Durante ocho años, el taller de "Guitarras del Sur" fue mi hogar, un lugar donde mis manos creaban magia y el aire olía a cedro y barniz.
Pero la llegada de Isabel, mi jefa, con su arrogancia y la de su "director de innovación" de veinteañero, lo cambió todo.
Mi salario ridículo no se movía, me humillaban públicamente, me despojaron de mi espacio y se burlaban de mi valor, mientras mis ocho años de lealtad se convertían en meras cadenas.
Cuando el sobrino inútil de Isabel arruinó una guitarra invaluable y me culpó, ella, ciega por la furia, me despidió sin piedad y exigió que pagara los daños con mi miserable sueldo.
¿Cómo era posible que mi pasión, mi arte y mi devoción fueran pisoteados así, mientras una estúpida y una impostora destruían el legado de mi mentor?
Esa misma tarde, mientras barría los restos de la madera, tomé la decisión de que nunca más me arrodillaría: mi renuncia sería el primer acorde de una nueva sinfonía.
El olor a cedro y barniz llenaba el aire de "Guitarras del Sur", un aroma que para mí había sido sinónimo de hogar durante ocho años. Con las manos cubiertas de un fino polvo de madera, di los últimos toques a una guitarra de concierto. Era perfecta.
Llevaba ocho años trabajando aquí, desde que el padre de Isabel dirigía el taller. Él vio mi talento, yo vi su pasión. Ahora, solo quedaba yo.
Mi sueldo era una miseria, apenas para sobrevivir en Granada. Hoy iba a cambiar eso.
Entré en el despacho de Isabel. Ella ni levantó la vista de su móvil.
"Isabel, necesito hablar contigo."
"Dime, Mateo, pero rápido, que estoy ocupada."
"Llevo ocho años aquí. Los clientes más importantes, los que pagan miles de euros por una guitarra, vienen por mi trabajo. Mi sueldo no ha cambiado desde el principio. Necesito un aumento."
Ella finalmente dejó el móvil sobre la mesa, con un suspiro de fastidio.
"Mateo, ¿otra vez con lo mismo? ¿No ves las noticias? Hay una crisis, las ventas bajan. Deberías estar agradecido de tener trabajo."
"Las ventas no bajan, Isabel. La semana pasada cerramos el pedido del maestro flamenco de Jerez. Él solo trata conmigo."
"Él trata con 'Guitarras del Sur'", me corrigió, con una sonrisa fría. "No te confundas."
Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis manos sucias de trabajo. Sentí una punzada de humillación.
"Mira, para que veas que valoro tu... lealtad", dijo, arrastrando la palabra como si fuera un insulto. "Te subiré el sueldo. Veinte euros al mes. No digas que no te cuido."
Veinte euros. Era una bofetada. Una burla.
Salí de su despacho sin decir nada más. La frustración me quemaba por dentro. En el taller, Carmen, la joven vendedora, me miró con compasión. Ella lo había oído todo.
"Lo siento, Mateo", susurró.
Yo solo negué con la cabeza y volví a mi banco de trabajo, el único lugar donde sentía que mi valor era real.
Al día siguiente, la puerta del taller se abrió y entró Isabel, seguida de un joven que no tendría más de veinticinco años. Vestía un traje caro y miraba todo con aire de superioridad.
"Atención todos", anunció Isabel con una voz anormalmente alegre. "Quiero presentaros a Javier. Es mi nuevo Director de Innovación. Va a modernizar el taller y llevarnos al siguiente nivel."
Javier nos dedicó una sonrisa condescendiente.
"Un placer", dijo, sin mirarnos realmente a los ojos.
Isabel continuó. "Javier ganará 5.000 euros al mes, porque el talento hay que pagarlo. Él necesita el mejor espacio para crear, así que, Mateo, a partir de hoy, este será su banco de trabajo."
Señaló mi banco. Mi espacio. El lugar donde había creado cientos de guitarras, donde cada herramienta tenía su sitio exacto.
"Tú puedes instalarte en ese rincón, junto al almacén", añadió, señalando una esquina oscura y polvorienta.
Sentí cómo la sangre se me helaba. Todos en el taller se quedaron en silencio. Era una humillación pública.
"Además", concluyó Isabel, mirándome fijamente, "tu primera tarea será enseñarle a Javier todos tus secretos. Quiero que aprenda del mejor, aunque sea para superarte."
Javier se acercó a mi banco y cogió una de mis gubias, sopesándola en su mano como si fuera un juguete.
"No te preocupes, abuelo", me dijo con una risita. "Aprenderé rápido. Le daré un toque moderno a tus antiguallas."
Tragué saliva, apretando los puños. El amor secreto que sentía por Isabel, ese sentimiento tonto que me había mantenido aquí aguantando todo, se estaba convirtiendo en cenizas.
Sin decir una palabra, empecé a recoger mis herramientas. Cada una de ellas era una extensión de mis manos. Moverlas de su sitio era como si me estuvieran amputando una parte de mí.
Carmen se acercó para ayudarme, con los ojos llenos de rabia contenida.
"No tienes que aguantar esto, Mateo."
"Tengo que hacerlo", respondí en voz baja, más para convencerme a mí mismo que a ella.