**ELENA**
El silencio en el estudio de mi padre era tan pesado que podía escuchar los latidos desbocados de mi propio corazón. Él no se atrevía a mirarme. Sus manos temblaban mientras sostenía una copa de cristal vacía. ¿Qué demonios le está pasando? El hombre que respetaba y admiraba ahora me estaba haciendo esto. ¡Tan estúpida soy!
-Dime que es una broma, papá -exigí, apretando los puños a mis costados.
-No lo es, Elena. Si no firmo este acuerdo, mañana vendrán a embargar la casa y yo terminaré en una celda -su voz sonó rota, patética.
-¿Y tu solución es venderme? ¿Como si fuera una maldita propiedad de la empresa?
-No es una venta, es un matrimonio de conveniencia. ¡Eres una exagerada!
-¡Es lo mismo cuando el comprador es Damián Cavalli! -grité, sintiendo una mezcla de náuseas y furia-. Sabes lo que ese hombre le hizo a nuestros socios. Es un monstruo. No hay mujer que salga bien librada de su cama. ¿Es que no te duele que tu hija caiga en sus manos?
-Él prometió que no te faltará nada, hija. Limpiará mi deuda y te dará una asignación mensual. Solo son dos años. Además, es peor que te entregues aún muerto de hambre; por lo menos con este matrimonio estás salvando a tu papito.
-Dos años de mi vida a cambio de tu libertad para seguir cometiendo errores -sentí una lágrima traicionera rodar por mi mejilla, pero la limpié de inmediato-. ¿Cuándo va a suceder eso?
-Él está afuera, Elena. ¡Lo lamento, princesa! Ya verás que te tratará como una reina, porque eso eres para mí.
Me quedé helada. Mis ojos se dirigieron a la puerta doble de roble.
-¿Afuera? ¿Ahora mismo? ¡Qué carajos!
-Vino a supervisar que firmes el consentimiento. Es un hombre desconfiado; debes tenerle paciencia.
La puerta se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe, solo el chirrido de las bisagras y la presencia de un hombre que parecía devorar toda la luz de la habitación. Damián Cavalli vestía un traje gris hecho a medida que resaltaba su altura imponente y sus hombros anchos. Sus ojos, oscuros y gélidos, se clavaron en los míos.
-¿Interrumpo algo? -preguntó con una voz aterciopelada que escondía una amenaza.
-Solo mi dignidad, señor Cavalli, son unas bestias -respondí, dándole la cara a pesar de que mis piernas querían fallar.
Damián esbozó una sonrisa ladeada, carente de cualquier rastro de humor. Mientras mi yo interior estaba que echaba chispas de coraje. Aunque sea guapo, eso no le quita lo salvaje que es.
-Tu dignidad tiene un precio muy alto, Elena. Diez millones de dólares, para ser exactos. Me imagino que ya te lo dijo tu papito.
-Usted no me conoce. ¡No soy tan atractiva y mucho menos sumisa!
-Sé lo suficiente. Sé que harás lo que sea para que tu padre no termine en una fosa común. Así es el mundo, cariño, cruel y devorador.
-Es un chantaje -acusé, acercándome a él hasta sentir el aroma a sándalo y peligro que emanaba de su piel.
-Es una transacción comercial. Yo necesito una esposa que proyecte una imagen de estabilidad para mi nueva fusión, y tú necesitas que tu familia no se muera de hambre. Tu padre no quiere ir preso, las deudas no lo dejan respirar, pero por suerte tiene algo que me interesa.
Damián sacó un bolígrafo de oro de su bolsillo interior y lo dejó sobre el escritorio, justo encima del contrato. Maldita sea, este hombre presume su riqueza de una manera ridícula.
-Firma -ordenó.
-¿Y si me niego?
Él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Sus dedos rozaron mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.
-Entonces verás cómo destruyo cada ladrillo de esta casa antes de que termine el día.
"Es un demonio vestido de caballero".
-Elena, por favor... Firma de una buena vez, deja de tonterías; el señor se puede arrepentir. -Suplicó mi padre desde el rincón.
Miré el papel. Las cláusulas eran una sentencia: convivencia obligatoria, apariciones públicas, fidelidad absoluta. Tomé el bolígrafo. Mis dedos rozaron los de Damián y una corriente eléctrica me recorrió el brazo.
-Dos años -murmuré, estampando mi firma con un trazo violento-. Pero que le quede claro algo, señor Cavalli: puede comprar mi tiempo y mi nombre, pero jamás podrá comprarme a mí. Espero que respete eso.
Él tomó el documento y lo examinó con meticulosidad. Luego, guardó el bolígrafo y se enderezó.
-Eso ya lo veremos, señora Cavalli. El auto nos espera afuera. Prepárate, nos vamos a tu nueva casa. De ahora en adelante, olvídate de todos.
-¿Ahora? -pregunté, parpadeando confundida.
-He pagado la factura completa, Elena. No dejo mi mercancía en manos ajenas.
-¡Papá! Di algo.
-Ya tus cosas están en las maletas; los sirvientes las subirán al auto. Gracias, hija, tu papito estará agradecido contigo siempre.
El trayecto hacia la residencia de Damián transcurrió en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el ronroneo del motor del vehículo de lujo. Me pegué a la puerta, intentando poner la mayor distancia posible entre mi cuerpo y el hombre que acababa de comprar mi libertad. A través del cristal tintado, vi cómo mi antigua vida desaparecía entre las sombras de la noche.
"Adiós, Elena. Ya no te pertenece". Me dije mentalmente.
-Deja de mirar atrás -la voz de Damián cortó el aire como una cuchilla-. No hay nada en esa casa que valga el precio que he pagado por ti.
Me giré para encararlo, apretando el bolso contra mis rodillas para ocultar el temblor de mis dedos.
-Para usted todo tiene un valor monetario, ¿verdad? -le espeté con amargura-. Las personas, los sentimientos... incluso la humillación.
Damián ni siquiera se inmutó. Estaba revisando unos informes en su tableta electrónica, la luz azulada del dispositivo acentuando las líneas duras de su mandíbula y la perfección casi irreal de sus facciones. Mientras yo maldecía al padre que me tocó, que lo único que ve es dinero. Te odio, papá.
-El sentimentalismo es un lujo que los perdedores como tu padre no pueden permitirse. Yo prefiero los activos tangibles.
-Y yo soy el activo más reciente en su cartera, señor. -concluí, sintiendo una punzada de náuseas. Qué más da, ahora era de su propiedad; solamente rogaba que los dos años pasaran con rapidez.
**ELENA**
Él dejó el dispositivo a un lado y se inclinó hacia mí. El espacio en la parte trasera del coche se volvió asfixiante de repente. El aroma a madera y especias que emanaba de su piel invadió mis sentidos, nublándome el juicio. Su mirada descendió por mi cuello hasta detenerse en el escote de mi vestido, con una intensidad que me hizo arder la piel. Por inercia me puse la mano en el pecho.
-Eres mucho más que un activo, Elena. Eres la garantía de que la deuda se saldará con creces. Tranquila, mejores mujeres he tenido desnudas en mi cama, no te sientas tan especial.
-Como digas. No espere que sea una esposa dócil -advertí, sosteniéndole el pulso visual a pesar de la presión en mi pecho.
-No me gustan las cosas fáciles. Me aburren. -Su mano se movió con la rapidez de un depredador, atrapando un mechón de mi cabello tras mi oreja. Sus nudillos rozaron mi mejilla y una descarga eléctrica me recorrió la columna-. Pero aprenderás a obedecer. Es parte de la cláusula de convivencia. Hasta que te conviertas en mi perra faldera.
"En sus ojos no hay piedad, solo una determinación que me aterra". ¿A qué demonio me entregó mi padre?
El vehículo se detuvo frente a unas puertas de hierro forjado que se abrieron de par en par, dando paso a una propiedad que parecía sacada de una pesadilla arquitectónica de elegancia y frialdad. La mansión Cavalli se alzaba ante nosotros: una estructura de mármol negro y cristal que dominaba la colina. Muy tenebrosa.
Al bajar, el aire nocturno me golpeó, pero no fue suficiente para despejar la bruma de mi mente. Damián me tomó del brazo, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien reclama una propiedad.
-Bienvenida a tu nueva cárcel, Elena -murmuró cerca de mi oído mientras subíamos la escalinata. Es un infeliz; ojalá no tenga que estar a diario con él.
El vestíbulo era inmenso, con suelos pulidos que reflejaban las lámparas de araña como espejos negros. Un mayordomo de rostro impasible nos recibió, pero Damián lo despachó con un gesto seco de la mano. Ilusa, por muy bello que se vea todo, no deja de ser una prisión.
-Lleva a la señora a la suite principal -ordenó mi ahora esposo-. Yo tengo asuntos que atender en el despacho.
-¿Suite principal? -balbuceé, deteniéndome en seco-. Supuse que tendría mi propia habitación. Ah, ya sé. Solamente soy una invitada; eso suena genial.
Damián se detuvo y me miró por encima del hombro. Una sonrisa gélida curvó sus labios.
-¿Crees que he pagado diez millones para que duermas al otro lado del pasillo? Eres mi esposa ante el mundo, y en esta casa, el mundo empieza y termina en mi dormitorio.
-El contrato no especificaba... Acepto la suite de invitados, no hay problema.
-El acuerdo dice que nuestra unión debe ser creíble -me interrumpió, dando un paso hacia mí hasta que mi espalda chocó contra una columna de mármol-. No hay nada más creíble que compartir la misma cama, ¿no te parece?
Tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas con violencia. La tensión entre nosotros era una cuerda tensada al máximo, a punto de romperse. ¡Maldita sea mi suerte!
-Usted dijo que era una transacción comercial -le recordé con la voz apenas en un susurro. Insistí para ver si cambiaba de opinión.
-Y lo es. -Él se acercó un poco más, su cuerpo casi rozando el mío. Su calor me envolvía, contradiciendo la frialdad de sus palabras-. Pero todo buen comerciante se asegura de disfrutar de los beneficios de su inversión. ¡Lávate bien, ya sabes dónde!
Damián se alejó antes de que pudiera responder con una grosería, dejándome sola en medio de la opulencia de aquel salón que se sentía como una jaula de oro.
"Esta va a ser una guerra de desgaste, y me temo que él tiene todas las armas". ¡Te odio, papá, y lo digo bien en serio!
Caminé escaleras arriba, siguiendo al empleado que cargaba mis escasas pertenencias. Al entrar en la habitación, lo primero que vi fue una cama de dimensiones colosales, vestida con sábanas de seda gris. En el vestidor anexo, hileras de prendas de diseñador colgaban impecables, todas en colores sobrios: negro, blanco, esmeralda. No está mal.
Me acerqué a uno de los vestidos y toqué la tela. Era seda pura. Busqué la etiqueta y me quedé sin aliento al ver el precio. Esto es carísimo, ni loca gasto tanto en un simple vestido.
-Todo ha sido seleccionado personalmente por el señor Cavalli para usted -dijo el mayordomo antes de retirarse. Sonreí por cortesía; ese pobre hombre no tiene la culpa de que su jefe sea un patán.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. La chica que me devolvía la mirada parecía una extraña. Una versión más pálida, más asustada de Elena Valli. Me desabroché el vestido que llevaba y lo dejé caer al suelo, sintiéndome vulnerable en mi propia piel.
"Él quiere moldearme. Quiere que olvide quién soy para convertirme en lo que él necesita". Qué idiota, el hecho de que me compró no significa que voy a hacer lo que dice. ¡Dios, apesto! Es que todo fue tan rápido que hoy solamente me levanté y recibí la bomba que ni tiempo de bañarme me dio.
De repente, la puerta se abrió. No me dio tiempo a cubrirme. Damián estaba en el umbral, con la corbata deshecha y los ojos fijos en mi figura a medio vestir. ¿¿Qué se cree?? Corrí a recoger mi vestido y cubrirme como sea.
-Olvidé mencionarte una regla -dijo, cerrando la puerta tras de sí con un clic que sonó como una sentencia-. En esta habitación no existen los secretos. Aunque tu cuerpo no es perfecto, es pasable, y por si no te has dado cuenta, hiedes un poco.
El aire abandonó mis pulmones en un suspiro entrecortado. Mi primera reacción fue cruzar los brazos sobre mi pecho, tratando de ocultar mi piel de su escrutinio, pero Damián no se movió. No hubo una disculpa, ni rastro de vergüenza en su rostro.
**ELENA**
Su sonrisa era jodidamente atractiva, pero este no es el punto. Busqué con la mirada la puerta del baño.
-Salga de aquí -logré articular, aunque mi voz sonó más como una súplica que como una orden.
-¿Te recuerdo quién ha pagado por esta vista, Elena? -Damián caminó hacia mí con pasos lentos y rítmicos. Cada golpe de sus zapatos contra el suelo de madera resonaba como una sentencia-. Esta habitación es el único lugar donde no tienes permitido esconderte.
-El contrato hablaba de una imagen pública, no de... de esto -señalé mi estado, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas hasta quemarme las orejas.
"No permitas que vea tu miedo. Si nota que te intimida, habrás perdido la guerra antes de empezar".
Me obligué a bajar los brazos y busqué una bata de seda sobre el diván, pero antes de que pudiera alcanzarla, Damián atrapó mi muñeca. Su agarre no era doloroso, pero sí absoluto. El contraste de su mano fría contra mi piel ardiente provocó que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.
-El acuerdo dice que eres mi esposa -susurró, inclinándose tanto que su aliento rozó mi lóbulo-. Y un hombre como yo no deja sus inversiones sin supervisión. Además, no me desagrada tu mal olor.
-Usted no es un hombre, es un cobrador de deudas sin escrúpulos, un animal... -le espeté, intentando zafarme, pero él me atrajo hacia su pecho.
La dureza de su cuerpo contra el mío era una advertencia silenciosa de su fuerza. Mis manos impactaron contra la fina tela de su camisa, y pude sentir el latido constante y calmado de su corazón. Él estaba en total control, mientras que yo era un manojo de nervios y adrenalina. Soy una imbécil.
-Llámame como quieras -sus ojos oscurecieron, adquiriendo un brillo peligroso-. Pero esta noche dormirás en esta cama. A mi lado.
-No puede obligarme a... -Las palabras se me atascaron en la garganta cuando él deslizó su otra mano por mi espalda desnuda, deteniéndose justo donde empezaba la curva de mi cadera.
-No voy a obligarte a nada que tu propio cuerpo no esté pidiendo a gritos, Elena -su voz bajó un octavo, volviéndose una vibración profunda que sentí en el vientre-. ¿Crees que no noto cómo tiemblas? ¿Crees que no veo cómo se acelera tu pulso cuando me acerco?
-Es odio, no deseo -mentí, aunque mis propias reacciones me traicionaban. Lo que más me avergonzaba era mi olor corporal.
Damián soltó una risa seca, desprovista de alegría, y me soltó con la misma brusquedad con la que me había sujetado. El frío regresó de golpe a mi piel, haciéndome extrañar, por un segundo prohibido, su contacto.
-Convéncete de eso si te ayuda a dormir. Pero mañana a las ocho quiero que estés lista para el desayuno. Vendrá un equipo de relaciones públicas para preparar nuestra primera aparición oficial.
Él se dirigió hacia el otro lado de la estancia, donde un bar privado de madera oscura exhibía botellas de cristal. Se sirvió un trago de whisky, dándome la espalda.
-Ve a bañarte, y te pones algo decente -ordenó sin mirar atrás-. No quiero que el servicio piense que he empezado a cobrarme la deuda tan pronto.
Corrí hacia el baño. Qué vergüenza, ese maldito lo hace por humillarme, pero me las desquitaré algún día. Me bañé y, al salir, tomé la bata y me la puse con manos temblorosas, anudando el cinturón con tanta fuerza que casi me dolió. Me senté en el borde de la inmensa cama, observándolo. Damián bebía en silencio, con la mirada perdida en el ventanal que mostraba las luces de la ciudad a lo lejos. Parecía un rey vigilando un territorio conquistado.
-¿Por qué yo? -pregunté de repente-. Podría haber elegido a cualquier mujer. Hay cientos que se lanzarían a sus pies por una fracción de ese dinero.
Damián dejó la copa sobre la mesa y se giró. La luz de la luna entraba por el cristal, dándole un aspecto espectral y hermoso a la vez.
-Porque ninguna de esas mujeres tiene un padre que me quitó lo que más quería. Eres el trofeo que le arrebaté.
"Venganza. Todo se reduce a eso".
-Mi padre es un tonto, pero no es un hombre malvado. ¿A quién le haría daño? -lo defendí, aunque ni yo misma estaba segura de ello. Es un ambicioso, eso lo sé, y un jugador empedernido. ¿Pero un ladrón?
-Tu padre es un ladrón que viste de etiqueta, Elena. Y ahora, yo soy el dueño de lo único valioso que le quedaba. Tú.
Él caminó hacia su lado de la cama y empezó a desabrocharse los botones de la camisa, uno a uno, con una tranquilidad tortuosa. Mis ojos, traidores, siguieron el movimiento de sus dedos, revelando un pecho firme y marcado por cicatrices que hablaban de un pasado mucho menos elegante que su presente.
-Apaga la luz cuando termines de analizarme -dijo con sarcasmo, metiéndose bajo las sábanas-. Mañana empieza tu nueva vida. Intenta no arruinarla en el primer día.
Me acosté en el extremo opuesto de la cama, puse dos almohadas en mi costado de modo que no me tocara. Mientras yo estaba tan cerca del borde que temía caerme. El silencio en la habitación era denso, cargado de una tensión que casi podía cortarse. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo a unos centímetros del mío, una frontera invisible que ambos sabíamos que terminaría cayendo.
"Dos años", los voy a soportar, no perderé mi virtud, por muy tentador que parezca.
**DAMIAN**
Desperté porque no podía respirar. Miré a un oscuro; el sol aún no sale y se filtra por las cortinas. Qué carajos. La pierna de ella sobre mi cuello, ella atravesada en la cama; esta mujer no conoce la decencia. Lo quité con cautela.
"Crees que has sobrevivido a la primera noche, pero esto apenas comienza". Espero no tragarme mis propias amenazas.
Me senté en el borde del colchón, observando su silueta envuelta en las sábanas de seda. Su cabello castaño estaba desparramado sobre la almohada gris, creando un contraste que me resultó irritante por lo hipnótico que era. Me puse de pie y me vestí con movimientos precisos. Hoy empezaba la transformación. Ella ya no era la hija de un rico; ahora era la mayor exhibición de mi poder.
Caminé hacia su lado y apoyé una mano sobre el colchón, inclinándome hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo.
-Despierta, Elena. El tiempo es oro y hoy me debes mucho -susurré.
Ella abrió los ojos de golpe. El pánico inicial en sus pupilas se transformó rápidamente en ese desafío que tanto me empezaba a gustar.
-¿Ni siquiera en mis sueños voy a tener paz? Tenía que ver ese maldito rostro en cuanto abrí los ojos. -preguntó con la voz ronca por el sueño, sentándose y sujetando la sábana contra su pecho.
-Tuviste ocho horas de paz. Es más de lo que tu padre nos dio a muchos de nosotros -me incorporé, ajustándome los gemelos de oro-. Báñate y prepárate. Mi equipo de imagen está en la planta baja.
-¿Equipo de imagen? No soy una muñeca de porcelana, Damián.
-En este momento, eres lo que yo diga que eres. El mundo tiene que creer que me he casado con la mujer más radiante de la ciudad, no con una heredera en desgracia que parece que no ha dormido en un siglo.
-No voy a fingir que soy feliz a su lado. Es cierto, en mis mejores tiempos yo era la sensación del momento, ¿cómo terminé así?