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MORFEO

MORFEO

Autor: : Katja Brook
Género: Romance
Kathy Monroe es una escritora exitosa y prolífica de novelas románticas eróticas que vive una vida aburrida con su gato en Nueva York. Una mujer talla XL sin ningún atractivo especial que tiene dos problemas: tiene dificultades para dormir y sus personajes tienen más acción horizontal que ella. Aunque pronto su vida será digna de convertirse en argumento de una de sus propias novelas cuando empiece a tener una serie de sueños eróticos con un hombre desconocido que parece sacado del mismo Olimpo, con la belleza de un Dios griego. Entonces Kathy, como una de las escritoras estrella de la editorial, será presentada al nuevo dueño (un millonario atractivo del que poco se conoce) y se quedará de una pieza al darse cuenta de que es el mismo hombre con quién estuvo teniendo fantasías eróticas últimamente mientras sueña. Y a quién jura que nunca jamás ha visto en su vida. Y todo se complicará más a medida que en la "vida real" su nuevo jefe la corteje, pues sus sueños serán cada vez más reales y vívidos...por lo cuál Kathy terminará creyendo que está al borde de la locura sin poder distinguir la realidad de la fantasía, o la vigilia del sueño. Pero ¿quién es Morfeo? ¿solo un entretenimiento nocturno para su psiquis, o realmente es el hombre de sus sueños...?

Capítulo 1 Sueños Lucidos

"Un sueño lúcido es un sueño que se caracteriza porque el soñante es consciente de estar soñando. Se puede dar espontáneamente o ser inducido conscientemente."

Morfeo estaba relajado con Artemisa. Acababan de tener un encuentro íntimo, en su propia habitación.

La diosa griega, había entrado hasta allí a través de un pasadizo secreto.

Para los papeles, Artemisa, la gran cazadora y protectora de las vírgenes era ella misma una virgen inmaculada.

Pero la realidad era muy muy diferente.

Aunque su gemelo Apolo y su padre Zeus hicieran la vista gorda cualquiera que morara en el Olimpo sabía este secreto a voces: Artemisa era la zorra más zorra de todas, pero mierda que era increíblemente buena en la cama y a Morfeo le gustaba compartir su lecho con ella aunque el gran amor de Artemisa era un Dios Atlante... lo cuál hacia todo mucho más sencillo. Pues lo único que compartían era un buen momento, y ambos eran plenamente conscientes de ello.

Él se había alejado completamente del amor en cualquier expresión, excepto en la que acababa de compartir con Artemisa (si es que se le podía llamar amor a eso), desde que el gran amor de su vida Amontsesere había desaparecido de su vida para siempre.

- Mmmm eres increíble en la cama - murmuró la pelirroja aferrada a su pecho.

Artemisa, claro, no era la única mujer que compartía su lecho. También algunas parientes lejanas, Oniris de tercera generación siempre bien dispuestas, solían hacerlo.

Los Oniris originales fueron sus hermanos menores, aunque solo él Morfeo, Fobetor, Fantaso eran los trillizos que ostentaban el título de príncipes.

Ellos, sus hermanos y padres, vivían en un enorme palacio a todo lujo en las afueras del Olimpo. El Palacio del Olimpo solo estaba reservado para los doce olímpicos principales: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, Hermes, Hefesto, Afrodita, Atenea, Apolo y Artemisa, Hestia, Deméter, Dioniso, Hades, Perséfone, Hebe, Asclepio, Eros, Pan y Heracles (después de ser divinizado), eran los dioses que componían la docena.

Artemisa solía huir por un túnel secreto para escabullirse e ir tanto a las mansiones y palacios por fuera del Palacio del Olimpo como hacia otros panteones ( cosa que en teoría le estaba prohibido) y por supuesto ir al mundo de los mortales. Pero esto último estaba completamente permitido y la gran mayoría de dioses, mayores, menores, medios, hijos, primos, nietos y sobrinos lo hacían.

Muchos mortales no lo sabían, pero tenían algún porcentaje de sangre azul olímpica corriendo por sus venas.

La realidad era que una eternidad en el Olimpo comiendo los manjares más deliciosos, bebiendo los mejores vinos y en las fiestas más orgiasticas junto a Dionisio y Eros, podrían parecer en principio la panacea pero a largo plazo se tornaba algo repetitivo y aburrido.

En cambio los humanos, con sus amores y tragedias. Sus odios y pasiones, a veces, podían ser mucho más divertidos.

Sobre todo en la intimidad, por alguna razón los olímpicos sentían mucho placer cuando se iban a la cama con algún mortal.

Morfeo, quién fiscalizaba el trabajo de los Oniris y por ende de alguna manera velaba por el sueño de toda la humanidad, por decirlo de alguna manera tenía una teoría.

Él creía que los dioses sentían un inmenso placer por saber que estaban con seres inferiores a ellos y que estos no lo sabían. Algo así como una relación Dominante/Sumiso no consentida. Esto muchas veces generaba daños increíbles en los mortales, que también por alguna razón disfrutaban enormemente con los dioses, pero sufrían muchísimo cuando estos desaparecían sin explicación alguna de sus vidas. Sus hermanos Fan y Fob aprovechaban esas ocasiones para hacer de las suyas. Pero él, que ocasionalmente podia ver en la Gran Sala donde había miles y miles de pantallas dónde podía revisar la actividad nocturna de los soñantes como los pobres mortales sufrían extrañando a sus amantes inmortales en sueños, sentía un poco de pena aunque claro no podía intervenir.

Lo único que podía hacer y hacia era no mezclarse con los mortales. Claro que a veces bajaba a su mundo. Amaba sus playas y practicar surf, pero como realmente había humanas muy bellas y tentadoras, él prefería mantenerse en su propia isla con su mansión alejado de todo y todos. Y eso incluía cualquier placer de la carne. El prefería el Olimpo para elegir su compañía.

Aparte Morfeo era un hombre muy atractivo, con sus casi dos metros de estatura y sus 120 kilos de puro músculo, su piel apenas dorada por el sol, sus ojos celestes, su mandíbula cuadrada, su cabello dorado, su nariz cincelada, su pequeña y pulcra barba...un auténtico heredero de la belleza griega de sangre azul del Olimpo.

Aparte Artemisa, y las Oniris con quienes ocasionalmente compartía el lecho solían decirle que era un amante generoso y bien dotado.

En las pocas ocasiones en que por asuntos de negocios se había cruzado con hombres y mujeres mortales, había podido percibir en la mayoría de ellos miradas de deseo...al punto de que llegó a increpar a Eros una vez creyendo que le había dado su toque cuando una ejecutiva prácticamente lo violó cuando quedaron a solas en un elevador.

Recordaba haber tomado a Eros de las solapas de su túnica.

- ¿ Que me hiciste ? - le dijo sacudiendolo. Eros estaba relajado bebiendo y tomando algo en el palacio, cuando él había irrumpido en en Palacio olímpico para buscarlo hasta que lo divisó.

- No entiendo de que carajos me hablas Morfeo - le dijo serio.

- ¡ Acabo de venir del mundo de los mortales y una mujer prácticamente me violó !

Eros había comenzado a reír mientras Morfeo fruncía más y más el ceño, lo cual solo hizo que Eros riera hasta que le saltaron las lágrimas.

- ¿ Porqué te ríes ?

- ¿ Acaso te has visto en un espejo al menos, últimamente ?

Morfeo lo miró confundido mientras Eros hacia que lo suelte.

- Yo no debo tocarte...eres hijo de un Dios Griego, un trozo de carne irresistible para los pobres mortales...Hasta esos tiburones que frecuentas y envuelves en el sueño cuando surfeas, se despertarían si les tiras un trozo jugoso de carne fresca... - Morfeo lo miraba aún sin entender - Tú eres el trozo de carne jugoso, entre los tiburones...humanos claro en este caso... ¿ entiendes o quieres que te haga un dibujo instructivo ? - acotó Eros con un toque de cinismo.

Morfeo lo había soltado y había vuelto encrespado a su mansión. Caviló en ese suceso durante días. Aunque las mujeres compartían con él gustosas el lecho nunca había sido del todo consciente , hasta ese momento, de su gran atractivo.

Luego de eso cualquier trámite que debiera hacer con su abogado o su banquero procuraba hacerlo si podía virtualmente, y sino en algún lugar alejado del resto de la gente. El podía teletransportarse así que le resultaba sencillo solo que en medio de la gente debía conservar las apariencias. Por alguna razón el día del elevador se teletransportó a un cubículo de un baño en un restaurante anexo al edificio dónde debía ir, y una vez que estuvo en medio de un edificio concurrido recurrió al elevador y le pasó eso. Lo vió como algo inofensivo... después de eso fue mucho más cuidadoso, por supuesto.

Los abogados y banqueros que trabajaban con los dioses, habían estado junto a ellos durante siglos. Pasando la posta de padres a hijos. Cooperando de generación en generación así que con ellos no solían tener problemas.

Artemisa largó un suspiro que lo sacó de sus cavilaciones cuando alguien tocó insistentemente su puerta.

-- Morfeo, Morfeo ¿ estás ahí ? - era la voz inconfundible de Cletus, uno de sus hermanos mayores y quién estaba a cargo de los Oniris, sus otros hermanos. El grupo de 'soldados del sueño' como los llamaba de manera simpática su hermano. Este nunca lo molestaría si no fuera algo urgente.

- Artemisa...Artemisa...- la sacudió apenas.

- ¿ Queeee??? - ella estaba completamente desorientada

- Debo irme, vístete y haz lo mismo... - le dijo de manera imperativa. Ella era una diosa, pero él también. Y tenía más responsabilidades que ella

- Mmmmm - ella se acomodó sobre el lecho y siguió durmiendo...haciendo caso omiso por supuesto.

'Diosas' pensó en un gruñido interno Morfeo.

Finalmente se levantó, se puso una bata de seda negra y abrió la puerta procurando que no se pudiera ver lo que había dentro. Igual Cletus no era idiota, por supuesto. No en vano eran hermanos, y se conocían hace tanto. Aunque morfeo era un par de miles de años mayor que Cletus.

- ¿ Interrumpo ? - dijo alzando una ceja con sorna y sonriendo

Morfeo ignoró su gesto, no pensaba darle más cuerda para hablar del tema. A fin de cuentas era un adulto de más de 11.979 años, no tenía ya que rendirle cuentas a nadie. Ni siquiera ya lo hacía con sus padres.

Caminando junto a su hermano, que tenía un jean con roturas y una camiseta (no entendía el gusto de su hermano por ese tipo de vestimenta) , intrigado le preguntó, ya que en pocas ocasiones era molestado. Cletus era por lejos, uno de los Oniris más eficientes y eso incluía al propio Morfeo.

- ¿ Qué era tan grave para interrumpir mí descanso Cletus ? - su hermano era su mano derecha justamente, no lo necesitaba prácticamente.

- Debes ver esto por ti mismo - dijo Cletus un poco contrariado llevándolo hacia la Gran Sala.

Morfeo lo siguió con un poco de curiosidad.

Entró al enorme lugar blanco donde algunos Oniris, vestidos cada uno con su propio estilo diferente, estaban tomando notas en sus tabletas. Algunos de pie, otros simplemente observaban las pantallas del gran salón blanco. Otros estaban frente a teclados de computadora en escritorios unos pegados junto a otros. Si pasaba algo inusual, había un sistema de alertas. Así como la tecnología de los humanos había avanzado, también lo hizo la de los dioses por supuesto. Aún así estaban atentos por si debían intervenir en alguna situación. Ellos podían ir y venir en sueños, si era necesario. También Fob y Fan, otros hermanos por supuesto. Aunque sus hermanos trillizos cumplían otro tipo de funciones siempre también dentro del ámbito de lo onírico por supuesto.

Finalmente Cletus lo llevó por un largo camino lleno de miles de pantallas hasta una en especial. Había varios Oniris curiosos alrededor de ella observando lo que allí ocurría. Una sola vez había sido testigo ocasional de un accidente, y era algo parecido a eso.

- Bueno ya se acabó la diversión, vuelvan a sus puestos...- los dispersó Cletus.

Ellos bajaron las miradas como si fueran niños retados por sus padres...bueno de hecho su hermano mayor los había retado, y desde ya se inclinaron ante su hermano superior con cierta deferencia -Morfeo- y se retiraron. ¿ Qué carajos estaba sucediendo ?

Finalmente lo vió y entendió.

En una pantalla había una mujer teniendo sexo...sexo muy muy caliente...con él...

- Yo ...no entiendo...- dijo Morfeo confuso mirando la pantalla y luego a Cletus, que encogió sus hombros.

- Nadie entiende

- Ella, ¿ está soñando CONMIGO ? ¿ En qué fase del sueño está ? - preguntó con verdadera curiosidad.

Era imposible, los mortales casi no conocían su rostro y él no había visto a esa mujer en su vida. Estaba seguro porque era completamente irrelevante y completamente carente de atractivo, salvo por su protuberante delantera. Que tampoco hubiese olvidado en todo caso. No había forma alguna de que la conociera.

- Eso es lo más extraño de todo, y antes de que lo preguntes ya lo chequeamos con Fantaso y no tiene nada que ver con esto...y lo revisamos, no es la primera vez que pasa solo que hasta ahora nos damos cuenta... - se justificó e hizo una pausa - No está completamente dormida ... está en un sueño lúcido...no está en fase rem, solo está muy muy...

- ¿ CALIENTE ? - expresó Morfeo completamente azorado.

Cletus disimuló su sonrisa.

- No es lo que iba a decir, está en alguna especie de limbo de placer - por llamarlo de alguna manera - donde se encuentra semi inconciente pero es consciente y estemmm bueno...

- Y está dándose placer conmigo, como si yo fuera un maldito juguete - dijo Morfeo completamente ofendido.

Cletus se cruzó de brazos y se rascó la barbilla.

- De hecho creemos que en el mundo real (de la vigilia) está usando alguna clase de juguete, podríamos ir con Zeus para chequearlo en la Gran Pantalla si quie...

- NOOOOOOO

- No es tan grave Morfeo, algunos dioses se sentirían halagados de que una mujer tenga esta clase de sueños húmedos con ellos

- ¡ Pero yo ni siquiera la conozco ! ¿ Cómo puede ser posible esto ??? - Morfeo se sentía completamente indignado, casi casi ultrajado.

- Lo supuse...y honestamente, por eso te llamamos...no lo sabemos...

Capítulo 2 Retrato de Kathy

Kathy se sentía frustrada. Apagó su nuevo juguete sexual, lo dejó de lado y comenzó a tocarse.

Repentinamente una escena comenzó a formarse en su cabeza solo que en vez de Darren el rostro que la miraba era uno nuevo. Ella no conocía Grecia pero el hombre era perfecto como un Dios Griego. Alto, rubio, apenas bronceado, musculoso, con barba incipiente apenas recortada.

El hombre estaba desnudo y Dios era increíblemente perfecto. Su pene erecto, largo, grueso y venoso. Desvistió con suavidad a Kathy despojandola de su conjunto sexy de lencería.

Luego comenzó a bajar por su cuello, hasta llegar a sus tetas. Se metió una adentro de su boca y empezó a succionar su pezón mientras Kathy sentía que de su vagina salían fluidos, no pudo evitar gemir fuerte. El hombre pasó al otro pecho y siguió mordisqueando su carne, y masajeando sus pechos mientras la tentaba con la punta de su pene. Luego bajó y con una mano abrió sus pliegues, primero metió un dedo y luego dos y comenzó a masajear el punto G de Kathy mientras frotaba con su pulgar el clítoris.

Ella empezó a temblar, entonces el hombre abrió sus labios vaginales y guió si pene hacia allí. La penetró con fuerza y era tan increíblemente placentero, él comenzó a moverse y Kathy estaba cada vez más caliente y cerca de alcanzar el orgasmo...

Mientras la escena apasionada se desarrollaba en su cabeza, sus bragas se mojaban en el mundo real.

Kathy llevó sin darse cuenta la mano a la entrepierna pensando en ese hombre, o soñando con él no sabía bien...esa había sido su primera vez...y luego se había transformado en algo recurrente. Y entonces sus juguetes empezaron a ser muchos más útiles de lo que lo habían sido últimamente.

Y junto con la repentina subida de su libido, aumentó su creatividad.

Kathy era un ser noctámbulo. Quizá era porque había nacido a la medianoche, solía decir su madre Florence. Ella escribía hasta altas horas de la madrugada y dormía hasta el mediodía. Eso era casi cotidianamente.

Ya le había enviado a Samantha Black, su editora de la editorial V.V.World, su último manuscrito. Era una historia de amor ambientada en la época de la secesión "Hasta que el amor vuelva a encontrarnos".

Samantha estaba encantada. Estaba segura, le dijo, que la novela se convertiría en Best Seller rápidamente.

Kathy era al género romántico, lo que Stephen King al género de terror...solo que un par de generaciones más joven por supuesto.

Ella era una neoyorquina nacida y criada.

No había conocido a su padre, su madre era psiquiatra y se había casado hacía unos años con otro psiquiatra compañero de su juventud luego de varias relaciones fallidas.

Desde un primer momento supo que iba a ir a Columbia y escribir novelas románticas. Su aspiración era convertirse en la Danielle Steel de la nueva era y lo estaba logrando, ya habían llevado a la tv seis de sus historias. No era billonaria pero tenía una fortuna en crecimiento gracias a un buen asesor financiero. Un piso en Chelsea en Manhattan, dónde también vivía una colega y compañera de la universidad, June. Lo más parecido que tenía a una amiga. Y su gata Gigi, por supuesto. Una gata de refugio con aires de princesa, largo pelo blanco con un manto gris, ojos amarillos y bigotes largos que siempre miraba a la gente por arriba de la nariz. Aunque no recibía muchas visitas allí ni ella tampoco salía demasiado.

Siempre había sido más bien retraída, casi nerd en el colegio, con un rico mundo interno que la llevó a ser Best Seller con su primer obra "Retrato de un amor de primavera" antes de terminar su carrera. Y de ahí en más todo fue una seguidilla de libros producidos en serie. Uno tras otro. Sin parar hasta ese entonces.

Así como tenía dificultades para socializar, también las tenía para salir. Su última terapeuta la había diagnosticado con una fobia social. Había salido ocasionalmente en la universidad. Y luego cuando comenzó a hacerse famosa con algún que otro autor que conoció en esa clase de eventos obligados a los que iba por Samantha. Con Samantha también se conocían desde el principio de su carrera y aunque no eran intimas amigas, ella la apreciaba bastante y sabía que Samantha también le tenía cariño a su vez. Era ésta quién muchas veces la obligaba a salir a algún evento. Pero la realidad era que Kathy estaba muy feliz en su casa. Hogar dulce hogar, era su frase favorita definitivamente...

Kathy se sentía frustrada. Apagó su nuevo juguete sexual, lo dejó de lado y comenzó a tocarse.

Repentinamente una escena comenzó a formarse en su cabeza solo que en vez de Darren el rostro que la miraba era uno nuevo. Ella no conocía Grecia pero el hombre era perfecto como un Dios Griego. Alto, rubio, apenas bronceado, musculoso, con barba incipiente apenas recortada.

Mientras la escena apasionada se desarrollaba en su cabeza, sus bragas se mojaban en el mundo real.

Kathy llevó sin darse cuenta la mano a la entrepierna pensando en ese hombre, o soñando con él no sabía bien...esa había sido su primera vez...y luego se había transformado en algo recurrente. Y entonces sus juguetes empezaron a ser muchos más útiles de lo que lo habían sido últimamente.

Y junto con la repentina subida de su libido, aumentó su creatividad.

Kathy era un ser noctámbulo. Quizá era porque había nacido a la medianoche, solía decir su madre Florence. Ella escribía hasta altas horas de la madrugada y dormía hasta el mediodía. Eso era casi cotidianamente.

Ya le había enviado a Samantha Black, su editora de la editorial V.V.World, su último manuscrito. Era una historia de amor ambientada en la época de la secesión "Hasta que el amor vuelva a encontrarnos".

Samantha estaba encantada. Estaba segura, le dijo, que la novela se convertiría en Best Seller rápidamente.

Kathy era al género romántico, lo que Stephen King al género de terror...solo que un par de generaciones más joven por supuesto.

Ella era una neoyorquina nacida y criada.

No había conocido a su padre, su madre era psiquiatra y se había casado hacía unos años con otro psiquiatra compañero de su juventud luego de varias relaciones fallidas.

Desde un primer momento supo que iba a ir a Columbia y escribir novelas románticas. Su aspiración era convertirse en la Danielle Steel de la nueva era y lo estaba logrando, ya habían llevado a la tv seis de sus historias. No era billonaria pero tenía una fortuna en crecimiento gracias a un buen asesor financiero. Un piso en Chelsea en Manhattan, dónde también vivía una colega y compañera de la universidad, June. Lo más parecido que tenía a una amiga. Y su gata Gigi, por supuesto. Una gata rescatada con aires de princesa, largo pelo blanco con un manto gris, ojos amarillos y bigotes largos que siempre miraba a la gente por arriba de la nariz. Aunque no recibía muchas visitas allí ni ella tampoco salía demasiado.

Siempre había sido más bien retraída, casi nerd en el colegio, con un rico mundo interno que la llevó a ser Best Seller con su primer obra "Retrato de un amor de primavera" antes de terminar su carrera. Y de ahí en más todo fue una seguidilla de libros producidos en serie. Uno tras otro. Sin parar hasta ese entonces.

Así como tenía dificultades para socializar, también las tenía para salir. Su última terapeuta la había diagnosticado con una fobia social. Había salido ocasionalmente en la universidad. Y luego cuando comenzó a hacerse famosa con algún que otro autor que conoció en esa clase de eventos obligados a los que iba por Samantha. Con Samantha también se conocían desde el principio de su carrera y aunque no eran intimas amigas, ella la apreciaba bastante y sabía que Samantha también le tenía cariño a su vez. Era ésta quién muchas veces la obligaba a salir a algún evento. Pero la realidad era que Kathy estaba muy feliz en su casa. Hogar dulce hogar, era su frase favorita definitivamente... Entonces un día, conoció en línea a Darren y éste puso su mundo de cabeza...

Capítulo 3 Electricidad

"No, no es un sueño lo se

Es demasiado real

Puedo sentir en mi alma

La prueba mas firme de amor de verdad

Electricidad

Cuando tu me miras

Algo sobrenatural

Una sensación que me fascina..."

(Lucero)

Unos meses más tarde

Tal y como predijo Samantha, "Hasta que el amor vuelva a encontrarnos" se convirtió en un éxito de ventas. Próximo a transformarse en Best Seller.

En ese momento estaban ambas en 'The Strand', una de las librerías más grandes de Nueva York haciendo la presentación del libro.

Kathy había hablado y presentado el libro ya en el pequeño stand frente a una pequeña multitud en el auditorio reservado para ese propósito, del lugar. También había respondido a algunas preguntas. Se encontraba allí gente de prensa y un grupo selecto de fanáticos, así como conocidos y gente de la editorial, como otros invitados. Su madre y su padrastro no habían podido asistir ya que estaban en un crucero.

Luego hubo un cóctel, con algunas bebidas y entremeses. Algo sencillo.

Kathy no era una mujer muy agraciada y lo sabía, aunque nunca le había molestado realmente su aspecto. Media 1.70 de estatura, era de gruesos grandes aunque sus manos y pies eran pequeños.

Llevaba el cabello oscuro en un corte recto por debajo de los hombros y un flequillo recto también. Su piel era color cetrino, herencia de su desconocido padre (el novio fugado de su madre ya que Florence era de origen polaco y blanca como la leche, aparte de tener cabello y ojos claros). Si hubiese sido más delgada, o más pequeña podría - con viento a favor - haber pasado por una Cleopatra moderna. Sus ojos eran almendrados color café del mismo tono que su cabello, y los llevaba bajo unas grandes gafas de montura negra. Tenía pechos y cadera generosos, era un talle doce solo que al menos bien distribuido. Y sus muslos eran firmes, gracias al deporte que prácticamente le había obligado a practicar Florence de pequeña, el soccer. Que en su juventud no era tan popular entre las mujeres norteamericanas como en ese momento.

Su tabique estaba apenas desviado, y sus labios no eran ni muy carnosos ni muy finos. Pero cuando sonreía unos hoyuelos simpáticos se formaban en el centro de sus mejillas y sus dientes eran blancos Su madre solía decirle que ese era su mejor atributo, tenía una bonita sonrisa, aunque a Kathy lo que más le gustaba en ella eran sus delicados pies.

Su piel por otra parte estaba plagada de lunares, que recorrían cada centímetro de ella. Sobre todo sé concentraban en su espalda y no eran lunares atractivos. Una vez la dermatóloga le había dicho que con uno solo de esos, ella se lo sacaría con urgencia pero como los de Kathy eran todos feos podían quedarse tranquilas. Luego la mandó a hacer un mapeo de su piel y efectivamente, así y todo feos, no eran peligrosos ni perjudiciales para su salud. Solo que así lucía su piel.

Solía usar ropa cómoda en casa, más bien deportiva y uno de los motivos por los que odiaba ir a cualquier evento era porque sentía que debía disfrazarse. Para esa ocasión llevaba un vestido cruzado de flores sobre un fondo negro, que había comprado en H&M, con un blazer corto negro que tenía desde hacía eones, de Calvin Klein incluso no le cerraba. Llevaba unos zapatos de taco bajo negros de Michael Kors, un maquillaje sutil y sus gafas de lectura de gran montura acrílica con color oscuro. Se había puesto su perfume favorito, La Vie e Belle. Y un maquillaje sutil. No creía detener el tránsito con su belleza pero estaba pasable.

En ese momento se había sentado para la firma de libros, y había una larga fila de mujeres ansiosas y algún que otro hombre también esperando por ello.

Morfeo se sentía incómodo y ridículo con ese camuflaje. Lucia como un hombre pelado y un poco panzón, algo afeminado de estatura media.

No solía recurrir a ese tipo de artilugios justamente porque lo hacían sentir incómodo.

Pero necesitaba verla de cerca.

Desde su descubrimiento pasaba las noches de ella viéndola. No era pervertido, ni voyeur. Solo sentía verdadera curiosidad aunque algunas veces, si había que ser sinceros, las escenas lo habían encendido y poco y luego había buscado alguna Oniris bien dispuesta y se había encerrado en su habitación.

Había que reconocer que quizá la mujer tenía poco sexo y experiencia, porque ya había averiguado todo acerca de ella, pero era bastante imaginativa a la hora de la acción.

Cuándo supo que haría esa firma de libros supo que debía ir allí, debía verla de cerca. Así que se hizo pasar por un seguidor, como hijo de un Dios eso no le resultó difícil. Y se disfrazó. La gente cuando lo veía no veía al príncipe olímpico sino a un simple mortal bajito y un poco gordito.

Cuando llegó su turno en la fila ella prácticamente no levantó la mirada. A él no le interesaba que lo viera con ese aspecto pero sí quería verla él de cerca.

Le entregó el libro.

- ¿ A quién se lo dedicó ? - preguntó ella sonriente abriendo la solapa del libro.

- A Mor...Morrison ...

- ¿ Cómo Jim Morrison, el cantante ? - preguntó ella y levantó por primera vez su mirada.

- Sí, exactamente - respondió él. Su belleza, como imaginaba, no era de otro mundo aunque tampoco era intocable si tenía que ser sincero. Y desde esa posición podía tener una mejor visual de su escote...su única debilidad de cuasi Dios eran los pechos femeninos.

- Toma, aquí tienes "Jim" - ella le entregó el libro sonriente y cuando él lo tomó sus dedos apenas se tocaron y él sintió algo, como una descarga eléctrica... no podía explicarlo.

Ella alejó la mano.

- Parece que estás cargado, me diste electricidad... - comentó ella al pasar.

- Si...eso parece...

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