Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Marina "La que nunca conoció el amor"
Marina "La que nunca conoció el amor"

Marina "La que nunca conoció el amor"

Autor: : RoxMar
Género: Romance
Marina ha tenido que vivir durante su vida, situaciones difíciles que la han convertido en una mujer fuerte, incapaz de creer en el amor. Sin embargo, la vida le dará una oportunidad. ¿Aceptará que el amor llegue a su vida?

Capítulo 1 Prólogo

"Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños."

Rad Bradbury.

Todas las mañanas correteaba por la orilla de la playa, era fascinante sentir el agua salpicando mis piernas y mis pies humedecidos con las frías olas. Me encantaba sentir como se iban hundiendo en la arena y luego, ver mis huellas desaparecer cuando una traviesa ola las borraba, inevitablemente.

Siempre me gustó el mar, siempre me divertía yendo con mi madre a ver el atardecer, sentadas en la arena o desde una gran roca. Adoraba contemplarla sonriendo y ver el par de hoyuelos que se formaban en sus mejillas. Algunos conocidos siempre decían que yo me parecía a ella, eso me hacía feliz; no me hubiese gustado tener que ser la réplica del hombre que nos abandonó. Éramos inseparables, hasta hace seis años atrás.

Cuando cumplí mis trece años, ella se vió enferma con una virosis, que luego se complicaría con una hemoptisis; desde ese entonces, su ánimo cambió; dejó de sonreír e ir a la playa, casi siempre estaba acostada y con poco ánimo. No me gustaba verla así, sufriendo.

Entonces, cada tarde me iba sola a caminar por la orilla de la playa. Era una forma de no pensar en el presente y de rescatar los recuerdos de nuestros atardeceres juntas.

Esa tarde mientras paseaba, vi a un hombre caminar frente a mí. No quise subir el rostro y mirarlo. Pero sentí su mirada, y repentinamente un escalofrío se apoderó de mi cuerpo.

Caminé un poco más rápido y pude percibir que se había detenido y regresaba en dirección a mí. Aceleró el paso y yo comencé a correr, pero mis pies se hunden en la arena y me impiden ir más rápido.

De pronto siento que me halan con fuerza por la camisa y caigo al suelo. Me volteo para levantarme, pero él se abalanza sobre mí. Siento su cuerpo pesado e intento zafarme. Una de sus manos tapa mi boca y la otra, se interna debajo de mi falda de jeans, urgando en mi pantie.

Quise gritar pero no podía, su fuerza era superior. Deseaba que alguien me ayudara. Pero fue en vano. Me abofeteo y dejó, levemente inconsciente. Cuando desperté, su semen estaba chorreando mis piernas y él corría alejándose de allí.

Como pude me puse de pie, mis piernas parecían pesar el triple de lo normal, aún más cuando se atascaban en la arena. Sentía como si un carro me hubiese arrollado. Caminé mientras el polvo de la arena se mezclaba con mis lágrimas y maquillaba de miedo y dolor mi rostro. Cuando divisé el rancho donde vivíamos, me inyecté de coraje, sequé mis lágrimas y fui hasta donde estaba mi madre, simulando estar bien.

Ella estaba tendida en su cama. Apenas si pudo mirarme y cerró los ojos. Yo fui hasta el baño para ducharme, necesitaba limpiar mi piel de aquellas despreciables caricias. Por casi treinta minutos estuve bajo la regadera; con mi misma pantie froté mi piel, mis entrepiernas ardían por la fricción. Salí cuando la oí quejarse y llamarme.

–¡Hija! Me traes un vaso con agua.

-¡Sí, má! Ya te lo llevo –le respondí envolviéndome con la toalla.

Caminé con lentitud, aquel dolor era insoportable. Dicen que las madres tienen una intuición para detectar cuando sus hijos no están bien. Y creo que es así, por la manera en que me miró cuando me acerqué a darle el vaso con agua. Me extendió los brazos, me senté en la orilla de su cama y me abrazó.

Ese abrazo era el mejor de los que me había dado siempre. Aguanté mis lágrimas para no llorar. Desde allí, se convirtió en mi mejor arma, el ocultar mi dolor. Fue mi primera interpretación. ¿Quién creería que ese sería mi inicio, en el arte de fingir?

Allí comienza mi historia.

Capítulo 2 Mi primer acostón

"Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían."

Carlos Ruiz Zafón.

–Marina, ven rápido, ya es hora de entrar a clases –me grita Rebeca, mi amiga de infancia y compañera de colegio.

–¡Voy! –camino apurada, mientras arreglo mi camisa y cierro algunos botones que...

–¡Apúrate! Sabes como es la profe de Biología, no le gusta que entren luego de cinco minutos.

–¡Va! Tampoco puedo entrar con las lolas al aire –le respondo riendo, por la travesura de minutos atrás.

–¿Estabas con Emilio? –me pregunta con curiosa picardía.

–¡Te cuento luego! Ese chico es irresistible.

Ambas reímos, porque él, Emilio es el chico más top del colegio, el que todas desean, al que ninguna puede resistirse. Bueno, excepto yo. Que cada vez que lo beso, siento un cosquilleo en mi vagina, pero cuando todo comienza a encenderse, huyo despavorida.

Es difícil no recordar cosas de hace tres años atrás.

Ya estoy entrando al bachillerato, algo retrasada, tuve un año exacto sin ir al colegio, luego que mamá murió. No sabía que hacer sin ella a mi lado. Mas, le había hecho una promesa y debía cumplirla "graduarme y entrar a la universidad"

La cuestión era, ¿cómo y con qué dinero? Por ahora, apenas podía costear mis estudios porque era un colegio público y tenía comedor para los estudiantes de bajo nivel económico o sea para los pobres. A pesar de ello, era una estudiante promedio. Y eso provocaba la conmiseración de mis profesores y amigas.

Rebeca me regaló esta camisa que llevo puesta y la falda que a mí me quedaba como mini, porque ella mide apenas escasos 1,50 cm y yo 1,70 cm. Lo bueno, era que ambas éramos delgadas a esa edad. Ella porque quería ser modelo y yo porque no tenía para los tres platos diarios de comida. ¿Qué ilógico verdad?

Fuimos hasta el salón de clase, la profe Miguelina, estaba cerrando la puerta, cuando coloqué mi pie entre la puerta y el marco para evitarlo.

–¿Profe, podemos pasar? –dije y coloqué mi segunda arma, la carita de piedad.

–Pasen, la próxima vez las dejo afuera.

Nos sentamos, saqué mi libreta y mi lápiz para anotar.

–Hoy vamos a tocar un tema, que es poco conversado en clases porque el sistema educativo, prefiere ruborizarse antes de tratar asuntos indispensables para los adolescentes. Hablaremos de la masturbación.

Las risas de mis compañeros no se hicieron esperar, tampoco el ¡oh! de algunas chicas nerds del grupo que piensan más en sus estudios, que en fornicar.

Yo no era tampoco una experta en ese tema. Pero mis razones eran obvias. Mi primer encuentro sexual, no tenía nada bueno para ser recordado. Aún así, preferí cerrar la boca, parar las orejas y pelar los ojos.

Mientras la profe mostraba las imágenes en el retroproyector y explicaba como debíamos tocarnos las chicas, sentía palpitaciones vaginales y unas cosquillas que me hacían apretar mis piernas, intentando calmarla. Mala mía, porque me provocaban mayor placer.

Nunca vi a los chicos del salón tan callados, ni a las chicas tan risueñas. La profe parecía tan relajada. ¿Ella no sentía lo mismo que nosotras? Rebeca me miraba sorprendida. Y rodeaba los ojos como deseando que terminara la clase de sexología.

Finalmente sonó el timbre y salimos del salón. Los chicos salieron directo al baño y las chicas también ¿qué raro, no?

Rebeca se colgó de mi brazo y fuimos hasta el patio. Nos sentamos a comentar las cosas de la profe. Emilio se acercó hasta donde estábamos y mi amiga, como buena amiga, se levantó para ir por un par de sodas para ambas.

Todas las demás del 5to año me miraban y murmuraban.

–¿Podemos vernos, esta noche? –me preguntó entredientes.

–¡Claro! ¿Dónde? –le pregunté entusiasmada aún por la clase de biología.

–¿Te parece al salir de clase, en la playa, cerca al muelle?

–¡Vale! Allí nos vemos.

Se alejó cuando miró que Rebe se acercaba con las bebidas. Ella me entregó la mía y se sentó a mi lado, mientras que con el codo, golpeaba mi costado.

–¿Qué te dijo?

–¡Tengo una cita esta noche!

–¡Wow! Que regia. ¿Podemos hacer una pijamada en tu casa esta noche? –dijo riendo sin detenerse.

–¡Calma! Claro. ¿Te parece a las 8:00?

–Perfecto, le diré a mi padre que me lleve.

–Pues lleva chucherías, sabes que no tengo nada allá.

–Tranqui, yo me encargo de eso.

Volvimos a la última clase de la tarde. El profe de historia es realmente el hombre de mis sueños, literalmente me duermo en su aburrida clase. Estoy ansiosa por salir de allí, veo mi reloj cada cinco minutos. Cuando esperas que el tiempo pase rápido ocurre lo contrario. Ya me estaba resignando a esperar, cuando el timbre sonó.

Me levanté de inmediato y salí del salón. Rebe me miró y le hice un guiño. Ella ya sabía a dónde iba. Corrió para alcanzarme, me murmuró al oído:

–Disfruta al máximo para que luego me cuentes com lujo de detalles.

Sonreí y apresuré el paso. Al salir vi a Emilio con su par de amigos, Lucas y Diego. Ambos son insoportablemente creidos. Pasé a su lado y Emilio me guiñó un ojo. Me puse nerviosa y caminé aún más rápido. Luego de unos quince minutos de caminada puedes ver el mar muy cerca, a apenas un kilómetro.

Fui a donde nos habíamos citado. Caminé hasta el muelle, me senté a mirar el mar y con las olas que iban y venían, recordé los atardeceres junto a mi madre. Estaba algo nostálgica cuando sentí una mano sobre mi hombro. Volteé y subí la mirada. Emilio estaba allí frente a mí, con su sonrisa encantadora.

Se sentó a mi lado, colocó su brazo sobre mi espalda y me miró fijamente. Ambos sabíamos lo que deseábamos y por qué estábamos allí. Entonces cero palabras, ni explicaciones. Sólo actuar y dejarse llevar.

Sus labios se unieron a los míos, nuestras lenguas se divertían rozándose, los flujos salivales entremezclados, las manos dispuestas a explorar las pieles y toda prominencia y/o cavidades. Cuando sentí que él levantó mi falda y su mano se internó entre mi pantie, sentí un terror instantáneo. Traté de contener su mano, a pesar del placer que provocaban sus caricias, cosa que era innegable; las imágenes de aquella tarde aterrizaban en mi cabeza.

–¡Detente por favor!

Él me miró sorprendido, pero me obedeció.

–¿Qué es lo que te ocurre? ¿estás jugando conmigo? ¿Me haces ponerme hot y luego me dejas así? No sé si sabes pero las cajoneras son terribles para los hombres.

–Disculpa sí. No sé qué me pasa. Yo también te deseo pero, tengo miedo.

–Puedo ir con calma, si deseas.

Asiento con la cabeza. Él comienza a besarme con ternura, voy dejándome llevar por las sensaciones, luego desciende por mi cuello, mi piel se eriza, mis músculos se contraen y mi vagina palpita con mayor vehemencia. Sus labios humedecen mi pecho y se detiene en medio de él. Yo saco un par de botones, él toma uno de mis senos y comienza a lamer con movimientos circulares el pezón.

Siento un calor que viene desde dentro y mi vulva parece un dragón en llamas. Emilio continúa desplazándose hacia mis costados, me provoca cosquillas sentir sus labios. Lo tomo por la cabeza e intento dirigirlo hacia donde mi cuerpo reclama sus caricias linguales. Él desabotona y baja mi falda, yo voy quitando mi pantie, cierro los ojos para concentrarme en las sensaciones, y no pensar.

Cuando su lengua se abre paso entre mis labios y acaricia mi clitoris, comienzo a gemir, a entender la clase de hoy de forma práctica. Abro mis piernas para que pueda lamerme toda.

Es un placer innegable lo que siento. Las contracciones vaginales son mayores y más frecuentes. Sujeto su cabeza para intensificar el roce de su lengua y labios y dientes y de manera incontenible, le pido:

–¡Mételo!

Él se levanta, desabotona su jeans, saca su falo y lo siembra dentro de mí. Sus movimientos pélvicos me enloquecen. Él suda y jadea. Estamos en plena acción. Gritamos a todo pulmón, seguros de que nadie podrá oírnos. De pronto de la nada, él se deja caer sobre mí pecho. Yo intentó moverme, pero no puedo.

–¡Me estás aplastando!

Él sonrié, se hace a un lado. Siento sus flujos sobre mí vientre, chorreando mis piernas. Como un flash vuelve a mí, aquella imagen. Una lágrima se escapa. Él me mira sorprendido por segunda vez:

–¿Te arrepientes?

Trago en seco y apenas muevo mi cabeza de lado a lado. Él se acerca y me besa. Yo enjugo mis lágrimas y finjo por segunda vez, mi dolor y mi angustia.

Él se quita la ropa y se lanza desde el muelle al agua. Me pide que lo acompañe. Me levanto y camino hacia donde está él. Él extiende sus brazos y recuerdo a mi madre, me siento en el borde del muelle y me lanzo. Emilio me recibe entre sus brazos, me aferro a su pecho. Su abrazo me reconforta.

Pienso, ¿siempre habrá alguien allí cuando lo necesite?

La respuesta, tristemente es un ¡no!

Capítulo 3 Pijamada

"Realmente nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera."

Oscar Wilde

Llego a casa, arreglo un poco la sala. Voy hasta el cuarto, me quito la ropa, me meto a la ducha. Comienzo a repasar todo lo que viví esa tarde. Dejo que el agua recorra mi piel. Salgo del baño, me seco y me siento en mi cama, mientras peino mi cabello.

Me recuesto y quedo dormida por unos minutos, hasta que escucho la bocina del auto del papá de Rebeca. Salgo a recibirla, saludo al señor Darío. Me mira con cierta picardía. Rebe se despide de él, entramos a la casa, volteó para ver que sigue allí detenido. Acelera y me lanza un beso. ¡Dios! Que descarado es, pienso mientras la despistada de Rebeca entra hasta mi cuarto, ansiosa de saber lo que pasó entre Emilio y yo.

–¡Marina, apúrate! No te hagas de rogar –grita desde la habitación Rebeca, mientras yo cierro la puerta con el candado y apago las luces.

–¡Voy Rebeca! Deja la ansiedad ¡Dios mío!

Rebeca ya está instalada en la cama, con todas las cosas que trajo para chuchear. Yo me siento a su lado, cruzo mis piernas, tal cual Buda. Antes de empezar se pido que hagamos un pacto de amigas.

–¡Debes jurarme, que no le dirás a nadie sobre esto que voy a contarte!

–¡Lo juro! Por mi madre linda, que no le diré a nadie –me dice y levanta su mano derecha.

Yo escupí la mía y la frote en la de ella.

–¡Jurado! Sí llegaras a mentir o traicionarme nunca más, volverás a saber de mí.

–Ya deja de dar tantos rodeos. Comienza a contarme cómo pasó.

–Pues, antes de eso debes saber algo, que nadie más a parte de mí, sabe.

–¡Uyyy! Que misteriosa ¿Eres gay?

–No tonta. Es muy en serio.

–¡Echa pa' fuera de una vez!

–A los trece años... –respiro profundo para tomar fuerzas–me violaron.

Al decir aquello, sentí como si un lastre cayera de mi espalda y fuese libre de aquel secreto. Rebeca me miró atónita, sus ojos se iluminaron y llenaron de lágrimas; me abrazó con fuerza.

Estuvimos por unos segundos abrazadas. Como siempre evité llorar.

–¿Quién lo hizo?

–No lo sé. No lo conocía. Pero ya no quiero hablar de eso ¿vale?

–Está bien. Cuéntame entonces lo otro.

–Emilio y yo... ¡hicimos el amor! –digo poniéndole todo la máxima emoción a aquella frase.

–¡Wow! Pero cuenta con lujos de detalles perra.

–¡Jajajaja! –río sin parar y ella rié también.

De pronto se levanta molesta de la cama. Y camina hacia la ventana.

–¿Qué te pasa?

–¡Nada! –contesta displicente.

–¿Cómo nada? Te paraste de la cama y ahora me miras con remilgos.

Ella regresa a la cama y se sienta como una niña malcriada.

–Vine para que me cuentes todo y en tres palabras ¡ya, dices todo!

–Son cosas íntimas Rebe.

–Pero yo quiero saber. Nunca he estado con ningún chico y aparte mis padres me cuidan como si fuese monja.

–¡Esta bien! Te contaré.

Ella se alegra, destapa el paquete de papas fritas y mientras le cuento, ella las va devorando como si estuviese viendo la más entretenida de las serie de TV.

–¿Qué te gustó más? Anda dime.

–¡Wow! Cuando sus labios y su lengua se unieron a los míos.

–¿Un beso? ¿Hablas en serio?

–¡Un beso labiovaginal!

Rebeca soltó la risa y con un buche de refresco, me salpicó. Parecía una bomba de repelente. Reí sin más poder, me dolían las tripas. Exhausta caímos en el colchón. De pronto, ella me miró de forma rara. Se fue acercando y me dijo:

–¡Quiero masturbarme! ¿Me enseñas?

La miré boquiabierta, no esparaba aquella propuesta. Asentí y boca arriba ambas, comenzamos a relatar las explicaciones de la profe Miguelina.

Bajé mi pijama hasta los muslos. Metí la mano, debajo de mi pantie. Separé mis labios con mis dedos índice y medio. Dejando que ambos circundaran mi clitoris, ella hizo lo mismo, movíamos nuestros dedos de arriba abajo, dejando que frotaran nuestro cartílago rosado. Ella me miraba y yo a ella. Aquello se sentía bien. Luego con un dedo hicimos movimientos circulares en el clitoris, y este se iba endureciendo y eyectando de sangre.

Comenzamos a gemir, yo lamia mis labios sedientos. Ella reía con cada roce de sus dedos. Aceleramos a la par y escuché cuando gritó:

–¡Ahhhh! Carajos, ¡que rico!

Fue una experiencia atípica hacerlo juntas, ambas habíamos tenido nuestro primer autoorgasmo. Ese sería, nuestro segundo secreto.

Después de aquella masturbada noche, comimos chocolates y torta de la que preparó su madre Sarah. Era de coco y papelón, ese peculiar sabor me recordaba los dulces que preparaba mi madre para vender en la casa.

Bastaba que salieran del horno y el olor se dispersara por la ventana para que se abarrotara la puerta, con los clientes.

Siempre recordaré su voz desde la puerta anunciando:

–¡Besos, los besos de Soledad ya están listos!

Soledad que nombre tan estimagtizante. Dicen que los nombres marcan a las personas y el de ella, la marcó de por vida. Luego que mi padre nos abandonara cuando apenas tenía cinco meses de nacida, ella nunca más volvió a creer en el amor y se dedicó a cuidarme.

Y que yo me llame Marina, no cambia mucho mi destino.

Marina tiene su origen en el latín "marinus" que significa del Mar. Marina carga consigo las cualidades inherentes al mar, su belleza y grandiosidad; refleja seguridad y sosiego. Pero también se refiere en analogia, al lugar donde las embarcaciones atracan.

Déjenme seguir contando mi historia y ustedes me dirán al final, si ese nombre marcó mi vida.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022