En la sala de guardia del hospital, Camila Haynes se ponía su uniforme de médico.
Esta noche era la primera de su matrimonio.
Sin embargo, en cuanto una colega le pidió que cubriera su turno, no dudó en ir directo al hospital.
Al mirarse en el espejo, se acomodó la bata y sonrió con amargura, pues sabía que a nadie le importaba a dónde iba.
De repente, alguien pateó la puerta con violencia desde afuera, haciéndola estrellarse contra la pared.
Antes de que ella pudiera levantar la vista para ver qué pasaba, oyó el clic del interruptor y toda la habitación quedó en penumbras.
Muerta de miedo, tembló y, con los pelos de punta, preguntó:
"¿Quién es...?".
Antes de que pudiera decir otra palabra, la empujaron bruscamente sobre la mesa. Las cosas que había sobre el mueble cayeron al suelo con un fuerte estrépito. Camila sintió el frío de una hoja afilada presionada contra su cuello, y una extraña voz ladró: "¡Silencio!".
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, apenas pudo distinguir el rostro del hombre, aunque sus ojos, afilados y fríos, destacaban.
El olor metálico de la sangre llegó a su nariz, y al instante supo que estaba herido.
Quizá por su formación como doctora, estaba acostumbrada a mantener la calma y la serenidad incluso en situaciones tan aterradoras y estresantes como esa.
Sutilmente, levantó la pierna para intentar patearlo, pero en cuanto se movió, él se dio cuenta y le presionó con fuerza la pierna.
"¡Lo vi dirigirse hacia aquí!", se escuchó una voz a lo lejos.
Acto seguido, Camila oyó pasos que se acercaban.
Parecía que entrarían en cualquier momento.
Presa de la desesperación, el hombre bajó de repente la cabeza y presionó sus labios contra los de Camila.
Con los ojos como platos, ella luchó por liberarse de su beso violento y lo apartó. Por suerte, no la hirió con el cuchillo que blandía.
Aturdida, Camila se tocó los labios, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.
Justo en ese momento, escuchó el pomo de la puerta girar.
Decidida, apretó los dientes y rodeó el cuello del hombre con los brazos. Sin dudarlo, levantó la cabeza y lo besó.
Susurró con voz temblorosa: "Puedo ayudarte...".
El hombre tragó saliva audiblemente. Al segundo siguiente, actuó. Su aliento caliente le rozó la oreja, y su voz sonó baja y sexual. "Me haré responsable de esto".
Pero parecía haberla malinterpretado, pues Camila solo pretendía fingir.
Cuando abrieron la puerta, ella gimió lo más fuerte que pudo, imitando los sonidos que había escuchado en los videos porno.
Por un segundo, el hombre se quedó atónito ante lo fascinante y seductora que era.
Las personas en la puerta también se quedaron aturdidas al oírla gemir.
"¿Qué carajos? ¡Solo es una pareja teniendo sexo aquí! No puedo creer que hagan esto en un hospital".
La puerta se abrió un poco más, y la luz del pasillo iluminó el cuerpo de Camila. El hombre se movió para bloquear la vista de los curiosos. En la penumbra, los de afuera solo podían ver que los dos se abrazaban y besaban.
"Él definitivamente no es Isaac. Está muy herido. No tendría fuerzas para hacer esto por muy sexy que sea esa chica".
"Hay que admitir que esa chica es muy buena para gemir así".
"¡Cállate y muévete! ¡Si no encontramos a Isaac, estamos perdidos!".
En poco tiempo, el sonido de los pasos se desvaneció.
El hombre sabía que sus asaltantes se habían marchado, pero descubrió que no podía alejarse de la mujer. Se lamió los labios, con la lujuria cegándole la razón.
La crisis ya estaba resuelta, así que Camila intentó apartarlo. Pero justo cuando sus palmas presionaron contra el pecho del hombre, de pronto pensó en su matrimonio.
Toda su vida había sido controlada por otros, y su matrimonio no era la excepción.
Su padre, un hombre dominado por la codicia, la había obligado a casarse con un miembro de la familia Johston.
Su abuelo solía ser el chofer de Robin Johnston, el patriarca de la familia Johnston, y el destino quiso que muriera salvando la vida de su jefe en un accidente.
La pequeña empresa familiar había acumulado una enorme deuda y estaba al borde de la quiebra. Su astuto padre sabía que si pedía dinero a familia Johnston, ellos finalmente lo rechazarían. Por eso, ideó un plan despiadado: hacer que su hija se casara con Isaac, el nieto de Robin.
De este modo, su familia establecería por fin una conexión más sólida con familia Johnston, una que estuviera unida por el matrimonio.
Además, dada la riqueza de familia Johnston, estaban seguros de que obtendrían muchos beneficios en el futuro.
Los de esa familia influyente no podrían darse el lujo de rechazar la propuesta, o se arriesgarían a quedar mal de una forma u otra.
Isaac estaba muy insatisfecho con este matrimonio concertado, así que pidió que su nueva esposa nunca revelara su identidad y que mantuviera su apellido de soltera.
Pero nadie le preguntó a Camila qué quería.
Y para colmo, el novio nunca apareció en el banquete, a pesar de que no había invitados fuera de las dos familias.
Camila se quedó sola durante la celebración, pálida como una hoja de papel.
Se sentía tan humillada... ¡y se negaba a aceptarlo!
Quizá fue por la tensión en el ambiente, pero los sentimientos reprimidos de rebeldía de Camila estallaron de repente.
Su vida apenas valía la pena porque estaba controlada por otros, así que decidió resistirse a su destino a su manera.
Sin mucha resistencia, Camila se entregó por primera vez a ese desconocido.
Cuando todo terminó, el hombre le besó la mejilla con ternura y le dijo con voz baja y ronca: "Volveré por ti". Luego se marchó rápidamente.
Camila tardó mucho en poder levantarse. El hombre la había cogido con fuerza, así que tenía la entrepierna en carne viva y le ardía de dolor.
De repente, el sonido de su celular rompió el silencio.
Extendió la mano para agarrarlo y contestó a la llamada. Una voz ansiosa sonó desde el otro extremo de la línea: "¡Doctora Griffith, emergencia! ¡Por favor, venga rápido!".
Camila aclaró la garganta y respondió con calma: "De acuerdo, llegaré pronto".
Tras colgar, miró su celular aturdida.
Su ropa desaliñada y la sensación pegajosa entre sus piernas le confirmaron que no era un sueño. Realmente había sucedido. Tuvo sexo con un desconocido la primera noche de su matrimonio.
¡Era lo más rebelde que había hecho en su vida!
Pero no tenía tiempo para pensar en eso. Un paciente la necesitaba. Apretando los dientes, se vistió rápidamente y corrió al centro de urgencias.
Camila estuvo ocupada el resto de la noche.
Cuando por fin volvió a la sala de guardia, la encontró hecha un completo desastre.
Al recordar lo que había ocurrido allí unas horas antes, no pudo evitar pasarse los dedos por el pelo enredado con angustia.
"Gracias por cubrir mi turno, doctora Haynes". La colega de Camila, Debora Griffith, entró de repente con una sonrisa agradecida.
La joven forzó una sonrisa y respondió: "De nada".
"Yo me encargo. Deberías ir a casa y descansar un poco". Solo entonces Debora se dio cuenta del desorden de la habitación. Alzando las cejas, preguntó con incredulidad: "¿Qué pasó aquí?".
Camila giró la cabeza para ocultar el pánico en sus ojos y dijo: "Tiré por accidente las cosas de la mesa hace un rato. En fin, ya que estás aquí, me voy a casa".
Debora sintió que Camila actuaba de forma extraña, pero no le importó. Se encogió de hombros y se agachó para empezar a recoger las cosas que había en el suelo.
Justo cuando Camila se marchaba, el director del hospital y el asistente de Isaac, Willie Calderon, aparecieron en la puerta.
"Ella era la doctora de guardia anoche, Debora Griffith", dijo el director.
Willie entró en la habitación y observó la placa con el nombre de Debora en su bata. "Señorita, por favor, venga conmigo".
Debora levantó la vista confundida.
"¿A dónde vamos?".
"Ya lo verá. Solo venga con nosotros", respondió Willie sin expresión. El director del hospital, por su parte, no estaba muy contento con su vacilación. Tiró de ella con bastante fuerza y siseó: "No haga esperar al señor Johnston".
Debora, confundida, los siguió sin oponer resistencia hasta el despacho del director del hospital.
Isaac estaba sentado en el sofá con las piernas cruzadas y, si no se prestaba atención, la palidez de sus finos labios habría pasado desapercibida.
El fuerte y penetrante aroma a desinfectante del hospital también cubría el olor a sangre que desprendía.
Vestido completamente de negro, sus afiladas facciones y su fuerte aura parecían demostrar que había superado innumerables dificultades, y una sola mirada suya bastaba para intimidar.
Willie se le acercó y le susurró al oído: "Todos los videos de vigilancia de anoche fueron manipulados a propósito, probablemente gracias a sus asaltantes. Limpiaron sus huellas y se deshicieron de cualquier posible evidencia. Esta es la doctora Debora Griffith, quien estaba de guardia anoche. Acabo de comprobar los registros y, en efecto, era su turno".
Solo entonces Isaac levantó la vista hacia Debora.
Ella se quedó impactada al reconocer que el hombre del sofá no era otro que el CEO de Corporación Paramount.
"¿Fuiste tú quien me ayudó anoche?", preguntó Isaac, mirándola con atención.
Debora apartó enseguida la vista, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
"S-sí, fui yo".
Aunque no sabía qué había pasado exactamente la noche anterior, era consciente de que podía beneficiarse mucho si conseguía ganarse el favor de Isaac, pues casualmente el hospital Central Militar estaba a punto de seleccionar candidatos para sus prácticas.
Aunque se llamaban prácticas, quien fuera seleccionado se quedaría como médico oficial.
Los recursos allí eran mucho mejores que los de este hospital.
Si Debora conseguía la ayuda de alguien tan poderoso como Isaac, sin duda sería seleccionada para las prácticas.
"Te daré lo que quieras, incluso el matrimonio". Isaac tenía una expresión indiferente, pero cuando pensó en lo ocurrido anoche, su rostro se suavizó un poco.
"¿Q-qué? ¿Matrimonio? Eh... yo...". Isaac la había tomado tan por sorpresa que Debora no pudo pensar con claridad.
"Cuando te decidas, puedes venir a verme". Isaac se levantó y pidió a su asistente que le diera su número de celular.
El director del hospital hizo una leve reverencia y ofreció: "Señor Johnston, permítame acompañarlo a la salida".
Isaac lo rechazó, volviendo a su actitud fría y distante: "No será necesario". Luego, pareció pensar en algo y añadió: "Por favor, cuida bien de ella".
"Por supuesto, señor Johnston", respondió el director con una sonrisa servil.
Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos para que nadie los escuchara, el asistente recordó a Isaac en voz baja: "Señor, ya está casado. No creo que pueda casarse con la señorita Griffith si ella acaba pidiéndoselo".
Al pensar en la novia con la que se vio obligado a casarse, la expresión de Isaac se ensombreció. "¿Tienes tantas ganas de morir?".
El asistente se calló de inmediato y un escalofrío le recorrió la espalda. No sabía si Isaac estaba enfadado por la mujer con la que se casó o por la persona que envió a los sicarios tras él.
Después del trabajo, Camila se fue a la mansión de su esposo.
En cuanto entró en la casa, el ama de llaves de mediana edad, Glenda Rivera, se acercó y le preguntó: "¿Puedo preguntarle dónde estuvo anoche?".
"Tuve que cubrir el turno de alguien", respondió Camila en voz baja.
Tenía ojeras y se notaba claramente que estaba cansada.
Glenda no le pidió más información al ver lo agotada que estaba. En lugar de eso, hizo una reverencia y llenó la bañera con agua caliente.
Camila fue directo al baño y preparó un baño caliente. Mientras se sumergía en la bañera, recordó de repente los acontecimientos de la noche anterior, y su rostro se encendió, tan caliente como el agua.
Se frotó las sienes, tratando de aclarar su mente desordenada.
Después de todo, había dejado que un desconocido le quitara la virginidad.
Además, ahora estaba casada.
No pudo evitar sentirse culpable.
Tras salir de la bañera, se vistió y salió.
Al ver que Camila estaba a punto de marcharse, Glenda se acercó y le preguntó: "¿Ya se va? Al menos debería desayunar primero".
Camila miró su reloj y suspiró antes de responder: "No, gracias. Llegaré tarde al trabajo".
Glenda sabía que Camila era médica y conocía lo duro que era ese trabajo. Pensando en ello, la miró con renovado respeto y le trajo un vaso de leche caliente. "Al menos beba esto antes de ir a trabajar".
Al ver la preocupación en el rostro de la mujer, Camila se sintió conmovida. Tomó el vaso de leche y dijo en voz baja: "Gracias".
"De nada". Glenda sonrió, su rostro regordete luciendo muy amable y amistoso.
Tras terminar la leche, Camila le devolvió el vaso a la mayor y se marchó.
Pero no fue directo al trabajo. Salió temprano para poder ir primero al área de hospitalización.
Su madre estaba en la unidad de cuidados intensivos.
Tras entrar en la sala, comprobó el estado de su madre y vio que seguía en mal estado.
Se le encogió el corazón.
Sufría de insuficiencia cardíaca y se encontraba en estado crítico. La única solución era un trasplante de corazón, que costaría mucho dinero.
Aceptó la exigencia de su padre y se casó con un miembro de la familia Johnston porque él la amenazó, diciéndole que no pagaría los honorarios de la operación de su mamá si ella se negaba a casarse.
Si tan solo pudieran encontrar un donante de corazón adecuado, su madre se salvaría.
Miró a su mamá, que yacía plácidamente en la cama, y dijo con voz baja y amarga: "Te juro que te salvaré".
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Su madre era la persona más cercana a ella.
El celular en su bolsillo empezó a sonar.
"¡Hola, Camila! ¿Puedes hacerme un favor?". Una voz alegre sonó desde el otro lado de la línea.
Era Forrest Walters, su superior, quien la llamaba. Se graduaron en la misma Facultad de Medicina, pero él estaba dos cursos por encima de ella. Se fue al extranjero para seguir estudiando y ahora era un médico muy famoso.
Además, siempre la había cuidado bien.
Por eso, los dos eran bastante cercanos.
"¿Qué clase de favor?", preguntó Camila.
"Tengo un paciente que necesita tratamiento, pero estoy en medio de algo urgente y no llegaré a tiempo. ¿Puedes atenderlo por mí, por favor?".
Camila comprobó su agenda. Aparte de dos operaciones por la tarde, esa mañana estaba relativamente libre, así que aceptó.
"Ya te envié la dirección. Solo diles que vas a ver al señor Calderón y el portero sabrá qué hacer".
Tras recibir la dirección, Camila contestó: "Entendido".
"Y Mila, no le cuentes a nadie y no hagas preguntas innecesarias. Solo concéntrate en atender al paciente, ¿entendido?", añadió Forrest.
"Está bien", contestó la joven y, tras colgar, tomó un taxi hasta la dirección.
Era un barrio de lujo con seguridad de alto nivel.
El portero le impidió la entrada, así que ella, siguiendo las instrucciones, le dijo que venía a ver al señor Calderón, y el hombre llamó para confirmar antes de dejarla pasar.
No tardó en encontrar la casa, y, tras respirar hondo, llamó al timbre.
Al poco rato se abrió la puerta.
Al ver que no era Forrest quien estaba en la puerta, Willie frunció el ceño y preguntó: "¿Y usted quién es?".
Por el tono de Forrest en el celular, Camila dedujo que el paciente valoraba mucho su privacidad, y, como no quería involucrarse, se puso una mascarilla antes de salir.
"El doctor Forrest Walters me pidió que viniera en su lugar".
Al ver el botiquín que llevaba, Willie la miró con los ojos entornados y preguntó: "¿Sabe lo que tiene que hacer?".
"Sí, el doctor Walters me puso al tanto. No se lo diré a nadie".
Willie supuso que Forrest no le pediría a alguien poco fiable que viniera, así que dejó entrar a la joven.
La condujo a través de la amplia sala, subieron las escaleras hasta la segunda planta y se detuvo frente a la puerta de una habitación, que estaba muy poco iluminada. Mirando a Willie, la doctora preguntó: "¿Cómo puedo tratar al paciente sin luz?".
Cuando Isaac oyó que era la voz de una mujer, se echó el abrigo por encima de la cabeza para taparse la cara y dijo con frialdad: "Está bien. Puedes encender la luz".
El asistente obedeció y encendió la luz.
La habitación se iluminó al instante.
La voz le resultaba familiar a Camila, pero no le dio demasiada importancia. Se acercó al herido, quien yacía en la cama. La sangre de su camisa blanca se había secado, dejando una desagradable mancha de color rojo oscuro.
Intentó no mirar su rostro cubierto. Después de todo, estaba allí para atenderlo, no para curiosear.
Evidentemente, el paciente no quería que nadie supiera quién era, así que lo correcto era respetar su privacidad.
Puso el botiquín sobre la mesa y lo abrió, y después sacó unas tijeras de uso médico para cortar la tela de la herida.
En cuanto quitó el apósito, vio que el hombre tenía dos heridas y que solo las habían vendado con gasas.
Dejó las tijeras y se dispuso a limpiar las lesiones.
Cada movimiento era elegante y eficiente.
"¿Es alérgico a la anestesia?", preguntó.
Después de limpiar las heridas, comprobó que no eran tan profundas y que no había signos de hemorragia interna, pero aun así había que suturarlas.
Ese procedimiento requeriría anestesia.
Su voz era tranquila, completamente diferente a la de la mujer asustada de la noche anterior.
Por lo tanto, aunque Isaac había oído su voz, no tenía ni idea de que esta doctora era la persona con la que se había acostado.
Por dentro, estaba impresionado por su habilidad y calma, pero por fuera se mantuvo frío y contestó: "No".
Camila asintió y se puso a preparar la anestesia. Enseguida inyectó la sustancia en un punto cercano a sus heridas.
Dos minutos más tarde, el fármaco hizo efecto y ella empezó a suturar las heridas.
Al cabo de una hora, ella terminó.
Era increíblemente eficiente.
Al ver que tenía las manos manchadas de sangre, se disculpó y dijo: "Necesito ir al baño".
"Hay uno abajo", dijo Willie.
La joven salió y siguió sus indicaciones.
Cuando ella se fue, Willie cerró la puerta y se acercó a su jefe.
"Según la investigación, parece que quien contrató a esos sicarios fue su tía Audrey. Como se deshizo de todos sus espías en la empresa, ella se desesperó e intentó matarlo".
Isaac se incorporó en la cama. Debería estar débil por sus heridas, pero, por el contrario, sus ojos brillaban con agudeza y alerta.
Miró a Willie y preguntó en voz baja: "¿El matrimonio concertado tenía algo que ver con ella?".
Tras una pausa, Willie respondió: "Sí, descubrí que estaba en contacto con su suegro. Me pareció extraño que pidiera que su hija se casara con usted y no con el hijo de Audrey. Evidentemente, su tía tuvo algo que ver con eso".
"Se ha esforzado mucho por mí. Sería de mala educación que no hiciera nada a cambio". Acababa de irse al extranjero unos días por negocios, pero alguien le había causado muchos problemas.
Estaba completamente inexpresivo, pero la frialdad de sus ojos era innegable. "He oído que su hijo dirige un club llamado Charm en la calle Cavern".
Al oír esto, Willie comprendió al instante lo que pasaba por la mente de su jefe. "Como ya no tienen un lugar en la empresa, ese club es su única fuente de ingresos. Si lo pierden...".
"Hazlo", dijo Isaac en un tono peligrosamente bajo, con los ojos brillando con malicia.
Willie asintió y se dispuso de inmediato a hacer lo que le ordenaron. De camino a la planta baja, se encontró con Camila, que estaba a punto de subir.
Willie sabía que Forrest ya le habría dicho que mantuviera la boca cerrada, pero pensó que valía la pena recordárselo. "Si le cuentas a alguien lo que pasó hoy, tendrás una muerte horrible".
Si Audrey y su hijo se enteraban de las heridas de Isaac, sin duda aprovecharían la oportunidad para hacer leña del árbol caído.
"No se preocupe, no lo haré". Con la cabeza gacha, Camila añadió: "Me iré en cuanto recoja mi botiquín".
Cuando volvió a la habitación, vio que el hombre estaba de espaldas a la puerta. Se había quitado la camisa ensangrentada, dejando al descubierto los músculos bien definidos de su espalda.
"¿No sabes que es de mala educación quedarse mirando?". El hombre no se dio la vuelta, pero pareció haber notado su mirada fija. Su voz sonaba perezosa, mezclada con un toque de burla.
Camila volvió en sí y bajó la cabeza a toda prisa.
Con la cabeza gacha, se acercó a recoger sus cosas. Con voz suave, le recordó: "No deje que sus heridas se mojen por el momento. Desinféctelas una vez al día y use camisas holgadas para evitar infecciones".
Cuando terminó de guardar sus cosas, sacó un frasco de pastillas y un tubo de pomada, diciendo: "Le dejo estos medicamentos".
Isaac no se dio la vuelta y respondió con un gruñido.
Camila no tenía nada más que decir, así que se marchó.
Salió con el botiquín, llamó a un taxi y regresó al hospital. Era casi la hora de comer cuando llegó, así que fue a la cafetería del hospital para comer. En cuanto regresó a su despacho, la llamaron a la oficina del director.
"Voy a enviar a Debora al Hospital Central Militar para las prácticas", dijo el director con seriedad. Parecía tener sus razones inconfesables.