El frío en la buhardilla de la mansión de los Garras de Plata no era solo una cuestión de clima; era una presencia constante, un recordatorio silencioso de la posición de Elara en la jerarquía de la manada. Se despertó antes de que el primer rayo de sol rozara las copas de los pinos centenarios que rodeaban el valle. Sus dedos, entumecidos, buscaron el viejo reloj de madera sobre la mesa coja. Las cinco de la mañana.
Hoy no era un martes cualquiera. Hoy, Elara cumplía dieciocho años.
En el mundo de los licántropos, los dieciocho años no eran simplemente una transición a la edad adulta. Era el día del Despertar. El día en que el lobo interior finalmente rompía las cadenas del alma para manifestarse físicamente y, lo más importante, el día en que la Diosa Luna revelaba el hilo invisible que unía a dos almas: el vínculo de pareja, el mate.
Elara se sentó en su estrecho jergón, abrazando sus rodillas contra el pecho. Su corazón martilleaba con una mezcla de terror y una esperanza tan intensa que le quemaba la garganta. Durante dieciocho años, había sido la "vergüenza" de la prestigiosa linaje de los Garras de Plata. Mientras que otros niños de la manada mostraban signos de fuerza, velocidad y un aroma lupino vibrante desde los diez años, Elara seguía siendo... plana. Sin aroma. Sin fuerza sobrehumana. Una loba que parecía más humana que bestia.
-Por favor, Madre Luna -susurró hacia la pequeña claraboya por la que se filtraba la luz grisácea del alba-. Solo hoy. No me dejes sola.
Se levantó y evitó mirarse en el espejo roto que colgaba de la pared. Sabía lo que vería: una joven de piel demasiado pálida, grandes ojos de un gris tormentoso que parecían haber visto demasiados inviernos, y un cuerpo delgado que carecía de la robustez de una guerrera. En una manada que valoraba el poder por encima de todo, Elara era un error de cálculo.
El silencio de la casa se rompió con el estruendo de una puerta golpeando contra la pared un piso más abajo.
-¡Elara! ¡Muévete, engendro! ¡Los preparativos no se van a hacer solos!
La voz de Vanya, su hermanastra, cortó el aire como un látigo. Vanya era todo lo que Elara no era: fuerte, hermosa, con un pelaje canela que todos admiraban y una loba que ya rugía con autoridad en su interior. Desde que el padre de Elara, el Alfa Magnus, se había vuelto a casar tras la misteriosa muerte de la madre de Elara, la vida en la mansión se había convertido en un campo de minas.
Elara se vistió rápidamente con su uniforme de trabajo: unos pantalones gastados y una túnica de lana que le quedaba grande. Bajó las escaleras de servicio, tratando de pasar desapercibida, pero Vanya ya la esperaba al final del pasillo, apoyada contra el marco de la puerta de la cocina con una sonrisa cruel.
-Mírate -dijo Vanya, recorriendo a Elara con una mirada llena de asco-. Hoy es el gran día, ¿verdad? El día en que el mundo entero verá que no eres más que una humana defectuosa en piel de lobo.
-Hoy es mi cumpleaños, Vanya -respondió Elara con la voz más firme que pudo reunir-. Tengo el mismo derecho que tú a esperar mi transformación.
Vanya soltó una carcajada estridente que resonó en las paredes de piedra.
-¿Derecho? En esta manada el derecho se gana con sangre y poder, algo de lo que tú no sabes nada. Padre está avergonzado de que hoy tengas que subir al altar. Dice que es una pérdida de tiempo ceremonial, pero la tradición lo obliga.
Vanya se acercó, reduciendo el espacio personal de Elara. Su aroma a sándalo y pino, signo de una loba dominante, inundó los sentidos de Elara, haciéndola sentir pequeña, insignificante.
-No te hagas ilusiones, hermanita. Ningún lobo de alto rango querría a una pareja que no puede ni defenderse de un cachorro. Si tienes suerte, quizás algún omega de los límites se apiade de ti. Eso si es que tienes un mate. Hay leyendas sobre lobas estériles de espíritu que mueren solas.
Elara bajó la mirada a sus pies, apretando los puños. No iba a darle el gusto de verla llorar. No hoy.
-Ve a limpiar el gran salón -ordenó Vanya, golpeándole el hombro al pasar-. Los invitados de las manadas aliadas llegarán al mediodía. El Alfa Caleb también vendrá. Intenta no ensuciar el aire con tu presencia.
Caleb. El nombre hizo que el pulso de Elara diera un vuelco. Caleb era el futuro Alfa de la manada vecina y el guerrero más prometedor de su generación. De niños, antes de que las jerarquías los separaran, él había sido amable con ella. En sus sueños más secretos, en esos que solo se atrevía a confesarle a las estrellas, Elara imaginaba que Caleb era su pareja predestinada. Él la salvaría. Él la sacaría de este infierno y la reclamaría con orgullo frente a todos.
El trabajo fue agotador. Elara pasó la mañana puliendo los largos tablones de madera del salón de banquetes, cargando pesadas bandejas de plata y decorando las columnas con ramas de abeto y cintas de seda blanca. Sus músculos protestaban, y el hambre le atenazaba el estómago (su madrastra se había "olvidado" de dejarle desayuno), pero la esperanza la mantenía en pie. Cada vez que sentía un mareo, se decía a sí misma: "Esta noche serás libre. Esta noche la Luna hablará".
A media tarde, la mansión bullía de actividad. Los Alfas de otros territorios llegaban con sus séquitos, trayendo consigo una sinfonía de aromas y feromonas que abrumaban los sentidos humanos de Elara. Ella se mantenía en las sombras, recogiendo copas vacías y asegurándose de que las chimeneas estuvieran encendidas.
Desde un rincón, vio a su padre, el Alfa Magnus. Se veía imponente con su traje de gala, conversando con otros líderes. Su mirada se cruzó con la de Elara por un breve segundo. No hubo amor, ni orgullo, ni siquiera un saludo. Solo una frialdad gélida, una mirada que decía: "No me avergüences más de lo que ya lo haces".
Elara se retiró a la cocina, con el corazón encogido. Allí, escondida tras una columna, sacó un pequeño objeto de su bolsillo: un colgante de piedra lunar que había pertenecido a su madre. Era lo único que le quedaba de ella.
-Mamá... si puedes verme, por favor -susurró, frotando la piedra fría contra su mejilla-. Dame fuerza. Solo necesito que alguien me vea de verdad.
-Elara, es hora.
La voz era la de una de las criadas más ancianas, Martha, la única que la trataba con algo parecido a la compasión.
-Ve a cambiarte, niña. El banquete está por comenzar. La ceremonia del Despertar es después del primer brindis.
Elara subió corriendo a su buhardilla. No tenía vestidos de seda como Vanya, ni joyas heredadas. Pero había guardado un vestido de lino blanco, sencillo pero limpio, que ella misma había remendado. Se lavó la cara con agua fría, tratando de quitarse el rastro del cansancio y el hollín. Se soltó el cabello, que caía en ondas plateadas sobre sus hombros, un rasgo extraño en su familia que siempre había sido de cabellos oscuros.
Al mirarse al espejo esta vez, no vio a la sirvienta. Vio a una mujer en el umbral de su destino.
-Hoy -se dijo a sí misma, con un brillo de determinación en sus ojos grises-. Hoy todo cambia.
Cuando bajó al salón principal, la música de los violines y el murmullo de cientos de voces llenaban el espacio. El aire estaba cargado de expectación. El aroma a carne asada y vino dulce se mezclaba con el olor metálico de la nieve que comenzaba a caer fuera.
Elara caminó por el borde del salón, tratando de llegar al área reservada para los jóvenes que cumplían dieciocho años ese ciclo. Eran cinco en total, pero todas las miradas se centraban en Vanya, que lucía un vestido rojo sangre que resaltaba su belleza salvaje.
Y entonces, lo vio.
En la mesa principal, sentado junto a su padre, estaba Caleb. Había crecido. Sus hombros eran más anchos, su mandíbula más marcada, y sus ojos dorados brillaban con una intensidad depredadora. Era la viva imagen de un Alfa perfecto.
En ese momento, como si sintiera su mirada, Caleb giró la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Elara a través de la multitud. El mundo pareció detenerse. Por un instante, Elara sintió un tirón en el centro de su pecho, una vibración eléctrica que recorrió su columna vertebral. Sus pulmones se llenaron de un aroma que no había notado antes: lluvia ácida y menta. Era el aroma de él.
Caleb se quedó rígido, sus pupilas dilatándose hasta cubrir casi todo el iris dorado. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se formó en sus labios.
El corazón de Elara dio un vuelco de pura alegría. "Es él", pensó, sintiendo por primera vez en su vida que el mundo tenía sentido. "Él es mi pareja. La Diosa Luna no me ha abandonado".
Toda la humillación, los años de soledad, el frío de la buhardilla y los desprecios de su padre... todo valdría la pena si Caleb era quien el destino había elegido para ella. Con él a su lado, nadie volvería a llamarla débil. Con él, tendría una manada, un hogar, una vida.
El Alfa Magnus se puso de pie y golpeó su copa con un cuchillo de plata, reclamando silencio. El sonido resonó como una campana de muerte sobre el bullicio.
-Bienvenidos todos -tronó su voz, llenando cada rincón del salón-. Hoy, la manada de los Garras de Plata celebra la continuidad de nuestro linaje. Hoy, nuestros jóvenes saludan a la luna y reclaman su lugar entre nosotros.
Elara dio un paso adelante, con la cabeza alta y una sonrisa tímida floreciendo en su rostro. Miró a Caleb, esperando ver la misma chispa de reconocimiento, el mismo alivio.
Caleb la miraba, sí. Pero la chispa en sus ojos estaba cambiando. El reconocimiento estaba allí, pero también algo más oscuro, algo que Elara, en su inocente esperanza, no pudo identificar de inmediato.
-¡Que comience la ceremonia! -anunció Magnus.
Elara inhaló profundamente, llenando sus pulmones de esperanza, sin saber que en pocos minutos, esa misma esperanza sería el arma que destrozaría su mundo para siempre. El despertar estaba cerca, pero no sería el de un lobo, sino el de una pesadilla de la que no podría escapar... hasta que cruzara la frontera prohibida.
El eco de la voz del Alfa Magnus aún resonaba en las altas bóvedas del gran salón cuando los aplausos estallaron. Era un sonido ensordecedor, lleno de anticipación salvaje. Para los lobos, la ceremonia del Despertar no era solo un rito de paso; era el momento en el que la Diosa Luna dictaba el futuro de la manada, revelando a los más fuertes y desenmascarando a los débiles.
Los cinco jóvenes que cumplían dieciocho años fueron guiados por los ancianos hacia la Antesala de Cristal, un cuarto contiguo de paredes translúcidas donde debían prepararse mental y espiritualmente antes de caminar hacia el altar bajo la luz de la luna llena.
Elara caminaba como en un sueño. Apenas sentía el suelo bajo sus pies. El zumbido en sus oídos no era por la multitud, sino por la sangre que corría a toda velocidad por sus venas. Él. Caleb. La chispa en su mirada, el aroma a lluvia ácida y menta que de repente se había vuelto el único oxígeno que sus pulmones deseaban respirar. El vínculo era real. No estaba loca. No estaba rota. La Madre Luna le había otorgado al futuro Alfa de la manada vecina.
Una vez que las pesadas puertas de roble de la Antesala de Cristal se cerraron, aislando el ruido del banquete, el ambiente cambió drásticamente. El aire se volvió denso, cargado de las feromonas ansiosas de los jóvenes lobos.
Vanya se giró sobre sus talones. Su vestido de seda roja ondeó como un charco de sangre fresca. Sus ojos, normalmente de un castaño cálido, ahora brillaban con un destello amarillento, señal de que su loba estaba al borde de la superficie, agitada y territorial. Y su mirada estaba clavada directamente en Elara.
-¿Qué fue eso? -exigió Vanya. Su voz no era un grito, sino un gruñido bajo, gutural, que hizo que los otros tres jóvenes retrocedieran instintivamente hacia las paredes, bajando la cabeza en sumisión ante la innegable dominancia de la hija del Alfa.
Elara se quedó congelada en el centro de la sala. El modesto vestido de lino blanco, que con tanto esmero había lavado y remendado, de repente se sentía como una hoja de papel frente a una tormenta.
-No sé de qué hablas, Vanya -respondió Elara, intentando mantener la voz estable. Su loba interior aún no se había manifestado, no tenía los instintos para agachar la cabeza, pero su cuerpo humano temblaba ante la amenaza.
Vanya acortó la distancia entre ellas en dos zancadas depredadoras. El aroma a sándalo y pino se volvió asfixiante, casi tóxico.
-No te atrevas a mentirme, rata sin olor -siseó Vanya, agarrando a Elara por el brazo con una fuerza que amenazaba con astillarle el hueso-. Vi cómo lo mirabas. Y vi cómo él te miraba a ti. Caleb. El futuro Alfa de los Colmillos de Hierro.
Elara intentó zafarse, pero el agarre de su hermanastra era como una tenaza de acero.
-Suéltame. Es el vínculo, Vanya. Tú no puedes controlar a la Diosa Luna...
-¡La Diosa Luna no comete errores tan patéticos! -escupió Vanya, empujando a Elara hacia atrás.
Elara tropezó, apenas logrando mantener el equilibrio.
-Caleb es mío -continuó Vanya, paseándose alrededor de Elara como un depredador evaluando a una presa herida-. Nuestras manadas han estado negociando esta unión durante meses. Es política. Es poder. Él necesita una Luna fuerte, una loba de linaje puro que pueda darle guerreros imparables. ¿De verdad crees, en tu delirante y pequeña mente, que un Alfa de su calibre va a aceptar a una vergüenza humana como tú?
Las palabras golpearon a Elara con más fuerza que un puñetazo físico. Las dudas que habían plagado su mente durante años volvieron a surgir, oscureciendo la chispa de esperanza que había nacido apenas unos minutos antes. Pero entonces recordó el tirón en su pecho, la conexión innegable.
-El vínculo es sagrado -susurró Elara, alzando el mentón, encontrando un valor que no sabía que poseía-. Si él es mi pareja, ninguna negociación política puede cambiar eso.
Los ojos de Vanya se oscurecieron. Una furia gélida reemplazó el calor de su ira.
-Tienes razón -dijo Vanya con una calma repentina que resultaba mucho más aterradora que sus gritos-. El vínculo es una fuerza poderosa. Puede confundir incluso a los lobos más racionales. Cuando Caleb sintió tu aroma... si es que siquiera tienes uno... se sorprendió. Esa fue su debilidad momentánea. Pero cuando camines hacia ese altar y te vea frente a todos, debe ver exactamente lo que eres: basura.
Antes de que Elara pudiera procesar la amenaza, Vanya se movió con una velocidad sobrenatural.
En la mesa del centro de la sala había varias jarras de plata con vino de moras silvestres, preparadas para el brindis final de los iniciados. Vanya agarró una de las jarras y, en un movimiento fluido y calculado, "tropezó" violentamente contra Elara.
El impacto lanzó a Elara al suelo de mármol. Escuchó un desgarro ensordecedor. Las garras de Vanya, que habían brotado en una fracción de segundo, se engancharon en la fina tela de lino del hombro de Elara, rasgando el vestido en diagonal a través del pecho hasta la cintura.
Pero eso no fue lo peor. El contenido de la jarra entera cayó sobre Elara, empapando el remanente blanco de su vestido con un líquido espeso, pegajoso y de un color púrpura tan oscuro que parecía sangre coagulada.
Elara se quedó sin aliento por el golpe contra el mármol, tosiendo mientras el vino se le metía por la nariz y los ojos.
-¡Oh, por la Diosa, qué torpe soy! -exclamó Vanya, fingiendo llevarse una mano a la boca. Los otros tres jóvenes soltaron risitas nerviosas, demasiado cobardes para intervenir. Vanya miró a Elara desde arriba, con una sonrisa que destilaba veneno puro-. Qué lástima. Ese trapo andrajoso era lo único decente que tenías, ¿verdad? Ahora pareces exactamente lo que eres: un cadáver desangrado que alguien arrastró fuera del bosque.
Elara se miró. El vestido estaba destruido. La tela rasgada exponía la modesta enagua gris que llevaba debajo, y el vino la hacía lucir sucia, miserable, como una mendiga que se había colado en el palacio real. Trató de juntar los bordes rasgados del lino con sus manos temblorosas, pero la tela estaba arruinada.
Las lágrimas de humillación picaron en el fondo de sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No le daría a Vanya el placer de verla rota. No aquí. No ahora.
Las pesadas puertas de roble resonaron cuando alguien golpeó desde afuera.
-¡Iniciados! -llamó la voz del Beta de la manada-. La luna está en su cenit. El altar los espera. Salgan de inmediato.
El pánico se apoderó de Elara. Miró desesperadamente a su alrededor, buscando una aguja, un imperdible, cualquier cosa.
-No puedo salir así -susurró, el pánico estrangulando su voz-. Por favor...
-Oh, claro que saldrás -dijo Vanya, acercándose y agarrando a Elara por el cabello, obligándola a levantarse y susurrándole al oído-. Y Caleb verá exactamente a la pordiosera que la Luna intentó encadenarle. Y sentirá tanto asco, que el vínculo se romperá antes de siquiera formarse.
Vanya la soltó con un empujón, se alisó su inmaculado vestido de seda roja y caminó hacia la puerta, seguida por los otros tres. Elara se quedó sola en la sala durante unos segundos que parecieron horas.
Intentó atar los extremos rasgados de su vestido con un nudo torpe sobre su estómago. El vino frío se pegaba a su piel, haciéndola tiritar incontrolablemente. Estaba cubierta de manchas oscuras, su cabello plateado estaba desordenado y húmedo por la caída, y se veía como si hubiera sobrevivido a un ataque brutal.
"No puedo hacerlo", pensó, retrocediendo hacia las sombras de la habitación. "Si salgo así, seré el hazmerreír de todo el continente. Él... Caleb sentirá vergüenza".
Pero la voz de la anciana Martha hizo eco en su memoria: Hoy todo cambia. Y el recuerdo de la mirada de Caleb, la electricidad del vínculo, la empujó hacia adelante. Tal vez, si el vínculo era real, a Caleb no le importaría un vestido arruinado. Tal vez él vería más allá de las manchas y los harapos. Tal vez él vería su alma.
Con un dolor sordo en el pecho y el nudo de su vestido amenazando con deshacerse a cada paso, Elara caminó hacia las puertas dobles.
Cuando salió de la Antesala de Cristal, el silencio cayó sobre el gran salón como un manto de plomo.
Los cientos de invitados, vestidos con sus mejores galas, se quedaron mudos. Todas las miradas se clavaron en ella. Elara sintió que el aire se volvía cuchillos que le cortaban la piel. Podía escuchar los susurros crueles floreciendo entre la multitud.
"¿Qué es esa criatura?"
"Parece un animal atropellado."
"Qué deshonra para el Alfa Magnus."
"Huele a vino barato y a miedo... ni siquiera tiene olor a loba."
Elara mantuvo la cabeza gacha, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza. Caminó por el pasillo central que llevaba a las grandes puertas dobles de cristal, las cuales se abrían hacia los jardines nevados donde se erigía el altar de piedra bajo la luna llena.
Delante de ella, Vanya caminaba con la elegancia de una reina, atrayendo miradas de admiración y respeto. El contraste entre ambas era brutal. La luz y la sombra. La princesa y la pordiosera.
Al llegar al final del salón, antes de salir al jardín, los líderes de las manadas esperaban. Y allí estaba Caleb.
Elara reunió todo el valor que le quedaba en el cuerpo y levantó la vista, buscando los ojos dorados del futuro Alfa de los Colmillos de Hierro. Buscaba el apoyo, el reconocimiento que le confirmara que este sufrimiento valdría la pena.
Caleb la miró. Y el mundo de Elara se resquebrajó.
La chispa de reconocimiento había desaparecido por completo. En su lugar, el rostro de Caleb era una máscara de absoluta mortificación. Su mirada recorrió el vestido rasgado de Elara, las manchas púrpuras que parecían suciedad, su postura encorvada y temblorosa. Los puños del joven Alfa se apretaron a sus costados, y sus fosas nasales se ensancharon, no para captar su aroma, sino como si estuviera oliendo algo rancio.
Elara vio cómo Caleb cerraba los ojos por una fracción de segundo, y cuando los volvió a abrir, solo había frialdad. Una frialdad teñida de vergüenza pública. Era el futuro líder de la manada más temida del norte; su orgullo era su vida. Y la Diosa Luna acababa de emparejarlo con el hazmerreír de la noche.
Vanya, que había estado observando la interacción de reojo, sonrió con suficiencia y avanzó hacia el altar bajo la luz de la luna.
Elara se quedó helada en el umbral, sintiendo que el poco calor que le quedaba en el cuerpo se desvanecía. El vínculo en su pecho, que antes palpitaba con esperanza, ahora se sentía como una herida abierta, sangrando lentamente.
El sabotaje de Vanya no solo había destruido su vestido; había destruido la única oportunidad de Elara de ser vista como una igual. Y mientras el Alfa Magnus levantaba las manos hacia el cielo estrellado para dar inicio a la invocación, Elara supo con una certeza aterradora que la pesadilla apenas acababa de comenzar.
El jardín exterior de la mansión de los Garras de Plata era un anfiteatro natural rodeado de pinos milenarios, ahora iluminado por docenas de hogueras crepitantes y la luz cruda y platinada de la luna en su cenit. Allí se celebraba el verdadero Banquete de la Luna, la parte de la ceremonia donde las alianzas se forjaban con sangre, carne asada y promesas políticas.
Mientras el Alfa Magnus bajaba los brazos tras la invocación inicial, el silencio sepulcral que había recibido a Elara se transformó en un zumbido denso y sofocante. Las miradas de las manadas aliadas pesaban sobre ella como bloques de plomo.
Había tres manadas invitadas esa noche, pero la atención de todos giraba en torno a una sola: los Colmillos de Hierro del norte. Eran guerreros brutales, lobos enormes criados en las montañas heladas, conocidos por su ferocidad en la batalla y su intolerancia a la debilidad. Su líder, el Alfa Thorne, era un gigante de cicatrices profundas y mirada implacable. Y a su lado estaba Caleb, su único hijo, el heredero que esa noche debía encontrar o elegir a su Luna.
Elara se quedó inmóvil en el borde de la explanada, temblando por el frío de la nieve bajo sus pies descalzos y por la humedad del vino que se pegaba a su piel a través de los harapos de su vestido rasgado. Sentía cada mirada como una aguja clavándose en su nuca.
-¿Esa es la otra hija de Magnus? -gruñó el Alfa Thorne, su voz grave resonando por encima del crepitar del fuego. No se molestó en bajar el volumen; a los lobos fuertes no les importaba que los débiles escucharan sus insultos-. Parece un cadáver que la corriente arrastró hasta la orilla. ¿No tiene olor?
Magnus apretó la mandíbula, sus ojos relampagueando de humillación.
-Es... una anomalía, Thorne. Una deshonra que la Diosa nos ha impuesto probar. Pero no permitas que manche la celebración. Miremos hacia el futuro.
Con un gesto brusco de su mano, Magnus ordenó que comenzara el banquete. Los siervos (los omegas de rango más bajo) comenzaron a circular con enormes bandejas de carne cruda y asada, cuernos de hidromiel y frutas de invierno. La tensión, sin embargo, era tan gruesa que se podía cortar con un cuchillo de plata.
El destino de las manadas pendía de un hilo esta noche. Los Garras de Plata tenían riquezas y tierras fértiles, pero sus ejércitos habían mermado. Los Colmillos de Hierro tenían un ejército imparable, pero sus tierras del norte se estaban congelando, muriendo de hambre. Una alianza matrimonial era la única salvación para ambos territorios. Todos esperaban que la Diosa Luna bendijera la unión entre Caleb y Vanya, la hija fuerte, la loba perfecta.
Elara fue empujada bruscamente por un guardia hacia la mesa de los Iniciados, situada en el nivel más bajo del jardín, lejos del estrado principal. Se sentó en el borde del banco de madera, abrazándose a sí misma, intentando cubrir con sus brazos la piel expuesta donde Vanya le había desgarrado la ropa.
Desde su posición, Elara tenía una vista perfecta de la mesa principal. Observó cómo Vanya se deslizaba hacia la silla contigua a la de Caleb. Su hermanastra reía con elegancia, sirviéndole vino al futuro Alfa, inclinándose lo suficiente para que su embriagador aroma a sándalo y pino lo envolviera. Vanya era el cuadro exacto de una Luna poderosa y deseable.
Caleb, sin embargo, parecía tenso. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que agarraba su copa de plata. De vez en cuando, sus ojos dorados parpadeaban en dirección a la mesa baja. En dirección a Elara.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, el corazón de Elara daba un salto traicionero. El vínculo... seguía ahí. A pesar del desastre, a pesar de la humillación pública, la conexión invisible tiraba de su pecho. Podía sentir la ansiedad de Caleb, una tormenta de confusión en su interior. Sabía que él sentía el aroma debajo del vino rancio, el sutil pero inconfundible llamado de las almas predestinadas.
«Mírame», suplicó Elara en su mente. «Ven a mí. Desafíalos. Demuestra que el vínculo es más fuerte que su política.»
Pero la tensión del destino es una cuerda que tira de ambos lados, y a menudo, la política pesa más que la magia.
-Mi hijo necesita una guerrera -le decía Thorne a Magnus, masticando un pedazo de carne sangrante-. Las fronteras del este están inquietas. Se rumorea que los chupasangres se están moviendo, y hay cuentos de sombras en los Bosques de Ceniza. No podemos permitirnos debilidad.
-Y no la tendrán -aseguró Magnus, señalando a Vanya con orgullo-. Mi hija Vanya derribó a tres guerreros veteranos en su último entrenamiento. Su loba está ansiosa por salir. Dará a luz cachorros que harán temblar la tierra.
Caleb escuchaba la conversación, pero su cuerpo estaba rígido. Su lobo interior aullaba, rasguñando las paredes de su mente, exigiéndole que fuera hacia la chica de cabello plateado y vestido destrozado que temblaba en la oscuridad. El lobo de Caleb sabía la verdad: la Diosa había elegido.
Pero el hombre... el hombre estaba aterrorizado.
Criado bajo la bota de acero de Thorne, a Caleb se le había enseñado que la imagen lo era todo. Un Alfa no podía gobernar si su manada no respetaba a su pareja. Si reclamaba a Elara, la pordiosera sin olor, la "anomalía", los Colmillos de Hierro se rebelarían. Sería el fin de su autoridad antes de que siquiera comenzara.
Elara vio la lucha en el rostro de Caleb. Vio el momento exacto en que la duda fue reemplazada por la resignación y, finalmente, por la crueldad.
Caleb se giró hacia Vanya, forzando una sonrisa, y le susurró algo al oído. Vanya soltó una risa cristalina y le acarició el brazo. Fue un gesto calculado, diseñado para que todos en el jardín lo vieran. El mensaje era claro: el futuro Alfa de los Colmillos de Hierro estaba tomando su decisión, y la Diosa Luna tendría que agachar la cabeza ante él.
Un nudo doloroso estranguló la garganta de Elara. La esperanza, esa chispa frágil que había nacido en la buhardilla esa misma mañana, se extinguió, dejando a su paso un frío mucho más profundo que el de la nieve de invierno. No iba a salvarla. La cobardía de Caleb era más grande que su destino.
De repente, un aullido solitario y escalofriante cortó la brisa nocturna.
No venía de ninguno de los lobos presentes en el banquete. Venía de lejos, del sur, más allá del Río de Ceniza, en los territorios prohibidos. Era un sonido tan denso, tan cargado de un poder oscuro y primigenio, que hizo que las llamas de las hogueras parpadearan.
Un silencio absoluto cayó sobre el banquete. Los lobos más jóvenes gimieron, sintiendo un impulso instintivo de someterse. Incluso el Alfa Thorne dejó de masticar, sus ojos fijos en la oscuridad del bosque.
-¿Qué fue eso? -preguntó Vanya, su voz temblando por primera vez en toda la noche.
-El viento en los cañones del sur -mintió Magnus rápidamente, aunque el sudor frío en su frente lo delataba-. No es nada. Ignórenlo.
Pero Elara no lo ignoró. Cuando ese aullido resonó, algo en lo más profundo de su ser vibró. No fue el tirón eléctrico del vínculo de pareja predestinada que sentía con Caleb. Fue algo diferente. Fue como si un cerrojo antiguo, oxidado por años de represión, hubiera crujido dentro de su pecho. Por un microsegundo, la humillación, el frío y el dolor desaparecieron, reemplazados por una sensación de majestuosidad oscura.
Miró su propia mano. Las yemas de sus dedos parecían latir con una extraña energía bajo la piel. Y luego, tan rápido como llegó, la sensación se esfumó.
-Es hora -anunció el Alfa Thorne, poniéndose de pie y rompiendo la tensión que el misterioso aullido había dejado en el aire-. El banquete ha terminado. Es momento de que los jóvenes acepten sus destinos. Es momento de los reclamos y los rechazos.
El corazón de Elara comenzó a latir con la urgencia de un animal acorralado. El verdadero juicio estaba a punto de comenzar.
Los cinco iniciados fueron llamados al centro de la explanada, frente a las mesas de los Alfas. Vanya caminó primero, radiante y segura. Elara fue la última, arrastrando los pies, obligada por la mirada feroz de los guardias a ocupar su lugar bajo la luz inclemente de la luna.
Caleb se levantó de su asiento. Su imponente figura proyectaba una larga sombra sobre la nieve. Caminó hacia el centro, deteniéndose a escasos metros de las dos hermanas. El destino había tendido su trampa. El banquete había preparado el escenario. Ahora, las manadas observaban en un silencio sepulcral, esperando ver si el poder del vínculo vencería al orgullo, o si la política terminaría de destruir el alma de la loba más débil de los Garras de Plata.