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Matrimonio en 90 dias

Matrimonio en 90 dias

Autor: : Mundo Creativo
Género: Romance
Sofía necesita casarse para obtener una herencia. Julián necesita casarse para conseguir una visa de trabajo. Ambos firman un trato: matrimonio falso por tres meses. Nada de sentimientos, solo beneficios. Pero cuando sus mundos tan distintos comienzan a mezclarse, lo falso empieza a doler... y lo que nunca debió pasar, pasa: se enamoran.

Capítulo 1 El trato

Sofía miraba su café con resignación, dándole vueltas con la cucharita como si así pudiera disolver la incomodidad de la cita que acababa de terminar... o más bien, que nunca llegó a empezar.

Su cita a ciegas había sido un desastre. El tipo se presentó, la miró de arriba abajo -sin marcas reconocidas, sin joyas, sin maquillaje llamativo-, frunció el ceño y se sentó solo para decirle, con tono educadamente condescendiente, que "no había química". Dos sorbos a su espresso y se fue sin mirar atrás.

Patético.

Estaba por levantarse cuando notó al hombre de la mesa de al lado. Solo, revisando el reloj una y otra vez. Tenía el café intacto frente a él, como si esperara algo que ya sabía que no iba a llegar.

Sofía lo observó por unos segundos. Tenía una mirada seria, algo cansada, pero no desagradable. Había una calma en él que contrastaba con la urgencia del mundo que los rodeaba. Quizás por eso, o simplemente por no sentirse tan ridícula, se levantó y se acercó.

-¿Te dejaron esperando o eres uno de esos optimistas que llega quince minutos antes? -preguntó, con una sonrisa ladeada.

El hombre alzó la vista, sorprendido. Tardó un par de segundos en responder.

-Me dejaron esperando -dijo finalmente, sin dramatismo.

-Igual que yo -comentó Sofía, señalando su mesa vacía-. ¿Te importa si me siento?

Él negó con la cabeza. Sofía se acomodó en la silla frente a él.

-¿Cita a ciegas? -preguntó ella.

-Sí. Al parecer, no tan exitosa.

-Ya somos dos. El mío me juzgó por mi ropa y se fue -dijo con una mueca burlona.

-Entonces se lo perdió -respondió él, sin pensarlo mucho.

Sofía parpadeó. No estaba acostumbrada a respuestas tan sencillas. Directas.

-¿Y tú? ¿Qué crees que pasó con la tuya?

-No lo sé. Tal vez tuvo algo mejor que hacer -dijo, encogiéndose de hombros-. No soy muy bueno en esto de las citas.

-Pues haces un gran esfuerzo al menos. No te fuiste.

Él sonrió apenas.

-Julián -dijo, extendiendo la mano.

-Sofía.

Se estrecharon las manos con un apretón breve. Silencio. No incómodo, pero sí cargado de posibilidades.

Ella lo observó. Podría irse ahora. Dejarlo ahí y seguir con su día. Pero su mente ya iba más rápido que eso. Y antes de poder contenerse, lo dijo.

-¿Te gustaría casarte conmigo?

Julián alzó las cejas, incrédulo.

-¿Qué?

-Casarte conmigo -repitió ella, con calma-. Nada de amor, nada de compromiso real. Solo un trato. Un matrimonio por conveniencia.

Él soltó una risa corta, como quien escucha una broma que no entendió del todo.

-¿Estás hablando en serio?

-Completamente. Necesito casarme para recibir una herencia. Mi padre puso esa cláusula ridícula en el testamento. Tengo 90 días para resolverlo, o el dinero va a parar a manos de alguien que no lo merece.

Julián la miró como si tratara de adivinar si estaba actuando. Pero Sofía no bajó la vista.

-¿Y por qué yo?

-Porque estás aquí. Porque no te burlaste de mí. Porque pareces... sensato.

Él se apoyó en el respaldo de la silla, aún procesando la propuesta. Pero no dijo que no.

-No te conozco -murmuró.

-Ni yo a ti. Justo por eso funciona.

Silencio.

Sofía lo miró fijamente.

-Es solo por tres meses. Puedo encargarme de todos los trámites. Nada de sentimientos. Solo un trato limpio. Y te recompensaré económicamente, si eso te preocupa.

-No es eso -dijo Julián, pensativo.

Ella lo estudió unos segundos y luego, sin rodeos, agregó:

-Además, me da la impresión de que tú también tienes tus motivos. Visa, tal vez. Documentos. No lo sé. Pero no me mires como si esta propuesta no te viniera bien.

Julián la observó, sorprendido. No le había dicho nada, pero ella lo había adivinado. Y con una frialdad que no se sentía ofensiva, solo realista.

-¿Quién eres tú, Sofía?

-Una mujer que no tiene tiempo para seguir siendo rechazada por tipos vacíos o pretendientes interesados. Solo necesito algo práctico.

Julián desvió la mirada por un momento. Luego asintió.

-Está bien.

Dos horas después, estaban frente al juez del registro civil, firmando papeles. El ambiente era frío, con paredes grises y una carpeta roja sobre la mesa. No hubo flores. No hubo anillos. No hubo besos.

Solo dos desconocidos sellando un trato con tinta y silencios.

Cuando salieron del edificio, ya eran legalmente marido y mujer.

Y ninguno de los dos lo sentía real.

Todavía.

Capítulo 2 ¿Y ahora qué

El sonido del timbre interrumpió el silencio incómodo que se había instalado entre Sofía y Julián tras salir del registro civil. Ambos se miraron por un segundo, como si aún no pudieran creer lo que acababan de hacer. Sofía se apartó de la puerta para dejar pasar a la persona que había llegado con la noticia de que su boda había sido registrada.

-Aquí está el contrato, firmado y sellado -dijo el abogado de Sofía, entregándole un sobre al que ella ni siquiera prestó atención. Estaba demasiado distraída, mirando a Julián, que se había quedado quieto en la entrada, con la vista fija en el suelo.

-Gracias, Tomás -respondió ella sin mucho ánimo, sin mirarlo siquiera. Tomás observó la tensión entre ellos, pero no hizo ningún comentario.

El abogado se despidió rápidamente, dejando a los recién casados a solas, y Sofía cerró la puerta tras él con un suspiro. El ambiente en el apartamento de Sofía, aunque elegante y moderno, parecía de repente más frío y lejano que antes.

-Esto está sucediendo, ¿verdad? -dijo Julián, levantando la vista por fin. Sus ojos se encontraron con los de ella, pero no había alegría ni emoción en su mirada. Solo confusión, incertidumbre.

-Sí, esto está sucediendo -respondió Sofía con firmeza, pero no convencida. Estaba tan absorta en todo lo que acababa de ocurrir que apenas lograba procesar lo que eso significaba. El contrato estaba firmado, pero el resto de su vida estaba en el aire, suspendida entre la mentira y la verdad.

Julián pasó la mano por su cabello, respirando profundamente. Sabía que las palabras que le iba a decir no serían fáciles.

-Entonces, ¿qué sigue ahora? ¿Cuál es el plan? -preguntó, con el tono de alguien que no sabía si esto era una aventura o una condena.

Sofía se cruzó de brazos, mirando al frente mientras sus pensamientos se organizaban en su mente. La situación que acababan de crear tenía reglas, reglas que habían sido claras al principio, pero que ahora parecían cada vez más complicadas. El matrimonio era solo una formalidad. No debía implicar emociones, ni recuerdos, ni siquiera una conexión más allá de lo superficial. Solo debía durar tres meses. Un matrimonio por conveniencia. Un trato de negocios, sin sentimientos involucrados.

-El acuerdo es claro, Julián -dijo finalmente, sin mirarlo. Su voz sonó firme, pero ella sabía que sus propias palabras sonaban vacías. El matrimonio no estaba vacío, por supuesto, pero todo lo demás lo estaba-. Nada de emociones. Nada de relaciones más allá de lo que es necesario para que esto funcione. Y lo más importante, privacidad absoluta. Nadie puede saber que estamos casados por razones que no sean las que hemos dicho.

Julián asintió lentamente, pero no estaba seguro de lo que eso significaba para ellos, o lo que iba a significar para su vida cotidiana. Se llevó una mano al bolsillo, sacó la llave de su coche y la miró unos segundos antes de volver a metérsela en el pantalón. Sofía lo observó, sin perder su postura, como si estuviera esperando a que él dijera algo más.

-Entiendo lo que dices... -dijo finalmente, en voz baja, como si estuviera buscando las palabras correctas. Pero las palabras correctas no parecían suficientes para lo que estaba sucediendo. Él quería entender, pero no podía dejar de sentir que había algo más. Algo que no podían controlar.

-Lo primero es que tenemos que empezar a vivir juntos, al menos temporalmente -continuó Sofía, viendo que Julián había tomado la noticia como algo inevitable-. Necesitamos hacerlo creíble. Debemos actuar como una pareja casada para que el acuerdo sea más convincente para todos, especialmente para quienes necesitan ver pruebas de que esto no es solo un papel.

-¿Entonces vas a dejar que este... matrimonio sea real, solo por afuera? -preguntó Julián, con una ligera sonrisa irónica. Estaba buscando algo de humor, algo que aligerara la situación, pero no parecía funcionar.

Sofía no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó a la mesa del comedor y tomó un par de copas de vino que había dejado allí antes de salir. Se sirvió una copa, y luego, tras pensarlo un segundo, le ofreció la otra a Julián.

-Sí -dijo finalmente-. Solo por afuera. Lo necesitamos, y no hay vuelta atrás. Pero esto solo será un acuerdo de negocios. Nada más.

Julián tomó la copa sin decir nada más y dio un trago largo, casi como si necesitara un descanso de las palabras que acababa de escuchar. Sofía se dio cuenta de que su tono había sido más frío de lo que hubiera querido, pero no podía evitarlo. Había algo en todo esto que la incomodaba. Tal vez era la fragilidad de las emociones que no debía dejar salir. Tal vez era el hecho de que, sin importar cuán duras fueran las reglas, el destino de ambos estaba ahora entrelazado de una manera que no sabían cómo manejar.

-De acuerdo -dijo Julián al final, después de un largo silencio-. Pero, ¿cómo vamos a hacer esto? ¿Vamos a vivir juntos como si fuéramos una pareja casada, pero sin serlo realmente? ¿Solo para que el acuerdo sea más convincente?

Sofía respiró profundamente, sintiendo que la presión aumentaba. La idea de mudarse temporalmente juntos era una locura, pero era lo que tenía que hacerse. No podía detenerse ahora, no cuando la herencia estaba en juego, no cuando todo estaba en juego.

-Sí, así es -respondió, con una mirada decidida-. Viviremos juntos por tres meses. Solo tres meses. Después de eso, podremos hacer lo que queramos. Pero hasta entonces, actuaremos como si este matrimonio fuera real.

Julián la miró por un segundo, como si estuviera evaluando cada palabra que acababa de escuchar. Luego asintió lentamente, con una resignación que Sofía no había esperado.

-Entonces, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Nos mudamos juntos ahora mismo? -preguntó, con un toque de incertidumbre en la voz.

Sofía levantó la copa de vino y la sostuvo entre sus manos.

-Sí. Vamos a mudarnos. Y cuando todo esto termine, nos olvidaremos de que esto alguna vez existió. Pero por ahora, tenemos un trato que cumplir.

Ambos se quedaron en silencio, mirando el vino en sus copas como si fuera la única respuesta que tenían. La vida de Sofía había dado un giro de 180 grados, y el de Julián también. Sin embargo, la duda seguía colándose entre ellos, una duda silenciosa que ninguno quería expresar. ¿Sería posible mantener este trato sin que las emociones se interpusieran? ¿O, tal vez, ya era demasiado tarde?

Capítulo 3 Convivencia forzada

El primer día de convivencia no fue como Sofía lo había imaginado. De hecho, no había imaginado nada al respecto. Había creído que sería algo simple: vivir bajo el mismo techo, evitar cualquier tipo de acercamiento emocional y cumplir con el trato. Pero pronto, los pequeños detalles comenzaron a aflorar. Y con ellos, las diferencias.

Sofía estaba en la cocina, organizando los estantes con precisión casi obsesiva. Había comenzado la mañana temprano, como siempre, ordenando todo a su alrededor. El departamento de dos habitaciones de Sofía estaba impecable, cada cosa en su lugar, los muebles perfectamente alineados. La luz que entraba por las ventanas amplias hacía que todo pareciera aún más ordenado. Era un lugar que reflejaba quién era ella: controlada, meticulosa, estructurada.

Julián entró en la cocina a esa hora. Él no era ni madrugador ni una persona de rutinas, y eso lo hacía sentir un poco fuera de lugar. Miró la cocina con cierto desconcierto antes de abrir el refrigerador y sacar una botella de jugo. Lo hizo con una calma que chocaba con el ritmo acelerado de Sofía.

-¿Quieres algo para el desayuno? -preguntó Sofía, sin mirarlo, mientras organizaba la despensa por tamaños y colores.

Julián se recostó contra la barra de la cocina, observando el proceso como si fuera un espectáculo.

-¿Tienes algún cereal o algo fácil de hacer? -preguntó con un tono relajado, sin la más mínima prisa.

Sofía le lanzó una mirada rápida. Aunque no le dijo nada, su expresión lo dijo todo: un cereal no estaba ni cerca de estar en sus planes para esa mañana.

-Hay avena -respondió, alzando la voz, como si eso fuera lo único que podría pasar en su cocina-. Es saludable.

Julián se encogió de hombros, sin mayor interés.

-Está bien -dijo mientras se sentaba en una de las sillas de la mesa. Miró la vajilla perfectamente ordenada, los cubiertos alineados. Todo tenía su lugar, pero a él le pareció excesivo. Sofía estaba demasiado tensa para un simple desayuno.

-No lo hagas si no te apetece -dijo ella con una leve sonrisa, tratando de sonar más amable de lo que realmente se sentía. Su necesidad de control no se veía reflejada solo en la cocina, sino en su comportamiento.

Julián suspiró y se levantó. No quería estorbar, pero tampoco tenía ganas de quedarse sentado en silencio mientras ella organizaba su vida como si fuera una exposición de arte. Tomó una taza y se sirvió un café de la cafetera.

-Oye, ¿te parece si dejo mi ropa en la otra habitación? No quiero mezclarme con tus cosas, ya sabes, por respeto -comentó, sin mirarla demasiado. No era un comentario malintencionado, pero Sofía lo tomó de manera diferente.

-¿Por respeto? -repitió ella, frunciendo el ceño. Esa palabra la había hecho sentir como si estuviera invitando a un extraño a su hogar. La idea de compartir su espacio con alguien, incluso si era un matrimonio por conveniencia, la inquietaba más de lo que esperaba.

-Sí, ¿qué pasa? -Julián no parecía haber notado su tono cortante.

Sofía respiró profundamente y bajó la mirada.

-Nada -respondió, casi automáticamente, y se dirigió a la alacena a sacar la avena. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que, a pesar de todo, estaba sorprendida de lo fácil que había sido para él adaptarse. No estaba haciendo preguntas innecesarias ni quejándose de las reglas que ella le había impuesto.

Julián terminó su café en silencio, observando la escena, y luego se levantó para ir al baño. Sofía no había terminado su ritual de organización, así que la pequeña conversación se deshizo en el aire. Él no comprendía del todo por qué ella actuaba de esa manera, tan rígida, tan distanciada. Pero lo aceptaba. La rutina de Sofía era importante para ella.

En su tiempo libre, Sofía comenzó a ver la televisión mientras comía. Julián se acomodó en el sofá, dispuesto a ver algo que no le interesaba. El zumbido del televisor llenó el aire con algo de tensión, pero ninguno de los dos habló de la incomodidad que flotaba entre ellos.

Poco después, el sonido del teléfono de Julián interrumpió el pequeño respiro de paz que había logrado crear.

-¿Vas a contestar? -preguntó Sofía, algo más tensa de lo que pensaba.

Julián levantó el teléfono, miró la pantalla y luego lo dejó de nuevo sobre la mesa.

-No es importante -respondió, pero su mirada había cambiado. Sofía se dio cuenta de que lo había visto muy poco concentrado en su teléfono. La sensación de que algo en su vida estaba aún por resolverse la inquietó de inmediato.

-Está bien -respondió ella, concentrándose de nuevo en la pantalla, sin más palabras. La comunicación entre ellos no fluía con la misma naturalidad que con un amigo cercano. Había algo ahí, algo que no se podía entender.

En la tarde, mientras Sofía estaba en su oficina trabajando, Julián decidió hacer algo que a él le parecía normal, pero que para ella fue un choque directo a su sentido de orden. Se estaba tomando una siesta en el sofá.

Cuando Sofía salió de la oficina y vio su teléfono a un lado de la mesa, vio un par de calcetines y una camisa tirados sobre el sillón. Sintió una punzada en el estómago al ver el caos que Julián había dejado. Se acercó rápidamente a la sala, recogió las prendas y las dobló de manera ordenada, como si eso fuera a calmar sus pensamientos.

En ese momento, Julián apareció detrás de ella.

-¿Tienes algo en contra de mis cosas? -preguntó, sin maldad, pero con cierto aire desafiante.

Sofía se detuvo y lo miró por un instante, sintiendo una mezcla de incomodidad y frustración.

-No, no tengo nada en contra. Solo... -dudó por un momento, mirando los calcetines doblados en su mano-. Solo que no soy una persona muy desordenada.

Julián la observó, entendiendo la tensión en su voz. No dijo nada durante unos segundos, hasta que decidió ir por su parte.

-¿Te molesta tanto? -preguntó suavemente.

Sofía suspiró y dejó caer las prendas sobre la mesa.

-No es que me moleste. Es que... todo esto es raro. Necesito controlarlo, Julián. Todo. Mi vida, mi espacio. Y tú, aquí, haciendo todo lo contrario, lo complicas.

Julián la observó en silencio por un momento. Entonces, en lugar de argumentar, simplemente levantó los brazos en un gesto de rendición.

-Está bien, lo intentaré. Pero, ¿puedes prometerme que no me convertiré en el enemigo? -dijo, con una sonrisa irónica.

Sofía no supo cómo responder. No era un enemigo. Solo alguien que venía a hacerle la vida más impredecible. Un contraste en cada rincón, en cada decisión, en cada mirada. Pero, por alguna razón, la idea de que él estuviera allí, viviendo a su lado, no la incomodaba tanto como ella pensaba.

-Lo intentaré -respondió al final, sin mucha seguridad.

Y de esa forma, empezaron a compartir el espacio. Aunque no estaba claro quién cedía más, la tensión seguía allí, sin resolverse, solo esperando a explotar cuando menos lo esperaran.

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