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Madre falsa para los hijos del CEO

Madre falsa para los hijos del CEO

Autor: : Claudia Navarrete
Género: Romance
El multimillonario Marcello Greco tiene a sus mellizos preguntándole por qué la madre los abandonó. ¿Quién querría romperle el corazón a sus hijos diciéndoles que ella simplemente no los quiso y prefirió irse con otro hombre cuando ellos sólo tenían dos meses? Greco haría lo que fuera para hacerlos a ellos feliz, y por eso es que se le ocurre contratar a una mujer para que se haga pasar por la madre de ellos. Sólo tiene que cambiar la historia del abandono, entregarle momentos felices a Aubrey y Noah y llenarlos de amor por un tiempo, pero ¿qué pasa si esa mujer se termina enamorando tanto de sus falsos hijos, como del padre de ellos?

Capítulo 1 ¿Puedo tener peor suerte

-¡No, no, no! ¡Maldición! -Chillo, en una mezcla de frustración y rabia sorda.

El helado de triple chocolate con trozos de galleta, mi único consuelo después de una jornada laboral infernal, se estrella contra la acera con un flop húmedo. Un charco marrón se extiende sobre el cemento, y mi corazón se encoge por la pérdida. Todo por mi estúpida e inútil manía de correr como alma que lleva el diablo para alcanzar un autobús que, de todas formas, iba con retraso.

¿Puedo tener peor suerte? ¿Estoy siendo castigada por algún dios de la torpeza?

Sigo corriendo, respirando con dificultad y con el sabor amargo de la derrota en la boca. Maldigo por lo bajo cuando mi pie se dobla de forma antinatural justo al llegar a la escalera del autobús. Me apoyo un momento en la barandilla, sintiendo el pinchazo de dolor, y le pago al conductor con el cambio exacto que me dejó mi mísero turno de heladera.

Voy a sentarme en el primer asiento desocupado cerca de la ventana, hundiéndome en el cojín con un suspiro de alivio. Saco de mi mochila –sí, esa que parece haber sido comprada para una niña de siete años– mis audífonos de diadema desgastados y pongo "Arabella", mi canción favorita.

La adoro por dos razones sencillas: amo a los Arctic Monkeys y, bueno, mi nombre es Arabella Williams.

Muevo mi cabeza de arriba abajo al ritmo de la poderosísima batería, dejando que la música amortigüe mi mal humor mientras repaso la pesadilla de mi día.

Un señor me pidió un helado de chocolate con almendras y yo, estúpidamente, confundí las almendras con las nueces, ¡otra vez! Llevo veinticuatro años en este planeta y sigo sin distinguir una fruta seca de otra. Y allí estaba yo, una mujer de veinticuatro años, trabajando en una heladería con el intelecto de una persona de ocho años para las bagatelas de la vida.

¿Qué carajos hago allí? Honestamente, ni yo lo sé.

Tal vez nunca supe qué hacer con mi vida. Jamás pude decidirme por una carrera; las opciones eran tantas, pero mis recursos, tan pocos. No podía darme el lujo de estudiar "cualquier cosa", puesto que mi estatus social no es el mejor, que digamos.

Mi madre, Rita, es cajera en un supermercado y se mata a trabajar. En cuanto a mi padre... ni idea de lo que pasa con él. Nos abandonó cuando yo tenía apenas tres meses de edad. Es un fantasma en mi historia.

Siento que alguien me toca el hombro y detengo abruptamente la canción. Abro los ojos y miro a mi lado izquierdo: es una señora de edad, de pelo canoso y mirada de juicio perpetuo. Me quito los audífonos.

-Jovencita -dice, con una voz áspera y sin emoción-, en ese asiento vomitó un caballero ebrio hace unos veinte minutos.

El aire se me atasca en los pulmones. Cierro los ojos, sintiendo un escalofrío de repulsión que me recorre la espalda.

-Muchas gracias -respondo, forzando una sonrisa que debe parecer más bien una mueca de agonía. Me pongo de pie de golpe.

¿Por qué la vieja maldita no me avisó antes de que me hundiera a gusto en la inmundicia?

Sacudo la cabeza, regañándome internamente. No, no tiene la culpa. La señora no tiene la culpa de que mi viernes esté siendo el fracaso más absoluto de la historia de los viernes.

Me afirmo del asiento delantero para no caerme y dejo el celular en el bolsillo para seguir escuchando mi música. Ahora me toca ir de pie por casi media hora, balanceándome como un péndulo estúpido, con el temor persistente de oler a cerveza rancia.

Al fin, llego a mi tan preciado paradero. Bajo del transporte sintiendo la punzada de unas carcajadas que estallan a mis espaldas. Espero a que el autobús arranque y comience a alejarse para, discretamente, sacarles el dedo de en medio a los cristales oscuros.

Debo tener un hermoso y putrefacto vómito pegado en el trasero.

Tiro mi cabeza hacia atrás, mirando al cielo con una expresión de "me quiero morir", y comienzo a caminar hacia mi casa, que, por fortuna, se encuentra a solo dos minutos.

Al llegar, mi primera acción es tirar mi mini mochila sobre el sofá antes de correr al baño y quitarme esa ropa contaminada. Me doy una ducha hirviendo que dura diez minutos, intentando borrar no solo el posible vómito, sino también la sensación pegajosa del día.

Envuelva en una toalla, dejo mi ropa sucia en la lavadora con la promesa de ponerla a lavar de inmediato. Al menos, la única ventaja de ser una fracasada es que no tengo que ir al trabajo mañana.

Subo a mi habitación, me pongo mi pijama corto, ideal para los treinta grados de este sofocante verano en California. El ritual de sanación comienza: bajo al primer piso y camino directo hacia mi mejor amigo desde que tengo memoria: el refrigerador. Saco mi botella de Coca-Cola y mis galletas con cobertura de chocolate que guardo allí para que no se derritan, y me tiro en el sofá grande.

Alcanzo mi celular, lo estiro de la mesa de centro y me pongo a ver videos de TikTok.

¿Qué tan fracasada debo ser como para estar un viernes por la tarde, acostada en el sofá, comiendo comida basura y viendo videos en TikTok?

Me encantaría que mi vida fuera distinta, tener algo que me apasione. Pero es triste admitir que realmente no soy buena para nada. Solo para servir helado. Y ni eso.

Dejo la bebida y el paquete de galletas en el suelo y suspiro con pesadez.

A veces, cuando me pongo a pensar en mi vida, me asalta la pregunta que me da más nervios que el vómito en el trasero: ¿Estaré sola para siempre?

No me considero alguien deslumbrante. De hecho, solían hacerme bullying en el colegio por mis dientes de "conejo", aunque eso nunca me afectó el rendimiento escolar. No me acomplejan mis dientes, ni los rollitos de mi estómago, ni las estrías de mis piernas. Me gusta el volumen de mi trasero y soy fan de mi cabello largo y rubio. Soy honesta conmigo: en comparación con otras chicas, soy un 4 de 7, tal vez un 4.5 con buena luz.

Siendo completamente sincera, no sé si lo que aleja a los hombres es mi físico o mi forma de ser. Suelen decirme que soy muy poco seria, un tanto idiota, y que les cuesta verme como algo más que un amigo.

Parece que no soy el tipo de chica que interesa. ¿Acaso tener mente de niña es demasiado matapasiones? No me malinterpreten: sé comportarme, puedo hablar de algo serio. Pero a los hombres no les gusta que una mujer sepa vivir y divertirse sin la necesidad de tener a uno de ellos al lado. No les he rogado, ni les he prestado la atención necesaria para hacerlos sentir el centro del mundo.

-Eso no se pide -murmuro al techo-, eso nace de la persona correcta.

Pero creo que yo jamás encontraré a la persona correcta... Y ni siquiera me refiero a un alma gemela, sino a alguien que no me pida convertirme en otra persona.

Capítulo 2 Espero no arrepentirme

-¿Cuántas veces te he enseñado la diferencia entre la almendra y las nueces, Arabella? -Mi madre, Rita, resopla con esa falsa molestia que disfraza la preocupación. Es la mañana del sábado. Estoy sentada en la mesa del comedor, con una taza de café que no logra borrar el cansancio acumulado. Me encojo de hombros, mordiendo el interior de mi mejilla. Sé que han sido muchas veces-. Las nueces son las que tienen forma de cerebro y las almendras son las que tienen forma de gotas -recita con el tono paciente de maestra de jardín de infancia.

-Ay, mamá. Parece que tuviera cinco años -me quejo, dando un golpe suave a mi taza-. No me expliques así las cosas, que me siento como una estúpida niñata.

-Tienes que saber diferenciarlas, hija. ¿Te imaginas que el señor hubiese sido alérgico a las nueces? Te hubieses metido en un gran problema, Arabella. Hubieras terminado en el noticiero.

-Bueno, para mi suerte, el señor solo se molestó y no le dio un paro anafiláctico -muevo mi mano, restándole importancia al asunto que ya es pasado-. ¿A qué hora entras hoy al trabajo?

-Me debo ir ya, me entretuve con tu historia y se me pasó la hora. Te amo mucho -Toma su cartera de cuero desgastado que descansa en la silla y se pone de pie para despedirse de mí con un beso ruidoso en la mejilla-. ¿Qué harás hoy?

-Chloe me invitó a su cumpleaños, pero no sé si seré capaz de aguantar la presencia de mi jefe, George, en mi día libre. Lo último que necesito es que me recuerde mis confusiones con los frutos secos.

-¿Lo invitó a él también? -pregunta mi madre con el ceño fruncido, y yo asiento. Su desaprobación es evidente-. Bueno, pero tampoco creo que sea muy agradable que te quedes sola acá un sábado. Tú sabes que yo llego tarde.

-Ahí te aviso si voy o no -Le doy un abrazo fugaz-. Que tengas un buen día, mamá.

Me regala una sonrisa tierna, esa que solo veo cuando logra pagar una factura a tiempo, antes de salir por la puerta.

Cuando dejo el comedor y la cocina limpias, después de asegurarme de que los ingredientes para el almuerzo rápido están disponibles, me dirijo a mi más preciado lugar: el sofá. Tomo mi celular y refunfuño al ver el mensaje de Chloe, mi compañera de la heladería y lo más cercano que tengo a una "amiga".

Chloe: Supongo que vendrás hoy. Si no lo haces, aplastaré tu linda cara en el helado de pasas más asqueroso de la tienda.

Hago una mueca de desagrado. ¡El helado de pasas! Esa aberración dulzona nunca debió ver la luz.

Yo: ¿Tú piensas que es agradable para mí estar cerca de mi jefe en mi día libre? Ni la cara le quiero ver a ese señor.

Chloe: Arabella, nadie te obliga a compartir con él. Solo estarán en el mismo sitio, nada más que eso.

Pongo los ojos en blanco. Mi compañera no entiende que mi jefe, George, es el responsable de que ahora odie el chocolate.

Yo: Eres la única persona rara que se le ocurre invitar a su jefe a su cumpleaños. Yo paso.

Chloe: Juro por mi Dios Channing Tatum que soy capaz de subir a Instagram la foto que te saqué haciendo caca si no vienes.

Abro mis ojos como platos y maldigo por lo bajo. Si lo jura por su actor favorito es porque lo hará realmente. Estoy jodida. Esa foto fue un error de borracha que jamás debió quedar registrado.

Yo: Mándame tu dirección, maldita perra.

Tiro mi cabeza hacia atrás, sintiendo el colchón del sofá contra mi cuello, en una rendición absoluta. En esta me ganó, pero me las pagará caro.

(...)

Horas más tarde, la ansiedad de la fiesta se suma a la ansiedad del spam millonario que he decidido ignorar (por ahora). Vuelvo a golpear con mi pie la pobre pared del armario y chillo frustrada.

El vestido que tenía pensado usar, ese que me hacía sentir casi sofisticada, no me cierra. La cremallera se detiene justo a la altura de mis caderas y se niega a subir.

-¡Mierda, han pasado seis años desde que salí del colegio! -susurro espantada al sacar la cuenta. El tiempo corre, y aparentemente, mis tallas también.

Doy golpes en el aire a lo loco. Es el único vestido que tengo. Lamentablemente, no puedo aparecer en una fiesta de cumpleaños con pantalones rasgados y poleras de tiritas, que es como me gusta andar siempre. Mi pánico se dispara con el recuerdo de la invitación de Chloe: "Si vienes poco fashionista, no entras." Sé que es una broma, pero mi orgullo de fashion-4-de-7 no me permite arriesgarme.

Salgo de mi habitación con el vestido maldito hasta las caderas y me dirijo a la habitación de mi madre. Sé que Rita tiene vestidos, pero también sé que tiene un gusto más bien señorial y práctico.

No esperes menos, Arabella. Tu madre tiene cincuenta y cuatro años.

Abro el armario de Rita con cautela. Me obligo a buscar por cielo, mar y tierra un vestido que no se vea tan anticuado, sin volantes ni hombreras ochenteras. Justo cuando estoy a punto de rendirme, lo encuentro. Para mi absoluta sorpresa, es un vestido rojo vivo con un escote discreto en V que no se ve para nada de señora.

Jamás le había visto este vestido. ¿Será un recuerdo de un pasado secreto y sexy de mi madre?

Me lo llevo a mi habitación y sonrío satisfecha. El tono carmesí resalta mi cabello rubio y se ajusta a mi cintura. No creo ser la mejor vestida, pero tampoco me veré fuera de lugar. En realidad, se me veía bastante bien.

Me pongo los tacones negros que mi prima Jessica me regaló, que son un dolor para los tobillos, pero perfectos para la ocasión. Me maquillo levemente los ojos, centrándome en un eyeliner dramático, y me aplico el labial rojo intenso que uso para ocasiones especiales. Para mi suerte, es exactamente el mismo tono del vestido.

Veo la hora: ¡voy diez minutos tarde! Desenredo mi cabello con una rapidez frenética. Cuando estoy lista, salgo de la casa. El calor de California sigue sofocante.

Espero a que pase un taxi. Cinco minutos después, logro subirme a uno y le doy la dirección al conductor, un señor de nombre Roberto que parece más un terapeuta que un taxista.

-Espero que lo pase bien, solo intente no mirar a su jefe para que no le arruine la noche -me dice Roberto con sabiduría, mientras me cobra. Me vine contándole mi calvario.

-Gracias, Roberto. Que tenga buena noche -Le pago y bajo del taxi. Me despido con un movimiento de mano y lo veo desaparecer de mi vista.

Inhalo profundamente, preparándome mentalmente para caminar hacia la puerta de la casa de Chloe. Mi cuerpo se tensa al escuchar la mezcla ensordecedora de música reggaetón y gritos. No te hagas, Arabella. Tampoco es como que nunca en tu vida hayas ido a una fiesta. Sí, había ido, pero jamás me había gustado del todo el ambiente caótico.

-¡Por fin llegas, mi chocolatito caliente! -escucho la voz de mi compañera. A los segundos, Chloe (de veinte años y con una energía inagotable) está abrazando mi cuerpo.

-Feliz cumpleaños, Chloe -río, devolviéndole el abrazo sin mucha fuerza. Le entrego la pequeña bolsa de regalo-. Te traje un pequeño obsequio, toma.

-No tenías por qué molestarte, mi obsequio ya es que hayas aceptado venir -Me sonríe agradecida.

Bueno, me obligaste...

-Gracias por invitarme -le devuelvo la sonrisa-. ¿Dónde está George para no ir hacia allá? -le pregunto, refiriéndome a nuestro jefe, un hombre de unos cuarenta y cinco años que no es desagradable, pero sí molesto. Molesto como tener un grano en el trasero que nunca se quita.

-¿La verdad? No tengo idea -Chloe se encoge de hombros-. Tal vez está en el jardín, no lo sé. No he estado pendiente de él.

-¿Para qué lo invitas? -bufo, pero carraspeo al instante-. Perdón, soy una pesada. No me tomes en cuenta.

-¿Quieres algo para beber? Tengo whisky de manzana, cerveza, vino para los más sofisticados, vodka y tequila para los más valientes...

-No se me hace muy seguro beber si después me iré sola en Uber, así que prefiero un vaso de Coca-Cola.

Me hace una seña y me lleva a la mesa. Mientras me sirvo, le explico:

-Estaré solo un ratito. Lo mío es ver televisión en pijama o jugar Call of Duty, no soy demasiado fan de las fiestas -Dejo la bebida en su lugar-. De hecho, tuve que buscar un vestido en el armario de mi madre porque claramente quería seguir tu regla de "fashionista" -bromeo, dándole un trago a mi vaso.

-Eso era una broma -se ríe.

-¡Qué considerada! -exclamo irónica.

-Mira, allá están Louis y Pamela, por si quieres estar con ellos -Me señala a dos compañeros de trabajo. Muevo mi cabeza de un lado a otro. La idea de hablar de helados en mi día libre me da acidez-. No voy a permitir que te quedes sola, sígueme.

-Prefiero quedarme al lado de la mesa por si me da hambre o sed, pero gra... -me interrumpe.

-Ven -Toma mi mano libre y me obliga a caminar detrás de ella, abriéndome el paso entre la gente que baila apretujada-. Te voy a presentar a mis amigos -grita sobre la música, justo antes de salir hacia el patio trasero-. Algunos son un poco extraños, pero ninguno es un psicópata ni un asesino en serie, que es lo que importa.

-Tú sabes que no soy muy sociable que digamos.

-Tranquila, no te los presentaría sin creer que se llevarán bien -Dice, acercándonos a un grupo de cuatro personas que se ríen cómodamente: dos chicas y dos chicos-. El de polera blanca tiene veinticinco, tal vez se lleven bien.

-¿Entre viejos se llevan, dices tú? -pregunto con gracia. Al instante, llamo la atención de los cuatro.

-Chicos, les presento a mi compañera de trabajo Arabella -me presenta-. Ellos son Elena, Nick, Oliver y Penélope.

Sonrío forzadamente, y ellos me devuelven una sonrisa mucho más natural y cálida.

-¿De dónde es tu vestido? Está muy lindo -Elena, una chica rubia, me pregunta con un tono genuino. No parece burla.

-No tengo idea, es del armario de mi madre -No me importó sonar patética-. Permiso, me voy a sentar por aquí -murmuro, corriendo una silla junto a Nick.

-No sé si quieran que me quede con ustedes, pero estoy intentando esconderme de mi jefe y no lo veo por acá.

-¿Entonces no soy el único que cree que invitar a tu jefe a tu fiesta de cumpleaños es raro? -Nick, el chico de polera blanca, pregunta con un tono divertido.

-Bueno, es la fiesta de Chloe, así que... no puedo hacer mucho -respondo, encogiéndome de hombros.

-¿Cuántos años tienes? -pregunta Oliver.

-Veinticinco.

-Genial, soy un año mayor que tú -Nick deja su mano abierta para chocar los cinco, y yo le sigo la corriente-. Somos los más grandes del grupito.

-Si lo dices así, me siento un poco vieja -Me pongo la mano en el pecho, haciéndome la ofendida.

-No te preocupes, estamos como el vino -me guiña el ojo, y alzo mis cejas expectante-. Mientras más viejos, más ricos.

¿Me está diciendo rica o algo así? Mi cerebro, ligeramente aturdido por la tensión, intenta procesar el halago.

-Tú deberías estar con tus otros invitados, ¿no? -Penélope interviene.

-No sé, invité a gente que ni conozco -Chloe hace una mueca de disgusto-. Solo para que hubiera más personas y regalos, pero ya me arrepentí.

-Pareces una niña pequeña, y ya cumpliste veinte años, Chloe -digo, antes de tomar un trago de mi vaso-. ¿Hay pepinillos? Estuve al lado de la mesa, pero no le presté demasiada atención a la comida.

-Sí, y están buenísimos -Elena asiente, y yo hago un movimiento de ¡Sí! con el brazo. La Coca-Cola y los pepinillos son mi gusto culposo.

-¿Quieres que te traiga? Justo estaba pensando en ir a buscar más -añade Elena, y yo asiento con vehemencia.

-Te lo agradecería mucho. No quiero volver a pasar por entremedio de toda esa gente bailando.

-No te ves muy fan de las fiestas -Nick me mira con la cabeza levemente ladeada.

-En realidad no, soy más de casa. -Es bastante guapo, pienso. Su cabello y ojos son de color café, y tiene unas lindas líneas de expresión cuando sonríe, que lo hacen ver maduro y bastante sexy.

-Vino por obligación. Tuve que chantajearla -Chloe interviene.

-Me juró por Channing Tatum, así que ustedes saben que fue un chantaje bastante serio.

-Definitivamente sí. Lo juró por su actor favorito, así que es verdad -Nick concuerda conmigo, mostrándome sus dientes perfectamente alineados.

Ay Dios, ni siquiera estoy borracha y ya me estoy calentando con alguien que ni conozco.

Y antes de que estúpidamente le diga en la cara que es guapísimo, Elena llega hacia mí con un pocillo lleno de pepinillos.

-Muchas gracias.

-Adentro está demasiado sofocante -se sienta nuevamente en su silla-. Horrible, muy horrible.

-¿Están solteros? -pregunto de un momento a otro. Honestamente, solo quiero saber el estado civil de Nick-. Les pregunto a los cuatro, obviamente.

-Sí, no somos un grupo que tenga demasiado interés en el amor -Oliver responde.

-Disculpa, ¿cómo te llamas tú? Lo olvidé.

-Oliver.

-Bueno, Oliver. Yo soy igual que ustedes con ese tema, así que creo que nos llevaremos bien.

(...)

-¿No te arrepientes de haber venido? -Chloe grita, ahora con la música más alta.

-Me arrepiento de haber aceptado las cervezas, pero estoy bien -respondo de la misma forma.

Mi compañera logró convencerme de tomarme unas cervezas dos horas después de mi llegada, y lamentablemente, no tengo demasiado aguante. Por ahora, solo me siento un poco mareada y con esa sensación cálida de desinhibición.

Estamos bailando las tres: yo, Penélope y Elena. Los chicos, por su parte, se han esfumado.

-¿Dónde están Oliver y Nick? -le pregunto a las chicas, sin dejar de moverme al ritmo de Sean Paul.

-No lo sé, coqueteando con mujeres como lo hacen en todas las fiestas, supongo -Elena se encoge de hombros.

Buah, ¿por qué Nick no me coqueteó a mí mejor?

-Estoy que me hago pipí. ¿Dónde está el baño?

-Abajo en la puerta blanca y arriba en la segunda puerta -me responde mi compañera-. Te recomiendo que vayas al de arriba, debe haber menos gente.

-Vale, voy y vuelvo.

-¿Quieres que te acompañe? -pregunta, pero yo niego con una sonrisa antes de subir a las escaleras, afirmándome bien de la baranda para no hacer una escena ridícula.

Llego al segundo piso. Camino hacia la segunda puerta y doy unos toques rápidos antes de pasar. Me bajo con rapidez el vestido y los calzones. Aliviada, hago un sonidito de satisfacción. Cuando termino, me lavo las manos y me miro en el espejo. El labial rojo se ha corrido levemente en la esquina y mi cabello necesita un peine.

-¡Ya salgo! -grito cuando escucho unos golpes impacientes en la puerta.

Arreglo el escote de mi vestido, que estaba un poco chueco por el baile, y abro la puerta. Mi aliento se detiene.

Frente a mí está Nick, el chico de la polera blanca y la sonrisa sexy. Sus ojos, un poco vidriosos por el alcohol, me recorren de arriba abajo, deteniéndose justo en la V del vestido rojo.

-Perdón, no sabía que estabas tú dentro -apoya su brazo en el marco de la pared, atrapándome ligeramente, y me da una sonrisa que a mi parecer, era totalmente coqueta.

La cerveza me ha dado una valentía estúpida.

-¿Acaso querías entrar al baño conmigo? -pregunto en broma, pero con un toque de coqueteo tan obvio que ni la música puede disimularlo.

-Si quieres, sí. Yo encantado.

Alzo mi ceja derecha, sintiéndome impresionada y deseada a partes iguales. Sin pensarlo dos veces, y sintiendo que por fin estoy demostrando que no soy una "amiga" inofensiva, tomo su mano libre y lo jalo al baño conmigo. Cierro la puerta de golpe, y el clic del cerrojo suena como un disparo en medio de la fiesta.

-Me tienes cachonda desde que te vi -le admito, antes de tirarme hacia sus brazos. Mis manos viajan a su cuello y lo beso apasionadamente, dejando que el sabor de la cerveza y el deseo hagan el resto.

Dios, espero no arrepentirme de esto.

Capítulo 3 Algo inédito sobre Marcello Greco

Hago una mueca de dolor. Los griteríos agudos y desagradables de los niños en la heladería se clavan como agujas en mi sien. Cada timbre de la caja registradora o cada risa fuerte es una tortura para mi cabeza.

-¿Qué sabores quieres? -pregunto con una voz tan plana que roza la hostilidad. Cero animación. Cero profesionalidad.

-Naranja y chocolate -responde el niño que tengo frente a mí, un pequeño con gafas y un sweater de rayas-. No, mejor chocolate y coco... o naranja y coco.

El indeciso. Justo lo que necesito a mis casi treinta años de edad y dos cervezas de más.

-¿Qué sabores quieres realmente? -vuelvo a preguntarle, esta vez con una miradita que intento que sea asesina, pero que probablemente solo parece cansada.

-Nutella y coco.

Le pongo rápidamente las dos bolas de helado en su cono. Por suerte, no pide toppings. Se lo entrego y me apoyo en uno de los muebles con las manos, respirando hondo y suspirando con profunda irritación.

Ayer el momento fue fugazmente agradable y excitante, pero el precio del alcohol que tomé y la falta de sueño ha sido un dolor de cabeza horrible, casi paralizante.

-¿Quedaste muy mal? -Chloe se acerca a mí, rellenando los cubos de helado que estaban medio vacíos. Su voz es preocupada, aunque su energía sigue siendo inagotable.

-Me duele la cabeza. Siento que tengo arena en los ojos.

-Qué bueno que Penélope pudo llevarte a casa, al menos no tuviste que irte en un Uber sola -dice, y yo asiento. Es una mentira piadosa, pero me aferro a ella. Nadie sabe de Nick. - ¿Te hicieron mal los pepinillos o algo así? Te demoraste bastante en el baño cuando fuiste.

Casi me atoro con mi propia saliva al escucharla. El corazón me da un vuelco y siento cómo mis mejillas se calientan un poco.

¿Nick no le habrá contado a nadie que follamos por un largo rato en el baño?

Si guardó el secreto, eso habla bien de él como hombre, o al menos como un tipo que sabe lo que es un acuerdo de discreción de una noche.

-No lo creo, como pepinillos desde que soy pequeña. Debió ser el vino de manzana -miento, cubriendo la verdad con una coartada de bebida.

-¿Entonces?

-Sí, estaba con un poco de dolor de estómago. No sé qué habrá sido lo que me hizo mal -insisto, manteniendo el contacto visual para que me crea.

-¡Menos cháchara y más trabajo! ¡No porque me hayas invitado a tu cumpleaños voy a dejar que no trabajes! -George, nuestro jefe, le grita a Chloe cuando pasa por nuestro lado. Su voz es grave y retumba en el local. - ¡Limpien, hagan algo!

Maldito viejo entrometido.

-Ya sabes, nunca más invites a ese señor a tus fiestas. Es un pesado -le susurro a Chloe cuando se aleja de nosotras. - Yo limpio las mesas y tú barres.

Voy a buscar el paño y el cloro, que huelen intensamente a químico, lo que aumenta mi náusea, y me acerco a las mesas.

Mientras limpio la melcocha pegajosa de caramelo, a mi mente llega el recuerdo vívido de Nick; él entre mis piernas y yo sentada en el lavamanos mientras le arañaba la espalda desnuda. Sentí la fuerza de sus músculos, la presión de sus manos.

Tenía un cuerpo de infarto.

Y, sí, el miembro también era memorable.

Muevo mi cabeza de un lado a otro para borrar esos pensamientos calientes. Yo no suelo comportarme así. No es muy común en mí follar con cualquier persona en una fiesta, pero Nick... no me pude resistir. Fue una estupidez, pero una estupidez con recompensa.

Lo bueno es que iba preparado, así que irresponsable no fui.

Me sentí increíblemente bien cuando me dijo que él también tenía muchas ganas de que pasara algo entre nosotros desde que me vio. Es tan guapo y masculino, pero sé que lo que pasó fue solo algo de una vez y ya. Algo del momento. Algo demasiado rico para la resaca que me ha dejado.

-Señorita, a mi hijo le salió un pedazo de algo duro en su helado.

Cierro los ojos con fuerza antes de darme vuelta, sintiendo cómo mi paciencia se evapora. Frente a mí, la misma señora y el mismo niño que no podía decidirse. Mi buen humor no existe hoy.

-El de Nutella tiene pedazos de avellanas -respondo, intentando ocultar mi estrés-. Debe haber sido eso, no se preocupe.

-Bueno, usted no le avisó que traía pedazos de avellanas. Pudo haberse quebrado un diente -La señora se cruza de brazos, adoptando una postura de madre protectora indignada.

-No lo creí necesario, puesto que cuando eligió el sabor se veía claramente que el helado tenía pedazos de algo arriba. Es un sabor de frutos secos.

-Es un niño, no alcanza a ver bien los helados.

Me obligo a mí misma a no poner los ojos en blanco. Asiento. No quiero seguir llevándole la contraria. Prefiero cambiárselo y que se vayan.

-Está bien, le daré otro helado gratis.

-Esta vez quiero de Frutilla y frambuesa -el niño dice con una sonrisa de victoria antes de devolverme su antiguo helado.

¿Pudo haberse "roto un diente" y aun así dejó que se lo comiera?

-Para evitar otro inconveniente -espero que mi sonrisa se vea demasiado falsa-. Te cuento que el helado de frutilla tiene pedazos de la fruta y el de frambuesa trae drupas, es decir, las "bolitas" que la conforman. Solo para que lo sepa.

Los despacho con una cortesía forzada.

Minutos después, cierro la caja. Por fin nuestro día había acabado.

-No me vas a creer esto, Arabella -Chloe se acerca a mí, con una expresión de asombro-. Es impresionante.

-Nada va a ser más impresionante que el trasero de la última clienta -digo, todavía con la boca abierta-. ¡Era gigante y hermoso!

-Arabella, por favor. Concéntrate en lo que te estoy diciendo -hace un gesto con su mano para que le preste atención. La miro con las cejas alzadas, expectante-. ¿Conoces a Marcello Greco?

-El CEO de Greco Lab International y dueño de la mayor cadena de hoteles de California, sí -respondo, sin darle mayor importancia. Es solo otro nombre en las noticias de negocios. -¿Qué pasa con él?

-Supe algo inédito que no vas a creer, pero necesito que no se lo cuentes a nadie. Es un secreto a voces en los círculos internos.

-Dime ya, Chloe. Deja el drama -pongo los ojos en blanco. No me interesa la vida de ese hombre.

-Sabías que tiene mellizos ¿verdad? Una niña y un niño de doce años.

-Sí, algo había escuchado, creo.

-Afírmate que te vas a caer con lo que te voy a decir.

-¡Chloe! ¡Ya dilo!

-La mamá de los niños los abandonó cuando ellos tenían solo unos meses de edad -me cuenta. Su voz baja a un susurro conspirador-. Pero eso no es lo impresionante.

-¿Qué es? -pregunto, sintiendo una punzada de curiosidad genuina.

-El CEO busca a una madre falsa para sus hijos -suelta, y yo frunzo mi ceño totalmente confundida. La sangre se me congela, y el correo electrónico de mi bandeja de entrada resuena como un grito.

-Está dispuesto a pagar ¡treinta mil dólares mensuales! a la mujer que se haga pasar por la madre de los mellizos por un tiempo que desconozco.

-Es una broma ¿verdad? -pregunto sin creerlo, aunque mi cerebro grita: ¡Es cierto! ¡Es cierto! Alza sus cejas con cara de "créelo" y niega con la cabeza.

-¡¿Quién carajos hace eso?! -grito anonadada, sintiendo la urgencia de salir corriendo a revisar mi correo.

-Solo él; Marcello Greco.

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