Las calles mojadas de Barrie Avenue, daban a entender que la noche sería larga, menos de cinco transeúntes caminaban por allí con paraguas en mano, la lluvia golpeteaba por encima de sus cabezas con un ruido incesante que daba la seguridad de que el agua no se detendría en al menos un par de horas.
Una mujer caminaba con un abrigo oscuro y de poco cuerpo, era largo pero no mantenía mucho el calor. La misma se arregló un par de botones mal acomodados en medio de su caminata apresurada.
Los pasos resonaban en el asfalto, produciendo un eco que de seguro cualquiera podría oír con facilidad, pero a ella no le importaba, tenía su cabello largo castaño recogido en un turbante para cuidarlo del friz que le daría si se mojaba con las gotas de lluvia. A pesar de llevar una sombrilla, sabía que si dejaba que al menos sus pies se salpicaran del despreciable barro incrustado en las calles estaría acabada.
Su jefe, el señor Dominic, detestaba por completo que las chicas del club nocturno Golden Nights llegaran en dichas condiciones, e incluso les hacia tomar penitencias cuando hacían algo descabellado, como lo era para él estar en condiciones poco estéticas, verse horrible no era algo propio de una dama, y eso hacía que los hombres o demás personas que estuvieran con ellas, se asquearan y decidieran dar una mala reseña del lugar, cosa que era simplemente inaceptable.
Las chicas aparte de bailar en los tubos, también hacían servicios un poco más íntimos y personales con cada cliente que se los pidiera, ellas no se podían negar mientras le generara dinero a la compañía.
Por supuesto, a la castaña la querían casi siempre, por eso no se podía permitir verse ni por un segundo en mal aspecto, ni siquiera retrasarse unos cuantos minutos en la hora prevista.
Le encantaba el hecho de poder hacer a los demás desearla tanto que simplemente no pudieran aguantar más, era increíble saber que todos ellos estaban a sus pies, o saber que podía generar mucho impacto en la vida ajena.
A la mayoría de los hombres les encantaba que una mujer los atendiera de la mejor manera para tener una excusa en la cual meterse, es decir, ir varias veces a la semana sin levantar sospecha, solo con decir que amaba el buen servicio, pero la mujer no se salvaba de ninguna visita importante.
A ella la conocían como La ninfa de agua, sobre todo porque sabía cómo hacer a cualquiera mojarse.
La mujer pasó entonces entre las puertas de madera dobles y francesas que daban al local, en el cual le esperaban dos hombres que formaban parte del equipo de seguridad, por lo que le pidieron identificación a pesar de conocerla muy bien, ya que sin esos documentos no se podía otorgar el pase a las instalaciones, sobre todo si pasaba algo más, no podrían responder por ella, dado el caso de que era un trabajo difícil y peligroso la mayor parte del tiempo.
Cada vez que intentaba parecer una mujer de carácter, resultaba que la veían como a una simple chica joven que quería llamar la atención, por eso los hombres mayores la contrataban más, y es que su piel se veía tan lozana que se hacía casi imposible resistirse a ella de cualquier manera, en especial cuando ella usaba prendas que hacían resaltar a su piel blancuzca.
Sus clavículas eran notorias y llenas de brillo, su figura era muy bonita, siendo que llenaba por completo cada traje en el cual se incorporase. Su larga cabellera rozaba lo que eran sus glúteos, pero lo hacía de una manera sutil, no se veía para nada grotesco, pues iba con la estética de la mujer, con su juventud, todo en ella gritaba sensual.
Mientras que de día era la correcta y perfecta dama hotelera, dando la bienvenida a cualquier persona importante que se hospedara en el hotel Lander, también dando su opinión a distintas cosas y a veces ayudando con la administración, todo lo hacía con el cabello recogido, sin levantar sospechas de lo que era realmente.
Su uniforme siempre impecable daba muestras de lo que era su trabajo, de manera tal que incluso en su ambiente laboral la querían demasiado, teniéndola en alta estima a pesar de las muchas cosas que pudieran haber sucedido con cada empleado o con cada persona que visitaba el hotel.
Algunos hombres le ofrecían cantidades enormes de dinero por acostarse con ella, por lo que les daba la tarjeta del club nocturno en el cual trabajaba. Ellos al ir luego en la noche la encontraban allí bailando exóticamente en el tubo y moviendo su cuerpo al ritmo de la música, como si de esa forma pudiera bendecir a quien la viera, engatusando incluso a mujeres y géneros fluidos.
Le habían dicho incontables veces que ella en el tubo y fuera de él era lo más cercano a la perfección que pudiera existir, cosa que la misma dudaba en gran medida, pero que tampoco intentaba hacer ver como duda frente a sus clientes, quienes en serio la tenían mimada desde todo punto de vista, y aunque no tuviera mucho tiempo para sí misma, de todas formas disfrutaba lo que hacía diariamente para su sustento y entretenimiento, eran ambas cosas, porque no podía decir que le fastidiara por completo lo que era sr el centro de atención, y es que era una de las cosas favoritas de su trabajo, la daban a conocer de una forma tan sutil pero elegante, que daba la sensación de que no era real.
Algunos hombres la acusaban de ser una bruja por dejarlos con una especie de hechizo que no les permitía en lo absoluto hacer nada más que mirarla toda la noche y esperar incansables turnos para estar con ella, solo con el placer de saber que cuando estuvieran juntos, la noche sería mágica.
Ella hacía oídos sordos cuando esto sucedía, pero no pensar en ello luego se le hacía por completo imposible, en especial cuando sabía que tenía esa clase de efecto sobre las personas que las dejaba incluso algo tontas.
-Hasta que llegas, ninfa, pensé que no vendrías- le dijo su jefe apenas entrar, viendo las condiciones en las que entró.
-Siempre vengo, y eso lo sabes, además, solo falta un minuto para las nueve y media...-.
-Por lo que solo te queda un minuto para arreglarte-contestó el hombre de estatura pequeña y bigotes graciosos, de los puntiagudos hacia los lados.
-Dominic, por favor, yo siempre estoy lista- habló la castaña, quitando el abrigo de sus hombros, dando a conocer el traje que llevaba esa noche, era una nueva creación de su amiga la costurera.
Los presentes quedaron impactados por el bonito diseño con incrustaciones y un intenso color rojo.
Dejaba ver sus perfectas piernas, siempre largas y tonificadas, también hacía que la cintura se le viera incluso más fina que siempre por el diseño empleado en la tela. Ella solo secó un poco sus tacones, los pasó por una alfombra para limpiarlos por debajo, buscó su antifaz en el bolso y finalmente salió hacia el escenario, esperando a que abrieran el telón para presentarla y hacer su acto primero como siempre.
Ella era la primera de todas las mujeres ahí, eso era una bendición, sobre todo teniendo en cuenta que las que se presentaban después de ella perdía bastante público, solo porque muchos se quedaba embobados con lo que fuera la mujer y entonces querían conocerla íntimamente.
La fama que se había hecho no era en vano, todo aquello era cierto, todo lo que decían sobre ella, que era una descarada que disfrutaba del sexo, que era una mujer de armas tomar, y que sobre todo era la mejor en la cama.
Todo eso era como música para sus oídos.
La presentación comenzó, y poco a poco las cornetas fueron reproduciendo una pista que ya se conocía muy bien, una que repetía cada semana para no parecer que siempre hacía lo mismo, pero esa era una de las favoritas de la gente, en serio dejaba ver gran parte de su esencia puesta allí en escena, esa era una de las cosas favoritas de todos los tiempos para ella.
Dejaba su alma puesta y derramada en todo el escenario mientras que los invitados disfrutaban de lo que era el espectáculo.
Varios minutos pasó en el tubo, solo hasta que la presentación terminase, siempre dando las gracias con una ovación a todos sus fieles fans que siempre acudían a verla.
También se encargaba de hacer el acto cierre, pero eso eran pasadas al menos dos horas en las cuales las demás chicas eran vistas y en las que ella atendía a sus clientes más urgentes.
Todos sabían que meterse con el tiempo de la mujer no era algo que quisieran hacer, de manera que ninguna de las chicas se atrevía a llevarle la contraria en lo que decía sobre hacer sus actos primero.
No quería hacer esperar a los hombres por la calidad, y no era que las demás no fuera hermosas, pero por alguna razón, siempre la veían más a ella que a cualquier otra que pudiera hacer los movimientos que fueran en el dichoso tubo.
Más de una se había sentido ofendida, por eso renunciaban seguido, pero ella no tenía la culpa de ser el centro de atención, se lo repetía constantemente.
Al terminar su primer show, pasó al backstage, en donde le informaron que ya había como siempre una fila esperando por ella, y que ya habían elegido a los suertudos de la noche.
-Dime por el amor de Dios que son personas racionales y no cualquier ogro-.
-Son personas con mucho dinero, eso es todo lo que debería importarte- comentó su jefe, quien estaba con los brazos en jarras mirándola con algo de reproche, y es que para él nada nunca era perfecto, a pesar de ser siempre la mejor versión de sí misma estando en el club.
Pasó entonces a conocer a los hombres de la fila, dejándole cualquier mensaje, una simple conversación o por el contrario llevándolo consigo cuando se daba cuenta de que tenían la tarjeta que Dominic entregaba a los elegidos.
Entre estos, vio a un jovencito, que al principio le pareció que podía ser menor de edad, pero no dijo nada, solo entró en la habitación del sótano con el primer cliente, quien era un hombre avanzado de edad y con una barriga enorme.
Una vez que los dos estuvieron dentro, supo que no había vuelta atrás, que tenía que atenderlo de la mejor forma si no quería malas reseñas de su parte ni una pequeña suma de dinero a cambio, ella tenía que hacer que le diera lo que pidiera.
Esa era su intención desde siempre obtener dinero a costa de su belleza, y no le parecía un mal negocio, no desde que comenzó a verle el queso a la tostada cuando era unos años más joven.
Llegó desesperanzada pidiendo empleo en el club nocturno, mientras que Dominic no quería para nada que ella participara allí, pero cuando la vio actuando, quedó paralizado, así como todos allí, era casi imposible no verla con tanta belleza y tan bonita figura.
Dominic la pulió y le enseñó algunas cosas que de seguro ella no habría aprendido por su cuenta, pero una vez que le tomó el hilo, hizo d eso su propio estilo, de manera que no se parecía su actuación a ninguna de las chicas que se hubiera presentado sobre ese escenario, y eso era mucho decir.
Desde que comenzó a presentarse en ese lugar, los pretendientes le llovían y sobre todo los clientes había aumentado sin miramiento alguno, siendo que estarían dispuestos a hacer cualquier cosa por ella, en más de una ocasión lo habían mencionado, y aunque daban miedo ciertos hombres, igual sabía que cuando dijera ya no más estos no la molestarían, era un simple trato que debían cumplir de parte y parte para no salir lastimados.
Ellos firmaban un contrato, y si no les gustaba aquello expresado en estos, entonces podían simplemente marcharse o atenerse a las consecuencias legales, las que no eran del todo cómodas de estar, en especial porque mancharían su reputación, cosa que ninguno de ellos quería.
Se habían enfrentado a tanto que ya no les importaba para nada saber que podían ser llevados a prisión, sobre todo teniendo el poder monetario que tenían, lo cual era algo absurdo si se le miraba de alguna manera.
Nadie debería estar exento de cumplir con la ley, en especial si se estaba podrido en dinero, ya que aquello lo que generaba eran ciertas inconformidades de la población respecto a tener o no poder monetario, la frustración estaba a otro nivel cuando los más pobres no tenían absolutamente nada para salir de la situación en la cual se encontraban, y de haber estado en prisión siendo inocente, la misma suerte le sobrevendría que a aquellos que en realidad eran criminales.
El sistema de justicia era una total basura en cuanto a otorgar la razón a alguien, los juicios casis siempre estaban comprados, de manera tal que los inocentes solo los sabía el universo en cierto punto.
Las cosas que pensaba la mente de la ninfa no eran muy normales a la hora de atender a sus clientes, pero si no pensaba en estas cosas banales, entonces estaría en problemas y muy serios, ya que lidiar con personas era lo peor que podía hacerse respecto a un trabajo, pero estar con su intimidad era algo mucho más arriesgado.
Por supuesto, no era que le costara hacer a los demás disfrutar, pero sentía que después de un rato, todo era sistemático, como si de alguna manera fueran robots en vez de personas, era tocar la combinación adecuada y hacer que se vinieran a chorros, incluso a los que no se les había tocado en meses.
Sabía cuando una persona estaba sedienta de intimidad, y no del tipo carnal, sino en realidad de lo que iba más allá, alguien que les escuchara, que le brindara amor y comprensión.
Ella, por supuesto, no iba buscando ese tipo de conexiones, las odiaba porque sentía que no eran del todo reales. Rechazaba a cualquiera que quisiera estar consigo de esa forma.
Cuando pasaron al menos tres clientes, del último ya era su turno, pero este no se presentó.
En cambio, un chico tocó la puerta entreabierta, y grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que era el mismo chico joven al que había visto antes en la fila.
-Disculpe... Sé que no era yo al que habían elegido, pero el hombre antes de mí me dejó la carta, dijo que lo disfrutara...-.
-Si no fuiste elegido, entonces ¿Qué haces aquí? Luces demasiado joven como para estar buscando este tipo de servicios- dijo ella, mientras encendía un cigarrillo y le daba una profunda calada.
-Verá... Quisiera aprender a dar placer, y aunque es una petición un tanto extraña, quisiera que ya no se burlaran de mí quienes intentan intimar y terminan decepcionadas-.
-¿Acaso luzco como una profesora?-.
-No, por supuesto que no... Pero por favor, deme la oportunidad-.
Algo dentro de la mayor tomó partido sobre ella, así que sonrió sin mostrar los dientes.
-Te quiero aquí mañana a las diez, ya terminé por hoy-.
Jeremiah Freeman era el típico chico fanático de los vídeojuegos que se la pasaba en su casa sin mucho que hacer, estudiaba ingeniería informática en la universidad, llevaba un promedio bastante decente y su madre se encargaba de la pesada carga que era tener a dos hijos estudiantes.
La mujer que les daba el sustento era de profesión azafata, por eso casi todo el tiempo se la pasaba en las nubes, literalmente.
Mientras ella estuviera e temporada de vuelos, como en las vacaciones, no podía permitirse ni por un segundo estar con sus hijos. Jeremiah tenía un hermano menor estudiante de secundaria de nombre Phillip, y aunque su madre no fuera la mejor escogiendo nombres, no la culpaban para nada, ya que después de todo, ella no los había abandonado como lo hizo su padre.
Aunque Phillip era hijo de otro hombre, este de igual manera había dejado a la mujer después de un momento candente en el avión y miles de promesas que nunca cumpliría a pesar de tener dinero.
Así fue en el caso de los dos, por lo que una figura paterna en ese hogar era más que imposible. No había nadie con quien hablar sobre cosas que incumbían a padres e hijos, no había a quien preguntarle cosas sobre la intimidad, por ejemplo, ya que su madre tampoco le diría al estar fuera tanto tiempo, lo que hacía que la confianza se enfriara un poco.
Fuera como fuese, de todos modos a Jeremiah no le gustaba compartir su espacio, era por eso que su perfil callado daba a entender que comunicarse con otras personas no era de su agrado totalmente.
Su madre batalló con él hasta los seis años para que pudiera entablar conversación con alguien que no fuera ella, debido a que no quería hablar por nada del mundo, incluso llegando a pensar que tenía problemas del habla, pero solo era que se rehusaba a comunicar cualquier cosa.
Al ser un chico de pocas palabras y más acciones, lo único que le importaba era poder demostrar que en serio le ponía interés a la vida, en especial a lo que tenía que ver con todo tipo de programas digitales, era su pasión estar programando todo el día, era más que una simple llama que se encendía en su pecho, sino más bien como todo un incendio que no había manera de apagar.
Se veía a sí mismo en l futuro teniendo la vida de sus sueños haciendo lo que amaba, que era diseñar desde la matemática, desde los programas y desde la fuente original, su cerebro estaba lleno de ecuaciones casi siempre, pensando y haciendo retos consigo mismo, y aunque algunas personas pensaran que había perdido la cabeza, lo cierto era que no había nada más lejos de la realidad, tenía los pies sobre la tierra mucho más firmes que cualquier otra persona, y de eso no cabía la menor duda.
Sus cabellos rubio cenizo tenían una caída en sus ojos de tono marrón rojizo, mientras que aunque no fuera tan bien parecido, por lo menos tenía ingenio, y esa era la razón principal por la cual las chicas no le prestaban atención y por la que los chicos lo evitaban, pensaban que era un simple sabelotodo.
A pesar de tener unos recién cumplidos diecinueve años, tenía dentro de sí cierta incomodidad, la cual no podía ser saciada por otros hombres, él quería conocer más íntimamente a las mujeres, hacer cosas con ellas que nunca hubieran hecho, descubrir sus zonas sensibles, entre otras cosas.
No se consideraba a sí mismo una eminencia en lo que hacía, pero de todos modos se esforzaba en hacer que sus programas tuvieran la misma calidad que las palabras en sus escritos, ya fueran trabajos en los cuales tuviera que explicar el funcionamientos de alguna cosa o en los que fueran pruebas que vieran y diagnosticaran ciertos problemas en la población a los que él podía dar solución como estudiante y también como persona, a pesar de saber que no todo el mundo podía pensar igual.
Apagó la computadora y entonces comenzó de nuevo a hacer algo parecido a crear su propia página desde cero en bocetos de papel, en esta vendería algunos artículos de todo tipo en el ámbito electrónico, esa era su vida, y no quería desperdiciar todo el tiempo que tenía en simples cosas banales como lo eran algunos trabajos y demás que no llamaban su atención para nada.
Sentía después de cierto tiempo que algunas cosas no eran sencillas de conseguir, y que en realidad podían pasar muchas lunas antes de que tuviera frutos aquello a lo que le había dedicado la vida entera y parte de su pasión.
Aparte de estar buscando la salida a lo que fueran los problemas en su vida, también quería experimentar con chicas, cosa que aunque haya pasado varias veces, lo cierto era que de todos modos, no era lo que había estado esperando, sino solo ilusiones que se hacía para creer que alguna vez lo querrían por quien era y no por su bendito coeficiente intelectual.
No tenía idea de por dónde empezar a pedir consejo para vivir diferentes cosas con mujeres que no solo fueran atractivas por fuera, sino además por dentro, alguien que tuviera la suficiente confianza en sí misma como para mostrarse ante los demás con toda comodidad.
A él le molestaban mucho las chicas que solamente se limitaban a quedarse siendo tímidas y despreciando su propio cuerpo solo porque se sentían inferiores, eso era lo peor, tener que estarlas consolando y creando una confianza que ellas deberían de tener por naturaleza, y es que al tratarse de mujeres tan sensuales, lo que se esperaría es que fueran al menos un poco felices con su aspecto físico, empezando por ahí.
Las chicas que había tenido en su cama solo eran de las típicas que temían mostrase desnudas, o siquiera quitar las manos de sus pechos por temor a lo que dijera el hombre a su lado, cosa que consideraba de lo más tonta, no por las mujeres, sino por el tipo de hombres que las habían tratado antes de él.
Cuando tuvo el boceto terminado, supo que era hora de seguir con la búsqueda de la mujer ideal para hacer su fantasía real y para sabe complacer a las mujeres como era debido y no solo por compromiso dijeran que estaba bien.
Más de una vez pensó en que encontraría a la candidata perfecta en el sitio en el cual vivía o en la academia de dibujo, incluso en la universidad, pero lo cierto era que estas siempre lo rechazaban por todos los rumores que se habían esparcido sobre su persona, necesitaba que fuera alguien a quien no conociera.
Pensó durante mucho tiempo en si debía de ir o no al club que estaba a varias cuadras de su casa, pero tenía el temor de que su madre llegara y que él no estuviera allí para decir que su hermano de dieciséis estaba bien, que no había hecho ninguna fiesta en su ausencia ni algo más loco que eso tampoco.
No era que Phillip fuera muy inteligente, pero por eso temía mucho más, ya que le encantaba salir de fiesta sin tener cuidado con quien dejaba atrás, era él y nadie más.
El chico creía que podía hacer cualquier cosa solo por tener carita de ángel, pero debajo de esa fachada era un chico muy dañado, con traumas de abandono y sobre todo depresión, no podría darle a nadie una relación que se saliera de lo tóxico.
Cuando lo encontró fumando marihuana hacía al menos un mes, habían tenido una pelea monumental, pero todo era porque él quería de verdad protegerlo de os vicios, no porque la hierba fuera mala, sino debido a que lo hacía para escapar de su realidad, y cuando eso se hacía, las cosas se complicaban.
El chico estaba empeñado en dejarse ir en las drogas, pero no permitiría que le sucedieran más cosas si él podía evitarlas o por lo menos advertirle sobre ellas.
Aunque no tuvieran la mejor relación entre hermanos, al menos había confianza suficiente como para hablar de cualquier tema, pero en su caso, era su responsabilidad inmediata dar el ejemplo a su hermano menor.
Se había impuesto ese tipo de cargas solo porque sabía lo triste que era la vida sin un padre ni nadie que fuera su ejemplo a seguir en cuanto a cortejar mujeres, y él quería hacer más que eso, darles el placer de sus vidas y que ellas fueran las que decidieran y tomaran el primer paso para estar juntos.
La persona que estuviera con él debía de ser alguien que pudiera siquiera conseguir algo más que una simple conexión que no tuviera nada de especial, sino que en realidad estuviera lleno de todo lo que se pudiera en cuanto a una relación estable se tratase.
A pesar de sus esfuerzos por hacer que alguna chica se interesara en él, parecía que cualquier cosa que hiciera se quedaba corta, siendo que aún así estaba más que dispuesto a encontrar a alguien que tuviera las características que buscaba en una persona.
Siempre buscaba en su móvil alguna aplicación para hablar con mujeres y terminaba casi en todas las oportunidades teniendo conversaciones con mujeres mucho mayores que él, cosa que no le incomodaba, pero de cierta manera no creía que fuera para él.
Lo turbio llegaba cuando estas pedían algo más que simples conversaciones y querían pasar al ámbito carnal, ni siquiera era que desarrollaban algún tipo de amor hacia él, cosa que lo entristecía y prefería solo continuar concentrado en sus estudios antes de poner su atención en cosas banales como bien podía ser estar con alguien mayor y que de paso no le pudiera interés a cómo era de manera personal sino que solo estaban interesados en lo que fuera su cuerpo y demás cosas sin sentido alguno.
Encontró entonces un blog en el cual decía que uno de los mejores clubes nocturnos de nudistas y de bailarinas exóticas estaba ubicado en el mismo sitio en el que creía que solo había un triste bar. Al parecer el club era nuevo y sobre todo sofisticado, a pesar de saber sobre este tiempo atrás, pensó que solo sería un boom del momento, pero una vez que se metió en su sitio web y miró las fotos que hacían y la organización del lugar, supo que estaba tratando con un lugar profesional, muy lejos de cualquier cosa que pudiera imaginar, era un punto de encuentro para diferentes personas que lo que querían era tener un buen momento íntimo y aparte disfrutar de las vistas, de los tragos y otro tipo de servicios bajo cuerda.
Mucho tiempo había pasado para darse cuenta de que lo que estaba buscando era un lugar así, pero no perdió más, por lo que fue directo a echarse un baño y tomar luego el dinero que tuviera disponible.
Salió de casa aprovechando que su hermano estaría con su mejor amigo al menos tres días en los cuales sabía que debía salvar varias materias estudiando para los parciales de los que casi nadie salía ileso.
Caminó por las calles con cierta sensación de vacío en su estómago, ya que en serio quería encontrar a alguien para pasarla bien desde todo punto de vista, y aunque no pudiera obtener de allí una relación, al menos quería asesoría en cuanto a cómo tocar de manera eficaz a una mujer para hacerla disfrutar del acto.
Sabía que más de una mujer estaría dispuesta a hacer cosas indecibles por dinero, pero él no era ese tipo de persona como para contratar a alguien que hiciera lo que quisiera por un costo.
Las cuadras que caminó, a pesar de estar a oscuras y en plena noche, no le molestó para nada, siendo que iba en bajada.
Una vez llegó al club, abrió la puerta con toda la seguridad que pudo encontrar dentro de sí mismo. Respiró profundo y se adentró con pasos llenos de confianza hasta el escenario central, el cual estaba en silencio, solo hasta unos pocos segundos después, en los cuales se abrió el telón y un reflector apuntó directo a una hermosa mujer ataviada en un traje de incrustaciones rubís.
Tragó saliva al ver sus piernas, tan hermosas y suaves a la vista que los que estaban allí presentes no miraban a otro lugar que no fuera su cuerpo.
Cuando el acto empezó, todos comenzaron a gritarle obscenidades y de paso a lanzar algunos regalos a ella, ya fueran propinas o por el contrario algún tipo de paquete o de carta. Seguramente ella no leería o vería todo lo que le daban porque se veía que era famosa en ese lugar, todos los hombres quedaba engatusados, mientras que vio a algunas mujeres hacerle señas sugestivas que esta respondió con cierta fiereza y sensualidad, como si no le molestara en absoluto, sino más bien la halagara.
Quiso hacer lo mismo, pero no se sintió cómodo con que los demás lo vieran, quería algo privado y a solas con esa misteriosa mujer de antifaz que había logrado cautivar a cualquiera allí.
Cuando hizo la fila y ella le dijo que pasara la noche siguiente, sintió que su pulso dejaría de funcionar por un momento, pero no lo hizo, sino que solo le dio muchas más ganas de visitarla de o que alguna vez admitiría en voz alta.
Sus manos temblaban la noche siguiente, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón de jean.
Esperó que la mujer terminara su acto para poder verla en el área de backstage. Pidió mentalmente con os ojos cerrados una y otra vez que pudiera estar disponible para él, que no haya sido una broma, que se acordara de él, entre otras muchas cosas.
-Hey, novato ¿Vienes o qué?-.
Cuando abrió los ojos de nuevo, se topó de frente con la mujer, quien medía al menos dos centímetros más que él.
No supo muy bien cómo responder a eso, pero lo que sí pudo hacer fue asentir, yendo con la mujer en un silencio algo incómodo a lo que fuera la habitación privada de la noche anterior.
-Entonces no piensas hablar...- comentó ella -Si tienes problemas expresándote, puedo comprenderlo, pero tengo que saber a lo que me enfrento ¿Bebes vino?-.
-No es que no hable, solo que a veces me cuesta pensar en ideas completas que pueda decir para no arruinarlo todo... Soy torpe con las palabras, pero muy bueno escuchando- confesó el chico, tragando saliva después -Y sí, quisiera un poco de vino, por favor-.
-Bien, entones eres normal, aunque esa es una palabra extraña ¿No te parece?-.
-¿Quién se supone que inventó la noción de ser normal? Quien haya sido en serio estaba obsesionado con la perfección y con su reflejo en el espejo, apuesto todo a que así era-.
La mujer solo soltó una risa sin poder contenerse.
-Al menos tienes ingenio, es importante saber que no me aburriré en estas lecciones... ¿Con qué quieres empezar?- preguntó ella mientras le extendía una copa de vino.
-Quisiera comenzar con la anatomía femenina, pero aprender de verdad su funcionamiento para el placer ¿Será eso posible?- quiso saber con los ojos llenos de esperanza.
-¿A qué vinimos si no?-.
La mirada intensa de la mujer lo dijo todo.
Irene Brunet caminaba por los pasillos del hotel como si fuera propio, pero lo cierto era que no le interesaba en lo más mínimo de quién fuera mientras ella se encargara de orden dentro del lugar.
Casi todos recurrían a ella cuando algo no iba bien, y eso le agradaba por completo. Sus cabellos recogidos y castaños daban a entender que era una persona pulcra y ordenada, responsable y siempre puntual.
Eran todos los sinónimos que podían usar para halagarla, y lo habían hecho infinidad de veces, de eso no podía quejarse en lo más mínimo, de hecho amaba mucho que los demás vieran en ella algo que los inspirara.
El sonido de sus tacones se hacía eco en todo el pasillo, eran plenas seis y cuarto de la mañana, pero allí estaba como un clavel, preparada para atender a cualquiera que necesitara ser guiado o cualquier cosa en general.
Ella les daba la bienvenida a todos, pero también se turnaba, a veces era recepcionista, otras camarera y luego estaba en la entrada para recibir a quienes fueran los futuros huéspedes.
Estas personas siempre eran amables con ella y recurrían a su persona cuando algo no iba bien, eran del tipo de gente que solo se guiaba por la gente de confianza, ya que el tener dinero no dejaba muchas amistades, y se hacía difícil distinguir entre alguien que quisiera ayudar desinteresadamente y alguien a quien en realidad le interesara por completo lo valioso que pudieran poseer.
Algunos empleados lo que hacían era solo sacar provecho de los huéspedes, y eso era algo que no debía de ser permitido para nada, era casi por completo deplorable. Irene decidió que lo próximo que haría sería estar muy atenta a lo que hacían los demás trabajadores para poder así acusarlos con toda la seguridad del mundo, ya que odiaba a quienes solo hacían lo posible por sacarle dinero a otras personas.
Por supuesto, nadie sabía que ella trabajaba de noche en un club de bailarinas exóticas, y aunque tenía eso en su contra, no esperaría que ninguno de sus compañeros de trabajo pudieran saber algo sobre eso, era simplemente algo estúpido de pensar, pero le generaba cierto temor que no estaba dispuesta a admitir abiertamente.
Sin embargo, lo que no le parecía, no le parecería nunca más, así que ahí estaba, buscando hasta el más mínimo detalle para ver si se equivocaban y cometían algún error, pero eran muy precavidos.
Ese día le tocaba servir como camarera, así que por eso rondaba las habitaciones, pero quizá sus tacones la delataban demasiado como para encontrar a alguien infraganti. Quería, por supuesto, encontrar la manera de servir a los demás sin tener que pasar por la vergüenza de espiar a sus compañeros.
Se cruzó de brazos al solo pensar en que debían de estar planeando algo cuando se encontraban tan callados, pero nunca le decían nada a ella porque bien sabían lo delicada que era, lo correcta que podía llegar a ser en cuanto a su trabajo, entonces al no congeniar, solo se habían alejado sin parecer tener algún objetivo en común, ni nada en común solo porque ellos eran más jóvenes.
Tampoco era que ella fuera muy vieja, en realidad solo tenía veintisiete años, pero los demás decidían exagerar cuando les convenía, cosa que no tenía el menor de los sentidos, pero cuando se trataba de alguna cosa de menor importancia, entonces todo cobraba vida, le hablaban como a una igual más.
Todo aquello se sentía de lo peor, como si de verdad no pudieran pasar un rato sin hacer de las suyas, pero ella trataba de siempre ver el lado bueno de la vida, si se concentraba en lo que la hacía sentir mal, entonces terminaría hecha un mar de lágrimas, cuando lo que quería lograr era ser una mujer exitosa, y aunque ya lo era, no estaba nadando en dinero precisamente.
Muchos podrían pensar que su estilo de vida era algo por completo diferente a cualquiera que pudiera darse una mujer a la cual en serio le tuviera que haber ido bien con su simple empleo de hotelera.
Alguien como ella, a pesar de que pudiera haberse esforzado demasiado, muy pocas cosas querían decir que fuera una chica llena de dinero, y tampoco era como si se pudiera ganar demasiado dinero solo siendo parte de ese hotel como una simple empleada, y por muy bueno que pudiera ser su trabajo, no le pagarían una fortuna solo por atender a los demás, eso era algo inaceptable.
Se suponía que Irene era una de las mujeres que tenían más poderes en en ese lugar, pero seguía siendo solo una empleada, no alguien quien en serio tuviera algo más que un poco de palabra entre ese montón de personas estiradas que no harían nada más que cosas de las cales muchas personas no serían capaces.
Las personas de dinero no se rebajarían a ser camarera, a tener que cambiar las sábanas de alguien más, no harían cosas como esas jamás, y quizá era lo que la diferenciaba de los demás.
Las personas exitosas jamás harían algo como eso, solo querían hacer de la vida algo fulminante, no como si quisieran de verdad hacer las cosas para que todos estuvieran bien con eso, y darlo todo parecía ser el mantra de ella, lo cual siempre se lo repetía en la mente, queriendo dar solo la mejor versión de sí ante todo, era lo que los clientes merecían, y aunque no era su hotel, el Lander merecía tratar a quienes iban a él de la mejor manera.
Irene era una persona demasiado increíble, de eso no cabía la menor duda.
Cuando Ricarda, una de las mujeres de limpieza la vio mientras se encargaba de sacar la basura, la miró con bastante interés, como si de verdad tuviera algo que decirle, pero solo le sonrió con intenciones de seguir adelante con la rutina, cosa que le extrañó un poco, pero no dijo nada.
-Buen día ¿Cómo le va hoy, querida?- fue lo que dijo ella, mientras aspiraba el suelo.
La castaña solo la miró con amabilidad y le contestó como haría con cualquier otra persona, pero con ella tenía cierto cariño acumulado por haber compartido tanto tiempo juntas en aquel empleo, era algo hermoso poder decir que se había conocido a una persona por algunos años y ya pertenecía al tipo de personas a las cuales querría en su vida solo porque siempre le sumaban en vez de restarle. A ella también la excluían los más jóvenes de sus conversaciones, la excluían de todo lo que tuviera que ver con socializar solo porque pensaban que no era suficiente como para hablar con ellos, sin ninguna razón aparente.
-Me va excelente ¿Y a ti? ¿Te ayudo con algo?- quiso saber de inmediato, ya que de verdad estaba intrigada por la manera en la cual la saludó momentos atrás.
Se le veía en los ojos que quería decirle algo, pero no podía adivinar sin que ella le diera un camino el cual seguir para continuar con lo que pudiera significar aquello.
-Bien, lo diré. El jefe no quiere verla más por aquí- comentó ella, mirando al suelo, como si lo que acababa de decir fuera simplemente un crimen.
-¿Cómo?- dijo ella, frunciendo el ceño sin comprender del todo.
-Lo que dije, lo siento, Irene- siguió la mujer, quien ya no encontraba donde meterse para pasar aquella vergüenza de tener que ser ella quien le dijera solo porque los demás no le querían informar algo de esa magnitud.
-Lo escuché hablando por teléfono, quiere que te dediques cien por ciento a tratar con cierto tipo de clientes, en especial hacer lo que él ordene... No comprendo muy bien a qué se refiere, pero creo que tampoco me gustaría saber más a profundidad-.
-Él me había comentado algo parecido... Pero ¿Por qué lo sientes?- quiso saber la chica más joven.
-Porque ya no podré verte como antes, ya no podremos hablar tanto y será de verdad triste, también estarás a la merced de las arpías de nuestros compañeros- comentó con el semblante muy triste, como si eso fuera mínimamente cierto.
-Escucha, nada de eso va a pasar, Ricarda, de verdad que te estás creando todo un escenario en el cual solo vas a perder, y no es para nada así, te lo aseguro- comentó ella, quien de verdad estaba un poco impactada porque la mujer no solía tener ese tipo de bajones.
La mujer entonces trató de sonreír, pero le salió solo una simple mueca que no podía controlar, entonces ella la tomó por los hombros y le hizo saber que todo estaría más que bien, que lo lograrían y que a pesar de que no eran las amigas más íntimas, por lo menos continuarían hablando sin que necesariamente estuvieran demás personas de por medio intentando separarlas.
Ricarda era una mujer demasiado gentil y bondadosa que no merecía ser excluida, peor lo era de cierta manera, entonces ella quería siempre ayudarla a que no se dejara influir por los malos comentarios, los cuales no hacían nada más que destruir la confianza que cualquiera pudiera construir, de verdad se sentía un tanto extraño siquiera tener algo que ver con aquellas personas, peor no tenían por qué dejarse derrotar por comentarios que no tenían nada que ver con la empatía.
Se supone que ellas dos había soportado tantos malos comentarios que ya nada de lo que les dijeran podía afectarles, y eso quería demostrarle a la mujer, a la cual pensaba que ya le había sembrado algo de bondad dentro del corazón, había echado sus raíces y ahora debía de comprender que era una más como ella y que jamás haría algo para molestar a los demás.
Ricarda entonces asintió, tratado de comprender que a pesar de que pasara el tiempo, no debía de comportarse como una intensa, sino todo lo contrario, era alguien a quien de verdad le tenían toda la fe del mundo.
Se supone que ellos no tenían por qué hacer tantos esfuerzos para lograr hacer algunas cosas, pero el hecho era que no tenían demasiado dinero como para decir que ya no harían eso que les generó en algún punto un poco de sustento.
Se encontraba en un punto de su vida en el cual ya no le agradaba tener que estar rogando para que le dieran atención, así que decidió que de ahí en más actuaría como ella quería y nadie más.
Varias veces ya había comprendido que la vida no era como se la esperaba a veces en la imaginación, de hecho no se parecía en nada.
Lo que trataba de hacer Irene con sus decisiones era simplemente tratar de animar a la mujer para que hiciera cosas de las cuales se sintiera orgullosa, sin importar si seguía siendo del personal de limpieza del hotel, eso era lo de menos en realidad.
Si bien, en ciertas ocasiones, las cosas no estarían del todo bien, por lo menos podrían mandar otro tipo de quejas a sí mismas, ya que no importaba demasiado lo que se tuviera que hacer cuando se trataba de generar aunque fuera un poco de sustento, ellas eran las únicas responsables de su destino, así debían de haberlas criado en vez de solo meterles ideas en la cabeza como que deberían de dar su mano a un hombre y depender de este toda la vida, eso era algo que jamás se permitiría hacer.
Irene tomó el rostro lloroso de su amiga y le hizo prometer que en realidad nunca más volvería a pensar así de ella, como que era un simple reemplazo porque no era para nada así.
La mujer solo asintió con la cabeza y comenzó a pensar que podía tener algo de valor dentro de sí, no quería ser el tipo de molestias en las que pensaran las personas para evitar ir a un lugar, como le había sucedido muchas veces antes, cosa que no era muy justa que se diga, peor si a alguien no le gustaba siquiera las facciones de un empleado, prefería no asistir a ese lugar una vez más, cosa que era ridícula por demás.
Las personas con más poder en la vida eran del tipo a las que no se les podía decir absolutamente nada porque entonces ya se sentían expuestas, ya se sentían como que su vida iba a salir a la luz, que ya todos los empleados eran malos por permitir que ciertos detalles se escaparan de sus manos, entre otras cosas.
Irene tuvo que ir a la oficina de su jefe momentos después, dejando a la mujer allí en la habitación pensando en su vida, reflexionando sobre quién era ella en realidad y qué quería hacer con su vida, cosa que no parecía estar demasiado clara en una persona que debería ya tener el panorama claro para los años que tenía.
Algunas veces se había sentido encerrada consigo, peor eso era porque no podía opinar en algunos aspectos que consideraba cruciales para el hotel, sin embargo, no era razón para meter la renuncia.
Cuando ella fue hasta la oficina, tocó un par de veces en la puerta, así que su jefe le dio el permiso para pasar de nuevo, pero ya esta no quería estar en ese lugar, por alguna razón.
El aire se había vuelto algo denso, cosa que de verdad se sentía un tanto incómodo, pero al estar allí de pie frente al hombre de cabellos negros ondulados, podía decir que había algo que quería que hiciera por él.
-Dígame, señor ¿En qué puedo servirle?- fue lo que preguntó ella con una pequeña sonrisa llena de mucha emoción, como si quisiera ser amable incluso cuando no podía hacerlo, era casi como actuar.
-Hey, Irene, quería saber cómo estabas, además de que tenemos cosas de las cuales hablar- terminó por decir el de metro noventa y siete.
Ella se quedó un tanto pasmada, pero se sentó frente a su escritorio, pretendiendo que aquello no le afectaba, pero era más que claro que las cosas eran así, nada diferente desde que la habían contratado, no había ni un solo signo de que allí tuviera algo distinto el aire, porque no era así para nada.
Si bien, ciertos días se había preocupado por tener que actuar como su jefe quisiera, luego aprendió que en realidad podía ser ella misma sin la necesidad de tener que cambiar nada, que podía expresarse tal cual quisiera porque nunca le dirían nada, peor de cierta manera, el miedo por ser ellos mismos y mostrar sus secretos seguían allí en pie, como si pudieran colgarlos solo por tener opiniones diferentes, cuando no era para nada así.
Ella simplemente estuvo un buen tiempo tratando de que sus opiniones fueran escuchadas, hasta que todos a su alrededor comprendieron lo que era hacer eso, llevar por completo las riendas de ciertas partes de cada uno, ya que si no querían siquiera figurar un poco en lo que tuvieran por expresar en el trabajo, entonces no servían de nada como empleados, y esa era una verdad más grande que un templo.
Algunas veces sentía que sus opiniones no estaban bien, pero debía de esforzarse por hacer que los demás pudieran creer que aquello podía ser cierto, que podían de verdad hacerle justicia a cada uno de sus apellidos.
Algunas cosas que querían salir de su boca en esos momentos no lo hacían, peor sabía que solo era cuestión de un poco de confianza en sí misma.
-Todo va bien, gracias por preguntar ¿Qué quería comentarme?- preguntó ella sin rodeos, pues realmente no le importaba nada más que lo que tuviera que decirle en cuanto a lo laboral.
-Bien, solo quería decir que e gustaría que a partir de mañana comenzaras a hacer otro tipo de trabajos, no el que has estado haciendo hasta ahora- dijo él con las manos cruzadas sobre la mesa.
-¿Por qué? ¿He hecho algo mal?- siguió queriendo saber ella, pero el hombre solo sonrió ladino.
-No has hecho nada que sea de mi desagrado, simplemente quiero que tengas en cuenta que eres una excelente trabajadora, y como tal, debo premiarte con algún ascenso ¿No crees?-.
Al mencionar aquello, las cosas cambiaron un poco y el ambiente ya no estaba tan denso, como si en el se pudiera incrustar un cuchillo, sino que parecía solo brisa de la mañana.
-Vaya, de verdad le agradezco mucho por esforzarse conmigo, es un gran gesto, y lo siento por no ser la mejor chica que le hubiera gustado tener, pero que sepa que en realidad estoy muy comprometida con hacer que el hotel quede siempre bien, de eso puede estar seguro-.
-No lo sientas, por favor, si eres de verdad brillante con todo lo que se te ocurre, no pienses que solo lo digo por adularte, pues todo lo que digo de alguna manera es verdad, solo debes aceptarlo dentro de ti-.
-Es usted una muy buena persona, gracias por esto, sin embargo, todavía no me ha dicho de qué trata mi nuevo cargo...- ante esto, el hombre pareció temblar un poco, pero se aclaró la garganta antes de que pudiera sacarlo de contexto totalmente.
-Bien, lo que quiero que hagas es estar conmigo a modo de secretaria personal y también que mires a los demás empleados, quisiera que fueras la gerente, quien me mantenga al tanto de todo lo que ocurre dentro de estas instalaciones ¿Crees que puedas hacer eso?- preguntó mirándola directo a los ojos, de manera que no tuvo más oportunidad sino simplemente asentir sin poder creer que en serio la estuviera tomando en cuenta para algo como eso.
-Gracias, jefe, de verdad es increíble la manera en la que trata a sus empleados... Por supuesto que acepto el reto, trataré de siempre llevarle el mejor servicio sea donde sea que se encuentre, se lo aseguro- dijo ella con una sonrisa llena de confianza.
-Me consta que siempre tratas de dar todo de ti, entonces lo único que me importa más que nada es que sigas haciendo un buen trabajo- fue lo que expresó el hombre, quien hacía hasta lo imposible por tener algo para decir, como tener la última palabra.
Ella asintió y entonces ambos se dieron un apretón de manos para sellar el pacto, y aunque jamás se vio siendo gerente de un hotel, por lo menos podía sentirse plena con lo que hacía, así que un bonito sentimiento se instaló en su pecho con ganas de salir para que los demás también pudieran hacer algo bueno de todo aquello.
Irene no podía contener su sonrisa mientras caminaba por los pasillos del hotel, sabiendo que en realidad tenía un nuevo cargo en el cual haría lo posible por complacer a su jefe en lo que le había pedido, como si supiera que de algún modo quería decirle algunas de esas cosas que más le molestaba.
Ahora todos debían de tener pies de cristal en lo que respectaba a actuar frente a ella de alguna manera que no fuera lo correcto, y ahí se divertiría demasiado con las personas que no querían cooperar de ninguna manera, era algo extraordinario por completo.
Respiró un par de veces luego de lavar su cara en el baño, pues estaba demasiado emocionada por tener que ser la mujer que se encargara de la mayoría de los asuntos importantes del hotel, era como un sueño hecho por completo realidad, simplemente mágico.
No siempre había podido alzar su voz cuando quiso, entonces era el momento para dejar que todos esos sentimientos salieran a la superficie con una razón de ser que pudiera brindarle aunque fuera un poco de paz.
Cuando salió del sanitario, la estaban esperando dos de las chicas que se crían que por ser bonitas tenían al mundo a sus pies, cuando nada que ver con eso, pero trabajaban juntas, así que no había manera en el mundo en la cual pudieran evitarse.
Estas solo la miraron por encima del hombro y no la saludaron, pero ella decidió tomar la iniciativa.
-¿Acaso no saludan a su nueva gerente? Anotaré eso en la lista de strikes, tienen hasta tres para salir de aquí sin el menor de los miramientos, y no creo que sea agradable para nadie tener que darles la despedida- dijo la castaña, y entonces captó la atención de las dos chicas, quienes solo fruncieron el ceño, pero Irene decidió seguir su camino con una sonrisa de autosuficiencia.