Durante cinco largos años, mi trabajo fue limpiar el desorden. Limpiar cada infidelidad de Mateo, mi arrogante esposo y heredero de una fortuna. Yo, Isabela, su esposa por contrato, vivía bajo la fría sombra de un acuerdo.
Pero el contrato estaba a punto de terminar. Soñaba con la paz y el divorcio. Sin embargo, el regreso de Sofía, su amante predilecta, desató el infierno y reveló una verdad aún más oscura. Mateo descubrió que su vitalidad dependía de mi propia sangre.
A partir de entonces, la crueldad de Sofía y la manipulación de Mateo se volvieron insoportables. Fui humillada, encerrada, y mis recuerdos de Javier, mi prometido fallecido, fueron usados para chantajearme. El golpe final: la brutal muerte de Sombra, mi perro, y la quema de todo lo que me quedaba de él. Destrozada y falsamente acusada, me dejaron morir.
Mi corazón ya no se rompió; se desintegró. Solo quedaba el vacío. ¿Cómo podía la vida exigirme tanto sacrificio, para luego arrebatármelo todo? Mi sangre, mi alma, mi dignidad, pisoteadas por la ingratitud.
Y así, me desvanecí del mundo, buscando refugio en un convento. Pero justo cuando pensé que la paz era posible, la vida tenía un último giro. Javier, el hombre que creí muerto, apareció. ¿Este reencuentro sería mi salvación o el preludio de una tragedia final?
Durante cinco largos años, mi trabajo fue limpiar el desorden.
Hoy era la infidelidad número noventa y nueve.
Estaba de pie, fuera de la suite de lujo de un hotel en Polanco, esperando.
El aire acondicionado del pasillo estaba demasiado frío.
Finalmente, la puerta se abrió.
Mateo salió, con la camisa a medio abotonar, arrogante como siempre.
Me miró con desprecio, como si yo fuera una mancha en el suelo de mármol.
"Encárgate de ella", me ordenó, con la voz rasposa. "Sofía vuelve mañana. No quiero que se entere de nada."
Asentí, sin expresión.
Entré en la habitación. La chica, una aspirante a actriz, me miró con una mezcla de miedo y desafío.
Saqué un cheque de mi bolso.
"Esto es de la fundación familiar", dije con voz monótona. "Es suficiente para que olvides esta noche y a Mateo."
La chica tomó el cheque, sus ojos se abrieron al ver la cantidad.
No dijo nada. Se vistió y se fue.
Limpié una copa de vino volcada y enderecé las sábanas. Era una rutina.
Esa noche, en la enorme hacienda de los Viñedos del Sol, me presenté en el despacho de Don Alejandro.
El patriarca, el abuelo de Mateo, me miró por encima de sus gafas.
"Don Alejandro", dije, mi voz firme y clara. "El contrato de cinco años está a punto de terminar."
Hice una pausa.
"Quiero el divorcio."
Don Alejandro dejó su pluma. Sus ojos, viejos y astutos, me estudiaron.
"Isabela, has sido una buena esposa. Paciente."
"He cumplido mi parte del trato", respondí.
"Mateo es... difícil", admitió. "Pero es mi nieto. Necesita un heredero. El viñedo necesita un heredero."
"Esa no era mi única obligación", dije en voz baja. "Mi obligación principal era mantenerlo vivo."
Él suspiró, un sonido pesado, lleno de años.
"No te vayas. Las cosas pueden cambiar."
Negué con la cabeza.
"El contrato termina en una semana. Seré discreta. Nadie sabrá nada."
Mi mente voló cinco años atrás. Mi hermano pequeño, muriendo en una cama de hospital. Un tratamiento experimental carísimo en el extranjero. La única esperanza.
Y luego, la oferta de Don Alejandro.
Su nieto, Mateo, padecía una enfermedad rara. Mi sangre, increíblemente rara, era la única compatible en el mundo para mantenerlo con vida.
El precio: un matrimonio de cinco años.
El mismo día que firmé el contrato, recibí la noticia. Javier, mi prometido, un periodista de investigación, había muerto en un "accidente" mientras investigaba a un cartel.
Mi mundo se derrumbó.
Así que acepté. Me convertí en la esposa de Mateo y en su bolsa de sangre secreta.
Todo por mi hermano.
Ahora, mi hermano estaba bien. El contrato casi terminaba. Mi deuda estaba casi saldada.
Saqué mi teléfono y marqué un número que había memorizado.
"Madre Superiora, soy yo. Isabela. ¿Está todo listo para mi llegada?"
"Sí, hija mía. Las puertas del convento siempre estarán abiertas para ti."
Colgué.
Paz. Eso era todo lo que quería.
Mi habitación en la hacienda era grande y fría, pero tenía un santuario.
Un viejo baúl de madera en el rincón.
Dentro, guardaba todo lo que me quedaba de Javier. Fotos, cartas, su anillo de compromiso.
Abrí el baúl. El olor a papel viejo y a su colonia llenó el aire.
Acaricié una foto. Él sonreía, sus ojos llenos de vida.
"Pronto seré libre, mi amor", susurré. "Pronto podré llorar por ti en paz."
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Mateo entró, arrastrando a una mujer del brazo.
Era Sofía.
Hermosa, radiante, con una sonrisa de triunfo.
"Isabela, querida", dijo Sofía, su voz como miel envenenada. "He vuelto para reclamar lo que es mío."
Mateo me miró con irritación.
"¿Qué haces aquí? Esta es la habitación de Sofía ahora."
Sus ojos se posaron en el pequeño relicario de plata que colgaba de mi cuello. Un regalo de Javier.
"Quítate esa baratija", se burló. "No va con el estatus de la esposa del heredero de los Viñedos del Sol."
Apreté el relicario con mi mano.
"No", dije en voz baja.
Sofía se rió suavemente.
"Mateo, déjala. Es obvio que no tiene gusto. Pero ahora que estoy aquí, le enseñaré."
Se paseó por la habitación, tocando mis cosas con desdén.
"Esta noche, dormiremos aquí", le dijo a Mateo, mirándome directamente. "Espero que no te importe encontrar otro lugar, Isabela."
Me levanté, cerré el baúl y me dirigí a la puerta.
No dije nada.
Más tarde, en la pequeña habitación de invitados al final del pasillo, no pude evitar oír los sonidos.
Las risas de Sofía. La voz de Mateo, llena de una pasión que nunca había conocido.
Cada sonido era una tortura.
Me puse los auriculares, pero no sirvió de nada.
En medio de la noche, la puerta de mi habitación se abrió.
Era Mateo. Estaba solo, con una bata de seda.
"Sofía tiene sed", dijo, su voz era una orden. "Tráele un vaso de agua mineral de manantial. Fría."
Era una demanda absurda y degradante.
Lo miré fijamente.
Por primera vez en cinco años, dije que no.
"Estoy cansada. Tráesela tú."
La sorpresa cruzó su rostro, seguida de una furia oscura.
Se acercó a mí en dos zancadas, su rostro a centímetros del mío.
"¿Qué has dicho?" siseó.
Su mirada cayó de nuevo sobre mi relicario.
"¿Es por esta basura? ¿Te da valor?"
Agarró la cadena.
"Dámelo."
"No."
Tiró con fuerza. La plata se clavó en mi piel.
"¡Dámelo o te juro que te arrepentirás!"
Cerré los ojos, esperando el dolor.