Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Ciencia Ficción > Lágrimas De Cristal
Lágrimas De Cristal

Lágrimas De Cristal

Autor: : Neilla Steedly
Género: Ciencia Ficción
La placa de honor de mi padre, fría en mi mano, era el único consuelo en un mar de desesperación. Después de que lo perdimos, me partí el lomo para que a Miguel, mi hermano menor, nunca le faltara nada. Pero no fue suficiente. Una banda de criminales nos quería fuera de nuestra casa, el único legado de mi padre, y cuando Miguel intentó defenderla, lo golpearon hasta casi matarlo. Ahora yace conectado a máquinas, mientras esos miserables caminan libres. Fui a la policía, a la fiscalía, a todas partes donde se supone que se busca justicia, pero sus manos estaban manchadas. Mis denuncias se perdieron, y por atreverme a alzar la voz, también me golpearon y humillaron, dejándome claro que mi dolor no importaba. ¿Cómo era posible tanta impunidad? ¿Acaso la justicia era solo una palabra vacía en este infierno? Rota y desesperada, recordé el último legado de mi padre: sus condecoraciones. Con Miguel en brazos, me arrodillé frente a la fiscalía, aferrando esas medallas, mi última esperanza. Justo cuando los criminales se acercaban para terminar con nosotros, las puertas se abrieron. El viejo colega de mi padre, un fiscal respetado, salió. Él nos vio, y en sus ojos cansados, la justicia que mi padre defendió renació.

Introducción

La placa de honor de mi padre, fría en mi mano, era el único consuelo en un mar de desesperación. Después de que lo perdimos, me partí el lomo para que a Miguel, mi hermano menor, nunca le faltara nada.

Pero no fue suficiente. Una banda de criminales nos quería fuera de nuestra casa, el único legado de mi padre, y cuando Miguel intentó defenderla, lo golpearon hasta casi matarlo. Ahora yace conectado a máquinas, mientras esos miserables caminan libres.

Fui a la policía, a la fiscalía, a todas partes donde se supone que se busca justicia, pero sus manos estaban manchadas. Mis denuncias se perdieron, y por atreverme a alzar la voz, también me golpearon y humillaron, dejándome claro que mi dolor no importaba.

¿Cómo era posible tanta impunidad? ¿Acaso la justicia era solo una palabra vacía en este infierno?

Rota y desesperada, recordé el último legado de mi padre: sus condecoraciones. Con Miguel en brazos, me arrodillé frente a la fiscalía, aferrando esas medallas, mi última esperanza. Justo cuando los criminales se acercaban para terminar con nosotros, las puertas se abrieron. El viejo colega de mi padre, un fiscal respetado, salió. Él nos vio, y en sus ojos cansados, la justicia que mi padre defendió renació.

Capítulo 1

La placa de honor de mi padre se sentía fría en mi mano, un peso inútil contra la desesperación que me ahogaba.

Él era un detective, uno de los buenos, y murió haciendo su trabajo, dejándonos a mí y a mi hermano menor, Miguel, con nada más que esa medalla y un montón de recuerdos.

Yo me partí el lomo para sacar adelante a Miguel, para que no le faltara nada.

Pero no fue suficiente.

Una banda de criminales quería nuestra casa, la única cosa que nos quedaba, y cuando Miguel intentó defenderla, lo golpearon hasta casi matarlo.

Ahora él yace en una cama de hospital, conectado a máquinas que respiran por él, mientras los desgraciados que le hicieron esto se pasean por la calle como si nada.

Fui a la policía, a la fiscalía, a donde se supone que uno va a pedir ayuda.

Pero sus manos estaban manchadas de dinero sucio.

Nadie me escuchó.

Mis denuncias se perdieron en un mar de papeles, y por atreverme a levantar la voz, también me golpearon.

Me humillaron.

Me dejaron claro que yo no era nadie, que mi dolor no importaba.

Desesperada, con el corazón hecho pedazos, recordé el último legado de mi padre.

No solo la placa, sino todas sus condecoraciones, cada una un testimonio de su vida dedicada a la justicia.

Con el cuerpo adolorido y el alma rota, cargué a Miguel en mis brazos, su cuerpo frágil y casi sin vida, y me arrodillé a las puertas de la fiscalía.

Aferré las medallas de mi padre contra mi pecho, su brillo opaco bajo el sol inclemente, mi última esperanza.

Los criminales no tardaron en llegar, riéndose, burlándose de mi patético espectáculo.

"Danos esas baratijas", dijo uno de ellos, su voz un gruñido.

Intentaron arrebatármelas, amenazaron con terminar lo que empezaron, con apagar la pequeña llama de la vida de Miguel para siempre.

Y justo entonces, cuando toda esperanza parecía perdida, las enormes puertas de la fiscalía se abrieron.

Un hombre alto, de cabello cano y mirada firme, salió.

Era un fiscal respetado, un antiguo colega de mi padre.

Nos vio, a mí arrodillada en el suelo, a Miguel moribundo en mis brazos, a los criminales rodeándonos como buitres.

Su rostro se endureció.

"Suelten a esa mujer", ordenó, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas.

Los criminales dudaron, pero la mirada del fiscal era de acero.

Él se acercó, me ayudó a levantarme y miró a los hombres que nos habían aterrorizado.

"La justicia que su padre defendió no ha muerto", me dijo en voz baja, antes de volverse hacia ellos. "Y ustedes van a responder por cada uno de sus crímenes".

Ese día, algo cambió.

La balanza de la justicia, que parecía irremediablemente rota, comenzó a moverse.

El fiscal cumplió su palabra.

Los criminales fueron arrestados, sus redes de corrupción desmanteladas, y uno por uno, fueron encerrados.

Yo solo podía aferrarme a las medallas de mi padre, rezando para que Miguel abriera los ojos, para que pudiera ver que la lucha no había sido en vano, que la fe en la justicia, aunque frágil, a veces, solo a veces, encuentra un ancla en la oscuridad.

Capítulo 2

El cambio fue instantáneo, como si alguien hubiera cambiado de canal en una televisión vieja.

Un segundo estaba en el suelo de la fiscalía, el siguiente estaba aquí.

En la nada.

Todo era negro, un vacío sin arriba ni abajo, sin sonido, sin olor.

Mis rodillas ya no sentían el concreto áspero, mis pulmones ya no olían el smog de la ciudad.

Solo había silencio y una oscuridad que se lo tragaba todo.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas no respondían, estaban pesadas, agotadas.

Mi cuerpo entero dolía, no por los golpes de los criminales, sino por un cansancio más profundo, un agotamiento del alma.

¿Qué era este lugar?

¿Era esto la muerte?

No, no se sentía como el final, se sentía como una pausa, una sala de espera horrible entre un infierno y el siguiente.

Este juego, o lo que sea que fuera, era una bestia insaciable, siempre exigiendo más.

Apenas te daba un respiro para lamerte las heridas antes de lanzarte a la siguiente prueba.

Cerré los ojos, tratando de encontrar un centro en medio de la nada, tratando de recordar la cara de Miguel, su sonrisa antes de que todo se fuera al diablo.

Su rostro era mi ancla.

Pero el descanso fue corto.

Una musiquita empezó a sonar, una canción de cuna distorsionada, como salida de una caja musical rota.

"Luna de espejo, flor de papel..."

La voz era infantil, pero helada, sin ninguna emoción.

Se repetía una y otra vez, metiéndose en mi cabeza, erizando la piel de mis brazos.

Luego, una voz mecánica, impersonal y metálica, cortó la canción.

[Participante número 17, el descanso ha terminado.]

[Prepárese para el siguiente desafío.]

[La no participación resultará en la eliminación.]

"¿Eliminación?", susurré al vacío, una risa amarga escapándose de mis labios. "¿Así es como le dicen a matarte ahora? Qué educados".

La voz no respondió, no esperaba que lo hiciera.

Una luz blanca y cegadora apareció frente a mí, y sentí un número grabándose a fuego en la piel de mi muñeca.

17.

Ya no era Elena Rojas.

Era el número 17.

¿Quiénes eran?

¿Quién estaba detrás de esta locura?

¿Y cuántos de nosotros quedábamos?

La luz se hizo más intensa, tragándose la oscuridad, y sentí que me jalaban hacia adelante, hacia lo desconocido, con la estúpida canción de cuna todavía resonando en mis oídos.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022