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Maridos intercambiados, destinos cambiados

Maridos intercambiados, destinos cambiados

Autor: : Mia Caldwell
Género: Moderno
En su vida anterior, Gracie se casó con Theo. Aparentemente, eran la pareja académica ideal, pero en privado, ella se convirtió en un simple escalón para su ambición y terminó en un final trágico. Su hermana menor Ellie se casó con Brayden, solo para ser abandonada por el regreso de su verdadero amor, quedando sola y deshonrada. Esta vez, ambas hermanas renacieron. Ellie se apresuró a casarse con Theo, persiguiendo el éxito que Gracie una vez tuvo, sin darse cuenta de que estaba repitiendo el mismo desamor. Gracie, en cambio, entró en un matrimonio basado en un acuerdo sin amor con Brayden. Pero cuando surgió el peligro, él la defendió ferozmente. ¿Podría el destino finalmente reescribir sus desenlaces?

Capítulo 1 Renacida

"Señor Stanley, puedo asegurarle que mis dos hijas son extraordinarias. Serán las esposas perfectas para sus nietos. Ya verá, una vez que se concreten los matrimonios, esta será la mejor decisión de su vida".

Una voz que Gracie conocía demasiado bien resonó en sus oídos: cálida, entusiasta, descaradamente orgullosa.

Sus ojos se abrieron de golpe y su respiración se entrecortó en su garganta.

Se suponía que ella estaba muerta; recordaba la caída desde el piso dieciocho, el silbido del viento y el impacto brutal. ¿Cómo demonios estaba de nuevo dentro de la finca de su familia?

La sala de estar se extendía ante ella, inmaculada como siempre. La luz del sol se filtraba por el tragaluz alto, esparciendo un calor dorado sobre los brillantes pisos. Una delicada fragancia, de jazmín o quizás de lirios, flotaba débilmente en el aire.

De repente, todo volvió a ella de golpe.

Ese día marcaba la llegada de Kevin Stanley con una audaz propuesta: entrelazar sus familias a través de dos matrimonios.

Gracie había elegido a su nieto menor, Theo, una decisión que abrió la puerta a una oscuridad que un día le costaría la vida.

Sin embargo, ahora, al despertar en la familiaridad de la situación, un pensamiento escalofriante la golpeó: ¿había renacido?

Si el destino le ofrecía una segunda oportunidad, reescribiría cada una de sus decisiones. Ya no volvería a ser tan ingenua; todas las personas que la habían lastimado pagarían por ello.

La familia Stanley se encontraba indudablemente en la cima, su imperio entretejido en la estructura misma de la ciudad.

Casarse con uno de ellos era el sueño de muchas personas.

Sin embargo, la familia Stanley los había elegido a ellos porque, décadas atrás, el abuelo de Gracie, Danny Sullivan, había servido junto a Kevin en el ejército. Danny le había salvado la vida una vez y, en agradecimiento, Kevin había jurado una deuda de honor: sus linajes se unirían algún día por matrimonio.

Cuando los nietos alcanzaron la mayoría de edad, los Stanley se sintieron obligados por honor a hacer una propuesta formal, independientemente del resultado.

Para entonces, la fortuna de los Sullivan había decaído, por lo que la propuesta se sintió como una bendición que no podían rechazar.

Una sombra cruzó la mirada de Gracie. En su vida anterior, su media hermana menor, Ellie Sullivan, había tomado su decisión primero, atrapando a Brayden, heredero del poderoso conglomerado de la familia.

Convertirse en la esposa de Brayden significaba entrar de lleno en un mundo de lujo e influencia.

Sin embargo, el corazón de él ya pertenecía a otra mujer, y casarse con una hija de los Sullivan no era más que un gesto de deber a los deseos de su familia.

Tras casarse, Brayden mantuvo a Ellie a raya. En público, interpretaban el papel de una pareja perfecta, pero a puerta cerrada sus vidas apenas se tocaban.

Demasiado orgullosa para ser la segunda opción de nadie, Ellie arremetió en secreto contra la mujer a la que él amaba de verdad, conspirando, atacando y empujándolo paso a paso hacia la tragedia. Su crueldad lo destrozó física y espiritualmente, y la muerte de Ellie llegó poco después, al morir en el parto.

Gracie levantó lentamente la barbilla y sus ojos se encontraron con los de Theo con tranquila determinación.

Él parpadeó, levemente sorprendido, antes de esbozar una sonrisa suave. Cada centímetro de su cuerpo exudaba seguridad y una elegancia cultivada; era la imagen misma de un hombre imposible de no admirar.

Aun así, un escalofrío recorrió a Gracie mientras el pavor le arañaba el cuerpo; conocía demasiado bien la crueldad que se ocultaba tras su pulcro aspecto.

Fragmentos de su vida anterior volvieron a su mente, drenando el color de su rostro. Bajó la mirada instintivamente, sin querer encontrarse con la suya.

"¿Qué le parece esto, señor Sullivan? Dejemos que las chicas elijan con quién quieren casarse", dijo Kevin y soltó una carcajada sonora.

Alan Sullivan, el padre de Gracie, se rio con tranquilidad. "Excelente idea".

Gracie mantuvo la cabeza gacha, clavándose las uñas en las palmas de las manos para mantenerse concentrada.

Su padre nunca rechazaría una unión con los Stanley; ni ella ni Ellie tenían voz ni voto en el asunto.

"¡Papá!", dijo Ellie, rompiendo el silencio. "Elijo a Theo".

Gracie se sorprendió. Eso no era lo que había pasado en su vida anterior. ¿Por qué Ellie había cambiado de decisión esta vez?

Jane Sullivan, la madre de Ellie, le lanzó una mirada aguda y le dijo en voz baja pero cortante: "Piensa con cuidado antes de hablar".

Brayden iba a heredar la vasta fortuna de los Stanley, mientras que Theo, por muy brillante que fuera, no tenía ningún gusto por los negocios. ¿Qué clase de futuro podría traerle un matrimonio con él?

"Elijo a Theo". Ellie se levantó con elegancia y con una sonrisa brillante y segura, mientras sus ojos se encontraban con los de Theo.

Este se rio levemente en respuesta, aunque su mirada se posó en Gracie un instante antes de apartarla.

Alan frunció el ceño. No aprobaba esta elección, pero no podía negarle nada, así que guardó silencio.

"¿Y tú, Gracie?", preguntó.

Tomando una respiración profunda, la aludida alzó la vista y señaló lentamente a Brayden.

La expresión del hijo mayor permaneció helada; le dedicó una mirada fugaz antes de desviar la vista hacia otro lado.

Cuando Gracie dejó caer la mano, notó el peso de una mirada burlona que le rozó la piel como hielo y un temblor la recorrió.

Se obligó a tragar el nudo que sentía en la garganta mientras su pulso se aceleraba.

El resto de la conversación le resultó como en una neblina: las palabras pasaban como el viento y sus pensamientos giraban en su interior.

¿Acaso esta segunda oportunidad en la vida no era más que una cruel ilusión?

Pero el escozor de sus uñas clavándose en la palma de su mano le dijo que no era un sueño en absoluto.

Cuando terminó la conversación, todos se dirigieron al comedor. Los Stanley se disculparon poco después de la cena.

Theo se demoró para una despedida cortés, con una voz suave y magnética y una mirada que contenía un encanto tranquilo.

Brayden, en cambio, no dirigió ni una sola mirada a Gracie ni a Ellie; simplemente se dio la vuelta y se marchó.

Cuando la atención de Theo se desvió, la tensión abandonó el cuerpo de Gracie, que exhaló un largo suspiro del que no era consciente.

Se levantó de su asiento y se dirigió a su habitación.

Al pasar por el estudio, unas voces bajas llegaron a sus oídos: una conversación que no tenía intención de escuchar.

"¿Perdiste la cabeza? ¿Por qué elegiste a Theo? Con Brayden en escena, Theo no tiene ninguna posibilidad de heredar el imperio Stanley", le espetó Jane a su hija, con la voz cargada de irritación.

Ellie y Gracie compartían padre, pero no madre: la madre de Gracie había fallecido un año antes de que Alan se volviera a casar. Jane se había integrado en la familia poco después, trayendo consigo a su propia hija, Ellie.

No era ningún secreto que Alan había traicionado a la madre de Gracie y, durante años, esta había vivido en su propia casa como una intrusa.

"¡Mamá, no lo entiendes!", dijo Ellie con voz tensa por la frustración. "Brayden está enamorado de otra persona. Solo aceptó este arreglo porque no tenía otra opción. Haga lo que haga, ni siquiera me mirará".

Jane replicó, con tono cortante y ansioso: "¡Pero si te casas con Theo, le estás entregando todo ese prestigio directamente a Gracie!".

Ellie soltó una risa quebradiza. "Por favor. ¿Qué la hace digna de eso? El corazón de Brayden pertenece a otra mujer. Gracie no podría competir ni aunque quisiera. Aunque se casara con él, su naturaleza tranquila nunca captaría su afecto. Theo, en cambio, era considerado, de habla suave, de modales firmes y totalmente devoto una vez que se preocupaba por alguien. Y el sucesor del imperio Stanley todavía está lejos de decidirse".

Bajando la mirada, Gracie empujó la puerta y se apoyó ligeramente en el marco. Sus ojos se desviaron hacia su muñeca, lisa, impecable, sin una sola cicatriz. Una horrible cicatriz había marcado ese lugar en su vida anterior.

¿Theo era devoto? Ellie no podía estar más equivocada. En realidad, ese hombre era frío, manipulador y perturbadoramente hábil para retorcer la mente de la gente. Todo lo que había ganado antes se había construido sobre el sufrimiento de Gracie.

Juró que en esta vida nadie volvería a hacerle daño de la misma manera.

Capítulo 2 Un acuerdo

A la mañana siguiente, Gracie y Ellie partieron hacia la casa de los Stanley con regalos cuidadosamente envueltos.

El almuerzo transcurrió con una armonía impecable: cada gesto era refinado, cada palabra estaba perfectamente medida.

Cuando retiraron los platos, Valeria Stanley, la madre de Theo y Brayden, sonrió con suavidad.

"Son muy amables. No hace falta que se queden aquí con nosotros toda la tarde. Ya que están aquí, ¿por qué no salen y se divierten un rato?".

Su sugerencia fue aceptada con facilidad, y Gracie se levantó, acomodándose la falda antes de seguir a los demás hacia afuera.

Unos instantes después, el comedor quedó vacío.

"Gracie". La voz grave de Brayden rompió el silencio. Apareció sin previo aviso, con una expresión indescifrable. "Acompáñame, por favor".

Antes de que ella pudiera responder, él ya se había dado la vuelta y se alejaba a grandes zancadas.

Sin otra opción, corrió tras él; sus tacones repiqueteaban suavemente mientras entraban en el estudio.

La puerta se cerró con un clic detrás de ellos, y el sonido apagado atravesó directamente su calma. En un instante, Gracie fue arrastrada de nuevo a los horrores de su vida pasada.

Cada vez que Theo perdía la paciencia con su rebeldía, la arrastraba a una habitación, dejaba caer su máscara de amabilidad y desataba su crueldad: el cinturón la golpeaba una y otra vez hasta que la piel le ardía y se le hinchaba. El dolor fantasma aún la atormentaba, tan agudo que le robaba el aliento.

Un temblor la recorrió e instintivamente dio un paso atrás, con el pulso martilleándole en los oídos.

Brayden captó su reacción y se detuvo, manteniendo una distancia medida entre ellos.

"Tranquila", dijo con voz serena. "No voy a tocarte. Algunas conversaciones simplemente se llevan mejor en privado".

Gracie inspiró en silencio y se recompuso, apretando los puños. "Lo entiendo", murmuró ella.

Aun ahora, no había logrado escapar del todo del miedo que Theo le había infundido.

Reuniendo sus pensamientos, estudió el rostro sereno de Brayden ante ella.

En su vida anterior, apenas se habían cruzado dos veces: una durante el compromiso concertado entre las familias y otra después de su devastador accidente de tráfico, que lo dejó con cicatrices y confinado a una silla de ruedas. En ese momento solo lo había visto de lejos.

A diferencia del hombre destrozado y humillado en que se había convertido en su vida pasada, este Brayden aún conservaba la firme confianza de alguien que no había sido tocado por la desgracia.

Con su metro noventa de estatura, el cabello engominado hacia atrás, que captaba la luz, y la camisa oscura ceñida a su torso, que destacaba sus hombros anchos, parecía un hombre seguro de sí mismo. Las mangas arremangadas dejaban al descubierto unos antebrazos esbeltos y poderosos que denotaban fuerza y control.

"¿Qué quieres?", murmuró ella, bajando la mirada instintivamente.

Un escalofrío le erizó la piel al darse cuenta de que si alguien como él optaba por la violencia, ella no tendría cómo defenderse.

Brayden se acercó al escritorio con paso firme y pausado. Sacó un documento, lo dejó sobre la superficie y dijo con franqueza: "Pongamos las cosas en claro. Puede que aceptara este matrimonio, pero no hay amor entre nosotros".

Ella ya sabía que había otra persona en su corazón.

"Supongo que estás aceptando este matrimonio solo porque debes hacerlo". Brayden le acercó el documento con un gesto sereno, casi distante. "Antes de que este matrimonio se disuelva, espero que honres los términos del acuerdo. En público, actuaremos como una pareja enamorada. En privado, no te tocaré ni me meteré en tus asuntos. Lo mismo va para ti: tú te mantienes al margen de los míos".

Gracie levantó la cabeza, con un dejo de urgencia en la voz.

"¿Hablas en serio?".

Algo en su reacción le pareció fuera de lugar. Brayden enarcó una ceja, con un leve destello de diversión en los ojos.

"Suenas casi ansiosa".

"Para nada".

Gracie se mordió el labio inferior mientras agarraba el acuerdo y comenzaba a leerlo con atención. Las cláusulas eran concisas e imparciales, y detallaban las expectativas y los límites de su matrimonio arreglado en términos claros y prácticos.

No tenía objeciones. Ella posó su mano sobre el acuerdo, con la pluma en alto, lista para firmar, pero vaciló en el último segundo.

Brayden frunció el entrecejo.

"¿Qué pasa? ¿Algo no está claro?".

Ella levantó la mirada hacia él.

"Si continúo con mi investigación después de casarnos, no interferirás, ¿cierto?".

El hombre mostró una sonrisa leve y cómplice.

"Por supuesto que no. Nuestras vidas seguirán separadas".

Antes de que pudiera responder, su celular vibró. Él contestó, y su tono cambió al instante, volviéndose bajo, suave, casi tierno.

"No te preocupes. Enviaré a alguien de inmediato. Estoy terminando algo aquí, iré en breve".

La calidez de su voz no tenía nada que ver con el tono distante que utilizaba con ella, lo que revelaba cuánto le importaba la otra persona.

Sintiéndose extrañamente tranquila, Gracie agarró la pluma y firmó rápidamente su nombre.

Cuando Brayden terminó la llamada y se volvió, vio que ella ya había firmado.

Él asintió levemente al decir: "Gracias".

Había dos copias del acuerdo sobre el escritorio; ella tomó la suya y la guardó discretamente en su bolso.

Con todo resuelto, Brayden no mostró ninguna intención de quedarse. Tomó el acuerdo firmado, lo guardó con pulcritud y le abrió la puerta para que saliera.

Al salir del estudio, Gracie notó que el pasillo estaba silencioso: Theo y Ellie no estaban a la vista.

"Parece que se fueron a alguna parte", dijo él con tono medido. "¿Cómo piensas regresar? ¿Debería pedir un auto para ti?".

Él se quedó a unos pasos de distancia, con una postura cortés, pero distante. La distancia entre ellos se sentía deliberada: él había sido sincero desde el principio, trazando líneas claras que ninguno de los dos debía traspasar.

Curiosamente, esa moderación hizo que los hombros de Gracie se relajaran. Por primera vez en todo el día, sintió que podía respirar un poco más tranquila.

Tras haber soportado los juegos mentales y el control asfixiante de Theo en su vida anterior, anhelaba la firmeza de alguien como Brayden.

Con él, podría librarse del control de su familia y concentrarse en su investigación en paz.

Una vez que su matrimonio llegara a su fin, por fin sería libre de vivir como le placiera.

"No es necesario". Su tono era sereno pero distante. "Llamaré a un taxi yo misma. Gracias de todas formas".

Brayden inclinó la cabeza en señal de asentimiento, con expresión indescifrable, y se marchó sin decir una palabra más.

Gracie declinó la cortés oferta del mayordomo de pedirle un auto y prefirió marcharse sola.

Al cruzar el jardín, aminoró el paso cuando unas débiles voces se colaron entre los setos recortados.

"Tranquila, Ellie. No me parezco en nada a Brayden. Puede que se case por obligación, pero mis sentimientos por ti son reales". La voz de Theo atravesó el aire quieto.

Gracie se tensó por instinto y le faltó el aire.

Un escalofrío conocido le recorrió la espalda: nunca había dejado de tenerle miedo.

Se quedó quieta donde estaba, con miedo incluso de respirar.

Entre las hojas que se mecían, pudo ver la sonrisa tierna de Theo mientras le ponía un delicado collar alrededor del cuello de Ellie.

"Deja que te ayude con esto", murmuró suavemente.

Su hermanastra se ruborizó y dijo con voz suave y tímida: "Está bien".

Pero como ella estaba de espaldas, no notó el destello de crueldad que atravesó los ojos de Theo como una cuchilla.

El favoritismo evidente de Alan ya la había marcado como la futura heredera del negocio familiar. Para Theo, eso simplemente convertía a Ellie en el peón perfecto en su propio juego de poder. Gracie, en cambio, vivía tranquila en su propio mundo; era el tipo de estudiosa introvertida que pasaba la mayor parte de sus días encerrada en un laboratorio.

Ellie acarició el delicado collar que llevaba al cuello, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

En su vida pasada, se había casado con Brayden con la esperanza de que algún día serían felices, convencida de que el afecto podía surgir del deber.

Sin embargo, su matrimonio no había sido más que un frío contrato. Cada decisión equivocada la hundió más en la ruina, hasta que llegó al final: sola en la sala de partos, su vida se desvaneció junto al niño que nunca llegó a abrazar.

Esta vez había elegido a Theo, el hombre que parecía bastante gentil.

Cuando llegara el día de la boda, se juró eclipsar a Gracie en todos los sentidos.

"Se está haciendo tarde. Déjame llevarte a casa", murmuró Theo, con los ojos suaves mientras sonreía.

"Está bien". Ellie tomó su mano sin dudar, con el corazón lleno de satisfacción.

La pareja se marchó junta por el camino opuesto.

Oculta bajo el tenue dosel de los árboles, a Gracie casi se le doblaron las piernas y apoyó una mano temblorosa contra la piedra áspera que tenía al lado.

Cuando por fin se le calmó el pulso, se irguió y caminó hacia la entrada.

Allí, Theo sostenía la puerta del auto abierta con su habitual elegancia refinada, esperando a que Ellie subiera con una sonrisa radiante.

A través de la ventanilla polarizada, Ellie echó una mirada hacia atrás: sus ojos brillaban con una satisfacción arrogante, y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios mientras disfrutaba de la visión del rostro pálido y dolido de Gracie.

Supuso que Gracie ya tenía el acuerdo firmado por Brayden. La felicidad no era algo para esta mujer, no en esta vida.

Al ver cómo el auto se perdía en la distancia, Gracie no sintió más que un alivio sereno y agotado. Esta vez, lo que la ataba a Theo por fin había terminado.

Capítulo 3 El día de la boda

El tiempo pasó volando y la fecha de la boda se acercaba rápidamente.

Tras el compromiso, Ellie y Theo se sumergieron por completo a un torbellino de romance: cenas a la luz de las velas, largos recorridos en auto por la ciudad y una lujosa celebración de San Valentín.

Mientras tanto, Gracie no había vuelto a saber nada de Brayden desde esa última y calculada conversación en su estudio. En lugar de eso, se refugió en su investigación, encontrando consuelo en el suave murmullo de su laboratorio.

Tras varias rondas de negociaciones, las dos familias acordaron celebrar ambas bodas el mismo día: una gran ceremonia doble diseñada para deslumbrar a la sociedad.

La noche antes de la boda, Gracie recibió un vestido blanco impecable y una caja de accesorios relucientes, todo cuidadosamente preparado y enviado por el asistente de Brayden.

Tal y como había prometido, Brayden mantuvo la fachada en público, tratándola con toda la compostura y deferencia que exigía su posición.

"Señorita Sullivan", anunció Charlie Willis, el asistente de Brayden, con una reverencia respetuosa. "Este es un vestido de alta costura hecho a medida que el señor Brayden Stanley encargó hace tres meses. Estos son unos raros diamantes azules, elaborados a mano por un maestro joyero de un taller con siglos de historia y elegidos personalmente por él".

El vestido resplandecía bajo la luz, y el collar lanzaba destellos como estrellas atrapadas.

Gracie sonrió con calma.

"Gracias", dijo con un tono tranquilo, imperturbable ante la grandeza que tenía delante.

La sinceridad de Brayden era innegable. Mientras ella cumpliera su parte del acuerdo, estaba segura de que él mantendría la suya.

Cuando Charlie se marchó, Gracie se dio la vuelta y se encontró con Ellie en el salón.

"Impresionante, ¿verdad?", comentó su hermanastra con un ligero matiz de envidia destellando en su mirada. "Casarte con Brayden definitivamente te pone por encima del resto".

Recordando todo lo que Ellie había hecho en su vida anterior, Gracie no vio sentido en discutir con alguien tan de mente estrecha, por lo que respondió con voz tranquila y fría: "Theo y tú parecen llevarse bien. Dudo que escatime en gastos. Cada detalle del vestido y los accesorios deben haber sido elegidos con minuciosa precisión".

En su vida anterior, Theo se había escondido tras una fachada perfecta, revelando su verdadera naturaleza solo tres meses después de la boda. Antes de la ceremonia, el vestido y las joyas que había arreglado para ella, aunque modestos en comparación con lo que Brayden le había dado en esta vida, seguían siendo de una calidad respetable.

Aun así, el tranquilo comentario de Gracie hirió profundamente el orgullo de Ellie.

Theo había argumentado que, dado que ambas bodas se celebrarían el mismo día, y Brayden era el heredero de la familia, no sería apropiado que la suya pareciera más lujosa.

Aunque el vestido y los accesorios de Ellie eran lo suficientemente elegantes, junto al deslumbrante conjunto de Gracie parecían sosos y de menor categoría.

"¿Te sientes orgullosa de ti misma?", preguntó Ellie, esbozando una sonrisa maliciosa con una chispa oscura en la mirada. "No te confíes demasiado".

En su vida anterior, ella había destruido a Brayden, dejándolo con cicatrices y discapacitado.

Ahora se convencía a sí misma de que, con el amor de Theo, podría devolverlo a su posición de heredero.

Gracie asintió levemente, poco dispuesta a desperdiciar más palabras, y pasó junto a su hermana con tranquila elegancia.

A las cuatro de la mañana, apareció el equipo de maquillaje. Gracie y Ellie fueron llevadas a habitaciones separadas para arreglarse.

Como había pasado toda la noche sumida en su investigación, Gracie apenas había logrado dormir una hora. Incluso mientras la estilista desempacaba sus brochas y paletas, su mente seguía fija en una sola línea de datos que se repetía en su cabeza.

"Esto es extraño", murmuró la maquilladora, frunciendo el ceño mientras abría un tubo. "Este labial parece raro. ¿Podría estar caducado?".

"Lo dudo", tartamudeó la asistente, con un tono nervioso. "Creo que es así como viene. Se nos acaba el tiempo, usemos otro tono en su lugar".

La maquilladora, sin darle importancia, agarró otro tubo y se acercó a los labios de Gracie.

"Espera", intervino esta última, levantando una mano para detenerla. "Déjame ver".

Dirigió la mirada hacia la asistente y, por una fracción de segundo, captó el destello de pánico que cruzó su rostro.

La maquilladora le entregó el labial.

"Sí, se ve raro, pero quizá sea así como es esta marca. Menos mal que tenemos varios de repuesto".

La asistente añadió rápidamente: "Sí, guardaremos este por si necesitamos hacer retoques durante la ceremonia".

Gracie bajó la mirada, destapó el labial y examinó la superficie lisa. Lo acercó más, inhaló ligeramente y esbozó una leve sonrisa.

El aroma lo delataba: contenía polvo de maní. Y ella era alérgica a ese fruto seco.

Solo Ellie podría ser tan malvada. Gracie no podía imaginar a nadie más llegando a tales extremos.

Ellie siempre había favorecido ese tipo de trucos mezquinos, incluso en su vida anterior.

Gracie sonrió con complicidad mientras devolvía el labial y luego hizo un gesto elegante para que la maquilladora se acercara.

Inclinándose un poco, la artista escuchó mientras Gracie le susurraba algo al oído.

La asistente se quedó cerca, inquieta, esforzándose por escuchar lo que decían, pero sin éxito.

Un momento después, el rostro de la artista cambió sutilmente y asintió con determinación. "Entendido".

Cuando terminaron los últimos retoques de maquillaje, las damas de honor irrumpieron en la habitación en una ráfaga de satén y perfume.

Gracie solo tenía una: Jessie Holt, su mejor amiga de la infancia y cómplice de travesuras.

Jessie se inclinó, con los ojos chispeantes mientras susurraba: "Todo está listo, tal y como querías. Pero en serio, ¿cómo adivinaste que Lia intentaría algo así? ¿Estás segura de que ella vendrá a la ceremonia?".

El corazón de Brayden siempre le había pertenecido a Lia Douglas. En su vida anterior, Ellie había ido tras Lia una y otra vez, desesperada por quedarse con Brayden. Al final, incluso se había aliado con el enemigo de Brayden para tenderle una trampa que lo dejó gravemente herido: sus rasgos antes definidos quedaron marcados por cicatrices y su poderosa figura quedó atada a una silla de ruedas.

Lia, la mujer a quien casi había muerto protegiendo, permaneció a su lado durante tres meses. Pero cuando se dio cuenta de que él ya no le servía de nada, se marchó sin más.

"No puedo asegurarlo", murmuró Gracie, manteniendo su sonrisa serena. "Pero nunca está de más estar preparada".

En su vida anterior, Lia había irrumpido en la boda y había vuelto la simpatía de la multitud contra Ellie.

Jessie asintió con aire pensativo.

"Tienes razón. Aunque tu matrimonio con Brayden sea solo un contrato y no te interpongas en su camino, Lia podría tomárselo a pecho. Es mejor estar alerta".

Gracie había confiado en Jessie por una razón muy específica: porque en aquella otra vida, Jessie había muerto protegiéndola de la ira de Theo.

Gracie se había hecho una promesa: esta vez no permitiría que le pasara nada a su amiga.

Pronto, las novias y los novios se dirigieron al gran salón de la ceremonia.

Al llegar a la entrada, los cuatro se detuvieron: Gracie y Brayden iban delante, erguidos y elegantes, y Ellie y Theo detrás de ellos.

Cuando por fin se abrieron las puertas, una oleada de aplausos estalló y resonó en el brillante lugar como una marea festiva.

Con un encanto natural, Brayden le ofreció su mano; Gracie la tomó y ambos entraron en perfecta sincronía.

Para los invitados, parecían la pareja elegante y armoniosa.

Ellie los siguió a corta distancia.

Justo antes de entrar, esta se aplicó una última capa de labial, revisó su reflejo y enlazó su brazo con el de Theo con una sonrisa confiada.

Sin embargo, en el momento en que el foco la iluminó, el ambiente se volvió inquietantemente silencioso y el bullicio festivo se desvaneció en un silencio atónito.

Una repentina punzada de inquietud recorrió a Ellie. Sintió un calor intenso que le estalló en los labios y se extendió por sus mejillas en forma de quemazón creciente.

Su pulso se aceleró mientras se giraba hacia Theo. "¿Qué pasa? ¿Me pasa algo en la cara?".

Theo frunció el ceño y, con voz firme pero teñida de preocupación, le dijo: "Tranquila. Parece una leve reacción alérgica. Haré que alguien traiga una pomada de inmediato".

Ellie se quedó helada, con el rostro reflejando incredulidad. ¿Una reacción alérgica? No podía ser. ¡Ese sufrimiento estaba destinado para Gracie, no para ella!

Un agudo destello de malicia iluminó sus ojos cuando la comprensión la golpeó.

¡Gracie claramente había interferido!

Esa mujer tramposa, ¿cuándo aprendió a darle la vuelta a la situación de forma tan despiadada?

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