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Mírame

Mírame

Autor: : Marcelita Pajarita
Género: Romance
Mírame Mírame es una historia de amor prohibido. Los protagonistas son Diego De Luca y Antonella Piuzzi. Él es un médico ginecólogo, casado con Ambra, una mujer bella y ardiente. Tienen un hijo de seis años llamado Marcus. Sin embargo, su matrimonio se derrumba poco a poco: Ambra no soporta los celos que le provoca la profesión de su esposo, ni tampoco logra sentir amor por su propio hijo. Diego vive estresado, intentando mantener a flote un hogar que se hunde cada día un poco más. Lucha contra la indiferencia de su esposa, contra su frustración y su propia culpa. Un día, gracias a su mejor amigo, acepta salir a distraerse a un bar karaoke. No imaginaba que esa noche cambiaría su vida para siempre. Allí conoce a Antonella, una maestra de escuela. Ella también lleva seis años casada, pero su matrimonio es una prisión. Su esposo, Bruno, la humilla, la maltrata física y psicológicamente. Para él, Antonella no es más que una empleada. Ella sufre, aunque ya no esté enamorada. Aun así, intenta mantener su matrimonio por miedo, por costumbre, o quizá por no saber cómo escapar. Una noche, su mejor amiga -la directora del colegio donde trabaja- la invita al mismo bar karaoke, aprovechando que Bruno ha salido de la ciudad por trabajo. El destino los une. Diego y su amigo comparten mesa con Antonella y su amiga, sin conocerse. Sin embargo, la amiga de Antonella recibe una llamada urgente: su novio ha sufrido un accidente automovilístico. El mejor amigo de Diego la acompaña, dejándolos solos. Ambos planeaban irse a sus casas, pero deciden quedarse un rato más. Les apasiona cantar, así que entre copas y canciones, se permiten olvidar sus problemas por unas horas. Ríen, se miran... y el deseo los sorprende. Entre copa y copa, se besan. Sin planearlo, sin pensarlo, sin mirarse a los ojos, terminan en un motel. Hacen el amor con la intensidad de quienes llevan años negándose la felicidad. Ninguno confiesa que está casado. Ambos creen que fue un encuentro fugaz, un desliz que quedará en el pasado. Diego jamás había engañado a su esposa. Antonella, jamás había estado con otro hombre que no fuera su esposo. Días después, el destino vuelve a jugarles una mala pasada. En una reunión de padres en el colegio, se encuentran nuevamente. Antonella descubre que Diego es el padre de uno de sus alumnos: Marcus. Deciden mantener la distancia y actuar con madurez, limitándose a la relación formal entre padre y profesora. Pero el deseo, esa fuerza que no entiende de límites ni de culpas, termina por arrastrarlos otra vez. Y así, lo que comenzó como un encuentro fortuito se convierte en un amor imposible, un lazo prohibido que pondrá a prueba sus principios, sus miedos... y sus corazones.

Capítulo 1 Sinópsis

Antonella es maestra de escuela y adora su trabajo. No solo por la vocación que despierta en ella, sino porque es la única manera de sentirse libre. Su matrimonio con Bruno es un encierro disfrazado de rutina y miedo. Él la humilla, la agrede y la reduce a los quehaceres del hogar, ignorando sus emociones y deseos más profundos. Secretamente, lo llama sol de invierno, porque como los rayos de sol en esa estación, Bruno nunca logra calentarla ni iluminarla.

Cada día en la escuela es un oasis de libertad, un espacio donde puede relajarse, sonreír y sentirse dueña de sí misma, lejos de la frialdad y del temor que la persigue.

Diego es ginecólogo, exitoso y dedicado. Su relación con Ambra funciona sexualmente, pero su vida familiar está marcada por la frustración. La indiferencia de su esposa hacia su hijo Marcus lo consume; el pequeño depende de él y la responsabilidad lo abruma. Su corazón ansía un respiro, un instante que le recuerde que aún puede sentir, aunque sea por una noche, lejos de la rutina y la tensión que lo rodean.

El destino los cruza de manera inesperada en un bar de karaoke, entre luces de neón y música que vibra en el ambiente. Diego, animado por su amigo Bernardo, decide salir a despejar la mente. Antonella, gracias a la insistencia de su amiga Cinnia, quien la convence de que necesita distraerse y disfrutar, también se permite romper la rutina y salir de su hogar. Entre canciones, copas y miradas cargadas de tensión, surge una atracción inmediata e incontrolable, imposible de ignorar.

Un beso ardiente rompe barreras invisibles. Despierta emociones que ambos reprimen desde hace años. Una noche en un motel desata un deseo intenso, pasiones que los consumen y secretos que ninguno imagina que existen. Cada roce, cada caricia, los atrapa más en un juego peligroso, donde la pasión y el riesgo se mezclan en un mismo latido.

Al amanecer, creen que todo termina, pero la realidad los alcanza: Antonella es la maestra de Marcus. El vínculo que comparten se convierte en un lazo peligroso, irresistible y adictivo. Cada encuentro furtivo, cada caricia clandestina, los arrastra a un terreno donde la pasión supera la lógica y el riesgo de ser descubiertos intensifica cada instante.

Ser amantes parece la salida más sencilla para satisfacer sus deseos y escapar de vidas que los agobian. Pero la atracción se transforma en algo más profundo, en emociones que no pueden controlar. Entre culpa, deseo y un vínculo que desafía toda norma, ambos deben decidir si se entregan al corazón o si logran protegerlo, cumpliendo reglas que jamás deben romper. Al final, ella lo reconoce: él es su sol de verano, brillante, cálido y capaz de hacerla sentir viva, lleno de luz y emociones que la liberan y la tientan de maneras que nunca imaginó.

Esta es una historia de deseo, secretos y emociones arrebatadoras, donde dos almas atrapadas en la rutina descubren que lo prohibido puede ser irresistible, que rendirse al deseo es inevitable... y que resistirse al amor es, a veces, imposible.

Prohibido enamorarse.

Capítulo 2 Entre la ternura y la tensión

Diego:

El día en el hospital ha sido agotador. Solo quiero llegar a casa, ducharme y acostarme. Sin embargo, siempre hay tiempo para darle las buenas noches a mi hijo. ¿Y por qué no? También para leerle un cuento. Aunque a esta hora imagino que ya esté dormido, lo más probable es que esté destapado y en posición fetal.

Guardo mi auto en la cochera, entro a la casa sin hacer ruido y subo las escaleras con suficiente cuidado para no despertar a Marcus. Al llegar a su cuarto, sonrío al darme cuenta de que está exactamente como lo imaginé. Me acerco a besarle la frente y luego lo arropo.

Apago la luz de la lámpara de la mesita de noche, decorada con una figura de Hombre Araña, y me dirijo a mi habitación. Al asomarme por la puerta, lo primero que veo es a mi esposa, Ambra, recostada sobre nuestra cama. Sin embargo, me decepciona su actitud; me gustaría que me saludara y preguntara cómo ha sido mi día, pero esto queda como una simple ilusión. Como es habitual, soy yo quien da el primer paso al acercarme para acostarme a su lado. Coloco mi cabeza sobre su vientre, tal como solía hacer en nuestros primeros años de matrimonio, pero ahora ella no me acaricia y yo me canso de esperar algún gesto de su parte. Me levanto de su lado y me dirijo al baño, donde me quito la ropa y me meto bajo la ducha para liberar las tensiones acumuladas durante el día.

A mi esposa no le agrada mi profesión como médico ginecólogo, lo cual me frustra considerablemente. Se muestra celosa y esto provoca numerosas discusiones debido a las mujeres que veo diariamente. Ella no comprende que soy un profesional y que no las observo con deseo o morbo; son mis pacientes y nada más. Salgo de la ducha, me envuelvo en una toalla alrededor de la cintura y Ambra permanece recostada, mirando al vacío. Mientras tanto, busco un pijama para acostarme. Me acerco al armario, pero antes de llegar, la toalla se me cae. Al voltearme, veo a mi esposa observándome con admiración. Mis ojos recorren su figura desde los pies hasta la cabeza. Lo lamentable es que, a pesar de mi disgusto, mi cuerpo reacciona a sus palabras. Debo admitir que la considero una amante excepcional, siempre satisfaciendo mis necesidades sexuales. Me casé realmente enamorado; es una mujer bella, alta, de curvas generosas y posee unos impresionantes ojos celestes.

Cuando éramos novios y me anunció su embarazo, fui el hombre más feliz sobre la tierra. No dudé en contraer matrimonio. Aún recuerdo lo nerviosa que se sentía durante el embarazo, e incluso lo rechazaba, pero tuve la fe de que esa reacción acabaría al conocer a nuestro hijo. Para nuestra desgracia, sufrió depresión posparto y, a pesar de los seis años que han pasado, aún tiene una actitud reacia hacia Marcus, quien es mi vida, mi todo. Desde entonces, mi matrimonio ha ido en picada; los celos hacia nuestro hijo han hecho que las discusiones entre nosotros sean el pan de cada día. Solo deseo que tome de una vez por todas su rol como madre, entendiendo que podemos ser felices los tres.

Ambra se acerca y me besa, no dudo en corresponder. Beso su cuello, bajo los tirantes de su camisa hasta que cae al suelo. Sin despegarme de ella, la dirijo hacia la cama, donde queda recostada. Aprovecho la oportunidad de retirar sus bragas y empezar a besar cada centímetro de su cuerpo. Después de un sexo salvaje, nos quedamos abrazados por largo rato regulando nuestras respiraciones. Ella posa su cabeza sobre mi pecho, haciéndome leves cosquillas con las figuras que realiza con su dedo índice, mientras yo acaricio su cabellera.

Mientras descansamos, reflexiono sobre lo ideal que sería que ella fuera siempre afectuosa, no solo conmigo, sino también con Marcus, nuestro único hijo y un miembro crucial de nuestra pequeña familia.

-Te amo -digo, rompiendo el silencio que llenaba la habitación después de nuestro maravilloso encuentro.

-¿Te imaginas que siempre fuera así? -sale de sus labios, ignorando mi confesión.

-¿A qué te refieres? -inquiero, intentando no adivinar, aunque sé claramente lo que está pensando.

-Marcus... -escucho decir, lo que me hace inhalar más aire del necesario-. Me gusta cuando estamos en armonía de esta manera.

Si tú lo quisieras, siempre sería así, mi amor -respondo, haciendo caso omiso de que ha mencionado a nuestro hijo.

-¡Por Dios, Diego! -exclama con exageración-. Sabes bien que Marcus es entrometido.

-Es una excusa -respondo, intentando que la situación no escale-. Marcus es nuestro hijo. Solo debes atenderlo con cariño y dedicación. ¿No te das cuenta de que necesita de tu amor?

-Sí, tiene mi amor -exclama con disgusto, mientras la puerta de la habitación se abre.

Dirijo mi mirada hacia Marcus, quien está parado en la entrada del cuarto, pasando sus pequeñas manos por sus ojos.

-¿Qué sucede, Marcus? -pregunto, ajustándome discretamente el pantalón de pijama.

-Mamá prometió contarme un cuento, pero me quedé dormido esperando.

Al observar la decepción en el rostro de Marcus, siento una profunda tristeza que ningún padre quisiera ver en su hijo, reafirmando su necesidad de atención materna.

-¿Desde cuándo un niño de tu edad se duerme durante los cuentos? -reprocha Ambra-. Marcus, ya eres mayor. Tienes seis años.

Observo directamente a los ojos de mi hijo, sintiendo una angustia abrumadora que me hace ignorar a Ambra por un momento, olvidando incluso que hemos hecho el amor.

-No te aflijas, cariño -digo-. Yo te leeré un cuento. Mamá no se siente bien, tiene dolor de cabeza -miento, tratando de justificar la situación de Ambra y evitar herir sus sentimientos.

-No te preocupes, papá -dice con un dejo de pesar, tratando de ocultarlo-. Quizás mamá tenga razón y ya soy demasiado grande.

-¡Para nada! -exclamo-. Ve a tu habitación, voy enseguida.

-¿Puedo elegir el cuento? -pregunta, emocionado, lo cual me hace sonreír al ver que aún está entusiasmado.

-¡Claro que sí! -digo antes de verlo salir del cuarto.

Me cambio rápidamente el pijama, me acerco a la puerta y verifico que haya llegado a su habitación antes de enfrentarme a Ambra, sintiendo una furia incontrolable.

-¿¡Qué mierda te pasa!? ¿Estás loca? -susurro con seriedad, procurando que Marcus no escuche mi reproche.

-¡Sabes muy bien que tengo razón! -exclama, mientras se levanta de la cama para ir por un pijama.

Respiro profundamente, tratando de calmarme mientras intento comprender la serenidad con la que habla, lo cual me desconcierta aún más, considerando la posibilidad de que pueda tener problemas psicológicos severos.

-¿Sabes qué? Me duele la cabeza. No quiero continuar discutiendo contigo. Además, mi hijo me está esperando -digo, optando por no prolongar un debate que claramente no tiene sentido.

Al llegar al cuarto de Marcus, le sonrío con entusiasmo mientras me preparo para leerle un cuento. Lo encuentro esperándome con un libro descansando sobre su pecho, y noto en él una ansiedad que me preocupa profundamente, pues sé que anhela más afecto, aunque siempre he procurado brindarle todo el mío.

Por la mañana, me despierto con dolor; dormir en la cama de Marcus no es ideal, especialmente para alguien de mi estatura, ya que una cama de plaza y media no está diseñada para una persona de un metro noventa. A pesar de la incomodidad física, no me quejo, ya que por mi hijo haría cualquier sacrificio, incluso dormir en el suelo si fuera necesario.

Me dirijo a mi habitación para tomar una ducha. Ambra duerme tranquilamente, como si nada hubiera sucedido. La observo por un momento, pero su belleza ya no me impresiona tanto, ya que cada vez que tiene una actitud negativa hacia nuestro hijo, ese atributo se desvanece lentamente de mi mente.

Una vez que termino de ducharme y vestirme, voy al cuarto de Marcus. Despertarlo no es tarea sencilla; a veces parece que toda la mañana se me va en intentar sacarlo de la cama. Últimamente, mi hijo muestra cierta pereza en ese aspecto, ya que Ambra no hace ningún esfuerzo para asegurarse de que llegue a tiempo al colegio.

-No quiero más leche, papá -dice Marcus, apartando el vaso.

-¿Qué ocurre? -pregunto con calma-. Me he esforzado mucho para que te levantes a tiempo, y ahora no quieres desayunar. Necesitas tomar leche, ¿cuánto te queda?

-Bastante.

-Recuerda que el desayuno es fundamental para empezar bien el día. Si no lo tomas, te sentirás sin energía toda la mañana -explico.

-¿Mamá nunca desayuna? -pregunta con curiosidad.

-Parece que no -respondo con decepción-. Hablaremos con ella para que mejore su alimentación, ¿de acuerdo?

-¡De acuerdo! -responde animado, y procede a tomar el vaso con ambas manos, bebiendo de un sorbo la leche restante.

-Muy bien, campeón -exclamo con una sonrisa-. Ahora ve a lavarte los dientes -indico-. Yo haré lo mismo y en cinco minutos nos vemos en la sala. Date prisa, que se nos hace tarde.

-¿Mamá no va a ir al colegio? -pregunta, preocupado.

-Tiene dolor de cabeza -miento-. Necesita descansar un poco.

- Pero ella prometió que hablaría con la maestra para que mis compañeros no me molesten más -dice frustrado, lo que me alerta. Frunzo el ceño, sin comprender de qué está hablando, y me agacho para estar a su altura, animándolo a confiar en mí.

-¿Quién te está molestando? -pregunto, consciente de que Ambra no me ha mencionado ningún problema que esté enfrentando nuestro hijo-. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

-Mamá dijo que era un secreto, porque tú querrías sacarme de ese colegio, y ella no podría reunirse con la mamá de Pablito para ir juntas al gimnasio -confiesa.

Me froto las sienes, intentando disimular mi frustración, sin dejar que Marcus se percate del conflicto interno que siento hacia su madre, cuyo deseo de mantener una amistad parece superar la preocupación por su único hijo.

-No te preocupes, yo hablaré con la maestra...

Beso la frente de Marcus y lo observo mientras se dirige hacia su salón de clases, sintiendo un nudo en el estómago al imaginarlo enfrentando problemas que claramente le afectan.

Capítulo 3 El ultimátum

Diego:

Una vez que Marcus desaparece de mi vista, me encamino rápidamente hacia la dirección, decidido a abordar con prontitud el tema que lo preocupa. Solicito una reunión con la maestra y mientras espero, me asaltan una serie de pensamientos. Me pregunto desde cuándo está sufriendo bullying y me duele no haberlo sabido antes. Reconozco que Ambra no es la madre más dedicada ni atenta, pero de ahí a permitir que maltraten a su hijo, hay un abismo que no logro entender.

«¿En qué clase de mujer se ha convertido?»

-¿El padre de Marcus De Luca? -escucho frente a mí, indicándome que es el momento de entender la situación con claridad.

-Así es... -respondo a la asistente. Me levanto de mi asiento y la sigo hasta su oficina. Dentro, solo veo el escritorio y yo.

-La maestra vendrá en un momento -dice antes de retirarse.

Con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, espero hasta que una mujer de unos treinta años aparece.

Después de intercambiar saludos formales, rodea el escritorio y hace un gesto invitándome a sentarme.

Cumpliendo con su indicación, la observo mientras se sienta frente a mí y me estudia antes de comenzar a hablar después de unos segundos.

-Señor De Luca -comienza, captando mi atención-. Gracias por venir. Lo hemos convocado porque ha habido algunos problemas con Marcus. Algunos compañeros lo han estado acosando, llegando incluso a la agresión física -confiesa, haciendo que mi rostro palidezca.

Arrugo el ceño y sostengo su mirada, luchando por aceptar la realidad de lo que estoy escuchando: mi hijo sufre en casa con el desprecio de su madre y también aquí, a causa de unos niños malcriados.

-¡Resulta inaceptable que no me hayan comunicado esta situación tan grave! -exclamo, elevando el tono de voz.

-Señor De Luca, le ruego que mantenga la calma -responde, intentando mitigar la gravedad de la situación.

-¿Cómo espera que me tranquilice? Es mi hijo quien está sufriendo este calvario y ustedes no nos han dado aviso al respecto -replico con un toque de sarcasmo.

-Lamento decir que está equivocado -comenta con un matiz de incertidumbre-. Esta situación fue comunicada hace tiempo y hemos recibido respuestas esquivas. La última vez, la madre del niño nos informó que considera que fue un accidente aislado, que el niño debe madurar por sí mismo, y que ustedes no están criando a un...

-¿Un qué? -pregunto al ver que de repente se queda en silencio. Aunque sé que probablemente no me gustará la respuesta, la animo a seguir adelante.

-Un perdedor -responde ella con seriedad-. Y al parecer, usted no estaba al tanto de la situación.

-Lo siento... -digo, sintiendo vergüenza en mi rostro-. Creo que ha habido un malentendido.

-Quiero destacar que su hijo es un niño muy inteligente y admirable. A pesar de los desafíos que ha enfrentado, siempre muestra una sonrisa y demuestra un espíritu compasivo hacia los demás. Sin embargo, recientemente ha experimentado una disminución en sus calificaciones. Me ha expresado que siente temor de venir a clases, aunque intenta aparentar fortaleza.

-En cuanto a los agresores, ¿hay alguna novedad o desarrollo reciente respecto a su situación?

-Han sido sancionados, pero continúan en la misma clase con Marcus sin mostrar signos de comprensión.

-¿Qué me sugiere hacer?

-Personalmente, considero que sería beneficioso para Marcus cambiar de escuela, empezar de nuevo con nuevos compañeros que no estén al tanto de su situación. Quizás sería adecuado buscar un entorno escolar más pequeño y personalizado.

-Es irónico cómo la vida juega sus cartas. Marcus, un excelente estudiante con calificaciones sobresalientes, disciplinado, responsable y amable... -suspiro-, se ve obligado a cambiar de colegio, mientras sus agresores parecen salir airosos. Lo peor es que hoy es Marcus, pero mañana podría ser otro.

-Lo lamento, señor De Luca -dice, bajando la cabeza.

-Me llevaré a mi hijo -respondo, decidido

A las nueve de la mañana, Marcus está frente a mí con su mochila, mirándome confundido. Tomo su mano y empezamos a caminar hacia el auto estacionado frente a este prestigioso colegio, uno de los mejores de la ciudad. Aunque luché para que fuera admitido aquí, no siento tristeza al dejarlo; al contrario, experimento un alivio, un peso menos sobre mis hombros. Acomodo a Marcus en el auto y antes de partir, llamo a mi secretaria para reorganizar mis citas de pacientes, ya que tengo mucho por hacer en casa.

El reloj marca las nueve y cuarenta y cinco, y ya estamos entrando por la puerta principal de nuestro hogar. Roberta, nuestra asistente de varios años, saluda con afecto a Marcus, lo cual me reconforta profundamente. Ambra sigue en su habitación; parece que aún está dormida. Le pido a Roberta que acompañe a Marcus al supermercado, y ella me mira comprensivamente, entendiendo lo que sucederá después de que se vayan.

Subo los escalones de dos en dos, sintiendo la urgencia de resolver algo importante hoy. Al llegar a nuestra habitación, la que comparto con mi esposa, abro la puerta con brusquedad, provocando que Ambra se sobresalte. No comprende por qué su esposo, generalmente calmado, muestra esta inusual furia.

-¿¡Qué te sucede!? -pregunta enojada-. Me has asustado -logra decir antes de que me acerque y la tome por un brazo, sacándola de su tranquilidad.

-¿¡Por qué diablos no me habías contado lo que sucede con nuestro hijo en el colegio!? -grito con una ira que desconocía en mí.

-No sé de qué estás hablando -responde, intentando aparentar desentendimiento.

-¿No lo sabes? -pregunto, agarrando su mandíbula con toda la rabia y dolor acumulado, forzándola a mirarme a los ojos.

-¡Suéltame! Me estás haciendo daño -logra decir.

-¡Y tú me lastimas comportándote así con nuestro hijo! -exclamo, dolido, soltando su rostro, consciente de que no soy un monstruo.

-No entiendo de qué hablas.

-Del bullying que le hacen en el colegio.

-Ah. Es eso. Creí que era lo mejor, debe hacerse hombre.

-¿Hacerse hombre? ¡Tiene seis años!

-Amor...

-Lo siento, pero -digo, antes de que me envuelva con sus palabras bonitas-, si no cambias con Marcus...

Rápidamente, antes de que termine de hablar, Ambra se arrodilla frente a mí, suplicando por una oportunidad. Esta situación me enfurece aún más de lo habitual, ya que anhelo que cambie por ella, por Marcus y, al final, por mí.

-¡No quiero escuchar más! -exclama entre lágrimas-. No puedo vivir sin ti, mi amor.

-Este es un ultimátum, ya lo sabes... Si no veo un cambio de actitud hacia nuestro hijo, me veré obligado a dejarte. Me iré de la casa para siempre y no habrá marcha atrás. Perderás a tu hijo y a tu esposo -concluyo firmemente.

Dejo a Ambra llorando en el suelo de nuestra habitación y salgo rápidamente antes de que intente manipularme, como suele hacer.

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