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Más Allá del Destino

Más Allá del Destino

Autor: : susannavarreteu
Género: Romance
Isabella de Montclair ha pasado toda su vida bajo el peso de su linaje, prometida desde la infancia al príncipe Edmond de Arendelle en un matrimonio que sellaría la alianza entre sus familias. Ha aprendido a obedecer, a sonreír y a aceptar su destino sin cuestionarlo. Pero todo cambia cuando conoce a Alejandro, el valiente capitán de la guardia real. Lo que comienza como miradas furtivas y palabras robadas en la penumbra se convierte en un amor imposible, prohibido por las leyes de la nobleza y castigado con la muerte. Entre promesas susurradas y encuentros clandestinos, Isabella debe elegir entre el deber y su corazón. Cuando su amor es descubierto, Alejandro es marcado como traidor y ella es encerrada en una jaula dorada, obligada a casarse con el príncipe que nunca ha amado. Pero el verdadero amor no conoce cadenas, y Alejandro no está dispuesto a rendirse. Con el destino en su contra y la sombra de la guerra acechando, ¿podrán desafiar las reglas de su mundo y escribir su propia historia? O, por el contrario, ¿están condenados a ser víctimas de un amor que jamás debió existir?

Capítulo 1 Un Amor Prohibido

El sonido de la lluvia golpeando contra los ventanales del viejo castillo era la única melodía que acompañaba a Isabella en aquella noche fría. Se encontraba en la biblioteca, rodeada de estanterías que albergaban siglos de historia, pero su mente estaba muy lejos de los libros. Sus pensamientos estaban atrapados en la imagen de él: Alejandro, el hombre que no debía amar.

Isabella era la hija del duque de Montclair, una joven de noble cuna, prometida desde su infancia al príncipe Edmond de Arendelle. Su destino estaba sellado desde antes de nacer, y jamás tuvo derecho a cuestionarlo. Se había criado entre lujos, vestidos de seda y protocolos estrictos, aprendiendo que su deber era obedecer sin dudar. Pero todo cambió el día en que conoció a Alejandro.

Él era un simple caballero, un hombre sin títulos ni riquezas, pero con un espíritu indomable. Era el capitán de la guardia real, un hombre leal al reino, valiente en batalla y con una mirada que desafiaba al mundo. Desde el primer momento en que sus caminos se cruzaron, Isabella sintió que algo dentro de ella despertaba.

Al principio, fueron solo miradas furtivas en los pasillos del castillo. Luego, palabras robadas en la penumbra de los jardines. Con cada encuentro, la tensión entre ellos se volvía más insoportable. Isabella sabía que estaba jugando con fuego, pero no podía detenerse.

Una noche, cuando la corte entera se encontraba celebrando un baile en honor a la alianza entre Montclair y Arendelle, Isabella escapó del salón con el corazón latiendo desbocado. No soportaba la idea de que su vida estaba a punto de ser entregada a un hombre al que apenas conocía.

Se refugió en el invernadero, donde el aroma de las rosas impregnaba el aire, y allí lo encontró. Alejandro estaba de pie, con su espada al cinto y la mirada clavada en ella.

-No deberías estar aquí -murmuró él, pero no hizo ningún esfuerzo por alejarse.

-Ni tú -respondió Isabella, acercándose.

Por un instante, el mundo se redujo a la distancia que los separaba. Alejandro alzó la mano y con suavidad apartó un mechón de cabello del rostro de Isabella. Sus dedos rozaron su piel con una ternura que la hizo estremecer.

-Sabes que esto es imposible -dijo él, con la voz cargada de emoción contenida.

-Lo sé -susurró ella-, pero no puedo evitarlo.

Y entonces, como si el destino se burlara de ellos, se escucharon pasos acercándose. Isabella retrocedió de inmediato, y Alejandro llevó la mano al pomo de su espada. Antes de que alguien los descubriera, él se inclinó y le susurró al oído:

-Nos veremos en el bosque, al amanecer.

Esa noche, Isabella apenas pudo dormir. La idea de encontrarse con Alejandro lejos de las murallas del castillo era un riesgo enorme, pero su corazón le decía que debía ir.

Cuando los primeros rayos del sol iluminaron el horizonte, Isabella montó su caballo y cabalgó en secreto hasta el claro donde Alejandro la esperaba. Vestía su armadura, pero no llevaba su habitual expresión de severidad. En su mirada había algo más: esperanza.

Sin decir una palabra, él la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso desesperado, lleno de anhelos reprimidos y promesas no dichas. Por primera vez en su vida, Isabella sintió que era libre.

Pero la felicidad fue efímera.

A lo lejos, se escuchó el sonido de cascos acercándose. Un grupo de soldados apareció entre los árboles, con el príncipe Edmond al frente.

-¡Traición! -bramó él, con el rostro enrojecido por la ira.

Los soldados rodearon a Isabella y Alejandro. El capitán de la guardia desenfundó su espada, pero Isabella se interpuso entre él y los soldados.

-¡No! -gritó-. ¡Déjenlo ir!

-¿Lo defiendes? -Edmond la miró con desprecio-. ¡Tú me perteneces, Isabella!

-No soy una posesión -replicó ella con firmeza.

Edmond apretó los dientes, pero no pudo hacer nada en ese momento. El honor le impedía derramar sangre en presencia de su prometida.

-Lo pagarás caro -le advirtió a Alejandro antes de dar media vuelta.

Sabían que no quedaba tiempo. Alejandro debía huir, pero Isabella no podía seguirlo.

-No importa cuánto nos separen -susurró Alejandro, tomando sus manos-. Siempre volveré por ti.

Con lágrimas en los ojos, Isabella lo vio desaparecer entre los árboles.

Desde ese día, su vida se convirtió en una prisión. Fue encerrada en sus aposentos hasta que Edmond decidió el momento en que la boda se llevaría a cabo. Pero en su corazón, Isabella nunca perdió la esperanza.

Y una noche, cuando el castillo dormía, una sombra se deslizó hasta su ventana.

-¿Lista para escapar? -susurró Alejandro con una sonrisa.

Isabella no dudó. Se lanzó a sus brazos, dejando atrás su antigua vida.

Juntos, cabalgaron hacia la libertad, desafiando al destino y a la sociedad que los quería separados. Porque su amor, aunque prohibido, era más fuerte que cualquier barrera.

Capítulo 2 2

La noche era densa y silenciosa en el castillo de Montclair. La luna, escondida tras un manto de nubes, apenas iluminaba los jardines donde Isabella deambulaba con el corazón en vilo. Desde su encierro, cada noche era igual: largos suspiros, sueños frustrados y el anhelo desesperado de escapar.

Habían pasado semanas desde aquella mañana en el bosque, cuando Alejandro fue obligado a huir. No tenía noticias de él, no sabía si estaba a salvo, si había logrado esconderse de las tropas del príncipe Edmond. Cada día que pasaba, el temor la consumía.

-Mi lady -una voz la sacó de sus pensamientos.

Se giró con el corazón en la garganta y vio a Margot, su doncella y confidente.

-¿Qué sucede? -preguntó Isabella en un susurro.

Margot se acercó con cautela y deslizó una nota en su mano.

-Un jinete la dejó en la entrada trasera -susurró-. No quiso decir su nombre, pero...

Isabella no necesitó que lo hiciera. Con dedos temblorosos, desplegó el pergamino y leyó las palabras que tanto había esperado:

"A la medianoche, en la torre sur. Confía en mí."

Su corazón latió con fuerza. Alejandro estaba vivo.

Cuando la campana marcó la medianoche, Isabella se deslizó fuera de su habitación con el sigilo de un espectro. Las antorchas en los pasillos ardían con una luz tenue, proyectando sombras alargadas en las paredes de piedra. Cada paso era un riesgo. Sabía que si la descubrían fuera de sus aposentos, el castigo sería severo.

Pero el miedo no la detuvo.

Subió los escalones de la torre sur con el corazón desbocado, y cuando llegó a la cima, lo vio. Alejandro estaba allí, esperándola en la penumbra. Sus ropas estaban desgastadas, su cabello más largo, su rostro marcado por el cansancio, pero sus ojos aún ardían con la misma intensidad de siempre.

-Isabella... -su voz era un susurro cargado de emoción.

Ella corrió a sus brazos sin dudar.

-Pensé que no volvería a verte... -dijo ella, aferrándose a él como si el mundo se desmoronara.

Alejandro la sostuvo con fuerza, como si temiera que se desvaneciera en sus manos.

-No permitiría que te casaras con ese hombre -murmuró, con una resolución férrea-. No mientras yo siga respirando.

Ella se apartó apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos.

-¿Cómo escapaste? ¿Dónde has estado?

-Más lejos de lo que imaginé -confesó él-. He buscado aliados, Isabella. Hay quienes están dispuestos a desafiar al príncipe Edmond. No todos en el reino apoyan su tiranía.

Ella sintió un escalofrío. Sabía que Edmond era un hombre ambicioso, pero ¿tirano?

-¿Qué quieres decir?

Alejandro le tomó las manos con urgencia.

-Escúchame bien, Isabella. Este matrimonio no es solo una unión política. Edmond no te quiere por amor ni por una simple alianza. Te quiere porque tu familia guarda algo valioso, algo que ha codiciado durante años.

Isabella sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

-¿Qué estás diciendo?

-Tu padre... no es el hombre honorable que crees. Ha estado ocultando algo, un poder que Edmond desea poseer.

Isabella negó con la cabeza.

-No puede ser...

Pero las palabras de Alejandro tenían sentido. Desde pequeña, había visto a su padre tomar decisiones que parecían no tener lógica, proteger secretos que nunca comprendió. Y ahora, las piezas empezaban a encajar.

-Tenemos que irnos -dijo Alejandro-. Esta misma noche.

Ella sintió que su cuerpo se tensaba.

-¿Huir? ¿Ahora?

-Si no lo hacemos, Edmond se asegurará de que no tengas otra opción.

El miedo la atenazó. Sabía que si escapaba, se convertiría en una fugitiva. Su familia la desheredaría, su nombre sería borrado de la historia.

Pero si se quedaba...

Miró a Alejandro. En su mirada encontró la promesa de un futuro que jamás tendría dentro de aquellas paredes.

Respiró hondo y tomó una decisión.

-Vamos.

Se movieron con rapidez. Alejandro había preparado dos caballos escondidos en los establos exteriores. Isabella se deshizo de sus zapatos y alzó su vestido para no tropezar mientras corrían por los pasadizos oscuros.

Pero cuando llegaron a los establos, un grupo de guardias los estaba esperando.

-¡Deténganse en nombre del príncipe! -bramó un soldado.

Alejandro desenvainó su espada de inmediato, colocándose entre Isabella y los guardias.

-¡Corre! -le gritó.

Pero ella no podía dejarlo.

-¡No te dejaré solo!

-¡Vete, Isabella!

Antes de que pudiera reaccionar, Alejandro se lanzó contra los soldados. Su espada danzó bajo la luz de la luna, rápida y letal. Isabella vio cómo derribaba a dos hombres con movimientos precisos, pero más soldados se acercaban.

Y entonces, una flecha silbó en la noche.

-¡Alejandro! -gritó ella al verlo tambalearse.

La flecha se había clavado en su costado, pero él no cayó. Con una última mirada hacia ella, le gritó:

-¡Corre!

Isabella sintió las lágrimas arder en sus ojos, pero supo que no podía quedarse.

Con el corazón destrozado, montó en el caballo y galopó hacia la oscuridad, dejando atrás todo lo que había conocido.

La caza comenzó al amanecer.

Las tropas de Edmond recorrieron los bosques, los caminos y los pueblos en busca de la fugitiva. Su furia era incontenible.

-¡Encuéntrenla! -bramó-. ¡Muerta o viva, pero tráiganmela!

Isabella, con el corazón acelerado, se refugiaba en una cabaña oculta entre las montañas, donde Alejandro la había llevado tras escapar del castillo. Allí, con la herida aún fresca, él le sonreía con dificultad.

-Te prometí que no permitiría que te casaras con él -susurró, tomando su mano.

Ella apoyó la frente contra la suya, dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas.

Sabía que no estaban a salvo. Sabía que Edmond no descansaría hasta encontrarlos.

Pero también sabía algo más.

Juntos, enfrentarían cualquier tormenta. Porque su amor, prohibido o no, era más fuerte que cualquier destino impuesto.

Capítulo 3 3

El sonido del viento silbando entre los árboles era lo único que rompía el silencio en la cabaña oculta en lo profundo del bosque. Isabella se encontraba junto a Alejandro, con las manos manchadas de sangre mientras presionaba un paño sobre su herida. La flecha que lo había alcanzado había sido removida, pero la hemorragia persistía. Su respiración era pesada, pero sus ojos no se apartaban de ella.

-No dejaré que mueras -susurró Isabella, con la voz temblorosa.

Alejandro forzó una sonrisa.

-No planeo hacerlo -contestó con dificultad-, pero debo admitir que la situación no es la mejor.

Isabella mojó un paño en un cuenco de agua fresca y limpió el sudor de su frente. Sabía que no podían quedarse allí por mucho tiempo. Las tropas del príncipe Edmond ya debían estar peinando la región en su búsqueda, y tarde o temprano darían con su paradero.

-Necesitamos salir de aquí -murmuró ella.

-Aún no puedo montar -respondió Alejandro-. Si nos movemos ahora, solo seremos presas fáciles.

Ella apretó los labios. Tenía razón. Necesitaban al menos una noche más para que él recuperara algo de fuerzas.

Pero el tiempo no estaba de su lado.

Mientras tanto, en el castillo de Arendelle, la ira del príncipe Edmond se hacía sentir en cada rincón del palacio.

-¡¿Cómo es posible que haya escapado?! -bramó, golpeando la mesa con el puño cerrado.

Sus generales y consejeros se mantuvieron en silencio, sin atreverse a levantar la vista. Uno de los hombres, el comandante Gautier, tomó la palabra con cautela.

-Mi señor, hemos enviado tropas a todas las aldeas cercanas y patrullas a los caminos principales. No podrán haber ido muy lejos.

Edmond apretó la mandíbula.

-Esa mujer es mía. Su familia me la prometió, y no voy a permitir que huya con un simple soldado.

Dio un paso adelante, clavando la mirada en el comandante.

-Encuéntrenla. Y cuando lo hagan... tráiganla de vuelta viva. Pero al traidor, quiero su cabeza.

Los hombres asintieron y salieron apresurados.

Edmond se quedó solo en la habitación, sus manos temblaban de furia. Desde que era niño, había sabido que Isabella sería su esposa. No solo porque era hermosa y de sangre noble, sino porque su matrimonio sellaría su poder. Ahora, ella lo había desafiado.

Y eso, no lo perdonaría.

En la cabaña, Isabella apenas había cerrado los ojos cuando escuchó el crujir de ramas fuera. Su corazón se aceleró de inmediato. Se levantó con cautela y tomó la daga que Alejandro le había dado antes de dormir.

Se acercó a la puerta y escuchó atentamente.

Pasos.

No era un animal. Alguien estaba allí.

Con el pulso desbocado, giró el picaporte lentamente y entreabrió la puerta. En la penumbra de la noche, distinguió una silueta.

-¿Isabella?

Ella sintió que su cuerpo se estremecía.

-Margot... -susurró al reconocer a su doncella.

La joven se acercó rápidamente, con los ojos llenos de desesperación.

-¡Tienes que irte! ¡Las tropas de Edmond están cerca!

El terror se apoderó de Isabella.

-¿Cómo nos encontraron?

Margot negó con la cabeza.

-No lo sé. Pero los soldados han interrogado a los aldeanos y ahora buscan en el bosque. No tienes mucho tiempo.

Isabella no dudó. Cerró la puerta y corrió hacia Alejandro.

-Despierta -lo sacudió con suavidad.

Él abrió los ojos con esfuerzo.

-¿Qué sucede...?

-Nos encontraron.

Alejandro inhaló con fuerza y se incorporó como pudo. Su herida aún le dolía, pero no había tiempo para debilidades.

-Nos vamos -dijo con firmeza.

Margot los ayudó a montar los caballos que había traído. Alejandro apenas podía mantenerse erguido, pero no tenía elección.

-Sigue el camino hacia el norte -dijo Margot-. Hay un viejo monasterio en las colinas. Allí podrán esconderse.

Isabella la miró con gratitud.

-No sé cómo agradecerte...

-Solo vive -susurró Margot-. Vive libre.

Con un último vistazo, Isabella espoleó su caballo y galopó junto a Alejandro hacia la oscuridad de la noche.

El sonido de los cascos retumbaba contra la tierra húmeda. Isabella miraba constantemente hacia atrás, con el miedo mordiéndole la piel. Alejandro se mantenía en su caballo con dificultad, pero su determinación no flaqueaba.

El bosque era espeso y el sendero traicionero. La luna apenas iluminaba el camino, y el viento silbaba entre las ramas, trayendo consigo un murmullo inquietante.

Entonces, escucharon el estruendo de más caballos en la distancia.

-Nos están alcanzando... -susurró Isabella, sintiendo el pánico treparle por la garganta.

-Debemos acelerar.

Pero Alejandro estaba perdiendo fuerzas. La herida le drenaba energía con cada movimiento, y su caballo empezaba a resentir su peso.

De pronto, un silbido cortó el aire.

-¡Isabella, agáchate! -gritó Alejandro.

Ella reaccionó a tiempo. Una flecha pasó rozando su hombro y se clavó en un árbol cercano.

Los soldados estaban sobre ellos.

-¡Deténganse en nombre del príncipe! -gritó una voz desde la penumbra.

Isabella sintió su sangre hervir. No volvería a ser prisionera.

-¡No te detengas! -gritó Alejandro.

Pero los soldados eran más rápidos. Cerraron el paso con sus lanzas y espadas en alto.

Isabella y Alejandro tiraron de las riendas, deteniéndose en seco.

El comandante Gautier sonrió con satisfacción al verlos.

-Vaya, vaya... -dijo con sorna-. Qué conmovedor. La dama huyendo con su caballero caído.

Isabella apretó los dientes.

-Si nos entregamos, ¿lo dejarás vivir?

Alejandro la miró con horror.

-No...

Gautier soltó una carcajada.

-Eso no depende de mí. Pero el príncipe Edmond estará encantado de verte de vuelta, mi lady.

Los soldados avanzaron con las armas listas.

Isabella apretó la daga en su mano.

No iba a rendirse.

El combate estaba a punto de comenzar.

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