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Manual para domar a un jefe arrogante

Manual para domar a un jefe arrogante

Autor: : Mundo Creativo
Género: Romance
Marina no es la típica asistente: habla claro, no se deja pisotear y tiene su propia agenda. Mateo, su jefe, es un hombre frío, adicto al control y con cero habilidades sociales. Cuando ella entra a trabajar en su empresa, los roces son inmediatos. Lo que nadie espera es que esas discusiones comiencen a convertirse en deseo... y que un escándalo dentro de la compañía los obligue a formar un frente unido. ¿Podrán sobrevivir sin matarse ni besarse?

Capítulo 1 La entrevista imposible

Marina ajustó la correa de su bolso y respiró hondo frente a las puertas de vidrio del edificio Ruiz & Partners. No era la primera entrevista de su vida, pero sí la más intimidante. Frente a ella se alzaban treinta pisos de acero, concreto y vidrio ahumado, como una declaración de poder. El hall de entrada parecía una galería de arte minimalista: mármol blanco, recepcionistas impecables, y el silencio elegante de quienes no necesitaban demostrar nada.

-Buenos días. Tengo una entrevista programada a las diez -dijo, con voz firme, a la mujer tras el mostrador.

-Nombre completo, por favor.

-Marina Ortega.

La recepcionista tecleó con rapidez y luego asintió.

-Sala de juntas, piso 28. Le están esperando.

Marina agradeció con una leve inclinación y se dirigió hacia los ascensores. En el reflejo de las puertas metálicas comprobó su aspecto por última vez: blusa celeste, falda lápiz, cabello recogido, maquillaje sobrio. Suficientemente formal, pero no servil. Exactamente como ella.

La sala de juntas era un rectángulo de paredes grises, ventanas amplias y una mesa de cristal tan larga como un campo de batalla. Del otro lado, sentados como jueces, tres entrevistadores esperaban en fila. Dos hombres de traje oscuro, con tabletas frente a ellos, y una mujer rubia con gafas que miró a Marina como si estuviera evaluando una amenaza latente.

Pero fue el cuarto hombre, al fondo, quien realmente llamó su atención. No estaba sentado, sino de pie junto a la ventana, de espaldas, observando la ciudad como si él mismo la hubiera diseñado. Alto, postura rígida, manos en los bolsillos. Su traje gris oscuro era impecable, igual que su corte de cabello, pero había una frialdad en su silueta que se sentía incluso desde el otro lado de la sala.

Cuando se giró, Marina lo reconoció de inmediato: Mateo Ruiz. El CEO. El hombre de las portadas. El que había llevado a la empresa a ser una de las consultoras más agresivas y exitosas del país. También el que, según rumores, había despedido a un empleado por estornudar durante una junta.

-Señorita Ortega -dijo uno de los entrevistadores, sin presentarse-. ¿Por qué cree usted que es apta para este puesto?

Marina sonrió con cortesía y se sentó sin esperar permiso.

-Supongo que porque soy lo contrario de lo que esperan.

El comentario levantó algunas cejas. La mujer rubia cruzó los brazos. Mateo Ruiz, en cambio, no mostró ninguna reacción. Se sentó en la cabecera de la mesa, sin apartar la vista de ella.

-Explíquese -ordenó, con voz baja pero firme.

-Me he tomado la molestia de investigar el perfil de sus asistentes anteriores. Todas con currículums perfectos, experiencia en protocolo, cero incidentes. Todas duraron menos de seis meses.

El segundo entrevistador intentó interrumpirla, pero ella levantó una ceja y continuó:

-Yo no vengo a sonreír por obligación ni a fingir que usted es un dios intocable, señor Ruiz. Vengo a hacer mi trabajo, y hacerlo bien. Soy eficiente, organizada, y no tengo miedo de decir lo que pienso. Tal vez eso sea lo que necesita, o tal vez lo que teme. En cualquier caso, no vine aquí a mendigar una oportunidad.

Silencio. Denso. Cortante.

Mateo entrelazó las manos frente a sí y la miró durante largos segundos. Tenía ojos grises, fríos, como metal.

-¿Y si le digo que no tolero insolencias? -preguntó, sin elevar la voz.

-Entonces ya puedo irme -respondió Marina, sin moverse-. Pero si busca a alguien que le rinda pleitesía, ¿para qué hizo publicar la vacante? Habría bastado con contratar una estatua.

Una pequeña tos escapó de uno de los entrevistadores. ¿Una risa contenida? Imposible saberlo. La rubia apretó los labios.

Mateo no se inmutó. Solo volvió a mirar su hoja de vida, la hojeó sin interés y finalmente dijo:

-Todos fuera.

-¿Perdón? -preguntó la mujer rubia.

-He dicho que todos salgan -repitió Mateo, sin levantar la vista.

Uno a uno, los tres miembros del panel se levantaron con expresión confundida y salieron de la sala. Marina permaneció en su sitio, cruzando una pierna sobre la otra.

Cuando la puerta se cerró, Mateo dejó caer el currículum sobre la mesa.

-¿Siempre es así de directa o solo cuando quiere perder el trabajo antes de tenerlo?

-Solo cuando sé que estoy frente a alguien que necesita ser sacudido -contestó Marina.

Mateo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

-Usted no me conoce.

-Y usted no me intimida.

Una pausa. Larga. Cargada. Como si ambos midieran no solo las palabras, sino el terreno que pisaban.

Finalmente, Mateo se puso de pie.

-Empieza el lunes.

-¿Perdón?

-No repito las decisiones. No me hace perder el tiempo con agradecimientos. Solo preséntese a las ocho. Puntual.

-¿Y si no quiero aceptar?

-Entonces tendrá que vivir con la duda de qué habría pasado si se atrevía.

Mateo salió de la sala sin más. Marina se quedó sentada, con una sonrisa leve en los labios.

-Vaya... entrevista de mierda -murmuró. Pero en su interior, algo se encendía. No era emoción. Ni expectativa. Era algo más... como una chispa que sabía que iba a arder.

Y así comenzó la guerra.

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Capítulo 2 Primeras impresiones... nefastas

El lunes llegó más rápido de lo que Marina hubiera querido. A las 7:45 en punto, atravesaba de nuevo las puertas de cristal de Ruiz & Partners, esta vez como empleada. Llevaba un conjunto sobrio -blanco y azul marino-, el cabello recogido en una cola tirante, y esa expresión serena que utilizaba cuando prefería no demostrar nada. Sabía que estaba entrando a la boca del lobo, y no tenía intención de parecer asustada.

-Oficina 2805. El señor Ruiz ya está ahí -le indicó una joven recepcionista al entregarle su gafete temporal.

El piso 28 tenía un aire diferente. Las puertas eran de madera oscura, las luces más tenues, y el silencio era casi reverencial. Marina caminó por el pasillo alfombrado como quien entra a un templo, hasta que vio la puerta con una placa metálica:

Mateo Ruiz – Dirección General

Junto a ella, un pequeño cubículo acristalado y vacío: su escritorio.

Inspiró, levantó la barbilla y tocó dos veces la puerta.

-Pase -respondió una voz seca desde dentro.

Entró.

La oficina era amplia, decorada en tonos grises y negros. No había fotos personales, ni diplomas colgados. Solo una gran mesa de roble, una estantería minimalista y una vista imponente de la ciudad. Mateo estaba de pie junto al ventanal, como la primera vez, revisando algo en su teléfono.

-Buenos días -dijo Marina, firme.

Él giró el rostro apenas lo suficiente para mirarla.

-Siete cuarenta y nueve. Empieza bien -comentó, sin emoción.

-¿Qué esperaba? ¿Que llegara tarde a propósito para que pudiera despedirme antes de firmar contrato?

Mateo levantó la vista del teléfono. Sus ojos grises brillaron con una chispa fugaz.

-No lo había pensado. Pero gracias por la sugerencia.

Marina sonrió con una inclinación de cabeza.

-Siempre dispuesta a ayudar.

Él se acercó a su escritorio, dejó el teléfono y la observó un segundo demasiado largo.

-Aquí no hay lugar para errores, ni para discursos. Usted será mi sombra. Silenciosa, precisa, invisible. ¿Entendido?

-¿Invisible? Vaya, me equivoqué de empleo. Pensé que venía a ser asistente, no fantasma -respondió sin perder la compostura.

Mateo ladeó la cabeza. Su mirada no era molesta, era analítica. Como si estuviera desmenuzando cada palabra para encontrar un motivo para atacarla.

-Le guste o no, esto no es un concurso de carisma. Mis asistentes anteriores lo entendieron tarde. Por eso están fuera.

-Quizás porque confundieron respeto con sumisión -replicó Marina.

Un silencio denso cayó entre ambos. Él caminó hasta quedar frente a su escritorio, a un metro de ella.

-¿Cuál es su objetivo aquí, Ortega?

-Trabajar. Hacerlo bien. Y no dejar que me pisoteen mientras lo hago.

Mateo soltó una leve risa. La primera vez que hacía un sonido que no pareciera una sentencia.

-Curioso. Dice eso como si yo fuera el villano de esta historia.

-¿Y no lo es?

-No me interesa ser el héroe -dijo él, volviendo a su silla-. Solo el que hace que las cosas funcionen.

-Entonces dígame cómo quiere que funcione nuestra dinámica, jefe -dijo Marina, recalcando la última palabra con un dejo sarcástico-. Porque si mi trabajo es hacerlo todo sin hablar, sin fallar y sin respirar... tal vez debí venir en forma de robot.

Mateo cruzó los brazos, con expresión serena, pero la tensión en su mandíbula lo delataba.

-Le recomiendo que baje el tono antes de que se queme en su primer día.

-Y yo le recomiendo que empiece a tratar a las personas como personas -contestó Marina, esta vez sin suavizar la voz-. Porque por mucho poder que tenga, sigue necesitando humanos para que su empresa siga en pie.

El silencio se volvió casi violento. Solo se escuchaba el leve zumbido del aire acondicionado. Mateo no se movió. Solo la miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera evaluando una amenaza más compleja de lo esperado.

-¿Terminó?

-Por ahora, sí -respondió Marina, cruzando los brazos.

Mateo se puso de pie con una calma que solo alguien acostumbrado al control podía tener. Rodeó el escritorio y se detuvo junto a ella, con una cercanía que no era física, pero sí intimidante.

-Está advertida, Ortega. No toleraré faltas de respeto ni actitudes rebeldes. Usted juega con fuego, y aquí los que se queman, desaparecen.

-Entonces empiece a comprar extintores -contestó Marina, sonriendo con una calma insolente.

Él parpadeó, apenas, y luego retrocedió.

-Tiene cinco minutos para instalarse. Después empezamos con la revisión del cronograma semanal. No quiero interrupciones, ni comentarios innecesarios. Solo resultados.

Y salió.

Marina soltó el aire que había estado conteniendo. ¿Qué demonios acababa de pasar? Había entrado a una oficina, y parecía haber salido de un campo de batalla.

Se dirigió a su nuevo escritorio, aún vacío. En lugar de sentirse intimidada, sentía un hormigueo en el estómago. No de miedo. De desafío. Como si su presencia allí no fuera un accidente, sino una guerra que estaba destinada a librar.

El resto de la mañana fue una sucesión de órdenes frías y tareas milimétricamente definidas. Mateo apenas la miraba, pero cuando lo hacía, sus ojos eran como rayos X. Marina se mantenía firme, precisa, anotando todo, ejecutando con eficiencia, pero sin perder su esencia. A las once en punto, él exigió su café. Marina se lo entregó sin decir palabra... pero con una pequeña nota adhesiva en el vaso que decía: "Para el CEO más amable del mundo (sólo en el multiverso)."

Mateo la leyó. No dijo nada. Solo levantó la mirada un segundo, como si no supiera si reír o despedirla.

Al final del día, cuando todos empezaban a marcharse, Mateo aún seguía en su oficina. Marina organizaba los papeles del día siguiente cuando él la llamó con voz seca:

-Ortega.

Ella entró. Él seguía revisando informes, sin levantar la cabeza.

-¿Qué opina de la junta de mañana con los de AmbarTech?

-Creo que los van a intentar impresionar con cifras, pero esconden un agujero financiero. Si usted quiere asociarse, más le vale exigirles transparencia antes de firmar.

Mateo la miró por primera vez en horas.

-¿Y cómo sabe eso?

-Una de las secretarias de AmbarTech filtró información en redes. No es pública aún, pero está allí. Solo hay que saber buscar.

Mateo frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que sus asistentes se anticiparan, mucho menos con información que él no tenía.

-Tiene instinto, Ortega.

-Y usted una coraza que no le deja ver cuándo lo están rodeando.

Otra pausa. Otra guerra silenciosa de miradas. Luego, Mateo volvió a enfocarse en los papeles.

-Puede irse.

Marina asintió. Salió con paso firme y la frente en alto. Sabía que el primer round había terminado. No había ganado, pero tampoco había perdido.

Y en una empresa donde nadie duraba más de seis meses como su asistente, eso ya era una victoria.

Capítulo 3 Contratada por desafío

Mateo Ruiz nunca contrataba por impulso. Su historial lo confirmaba: cada asistente anterior había sido seleccionado tras rigurosos procesos, cuestionarios psicológicos, y tres entrevistas con recursos humanos. Él no improvisaba. No arriesgaba. No confiaba.

Pero Marina Ortega no era parte de ese sistema. La había elegido en un instante, con un "empieza el lunes", sin consultar a nadie, sin justificación. Y aunque había intentado convencerse de que era por sus habilidades, la verdad era más simple, más cruda: la había contratado para verla caer.

Porque ella lo había desafiado.

Y él no toleraba que lo desafiaran.

-¿Y ella? ¿Qué tiene de especial? -preguntó Camila, la directora de Recursos Humanos, cuando Mateo la llamó a su oficina ese martes por la tarde.

-Nada -respondió él, sin levantar la vista de su computadora.

-¿Entonces por qué la contrató?

-Porque quiero que fracase.

Camila lo observó con el ceño fruncido.

-¿Me estás diciendo que pusiste a una persona en una posición clave solo para verla fallar?

Mateo levantó la mirada, tranquilo.

-La puse donde ella misma quiso estar. Aceptó el reto. La diferencia es que aún no entiende dónde se metió.

Camila cruzó los brazos.

-¿Y qué esperás lograr con eso?

-Probar mi punto. Que el talento sin disciplina es solo ruido. Que el desafío sin estrategia es arrogancia.

-¿O estás probando que aún no superás que alguien te mire a los ojos sin miedo?

Mateo frunció el ceño, pero no respondió. En lugar de eso, volvió a su pantalla, cerrando así la conversación.

Mientras tanto, en su escritorio, Marina no necesitaba ser psíquica para intuir que Mateo la había contratado con una motivación distinta a la eficiencia. La forma en que observaba cada uno de sus movimientos, cómo revisaba todo lo que ella organizaba dos veces, cómo le pedía tareas absurdamente específicas, como coordinar las reuniones con márgenes de tiempo exactos entre saludo, presentación y cierre.

-¿También tengo que controlar cuántos segundos respira cada cliente? -preguntó ella en voz baja, mientras ajustaba el cronograma del día siguiente.

-Preferiblemente -respondió Mateo desde la puerta de su oficina, apareciendo sin que lo notara.

Marina se giró, sin inmutarse.

-¿También debo recordarles cuántas veces parpadear?

-No estaría mal, considerando lo incompetente que puede ser la gente cuando se relaja -dijo él, entrando con una carpeta en mano-. Esta es la agenda para la cena del jueves con los inversores de Singapur. Quiero una versión impresa en sus idiomas y otra digital antes de las seis.

-¿Y usted cree que en tres horas se puede traducir todo esto y revisar que esté perfecto?

-No lo creo. Lo exijo.

Marina lo miró un segundo, luego tomó la carpeta.

-Perfecto. Pero cuando explote mi cerebro, no quiero indemnización. Solo que graben mi funeral con buena luz.

Mateo se giró y volvió a su oficina sin decir una palabra más.

A las 17:58, Marina dejó sobre su escritorio tres carpetas impresas en papel de alta calidad, cada una con un pequeño marcador en la portada indicando el idioma: inglés, mandarín y japonés. Y junto a eso, una memoria USB con los archivos digitales. Todo revisado, sin errores.

Mateo salió de su oficina con su habitual expresión impasible. Miró los documentos, luego a ella.

-Lo lograste.

-¿Sorprendido?

-Aún no.

-Deme tiempo -dijo Marina, sonriendo con una media sonrisa-. Soy una inversión a largo plazo.

Mateo no respondió. Tomó la carpeta y volvió a entrar en su oficina. Pero antes de cerrar la puerta, murmuró sin girarse:

-No vas a durar una semana.

Marina lo escuchó, y por primera vez en el día, su sonrisa se borró.

No porque le doliera. Sino porque entendía, al fin, el juego.

No la había contratado por mérito. La había contratado para destruirla desde adentro.

El miércoles amaneció con lluvia. Marina llegó quince minutos antes, empapada por el viento que le había volteado el paraguas tres veces, pero con el café de Mateo en la mano y los documentos de la junta matutina listos.

Cuando él la vio entrar al piso 28, con el cabello húmedo, la falda pegada a las piernas y la dignidad intacta, pensó -solo por un instante- que aquella mujer era demasiado terca para su propio bien.

-Su café, señor "No doy segundas oportunidades" -dijo Marina, dejando el vaso sobre su escritorio.

Mateo la miró de reojo.

-Su puntualidad roza la obsesión.

-Y su obsesión roza lo patológico -respondió ella, dejando sobre su escritorio una hoja con correcciones al discurso que él debía dar esa tarde.

Mateo la leyó en silencio. Había señalado cuatro frases con errores de redacción, una cita mal atribuida, y una inconsistencia en las fechas.

-¿Desde cuándo tiene acceso a esto? -preguntó él.

-Desde anoche. Lo encontré olvidado en la bandeja de impresiones. Supuse que preferiría no quedar en ridículo frente a veinte inversores internacionales.

Mateo levantó la vista. La miró por varios segundos, sin decir nada.

-Gracias -dijo al fin, seco, como si cada letra costara una batalla.

Marina levantó las cejas.

-¿Eso fue... amabilidad? ¿De verdad lo escuché?

-No se acostumbre -respondió Mateo, con una mueca casi imperceptible.

A lo largo del día, Marina ejecutó cada tarea como si su permanencia dependiera de ello. Porque así era. Sabía que Mateo estaba esperando su primer error para justificar su expulsión. Pero ella no le iba a dar ese gusto.

Organizó tres reuniones, resolvió un conflicto entre dos equipos creativos, encontró una factura duplicada en el sistema de pagos y corrigió un error de agenda que habría causado un caos con los vuelos de los socios europeos. Todo antes de las cinco de la tarde.

Pero fue lo que ocurrió después lo que marcó el verdadero giro del día.

Marina estaba en el baño cuando escuchó dos voces masculinas en la antesala, creyendo que ella no estaba. Reconoció una: era Hugo, el director de marketing. La otra, más aguda, parecía la de Tomás, el jefe de finanzas.

-¿Entonces es cierto? ¿Mateo contrató a la nueva por puro capricho?

-Total. Dice que quiere ver cuánto aguanta. Apostó con Camila que no llega al viernes.

-No jodas. ¿Y ella no sospecha?

-Ni idea, pero... no me extrañaría que el lunes ya tengamos otra asistente nueva.

Rieron. Las risas de los hombres que se creen inmunes al karma.

Marina apretó los dientes. No salió del baño hasta que se fueron. Se miró en el espejo, con el corazón acelerado. No por dolor. Por furia.

Ahora lo sabía con certeza: era parte de una apuesta.

Cuando Mateo salió de su oficina a las seis en punto, Marina lo esperaba de pie, junto a su escritorio.

-¿Necesita algo más antes de irse?

-No. Buen trabajo hoy.

-Gracias. Por cierto...

Él se giró. Marina se acercó un paso, lo bastante para que sólo él la escuchara.

-Dígale a Camila que no pierda su dinero. No pienso caer.

Mateo la miró en silencio. No preguntó cómo lo sabía. No lo negó. Solo la observó, y por primera vez, pareció genuinamente desconcertado.

-¿Algo más? -dijo con frialdad.

-Sí -respondió Marina, con la voz baja pero firme-. La próxima vez que use a una persona como experimento, asegúrese de que no tenga alma de incendio.

Y sin esperar respuesta, tomó su bolso y se marchó, dejando tras de sí el olor de la lluvia, el eco de sus tacones y la certeza silenciosa de que aquella guerra apenas comenzaba.

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