El sol brillaba en el cielo de un día de verano.
Rhonda Horton estaba en la entrada de un centro comercial repartiendo folletos.
De pronto, vio a un hombre y una mujer jóvenes que se acercaban caminando de la mano en su dirección.
Los ojos de la joven se abrieron como platos cuando se dio cuenta de que era su novio, Santino Byrne y su mejor amiga, Cristina Grey.
Santino le había dicho que tenía una entrevista de trabajo y se preguntó qué estaba haciendo aquí.
Rhonda contuvo la respiración y se apresuró a seguirlos.
Sin embargo, los perdió de vista en cuanto entraron al centro comercial.
Aceleró el paso, pero justo en ese momento, recibió un mensaje en el teléfono. Era una notificación de transacción de su tarjeta de crédito.
Santino había comprado una joya de 49.998 dólares.
Rhonda gritó asombrada. ¡Era casi la mitad de lo que ganaba en un año!
Corrió hasta la joyería y en ese momento, vio a una vendedora que deslizaba un llamativo anillo con diamante en el delgado dedo anular de Cristina.
Era un diamante grande y exquisito, el mismo con el que Rhonda había estado soñando durante mucho tiempo.
Su mente se quedó en blanco al ver la sonrisa de satisfacción en el rostro de su amiga.
Santino había sido despedido de su trabajo seis meses atrás. Se había estado quedando en la casa de Rhonda y usando su dinero para pagar sus gastos. Rhonda sintió que la bilis subía por su garganta. ¡Cómo se atrevía a usar su dinero para comprarle un anillo a otra mujer!
Pero Rhonda no era una pusilánime.
Corrió, arrancó el anillo de la mano de Cristina y se lo entregó a la vendedora.
"Lo siento, quiero devolver esto", dijo.
"¿Qué diablos estás haciendo? Acabamos de comprar este anillo. ¿Con qué derecho quieres devolverlo?", exclamó Cristina.
Rhonda perdió el control. Solo la miró y le dio una bofetada.
"¿Qué estás haciendo?", gritó Santino, que regresaba de la caja. Enseguida abrazó a Cristina de manera protectora.
"¿Cuál es tu problema? Solo gasté unos dólares de tu cuenta. ¿No te da vergüenza ser tan tacaña?", dijo mientras la miraba con evidente disgusto.
Rhonda lo miró incrédula mientras la traición, la furia y la humillación bullían en su interior.
"¡Tienes una relación con mi amiga y gastaste el dinero que tanto me costó ganar para comprarle una joya a ella! ¿Y me preguntas si no me avergüenzo de mí misma?".
"Sí, estoy con Cristina. ¿Qué vas a hacer? Solo mírate", dijo con la nariz arrugada de disgusto. "¡Ningún hombre te amará!".
Rhonda había estado ahorrando cada centavo durante los últimos seis meses para ayudar a su novio. Había dejado de comprarse ropa nueva y productos para cuidar su piel. Vestía ropa gastada y su piel había perdido su brillo, pero, a pesar de todos los sacrificios que hizo por él, ahora le pagaba con traición y dolor.
Mientras tanto, muchas personas curiosas comenzaron a agolparse a su alrededor. Con un gesto enojado, Santino le arrojó en la cara el recibo de compra y la tarjeta de crédito.
"¡Aquí tienes! ¡Tómalo! Es evidente que lo único que te importa es el dinero. ¡Ya he tenido suficiente de ti!".
Rhonda sintió dolor cuando la tarjeta rozó su rostro, pero no fue nada comparado con el dolor en su corazón.
"Una mujer como tú solo puede terminar muriendo sola. Ningún hombre puede soportarte". Dicho esto, Santino salió del centro comercial con Cristina de la mano.
Rhonda levantó la tarjeta y el recibo del piso, completó el procedimiento de reembolso y regresó directamente a casa.
El apartamento tenía dos dormitorios y habían estado viviendo en habitaciones separadas todo este tiempo.
Rhonda había creído que Santino era un caballero que la respetaba, pero pensándolo bien, se dio cuenta de que era ridículo.
Enseguida comenzó a empacar las cosas de Santino. Estaba decidida a echarlo hoy mismo.
Enfadada, tiró de las sábanas de la cama solo para encontrarse con dos condones usados. Parecían recientes.
Lo último que quedaba de amor y admiración por su novio se desvaneció en un instante.
Empacó todas sus pertenencias y las tiró fuera de la puerta.
En ese momento, Santino regresó al apartamento con Cristina.
Se puso furioso cuando vio todo amontonado en el suelo, junto a la puerta.
"¿Estás loca? ¿Cómo te atreves a tocar mis cosas?".
Rhonda lo ignoró y se sentó en el sofá de la sala. Antes, pensaba que Santino era el hombre más guapo del mundo, pero ahora, de solo verlo se sentía asqueada.
"Regresaste justo a tiempo. ¡Dame la llave y no vuelvas a poner tu sucio pie en mi casa!".
"Te pregunto de nuevo, ¿estás loca? Antes, pagaba el alquiler. ¿Cómo puedes pedirme que me mude?", rugió el hombre.
"Tienes razón. ¡Antes pagabas el alquiler!", escupió Rhonda, enfatizando la palabra 'antes'. "¿Y el alquiler de los últimos seis meses? ¿Y los gastos de manutención de los últimos dos años y medio? ¿Pagaste eso?".
Rhonda lo fulminó con la mirada y respiró hondo para calmarse.
Santino se sintió avergonzado al ver que muchos vecinos se habían reunido a su alrededor y chismorreaban sobre él. Quería resolver esta situación primero.
"¡Rhonda, todo lo que te importa es el dinero! Seis meses de alquiler es como máximo veinte o treinta mil dólares. Eso es justo lo que gano en dos meses. En cuanto encuentre trabajo, te devolveré el alquiler".
"No necesitas esperar hasta que encuentres un trabajo. Podemos darle el dinero ya mismo". Cristina sacó su teléfono y se acercó a Rhonda. "Te propongo un trato. Te devolveré el alquiler de seis meses, pero debes mudarte hoy".
Cristina calculó que el alquiler era pan comido en comparación con todo lo que Rhonda había gastado en Santino en estos dos años. Además, creyó que él le estaría agradecido de por vida si pagaba ese dinero ahora.
Santino se había graduado de una prestigiosa universidad y tenía un futuro prometedor. En el pasado, llegó a ganar treinta mil dólares al mes.
Al ver que Rhonda asentía satisfecha, Cristina le transfirió el dinero de inmediato.
Luego le señaló la puerta. "¡Date prisa! ¡Empaca todas tus cosas y vete!".
"No hay apuro", dijo Rhonda con calma. Enseguida se dio la vuelta y sacó un documento.
"Lee esto con cuidado", dijo y le extendió una escritura. Decía claramente que Rhonda Horton era la única propietaria.
"Soy dueña de este apartamento y no quiero alquilárselo".
"¡Rhonda, me has estafado!", estalló Santino en un ataque de ira. "¡Eres dueña de este apartamento, pero me hiciste pagar el alquiler todos estos años!".
"Estabas viviendo en mi casa. ¿No deberías pagar renta?", contestó encogiéndose de hombros con inocencia.
"¡Eres una bruja traicionera! Te subestimé", gruñó Santino, señalándola con el dedo.
"¡Eres despreciable!", exclamó Cristina. Se lamentaba de haber gastado el dinero en vano. ¡Además, ahora Santino no tenía dónde vivir!
"¡Oh, por favor! ¡No soy nada comparada contigo!".
Rhonda se paró en la puerta y ordenó: "¡Toma tus cosas y sal de mi casa!".
Cristina no estaba dispuesta a admitir la derrota, pero cuando Santino se dio cuenta de que se estaban reuniendo más vecinos para presenciar lo que estaba sucediendo, la arrastró apresuradamente.
Antes de irse, se volvió a mirar a Rhonda mientras pensaba en cómo quitarle el apartamento pronto.
Después de ahuyentar con éxito al dúo, Rhonda se apoyó contra la pared y suspiró cansada.
Lo único que pensaba en ese momento era en que ya no tendría que trabajar a medio tiempo para mantener a Santino.
En ese momento, sonó su teléfono. Lo sacó y vio que era una llamada de su hermano menor.
"Rhonda, a la abuela le han diagnosticado cáncer y la cirugía costará quinientos mil dólares. No tengo todo ese dinero. Yo...". Su hermano estalló en sollozos.
A Rhonda se le subió el corazón a la garganta.
No podía procesar la información, y la cabeza empezó a darle vueltas. Respiró hondo y consoló a su hermano: "No te preocupes, pronto transferiré unos diez mil a tu cuenta. Ocúpate de los trámites hospitalarios de la abuela, yo buscaré la manera de reunir dinero para los gastos de la operación".
Rhonda colgó el celular, calculó todo el dinero que tenía ahorrado y se lo transfirió a su hermano de inmediato.
La abuela de Rhonda los había criado a ella y a su hermano sin ayuda de nadie. Se enfrentó a muchas dificultades a lo largo de los años, y ahora a la pobre mujer le diagnosticaron cáncer.
La muchacha quería salvar a su amada abuela a toda costa, pero no tenía idea de cómo recaudar el dinero en tan poco tiempo. Aunque intentara vender el apartamento, no encontraría comprador tan pronto, por lo que pensó en pedirles prestado a otros.
Empezó a llamar uno tras otro a sus amigos del instituto y de la universidad, pero eso no ayudó mucho. Hizo varias llamadas, pero no consiguió reunir el dinero suficiente. Algunos de sus compañeros ni siquiera se molestaron en responder a sus llamadas.
En plena desesperación, un anuncio matrimonial en Internet llamó su atención.
Los detalles parecían simples:
el hombre era un empleado de una empresa de renombre, y buscaba a una chica joven y amable con la que casarse. Estaba dispuesto a ofrecer quinientos mil dólares a su novia, y la única condición era que su pareja cuidara de su abuelo durante seis meses.
El corazón de Rhonda se estremeció al ver la cantidad de dinero, y ni siquiera se dio el tiempo de pensar si era legítimo o no, pues enseguida llenó el cuestionario. Diez minutos más tarde, marcó el número que aparecía en el anuncio.
La línea estuvo ocupada por mucho rato, y a Rhonda se le revolvió el estómago de ansiedad, porque le preocupaba que alguien más se llevara los quinientos mil dólares antes que ella.
Por fin, la llamada se conectó, pero la línea estaba en silencio, nadie hablaba.
Pensando que debía de tratarse de una estafa, ella colgó.
Al ver que la chica había colgado el celular porque su nieto no dijo nada, Richard Sloan se puso ansioso, y le dio un fuerte golpe al muchacho con su bastón, ordenándole que devolviera la llamada de inmediato.
El celular de Rhonda volvió a sonar. Tras dudar un momento, contestó.
Esta vez, oyó una voz profunda al otro lado de la línea.
"Lo siento, la señal no está muy bien...".
"No importa".
"De acuerdo, empezaré hablándote de mí.
Me llamo Eliam Sloan, y tengo veintiocho años. Trabajo en una empresa de informática como programador. Gano treinta mil dólares al mes, sin contar la prima de fin de año. Tengo casa y auto. No tengo malos hábitos".
Luego de una pausa, Eliam destacó: "Mi abuelo está enfermo y necesita cuidados, así que viviré con él después de casarme. Espero que puedas ser ama de casa. Te daré todo mi sueldo. Por supuesto, tienes derecho a trabajar siempre que tengas tiempo para cuidar de él. ¿Estás dispuesta a aceptar todo esto?".
Rhonda dudó un poco. Al margen de que tendría que renunciar a su trabajo para cuidar del abuelo de aquel hombre, la oferta le parecía bastante tentadora.
Además, él no la obligaba a ser ama de casa. Sería un poco difícil equilibrar su vida y ese trabajo; sin embargo, viéndolo desde ese punto de vista, sus condiciones parecían razonables.
Entonces, tras pensarlo un momento, aceptó.
"Te daré quinientos mil dólares. ¿Tienes alguna otra petición?".
"No", respondió ella con decisión.
Sintiendo que era demasiado bueno para ser verdad, Eliam preguntó con suspicacia: "¿En serio? Quiero decir, por ejemplo, ¿quieres tu nombre en la escritura de concesión?, o...".
"No es necesario. Tu propiedad es tuya y la mía me pertenece a mí".
Eliam volvió a quedarse en silencio.
Justo cuando Rhonda pensó que la señal era débil, escuchó su voz profunda de nuevo.
"De acuerdo. Trae tu identificación y ven al registro civil mañana por la mañana. Nos encontraremos allí a las nueve". Y colgó el celular.
La muchacha no podía creer que fueran a registrar su matrimonio tan pronto. Todo sucedía demasiado deprisa y no podía hacerse a la idea.
Rhonda no tuvo ocasión de preguntarle cuándo le daría los quinientos mil dólares.
Su hermano volvió a llamar y le dijo que la operación de su abuela costaría al menos un millón, lo que la hizo sospechar que alguien quería estafar a su hermano para conseguir el dinero; pero cuando fue al hospital y vio al médico, aceptó la cruel realidad.
Su mente estaba hecha un lío y pasó la noche en vela.
A la mañana siguiente, salió. Lucía pálida, y unas ojeras rodeaban sus ojos cansados.
Llegó al registro civil a las nueve en punto.
Las vacaciones acababan de terminar, por lo que había mucha gente afuera que, cosa curiosa, también habían ido a casarse.
Rhonda se fijó en un hombre entre la multitud. Él vestía un traje azul oscuro bien planchado. El botón superior de la camisa estaba abierto, dejando al descubierto su nuez de Adán, y no llevaba más accesorios que su reloj. Su apariencia era cuidada y elegante.
El fino flequillo de su frente, que brillaba como el ámbar a la luz de la mañana, se curvaba ligeramente a cada paso, y las largas y espesas pestañas que tenía parecían ocultar sus emociones.
Rhonda miró al hombre y luego la foto en su celular. Cuando se preguntaba si aquel hombre apuesto sería su futuro esposo, este se le acercó.
Los dos se saludaron con educación y entraron juntos al edificio.
Eliam consiguió un número, y ambos buscaron sillas para sentarse y esperar.
Rhonda, tras dudar durante un largo rato, finalmente habló: "Señor Sloan, lo siento. Antes de registrar el matrimonio, ¿puedo hacerte una pequeña petición?".
Eliam asintió. "Adelante".
"Además del dinero que me prometió, ¿puedes prestarme otros quinientos mil?", preguntó cautelosa.
Eliam se giró y estudió su rostro con evidente disgusto, y recordó lo que dijo su abuelo cuando estaban revisando el perfil de esta mujer ayer.
"Esta chica estudió enfermería, y viene de una familia sencilla. Además, es muy bonita y parece encantadora. Por lo que veo, creo que es una mujer sincera".
Ahora todo parecía engañoso.
"Necesito el dinero con urgencia", se apresuró a explicar Rhonda. "Pagaré la deuda en cuanto venda mi apartamento. Si quieres, incluso puedo pagar con intereses".
"¿Por qué no lo mencionaste ayer mientras hablábamos?". Eliam se levantó de un salto y se marchó a toda prisa. Se sentía engañado.
Casi llegando a la puerta, recibió una llamada de Richard.
"¿Ya registraste tu matrimonio?".
En ese momento, Rhonda lo alcanzó. Ella subrayó que estaba realmente en apuros y que no era una mentirosa.
Al oír la emoción y la expectación en la voz de su abuelo, Eliam se comprometió al final.
La enfermedad del mayor era incurable, y solo podría vivir seis meses más. Su único deseo era verlo a él casarse y tener hijos.
Eliam colgó y examinó el rostro de Rhonda. "En primer lugar, no es una cantidad pequeña. Te prometo que haré todo lo posible para conseguirla. Segundo, cuando consigas dinero, debes devolvérmelo enseguida. Tercero, ¡no esperes que vuelva a ayudarte!".
Rhonda asintió con sinceridad. "Te devolveré el dinero en cuanto venda mi apartamento, ¡lo prometo! Y no volveré a pedirte dinero prestado, puedes confiar en mí".
Eliam giró y volvió a entrar sin decir una palabra.
Pronto les llegó el turno de cumplir con las formalidades. Él estuvo enviando mensajes todo el tiempo. Ella no tenía ni idea de lo que hacía.
Tras terminar todos los trámites y registrar su matrimonio, Eliam dijo que tenía que volver a la empresa, y le pidió a su ahora esposa que fuera a casa, empacara sus pertenencias y se mudara a su casa mañana por la noche.
Luego, el chico tomó un taxi y se marchó.
Rhonda no pudo evitar preguntarse si había ido demasiado lejos. Él le había prometido darle quinientos mil, pero ella le pidió prestados otros quinientos mil. No le sorprendía que la tratara con frialdad.
Sin embargo, ella no tuvo elección.
Mientras tanto, Eliam se bajó del taxi en el siguiente cruce y se dirigió hacia un Bentley negro aparcado a un lado de la carretera.
Llamó al mayordomo por el camino y le pidió que retirara todos los muebles y adornos valiosos de la casa de su abuelo y los sustituyera por otros de segunda mano.
También le pidió que le comprara un coche de segunda mano de cien mil dólares.
Se subió al Bentley negro y se quitó el reloj de diamantes que usaba, valorado en diez millones.
Después, volvió a inspeccionarse.
Luego de asegurarse de que no tenía objetos de lujo, excepto su traje y su celular, respiró aliviado.
Rhonda, por supuesto, no tenía ni idea de que acababa de casarse con un multimillonario.
Ella fue a una agencia inmobiliaria, puso su apartamento a la venta en Internet y se apresuró a ir a la empresa.
En cuanto entró en la compañía, vio a Cristina quejándose de ella con la recepcionista.
Dado que Cristina estaba parada de espaldas a la puerta, no había visto entrar a Rhonda.
"Sedujo a un profesor cuando estaba en la escuela", dijo emocionada. "Es más, me dijeron que él fue el que le redactó la tesis".
"Es posible, ¿no? ¡Después de todo, ella es muy bonita!", dijo la recepcionista con celos.
"Claro, se sabe atractiva y seduce a los hombres para que hagan las cosas por ella", se burló Cristina.
"Ese es su 'talento'. Escuché que su novio es un sujeto bastante guapo. ¿Él también es su compañero de clase?".
"Bueno, Santino es mi novio ahora", replicó Cristina, inflando el pecho con orgullo.
"¡Guau! ¿Cuando pasó eso?", preguntó la recepcionista, aplaudiendo con entusiasmo. "¿Eso quiere decir que dejó a Rhonda?".
"Vaya, ¿te alegra tanto saber que me dejaron?". Al escuchar esa voz, las otras dos retrocedieron en estado de conmoción.
"¡Dios mío, Rhonda! ¿Me quieres matar de un susto?", exclamó Cristina.
"Mira, en lugar de perder el tiempo chismorreando sobre mí, mejor ayuda a Santino a enviar su currículum a diferentes empresas. A fin de cuentas, no puedes mantenerlo con tu salario".
Si bien ellas eran compañeras de clase, Rhonda se había convertido en una exitosa gerente financiera hacía varios años, mientras que Cristina todavía era cajera. Por lo tanto, Rhonda ganaba mucho más dinero.
Aun así, la chica tenía otros dos trabajos de medio tiempo. Unos días repartía volantes en la calle, y los fines de semana trabajaba como modelo para una empresa de publicidad. Rhonda trabajaba muy duro porque Santino era un derrochador. El joven no tenía una fuente de ingresos fija, pero gastaba dinero como loco. Se pasaba el día jugando videojuegos, compraba artículos de lujo, y todas las noches se iba a festejar a un bar.
De todos modos, Rhonda no quería recordarle eso a Cristina porque esta última consideraba a Santino un santo tesoro.
Sin embargo, el sarcasmo de Rhonda hizo que Cristina asumiera que estaba celosa.
"No te preocupes por eso", le sonrió con suficiencia. "La Corporación Sloan lo llamó para una entrevista. ¿Has oído hablar de esa compañía? Es una de las más importantes del país, y ofrecen un sueldo de cincuenta mil dólares al mes. ¡Jajaja! ¿Cómo te quedó el ojo?".
"¡Ay, por favor, madura!", espetó Rhonda regresando a su oficina.
Acto seguido, su mirada se posó en las facturas apiladas en su escritorio, y le preguntó a su asistente:
"¿Esto no es trabajo de los cajeros? ¿Qué se supone que debo hacer yo?".
"El señor Marshall dijo que Cristina no se ha sentido bien últimamente y pidió que lo hicieras por ella", respondió el asistente.
"¿Qué? ¿Por qué? ¿Quién diablos es ella?", se quejó Rhonda, tirando con enojo la carpeta que tenía en la mano, provocando que las facturas se esparcieran por todo el piso.
Lo peor era que esa no era la primera vez que algo así sucedía, el asunto era que Rhonda nunca antes se había dado cuenta de lo astuta que podía ser Cristina. De hecho, ahora se sentía estúpida por alguna vez haberla considerado su mejor amiga.
Ese día, la pobre Rhonda ni siquiera había tenido tiempo de almorzar.
Y por la noche, cuando llegó a casa, cenó fideos instantáneos antes de hacer una videollamada con su abuela, Nora Horton. Nora no sabía que tenía cáncer, y Rhonda tampoco se lo mencionó. Solo le había pedido a su abuela que cooperara con el tratamiento y que no se preocupara por el costo de la operación porque ya ella lo había arreglado todo.
Por supuesto, la anciana entendía que su nieta era una mujer muy ocupada, por lo que siempre le decía que se relajara un poco.
Rhonda quería contarle a Nora sobre su repentino matrimonio, pero finalmente decidió no hacerlo.
A la mañana siguiente, la joven se despertó con fiebre, le dolía todo el cuerpo, y se tomó el día libre en el trabajo.
Llegado el mediodía, sabiendo que tenía que mudarse a la residencia de la familia Sloan, comenzó a empacar sus pertenencias.
Era pertinente mencionar que la idea de dormir en la misma cama con un extraño la tenía aterrada.
De todas maneras, agarró su maleta y se dirigió a la dirección que le había enviado Eliam.
No. 88 de calle Euston. Este lugar estaba ubicado en un antiguo barrio residencial, en una zona estrecha. Allí, se podían ver bicicletas, triciclos eléctricos y trastos viejos alineados a ambos lados de la calle.
Arrastrando su maleta con un caminar pesado, Rhonda le preguntó a alguien dónde estaba la casa No. 88 porque no podía encontrarla.
Sentía que había perdido el rumbo.
Cuanto más se adentraba en la comunidad, el camino la conducía a un entorno mucho más elegante, incluso se podían ver garajes privados y autos de lujo.
No obstante, seguía sin encontrar la casa No. 88. Les había preguntado a varias personas en el camino, y todas le dijeron que siguiera caminando.
Casi al final de la calle, decidió llamar a Eliam, pero su teléfono parecía estar apagado.
Ansiosa, enojada, e impotente, Rhonda no podía entender qué le pasaba.
Eliam le había pedido que se mudara esa misma noche sin siquiera ofrecerse a recogerla. A ella no le había importado eso, pero ahora estaba perdida y enojada con él por no contestar sus llamadas.
En medio de un callejón sin salida, la cabeza de la chica comenzó a dar vueltas, por lo que se agachó en los escalones de piedra al lado del césped de una mansión. Pasado un largo rato, los faros de un auto iluminaron la calle y se detuvo un par de metros delante de ella.
Al alzar la vista, Rhonda vio a Eliam salir del auto.
Con eso, trató de ponerse de pie, pero sus piernas se habían entumecido y se tambaleó hacia adelante.
Por suerte, Eliam la sostuvo con sus fuertes brazos.
"Gracias", dijo ella con timidez.
"¿Qué haces aquí afuera? ¿Por qué no entraste?".
"No sé qué casa es la número 88".
"¿Fuiste tú la que me llamó hace rato?". El teléfono de Eliam había estado sonando sin parar justo cuando se encontraba en una reunión con los altos ejecutivos, razón por la cual lo terminó apagando.
"Sí, ¿por qué no me contestaste?". Rhonda estaba un poco enojada porque sentía que él se estaba haciendo el tonto.
"Entremos, ¿sí?", dijo él sin molestarse en explicar. En ese instante los ojos de Rhonda se agrandaron. Luego, apartando las ramas que cubrían la enorme puerta, finalmente vio la placa con el número 88.
Al abrir, rápidamente una mujer de unos cincuenta años salió de la casa.
"Maggie, ¿el abuelo está dormido?".
"Todavía no. ¡Está esperándolos!".
Entrando, Eliam no se dio cuenta de que Rhonda estaba luchando por arrastrar su maleta.
Las escaleras eran un poco altas y ella apenas podía dar un paso, a pesar de usar todas sus fuerzas.
De pronto, miró hacia arriba al sentir que su peso se aliviaba, y vio que Eliam se la quitaba de encima. Estaba un poco conmovida con esa acción porque Santino jamás la había ayudado en nada.
Ni cuando se mudaron al departamento la última vez Santino movió un dedo para algo. Al contrario, se quejó de que ella no había limpiado el apartamento mientras él jugaba videojuegos. Incluso le pidió que le ordenara comida.
"¿Por qué no entras?".
El tono de molestia de Eliam había interrumpido el tren de pensamientos de Rhonda, que asintió y lo siguió al patio.
Aunque el patio no era tan grande, estaba limpio y bastante ordenado.
"¡Ay!", aulló Rhonda de dolor al tropezar con una piedra que casi la hace caer al suelo.
Al ver que el chico se daba la vuelta con el ceño fruncido, ella agitó la mano con torpeza, diciendo: "Estoy bien...".
Mirando la piedra en el suelo, Eliam se acercó y la apartó de una patada, para tenderle la mano a Rhonda.
Las venas de su antebrazo parecían sobresalir, y los callos en su palma revelaban que hacía mucho ejercicio.
Lanzándole una mirada indecisa, la chica no parecía tener idea de lo que él estaba haciendo.
Por su parte, Eliam hizo una mueca y la tomó de la mano, provocando que el corazón de la mujer se acelerara. Hasta el pelo de la nuca se le erizó.
Ajeno a ello, Eliam le entregó la maleta a Maggie, y luego llevó a Rhonda a la habitación de su abuelo.