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Matrimonio Forzado con el Mafioso

Matrimonio Forzado con el Mafioso

Autor: : Brenda Winter
Género: Mafia
Paola es la hija del Capo de la Cosa Nostra, la mafia italiana, y debido a que su padre asesinó al hijo mayor de la Cabeza de Dragón, el líder de la Tríada, ella es ahora el mayor objetivo del líder y de su hijo Lee Mizushima. Durante toda su vida ha tenido que vivir recluida en una granja en un pueblo de Italia, lejos de sus padres y en compañía de sus abuelos, quienes ayudaron a criarla. Paola sufre por la distancia y por la forma en que se ve obligada a vivir, en una "jaula de oro", como ella la llama, pero todo cambia cuando su padre decide casarla con el líder de la Yakuza, un enemigo en común con la Tríada que aumentará el poder de influencia en la sociedad entre las mafias, además de protegerla. Sin embargo, ocurre otro giro inesperado cuando es secuestrada por la Tríada mientras se dirige a conocer a su futuro prometido y, como si su realidad se hubiera vuelto del revés, de repente se encuentra en manos de su enemigo, incierta sobre su futuro y sobre cómo hará para escapar del hombre que la arrebató de su vida y la alejó de su familia.

Capítulo 1 Paola

Sentada en el sillón de la gran sala de estar, balanceaba as pernas que de ninguna manera tocaban el suelo. Tenía um cubo de Rubik que insistía en intentar resolver; era una cosa curiosa y, obviamente, colorida que llamaba mi atención.

Había sido un regalo de mi padre, aparentemente un juguete que ejercitaba el razonamiento lógico y la creatividad estratégica de reunir los colores nuevamente. Nunca lo lograba, ni siquiera uno de ellos.

Mi madre estaba en su habitación; estaba cansada y yo insistí en quedarme despierta esperando a mi padre.

Ella no insistió en llevarme de vuelta a mi cuarto, sabía que lloraría y haría un berrinche hasta que me dejaran en paz.

"No hará ningún daño si ella solo permanece sentada, señora", fue el argumento de Giorgia, nuestra gobernanta. Mamá, al final, decidió permitirlo siempre y cuando me bañara y me pusiera el pijama. Obedecí y en pocos minutos estaba de vuelta en el sillón, vestida con un mono rosa de lunares blancos y un abrigo pesado que Giorgia insistió en que usara debido al frío.

No sé cuánto tiempo me quedé sentada en la silla de madera esperando, pero recuerdo que cuando Enrico Provenzano cruzó la puerta de la sala, mis piernas ya estaban cansadas de balancearse y el cubo me había aburrido hacía un rato.

Cuando oí sus pasos, bajé de la silla y caminé hacia fuera del comedor; mi padre estaba de pie y cerraba la puerta. Recuerdo que cojeaba y cuando se giró y me vio allí, de pie y con el cubo en mis manos, su rostro que antes parecía colérico y sombrío se suavizó un poco.

- Paola... -suspiró y caminó con pasos vacilantes hacia mí. Despacio, se arrodilló frente a mí, con su ropa y manos llenas de sangre, y el rostro con algunas gotas salpicadas. Sus ojos azules miraban los míos; con la percepción infantil de una niña, busqué algo familiar en sus ojos, pero encontré algo que no supe definir en aquel momento, pero que aun así me dejó incómoda y cautelosa. Mi padre miró el juguete y sonrió-. ¿Todavía estás intentando resolver eso? -extendió la mano y, vacilante, coloqué el objeto en su palma, que era enorme comparada con las mías. Examinando el juguete, lo manejó rápidamente y con pocos movimientos hizo aparecer un color completo, mostrándome la superficie toda roja. Me maravillé con su facilidad y cuando fue a entregármelo, se detuvo a mitad del acto-. Vaya, mira esto... terminé manchando tu juguete. Perdóname, bambina. Voy a limpiar esto y te lo devuelvo, ¿está bien? -miré las pequeñas manchas de sangre seca y asentí.

Me pidió que esperara y desapareció por el pasillo que daba al baño de la planta baja. Cuando volvió, las manos estaban limpias y aún sostenía mi juguete.

Cargándome en brazos, comenzó a subir las escaleras hacia las habitaciones; entramos en mi cuarto y me dejó sobre la cama. Me ayudó a quitarme los zapatos y me cubrió con la manta. Sonrió, pero esta sonrisa, a diferencia de las otras que recibía de mi padre, no iluminó sus ojos; siguieron vacíos.

- Duerme, querida. ¡Mañana tengo una sorpresa para ti! -Aunque sentí curiosidad y tenía la pregunta en la punta de la lengua, no pregunté. Algo en su tono de voz dejó claro que no sería una sorpresa tan buena.

Cuando desperté al día siguiente, el juguete estaba sobre la mesita de noche a mi lado con todos los colores completados.

No lo supe en aquel momento, pero era un gesto de despedida.

Años después...

Desde la terraza, podía observar a los animales caminando en el pasto. El calor azotaba todo el campo y sentía que podría derretirme en cualquier momento. Vestida con unos pantalones cortos de mezclilla, una camiseta de tirantes blanca y sandalias, me abanicaba con mi propio sombrero de color beige; su tejido tenía pequeños agujeros que permitían que mi cabeza no se calentara tanto al sol, un regalo de mi padre, enviado por correo y entregado por uno de sus soldados.

Escondida. Ese era mi estatus permanente desde que me fui de casa aquel día; tras despertar con todos los colores completos en el cubo, fui traída a esta hacienda en la ciudad de Perugia, que estaba aislada y donde se permitía que pocas personas vivieran, solo las autorizadas por Enrico.

- ¿Quieres cabalgar hoy, querida? -preguntó mi abuela, Simona. Apareció en la puerta, vestida con uno de sus habituales vestidos de encaje que le llegaban hasta las rodillas.

Era una señora elegante y muy hermosa; la edad no le había quitado toda la belleza que debió ser magnífica en su juventud. Sonreí y acepté su abrazo lateral, apoyé mi rostro en el suyo; incluso con el calor, su cariño siempre era bienvenido. Sus largos dedos arrugados pasearon por mis mechones dorados hasta las puntas, pero pronto nos alejamos, la temperatura era insoportable...

- Hoy no, abuela. Tengo miedo de intentar estar bajo el sol y derretirme.

- Todo lo que sobraría serían tus lindos sesos de oro, Pôla -mi abuelo, Vittorio, subía los escalones de la terraza, con el sombrero negro en la mano, pantalones de mezclilla y una camisa de cuadros abierta con una camiseta de tirantes blanca debajo. Aún mantenía la buena forma, la espalda ancha y la altura heredadas de mi padre, justificadas al mirar al antiguo Capo de la Cosa Nostra. Su imponencia aún no se cuestionaba.

- ¡Vittorio! ¡Eso no es algo que se le diga a una señorita como Paola! -ella le dio un pequeño golpe en el antebrazo. Observé, sonriendo, la amistad y el amor que siempre vi entre mis abuelos; aun sabiendo quién había sido mi abuelo en su pasado y lo que le exigió a mi padre para que hoy pudiera ocupar su lugar, no lo veía como alguien peligroso para mí o mi abuela, aun sabiendo que lo era y que, incluso después de años sin estar al mando, seguía siendo temido por sus enemigos.

- Vamos, Simona. ¡Paola no se escandaliza con comentarios toscos como ese! -sonrió y me guiñó un ojo-. Tenemos bastantes cosas que hacer hoy, ¿qué te parece ayudarme con los caballos? -cansada y sudando, asentí.

De camino a los establos, decidí plantear una duda frecuente que me había contenido de hacer, una pregunta que sacaba a relucir todos los años.

- Es casi Navidad... -a mi lado, mi abuelo respiró hondo antes de responder.

- Sí... -su tono de voz dejó claro que ya sabía a dónde nos llevaría la conversación.

- ¿No pueden venir ni siquiera esta vez? -me entregó el cepillo y sacó a una de las yeguas, deteniéndose a mi lado, me miró-. Esta vez llegaste tarde, tu abuela tenía esperanzas de que este año no preguntaras -suspiré, irritada.

- Entonces no se lo cuentes a ella -comencé a cepillar el pelo del animal de tono caramelo frente a mí y ella empezó a mover la cola, distraídamente.

- Ya hemos hablado miles de veces sobre esto, Pôla. Sabes por qué no pueden venir.

- Es peligroso, lo sé... -alguna rencilla entre enemigos en la Mafia. Rodé los ojos, sin detener los movimientos, pero me vi obligada cuando su mano sujetó la mía con firmeza, pero sin dolor.

- No, no lo sabes. O dejarías de esperar siempre que tus padres vengan a visitarte -me soltó y se fue al otro lado de la yegua, donde podía ver un poco de él considerando mi altura y la del animal frente a mí-. Solo están esperando una visita, un solo descuido y sabrán dónde estás. Después de eso, nos veríamos obligados a mudarnos, y a mí particularmente me gusta mucho este lugar.

Consideré el hecho de que yo no era la única atrapada aquí, ellos también lo estaban, todo para garantizar mi seguridad, pues no había nadie en quien mi padre confiara más que en su propia sangre para protegerme, más aún en su antiguo Capo, a quien mantuvo su lealtad hasta que asumió su lugar.

No respondí, seguí divagando y cepillando el pelo de la yegua. Mi abuelo dejó que lidiara con mis propios pensamientos y, pasados unos minutos, tras terminar nuestro trabajo, se acercó a mí y puso una de sus manos en mi hombro; ese era el máximo acercamiento que teníamos como nieta y abuelo, nunca había sido del tipo muy paternal o cariñoso.

- Aguanta un poco más, querida. Muy pronto venceremos esta guerra y podrás vivir una vida con un poco más de libertad -ya que no había libertad real para las mujeres en la mafia-. Tu padre encontrará la manera.

Cuando se fue, me quedé sola en el establo, con la yegua mirándome. De repente me sentí más identificada con ella, pues ambas vivíamos presas de las reglas que nos habían sido impuestas por otros que no tenían ese derecho.

Capítulo 2 Paola

Después de salir de los establos, fui a mi habitación donde afortunadamente estaba más fresco, aunque el aire fuera cálido. La casa era aireada y garantizaba más confort; me relajé sobre la cama, tumbada de espaldas para mirar el techo blanco.

Había decorado el cuarto a lo largo de los años de acuerdo con mi gusto. Había un lado bueno en tener que vivir encerrada y escondida: mis padres me daban cualquier cosa que quisiera; por suerte, nunca fui muy materialista. Cuando era niña, eso era genial tratándose de juguetes; hoy no tanto, se volvió indiferente y aburrido, principalmente cuando la única cosa que me gustaría tener sería la presencia de ambos, una participación un poco más activa en mi vida.

Sabía exactamente el motivo: habíamos asesinado a alguien importante de la Tríada y por eso había un conflicto entre ellos y la Cosa Nostra; ahora yo, mis abuelos y mis padres éramos objetivos. Como una familia que defiende mucho el honor y su propio valor, la Tríada no dejaría eso pasar, nunca. Ese era el principal motivo del exilio que sufríamos mis abuelos y yo. Y aun ante todo eso, no podía negar la nostalgia y las ganas de hablar con mi madre más que unas pocas veces al teléfono cada tres meses.

Un purgatorio, eso es lo que es. Leí esa palabra en un libro una vez y me asombré de cuánto me había identificado con ella. El sentimiento egoísta frecuente que siento es el de estar siendo castigada por un error que no cometí.

Mi madre, Isabella, se había esmerado en asegurar que, si iba a vivir la mayor parte de mi vida lejos de ellos, fuera con todo el confort posible. De esa forma, en una de nuestras llamadas trimestrales (a veces ese tiempo variaba; a veces eran cuatro o cinco meses, como también había pasado que transcurrieran solo dos; preferían no mantener una regla, pero casi siempre eran tres, y yo contaba los días en una agenda reservada especialmente para eso), pedí cambiar mi habitación. Una vez estaba aburrida, ya tenía 15 años y mi cuarto aún tenía la apariencia infantil de cuando tenía 10. Lo cambiamos poco a poco; todo era revisado.

Esas fueron las cosas en las que mi padre logró ser flexible. Un celular solo para mí era una posibilidad absurda; tenía que hablar con ellos por otro teléfono, no rastreable y usado solo para recibir llamadas de ellos y de nadie más.

Era una jaula de oro. Pero una jaula segura, donde no tenía que temer por mi vida, aunque no pudiera decir lo mismo de mis familiares. Creo que Isabella y Enrico nunca pensaron que su hija podría perder noches de sueño seguidas preocupada por si la próxima llamada ocurriría para poder escuchar una vez más sus voces, o la de alguien desconocido anunciando sus muertes.

Afortunadamente, ese día aún no había llegado. Me levanté de la cama y fui hasta el escritorio que estaba al lado de la ventana, tomé mi agenda y miré el conteo de días: un mes y algunos días más desde la última llamada, casi dos meses desde que hablé con mi madre por última vez... Generalmente tachaba el día al final de la jornada, pero estaba convencida de que no llamarían hoy, por eso me adelanté y anoté un día más.

Pasé el resto del día en mi habitación, mirando mis cuadernos de estudio, los cuales hacía en casa con dos profesoras diferentes. Mujeres, por supuesto, ya que jamás se permitiría que ningún hombre se quedara a solas conmigo. Les habían pagado muy bien para no comentar sobre mi existencia con nadie y, aparentemente, cumplieron su palabra. Casi no podía decidir si me sentía feliz o triste por eso. Si lo contaran, mis padres se verían obligados a mantenerme cerca... y ellas morirían, claro, por traicionarnos.

Desechando esos pensamientos, respondí al llamado de mi abuela para la cena, que estaba en la puerta diciendo que bajaría en seguida. Guardé todos los cuadernos en sus debidos lugares y bajé hacia la sala de estar. Me senté a la mesa y, tras la oración católica de mis abuelos, comenzamos a comer.

Aunque me parecía una hipocresía, nunca osé cuestionar la fe de mi abuelo. Aun siendo quien era, creía en algo y llevaba el símbolo de ello en un tatuaje en el antebrazo; mi abuela, en su collar largo que le llegaba al pecho con un colgante de cruz. Observé a la mujer frente a mí; estaba inquieta y con expresión preocupada, y mi abuelo, al contrario de lo que solía ser, estaba demasiado callado.

- ¿Qué pasa? -pregunté, incapaz de aguantar aquel silencio inquietante por más tiempo.

- Tu abuelo... -ella se aclaró la garganta-. Me contó sobre la conversación que tuvieron más temprano y... -miré en dirección a él acusadoramente; él se dignó a mirarme no más de unos segundos y, después, simplemente fingió que no era con él.

- ¡Debería haber sabido que no eras de confiar! -dije. Aquello no pareció surtir el efecto que me gustaría, ya que creí ver un atisbo de sonrisa de soslayo.

- No lo hizo por mal y, de cualquier forma, en el fondo sabía que lo preguntarías de nuevo... Son tus padres, después de todo. -La sonrisa compadecida hizo que se me encogiera el corazón. Era triste y patético al mismo tiempo.

Abrí la boca para responder, pero fui interrumpida por una de las empleadas, Maria, que traía el teléfono en la mano y se lo entregó a mi abuelo. Ni siquiera ellos tenían celulares aquí.

Me extrañó, pero me emocioné, porque las personas al otro lado solo podrían ser mis padres; era demasiado pronto para otra llamada, pero aunque llamaran todos los días no me importaría. Sin embargo, toda la emoción se fue cuando, al atender, mi abuelo sonó serio; irguió la espalda sin dejar traslucir nada en su expresión, pero pude sentir que algo iba mal. Miré a mi abuela, que frunció el ceño, también observando y esperando; parecía preocupada.

Cuando se vive aislada en una casa, uno empieza a preocuparse y a fijarse en cosas irrelevantes, como llevar el control de cuántas veces suelen llamarte tus padres. Pensé en lo patético que parecería visto desde fuera.

Mi abuelo se levantó, pidiendo permiso y saliendo de la cocina, pero se detuvo y miró a Simona, quien entendió de inmediato y se levantó. Ambos salieron de la habitación y todo lo que escuché antes de que desaparecieran por los pasillos fue: "Sí, ella ya está conmigo".

Nada bueno. Ciertamente algo malo, muy malo había pasado. Mi apetito para la cena, que ya no era mucho, se fue definitivamente por el desagüe. Lo que había ingerido dejó un sabor amargo en la boca y, para aliviarlo, tomé la copa de agua para mitigar el efecto externo que representaba exactamente cómo me sentía por dentro.

Pasaron largos e interminables minutos antes de que Simona apareciera de vuelta; mi abuelo no la acompañaba... Traía el teléfono en las manos, se sentó a mi lado y noté que evitaba mi mirada.

Aún sin mirarme, depositó el aparato en la mesa entre nosotras, activó el manos libres y acto seguido dijo:

- Ella está aquí, Isabella. Está escuchando. -Me pareció verla encogerse de hombros; parecía cansada y... ¿triste?

Continuará...

Capítulo 3 Paola

- ¿Hija? -la voz de mi madre sonó del otro lado y sentí que se me encogía el pecho. Qué falta me había hecho oír su voz, incluso en un tiempo más corto que las últimas veces. No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas por la nostalgia de sentir su abrazo. Aún recordaba cómo pasábamos las tardes juntas junto a la chimenea mientras ella leía y yo jugaba.

- Hola, mamá -la voz entrecortada no disfrazaba la emoción.

- Hola, Paola -esta vez había sido la voz grave de mi padre la que se pronunció. Mi situación solo empeoró después de eso. Aun siendo el Capo, Enrico nunca dejaba de demostrarme cariño y afecto, aunque no fuera lo común entre los hombres de nuestro mundo.

- Hmm... Hola, papá -menos calurosa, pero no fue intencional.

Aunque lo amaba tanto como a mi madre, mi alejamiento había puesto una distancia entre nosotros; de alguna forma, lo culpaba por estar atrapada aquí. La decisión había sido suya; mi padre había elegido alejarme. Para protegerme, claro. Lo sabía, pero... aun así, parecía injusto y cruel.

- Mi amor... Tenemos tantas ganas de verte -sonreí, aunque no pudieran verme.

- Yo también, mamá.

- Entonces creo que te alegrará saber que vamos a traerte de vuelta -anunció mi padre y me quedé gélida. Incapaz de recordar cómo llevar aire a mis pulmones.

Finalmente.

No lo percibí de inmediato, pero había algo en la manera en que mi abuela se apoyó en la silla, pareciendo prepararse, como alguien que espera lo peor. Aquel momento me hizo volver a la realidad y llegué a la conclusión de que para que yo volviera, algo diferente había pasado y, aunque quería creerlo, la teoría de haber vencido a la Tríada era, ciertamente, ilusoria. Eso nunca terminaría.

- ¿Pa... Pasó algo? -pregunté. Unos segundos de silencio y entonces fue mi padre quien respondió. Los conocía muy bien para saber que libraban una batalla silenciosa de miradas.

- Solo... necesitamos que estés en casa. En este momento es más seguro estar con nosotros -mi madre no parecía tan segura de lo que decía; opté por preguntarle a quien de hecho respondería.

- ¿Papá? -llamé, pero no respondió.

- Por Dios, díganselo de una vez -se pronunció mi abuela, impaciente e irritada-. No tendrán tiempo de prepararla psicológicamente de la forma correcta mañana -la miré en silencio, del otro lado de la línea tampoco hubo ruido alguno. Sentí la ansiedad creciendo y mi estómago revolviéndose ante lo desconocido. La sensación de que una ola enorme venía hacia mí, sin poder evitarla-. Será mejor que se acostumbre a la idea cuanto antes, Isabella -Simona se dirigió directamente a mi madre, sabiendo que ella era el mayor motivo por el que mi padre aún no había sido directo.

- Las cosas han empeorado -fue mi padre quien respondió, pero al fondo escuché el suspiro de protesta de mi madre y pronto la imaginé negando con la cabeza, como solía hacer. Afortunadamente, eso no le impidió continuar-. La guerra entre nosotros y la Tríada no va bien. Estamos perdiendo, Paola -escuché. Incapaz de decir nada, pues mi padre jamás compartía los asuntos de sus negocios con nosotras, mucho menos conmigo, y para que eso estuviera cambiando, entonces las cosas iban realmente de mal en peor. Lo que convertía esto en una información que tarde o temprano me llegaría, y ese era el único motivo por el que mi padre me lo contaba ahora-. Para tener una oportunidad y, principalmente, para garantizar tu seguridad, nos hemos visto obligados a tomar medidas extremas.

- ¡Enrico! -Isabella sonó al fondo y mi abuela sacudió la cabeza en desaprobación, no sabía si por la actitud de mi madre o por lo que sea que él diría a continuación. Tal vez por ambos.

- Las alianzas son necesarias en estos casos -continuó él, ignorándola y, como si fuera un chasquido en mi mente, entendí a dónde quería llegar.

- No... -dije, sin pensar e incapaz de contener las palabras de negación-. Papá... -el tono de súplica en mi voz demostraba mi desesperación. Ya debería haber esperado esto.

- Hemos hecho un acuerdo con el líder de la Yakuza... - ¿Yakuza? ¿La mafia japonesa?

Mi mente divagó, escuchaba lo que mi padre decía, pero ya no prestaba atención. Cerré los ojos y una lágrima solitaria, no deseada e inútil, cayó. Respiré hondo e intenté mantener todo el control que podía.

Un matrimonio.

Un maldito acuerdo.

Y yo era el pago.

- Estarás a salvo, Paola. Y tendrás más libertad de la que puedes tener ahora - ¿Libertad? ¿Qué sabía él sobre eso?-. Él es joven. Tiene prácticamente tu edad, pocos años mayor - ¿por qué aquello sonó como si fuera razonable? Como si yo debiera agradecer por no estar siendo forzada a casarme con un viejo asqueroso.

Eso, en realidad, era lo mínimo.

Yo debería elegir con quién casarme.

- ¿Libertad? -pregunté, y mi abuela, que divagaba mirando cualquier cosa detrás de mí, finalmente me miró a los ojos.

Era amada y me habían tratado mucho mejor que a muchas chicas en mi mundo, que eran invalidadas por su propia familia y, ciertamente, yo debería agradecer de hecho por eso, por tener realmente una FAMILIA. Pero, por más egoísta que fuera para ellos, no estaba agradecida.

La mirada de advertencia de Simona no surtió efecto, sabía bien lo que querían decirme: él es el Capo. Aunque no estés de acuerdo, es tu deber obedecer y no cuestionar.

¡Ah, al carajo!

- Libertad... -repetí; el otro lado seguía en silencio absoluto y el gusto amargo de la palabra se reflejó en mi voz-. Tendré que acostarme con él por obligación... ¿Eso es libertad para ti, papá?

Mi abuela abrió los ojos de par en par y se quedó estática. Imaginé que por el silencio del otro lado, mis padres estaban igualmente sorprendidos, pero mi padre no tardó en recomponerse.

- Yo soy el Capo, Paola. Y ser mi hija no te exime de tus deberes. Las mujeres también tienen sus papeles que cumplir en esta familia -su voz sonó firme y sin espacio para discusiones, pero había algo más que no logró ocultar, ¿era amargura?-. Esto es una orden.

Otra lágrima cayó cuando respondí: - Entendido, jefe.

No dije nada más después de eso, solo asentí sin que me importara si él podía verlo cuando mi Capo informó que partiría a la mañana siguiente y que conocería a mi futuro marido en la cena.

Subí a mi habitación justo después de terminar la llamada y lloré durante toda la noche; me quedé dormida sin siquiera darme cuenta y, cuando volví a abrir los ojos, mi despertador estaba sonando y era hora de hacer las maletas y despedirme de la hacienda que por tantos años había sido mi hogar.

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