejante dolor. Ni cómo volvería a enfrentarme a él después de lo que había pasado.

La angustia no cedía. Se quedó conmigo, oprimiéndome el pecho sin cesar. Su expresión fría y distante volvía a mi mente una y otra vez. Mi mate había estado allí mismo, pero ni siquiera se molestó en dedicarme una mirada.

De repente, la puerta se abrió.

Capítulo 2 Sacrificio por la alianza

Vivir sin padres nunca había sido fácil para mí. El Alfa anterior, padre de Caleb, me dijo que murieron en una batalla entre manadas rivales.

No era un hombre amable, pero aun así me acogió por pura compasión. Incluso me permitió estudiar en la escuela para miembros de bajo rango de la manada y, por un tiempo, creí que podría vivir como los demás.

Esa ilusión se desvaneció por completo tras su muerte.

Desde que Caleb asumió el liderazgo, mi vida dio un vuelco, y lo primero que hizo fue obligarme a dejar la escuela.

Luego, me rebajó a sirvienta y me asignó las tareas más desagradables. Su advertencia todavía resonaba en mi mente: si quería seguir viviendo bajo su techo, debía ganármelo con mi trabajo.

Casi siempre me miraba con asco. Su mirada albergaba una frialdad que me ponía tensa. Intenté no cruzarme en su camino ni mirarlo a los ojos, pero nada cambió. Por más que hiciera, me seguía tratando como a la basura.

Desde que nací, tenía una extraña marca en la espalda. No era grande, apenas del tamaño de un limón pequeño, pero resaltaba en mi piel.

Era una luna dorada envuelta en espinas negras, como cadenas que la sujetaban.

Años atrás, el chamán me advirtió que la marca albergaba una maldición. Por eso debía mantenerla oculta. Si la persona equivocada la veía, podrían pensar que no merecía vivir.

De repente, un fuerte golpe retumbó en la habitación e interrumpió mis pensamientos.

Enseguida me sequé las lágrimas, pero no fui lo bastante rápida, porque Natalie ya había entrado. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Su mirada dejaba claro que disfrutaba atrapándome en ese estado.

"¿En serio?", dijo con una risa burlona mientras se acercaba. "¿Otra vez estás aquí sentada llorando? Qué vergüenza".

No logré articular palabra. Mantuve la cabeza baja mientras el miedo me invadía. En mi interior, Maryse gruñó con furia, luchando por liberarse. Quería despedazar a Natalie, pero el terror me dejó clavada en el sitio.

Se acercó aún más, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y el fuerte aroma de su perfume casi me asfixió.

"Conque esa es la razón por la que te has estado comportando así", murmuró, y cada palabra cortó hondo. "¿En serio pensaste que ser la compañera de Caleb te hacía importante? Qué gracioso. Todo el mundo lo sabe, Elena. El problema es que a nadie le importa. No eres nada para él. Ni siquiera te quiere cerca. Tarde o temprano, te rechazará frente a todos y, cuando eso suceda, desearás no haber llegado nunca a esta manada".

Me temblaron los labios al intentar contener las lágrimas.

Ella bajó la voz, y la amenaza en sus ojos me oprimió el pecho. "No le digas a nadie lo que te acabo de decir, o te arrepentirás".

No pude responder. Solo logré asentir débilmente.

Con aire satisfecho, Natalie retrocedió y se sacudió la falda con asco.

"Así me gusta. Límpiate la cara de una vez. Verte llorar es muy molesto. Y si la gente se entera del motivo de esas lágrimas, créeme, las cosas se pondrán mucho peor para ti".

Sin esperar respuesta, salió de la habitación. Sus rizos castaños rebotaban a su espalda mientras la puerta se cerraba de un portazo.

Incluso después de que se marchara, sus palabras siguieron reptando en mi cabeza como veneno. Lo que más me inquietaba no era la amenaza, sino el hecho de que ya sabían que Caleb era mi mate.

Se suponía que los compañeros debían apoyarse mutuamente. Se suponía que debían protegerse sin importar lo que sucediera.

Justo cuando salí de la lavandería, con la esperanza de escapar un poco de la tensión sofocante, Hannah me cerró el paso cerca de la entrada de la cocina. "A partir de hoy te encargarás de limpiar los baños", anunció con brusquedad, sin darme tiempo a reaccionar. "Y no esperes que eso cambie pronto".

La confusión me invadió de inmediato. "¿Qué? Esa es la peor tarea de la manada".

Me dio una bofetada antes de que pudiera decir nada más.

El impacto me hizo tropezar y caer al suelo, mientras el dolor me ardía en la mejilla.

"¡No te pedí tu opinión! ¡Levántate y haz tu trabajo!". Soltó una risita cruel al verme intentar ponerme en pie.

Me temblaba todo el cuerpo, pero aun así me obligué a obedecer. En el fondo, sabía que esa no había sido una decisión de Hannah. Natalie estaba detrás de todo eso.

A partir de entonces, mis días se volvieron insoportables.

Cualquier cosa que saliera mal en la casa, de alguna manera, terminaba siendo culpa mía. Si se rompía un jarrón, Natalie me echaba la culpa. Si alguien derramaba una bebida o rasgaba una tela, me señalaba de inmediato, como si hubiera estado esperando la oportunidad. Nadie cuestionaba sus acusaciones. Los demás solo se reían y susurraban a mis espaldas mientras me miraban con desprecio.

En medio de todo aquello, Caleb se mantenía en silencio.

Lo veía todo, pero nunca intervenía para detenerlas.

Varios días después, corrí hacia la cocina a primera hora de la mañana tras escuchar a Hannah gritar a los sirvientes. En cuanto entré, una costosa pieza de cubertería se estrelló contra el suelo justo frente a mí.

El estruendo resonó por toda la cocina.

Poco después, Natalie entró con expresión sombría, aunque su mirada delataba que toda la escena estaba ensayada.

"Hannah, no te quedes ahí parada y permitas que ella se salga con la suya", ordenó con frialdad. "No nos ha traído más que problemas".

Hannah asintió de inmediato. Antes de que pudiera alejarme, las dos me acorralaron contra la pared de la despensa. La angustia me oprimió el pecho al darme cuenta de que algo terrible estaba a punto de suceder, pero ya no tenía adónde huir.

"Quizá esto por fin te enseñe cuál es tu lugar", escupió antes de golpearme.

Grité y les rogué que se detuvieran, pero nadie vino a ayudarme.

De repente, un profundo gruñido interrumpió el caos. "¿Qué demonios está pasando aquí?".

En el instante en que escuché la voz de Caleb, la esperanza me invadió con tanta fuerza que hasta dolió. Por un estúpido momento, creí que por fin había venido a protegerme.

Natalie reaccionó antes de que yo pudiera mover un músculo. Con voz temblorosa y llena de falsa inocencia, corrió hacia él y levantó una mano herida.

"Alfa Caleb", lo llamó con suavidad. "Elena me atacó con un trozo de cristal. Mira esto. Estoy sangrando por su culpa".

"¡Eso es mentira!", grité. "¡No la he tocado!".

"¡Suficiente!", bramó él, mirándome con una furia que le ardía en los ojos. "¡Arrójenla al sótano oscuro!".

Me quedé paralizada.

Él era mi compañero, pero ni siquiera prestó atención a los moretones que me cubrían. No le importé lo suficiente como para escuchar mi versión. Caleb nunca iba a salvarme.

Todo esto había sido planeado desde el principio, y la sonrisa de satisfacción de Natalie no hizo más que confirmarlo.

Las dos me agarraron con brusquedad y me arrastraron escaleras abajo. El sótano parecía más una tumba que una prisión. La humedad cubría las paredes y el moho se extendía sobre la piedra como podredumbre. Una antorcha agonizante parpadeaba con debilidad en un rincón, y el olor fétido del aire me revolvió el estómago.

"Te quedarás aquí hasta que consideremos que has sufrido lo suficiente", sentenció Natalie con frialdad.

Antes de irse, me dedicó una última mirada con el triunfo dibujado en el rostro.

"Qué criatura tan patética".

Luego, la puerta se cerró de un portazo.

Los días en ese lugar se volvieron borrosos.

El frío de la piedra se me clavaba en la espalda cada noche, mientras el hambre me drenaba poco a poco las fuerzas. La oscuridad se volvió insoportable, pero Maryse permaneció a mi lado a pesar de todo. Incluso estando herida, intentaba consolarme cada vez que sentía que iba a desmoronarme.

Al séptimo día, la puerta del sótano por fin volvió a abrirse.

Hannah estaba allí, esperándome con una expresión indescifrable.

"Levántate", ordenó con sequedad. "El Alfa Caleb pregunta por ti".

Una pequeña chispa de esperanza se encendió en mi interior a pesar de todo.

Sin embargo, Hannah destruyó esa ilusión con sus siguientes palabras.

"Vas a ser entregada al Alfa Davis", anunció con una sonrisa cruel. "Y ya sabes lo que les pasa a las mujeres que le envían. Ninguna de sus esposas ha vivido más de un año".

Sentí que me quedaba sin aire.

"¿Qué? No... él no me haría algo así".

Hannah estalló en carcajadas.

"¿Todavía sueñas con que Caleb te elija? La señora Natalie consiguió exactamente lo que quería. Lo convenció para que se deshiciera de ti. Ninguna mujer quiere al Alfa Davis. Todos saben que está maldito. Pero Caleb gana poder con este acuerdo, y tú eres el precio que decidió pagar. Eso es todo lo que serás. Un sacrificio por la alianza".

Lo último que vi fue la sonrisa burlona de Hannah antes de que me agarrara del brazo y me sacara a rastras de allí.

Capítulo 3 Rechazada y entregada

Hannah me sacó de las húmedas celdas, lo que hizo que mis pensamientos se descontrolaran y el miedo me oprimiera el pecho. La idea de estar atada al Alfa Davis me tensó por completo. Ese hombre emanaba oscuridad; pasara lo que pasara, no podía ignorar que Caleb era mi alma gemela, ya que prefería enfrentarme a la muerte antes que aceptar ese destino, y entregarme a cualquier otro me parecía imposible.

En un repentino arranque de valor, me zafé de su agarre con la intención de huir. El bosque que rodeaba el territorio se alzaba a mi alcance, como una promesa de salvación que no podía ignorar. Si lograba alejarme lo suficiente, quizás podría encontrar ayuda... quizás incluso sobrevivir. Pero mi cuerpo ya no me respondía. Apenas di un paso, las piernas me fallaron y me desplomé en el suelo. El polvo me llenó la boca, el pecho me ardía y las lágrimas caían sin cesar. "No...", susurré con la voz rota.

"¿De verdad creíste que podías escapar?", se burló Hannah, mientras soltaba una carcajada áspera. Me apretó el cuello con la mano y me obligó a mirarla. Aun con la vista nublada por las lágrimas, pude ver la satisfacción en su rostro. Me empujó a un lado y gritó: "¡No dejen que se mueva!".

Dos guerreros se interpusieron para bloquear cualquier camino que pudiera tomar. El miedo se apoderó de mí. "Por favor... solo déjenme ir. No quiero nada. Solo quiero vivir", supliqué con la voz entrecortada por el esfuerzo. En lugar de conmoverla, mis palabras solo la volvieron más salvaje. Se abalanzó sobre mí y me inmovilizó. El dolor estalló en mi costado cuando me golpeó y se escuchó un crujido seco. Se me escapó un grito antes de que pudiera contenerlo. Algo dentro de mí se había roto.

"Manténganla con vida", ordenó con voz gélida.

Uno de los guerreros me agarró con brusquedad y me echó al hombro. Cada paso me provocaba un dolor insoportable, por lo que mis gritos se convirtieron en débiles quejidos. Ya no podía ver con claridad mientras me llevaban a los aposentos de los Omegas, donde me lanzaron a una habitación pequeña y oscura. La puerta se cerró de golpe y me dejó en la más absoluta oscuridad.

Golpeé la puerta con las pocas fuerzas que me quedaban mientras tosía sangre. "Por favor... déjenme ir...", supliqué, apenas con aliento para hablar. Nadie respondió; mi cuerpo se rindió y me deslicé hasta el suelo mientras la sangre empapaba mi ropa. A partir de ese momento, el tiempo dejó de tener sentido.

Hasta un leve crujido en la cerradura rompió el silencio, así que alcé la vista con esfuerzo. El sanador apareció en el umbral con una expresión severa. "La Luna Natalie me envió", informó. "Bebe esto. Te aliviará el dolor".

"¿Puedo... hablar con ella?", pregunté con voz temblorosa.

No respondió. En cambio, me acercó el vial a los labios. Al tragarlo, noté que el líquido tenía un sabor fuerte y amargo. Sin siquiera volver a mirarme, salió y cerró la puerta con seguro.

Me arrastré hasta la esquina y me pegué a la pared, mientras las lágrimas volvían a brotar. "Diosa... ¿por qué?", murmuré. "Tú fuiste quien me ató a Caleb. ¿Por qué soy yo la que sufre?".

La puerta se abrió de par en par sin previo aviso. Caleb entró con una mueca de asco en el rostro. "¿Tú, entre todas las mujeres?", escupió. "¿A ti te eligió la Diosa de la Luna? Debe de ser un error. No vales nada".

A pesar de todo, la rabia me invadió y lo desafié con la mirada. "Yo no soy la que se equivoca", espeté. "Lo estás tú. Tú le has dado la espalda a tu propia compañera".

Un gruñido gutural llenó la habitación. Al instante siguiente, me agarró del cuello. El aire se me escapó de los pulmones mientras forcejeaba. "¡Elena!", gritó con furia. "¿Crees que puedes llevarme la contraria? ¡Intentaste escapar! ¡Ignoraste mis órdenes!".

Sentí que el pecho se me oprimía mientras luchaba por respirar; estaba a punto de ceder cuando una voz lo interrumpió. "¡Caleb!", exclamó Natalie. "Detente. Ella todavía tiene que...". Aunque no terminó la frase, él me soltó.

Retrocedió y habló con una frialdad que helaba la sangre: "Yo, Alfa Caleb Reed de la manada Aullido Carmesí, te rechazo a ti, Elena Carter, como mi compañera".

Sentí un dolor agudo, como si una daga me hubiera atravesado el estómago y el pecho. Se me escapó un grito ahogado antes de poder contenerlo. Se me nubló la vista y mi cuerpo se desplomó por el impacto. Durante un breve segundo, vi a Caleb y a Natalie observándome con expresiones distantes, casi entretenidas. Salieron juntos, con las manos entrelazadas. "Hannah vendrá mañana para prepararte", anunció Natalie antes de que la puerta se cerrara tras ellos.

La oscuridad volvió a engullirme. Cuando recuperé el conocimiento, sentía el cuerpo pesado, como si algo me estuviera aplastando. Maryse había estado aullando durante la noche antes de sumirse en un silencio absoluto, destrozada de una forma que yo no podía sanar.

La luz del amanecer se filtraba en la habitación. Me quedé donde estaba, demasiado débil para moverme y, mucho menos, para comer. La puerta se abrió y Hannah entró con una caja, seguida de cerca por una sirvienta.

Soltó una risa burlona. "Mírate", me espetó mientras tiraba de mí para ponerme de pie. "La Luna Natalie quiere que te veas decente. Pero, primero, necesitas un baño. Hueles a perro mojado".

Me arrojó al agua fría sin previo aviso. Mi cuerpo reaccionó al instante y comencé a temblar de frío, pero a ella no pareció importarle. Cuando logré salir, me arrojó un vestido. "Póntelo. El Alfa Davis llegará en cualquier momento".

Me quedé paralizada. ¿Ya? Sentí una opresión en el pecho. La tela me rozó la piel y desprendió un aroma que reconocí al instante. Era el perfume de Natalie.

La sonrisa de Hannah se volvió cruel. "Deberías estar agradecida, Elena. "Vas a casarte con el Alfa al que todos en el norte temen. Si tienes suerte, vivirás lo bastante para darle un hijo".

Sus palabras me calaron hondo y las piernas me flaquearon mientras la seguía hacia el exterior. El salón estaba lleno de movimiento; los Omegas corrían de un lado a otro bajo las órdenes de Natalie. Al verme, esbozó una sonrisita y le hizo una seña a Hannah para que me apartara.

Busqué a Caleb con la mirada. Estaba de pie junto a un grupo, conversando como si nada hubiera pasado. No había ni rastro de arrepentimiento en su rostro por lo que había hecho. ¿Por qué no le afectaba? ¿Por qué parecía tan indiferente? Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negué a derramarlas. No iba a permitir que me vieran derrumbarme.

Después de un rato, Caleb se alejó.

Cuando regresó, alguien caminaba a su lado: el Alfa Davis.

Era más alto que los demás, con una complexión robusta y bien definida. El cabello oscuro le enmarcaba el rostro y le confería un aire misterioso. Llevaba tatuajes en forma de espinas y enredaderas que se le enroscaban en los brazos. Emanaba un aura de poder, mezclada con algo más oscuro que me inquietaba.

En cuanto su mirada se encontró con la mía, se me cortó la respiración. Sentí que el calor me subía a las mejillas sin poder evitarlo.

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