No había manera de escapar, por mucho que traté de que papá no se diera cuenta de que estaba en mi habitación, me descubrió y ya inició con su cantaleta de siempre.
- ¡Papá, no necesito que me busques un novio! - exclamé, tratando de expresar mi frustración.
Su mirada paternal me demostró su preocupación mientras respondía muy serio como siempre que hablaba de lo mismo.
- Eve, no quiero que te pase igual que a mí. Que pasé casi toda mi vida solo - dijo con un deje de tristeza que me llamó la atención.
Me quedé mirándolo fijo sin comprender lo que quería decir con aquello, su matrimonio era un misterio para mí. Suspiré sabiendo que tenía buenas intenciones, pero también me incomodaba la insistencia de buscar un novio para mí.
- Papá, te casaste con mi madre - mencioné, esperando entender su perspectiva.
- Si le puedes llamar a eso estar casados - dijo, con una mezcla de tristeza y nostalgia en su tono. Sus palabras me intrigaron y no pude evitar preguntar:
- ¿Qué quieres decir con eso? - Antes de responder, su expresión se volvió más sombría.
- No me hagas caso, Eve. Pero te voy a poner citas a ciegas. Tienes que ir.
Suspiré profundamente, sabía que no sería fácil convencerlo de que no era necesario y que las citas a ciegas no eran la solución.
- ¡Papá, no hagas eso! ¡Sabes cómo terminan siempre esas citas! - intenté disuadirlo. A pesar de mis súplicas, su determinación no se desvaneció.
- No importa hija, no vas a convencerme. - Sentí la necesidad de defenderme ante sus comentarios:
- ¡A nadie le gustan las gordas, papá! - Su respuesta inmediata fue reconfortante: - Tú no eres gorda, eres una chica saludable.
Aunque sus palabras me dieron alivio, decidí probar una estrategia para evitar las citas a ciegas:
- Está bien papá, te lo diré. - Dije con tono serio, curioso por mi confesión, preguntó:
- ¿Qué cosa? - Entonces, reuní valor para mentirle.
- Tengo novio, por eso no quiero hacerlo. - La sorpresa se reflejó en su rostro mientras indagaba desconfiado:
- ¿Tienes novio? - preguntó con incredulidad. Asentí con firmeza, esperando que me creyera:
- Sí. - Sin embargo, su escepticismo prevaleció:
- ¿Crees que me lo voy a creer? Tráemelo y lo creeré. Quiero verlo, con mis propios ojos.
Acepté su desafío, sintiendo la presión de tener que presentar a un novio que no tenía idea de dónde lo iba a sacar, por eso le dije:
- Está bien, en una semana. No puede venir antes de eso - aseguré - está en el extranjero.
- ¿Una semana? - preguntó sin dejar de mirarme desconfiado aunque cedió ante mi firme mirada. - Muy bien, esperaré una semana para conocer a tu novio - Aunque accedió a esperar, advirtió: - Pero si me estás mintiendo, te irás a la cita con el hijo de los Belmont. Mis ojos se abrieron con temor ante esa perspectiva, odiaba a ese petulante chico.
- ¡No, papá! ¡No me hagas eso! - Traté de convencerlo asustada, lo cual hizo que me observara más desconfiado ante mi reacción.
- ¿Por qué te asustas, si me acabas de decir que tienes novio? - preguntó muy serio sin dejar de mirarme interrogativamente y agregó. - ¿O me estás mintiendo?
- No papá, no te miento. Tengo novio - Negué con vehemencia, pero sin mirarlo a los ojos o me descubriría.
- Muy bien. Una semana, tienes una semana para presentármelo. - Finalmente, pareció creerme.
Y así, se marchó de mi habitación, dejándome en un tremendo lío emocional. Pensé frenéticamente: ¿De dónde voy a sacar un novio en una semana y del extranjero?
La tarea parecía casi imposible, pero sabía que debía encontrar una solución para demostrarle a mi padre que mi relación era auténtica y evitar la incómoda cita con el hijo de los Belmont.
Esta semana sería un desafío en el que tendría que mostrar mi valía y confiar en que encontraría la manera de presentar un novio, alguien que lo convenciera de que realmente significaba mucho para mí. ¿Lo lograré? Para ser honesta, no lo creo, pero haré mi mayor esfuerzo.
Luego de esa conversación con mi padre, en la que le mentí asegurando que tenía un novio inexistente, aquí estoy, sentada en este banco solitario de mi parque favorito, pensando qué hacer. Miro el mar, un barco entrando en el puerto y las gaviotas revoloteando encima de él.
Cómo me gustaría ser una de ellas, y marcharme lejos, solo por un tiempo. Hasta que se le pase la obsesión a mi padre de buscarme novio. Hace rato que no le entraba, pero no sé qué pasó que regresó ayer de esa reunión con esa idea. ¿Quién va a querer casarse con una chica como yo?
Cómo me describiría. Soy una chica de veinticinco años. Pues no soy muy alta, no soy delgada, digamos que soy rellenita. Mi cuerpo está bien formado, bueno al menos eso pienso yo cuando me miro en el espejo sin ropa. Pues con ellas, no hay quien logre verlo.
Sí, me cubro con mucha ropa, bien amplia. Por lo menos tres tallas mayor que la mía. Me gustan las largas faldas con muchos vuelos que me dan esa sensación de libertad. Y es que, en la prepa, tuve una muy mala experiencia con un chico. Desde entonces, mi autoestima bajó hasta el piso y no he podido volverla a levantar.
Me siento la más fea de todas las mujeres, gorda, falta de gracia a la cual encuentran despreciable el sexo opuesto. Huyo de los chicos como si tuviera la peste. Me encanta ayudar a todos. Por eso, me dedico como voluntaria en cuanto refugio encuentro. Pero nunca he tenido una relación después de lo que me pasó, con ningún otro chico. Me aterra la idea.
Retrospectiva.
Cursamos el último año de la preparatoria, y ya era una jovencita que había desarrollado algo. Aunque he de confesar que no era una belleza, y es que a falta de mamá y viviendo con papá que solo me compraba las ropas que le pedía, y que eran por lo general cómodas y no muy caras. Digamos que era una chica sin mucha gracia, pero que caía bien o eso creía yo.
Desde que habíamos venido a esta ciudad, me hice amiga de Miranda, una chica muy hermosa que vivía en mi misma calle, y que estudiamos en la misma clase. Siempre andábamos juntas y por eso la quería mucho. Todos los chicos de la escuela andaban detrás de ella por lo hermosa que era.
Para mi sorpresa y regocijo, yo tenía mi primer novio y estaba de lo más emocionada, pues se trataba del chico más popular de la escuela y que un buen día le dio por enamorarme, y más porque Miranda me embulló a que lo aceptara, y por la curiosidad de saber qué se sentía al tener un novio, lo acepté.
- Evelin cariño, toma mi mochila y nos vemos en la biblioteca amor - me dice Rusell, mi novio. Era hermoso, rubio y bien formado de ojos verdes. Hace un mes que estamos saliendo. Todavía no sé por qué se fijó en mí, la verdad.
En esa época yo usaba aparatos en mis dientes, espejuelos y no me gustaba peinarme. Tampoco vestía a la moda, ni era del grupo élite. Por lo que me intrigaba que se hubiera fijado en mí. No les voy a negar que la envidia de las demás chicas me gustaba un poco, sobre todo de Miranda, que tampoco entendía por qué Russell se fijaba en mí.
- Si cariño, pero no demores -respondí sonriente. - Siempre termino haciendo los trabajos yo sola.
- No seas así, Evelin. Soy el jefe de la escuela y tengo muchas responsabilidades. Adelántate, que ya te alcanzo -respondió con suavidad mientras pasaba la mano por mi cabeza, y yo... bueno, me convencía.
- Está bien. Te espero allá, no demores.
Dije tomando su pesada mochila y dirigiendo mis pasos a la biblioteca. Cuando estoy por llegar, me doy cuenta de que olvidé mi mochila detrás del banco en el que estaba sentada. Dejo la mochila de Rusell marcando una mesa y le pido a un chico que por favor me la cuide. Asiente. Yo salgo rauda a buscar la mía.
Al llegar, la busco por todas partes, pero no la veo. Estoy por marcharme cuando la diviso caída detrás muy abajo en la zanja. Bajo con cuidado de no caerme y al fin la alcanzo. Voy a comenzar a subir cuando escucho una pareja que se sienta en el banco.
Las voces me son conocidas. Eran mi novio Rusell y Miranda, mi mejor amiga. Iba a avisar que estaba allí, pero lo que conversaban me llamó la atención, por lo que me quedé escondida escuchando.
- No te entiendo, Rusell. ¿Qué haces saliendo con la fea de Eve? -preguntó molesta Miranda.
- Por interés, Miranda. Igual que tú -contestó enseguida Rusell sin que yo comprendiera. ¿Qué interés podría tener en mí?
- Yo no ando con ella por interés -rehusó Miranda y eso me gustó.
- Vamos, Miranda. ¿No crees que no me he dado cuenta de que la utilizas? -insistió Rusell.
- ¿Por qué dices eso? -protestó ella y yo estaba feliz de que en verdad era mi amiga. -Somos amigas desde el último año de primaria.
- Sí, porque te convenía ser su amiga, así todos te ven a ti hermosa y a ella fea -le refutó Rusell y me llenó de dudas. ¿Sería verdad?
No niego que no me había dado cuenta de que a Miranda le encantaba que la elogiaran a ella y me dijeran cosas feas a mí. Pero siempre salió a defenderme. ¿O era todo un teatro?
Mientras escuchaba la conversación entre Rusell y Miranda, un torbellino de emociones y pensamientos llenó mi mente. El corazón me latía con fuerza, sintiendo una mezcla de incredulidad, tristeza y traición. No podía creer lo que estaba escuchando.
La confianza que había depositado en Miranda como mi mejor amiga se desvanecía en ese momento. Sentí una profunda decepción al darme cuenta de que había estado jugando un papel, utilizando nuestra amistad para destacarse y recibir halagos a costa de mi apariencia.
Por otro lado, las palabras de Rusell resonaban en mi cabeza. ¿Realmente me veía como alguien fea y sin valor? ¿Había estado conmigo solo por algún tipo de interés? Sentí una punzada de dolor en el pecho al pensar que tal vez nunca había sido amada genuinamente por él.
En ese momento, me sentí vulnerable y expuesta. Me pregunté si todos los demás también pensaban lo mismo de mí, si me veían como alguien sin gracia y poco atractiva. Las inseguridades iniciaron a aflorar con fuerza haciendo que mis ojos se llenaran de lágrimas. ¿En verdad sería tan fea?.
Decidí mantenerme oculta y escuchar hasta el final la conversación entre ellos, necesitaba saber hasta qué punto había sido engañada. Con el corazón roto y la confianza hecha añicos, continué escuchando desde mi escondite.
- ¡No es por eso! ¡Ella es muy buena chica! -siguió alegando Miranda y casi estaba convencida de que en verdad era mi querida amiga. Pero lo que siguió hizo añicos mi corazón. - Pero no te voy a negar, que también me agrada que me miren más a mí que a ella, ji, ji, ji...
- ¡Lo sabía! -exclamó Rusell, sintiendo que no estaba solo en su farsa de engañarme. - Yo estoy con ella porque me interesa su dinero y que me haga los trabajos. Mis notas han subido mucho desde que ella las hace.
Me quedé petrificada. ¿Qué dinero? Si nosotros vivíamos con lo mínimo que se ganaba mi padre en su trabajo en el hospital, casi sin dormir por las horas extras para ganar lo suficiente para no pasar hambre y pagar el alquiler, mi educación y todo lo demás. ¿De dónde había sacado la idea de que éramos adinerados? Me preguntaba mientras escuchaba a Miranda rectificarlo.
- ¿De qué hablas? La familia de Evelin no es rica.
- ¿No? -preguntó Rusell, confundido e incrédulo. - ¿Y ese carro de último modelo que tiene su papá? ¡Es carísimo!
- No lo sé. Pero te puedo asegurar que no son ricos. Ella vive con su papá en un apartamento en las afueras y pasan muchas dificultades, soy testigo de eso -siguió hablando Miranda- muchas veces le he tenido que dar mis sobras del almuerzo porque ella no ha traído.
- ¿Estás segura de eso? -preguntó todavía incrédulo Rusell, con un deje de desilusión en su voz. - ¿Quieres decir que he hecho el ridículo con esa gorda por nada?
- ¡Ella no es gorda, Russell! -protestó Miranda, pero soltó una risa.
No podía creer lo que escuchaba. Finalmente tenía la respuesta a mi pregunta sobre por qué el capitán del equipo de fútbol, el chico más popular y deseado de la escuela por todas las chicas, se había fijado en mí, la insignificante chica con frenillos en los dientes y a quien todos veían como gorda y despreciaban. El motivo era el dichoso carro de mi papá.
-¡Si lo es! -argumentó Rusell- ese cuerpo de ella no me gusta para nada, y es baja, es fea, con esos espejuelos que usa, y los puentes en los dientes. Sin añadir, que parece que nunca se peina, siempre trae ese cabello alborotado, metiéndoseme por todas partes. Nunca he podido besarla, porque me da asco -terminó de escupir todo lo que realmente pensaba de mí, lo cual me hizo un gran daño.
Hasta ese momento, nunca antes nadie se había referido a mí de esa manera ni me había despreciado tan cruelmente por mi apariencia física. Sentía que me estaban destrozando mi autoestima, haciendo que me hundiera cada vez más en la desesperanza y la desilusión.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras escuchaba esas palabras hirientes. Me sentía vulnerable y expuesta, como si todas mis inseguridades se hubieran confirmado de repente. ¿Era realmente tan fea como decían? ¿Era solo un objeto de burla y manipulación para aquellos que se suponía que me amaban?
Mi corazón se llenó de un profundo dolor y tristeza. Me sentía traicionada por aquellos en quienes confiaba, por aquellos que deberían haberme protegido y amado incondicionalmente. La imagen que tenía de mí misma se estaba desmoronando, y me costaba encontrar algo de valor en medio de tanta crueldad.
- ¡Rusell! ¡No seas tan malo! -seguía para mi asombro defendiéndome Miranda a su manera. - ¡Es verdad que es un poco rara, pero ella no da asco! ¡Tú eres quien me da asco!
- ¿Ahora te doy asco? ¡Cuando te revolcabas conmigo, aunque era el novio de tu mejor amiga, no lo sentías! -la espetó atrás dejándome anonadada por lo último que había dicho como si fuera la estocada final a mi sufrimiento. El dolor que sentí ante la traición de ambos fue abrumador, apenas podía respirar.
- ¡Suéltame, nunca más quiero volver a verte! -dice Miranda y se marcha, seguida por quien creía que era mi novio.
Salgo de mi escondite con el rostro empapado de lágrimas. Aunque en cierto sentido, Miranda ha sido mi mejor amiga desde que éramos niñas, no puedo ignorar el hecho de que se ha acostado con quien supuestamente es mi novio. Después de dos horas de llorar desconsoladamente, me dirijo a casa, donde mi padre ya estaba a punto de llamar a la policía debido a mi tardanza.
- ¿Qué te pasó, Eve? -grita corriendo hacia mí y al ver mi rostro descompuesto, me abraza contra su pecho- Ya estás en casa, hija mía. Ven, siéntate y cuéntame todo. Papá te ayudará.
Sí, ese es mi papá. El hombre más comprensivo cuando se lo propone. Me ha criado él solo desde que era muy pequeña. Mi madre desapareció cuando tenía dos años y nunca ha vuelto a aparecer. Papá nunca habla de ella y no tengo ni siquiera una foto suya. No tengo idea de quién pueda ser.
Le cuento todo lo que me ha sucedido en un torrente de lágrimas. Le explico lo que Miranda y mi supuesto novio me hicieron, cómo me traicionaron y cómo me siento destrozada. Al final, le hago una petición.
- Papá, ¿podemos irnos hoy mismo a otra ciudad donde nadie me conozca? No creo que pueda seguir asistiendo a esa escuela.
Mi padre me mira con ternura y comprensión en sus ojos. Sabe lo mucho que me duele todo esto y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para protegerme.
- Claro, hija mía. Si eso es lo que necesitas para sentirte segura y protegida, lo haremos. No tienes por qué enfrentarte a más dolor. Buscaremos un nuevo comienzo juntos en un lugar donde puedas ser tú misma y encontrar la felicidad.
Una sensación de alivio y esperanza comienza a inundarme mientras abrazo a mi padre con fuerza. Sé que no será fácil dejar atrás todo lo conocido, pero estoy lista para empezar de nuevo y construir una vida donde pueda ser valorada y amada por quienes realmente me importan.
-¿De verás nos mudaremos? -vuelvo a preguntar incrédula.
-Sí, eso haremos. Empieza a recoger, nos iremos hoy mismo. De todas formas, ya teníamos planes de mudarnos a la capital por mi trabajo. Estaba esperando a que terminaras el semestre, pero si quieres irte ahora, lo haremos hoy mismo.
-¿De verdad, papá? -repito abrazándolo con todas mis fuerzas. Adoro a mi padre, siempre compalciéndome y defendiéndome del mundo.
-Sí, hija. Ve a recoger tus cosas, yo me encargaré de llamar al camión de mudanzas.
Y así fue como dejamos atrás esa ciudad y nos mudamos a la capital. Nos instalamos en la mansión que pertenecía a mis abuelos, quienes eran los millonarios de la familia. Fue en esa casa donde descubrí que mi papá había heredado el auto que engañó a Rusell y que había sido el desencadenante de todas mis experiencias dolorosas.
A medida que me adentraba en la mansión, me encontraba rodeada de lujo y opulencia, pero también de recuerdos dolorosos. El auto, que ahora estaba estacionado en el garaje, se convirtió en un símbolo de traición y engaño para mí.
Fin de la retrospectiva.
Desde aquel fatídico momento en el que solo tenía trece años, las palabras de Rusell se han convertido en un eco constante en mi mente, atormentándome y haciéndome sentir cada vez más herida. A pesar de que ahora tengo veinticinco años, no he logrado superarlo por completo.
Es como si esas palabras se hubieran grabado a fuego en mi alma, alimentando mis inseguridades y minando mi autoestima. Me siento atrapada en un ciclo interminable de dudas y miedos, incapaz de liberarme de las garras del pasado.
Mi padre, en su afán de ayudarme, insiste en que debería tener un novio. Pero lo que él no entiende es que el mero pensamiento de abrirme a una relación romántica me aterra. Temo que alguien más pueda lastimarme de la misma manera, reforzando la idea de que no merezco amor ni felicidad.
A lo largo de los años, he intentado ignorar las palabras de Rusell, tratar de convencerme a mí misma de que no tienen importancia. Pero la verdad es que siguen afectándome profundamente. Me han convertido en mi peor enemiga, criticándome constantemente y recordándome mi supuesta falta de valor y belleza.
Sé que llegará el día en el que finalmente supere este pasado doloroso. Anhelo encontrar la valentía para enfrentar mis inseguridades arraigadas y aprender a amarme a mí misma. Deseo liberarme de las cadenas del pasado y encontrar la paz interior que tanto anhelo. Pero todavía no ha llegado ese momento, tampoco sé si llegará algún día.
Salí de casa para correr, disfrutando de la belleza de esta zona llena de árboles y parques. Mi lugar favorito es este, justo frente al mar, en la entrada del puerto. Observar las olas me relaja y me hace sentir bien.
Aquí estoy sentada, reflexionando sobre qué hacer, cuando siento que alguien se sienta a mi lado. Al principio, no le presté mucha atención. Sin embargo, escucho sollozos y decido girar mi cabeza para ver quién es. Es un chico, parece tener mi misma edad. Tiene un cuerpo atlético y aunque no es especialmente guapo, tampoco es feo. Su cabello negro cae desordenado sobre su frente.
Puedo ver cómo las lágrimas ruedan por sus mejillas y trata de ocultarlas cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, pero no tiene éxito.
- Sí, lo sé -comienza a hablar dirigiéndose a mí-, es extraño ver a un hombre llorar.
- No he dicho nada y no me parece extraño -le respondo.
- Serás la única.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Solo si aceptas casarte conmigo.
- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad?
- Ojalá fuera una broma.
- ¿Qué quieres decir? ¿Quieres contarle a una extraña qué te sucede?
Me mira fijamente, seca sus lágrimas y una triste sonrisa aparece en sus labios. Toma aire dos veces, inflando su pecho, y se recuesta en el banco mientras mira hacia el horizonte en el mar.
Miro fijamente el mar, sentado al otro lado del banco en el que me he acomodado sin darme cuenta de que estaba ocupado. Las lágrimas fluyen libremente por mis mejillas, y siento un profundo dolor en mi interior. Me siento perdido y abandonado, y nunca pensé que llegaría el día en el que me encontraría en este estado.
He enfrentado desafíos difíciles a lo largo de mi vida, pero esta angustia actual supera todo lo que he experimentado. Observo el mar a lo lejos, buscando respuestas en su inmensidad, y luego vuelvo a posar mis ojos en ella. Es hermosa, de una manera única y cautivadora. Hay un aire de misterio y desenfado que la rodea, y me siento inexplicablemente atraído hacia ella.
Sus ondas de pelo bailan con la brisa del mar, mientras el sol del atardecer ilumina su figura con tonos dorados. Es en este momento que decido hablarle, de abrirme y compartir mi dolor con ella. Quiero encontrar consuelo en su presencia, alguien que pueda entender y acompañarme en mi sufrimiento.
Respiro hondo, reuniendo el coraje necesario, y me acerco a ella con determinación. Es hora de dejar atrás mi propio dolor y buscar apoyo en alguien más. Tal vez juntos podamos encontrar un camino hacia la sanación y la esperanza, y superar las heridas que nos atormentan.
-¿Cómo te llamas? -pregunto, girándome hacia ella para poder mirar sus ojos.
-Evelin -contesta, mirándome fijamente. Sus ojos son increíblemente hermosos, pienso para mí mismo.
-Bonito nombre. Yo me llamo Gabriel -le digo, sin dejar de observarla. Realmente es una chica muy bella. ¿Qué hace una chica como ella sola, suspirando en un banco solitario?, me pregunto.
-Me gusta, también es un nombre bonito -me responde con una sonrisa, lo cual me llena de valor. -¿Vives aquí en la capital?
-Sí y no -respondo con más firmeza. -¿Y tú?
-Sí, vivo aquí. Unas cuadras más allá. Me gusta correr y terminar aquí, mirando el mar -me cuenta sin más. Pienso que ella es alguien que no ve maldad en los demás. Esa es la impresión que me da al decirme dónde vive con total confianza, sin una pizca de maldad en ella.
-Pues, yo he llegado aquí sin darme cuenta -respondo, tratando de imitar su sinceridad. -Manejé sin rumbo hasta que las lágrimas me hicieron detenerme, porque no veía el camino.
-Debe ser algo muy serio lo que te está pasando -opina, mirándome con atención.
-Sí, lo es para mí -afirmo, sintiendo cómo el recuerdo de lo que me sucede hace que suelte todo el aire de mis pulmones. Al mismo tiempo, la veo girarse hacia el mar y suspirar mientras dice:
-Todos tenemos problemas.
-¿Qué problemas puede tener una chica tan hermosa como tú? -le pregunto, porque realmente no creo que le esté pasando algo tan serio como a mí.
-Ja, ja, ja... No tienes que ser cortés. Sé que no soy hermosa -dice, sorprendiéndome.
¿Por qué habrá dicho una cosa así? Evelin es simplemente deslumbrante. Su presencia es imponente, con una estatura elegante y una figura que resalta su belleza natural. Su cabello negro, largo y ondulado cae en cascada sobre sus hombros, añadiendo un toque de misterio a su apariencia. Pero lo que realmente cautiva mi atención son sus ojos, profundos y expresivos, que parecen guardar secretos y emociones en cada mirada. Sus labios, suaves y de un tono rosado tentador, invitan a perderse en ellos. En resumen, Evelin es una mujer de una belleza indiscutible, que deja una huella imborrable en mi mente desde el momento en que la vi.
- ¿Por qué dices eso? ¡Si lo eres, créeme! -le digo seriamente, convencido de lo que estoy diciendo.
Ella se queda mirándome fijamente por un momento y luego decide cambiar de tema.
- Está bien, mejor lo dejamos -dice con suavidad. - Pero ahora dime, ¿qué es lo que te hace llorar así?
Guardo silencio por un instante, sin apartar la mirada de sus ojos hermosos y sinceros que me observan con atención. Aunque somos desconocidos y puede que nunca volvamos a cruzarnos, siento la necesidad de desahogarme y compartir mi pesar con ella. Así que decido abrirme por completo y contarle todo, en la esperanza de encontrar un poco de alivio.
-El testamento de mi padre -confieso con voz entrecortada.
-¿El testamento de tu padre? -pregunta intrigada, esperando una explicación.
-Sí, hace dos meses que falleció -digo, sintiendo un nudo en mi garganta. Aún no puedo creer que se haya ido, dejándome solo en este vasto mundo.
-Lo siento mucho -susurra, transmitiendo su compasión.
-Gracias. Pero lo que no entiendo es por qué lo hizo -sigo hablando, casi más para mí mismo que para ella, mientras ella me escucha atentamente. - Él nunca fue así. No puedo comprender por qué dejó esa cláusula en su testamento, siendo yo su único hijo.
-No estoy entendiendo del todo.
-En resumen, si no me caso en una semana, perderé toda mi herencia. Y lo peor es que no tengo ni siquiera una novia, porque ella me dejó plantado en el altar hace tres meses.
-Vaya amigo, y yo que creí que mi vida era una tragedia. Pero la tuya parece sacada de una obra de Shakespeare.
No puedo creer que haya dicho eso, pero en lugar de ofenderme, su comentario me hace reír. Después de tantos días sumido en la tristeza, reírme me hace sentir un alivio instantáneo. No puedo contenerme y estallo en una risa sincera y liberadora, dejando atrás por un momento mis preocupaciones y permitiendo que la alegría se apodere de mí.
-Ja, ja, ja, ja, tienes sentido del humor. Sí, tienes razón, y eso que apenas conoces mi vida.
-Es cierto, no la conozco del todo.
-¿Cuál es tu tragedia? -le pregunto, dejando de reír y mostrando interés.
-Pues, tiene que ver con mi padre -me responde, dejándome intrigado.
-¿Tu padre? -pregunto, queriendo que continúe.
-No él en sí, sino su deseo de que tenga un novio.
-Eso no suena muy normal -comento, frunciendo el ceño.
-Sí, lo sé. Pero no conoces a mi padre. El problema es que soy yo quien no quiere tener un novio.
-¿Por qué? ¿Tuviste una mala experiencia? -le pregunto, notando las señales en su rostro.
-¿Cómo lo sabes? -se sorprende.
-Tienes todas las señales de ello. Pero explícaselo a tu padre. Dile que necesitas tiempo para ti misma, para descubrir lo que realmente quieres en la vida.
-Ja, ja, ja, ja... -ríe y su risa me parece la más hermosa de las melodía haciendo que me quede observándola en lo que continúa hablando- se ve que no conoces a mi padre, de veras. No se va a rendir.
-No creo que sea así, es la primera vez que escucho que un padre le exige a su hija que tenga novio -digo intrigado de que su papá haga eso-. Por lo general, ellos se oponen a que las hijas tengan pareja.
Evelin se queda mirándome, su expresión indecisa mientras parece reflexionar sobre si debe seguir contándome o no. Finalmente, voltea su cabeza hacia el mar y luego vuelve a mirarme, decidida a continuar.
-El problema es que, desde que tuve esa mala experiencia, no he vuelto a tener una relación -me confiesa con sinceridad.
-¿Cuándo fue eso? -pregunto intrigado, esperando una respuesta que encaje con mi suposición de que fue algo reciente y banal, quizás hace unos meses o un año. Sin embargo, me sorprendo al escucharla decir:
-Cuando tenía trece años.
-¡Trece años! -exclamo sorprendido, ya que aunque no es que sea una persona mayor, calculo que debe tener veintitantos años. Ahora entiendo por qué su padre está tan empeñado en que tenga novio. La miro pensando que tal vez me está tomando el pelo, pero ella sostiene mi mirada y asiente con la cabeza. Aun así, no puedo evitar preguntarle:
-¿En serio? ¿No me estás gastando una broma?
-No, desgraciadamente fue muy traumático para mí -confiesa, y sin dejar de mirarme, se ruboriza, lo cual me deja completamente embobado-. No he vuelto a atreverme.
-Ahora, estoy completamente de acuerdo con tu papá -digo muy serio, dejando claro mi apoyo a su padre.
-¡Oye, que acabamos de conocernos! -exclama riendo. Pero luego su expresión se vuelve seria y me pregunta-. Pero, no se trata de mí. ¿Qué piensas hacer ahora?
-No lo sé, no tengo a nadie que me pueda ayudar -respondo, volviendo a caer en la triste realidad que me rodea.
Estoy verdaderamente perdido. Miro hacia el mar, viendo cómo el sol se pierde en el horizonte y la oscuridad comienza a invadirlo todo, incluyendo mi alma. El estado de ánimo que había logrado levantar durante unos minutos al conversar con Evelin se desvanece por completo. Me siento miserable, perdido, solo y abandonado, sin nadie a quien recurrir en este momento de desesperación.
Cada pensamiento me lleva de regreso a mi problema, y la carga emocional que conlleva se hace cada vez más pesada. Recuerdo los momentos dolorosos, las heridas abiertas y la sensación de haber perdido algo irreemplazable.
La tristeza me envuelve como un manto oscuro, y siento cómo mi esperanza se desvanece lentamente. La sensación de soledad se vuelve abrumadora, y me doy cuenta de que no tengo a nadie a quien acudir en busca de consuelo o apoyo.
En un suspiro profundo, libero toda mi angustia acumulada. Siento cómo el peso de mis problemas y frustraciones se hace más evidente, como si me estuviera ahogando en un mar de tristeza. En este momento, me siento vulnerable y desamparado, sin una solución clara a la vista.
Evelin al parecer se da cuenta y se acerca un poco al tiempo que me pregunta casi en un susurro.
-¿Seguro, tienes que casarte en una semana?
-Sí, si no lo hago, todo irá a manos de los accionistas de mi padre.
-Pero eso es absurdo. ¿Te llevabas tan mal con tu padre?