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MARCADA POR EL DESTINO

MARCADA POR EL DESTINO

Autor: : Atena S
Género: Adulto Joven
Isabela, una joven de 19 años, se ve atrapada en un matrimonio arreglado con Gabriel Montenegro, un hombre posesivo, dominante y marcado por un pasado oscuro. A pesar de su resistencia inicial, una atracción feroz y peligrosa empieza a surgir entre ellos. Gabriel, aunque obsesionado con controlar su vida, también lucha con los sentimientos que su relación con Isabela despierta en él, mientras se ve arrastrado por un amor que no puede comprender. El matrimonio, que al principio parece ser una prisión para Isabela, se va transformando en una lucha constante entre el deseo y el sufrimiento, la pasión y la traición. A lo largo de la historia, la joven descubre que su corazón se ve atado a Gabriel, a pesar de las manipulaciones y la violencia emocional que enfrenta. Sin embargo, lo que no sabe es que Gabriel también está marcado por su amor por ella, y la relación entre ambos se convierte en una batalla por la posesión, el poder y el control, pero también por la redención y el amor verdadero. A medida que avanzan las páginas, Gabriel se da cuenta de que está profundamente enamorado de Isabela, y ella, aunque todavía luchando por su libertad, comienza a ver más allá de la fachada fría y calculadora de él. Pero la llegada de un embarazo inesperado y una serie de tragedias personales alteran aún más su relación. Isabela enfrenta la pérdida, la traición y las complicaciones de su vida junto a Gabriel, mientras ambos intentan encontrar un equilibrio entre el amor, la pasión y las cicatrices de su pasado. Al final, la historia explora la evolución de Gabriel e Isabela como pareja, su crecimiento personal y como familia, y cómo la amenaza de un mundo exterior que los acecha los obliga a unirse aún más, fortaleciendo su vínculo mientras luchan contra los demonios que intentan destruirlos. Entre la oscuridad y la luz, la historia de Gabriel e Isabela es un viaje de autodescubrimiento, amor inquebrantable y superación.

Capítulo 1 La noticia inesperada

Capítulo 1: La noticia inesperada

La mansión estaba en completo silencio, salvo por el murmullo de la lluvia golpeando contra los ventanales. Afuera, la tormenta oscurecía el cielo, cubriéndolo con nubes densas y amenazantes. Dentro del amplio estudio de su padre, Isabela sentía que el aire se volvía más pesado con cada segundo que pasaba. Frente a ella, sobre el escritorio de madera oscura, descansaba un documento que cambiaría su vida para siempre.

Sus manos temblaban cuando tomó el papel. Sus ojos, grandes y azul cristalino, recorrieron cada línea escrita con tinta negra, pero su mente se negaba a aceptar las palabras. Su pecho subía y bajaba con rapidez, atrapado entre la incredulidad y el miedo.

-No... -su voz apenas fue un susurro ahogado-. No puedes estar hablando en serio.

Su padre, un hombre de porte imponente y mirada severa, se cruzó de brazos. Llevaba un traje perfectamente planchado, sin una sola arruga, como si incluso su apariencia reflejara su rigidez y control absoluto sobre todo. Su madre, sentada en una silla junto a él, tenía el rostro inmutable, los labios fruncidos en una línea tensa.

-Es un acuerdo entre familias, Isabela -sentenció su padre, con la voz firme y sin rastro de emoción-. Ya está decidido. Te casarás con Gabriel Montenegro en una semana.

El nombre le heló la sangre. Gabriel Montenegro. Un hombre del que había oído hablar, pero al que apenas conocía. Frío. Intimidante. Posesivo.

-¿Por qué él? -preguntó con la voz rota, buscando la mirada de su madre, esperando alguna señal de compasión. Pero la mujer ni siquiera levantó los ojos.

-Es un buen partido -respondió su padre-. Su familia y la nuestra se beneficiarán con esta unión. No tienes nada que cuestionar.

Isabela sintió su corazón latir con fuerza, como si estuviera buscando una salida de su propio pecho. Sus manos apretaron el documento, deseando romperlo en mil pedazos, gritar, suplicar.

-Pero yo no lo amo... -dijo en un hilo de voz.

Su padre soltó un suspiro pesado, como si estuviera perdiendo la paciencia.

-El amor no tiene nada que ver con esto -declaró con frialdad-. Aprenderás a obedecer.

Obedecer. Siempre había sido una hija obediente. Siempre había seguido las reglas, complacido a su familia, mantenido la compostura. Pero esto... esto era diferente. Se trataba de su vida, de su futuro, de su libertad.

-Papá... -intentó decir, pero su padre levantó una mano para callarla.

-No hay nada más que discutir. La boda se celebrará como está planeado.

Isabela sintió su mundo derrumbarse. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en la orilla del escritorio para no caer. La tormenta afuera rugía con más fuerza, como si reflejara el caos que se estaba formando en su interior.

Una semana. Solo una semana antes de que su vida dejara de pertenecerle.

Capítulo 2 Una jaula dorada

Capítulo 2: Una jaula dorada

Isabela se quedó en el estudio incluso después de que sus padres se marcharan. No les importaba. Nunca les había importado. Desde niña, había sabido que para ellos solo era un nombre más en su linaje, una pieza en su juego de poder y riqueza. Pero esto... Esto era demasiado.

El viento golpeaba con furia las ventanas de la mansión, haciendo que las cortinas se agitaran como fantasmas en la penumbra. Su pecho se apretaba con desesperación, y sus ojos ardían por las lágrimas que se negaba a derramar. Llorar no serviría de nada. Rogar tampoco.

Se enderezó, sintiendo el documento aún entre sus dedos. Lo miró con odio, con repulsión. Su nombre estaba ahí, al lado del de Gabriel Montenegro. Un hombre que no conocía, un hombre que tampoco la quería. Pero eso no importaba. Porque, al igual que ella, él no tenía opción.

-No voy a permitirlo... -susurró, aunque su propia voz sonó débil.

Con los labios temblorosos, salió del estudio y caminó por los largos pasillos de la casa. A cada paso, la sensación de encierro se hacía más fuerte. La mansión en la que había crecido siempre le había parecido fría, inmensa y vacía, pero nunca la había sentido tan opresiva como en ese momento. Como si ya no fuera un hogar, sino una jaula dorada.

Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con fuerza y apoyó la espalda contra ella. Tenía que hacer algo. Tenía que encontrar una salida.

Se acercó al armario y sacó una pequeña maleta de cuero. Sus manos temblaban mientras la abría y comenzaba a meter algunas prendas. No sabía a dónde iría, ni qué haría, pero no se quedaría de brazos cruzados. No iba a ser vendida como un objeto.

Pero entonces, la puerta se abrió de golpe.

-¿Qué crees que estás haciendo?

Isabela se giró sobresaltada. Su madre la miraba con una expresión dura, los brazos cruzados sobre su elegante vestido. Siempre tan perfecta, tan distante.

-Voy a irme de aquí -declaró Isabela, con la voz temblorosa pero decidida.

Su madre soltó una carcajada fría.

-¿Irte? ¿Y a dónde, exactamente? ¿Crees que puedes escapar de esto?

Isabela tragó saliva, pero no respondió. Porque no tenía respuesta.

-Deja de comportarte como una niña -su madre avanzó hacia ella y le arrebató la maleta de las manos, arrojándola sobre la cama-. ¿Tienes idea de lo que nos costó este matrimonio? ¿De cuánto dinero está en juego?

-¿Es solo dinero para ustedes? -susurró Isabela, sintiendo que su garganta se cerraba.

-Siempre lo ha sido -respondió su madre sin dudar-. Si pensaste que alguna vez serías libre, es porque no prestaste atención.

Isabela sintió su cuerpo entumecerse. No era su hija. No era una persona para ellos. Solo era una inversión.

Su madre la miró una última vez antes de girarse y salir de la habitación, dejando la puerta abierta. Como si supiera que Isabela no tenía a dónde ir.

Y lo peor... es que tenía razón.

Capítulo 3 El precio de la huida

Capítulo 3: El precio de la huida

La lluvia caía con furia cuando Isabela llegó al motel. Su ropa estaban empapadas, pegándose a su piel, y su cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino por el miedo y la desesperación. Había logrado escapar de la mansión, pero no tenía a dónde ir.

El motel era un lugar decadente, con luces parpadeantes y un fuerte olor a humedad en el aire. Pero era barato. Y en ese momento, lo único que importaba era encontrar un refugio, un lugar donde pudiera pensar en su siguiente paso.

Se acercó al mostrador y dejó unos billetes arrugados. El recepcionista, un hombre desaliñado con los dientes amarillos, la observó con una sonrisa lasciva antes de entregarle la llave de una habitación.

-Habitación 12. Al fondo.

Isabela no le respondió. Solo quería dormir.

Caminó por el pasillo mohoso hasta su habitación y cerró la puerta con seguro. La habitación era pequeña, con sábanas viejas y un olor rancio, pero no le importó. Solo necesitaba unas horas de paz.

Se dejó caer sobre la cama, con la respiración agitada. Su cuerpo estaba exhausto, pero su mente no dejaba de gritarle que esto no era suficiente. Necesitaba seguir huyendo.

Pero antes de que pudiera relajarse, alguien golpeó la puerta.

Su corazón se detuvo.

El golpe se repitió, más fuerte.

-Sabemos que estás ahí, preciosa... -la voz masculina le erizó la piel.

Isabela se quedó helada. No contestó, no se movió. Tal vez se irían.

Pero la puerta se abrió de un empujón.

Dos hombres entraron, ambos con sonrisas depredadoras. Los mismos que la habían mirado en el vestíbulo, los mismos que la habían seguido con la mirada mientras pasaba.

-Parece que la señorita está sola... -murmuró uno, acercándose a ella con pasos lentos.

-Y tan bonita... -el otro cerró la puerta detrás de ellos.

El miedo la paralizó. Se levantó de golpe, tratando de correr, pero uno de ellos la sujetó por el brazo y la arrojó contra la cama.

-¡No! ¡Suéltenme! -gritó, pataleando, luchando, pero eran más fuertes.

Uno de ellos se inclinó sobre ella, con su aliento fétido golpeando su rostro. Sus manos ásperas recorrieron su piel sin permiso, y cuando su peso cayó sobre ella, Isabela creyó que todo estaba perdido.

Pero entonces, un estruendo rompió el aire.

La puerta del cuarto se abrió de un golpe violento.

Antes de que pudiera procesar lo que ocurría, el hombre sobre ella fue arrancado de su cuerpo y lanzado contra la pared con brutalidad.

Gabriel Montenegro estaba ahí.

Su mirada oscura destilaba furia. Sus puños se estrellaron contra los rostros de los hombres sin piedad, hasta que uno de ellos cayó inconsciente y el otro huyó tambaleándose.

Isabela jadeó, temblando. No podía creer lo que estaba viendo.

Gabriel se giró hacia ella. Su expresión era sombría, peligrosa. Y entonces, sin darle oportunidad de reaccionar, la sujetó del brazo y la levantó de la cama con fuerza.

-¿Eres estúpida? -gruñó, acercando su rostro al de ella. Su aliento caliente contrastaba con el frío de su piel empapada-. ¿Creíste que podías huir de mí?

Isabela no pudo responder. Estaba en shock.

-No tienes derecho a escapar -espetó, arrastrándola fuera de la habitación-. Eres mía.

Ella forcejeó, pero fue inútil. Gabriel era demasiado fuerte.

Minutos después, estaba en su auto. El silencio era sofocante mientras él conducía a toda velocidad por la carretera oscura.

Y cuando llegaron a su mansión, su jaula definitiva, supo que su destino estaba sellado.

Gabriel la llevó a su despacho y cerró la puerta con llave. La habitación era grande, imponente, con un solo documento esperándola sobre el escritorio.

El contrato matrimonial.

-Fírmalo -ordenó, soltándola frente al papel.

Isabela negó con la cabeza, su respiración entrecortada.

Gabriel la tomó por el cabello, inclinando su rostro hacia él con un tirón brusco.

-Fírmalo -repitió, su voz baja, amenazante-. Ahora.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas, pero sabía que no tenía opción. Gabriel Montenegro la había atrapado.

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