Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Máscaras de Ceniza
Máscaras de Ceniza

Máscaras de Ceniza

Autor: sxtzambrana
Género: Romance
Mateo y Sofía conforman una de las parejas más prominentes de la alta sociedad financiera. Tras años de tratamientos de fertilidad, logran un embarazo múltiple de trillizos. Sin embargo, en el pico más alto de su felicidad, Mateo sufre un atentado planificado en el que su vehículo despeñaba por un barranco y explota. Declarado muerto, Mateo sobrevive con la ayuda de un médico clandestino y, tras una reconstrucción facial y meses de rehabilitación, regresa bajo la identidad de Lucas: un astuto inversionista extranjero determinado a destruir a sus enemigos.
Leer ahora

Capítulo 1 Aniversario

El salón principal de la mansión de los Valente olía a una mezcla sofocante de lirios blancos y cera cara. Era el tipo de aroma que las familias de la alta sociedad reservaban para enmascarar las grietas en sus cimientos. Mateo ajustó los gemelos de plata en sus puños frente al gran espejo de marco dorado del vestíbulo. El traje a medida le asentaba con la precisión impecable que se esperaba del director ejecutivo de la corporación financiera más sólida de la ciudad, pero debajo del tejido de lana fría, sus hombros pesaban como si cargaran el peso de una dinastía en declive.

A sus espaldas, los pasos ligeros de Sofía resonaron sobre el mármol italiano. Mateo se giró para ver a su esposa bajar la escalinata central. Llevaba un vestido de seda en tono verde esmeralda que abrazaba su figura con una elegancia calculada, la espalda descubierta y el cabello oscuro recogido en un moño pulcro. Era una visión deslumbrante, la encarnación perfecta de la esposa de un magnate. Sin embargo, Mateo conocía de memoria la tensión casi imperceptible en la comisura de sus labios, la rigidez en su postura que ningún diseño de alta costura podía disimular.

-Estás hermosa, Sofía -dijo Mateo, acercándose para ofrecerle la mano cuando ella tocó el último escalón.

-Gracias, mi amor -respondió ella, esbozando una sonrisa ensayada antes de dejar un beso leve en su mejilla. El contacto fue rápido, casi evasivo-. Los invitados no tardarán en llegar. La prensa ya está apostada en la entrada de la propiedad. La seguridad dice que hay al menos tres cadenas de televisión cubriendo la gala.

-Siete años de matrimonio no se celebran todos los días, se supone que la prensa debe estar interesada -comentó Mateo con una leve sonrisa, intentando aligerar el ambiente mientras le ofrecía una copa de champán que descansaba sobre la bandeja de un camarero servicial.

Sofía observó la copa un segundo antes de aceptarla, aunque no probó una sola gota. Su mirada vagó hacia el fondo del salón, donde las fotos del día de su boda lucían en marcos de plata sobre el piano de cola.

-Siete años, Mateo -murmuró ella, y por un instante, la fachada perfecta de la anfitriona cayó, dejando al descubierto una amargura añejada-. Siete años y la junta directiva de tu padre sigue mirando mi vientre cada vez que entro a un salón como si fuera un activo en pérdidas.

Mateo suspiró hacia adentró y dio un paso más hacia ella, tomando su mano libre con delicadeza. La herida estaba abierta y sangraba con especial fuerza esa noche.

-Olvídate de la junta directiva y de los periódicos. Esta noche es sobre nosotros. Hemos superado cosas peores.

-¿Peores que cuatro tratamientos de fertilidad fallidos? -interrumpió Sofía en un susurro afilado, manteniendo la voz baja para que el personal de servicio no captara la discordia-. ¿Peores que las miradas de lástima de tu madre cada Navidad? Mañana tenemos la cita con el especialista para los resultados de la última inseminación. No sé cuántas noticias negativas más puedo soportar, Mateo. Siento que cada prueba negativa me quita un pedazo de lugar en esta casa.

-Esta es tu casa -sentenció él con firmeza, mirándola fijamente a los ojos-. Y los niños llegarán cuando tengan que llegar. Si el tratamiento de este mes no funcionó, buscaremos otras opciones, viajaremos al extranjero si es necesario. Pero no voy a permitir que transformes nuestro aniversario en un juicio contra ti misma. Eres mi esposa, Sofía. Eso es más que suficiente para mí.

Por un segundo, la mirada de Sofía pareció suavizarse, cruzada por una ráfaga de emoción indescifrable que Mateo interpretó como alivio o frustración reprimida. Ella apretó suavemente la mano de su esposo antes de enderezar la espalda y recuperar la compostura.

-Tienes razón. Perdóname. No es el momento ni el lugar -dijo ella, ajustando una de las esmeraldas que colgaban de sus orejas-. Voy a revisar que el catering tenga todo listo en el terraza antes de que entren los primeros invitados.

Mateo la vio alejarse hacia los jardines interiores. Sintió un vacío punzante en el pecho. Sabía que la presión por un heredero no era solo una cuestión de orgullo personal; en el despiadado imperio de la familia Valente, la línea de sucesión dictaba el control de los fideicomisos y el reparto del capital mayoritario. Sin un hijo, la posición de Mateo como cabeza firme de la corporación siempre tendría un flanco vulnerable, un vacío que otros no dudarían en explotar.

-Parece que la reina de la noche está un poco tensa -resonó una voz idéntica a la suya desde la entrada del salón.

Mateo se volvió para ver a Gabriel cruzando el umbral. Su hermano gemelo vestía un esmoquin idéntico al suyo, aunque con el cuello ligeramente desabrochado y una sonrisa desenfadada que marcaba la eterna diferencia entre ambos. Mientras Mateo era la disciplina, la estrategia y el control, Gabriel siempre había encarnado la soltura, la audacia y la impudicia del hijo menor por apenas diez minutos de diferencia.

-Ha sido una semana difícil para ella -contestó Mateo, saludando a su hermano con un fuerte abrazo y una palmadita en la espalda-. Gracias por venir temprano, Gabriel. Necesito que me ayudes a entretener a los consejeros mayores antes de que empiecen las preguntas incomodas.

-Para eso están los hermanos, ¿no? -dijo Gabriel, tomando una copa de vino tinto de la mesa lateral y dándole un sorbo pausado-. Aunque debo admitir que la presión que le pones a Sofía es destructiva, Mateo. Todo el mundo en el club habla de la famosa consulta de mañana. Si el médico les da malas noticias otra vez, vas a tener que protegerla de los lobos de la junta. Sabes como es el viejo Morales cuando huele debilidad en la familia.

-No hay ninguna debilidad -replicó Mateo con tono seco-. La empresa está registrando las mayores ganancias del último lustro y mi vida privada no es asunto de la mesa directiva.

-En este nivel, tu vida privada es la empresa, hermano -Gabriel sonrió, dando un paso hacia la cristalera que daba a los amplios jardines de la propiedad-. Un heredero asegura la estabilidad de las acciones. La gente quiere saber que el imperio Valente tiene un futuro a largo plazo. Pero no te preocupes, yo siempre estaré cubriéndote las espaldas. Como siempre.

Mateo observó el perfil de su hermano reflejado en el cristal nocturno. Había algo en la calma de Gabriel que debería haberlo tranquilizado, pero en el fondo de su estómago, una ligera e inexplicable inquietud comenzaba a echar raíces. A fuera, los primeros automóviles de lujo comenzaban a detenerse frente a la escalinata principal, haciendo destellar las luces de los fotógrafos contra la noche. La función estaba a punto de comenzar, y entre el peso del pasado y la incertidumbre del futuro, Mateo sonrió para las cámaras, sin sospechar que el teatro de su vida perfecta ya estaba ardiendo por dentro.

Capítulo 2 El Latido Triplicado

El aire en la sala de espera de la clínica de fertilidad era helado y aséptico. Olía a antiséptico mezclado con el perfume denso que Sofía se había aplicado antes de salir de casa, un intento desesperado por cubrir el aroma de su propia ansiedad. Mateo mantenía su mano entrelazada con la de su esposa, sintiendo los espasmos involuntarios de sus dedos cada vez que la puerta del consultorio se abría y llamaban a otro paciente.

A pesar de que el evento de su aniversario la noche anterior había sido un éxito impecable ante las cámaras de la prensa y las sonrisas falsas de los socios, ninguno de los dos había logrado dormir más de un par de horas. El fantasma de la incertidumbre aguardaba en esa cita matutina.

-Señores Valente, el doctor los atiende ahora -anunció la recepcionista con una sonrisa practicada.

Sofía se puso de pie de golpe, como si una descarga eléctrica la hubiera atravesado, y Mateo la tomó del brazo con suavidad para amortiguar el impulso. Entraron al despacho del doctor Arismendi, un hombre de sienes plateadas cuya reputación como el mejor especialista en reproducción asistida de la región era la última carta que les quedaba por jugar.

-Mateo, Sofía, por favor, tomen asiento -dijo el médico, quitándose las gafas de lectura y ajustando la carpeta de expediente sobre su escritorio.

La tensión en la habitación se volvió sofocante. Mateo notó cómo Sofía clavaba sus uñas en el cuero del sillón, con la mirada fija en los labios del doctor, esperando el veredicto que definiría su destino dentro de la familia.

-Sé que las últimas semanas han sido una tortura de espera para ambos -comenzó el doctor Arismendi, apoyando las manos sobre la mesa-. Recibimos los resultados de la prueba de sangre esta mañana y hemos revisado los niveles hormonales de Sofía tras la última implantación.

-Doctor, por favor, no dé rodeos -interrumpió Sofía, con la voz quebrada por un hilo de pánico-. Díganos si volvió a fallar. Necesito saberlo ya.

El médico sonrió levemente, una reacción que tomó por sorpresa a Mateo.

-No falló, Sofía. El resultado de la gonadotropina coriónica es extraordinariamente alto. Felicidades, estás embarazada.

Un silencio denso cayó sobre el despacho. Sofía se llevó las manos a la boca, soltando un ahogado sollozo que había estado conteniendo durante años. Mateo sintió que un peso descomunal se desprendía de su pecho; una oleada de alivio absoluto lo recorrió por completo. Se inclinó hacia su esposa, besándole la frente con ternura mientras las lágrimas de ella mojaban la manga de su saco.

-¿De verdad? ¿Está seguro? -preguntó Mateo, buscando confirmación en los ojos del médico.

-Completamente seguro. Pero hay un detalle muy importante que debemos verificar de inmediato -respondió el doctor Arismendi, poniéndose de pie-. Los niveles hormonales son atípicamente elevados, muy por encima de los parámetros de una gestación única. Si me acompañan a la sala de ultrasonido, veremos exactamente qué está pasando allí dentro.

Sofía se acomodó en la camilla de exploración mientras la asistente aplicaba el gel frío sobre su vientre plano. Mateo se colocó a su lado, sosteniendo su mano con fuerza mientras la pantalla del ecógrafo se encendía, iluminando la penumbra del cuarto con tonos grises y ruidosos patrones de onda.

El doctor Arismendi movió el transductor con lentitud. Su rostro, enfocado en la pantalla, pasó de la tranquilidad a una expresión de concentrada fascinación.

-Vaya... -murmuró el especialista, ajustando el contraste del monitor.

-¿Pasa algo malo, doctor? -preguntó Sofía de inmediato, volviendo a tensarse por completo.

-No, no hay nada malo. Es solo que el tratamiento funcionó con una eficacia abrumadora -dijo Arismendi, marcando varios puntos en la pantalla negra-. Miren aquí. Este es un saco gestacional con su embrión. Pero si muevo el transductor un par de centímetros hacia la derecha... encontramos un segundo saco.

Mateo frunció el ceño, observando la pantalla con los ojos muy abiertos.

-¿Gemelos? -preguntó Mateo, sintiendo un vuelco en el corazón.

-Esperen un momento -intervino el médico, manipulando la sonda hacia la parte superior del útero-. Aquí hay un tercer saco perfectamente implantado y con actividad cardíaca propia. Señores Valente, no están esperando un bebé. Tienen un embarazo múltiple. Son trillizos.

El sonido del eco-Doppler llenó la habitación de repente. Un galope acelerado, rítmico y triplicado resonó por los altavoces de la máquina: thump-thump-thump, tres latidos independientes latiendo en perfecta sincronía dentro del cuerpo de Sofía.

Sofía se quedó paralizada, mirando el monitor como si no pudiera procesar la imagen de las tres pequeñas sombras rodeadas de círculos de medición. La sorpresa inicial en su rostro dio paso a un destello indescifrable: no era solo el shock de la maternidad, sino la rápida y helada comprensión del poder que esa noticia ponía en sus manos.

-Trillizos... -susurró Mateo, estupefacto, sintiendo cómo una mezcla de orgullo, asombro y una profunda responsabilidad lo embargaba. Tres herederos de golpe. La respuesta definitiva a las dudas de la junta directiva, la consolidación inquebrantable de su dinastía.

-Es un embarazo de alto riesgo debido a la naturaleza múltiple -advirtió el doctor Arismendi, imprimiendo la tira de imágenes del ultrasonido y entregándosela a Mateo-. Sofía necesitará reposo absoluto, controles semanales y un seguimiento sumamente riguroso a medida que avance la gestación. Pero los tres embriones se ven fuertes y con un desarrollo impecable para esta etapa.

Salieron de la clínica envueltos en un ambiente irreal. El sol de la mañana brillaba con fuerza sobre el estacionamiento privado, pero para Mateo el mundo entero había cambiado de eje. Subieron al vehículo y, por unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra. Mateo observaba la fotografía en blanco y negro con las tres pequeñas marcas impresas.

-Tres -murmuró Sofía desde el asiento del copiloto, mirando hacia la ventana-. Tres bebés, Mateo. Esto cambia absolutamente todo.

-Esto lo arregla todo -corrigió Mateo con firmeza, girándose hacia ella con una sonrisa iluminada por el entusiasmo-. Morales, los accionistas, las dudas de la familia... nadie podrá cuestionar nuestra posición ahora. Es un milagro, Sofía.

Sofía se giró para mirarlo. En el fondo de sus ojos oscuros no había la misma devoción desbordante que en los de su marido, sino un cálculo sereno y distante. Apretó la tira del ultrasonido contra su regazo, acariciando el papel térmico con la punta de los dedos.

-Sí -dijo ella en voz baja, esbozando una sonrisa que no llegó a reflejarse en su mirada-. Es el milagro que estábamos esperando. Hay que celebrarlo esta misma noche. Debes decírselo a Gabriel cuanto antes.

Capítulo 3 La Copa del Veneno Dulce

La mesa del comedor secundario de la mansión estaba dispuesta solo para tres personas. A diferencia del gran salón de actos utilizado para el aniversario la noche anterior, este espacio resultaba intrínsecamente íntimo: paredes revestidas de madera de caoba, una iluminación cálida proveniente de un candelabro de cristal de roca y el crepitar tenue de la chimenea encendida para disipar el fresco del inicio de la noche.

Mateo descorchó una botella de un vino tinto de cosecha exclusiva que guardaba para ocasiones trascendentales. Sofía, sentada a su derecha con un vestido holgado de seda dorada, mantenía la vista fija en la copa vacía que descansaba frente a ella; el médico le había prohibido estrictamente una sola gota de alcohol a partir de ese momento.

Los pasos pesados de Gabriel resonaron en el pasillo antes de que la puerta doble de madera se abriera. Llevaba la chaqueta del traje colgada sobre un hombro y la corbata ligeramente aflojada, con esa vibra desenfadada y magnética que siempre lo acompañaba al terminar la jornada laboral.

-Me dijeron en la entrada que la cena era estrictamente confidencial -dijo Gabriel, lanzando la chaqueta sobre una silla vacía y estirando los brazos con dramatismo-. La servidumbre parece haber firmado un acuerdo de confidencialidad antes de traerme el aperitivo. ¿A qué se debe tanto misterio, Mateo? Si se trata del balance del trimestre, te prometo que Morales no sospecha nada de las compras de acciones.

-No se trata de la empresa, Gabriel -respondió Mateo, acercándose para servir el tinto en la copa de su hermano-. Siéntate. La razón de esta cena es estrictamente familiar.

Gabriel alzó una ceja, intrigado, y desplazó la mirada hacia Sofía. Ella le sostuvo la visión durante un segundo prolongado antes de bajar los ojos hacia el mantel, una microexpresión de tensión que no pasó desapercibida para ninguno de los dos. Gabriel ocupó el asiento frente a su cuñada y tomó la copa, haciendo girar el líquido oscuro con lentitud.

-De acuerdo. Me tienen intrigado -admitió Gabriel, dando un sorbo pausado-. La última vez que vi esa cara de solemnidad en ti, Mateo, estábamos comprando la firma bancaria en Suiza.

Mateo sonrió con una autenticidad que rara vez mostraba en el mundo de los negocios. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, y buscó la mano de Sofía para entrelazar sus dedos.

-Esta mañana fuimos a la clínica de fertilidad para recibir los resultados de la última inseminación de Sofía -comenzó Mateo, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de un orgullo casi infantil-. El tratamiento no solo funcionó, Gabriel. El doctor Arismendi confirmó un embarazo múltiple. Vamos a ser padres de trillizos.

El silencio que siguió a la declaración fue denso, casi tangible. La copa en la mano de Gabriel se detuvo a medio camino de la mesa. Por una fracción de segundo -un instante imperceptible para cualquiera que no hubiera compartido el mismo vientre-, la mirada de Gabriel se congeló en un gesto de absoluta petrificación. Su pupila se dilató y una sombra de incredulidad y cálculo frío atravesó sus facciones, como si la noticia hubiera alterado trágicamente un plano arquitectónico minuciosamente diseñado en su mente.

Sin embargo, antes de que Mateo pudiera procesar esa extraña pausa, la máscara de Gabriel volvió a encajarse con una precisión impecable.

-¿Trillizos? -exclamó Gabriel, forzando un tono de júbilo desbordante mientras ponía la copa sobre la mesa con un golpe seco-. ¡Tres de un solo golpe! ¡No me jodas, Mateo!

Gabriel se puso de pie de inmediato y rodeó la mesa con los brazos abiertos. Envolvió a Mateo en un abrazo fraternal, dándole palmaditas sonoras en la espalda con una efusividad calculada.

-¡Felicidades, hermano! Esto es... es increíble -dijo Gabriel, separándose para mirarlo a los ojos, aunque su sonrisa no alcanzaba a arrugar las comisuras de sus párpados-. Trillizos. Es una verdadera locura. La dinastía Valente asegurada en un solo parto.

-Es un milagro -dijo Mateo, devolviéndole la sonrisa con total ingenuidad-. Tres herederos, Gabriel. Toda la presión de la junta directiva, la incertidumbre sobre la sucesión... se esfuma hoy mismo.

Gabriel se giró hacia Sofía. Se acercó a ella lentamente, inclinándose para besarle la mejilla. Mateo observó la escena con fascinación, sin notar la rigidez en la nuca de su esposa cuando los labios de su hermano rozaron su piel.

-Felicidades, cuñada -murmuró Gabriel en voz baja, con un tono velvetino que pretendía sonar cariñoso pero que arrastraba un matiz casi amenazante-. Tres bebés. Vas a tener las manos ocupadas. Y tu cuerpo también. Debe ser un proceso... agotador.

-El médico dice que requeriré reposo absoluto -respondió Sofía, con la voz extrañamente plana, manteniendo la vista en el centro del plato-. Pero haré lo que sea necesario para que la gestación llegue a término.

-Por supuesto que sí -asintió Gabriel, regresando a su lugar y tomando su copa de nuevo para hacer un brindis en el aire-. Por los nuevos miembros de la familia. Y por el futuro de la corporación, que ahora parece más blindado que nunca.

Los tres bebieron -o simularon beber, en el caso de Sofía-. Mientras Mateo se deshacía en detalles sobre los planes de remodelación del ala oeste de la mansión para construir las tres habitaciones infantiles y contratar a un equipo de enfermeras especializadas, Gabriel lo escuchaba en silencio, asintiendo mecánicamente mientras apuraba el vino.

Debajo de la mesa, lejos de la vista de Mateo, el pie de Gabriel se desplazó milimétricamente hasta rozar el empeine del zapato de Sofía. Ella no se apartó inmediatamente; en lugar de eso, sus nudillos sobre la mesa se pusieron blancos al apretar la servilleta de lino.

-Esto cambia los planes de la reestructuración patrimonial, Mateo -intervino Gabriel, interrumpiendo el monólogo entusiasmado de su hermano con una voz perfectamente serena-. Con tres herederos en camino, la junta va a exigir que blindes tu testamento de inmediato. Si te llegara a pasar algo antes del nacimiento, la custodia legal y el control del fideicomiso entrarían en una disputa atroz con los socios minoritarios.

-No pienses en tragedias, Gabriel -se rio Mateo, tomando la mano de su esposa-. No me va a pasar nada. Estoy más vivo y fuerte que nunca.

-Solo soy precavido, hermano -contestó Gabriel, esbozando una sonrisa fría mientras clavaba su mirada en el reflejo del fuego-. En este mundo, un hombre con tanto que perder se convierte automáticamente en el blanco de muchos ojos. Hay que dejar todo firmado antes de que sea demasiado tarde.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022