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Matrimonio Forzado: Venganza

Matrimonio Forzado: Venganza

Autor: : Anet Montoya
Género: Romance
Marco De Luca fue educado con un objetivo claro: aniquilar a Antonio Cavalli. Su primera víctima será la hija de Antonio, Fiorella Cavalli. El rencor que siente hacia esa familia es tan intenso que no le importará dañar a una inocente para lograr su venganza. Un matrimonio arreglado se presenta como el plan ideal para comenzar su misión, sin imaginar las impredecibles consecuencias que esto traerá consigo.

Capítulo 1 El comienzo

-Por Dios, niña, harás que me dé un infarto si no es que el señor Antonio me asesine antes.

Catalina me reprendía mientras entraba por la puerta de mi alcoba después de haber vuelto del establo donde estaba con Luna, mi yegua. Todas las noches escapaba a ese lugar para salir un rato, dar un paseo y respirar aire fresco, lejos de esta mansión que parecía una prisión.

-Nana Cata, estoy bien -indiqué después de haber entrado a la habitación, y ella comenzó a revisarme de pies a cabeza.

-No puedes seguir haciendo esto, ya no eres una niña -sus regaños continuaban-. ¿Te has puesto a pensar qué pasaría si tu padre se entera de que todas las noches te escapas en tu caballo? ¿O tu madre? Asesinaría a todo el personal, incluyéndome, por no tenerte quieta en ningún momento. Sabes que él es capaz de eso y mucho más por ti.

En algo sí tenía razón; mi padre nunca se tentaría el corazón para asesinar a alguien por mí. Debería pensar en los demás y no solo en mí.

Pero estar encerrada en esta enorme mansión me estaba consumiendo hasta casi volverme loca. Quería salir, ser libre como el viento. Pero eso era imposible para mí, era una Cavalli y tenía prohibido salir si no era con vigilancia.

Aunque tuviera una vida llena de lujos y sin faltarme nada, con una familia que me amaba y me protegía, no todo era perfecto.

Después de los regaños de Nana Cata, tomé una ducha para irme a meter a la cama. Mañana me esperaba un día largo.

Al día siguiente me arreglé para acompañar a mi madre al hospital infantil donde ayudaba con caridad a muchos niños enfermos. Amaba hacer esto; era una de las tantas cosas por las que me gustaba ser una Cavalli. Mi familia siempre pensaba en ayudar a los más necesitados, y mis padres me enseñaron a cumplir con el mismo deber que todos los Cavalli han hecho durante décadas.

Estaba orgullosa de mi familia, de mis padres. Para mí, era un orgullo llevar el apellido Cavalli con la frente en alto.

-Ve a darte una ducha y ponte más bonita -pidió mi madre después de bajar del auto mientras entrábamos a casa.

-Madre, no quiero estar en esa cena de negocios, sabes que eso me aburre demasiado. No me obligues, por favor -me quejé con una súplica.

-Fiorella, obedece por favor lo que te he dicho -sin discutir más, se alejó, dejándome ahí.

Odiaba estar presente en esas cenas, en las que me obligaban a estar siempre que había una. No sé por qué razón tenía que asistir; yo no sabía nada de negocios y tampoco es que quisiera saber.

Cerré la puerta de mi alcoba con frustración. Pero antes de dejarme caer en la cama, mi revoltoso pequeño hermano saltó sobre mí.

-¡Bu! -gritó mientras saltaba, haciéndonos caer juntos en el suave colchón.

-¡Ah! Mi pequeño hermano revoltoso quiere cosquillas -él negó, pero yo lo ataqué hasta hacerlo retorcerse de risa.

-¡Para, Fiorella, para! Me rindo... -agregó con dificultad-. No es justo -hizo un gesto cuando se quejó-. Yo quería asustarte.

-Eso es imposible, hermanito. Te conozco muy bien.

Volvió a hacer otro gesto y se bajó de la cama de un salto. Vi cómo se acercaba a la cómoda lentamente y disimulando, y de repente tomó mi móvil y gritó antes de salir disparado.

-¡A que no me alcanzas!

-Pequeño demonio, ya verás -contesté, y salí detrás de él-. Vas a ver cuando te atrape -vociferé.

Lo seguí por el pasillo como pude. Madre me regañaría si me viera corriendo de esta manera persiguiendo a mi pequeño hermano, ya que tenía la costumbre de decirme "una señorita no puede comportarse de ese modo." Y tenía razón; yo nunca le había dado disgustos, siempre obedecía. Bajé las escaleras a toda prisa y sin miedo a caer; me sabía de memoria cada rincón de esta mansión. Daniel todavía llevaba ventaja. Era rápido, y eso me lo ponía más difícil. Siempre fui lenta para esto y, con los tacones que mi madre me obligaba a usar, corría el riesgo de torcerme un tobillo.

Daniel corrió hacia el pasillo que conducía a la oficina de papá. Quise gritarle que se detuviera, pero no me atreví; mi madre podría salir y regañarme. Estaríamos en grandes problemas si nos sorprendía jugando, y más a mí. Se suponía que debía actuar como una mujer madura y recta.

Al pasar por la puerta de la oficina sentí alivio de que mis padres no nos escucharan. Pero dos hombres aparecieron al final del pasillo. ¿Quiénes eran? No lo sabía, jamás los había visto; no trabajaban para mi padre.

Antes de poderle decir a mi hermano "cuidado," ya era demasiado tarde. Yo me detuve en seco, pero Daniel impactó con el hombre más alto con toda la fuerza con la que iba corriendo.

Mi hermano se tambaleó yéndose hacia atrás y cayó de sentón. Mientras el hombre, o más bien el roble macizo, no se movió ni un poco por el golpe que produjo Daniel.

Con esa estatura de dos metros y con ese cuerpo fornido, era imposible derribar a ese toro. Mientras mis ojos lo detallaban, el tiempo parecía detenerse a mi alrededor. Pero mi mirada estaba congelada sobre ese hombre musculoso que reflejaba peligro en su aspecto.

-Daniel, ven aquí -por fin hablé en un tono agudo. No sé si era timidez o miedo, pero se me dificultaba hablar.

En el momento que llamé a mi hermano, los ojos de ese hombre se colocaron en mí. Su mirada era tan fría como el tono de sus ojos claros; me escaneó de pies a cabeza y me arrepentí de haber hablado antes.

Me incliné un poco para tomar el brazo de mi hermano y levantarlo. Al levantar la cabeza, lo vi observándome todavía. ¡Dios! Era demasiado alto. El otro hombre junto a él se miraba bajo a su lado.

-¿Y tú eres? -preguntó Daniel ladeando la cabeza con curiosidad. Parecía no tener miedo.

Apreté su brazo con suavidad para que no continuara hablando. No sabíamos quiénes eran. ¿Y si eran matones? No, mi padre nunca solicitaría a este tipo de sujetos venir a nuestro hogar y mucho menos a estar paseando por los pasillos.

Daniel se soltó de mi agarre y se acercó un poco más a ellos. Temblé cuando el otro hombre dio un paso hacia adelante y, al moverse, dejó a la vista un arma de fuego debajo de su saco negro.

Sin pensarlo un segundo, me adelanté y tomé de nuevo a mi hermano, evitando que se acercara más a ellos. El tipo alto detuvo al hombre armado cuando puso su brazo como barrera para que no continuara acercándose a nosotros y volvió a su puesto.

Quise recuperar el aire, pero no podía. Tenía miedo hasta de respirar.

El hombre peligroso se aclaró la garganta y por fin pronunció unas palabras.

-Soy Marco De Luca -dijo en un tono frío y simple. Lo vimos sin comprender; no sé por qué razón se presentaba-. Muy pronto sabrás quién soy en realidad -eso iba dirigido a mí, ya que no dejó de verme. Su voz era profunda y sin emociones.

Pero seguía sin entender a qué se refería con que muy pronto sabré. ¿Qué interés puedo tener yo en eso? Preferiría nunca más volver a verlo, porque, por muy atractivo que fuera, su mirada y su semblante de témpano de hielo me daban temor.

Capítulo 2 Reunión

Al cerrar la puerta de mi habitación, me quedé unos minutos apoyada contra ella, tratando de recuperar la respiración. No era solo por haber corrido tras Daniel; la impresión que me había dejado aquel hombre era abrumadora.

¿Quién era Marco De Luca? No quería pensar en eso de nuevo, así que sacudí la cabeza y fui en busca del vestido que mi madre había elegido para mí. No deseaba estar en esa cena, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

Las reuniones familiares siempre incluían a amigos de la familia Cavalli. Por ser mujer, no era bien visto que merodeara sola con un hombre que no fuera mi padre, tío o algún primo. Era un asunto inapropiado según nuestras tradiciones. Si mi madre se enteraba, me encerraría de por vida.

Mientras me arreglaba, los ojos fríos y carentes de emociones de Marco volvían a mi mente. ¿Por qué no podía sacarlo de mis pensamientos?

Cuando terminé, me miré en el espejo. El vestido y los tacones me hacían lucir mayor, como de veinticinco. Aún no había cumplido los veinte, pero mi madre persistía en que me vistiera como una mujer desde que tenía quince años.

Ahora que había alcanzado la mayoría de edad, su insistencia por ponerme vestidos y tacones era aún más fuerte. Aunque se lo había dejado claro, ignoraba mis quejas y seguía comprándome el mismo tipo de ropa.

Lo bueno de esto era que no me obligaba a maquillarme de manera exagerada, excepto para ocasiones especiales, donde enviaba a su estilista para ayudarme, ya que no era buena en ese aspecto.

Mientras continuaba mirándome con incertidumbre, noté que el vestido color marfil se ceñía a mi trasero y cintura, terminando alto en mis muslos. La parte superior consistía en un corpiño dorado brillante con tiras de tul marfil.

Era bonito, no lo negaré, pero no era el indicado para mí. Mi estilo era otro, uno que yo quería lucir, ya que mi madre había creado mi estilo sin que yo pudiera opinar.

En ocasiones, mi padre la regañaba cuando se daba cuenta de cómo manipulaba mi vida, pero apenas él se descuidaba, mi madre hacía de las suyas. No entendía por qué se empeñaba en vestirme de esta manera y en hacerme lucir como una mujer ante todos.

Existía una rivalidad entre mi madre y mi tía, la esposa del hermano de mi padre. Ellas también tenían una hija de mi edad, mi prima Lucrezia, y ambas criticaban y discutían con mamá constantemente.

Yo solía ignorar a Lucrezia, quien se pasaba el tiempo lanzando veneno por doquier. Desafortunadamente, compartíamos todo desde pequeñas, ya que nuestros padres vivían en la misma finca, que abarcaba muchas hectáreas de la propiedad Cavalli.

Desde hace décadas, nuestras familias habían vivido así, compartiendo propiedades y bienes bajo nuestro apellido. El padre de mi abuelo lo había querido así, y mi abuelo lo conservaba desde que heredó todo.

Él trataba de mantener unida a la familia, pero lo que más le importaba era el apellido, así que no permitía que hablasen mal de nosotros.

El abuelo era un hombre duro, lleno de soberbia, preocupado solo por las críticas que pudiera recibir la familia, sin importar los integrantes de la misma.

De niña, me rechazó en varias ocasiones cuando intentaba acercarme a él. Jamás recibí una caricia o un gesto amable de su parte, mucho menos un abrazo. Su semblante era serio, y siempre estaba en silencio, como si pasara pensativo. Ni con sus propios hijos era afectuoso, aunque hacía preferencias por Lucrezia y los hijos de su hijo menor, mientras yo era tratada de manera diferente, lo que nunca entendí.

Suspiré al recordar todo esto; no me gustaba pensar que el abuelo nunca me quiso. Si no fuera por mi padre, ahora mismo estaría encerrada en un convento de monjas.

Mi madre apareció en la puerta minutos después.

-No quiero usar esto, mamá -me quejé, mirando el vestido en el espejo.

Ella no dijo nada y se acercó para arreglar mi cabello en un peinado sencillo que caía de lado. Llevaba un elegante vestido largo hasta el suelo. Deseé que me hubiese permitido usar algo así, pero no entendía por qué tanta formalidad.

-Te ves perfecta, como toda una mujer -indicó.

Solté un quejido.

-Me veo y me siento como una prostituta.

-Las prostitutas no pueden permitirse un vestido como este.

Mi madre puso sus manos en mi cintura, analizando cada parte de mi cuerpo.

-Tienes una cintura muy delgada, y el vestido hace que tus piernas se vean largas. Estoy segura de que atraerás más de una mirada esta noche.

Como si eso me importara. Preferiría permanecer entre las sombras, donde nadie me viera ni supiera de mí.

Miré mi escote. Mis pechos no eran grandes, pero tampoco tan pequeños; podría decirse que eran de tamaño regular, pero el corpiño los hacía resaltar un poco. Definitivamente parecía una prostituta. No entendía cómo mi abuela había aprobado esto y, ni hablemos de mi padre, que si se enterara, gritaría como un loco. No quería estar presente cuando se diera cuenta de mi vestimenta.

Él era muy sobreprotector conmigo, me amaba y me cuidaba como si fuera su tesoro más valioso. Siempre me lo decía, y me demostraba su amor de padre. Sin duda, tenía el mejor y más cariñoso padre del mundo.

-Es hora -anunció mi madre-. Primero iremos al salón. Tu padre, tus tíos y tu abuelo, entre otras personas, están esperando allí.

No estaba informada de eso. Lo único que sabía era de la cena, pero ahora empezaba a entender por qué tanta formalidad e importancia por una reunión.

Una vez que terminamos, salimos de mi habitación y nos dirigimos al gran salón donde nos esperaban las personas que había mencionado mi madre. Al llegar a la puerta, escuché voces de hombres al otro lado. Mi padre, el abuelo y mis tíos. Pero, ¿quién más estaba allí?

La habitación estaba repleta de hombres armados y peligrosos, pero quizás no más que mi propia familia, ya que los Cavalli eran los hombres más poderosos de la mafia en Roma. Sin embargo, no les tenía miedo; a pesar de saber quiénes eran y a qué se dedicaban, sabía que nunca me harían daño. Eran las últimas personas en el mundo que querrían lastimarme.

Mientras cerraba la puerta, me quedé parada, enfrentando a los presentes. La conversación se detuvo. ¿Se suponía que debía decir algo? Me estremecí, tratando de ocultar mi nerviosismo. Me sentí algo aliviada cuando mi padre extendió su brazo para ofrecerme su mano y acercarme a él. Al hacerlo, mis ojos se encontraron con los del hombre de fría mirada, que estaba sentado frente a mi padre y mis tíos. Su penetrante mirada me dejó helada. Contuve la respiración. ¿Por qué estaba reunido con mi familia? Rápidamente escaneé las caras de mis familiares, tratando de entender la situación, pero todos lucían serios. Este silencio me iba a matar. ¿Por qué nadie decía nada?

-Padre, ¿no crees que lo apropiado es preguntarle primero? -rompió el silencio mi padre, dirigiéndose al abuelo.

Seguía sin entender de qué se trataba esta reunión.

El abuelo no respondió, su frente se arrugó en un gesto de molestia por la pregunta de mi padre.

-Ya se ha dicho todo -anunció el abuelo con firmeza y seriedad, como era su costumbre-. Tu hija Valentina se casará con Marco De Luca en menos de dos semanas, y no hay nadie que contradiga ni se oponga a esta decisión que se ha tomado.

Mi cabeza daba vueltas con esas palabras. Ahora podía comprender todo, pero era demasiado tarde. Tenía que seguir las tradiciones y órdenes de la familia, aunque estuviera en contra.

¿Pero por qué con ese hombre? Para mí, era un extraño, ya que solo era la segunda vez que lo miraba. Aparté mi mirada de él en cuanto se dio cuenta de que lo observaba.

Mis manos sudaban, y me movía inquieta. Eché una mirada a mi padre, buscando su ayuda para liberarme de este horrible compromiso, pero él negó con la cabeza y solo me observó con una mirada afligida.

Y ahí fue cuando comprendí que estaba perdida... Que nada ni nadie me salvaría de esto. No tenía alternativa; lo único que me esperaba era casarme con ese desconocido de mirada peligrosa.

Capítulo 3 Anillo

No deseaba casarme, y sin embargo, eso sucedería en menos de dos semanas. No lograba entender cómo mi vida había cambiado tan drásticamente de un día para otro. Apenas tenía dieciocho años, con un futuro por delante y muchos sueños por realizar, pero todo eso se desvanecía en el instante en que me marchara con el hombre que sería mi esposo.

La luz del sol se filtraba a través de las ventanas de mi habitación. Se suponía que hoy debería ser un día ordinario, uno más en mi rutina diaria, pero no era así. La realidad me golpeaba con fuerza, recordándome lo que había sucedido la noche anterior, cuando mi propia familia me entregó, o más bien, me vendió al mejor postor.

Estaba al tanto de las tradiciones familiares y del mundo de la mafia que nos rodeaba. Por eso sabía que lo que estaban haciendo era un negocio puro y duro, donde las familias influyentes en nuestra región comerciaban sus más valiosos tesoros. En el caso de mi padre, ese tesoro era yo.

Aunque sabía que él no quería hacer esto, no tenía otra opción; debía seguir las reglas y acuerdos establecidos en la organización, o de lo contrario, sería una ofensa. No tenía mucha información sobre el tema, solo que si mi padre no cumplía con lo que el abuelo ordenaba, mi madre, mi hermano y yo estaríamos en peligro.

Mi madre me preparó para esto durante años; sabía del futuro trágico que me aguardaba, pero nunca pensé que llegaría tan pronto. Ni siquiera había terminado el instituto; me faltaban algunos meses para graduarme y, aparentemente, ese día nunca llegaría. Decía adiós a mis sueños y a la libertad que anhelaba experimentar, una vez que creí que podría ir a la universidad y alejarme de este lugar.

-Madre, no quiero casarme -exclamé tan pronto como entró a mi habitación, mirándola desde la cama.

Me lanzó una mirada desaprobadora desde donde estaba de pie.

-Sabes que en este asunto no podemos opinar -respondió.

No podía creer lo que escuchaba; era su hija, ¿cómo podía no defenderme? Esta era una de las muchas razones por las que quería huir de esta casa, escapar lejos de todos.

-Por supuesto que puedes -alcé un poco la voz-. Soy tu hija, ¿o acaso lo has olvidado?

-No me hables en ese tono, jovencita -me reprendió con severidad-. Soy tu madre y merezco respeto. Harás lo que yo te diga. Además, sabemos que no podemos desobedecer una orden de tu abuelo; ni siquiera tu padre puede hacerlo.

-Pero es que... a ese hombre ni siquiera lo conozco -me quejé-. Y ni hablemos del amor, porque no existe.

-Pero llegará, solo dale tiempo a su relación. Déjate querer, Fiorella. En cuanto menos lo pienses, tendrás a Marco De Luca enamorado de ti -dijo, dirigiéndose hacia mi armario.

Lo abrió y buscó alguna de mis prendas más atrevidas que había adquirido recientemente, sacando una y luego un par de zapatos altos.

-Pero yo no quiero que se enamore de mí, ¿qué no entiendes, mamá? -Aparté las sábanas de mi cuerpo y me levanté de la cama, acercándome a su lado para continuar con mis quejas-. Ese hombre no me gusta, ni siquiera me atrae.

Mi madre dejó lo que estaba haciendo para girarse y mirarme con incredulidad.

-Pero si es un hombre guapísimo, ni siquiera le has prestado atención. Solo necesitan pasar tiempo juntos y ambos terminarán muy enamorados.

Suspiré. Era inútil intentar convencerla una y otra vez de que no estaba interesada en ese hombre, pero sabía que mi mamá actuaba así para evitar problemas con el abuelo; aun así, no tenía intención de dejarme llevar por él, ni en esta vida ni en ninguna otra.

No voy a negar que el tipo es muy atractivo. Sin embargo, el hecho de que obligara a alguien a casarse con él no lo convertía en una buena persona; eso, para mí, lo hacía feo, aunque su apariencia dijera lo contrario.

-No quiero pasar tiempo con él -repliqué.

Sin esperar respuesta, entré al baño y me encerré para no escuchar más sus sermones. Me cepillé los dientes y me tomé mi tiempo en la ducha, ya que no quería encontrarme de nuevo con mi madre.

Aliviada, suspiré al salir y darme cuenta de que ya no estaba en mi habitación. Caminé hasta mi armario para sacar algo cómodo, pero solté un quejido cuando alguien llamó a mi puerta.

-Señorita, la señora me mandó avisarle que se esté lista en menos de 15 minutos y que baje -informó la joven del servicio, tras pedirme que pasara-, y que su atuendo de hoy está sobre su cama.

Una vez que me lo indicó, se marchó, dejándome sola para vestirme. Caminé hacia la cama y soltó otro suspiro, pero esta vez era pesado, como si una carga abrumadora pesara sobre mis hombros. Me sentía como si tuviera que pagar con mi cuerpo un negocio o una deuda que mi familia había contraído.

Miré la ropa y quise gritar de frustración, pero reprimí ese grito, sintiendo un nudo en la garganta que me ahogaba lentamente. Al mirar la hora en la mesa junto a mi cama, dejé todo a un lado y comencé a ponerme el vestido ajustado que mi madre había elegido.

En cuanto terminé, salí y bajé las escaleras despacio. No tenía idea de lo que planeaban para mí, pero podía imaginar muchas cosas, cosas que no deseaba que sucedieran.

Al llegar abajo, me encontré con mi madre, que parecía desesperada y nerviosa. Apenas pude bajar el último escalón cuando me agarró del brazo y me arrastró hacia el salón. Al entrar, me di cuenta de que ni mi padre ni mi abuelo estaban allí, solo Marco y su escolta, un tipo con un aspecto amenazante, el mismo que lo había acompañado ayer.

-Marco se hará el honor de acompañarnos y llevarnos a comprar tu vestido de novia. Es todo un caballero -comentó mi madre, llena de regocijo.

No entendía por qué le causaba tanta alegría esta boda, y menos con un hombre que, estoy segura, ella tampoco conocía.

-¿Y papá? -le pregunté en un susurro, para que los hombres frente a nosotros no me escucharan-. ¿Dónde está?

Mi madre me lanzó una mirada rápida que me amonestó sin necesidad de palabras.

-Primero quiero hablar a solas con mi prometida -dijo, y me sobresalté al escuchar su voz profunda y calmada, sin atisbo de emoción alguna-. A solas -ordenó.

No me atreví a mirarlo desde que entré al salón, pero en el momento en que habló, mi mirada se alzó sin poderlo evitar. En ese instante, me arrepentí, pues sus ojos estaban fijos en mí, lo que aumentó mi nerviosismo.

Mi madre asintió y yo tomé su brazo, mirándola para que no se fuera y no me dejara sola con él, pero ignoró mi súplica y se soltó de mi agarre con disimulo. Marco le indicó a su compañero que también saliera de la habitación. Una vez que se fueron y la puerta se cerró, bajé la cabeza, enfocándome en el suelo y en mis pies.

Pero su voz me obligó a mirarlo de nuevo.

-Solo me llevará unos segundos hacer esto -indicó-. No necesitas estar nerviosa, no te haré nada... aun. -No comprendía a qué se refería, pero su afirmación solo intensificó mis nervios, y él claramente sabía cómo me sentía.

¿Cómo pudo darse cuenta? ¿Y qué quería decir con "aun"?

No quería pensar en eso; mi mente divagaría hacia pensamientos oscuros, y ya estaba paralizada por el miedo, simplemente por estar a solas con él.

Así que no dije nada y continué mirándolo. ¿Por qué? No lo sabía.

Vi cómo metió la mano en el interior de su chaqueta, y me tensé ante la idea de que pudiera sacar un arma. No sé por qué pensé eso, tal vez porque era un mafioso. ¿Pero por qué él tendría interés en matarme? Qué tontería.

Pero no fue así; lo que sacó de su chaqueta fue una caja negra, acercándose un poco a mí. Noté que su traje era del mismo tono que el objeto que sostenía.

Me quedé inmóvil cuando abrió la caja frente a mis ojos. En su interior había un anillo de oro blanco, con varias piedras pequeñas brillantes y una más grande en el centro. Podía estar segura de que eran diamantes, pues se parecían a un collar que mi madre atesoraba.

Marco extendió su mano hacia mí. En lugar de que este momento fuera hermoso, me sentí completamente incómoda. Aun así, extendí mi mano para alcanzar la suya, estremeciéndome al sentir su piel rozar la mía, provocando que me sonrojara. Deslizó el anillo de compromiso en mi dedo, y por un segundo se quedó así; sentí una ligera caricia que me hizo reaccionar y rápidamente retiré la mano.

No sabía qué decir ni qué hacer, simplemente me quedé ahí plantada frente a él, con las manos cruzadas y temblorosas, pues había desencadenado en mí una sensación que no entendía.

Nunca antes me había sentido así. No es que hubiera estado a solas con otro hombre de esta manera. En nuestro entorno, no se permitía que ninguna mujer soltera o que no fuera esposa de alguien estuviera sola en una habitación con un hombre. Si mi padre se enterara, mi madre estaría en serios problemas.

Pero no sé por qué, no logro comprender cómo Marco me había hecho sentir así; para mí, era alguien inaceptable. Ni su fortuna, poder ni atractivo me hacían verlo como un buen hombre, pero su toque, esa caricia, me hacía desear que me tocara una vez más.

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