El viento fresco de la tarde acariciaba el rostro de Megan mientras se deslizaba por la puerta trasera de la casa, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho. Sabía que si su madre la descubría, el caos sería inevitable. Pero no podía evitarlo, necesitaba verlo, necesitaba sentir el calor de los brazos de Mark.
Mark la esperaba en su lugar habitual, bajo el gran roble que se erguía al borde del campo, lejos de las miradas curiosas y, más importante, lejos del control de su madre. Cuando lo vio, una sonrisa se dibujó en su rostro. Él estaba de pie, con las manos en los bolsillos, su ropa sencilla contrastaba con el lujo al que Megan estaba acostumbrada. Sin embargo, en sus ojos, Mark era todo lo que ella quería.
-Pensé que no llegarías -dijo él con una sonrisa cálida, abriendo los brazos para recibirla.
Megan corrió hacia él, rodeándolo con sus brazos y enterrando su rostro en su pecho. Ese simple gesto era suficiente para olvidar por un momento las tensiones en su vida.
-No podía quedarme sin verte -susurró ella-. Pero cada vez se hace más difícil. Mamá está controlando cada movimiento que hago.
Mark la sostuvo con fuerza, sintiendo el peso de sus palabras. Sabía muy bien lo que su madre pensaba de él, de su relación, y eso lo carcomía por dentro. Pero su amor por Megan era más fuerte que cualquier prejuicio.
-No deberías tener que esconderte -dijo él, acariciando su cabello-. No es justo que tengamos que vernos así.
Megan lo miró a los ojos, susurrando con tristeza.
-Lo sé, pero no quiero perderte. Mamá nunca lo entendería... Ella piensa que no eres suficiente, que no encajas en su mundo.
Mark bajó la mirada, un nudo formándose en su garganta.
-Tal vez tenga razón -murmuró con dolor-. No puedo ofrecerte lo que ella quiere para ti. No soy como los chicos con los que ella quiere que salgas.
-No digas eso -interrumpió Megan, tomando su rostro entre sus manos-. No me importa lo que piense mi madre. Tú eres suficiente para mí, y eso es lo único que importa.
Mark sonrió débilmente, pero el conflicto en su interior era evidente. A pesar de sus palabras, sabía que su amor estaba atrapado en un mundo que no los aceptaba.
-No quiero que sigas sufriendo por mi culpa, Megan -dijo, con la voz cargada de culpa-. Tal vez deberíamos dejar esto... no quiero hacerte más daño.
Megan sintió un golpe en el estómago al escuchar esas palabras. La sola idea de perderlo la aterraba.
-No me digas eso, Mark. No quiero estar sin ti.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos, pero antes de que pudieran derramarse, Mark la abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera protegerla de todo.
-Lo siento, no quise decir eso -murmuró él-. Solo quiero lo mejor para ti.
-Tú eres lo mejor para mí -replicó Megan, aferrándose a él.
El tiempo pareció detenerse mientras se abrazaban bajo el roble, conscientes de que su amor era un desafío, pero no uno que estaban dispuestos a abandonar. Aunque su madre nunca aceptaría la relación, Megan sabía que su amor por Mark era real y profundo, y mientras estuvieran juntos, todo valdría la pena.
La noticia de la muerte de su padre llegó como un golpe seco al pecho de Marcus. El aire en la oficina parecía haberse vuelto denso, irrespirable. Se encontraba en la sala de juntas de la empresa familiar, con las manos temblando mientras leía el testamento de su padre, el hombre que había construido un imperio desde cero.
El abogado carraspeó antes de continuar con la lectura, consciente de que lo que estaba a punto de decir cambiaría la vida de Marcus.
-Según las últimas voluntades de su padre, si usted, Marcus, no contrae matrimonio en un plazo de seis meses, la empresa pasará a manos de su tío Harold -dijo el abogado con tono formal, sin levantar la vista de los papeles.
Marcus sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su tío Harold... el hombre que siempre había deseado tomar el control de la empresa, alguien en quien Marcus nunca había confiado. Y ahora, su futuro estaba en manos de una condición absurda: casarse o perder el legado familiar.
-¿Casarme? -repitió Marcus, incrédulo-. ¿Qué clase de cláusula es esa?
El abogado, un hombre de edad avanzada que había sido amigo cercano de su padre, levantó la mirada con una expresión solemne.
-Su padre creía firmemente en la estabilidad familiar como base de su empresa. Pensaba que, al formar una familia, usted estaría más comprometido con la compañía y con los valores que él defendía. Esta cláusula era su forma de asegurar que alguien de confianza continuara su legado.
Marcus apretó los puños, conteniendo la frustración. No tenía intención de casarse, al menos no por obligación. Hasta ese momento, su vida había sido una constante libertad, centrada en su carrera, sus viajes y una independencia que valoraba sobre todo. La idea de verse obligado a encontrar una esposa en tan poco tiempo lo aterraba.
-Y si no lo hago... -murmuró, casi temiendo la respuesta.
-Si no contrae matrimonio en seis meses, la empresa pasará directamente a manos de su tío Harold -repitió el abogado con calma-. Él será el nuevo CEO y tendrá control absoluto sobre la compañía.
Marcus se pasó una mano por el cabello, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Sabía que su tío siempre había envidiado el éxito de su padre, y con el control de la empresa, seguramente la llevaría en una dirección que traicionaría los principios con los que su padre la había construido.
No podía permitirlo.
Pero tampoco podía imaginarse en una boda forzada, atado a una persona solo para cumplir con una cláusula legal. Sabía que el matrimonio era un compromiso serio, y hacerlo solo por la empresa iba en contra de todo lo que él creía.
-¿Y si me niego? -preguntó con los dientes apretados.
-Harold ya está al tanto de esta cláusula -respondió el abogado, inclinándose un poco hacia Marcus-. Él no perderá tiempo en tomar las riendas si usted no cumple con el testamento. Pero tenga en cuenta, Marcus, que su padre confió en usted para continuar su legado. Esta decisión no fue tomada a la ligera.
El silencio se apoderó de la sala mientras Marcus asimilaba la información. Sabía que debía tomar una decisión pronto. Seis meses no eran nada en comparación con la magnitud del desafío que enfrentaba.
Hana cerró la puerta de su casa con un suspiro, agotada después de un largo día. Pero algo en el ambiente estaba mal. El usual bullicio de su hogar estaba ausente, y en su lugar, el silencio la envolvía. Al avanzar por el pasillo, escuchó voces apagadas provenientes del salón. Sus padres estaban allí, sus rostros tensos y preocupados, y al verla entrar, la conversación se detuvo abruptamente.
-¿Qué está pasando? -preguntó Hana, sintiendo que algo no andaba bien.
Su madre intercambió una mirada con su padre antes de hablar, con un tono más suave de lo habitual.
-Hana, necesitamos hablar contigo. Hay algo importante que debes saber.
Hana frunció el ceño, acercándose con cautela. Su madre nunca usaba ese tono a menos que fuera algo realmente serio. Su padre, que solía ser la calma en medio de cualquier tormenta, tenía una expresión oscura.
-La situación financiera de la familia ha empeorado mucho más de lo que pensábamos -dijo su padre con voz grave-. Estamos en quiebra.
Las palabras resonaron en los oídos de Hana como una campana de advertencia. Su mundo, hasta entonces estable, comenzó a tambalearse. No podía creer lo que estaba escuchando.
-¿Quiebra? ¿Cómo pasó esto? -preguntó, su voz temblando con incredulidad.
-Hemos estado teniendo problemas durante años -respondió su madre-. La empresa de tu padre está al borde del colapso, y las deudas se han acumulado más de lo que imaginábamos. Ya no tenemos otra opción. Hemos agotado todas las soluciones.
Hana sintió que el aire se volvía pesado en la habitación. Siempre había pensado que su familia estaba bien, que los problemas económicos estaban bajo control. Pero la realidad era mucho más oscura de lo que ella había imaginado.
-¿Qué... qué vamos a hacer? -susurró.
Su padre tragó saliva, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar fueran las más difíciles que había dicho.
-Hemos hablado con los D'Monte. La familia de Marcus.
El nombre de Marcus D'Monte hizo que Hana retrocediera un paso, su corazón palpitando de golpe. Sabía quién era Marcus, el heredero de la poderosa empresa D'Monte. Su padre había muerto recientemente, y ahora Marcus estaba en el centro de la atención empresarial. Pero lo que no entendía era por qué su familia lo mencionaba.
-Nos han propuesto una solución -continuó su madre-. Si te casas con Marcus, él podría ayudarnos a salvar la empresa. Es la única opción que nos queda.
Hana sintió que el mundo se le venía encima. La idea de casarse con Marcus, un hombre al que apenas conocía y por razones puramente económicas, era algo que no podía aceptar.
-¿Casarme con Marcus? -repitió, casi sin poder creer lo que oía-. No puedo hacerlo. No puedo casarme con alguien a quien no amo solo para salvar la empresa. ¡No es justo!
-Hana, entiende -dijo su padre, con una mezcla de desesperación y pesar-. Si no lo hacemos, perderemos todo. La casa, la empresa, el legado familiar. Esta es la única forma de evitarlo.
-¡Pero eso no es vida! -exclamó Hana, con lágrimas en los ojos-. No puedo sacrificar mi felicidad solo para salvar algo material. No es lo que quiero para mí.
Su madre se acercó y tomó sus manos, tratando de calmarla.
-Lo entendemos, cariño -dijo con ternura-, pero a veces hay sacrificios que debemos hacer por el bien de todos. No es lo que soñamos para ti, pero es nuestra única salida.
Hana se apartó, su mente luchando por encontrar una solución que no implicara sacrificar su libertad. Sabía que su familia estaba en una situación desesperada, pero no podía aceptar casarse con Marcus solo por obligación.
Hana se paseaba nerviosa por su habitación, repasando una y otra vez el plan en su cabeza. La idea de escapar con Mark era la única forma que veía para evitar el matrimonio con Marcus, un destino que sentía que la encadenaría para siempre. Mark, aunque de orígenes modestos, era el único con quien podía imaginar un futuro lleno de amor y libertad. Juntos lo habían decidido: esa misma noche huirían y empezarían una nueva vida lejos de las expectativas sofocantes de su familia.
Mientras hacía su maleta en silencio, tratando de no hacer ruido, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Su madre estaba allí, mirándola con una mezcla de decepción y fría determinación. Hana sintió que el aire se le escapaba, como si su secreto hubiera sido descubierto sin previo aviso.
-¿Qué estás haciendo, Hana? -preguntó su madre, con la voz cargada de autoridad.
Hana se quedó paralizada. El plan, su única esperanza, se desmoronaba ante sus ojos.
-Mamá, yo... -intentó hablar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
-Lo sé todo -interrumpió su madre, avanzando con pasos lentos pero firmes hacia ella-. Sé que planeabas fugarte con ese chico, Mark. ¿De verdad pensaste que podrías escapar sin que lo supiera?
Hana tragó saliva, su corazón latiendo con fuerza. Estaba claro que no habría espacio para mentiras o evasivas.
-Mamá, por favor... -dijo finalmente, con la voz quebrada-. No quiero casarme con Marcus. No lo amo. Mark es quien me hace feliz. No puedes obligarme a esto.
Los ojos de su madre se endurecieron. Parecía haber esperado ese argumento, pero su decisión ya estaba tomada.
-No te estoy pidiendo que entiendas, Hana. Te estoy diciendo que lo harás. Este matrimonio no se trata solo de ti. Es nuestra única salvación. Si no te casas con Marcus, perderemos todo lo que hemos construido. Tu padre y yo lo hemos dado todo por esta familia.
Hana sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. El peso de la responsabilidad la aplastaba, pero su amor por Mark era lo único que la mantenía firme.
-No me importa el dinero ni la empresa -suplicó, acercándose a su madre con lágrimas en los ojos-. ¡Por favor, mamá! Déjame ser feliz. No puedes pedirme que sacrifique mi vida por algo que no significa nada para mí.
Su madre la miró con frialdad, cruzando los brazos sobre su pecho.
-Tu felicidad no es lo único que importa aquí, Hana. Hay cosas más grandes que tus deseos. Lo que está en juego es el futuro de nuestra familia. Y si piensas que puedes escaparte con ese chico, estás muy equivocada.
Hana cayó de rodillas frente a su madre, desesperada. Nunca había imaginado que llegaría a este punto, rogando por su libertad.
-Por favor... -murmuró entre lágrimas-. No me hagas esto. Te lo suplico.
Pero su madre permaneció inquebrantable, sin un atisbo de compasión en su rostro.
-Hana, esto no es una cuestión de elección. No te casaras por amor, sino por deber. Y no permitiré que te escapes con ese chico de baja categoría. Mañana mismo, hablaré con Marcus para avanzar con los preparativos de la boda.
Hana sintió cómo el mundo se le venía abajo. Suplicar no había servido de nada. Sabía que su madre era estricta, pero nunca imaginó que pudiera ser tan despiadada. La realidad la golpeó con fuerza: su destino estaba sellado, y su amor por Mark no sería suficiente para cambiarlo.
Mientras su madre salía de la habitación, cerrando la puerta tras ella, Hana cayó al suelo, abrazando sus rodillas. La desesperación se apoderó de ella. Sabía que esa noche no habría escapatoria.
La boda transcurrió en un silencio incómodo, como una ceremonia vacía de significado para Hana. La música suave, las sonrisas forzadas de los invitados y los votos que ella no pronunció resonaban en su mente como un eco lejano. No había sentido de celebración en su corazón, solo una angustia profunda que la envolvía cada vez que miraba a Marcus. Él era un extraño para ella, y esa distancia la hacía sentir aún más atrapada. Durante la fiesta, sus padres brindaban y celebraban como si el matrimonio fuera una victoria, ignorando por completo el dolor que Hana sentía por dentro.
Marcus, por su parte, había tratado de ser cortés, entendiendo que ambos estaban en una situación incómoda. Pensaba que la frialdad de Hana era simplemente el resultado de ser dos desconocidos empujados hacia un destino compartido, y que con el tiempo, podrían aprender a conocerse mejor. Creía que, con paciencia, las cosas podrían mejorar entre ellos.
Sin embargo, esa noche, después de que los últimos invitados se despidieran y la música se desvaneciera, todo cambió.
En la mansión de Marcus, el aire era pesado. Hana permanecía rígida mientras él la llevaba a la habitación principal, donde ahora, como marido y mujer, compartían el mismo espacio. Marcus, todavía intentando romper el hielo, la miró con una mezcla de gentileza y expectación.
-Hana -dijo con voz suave-, sé que este matrimonio ha sido repentino para ambos, y entiendo que estés incómoda. Pero quiero que sepas que no espero nada que tú no quieras. Solo espero que podamos... comenzar algo juntos.
Se acercó lentamente, intentando acercarse a ella con delicadeza, pero la tensión entre ambos era palpable. Cuando posó suavemente una mano en su hombro, Hana se apartó bruscamente, el pánico evidente en sus ojos.
-No... no puedo hacerlo -murmuró, su voz temblando.
Marcus retrocedió, sorprendido por su reacción. No entendía qué estaba pasando.
-Hana, no tienes por qué temerme. No quiero hacerte daño -dijo con sinceridad.
Fue entonces cuando Hana no pudo más. Las emociones reprimidas, la presión, el dolor y la culpa de haber estado obligada a todo aquello, explotaron dentro de ella. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas mientras lo miraba directamente a los ojos.
-No lo entiendes, Marcus. Yo... no quería casarme contigo. No fue mi decisión. Mis padres me obligaron -confesó, su voz quebrándose con cada palabra-. Ellos me amenazaron con que si no lo hacía, perderíamos todo. No tuve elección...
Las palabras de Hana cayeron como un martillo sobre Marcus. El desconcierto y la confusión se transformaron rápidamente en una furia contenida. Su mirada se endureció mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Toda la idea de que su matrimonio había sido forzado, que Hana había sido manipulada para estar con él, lo llenó de una profunda indignación.
-¿Obligada? -repitió, su voz volviéndose más fría, con un tono que nunca había usado antes-. ¿Tus padres te obligaron a casarte conmigo para salvar su maldita empresa?
Hana asintió, sintiéndose más pequeña ante la creciente furia de Marcus.
-Yo... no quería hacer esto, Marcus. Lo siento. No te mereces esto.
Marcus apretó los puños, la ira ardiendo en su interior. Había sido utilizado. Toda su vida había estado llena de manipulaciones empresariales, pero nunca había imaginado que su propio matrimonio sería otra pieza en el juego de poder de alguien más. Se sentía traicionado, humillado.
-No puedo creerlo -murmuró entre dientes, dándose la vuelta para no mirar a Hana mientras trataba de controlar su enojo-. Pensé que, aunque esto no fuera fácil, podríamos intentarlo. Pero resulta que todo esto fue solo una estrategia... Usaron a su propia hija para salvar sus intereses, y ahora yo soy parte de su maldito plan.
Hana se sintió devastada por sus palabras, sabiendo que no podía culparlo. Todo era cierto. Marcus tenía todo el derecho a estar enfadado, y ella no sabía cómo arreglarlo. Su propio sufrimiento no borraba el hecho de que él también había sido víctima de esta situación.
-Lo siento -repitió, susurrando-. No quería que las cosas fueran así.
Marcus la miró, su expresión dura, pero en sus ojos había algo más que ira: decepción. Se quedó en silencio un momento, intentando procesar lo que todo esto significaba.
-Hana, no quiero que me pidas disculpas. Quiero que me digas qué vas a hacer ahora. Porque, si este matrimonio no significa nada para ti, no veo el punto de seguir con esta farsa.
Hana no supo qué responder. En su interior, también se sentía atrapada, pero no podía negar que lo que más deseaba era recuperar su libertad. Pero esa misma libertad ahora parecía más lejana que nunca.
La mansión de los padres de Hana estaba envuelta en silencio cuando Marcus llegó con ella. El trayecto había sido tenso, con ambos sumidos en sus pensamientos. Hana, con la mirada baja y los nervios a flor de piel, sabía que la situación había alcanzado un punto sin retorno. Por otro lado, Marcus no había dicho una palabra desde que ella le confesó la verdad, y la ira contenida en su semblante hablaba más que cualquier reproche que pudiera haberle lanzado.
Al llegar, Marcus salió del coche y caminó directamente hacia la entrada, con Hana siguiéndolo, todavía aturdida por lo que estaba por suceder. El ambiente frío de la mansión, tan diferente del calor familiar que solía sentir en su hogar, ahora parecía opresivo. Tan pronto como cruzaron la puerta, los padres de Hana se presentaron en la sala principal, sorprendidos al verlos regresar tan pronto después de la boda.
-Marcus, Hana... ¿qué están haciendo aquí? -preguntó su madre, con una leve sonrisa nerviosa.
-Quiero una explicación -exigió Marcus, sin preámbulos-. Quiero que me expliquen por qué obligaron a Hana a casarse conmigo. Quiero saber por qué fui usado como una simple pieza en su juego de poder.
La sonrisa de la madre de Hana se desvaneció de inmediato, y el padre de Hana, que estaba sentado en un sillón, tosió débilmente antes de mirar a su esposa. Se produjo un silencio incómodo antes de que la madre de Hana hablara, como si estuviera tratando de encontrar la manera correcta de abordar la situación.
-Marcus, te aseguro que no fue nuestra intención hacerte sentir usado... -comenzó, su voz calmada pero llena de tensión-. Es una situación compleja. La empresa de nuestra familia... estamos en una situación financiera muy delicada. La quiebra es inminente, y el matrimonio de Hana con alguien de tu posición era la única manera de salvarnos.
-¿Y eso justifica obligar a tu hija a casarse? -replicó Marcus con dureza-. ¿No consideraron sus sentimientos en todo esto?
El padre de Hana suspiró pesadamente, su rostro cansado y demacrado. La salud frágil que lo había acompañado los últimos meses se hacía evidente, y Hana no pudo evitar sentir una oleada de preocupación. Sabía que su padre no estaba bien, pero no había imaginado hasta qué punto estaba empeorando.
-Hana... -dijo su padre con voz ronca, levantando la mirada para encontrarse con los ojos de su hija-. No queríamos hacerte esto, pero no teníamos opción. Estamos al borde del colapso. Si no nos unimos con la familia D'Monte, perderemos todo lo que hemos construido. Y, sinceramente, mi salud no me permite lidiar con más problemas. El estrés de todo esto me está matando. No sé cuánto tiempo me queda...
Esas palabras golpearon a Hana como un balde de agua fría. Aunque amara profundamente a Mark, no podía ignorar la condición de su padre. Su respiración se volvió más rápida, y sintió una presión en el pecho. Los ojos de su padre estaban llenos de cansancio y, aunque no lo dijo directamente, Hana entendió el peso de lo que implicaba su matrimonio para la familia. No solo era una cuestión de dinero o de poder, era también una cuestión de tiempo... y de vida.
-Papá... -susurró Hana, su voz quebrándose por la emoción.
Su madre, por otro lado, mantuvo su postura firme, sabiendo que lo que estaba en juego era más que el futuro de su hija. Era el legado familiar.
-No tenemos otra opción, Hana. Lo haces por tu familia. Por tu padre. Él no puede soportar más esta presión. Y aunque sé que amas a ese joven, Mark, debes entender que ahora tienes responsabilidades más grandes que tu propio corazón.
Hana sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Todo se tornaba gris. La decisión ya no era solo sobre ella y su deseo de estar con Mark. Era sobre su familia, su padre, y el hecho de que si no hacía esto, podría perderlo todo, incluida la vida de su propio padre. Miró a Marcus, quien estaba observando la situación con una mezcla de incredulidad y furia. En sus ojos había una comprensión amarga de la gravedad de la situación.
-Marcus, lo siento... -dijo Hana finalmente, mirando a su esposo con dolor-. Lo siento de verdad. No quería que esto fuera así, pero mi padre... mi familia necesita esto. Y aunque amo a Mark, no puedo pensar solo en mí ahora.
La furia de Marcus se apagó un poco al ver la tristeza en los ojos de Hana. Aunque seguía enfadado por haber sido manipulado, no podía ignorar la realidad de la situación. Él mismo había experimentado las presiones de los negocios familiares toda su vida, y aunque detestaba estar en medio de un acuerdo que no había sido genuino, entendía lo que significaba tener que sacrificar algo personal por el bien de la familia.
Se quedó en silencio, asimilando todo lo que había escuchado, y luego suspiró pesadamente.
-Esto... no es lo que esperaba de mi matrimonio, Hana. Pero... -dijo, su voz llena de frustración-... si esto es lo que tienes que hacer por tu familia, entonces lo acepto. Pero quiero que sepas que yo no voy a ser simplemente una herramienta para ustedes. Si vamos a continuar con este matrimonio, será bajo nuestros términos, no los de tus padres.
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Después de ese día, Hana intentó adaptarse a su nueva vida, aunque le costaba mucho dejar de pensar en Mark. Cada mañana, al despertar al lado de Marcus, sentía un vacío en su corazón, recordando los momentos que había compartido con su verdadero amor. Pero, por más que lo deseara, la realidad la mantenía atada a un matrimonio que no había elegido. Marcus, aunque no era cruel, se mostraba distante. Era como si ambos estuvieran cumpliendo un contrato silencioso, sin amor ni afecto.
Hana trataba de evitar confrontaciones y se dedicaba a realizar pequeñas tareas cotidianas que la mantenían ocupada, aunque su mente siempre vagaba hacia Mark. No había un solo día en el que no pensara en él, en lo que habrían sido sus vidas si las circunstancias hubieran sido diferentes. La incertidumbre la atormentaba, pero sabía que no tenía el valor para contactarlo, temiendo las repercusiones que eso traería. Marcus, celoso y desconfiado desde aquella confesión, no la dejaba sola ni un momento. Había contratado un guardaespaldas, Alex, que la seguía a todas partes, asegurándose de que nada ni nadie rompiera el frágil equilibrio en el que vivían.
Una tarde, mientras hacía la compra en el supermercado, Hana sintió el peso de la vigilancia constante de Alex, quien se mantenía a unos metros de distancia, observando cada uno de sus movimientos. Sus manos se aferraban al carrito de compras cuando, de repente, su teléfono vibró en su bolsillo. Una llamada entrante. Al principio, pensó que sería Marcus o incluso su madre, como siempre, pero al mirar la pantalla, su corazón dio un vuelco. Era un número desconocido.
Con el pulso acelerado y una mezcla de curiosidad y ansiedad, deslizó el dedo sobre la pantalla para contestar.
-¿Hola? -preguntó con cautela, mirando de reojo a Alex, quien seguía atento pero parecía no haber notado su nerviosismo.
-Hana... soy yo, Mark.
El mundo pareció detenerse por un instante. Hana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las emociones la invadieron, una mezcla de alivio y miedo. El sonido de la voz de Mark, esa voz que tanto había extrañado, resonaba ahora en sus oídos como un eco lejano de otra vida. Su corazón latía con fuerza, pero la adrenalina del momento la mantenía en alerta. Miró rápidamente hacia Alex, quien seguía revisando su entorno, sin prestarle demasiada atención.
-Mark... -susurró ella, casi en un jadeo-. No puedo hablar ahora.
-Hana, por favor, solo escucha -dijo él con urgencia, ignorando su advertencia-. No puedo seguir sin saber cómo estás. Necesito verte. Necesito que me digas si sigues siendo tú, si aún me amas. No puedo... no puedo dejarte ir así.
Hana cerró los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Las palabras de Mark eran exactamente lo que había deseado escuchar desde el día que se despidieron, pero también eran un recordatorio de la imposibilidad de su situación.
-Mark, yo... -empezó a decir, pero las palabras se le atoraron en la garganta-. No puedo. No sabes lo difícil que es esto. Marcus... él me vigila todo el tiempo. No estoy sola, nunca lo estoy. No puedo arriesgarme a verte, ni siquiera a hablar contigo.
-Hana, no me importa Marcus ni sus guardias. Sé que esto es complicado, pero no puedo alejarme sin luchar por nosotros. Dime si todavía me amas, y haré lo que sea necesario para sacarte de ahí.
Hana se apoyó contra las estanterías del supermercado, sintiéndose atrapada. Su cuerpo temblaba mientras intentaba mantenerse firme. Claro que lo amaba, más que a nadie, pero las consecuencias de sus actos no solo la afectarían a ella. La vida de su padre, la estabilidad de su familia, todo estaba en juego.
-Mark, esto no es solo sobre nosotros -susurró con desesperación-. Mi padre... su salud está empeorando, y esta es la única manera de mantener a mi familia a salvo. Si me voy, si rompo este matrimonio, mi familia lo perderá todo. No puedo... no puedo arriesgarme.
El silencio al otro lado de la línea fue devastador. Hana sabía que había roto algo en él con esas palabras, pero no había otra opción. No podía permitirse pensar solo en su amor cuando las vidas de tantas personas estaban en peligro.
-Entonces... ¿esto es todo? -preguntó Mark, su voz rota y cargada de dolor-. ¿Estás diciendo que debo olvidarte?
Hana no pudo responder de inmediato. Quería decirle que no, que nunca lo olvidaría, que su amor por él seguía siendo tan fuerte como siempre, pero las circunstancias la asfixiaban. Miró de nuevo a Alex, quien ahora se acercaba, notando su tensión.
-No es que quiera que me olvides... -logró decir finalmente, luchando por mantener la compostura-. Es que no sé qué más puedo hacer. Esto es más grande que nosotros.
Alex la alcanzó, mirándola con curiosidad mientras ella intentaba disimular su nerviosismo.
-¿Está todo bien, señora? -preguntó el guardaespaldas.
Hana asintió rápidamente, apagando la llamada sin darle tiempo a Mark para responder. Guardó el teléfono en su bolsillo, sintiendo una punzada de culpa en el pecho. Aunque había cortado la llamada, el eco de las palabras de Mark seguía retumbando en su mente.