–Firma aquí si quieres conservar el apellido, Aurora, o despídete de la presidencia antes de que termine el mes –dice Albert Vance, mi padre, arrojando la carpeta de cuero negro sobre el escritorio de cristal de mi oficina. – No voy a dejar el imperio textil que construí en manos de una mujer soltera que no puede proyectar una imagen de estabilidad ante los inversionistas; necesitas un esposo, un apellido respetable que mitigue tu rebeldía, y lo necesitas antes de la junta del próximo lunes.
–Estás cometiendo un error gravísimo si crees que un contrato matrimonial va a frenar mi gestión o a cambiar mis decisiones dentro de esta compañía, papá –le respondo, sosteniéndole la mirada sin parpadear mientras recojo la estilográfica dorada que reposa junto a los documentos. – No necesito que ningún hombre valide mi capacidad para dirigir Vance Enterprises, pero si tu maldito orgullo y las malditas normas de sucesión de esta familia exigen un papel firmado para que me entregues lo que por derecho me pertenece, entonces tendrás tu boda de pasarela.
–No me hables con ese tono de suficiencia, hija, porque sabes perfectamente que tengo tres ofertas de fusión sobre la mesa que podrían disolver tu herencia en un abrir y cerrar de ojos si no cumples con la cláusula –advierte él, dándose la vuelta hacia el gran ventanal que domina la ciudad, con los hombros rígidos y la voz cargada de una frialdad implacable. – Busca un candidato que esté a tu altura, alguien que no manche el nombre de la familia, o yo mismo me encargaré de elegir a un hombre que sepa controlarte.
–Agradezco tu generosa preocupación, pero ya tengo al candidato perfecto para este circo mediático, así que puedes retirarte y preparar el discurso de traspaso –le espeto, firmando el recibido de la notificación con un trazo violento que casi rasga el papel, justo antes de que él abandone el despacho dando un portazo que hace vibrar las paredes de cristal.
El silencio que sigue a su partida dura apenas unos segundos, ya que el tono de mi teléfono celular rompe la tensión acumulada sobre mi escritorio. Deslizo la pantalla sin mirar el remitente, sabiendo de antemano quién es el único que se atreve a llamarme a esta hora de la tarde.
–Dime que estás lista para la gala benéfica de esta noche en el hotel Carlton, mi amor, porque toda la élite empresarial va a estar observándonos –suena la voz melodiosa y seductora de Jean Paul a través del altavoz, desbordando esa seguridad aristocrática que siempre lo caracteriza. – He reservado la mesa principal y los fotógrafos de la revista de moda más importante del país están esperando nuestra llegada para abrir la sección de alta sociedad.
–Voy en camino, Jean Paul, de hecho me viene de maravilla que nos veamos en un evento de tanta relevancia pública –le contesto, organizando los documentos dispersos en mi maletín mientras sostengo el teléfono entre la oreja y el hombro. – Necesito que hablemos seriamente sobre nuestro futuro y sobre una propuesta de negocios muy particular que involucra un altar, un anillo y un beneficio multimillonario para ambos.
–Me encantan tus propuestas de negocios, Aurora, especialmente cuando incluyen la posibilidad de consolidar nuestro estatus ante el mundo entero –responde él con una risa ligera, denotando que confunde mi urgencia con un simple juego de seducción. – Te espero en la entrada principal del hotel en media hora, no me hagas esperar demasiado porque los inversionistas extranjeros detestan la impuntualidad.
Corto la comunicación de inmediato, me pongo de pie con un movimiento ágil y ajusto el saco de mi traje sastre antes de caminar con paso firme hacia la salida de mi despacho privado. Al abrir la pesada puerta de madera noble, me encuentro de frente con la imponente y silenciosa figura de Ethan Blake, mi jefe de seguridad personal, quien permanece firme en el pasillo con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.
–¿Es que no piensas moverte de mi puerta ni un solo segundo, Ethan, o es que pretendes convertirte en una extensión de las paredes de este edificio? –le reclamo con fastidio, deteniendo mis pasos a escasos centímetros de su pecho robusto. – Te he dicho mil veces que detesto que me vigiles como si fuera una maldita prisionera en mi propia empresa, especialmente cuando tengo asuntos privados que resolver fuera de estas oficinas.
–Mi trabajo consiste en seguirla a dondequiera que vaya, señorita Vance, y sus quejas no van a modificar las órdenes de protección que tengo asignadas para su jornada –responde Ethan con voz monocorde y profunda, sin alterar un solo músculo de su rostro indescifrable. – ¿Va a necesitar que conduzca el vehículo blindado hasta el hotel Carlton o prefiere utilizar el coche de cortesía de la empresa?
–Voy a conducir yo misma, no necesito que seas mi chofer esta noche, solo requiero que te mantengas a una distancia prudencial para que no espantes a mis invitados –le espeto, caminando a toda prisa por el pasillo de mármol mientras escucho el eco regular de sus botas militares pisándome los talones. – De verdad me pregunto a veces por qué sigo pagando tu sueldo cuando lo único que haces es estorbar mis movimientos y ponerme de mal humor con tu bendito mutismo.
–Usted me contrató personalmente porque sabe que soy el único guardia en esta ciudad que no responde a los intereses ni a los sobornos de su padre, señorita –me recuerda él con una tranquilidad que me crispa los nervios, manteniendo la distancia exacta de dos pasos detrás de mí. – Albert Vance no tiene control sobre mis informes ni sobre mis horarios, lo cual le garantiza que sus reuniones de esta noche con Jean Paul seguirán siendo estrictamente confidenciales.
Esa simple respuesta me hace callar de inmediato, recordándome la verdadera razón por la cual tolero su irritante presencia todos los días. Ethan Blake es un exagente de fuerzas especiales que rescaté del anonimato, un hombre frío que firmó un contrato de exclusividad absoluta conmigo, asegurándome que su lealtad no se vende al mejor postor ni se dobla ante las amenazas de mi progenitor. Al llegar al ascensor privado, las puertas de metal se abren y ambos entramos en el cubículo; el trayecto hacia el estacionamiento subterráneo transcurre en un silencio sepulcral que solo se interrumpe por el siseo del mecanismo de descenso.
–Mantente en el perímetro del salón de gala, Ethan, porque no quiero que Jean Paul se sienta intimidado por tu presencia sombría durante la cena –le ordeno en cuanto las puertas se abren en el sótano, entregándole las llaves del vehículo deportivo para que desactive la alarma. – Esta noche es crucial para el futuro de Vance Enterprises y no puedo permitir que ningún detalle falle por culpa de un exceso de celo de tu parte.
–Entendido, señorita Vance, me ubicaré en los puntos de acceso del salón principal y supervisaré las salidas de emergencia mientras usted atiende sus compromisos –contesta él, abriendo la puerta del conductor con un gesto mecánico y cortés que contradice la dureza de sus ojos oscuros. – Solo le pido que no apague su localizador satelital en caso de que la situación con los inversionistas o con su acompañante se complique más de lo previsto.
–Sé cuidarme sola, Blake, aprende a confiar un poco más en mis capacidades –le digo, subiendo al coche y encendiendo el motor con un rugido potente que resuena en las paredes de concreto del estacionamiento.
Acelero a fondo saliendo a las calles iluminadas de la ciudad, manejando con una destreza que calma un poco la adrenalina que me provoca la amenaza de mi padre. Quince minutos más tarde, el personal de valet parking del hotel Carlton recibe mi vehículo en la entrada principal, donde una alfombra roja se extiende bajo los flashes intermitentes de la prensa. Jean Paul ya está allí, luciendo un esmoquin impecable que resalta su porte elegante, sonriendo ante las cámaras con la soltura de quien nació perteneciendo a la realeza corporativa.
–Llegas justo a tiempo para la fotografía principal de la velada, Aurora –dice Jean Paul, tomándome de la cintura con suavidad y atrayéndome hacia el grupo de reporteros que gritan nuestros nombres. – Sonríe un poco, mi vida, que el mundo entero necesita ver que somos la pareja más sólida y glamorosa de la temporada financiera.
–Terminemos rápido con esta farsa mediática, Jean Paul, porque el verdadero motivo por el que acepté venir es el negocio que te propuse por teléfono –le susurro al oído mientras mantengo una sonrisa radiante ante las cámaras, permitiendo que me guíe hacia el interior del fastuoso salón decorado con candelabros de cristal. – Vamos a la mesa del fondo, allí estaremos lo suficientemente lejos de los micrófonos de la prensa para hablar de números reales.
–Me intriga muchísimo esa seriedad tuya, querida, aunque debo admitir que esa chispa de ambición en tus ojos te hace ver increíblemente atractiva esta noche –comenta él, retirando la silla para que me acomode antes de sentarse frente a mí. – Dime de una vez cuál es ese trato tan urgente que requiere un altar, porque sabes que mis empresas siempre están abiertas a nuevas alianzas estratégicas.
–Brindemos entonces por este acuerdo que va a consolidar nuestras dinastías en el mercado de la moda, mi futura esposa –dice Jean Paul, chocando su copa de cristal contra la mía justo en el preciso instante en que un estallido ensordecedor destroza los vitrales del gran salón de gala, desatando una lluvia de dagas de vidrio y provocando que los gritos de pánico de la élite empresarial inunden el ambiente en un segundo.
–¡Jean Paul, mantente abajo y busca refugio detrás de la columna ahora mismo! –le grito con el corazón galopando con violencia en mi pecho mientras veo cómo el caos se apodera del lugar, puesto que tres hombres encapuchados y armados irrumpen por la entrada principal disparando ráfagas directas hacia el techo para intimidar a la multitud.
–¡Lo siento, Aurora, pero yo no pienso morir en este maldito lugar por culpa de tus problemas familiares! –brama él con el rostro desfigurado por un terror cobarde, soltando mi mano con brusquedad para correr desesperado hacia las cocinas, abandonándome a mi suerte en medio del fuego cruzado sin mirar atrás ni una sola vez.
–¡No se mueva, señorita Vance, permanezca en el suelo que yo la tengo cubierta! –ruge la voz imperiosa de Ethan Blake, quien aparece de la nada derribando la mesa de madera maciza con un solo movimiento de su brazo para usarla como escudo, empujándome hacia abajo justo cuando una ráfaga de balas impacta contra la superficie que nos protege.
–¡Ethan, Jean Paul me dejó sola, esos hombres están buscando mi cabeza por orden de mis competidores o de mi propio padre! –le respondo con la respiración entrecortada, aferrándome al chaleco táctico de mi guardaespalda mientras observo la asombrosa frialdad con la que saca su arma reglamentaria, apuntando hacia los agresores con una precisión matemática que me deja completamente impactada.
–Ese cobarde aristócrata ya no importa, concéntrese en mis instrucciones porque voy a sacarla de aquí con vida aunque sea lo último que haga –determina él, disparando tres veces consecutivas con una puntería quirúrgica que neutraliza al primer atacante de inmediato, abriendo un camino despejado hacia la salida de emergencia de la zona lateral.
–¡Vienen dos más por el pasillo izquierdo, Ethan, muévete rápido antes de que nos rodeen por completo! –le advierto, fascinada por la destreza y la letalidad de sus movimientos, ya que esquiva los proyectiles con una calma sobrenatural que borra cualquier rastro de miedo en mí, transformando mi terror en una profunda admiración por el hombre que tengo enfrente.
–Siga mis pasos y no se detenga por nada del mundo, jefa, porque la camioneta blindada está encendida en la rampa de servicio –me ordena con tono firme, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras avanzamos por el pasillo oscuro, disparando una última vez para contener el avance de los mercenarios antes de azotar la puerta de hierro que da al estacionamiento.
Subimos al vehículo en un parpadeo y Ethan acelera a fondo, destrozando la barrera de seguridad del hotel con un impacto violento que nos devuelve a las calles de la ciudad en cuestión de segundos, dejando atrás las sirenas de la policía y el desastre de la gala benéfica. El silencio que se instala en la cabina es denso, electrizante, y yo clavo la mirada en el perfil rígido de mi protector, tomando la decisión más radical de mi vida tras presenciar la traición del hombre con el que pensaba casarme.
–Olvídate de la oficina y maneja directamente hacia mi mansión en las afueras, Ethan, porque esta noche los planes han cambiado radicalmente para ambos –le indico, limpiando un rastro de polvo de mi traje sastre mientras mi mente trabaja a mil revoluciones por minuto. – Jean Paul está completamente descartado de mi vida y de mis negocios; un cobarde que huye ante el primer disparo no merece ser el presidente consorte de Vance Enterprises.
–Mi deber es llevarla a un lugar seguro y la mansión cuenta con los sistemas de seguridad necesarios para repeler cualquier otra amenaza, señorita –responde él con su habitual tono monocorde, manteniendo los ojos fijos en el asfalto mientras maniobra con destreza entre el tráfico nocturno. – Respecto a sus decisiones personales sobre su matrimonio, eso es un asunto en el que yo no tengo ninguna autoridad ni comentarios que hacer.
–Te equivocas, porque a partir de este momento estás completamente involucrado en este asunto, Blake –le suelto sin rodeos, observando cómo sus manos se tensan levemente sobre el volante de cuero. – El puesto de esposo por contrato que le ofrecí a ese imbécil está vacante, y acabo de decidir que tú eres el único hombre en esta ciudad con la fuerza y la lealtad necesarias para ocupar ese lugar a mi lado.
El trayecto hacia la propiedad transcurre sin más palabras, pero la tensión entre los dos es tan palpable que casi se puede cortar con un cuchillo. Cuando entramos al gran vestíbulo de mi mansión, cierro las puertas dobles con llave y me giro hacia él, decidida a cerrar el trato que me garantizará el control absoluto del imperio de mi padre.
–Hablemos claro, Ethan, porque necesito que firmes este contrato matrimonial antes de que comience la junta de accionistas del próximo lunes –le propongo, caminando hacia la barra del bar para servirme dos tragos de whisky puro antes de ofrecerle uno. – Te ofrezco un matrimonio de conveniencia por dos años, estatus social, una cuenta bancaria millonaria y la absoluta libertad de seguir dirigiendo mi seguridad sin que nadie interfiera en tus métodos.
–Le agradezco el trago, señorita Vance, pero mi respuesta es un rotundo no, porque yo soy un soldado y un profesional de la seguridad, no un accesorio de lujo para sus juegos de poder familiares –contesta él, dejando el vaso intacto sobre la mesa auxiliar con un gesto de rechazo que enciende mi orgullo. – No me vendo por dinero ni me interesa convertirme en el títere que su padre quiere destruir para quedarse con la empresa.
–No te estoy pidiendo que seas un títere, te estoy pidiendo que seas mi socio en esta guerra, Ethan, porque tú eres el único que no se doblega ante Albert Vance –le replico, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a pocos centímetros de su mirada desafiante. – Piensa en las ventajas que esto te traería, no seas necio ante una oportunidad que cambiaría tu vida para siempre.
–Mi vida está perfectamente bien tal como está, jefa, y no necesito un apellido falso ni un anillo en el dedo para mantener mi integridad intacta –insiste él, cruzando los brazos sobre su amplio pecho en una postura de absoluta resistencia que me demuestra que los argumentos financieros comunes no van a funcionar con un hombre de su calibre.
–Sé perfectamente que el dinero no te mueve, Ethan, pero sé que hay algo que te quita el sueño todas las noches y que tus ingresos actuales no pueden resolver por completo –le digo, cambiando de estrategia con una sonrisa astuta mientras saco una carpeta médica confidencial que guardaba en mi caja fuerte. – Sé todo sobre la condición de salud de tu hijastra, la pequeña Sofía, y sé que necesita un tratamiento experimental sumamente costoso en una clínica privada de Suiza para poder salvar su vida.
La mención del nombre de la niña hace que la fachada de hielo de mi guardaespalda se agriete por primera vez en dos años, revelando una mirada cargada de una intensidad peligrosa que me estremece las entrañas.
–No se atreva a meter a mi familia en sus negociaciones corporativas, Aurora, porque hay límites que ni siquiera mi jefa tiene derecho a cruzar –advierte él con una voz que desciende a un susurro amenazante, dando un paso hacia adelante que reduce nuestro espacio personal a la nada.
–No lo veas como una amenaza, míralo como la solución definitiva a tu mayor pesadilla, porque si firmas este contrato, mañana mismo transferiré tres millones de dólares a la clínica de Ginebra –le propongo con firmeza, sosteniéndole la mirada con una determinación implacable. – Pagaré los mejores especialistas del mundo, compraré los medicamentos que no se consiguen en este país y me aseguraré de que esa niña tenga el futuro que se merece; a cambio, solo necesito tu firma en el acta de matrimonio y tu presencia a mi lado ante la junta directiva.
Ethan me observa en un silencio sepulcral que parece eterno, con la mandíbula apretada y los puños cerrados con tanta fuerza que sus nudillos se tornan blancos por la presión de la indecisión. Puedo ver el conflicto interno que lo desgarra, la lucha entre su orgullo profesional y el amor incondicional por la hija de la mujer que juró proteger en el pasado. –Tengo que pensarlo– Dice y se va, dejándome completamente sola.
Horas después
Narra Ethan
–¿De verdad estás pensando en rechazar una oferta que podría comprarle una oportunidad de vida a la niña que juraste proteger en el lecho de muerte de su padre, Ethan? –me pregunto a mí mismo en voz alta en la soledad de mi cocina, mientras arrojo las llaves de la camioneta blindada sobre la mesa de madera desgastada y fijo la mirada en el papel arrugado que reposa junto a la lámpara de mano, el cual es una notificación de desalojo inminente acompañada por un estado de cuenta que detalla una deuda acumulada de doscientos mil dólares en gastos médicos que mis tres empleos actuales no alcanzan a cubrir ni en un diez por ciento.
–El doctor te lo dijo claramente esta mañana, Blake, la medicina convencional ya no hace ningún efecto en el organismo de la pequeña y si no consigues los cinco millones de dólares para el ingreso en la clínica suiza antes de que termine el mes, simplemente vas a tener que sentarte a ver cómo se le apaga la vida –continúo murmurando con rabia, apretando los puños hasta que las cicatrices de mis nudillos se tornan completamente blancas, debido a que el peso de la impotencia me aplasta el pecho al recordar el rostro pálido de Jazmín en esa maldita cama de hospital donde los monitores cardíacos no dejan de emitir ese pitido monótono que me carcome la cordura.
Abro el cajón de la alacena para sacar el expediente médico que reviso cada noche, pero al tocar la cartulina gris, mi mente se desconecta por completo del presente y me arrastra de golpe hacia ese pasillo iluminado con luces de neón parpadeantes donde comenzó mi verdadera pesadilla.
–¡Dígame que hay una maldita alternativa, doctor, no me venga a decir que la vida de una niña de siete años se reduce a un simple problema de presupuesto internacional! –le grito al especialista en oncología pediátrica en la mitad del corredor del hospital general, tomándolo de las solapas de su bata blanca con una desesperación salvaje que borra de inmediato toda mi disciplina militar.
–Suélteme, señor Blake, por favor, que yo no tengo la culpa de las políticas de financiamiento de los laboratorios europeos –me responde el médico con una mezcla de lástima y fatiga en los ojos, acomodándose el cuello de la camisa mientras me señala los gráficos de la computadora. – La enfermedad terminal que padece Jazmín es sumamente agresiva, y la única esperanza real que le queda es un tratamiento genético experimental que solo se realiza en Ginebra; el costo de ingreso, traslado y permanencia es de cinco millones de dólares exactos, una cifra inalcanzable para cualquier ciudadano común de este país, así que le sugiero que empiece a tramitar los cuidados paliativos para que la niña no sufra en sus últimos días.
–¡Mi hija no se va a morir en una sala de beneficencia mientras yo tenga sangre en las venas y fuerza para pelear, maldita sea! –brama Catalina, la viuda de mi mejor amigo, quien aparece detrás de mí con los ojos completamente inyectados en sangre y las manos temblorosas por el llanto incontrolable que la ahoga desde que firmó el último consentimiento de quimioterapia. – ¡Ethan, haz algo por favor, tú le prometiste a mi esposo que no nos dejarías solas, me juraste que si él no volvía de esa maldita misión en la frontera tú serías el escudo de nuestra familia, no puedes permitir que los médicos se rindan con Jazmín!
–Escúchame bien, Catalina, mírame a los ojos y deja de llorar porque el dolor no va a curar a la niña –le exijo, sosteniéndola por los hombros con firmeza mientras sus sollozos desesperados resuenan en mis oídos como si fueran ráfagas de mortero en medio del combate. – Te di mi palabra de honor de que las protegería con mi propia vida si era necesario, y te garantizo que voy a conseguir cada maldito centavo de esos cinco millones aunque tenga que venderle mi alma al mismísimo diablo en este instante.
–Es que ya no tenemos tiempo, Ethan, las deudas nos están asfixiando y los abogados del banco llamaron hoy para decir que van a ejecutar la hipoteca de la casa si no pagamos los atrasos esta misma semana –solloza ella, ocultando el rostro en mi pecho mientras sus lágrimas empapan mi chaqueta de cuero. – Mi esposo murió defendiendo una bandera que ahora nos da la espalda, y lo único que nos queda en este mundo es tu promesa en el campo de batalla; dime que hay una salida, por favor, dime que no me voy a quedar completamente sola.
Las palabras de Catalina se clavaron en mi mente como esquirlas calientes, transportándome de inmediato a esa noche infernal en las trincheras de la frontera, donde el humo de las explosiones cegaba la vista y el olor a pólvora y sangre saturaba el aire del búnker semidestruido.
–¡Blake, saca a mi esposa y a mi hija de la zona de peligro en cuanto regreses a la ciudad, no me dejes morir con la incertidumbre de saber que quedarán desamparadas en la miseria! –me gritó mi compañero de armas, Manuel, mientras presionaba con desesperación la herida abierta en su costado, de la cual brotaba la vida a borbotones sobre el lodo del campo de guerra. – ¡Te las encargo a ti porque eres el único hombre en el que confío plenamente, júrame por tu honor de soldado que cuidarás bien de Jazmín y de Catalina, júramelo antes de que se me acabe el tiempo!
–Te lo juro por mi vida, hermano, te juro que seré el protector de tu familia y que a tu hija nunca le va a faltar nada mientras yo respire –le respondí en aquel entonces, sosteniendo su mano fría en medio de la balacera infernal, justo antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su último suspiro se perdiera en el estruendo de la artillería enemiga.
El violento sonido del timbre de mi teléfono celular rompe el recuerdo y me devuelve de golpe a la realidad de mi cocina, donde el recibo de la deuda médica sigue brillando bajo la luz mortecina del techo.
Miro la pantalla del dispositivo y el nombre de Aurora Vance parpadea con una insistencia que parece una burla del destino, recordándome la audaz propuesta que me hizo hace apenas unas horas en el vestíbulo de su lujosa mansión.
–Dime que ya dejaste de lado ese ridículo orgullo de soldado y que estás listo para firmar los documentos del matrimonio por contrato, Ethan –dice la voz firme, autoritaria y seductora de Aurora a través de la línea, sin un solo rastro de duda tras haber sobrevivido al atentado de la gala benéfica. – El tiempo corre en nuestra contra, puesto que mis abogados ya tienen listo el borrador del acuerdo prenupcial y la junta de accionistas de Vance Enterprises se reúne mañana a primera hora para escuchar mi informe de sucesión.
–Un matrimonio por contrato con la heredera más rica y asediada del sector textil no es algo que se firme a la ligera, señorita Vance, especialmente cuando las condiciones implican meterme en una fosa de víboras corporativas donde su padre controla cada movimiento –le respondo, manteniendo la voz fría para que no note el temblor de ansiedad que me provoca la cercanía de la solución a todos mis problemas financieros. – Tres millones de dólares de adelanto es una cifra muy atractiva, pero usted sabe perfectamente que el tratamiento completo de mi hijastra en Ginebra requiere un total de cinco millones para garantizar el éxito de la intervención quirúrgica.
–Si el problema es el presupuesto total de la clínica suiza, puedes dar por hecho que los cinco millones de dólares estarán depositados en la cuenta del hospital de Ginebra antes de que termine la tarde de mañana, Ethan –me rebate ella de inmediato, con esa seguridad implacable que la caracteriza y que me demuestra que no está dispuesta a aceptar un no por respuesta. – No me interesa el dinero cuando se trata de comprar la lealtad del único hombre que puede garantizar mi seguridad y mi presidencia frente a los ataques de mi padre; tú firmas el acta de matrimonio ante el juez civil a las ocho de la mañana y yo me encargo de que la niña tenga su tratamiento experimental garantizado al cien por ciento.
–¿Y qué pasa con las cláusulas de confidencialidad y las restricciones de nuestra convivencia diaria durante los dos años que estipula el contrato, jefa? –le pregunto, caminando hacia la ventana para observar la calle oscura, consciente de que aceptar este trato significa renunciar a mi libertad y convertirme en el blanco principal de todos los enemigos de la familia Vance. – No voy a tolerar que su padre o la prensa amarillista utilicen mi vida privada como un peón en sus estrategias de marketing, ni tampoco pienso convertirme en un adorno para sus fotografías de sociedad en las revistas de moda.