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Matrimonio Fingido A Verdadero

Matrimonio Fingido A Verdadero

Autor: : Simeon Kyle
Género: Urban romance
El teléfono sonó, con una urgencia que te heló la sangre. "Señorita Sofía, la condición de su madre se ha complicado... el costo de la cirugía es elevado y necesitamos un depósito para asegurar el quirófano..." Te aferraste al teléfono, sintiendo el pánico, tu madre, la mujer que tejía rebozos con magia en sus manos, estaba en peligro y no tenías cómo ayudarla. Solo había una persona, Ricardo, tu novio de diez años, el exitoso empresario, el hombre con el que creías haber construido una vida. Corriste a su oficina, un imponente edificio de cristal, pero su asistente, Elena, te bloqueó: "Ricardo está extremadamente ocupado, no puede ser interrumpido." Horas te consumieron en la humillante sala de espera, mientras tus mensajes a Ricardo se perdían en el vacío. La noche cayó, y el hospital volvió a llamar. "Señorita Sofía... hicimos todo lo que pudimos... su madre... lo siento mucho, falleció hace unos minutos." El teléfono se te resbaló, el mundo se silenció. Y entonces, Ricardo salió de su oficina, riendo, te vio bañada en lágrimas y soltó: "¿Todavía aquí, Sofía? ¿Qué pasa? Haces una escena." "Mi madre murió," le dijiste, y su pésame fue torpe, indiferente. Miraste al hombre al que le diste diez años, y sentiste un vacío helado. "Terminamos, Ricardo. Se acabó." Te fuiste, dejando atrás una década de mentiras. Pero el tormento no terminó ahí, Ricardo, ajeno a tu dolor, continuó con su manipulación, incluso después de que tu madre fuera enterrada, solo para confirmar la farsa de su amor. En su penthouse, encontraste a Elena, luciendo el rebozo que tu madre había tejido para ti, confirmando tus peores sospechas. "¡Quítate eso!" , rugiste, tu ira finalmente explotando. "¡Me has estado robando! ¡Ambos me han estado usando!" La verdad te golpeó con la fuerza de un huracán: Ricardo y Elena te habían saboteado sistemáticamente, bloqueando tu carrera, robando tus ganancias. "¡Estás despedida! Lárgate de mi empresa y de mi vida, ahora mismo." Pero en medio del shock, una calma extraña te invadió. "No puedes despedirme, Ricardo. Porque yo renuncio." Con una nueva fuerza, te alejas de su sombra y de su mundo. En medio del caos, surge Javier, el amigo silencioso que siempre estuvo en los márgenes de tu vida. "Cásate conmigo," te propuso, ofreciéndote un ancla en tu tormenta. Una idea audaz y un poco loca comenzó a formarse en tu mente. "Javier, no solo no te voy a rechazar, sino que quiero que me ayudes a hacer algo." Juntos, planean una declaración pública que Ricardo nunca podría olvidar, una que sellaría tu libertad y tu venganza.

Introducción

El teléfono sonó, con una urgencia que te heló la sangre.

"Señorita Sofía, la condición de su madre se ha complicado... el costo de la cirugía es elevado y necesitamos un depósito para asegurar el quirófano..."

Te aferraste al teléfono, sintiendo el pánico, tu madre, la mujer que tejía rebozos con magia en sus manos, estaba en peligro y no tenías cómo ayudarla.

Solo había una persona, Ricardo, tu novio de diez años, el exitoso empresario, el hombre con el que creías haber construido una vida.

Corriste a su oficina, un imponente edificio de cristal, pero su asistente, Elena, te bloqueó: "Ricardo está extremadamente ocupado, no puede ser interrumpido."

Horas te consumieron en la humillante sala de espera, mientras tus mensajes a Ricardo se perdían en el vacío.

La noche cayó, y el hospital volvió a llamar.

"Señorita Sofía... hicimos todo lo que pudimos... su madre... lo siento mucho, falleció hace unos minutos."

El teléfono se te resbaló, el mundo se silenció.

Y entonces, Ricardo salió de su oficina, riendo, te vio bañada en lágrimas y soltó: "¿Todavía aquí, Sofía? ¿Qué pasa? Haces una escena."

"Mi madre murió," le dijiste, y su pésame fue torpe, indiferente.

Miraste al hombre al que le diste diez años, y sentiste un vacío helado.

"Terminamos, Ricardo. Se acabó."

Te fuiste, dejando atrás una década de mentiras.

Pero el tormento no terminó ahí, Ricardo, ajeno a tu dolor, continuó con su manipulación, incluso después de que tu madre fuera enterrada, solo para confirmar la farsa de su amor.

En su penthouse, encontraste a Elena, luciendo el rebozo que tu madre había tejido para ti, confirmando tus peores sospechas.

"¡Quítate eso!" , rugiste, tu ira finalmente explotando. "¡Me has estado robando! ¡Ambos me han estado usando!"

La verdad te golpeó con la fuerza de un huracán: Ricardo y Elena te habían saboteado sistemáticamente, bloqueando tu carrera, robando tus ganancias.

"¡Estás despedida! Lárgate de mi empresa y de mi vida, ahora mismo."

Pero en medio del shock, una calma extraña te invadió.

"No puedes despedirme, Ricardo. Porque yo renuncio."

Con una nueva fuerza, te alejas de su sombra y de su mundo.

En medio del caos, surge Javier, el amigo silencioso que siempre estuvo en los márgenes de tu vida.

"Cásate conmigo," te propuso, ofreciéndote un ancla en tu tormenta.

Una idea audaz y un poco loca comenzó a formarse en tu mente. "Javier, no solo no te voy a rechazar, sino que quiero que me ayudes a hacer algo."

Juntos, planean una declaración pública que Ricardo nunca podría olvidar, una que sellaría tu libertad y tu venganza.

Capítulo 1

El teléfono sonó con una urgencia que me heló la sangre, era el hospital.

La voz del doctor sonaba cansada y directa, sin rodeos, cada palabra caía como una piedra sobre mi pecho.

"Señorita Sofía, la condición de su madre se ha complicado, el tumor está presionando una arteria principal y necesitamos operar de inmediato."

Me aferré al teléfono, mis nudillos se pusieron blancos.

"¿Qué tan inmediato?" , pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

"Necesitamos programarla para mañana por la mañana, el costo de la cirugía es elevado y necesitamos un depósito para asegurar el quirófano y los materiales."

El doctor mencionó una cifra que me dejó sin aire, una cantidad imposible, un universo de distancia de mis ahorros. Colgué el teléfono sintiendo cómo el pánico me subía por la garganta, mi madre, mi fuerte y talentosa madre, la mujer que tejía rebozos con la magia de sus manos, estaba en peligro y yo no tenía cómo ayudarla.

Solo había una persona que podía ayudarme, Ricardo. Mi novio desde hace diez años, el exitoso empresario dueño de "Tequila Imperial", el hombre con el que había construido una vida, o al menos, eso creía yo.

Conduje hasta su oficina en el corazón de la ciudad, un imponente edificio de cristal y acero que gritaba poder y dinero. Cada semáforo en rojo aumentaba mi ansiedad, cada minuto perdido era un minuto menos para mi madre.

Entré al vestíbulo de mármol y fui recibida por una recepcionista con una sonrisa practicada.

"Vengo a ver al señor Ricardo Cervantes" , dije, tratando de que mi voz no temblara.

"¿Tiene una cita?"

"Soy su novia, Sofía."

La recepcionista me miró con una mezcla de lástima y desdén antes de llamar a su oficina. Después de una breve conversación, colgó.

"El señor Cervantes está en una reunión muy importante, su asistente, la señorita Elena, la atenderá."

Antes de que pudiera protestar, Elena salió de una puerta lateral, alta, impecable en su traje sastre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

"Sofía, qué sorpresa" , dijo con una frialdad cortante. "Ricardo está extremadamente ocupado hoy, no puede ser interrumpido."

"Elena, es una emergencia, necesito hablar con él, es sobre mi madre, está muy enferma."

Mi voz se quebró al final, la desesperación se apoderó de mí.

"Entiendo, pero no es un buen momento" , insistió Elena, su tono era el de alguien que espanta a un animal molesto. "¿Por qué no esperas en la recepción? Quizás tenga un minuto más tarde."

Me guio suavemente pero con firmeza hacia los sofás de piel de la zona de espera, dejándome allí, sola y expuesta.

Las horas pasaron, vi a ejecutivos entrar y salir, escuché el murmullo de negocios cerrados y llamadas importantes. El sol de la tarde se convirtió en la luz artificial de la oficina, mi teléfono permanecía en silencio, mi esperanza se desvanecía con cada tic-tac del reloj de pared.

Le envié mensajes a Ricardo, uno tras otro, "Ricardo, por favor, es urgente", "Mi mamá te necesita", "Por favor, contesta". No hubo respuesta.

Me senté allí, humillada, invisible, sintiendo el peso de la indiferencia de Ricardo. Él sabía que yo nunca lo molestaría en el trabajo a menos que fuera algo de vida o muerte. Y aun así, me dejó esperando.

Finalmente, cuando la oficina comenzaba a vaciarse y la noche caía sobre la ciudad, mi teléfono sonó. No era Ricardo, era el hospital de nuevo.

Mi corazón se detuvo. Contesté con manos temblorosas.

La misma voz cansada del doctor, ahora llena de una tristeza profesional.

"Señorita Sofía... hicimos todo lo que pudimos... su madre... lo siento mucho, falleció hace unos minutos."

El teléfono se resbaló de mis dedos y cayó sobre el suelo de mármol con un ruido seco y final. El mundo se silenció, los sonidos de la oficina se desvanecieron en un zumbido sordo. Mi madre se había ido, se había ido mientras yo esperaba en vano una ayuda que nunca llegó.

En ese momento, la puerta de la oficina de Ricardo se abrió. Salió riendo con un par de socios, palmeándoles la espalda. Me vio sentada allí, con el rostro bañado en lágrimas silenciosas, y su expresión se endureció.

"¿Todavía aquí, Sofía? ¿Qué pasa? Haces una escena."

Me levanté, mis piernas temblaban, pero mi voz salió firme, vacía de toda emoción.

"Mi madre murió."

Ricardo parpadeó, confundido por un segundo, su cerebro de negocios tardó en procesar la tragedia humana.

"Oh... vaya, lo... lo siento, Sofía."

Su pésame fue torpe, superficial, una formalidad. No había dolor en sus ojos, solo molestia por la inconveniencia.

Lo miré, al hombre al que le había dado diez años de mi vida, al hombre por el que había sacrificado tanto, y no sentí nada más que un vacío helado. La ilusión se hizo añicos.

"Terminamos, Ricardo" , dije con una calma que me sorprendió a mí misma. "Se acabó."

Me di la vuelta y caminé hacia la salida, sin mirar atrás, dejando atrás diez años de mentiras y un futuro que ya no existía.

Capítulo 2

El funeral fue un borrón de caras tristes y pésames vacíos, pasé por los movimientos como un autómata, mi dolor era una capa de hielo que me cubría por completo.

Javier estuvo allí, como siempre había estado en los márgenes de mi vida durante la última década, un amigo silencioso, un observador paciente. No dijo mucho, pero su presencia era un ancla en mi tormenta. Me llevó a casa después del entierro, y mientras miraba por la ventana del coche el paisaje gris de la ciudad, me hizo una pregunta que lo cambió todo.

"Sofía" , dijo suavemente, su voz era cálida y respetuosa. "Cásate conmigo."

Giré la cabeza para mirarlo, atónita. Sus ojos oscuros eran serios, llenos de una sinceridad que me desarmó.

"Javier... no sé qué decir."

"No tienes que decir nada ahora" , respondió. "Solo piénsalo, he esperado diez años, puedo esperar un poco más."

Esa noche, sentada en la soledad de mi pequeño apartamento, al que me había mudado tras dejar a Ricardo, las palabras de Javier resonaban en mi mente. ¿Casarme con él? Parecía una locura, una decisión precipitada nacida del duelo.

Pero entonces pensé en los últimos días, en la indiferencia de Ricardo, en su ausencia total durante el momento más oscuro de mi vida. Pensé en los diez años de relación, una relación en la que yo siempre había sido la que cedía, la que esperaba, la que se adaptaba. Una relación que, en el momento de la verdad, se reveló como una farsa.

El sonido de mi teléfono me sacó de mis pensamientos, era Ricardo. Dudé un segundo antes de contestar.

"¿Bueno?"

"Sofía, ¿dónde diablos estás?" , su voz sonaba irritada, como siempre. "Teníamos una cena con los inversores de Japón esta noche, Elena tuvo que cancelarla por tu culpa."

Me quedé en silencio, la absurdidad de sus palabras era abrumadora.

"¿Sigues ahí? ¿Qué pasa con tu drama familiar? Por cierto, ¿cómo está tu mamá? ¿Ya salió del hospital?"

La pregunta, lanzada con tanta displicencia, me golpeó con la fuerza de una bofetada. Él ni siquiera recordaba. Ni siquiera se había molestado en procesar la noticia de su muerte. Para él, mi tragedia era un simple "drama familiar", una inconveniencia.

"Mi madre fue enterrada ayer, Ricardo" , dije con una voz plana, sin emoción.

Hubo un silencio en la otra línea, probablemente de sorpresa, no de remordimiento.

"Ah... claro, lo olvidé, he estado muy ocupado."

Colgué. No había nada más que decir.

Miré a mi alrededor, a las cajas apiladas en el suelo. Había decidido irme de la ciudad, alejarme de todo, pero la propuesta de Javier me ofrecía otro camino.

Quizás no era una locura, quizás era una salida, una oportunidad de empezar de nuevo con alguien que, al menos, sabía que mi madre había muerto.

Tomé mi teléfono y le marqué a Javier.

"Javier" , dije cuando contestó. "Acepto."

Al día siguiente, mientras empacaba las últimas cosas del apartamento que había compartido con Ricardo, recibí un mensaje de texto. Era Elena.

"Sofía, el Señor Cervantes necesita los documentos de la propiedad en Valle de Bravo, dice que los tenías tú, por favor, envíalos a la oficina de inmediato."

El uso de "Señor Cervantes" era deliberado, una forma de marcar distancia y jerarquía. Sentí una oleada de amargura. Siempre había sido así, Elena actuando como la guardiana de Ricardo, filtrando mi acceso a mi propio novio, haciéndome sentir como una extraña.

Mi respuesta fue corta y directa.

"Ya no trabajo para él, que los busque él mismo."

Apagué el teléfono y lo tiré sobre una caja. Recordé una de las tantas veces que discutí con Ricardo sobre ella.

"Ricardo, no me gusta cómo me habla Elena, parece que yo soy la intrusa."

"Ay, Sofía, no seas tan sensible" , me había dicho él, sin levantar la vista de su laptop. "Elena es eficiente, es indispensable para mí, solo está haciendo su trabajo, deberías aprender a llevarte bien con ella."

En ese momento, me sentí tonta por quejarme, me convencí de que estaba exagerando. Ahora, mirando hacia atrás, veía el patrón con una claridad dolorosa, él siempre la había defendido, siempre había minimizado mis sentimientos, siempre me había hecho sentir que yo era el problema.

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