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Me Alejó, Ahora Me Persigue

Me Alejó, Ahora Me Persigue

Autor: : Chang Wei Tu Tu
Género: Xuanhuan
Renací el día de mi quincuagésima sexta confesión pública a mi tutora, Carlota Mayo. En mi vida pasada, mi obsesión la había destruido, llevándola a un matrimonio miserable y a su muerte mientras me salvaba. Esta vez, juré arreglarlo. Para empujarla hacia el hombre que realmente amaba, llamé a Horacio Franco para que viniera. Pero en el momento en que llegó, un pesado reflector del escenario se estrelló en el suelo entre ellos. De inmediato, Horacio gritó que yo había intentado matarlo. Carlota, la mujer por la que di mi vida, le creyó al instante. De vuelta en la casa, me sirvió una sopa con cacahuates, sabiendo que tengo una alergia mortal. Mientras mi garganta se cerraba, él "accidentalmente" tiró el EpiPen de mi mano y convenció a Carlota de que estaba teniendo un episodio violento. Ella me vio asfixiarme, con el rostro lleno de asco. "Llévenlo al cuarto frío del sótano", ordenó a seguridad. "Que se enfríe un poco". La mujer que una vez me llevó de urgencias al hospital por esta misma alergia, ahora me veía como un monstruo. Mientras me arrastraban, miré hacia atrás una última vez. Por encima del hombro de Carlota, Horacio me miraba directamente. Estaba sonriendo. Finalmente lo entendí. Mi obsesión no era el único veneno en nuestras vidas. Era él. Y esta vez, no la salvaría de mí. La salvaría de él.

Capítulo 1

Renací el día de mi quincuagésima sexta confesión pública a mi tutora, Carlota Mayo. En mi vida pasada, mi obsesión la había destruido, llevándola a un matrimonio miserable y a su muerte mientras me salvaba. Esta vez, juré arreglarlo.

Para empujarla hacia el hombre que realmente amaba, llamé a Horacio Franco para que viniera. Pero en el momento en que llegó, un pesado reflector del escenario se estrelló en el suelo entre ellos. De inmediato, Horacio gritó que yo había intentado matarlo.

Carlota, la mujer por la que di mi vida, le creyó al instante.

De vuelta en la casa, me sirvió una sopa con cacahuates, sabiendo que tengo una alergia mortal. Mientras mi garganta se cerraba, él "accidentalmente" tiró el EpiPen de mi mano y convenció a Carlota de que estaba teniendo un episodio violento.

Ella me vio asfixiarme, con el rostro lleno de asco.

"Llévenlo al cuarto frío del sótano", ordenó a seguridad. "Que se enfríe un poco".

La mujer que una vez me llevó de urgencias al hospital por esta misma alergia, ahora me veía como un monstruo.

Mientras me arrastraban, miré hacia atrás una última vez. Por encima del hombro de Carlota, Horacio me miraba directamente.

Estaba sonriendo.

Finalmente lo entendí. Mi obsesión no era el único veneno en nuestras vidas. Era él. Y esta vez, no la salvaría de mí. La salvaría de él.

Capítulo 1

Renací el día de mi quincuagésima sexta confesión pública.

El aire en el gran salón del St. Regis olía a champaña y a rosas. Cientos de ojos estaban sobre mí, una mezcla de lástima y burla. Veían a un joven patético, Alejandro "Álex" Meléndez, obsesionado con su tutora, Carlota Mayo, una mujer diez años mayor que él, una titán del mundo de la tecnología.

La pantalla gigante detrás de mí mostraba una y otra vez su rostro. Era la misma presentación de mi vida anterior. Las mismas rosas. La misma esperanza sofocante.

Mi corazón golpeaba mis costillas, no con la anticipación de un enamorado, sino con el ritmo frío y duro del más puro terror. Mis manos estaban resbaladizas por el sudor. Esto era real. Estaba sucediendo de nuevo.

Entonces, las puertas se abrieron de par en par.

Ahí estaba Carlota.

Llevaba un traje sastre negro que la hacía parecer una reina inspeccionando un campo de batalla. Su cabello estaba recogido en un moño severo y sus ojos, los mismos que una vez me miraron con calidez, ahora eran esquirlas de hielo.

Su mirada recorrió el ridículo despliegue, el "Cásate conmigo, Carlota" escrito con mil rosas rojas, y finalmente se posó en mí. El desprecio en sus ojos fue un golpe físico.

"Álex".

Su voz cortó los murmullos de la multitud.

"¿Qué ridiculez es esta?".

Soy su protegido. Me acogió cuando mis padres, sus amigos, murieron en un accidente de avión cuando yo tenía ocho años. Legalmente, es mi tutora. En mi corazón, era mi mundo.

Se acercó, sus tacones marcando un ritmo furioso sobre el piso de mármol. "Te lo he dicho. Esto es inapropiado. Soy tu tutora. No tu... objeto de afecto".

Me agarró la muñeca, su agarre dolorosamente fuerte. La tela cara de la manga de su traje rozó mi piel.

"Termina con esto. Ahora".

Tenía la garganta seca. Todo lo que podía ver era su rostro de mi último recuerdo, manchado de sangre y lágrimas, su cuerpo protegiendo el mío de los restos de nuestro auto que caían.

"Vive, Álex", había jadeado, su último aliento una bocanada cálida contra mi mejilla. "Solo... vive".

Murió salvándome. Después de toda una vida en la que mi obsesión lo destruyó todo. Saboteé su relación con Horacio Franco, el hombre que realmente amaba. Provoqué la muerte de él en un "accidente" montado. Ella se casó conmigo por un retorcido sentido del deber, un castigo para ambos. Nuestro matrimonio fue un infierno frío y silencioso. Y al final, su acto de salvarme fue la única muestra de amor genuino que me había dado en años, y le costó todo.

Ahora, tenía una segunda oportunidad. No para mí. Para ella.

Los recuerdos pasaron por mi mente en una fracción de segundo, una vida de arrepentimiento comprimida en un solo y agonizante momento.

La miré, a la furia helada en su rostro, y por primera vez, no vi rechazo. Vi una jaula. Una jaula que yo ayudé a construir.

No cometeré el mismo error.

Respiré hondo, forzando a que el temblor desapareciera de mi voz. Dejé caer los hombros, fingiendo una expresión de derrota.

"Tienes razón, Carlota".

Me volví hacia la multitud atónita. "Lo siento, a todos. Esto fue un error. Una broma infantil que fue demasiado lejos".

Esbocé una pequeña y triste sonrisa. "Mi tutora tiene razón. Necesito madurar".

El agarre de Carlota en mi muñeca se aflojó. Me miró fijamente, con los ojos entrecerrados por la sospecha. Esta no era la reacción que esperaba. Esperaba lágrimas, súplicas, una escena dramática. No esperaba una rendición.

"¿A qué estás jugando ahora?", murmuró, su voz baja y peligrosa.

La ignoré. En su lugar, saqué mi celular. Mis dedos temblaban mientras buscaba un nombre que conocía de memoria. Horacio Franco. En mi vida pasada, borré este número con una satisfacción cruel. Ahora, era mi única herramienta para su salvación.

Presioné 'llamar'.

El teléfono sonó una, dos veces. Contestó.

"¿Bueno?".

"Horacio", dije, mi voz lo suficientemente alta para que Carlota la oyera. "Soy Álex. Estoy en el salón principal del St. Regis. Carlota quiere verte. Te ha estado esperando".

Un instante de silencio al otro lado. "¿Qué?".

"Solo ven", dije, y colgué.

Me volví hacia Carlota. Me obligué a encontrar su mirada sospechosa.

"Él era con quien querías estar aquí, ¿no es así?". Mi voz era un susurro hueco. "Lo siento. Por todo".

Antes de que pudiera procesar mis palabras, Horacio Franco entró. Era carismático, guapo, todo lo que yo no era. Miró la escena, confundido, luego sus ojos encontraron los de Carlota, y una lenta sonrisa se extendió por su rostro.

Caminó hacia ella, sin apartar nunca los ojos de los suyos. Ni siquiera me miró.

"Carlota", dijo, su voz una caricia grave. "Recibí una llamada extraña".

Ella todavía me miraba, su mente claramente acelerada, tratando de entender mi jugada. Es una directora ejecutiva. Busca la estrategia, la manipulación en todo.

Y fue entonces cuando lo vi. Un parpadeo de movimiento desde arriba. Uno de los pesados reflectores del escenario, directamente sobre Horacio y Carlota, se tambaleaba.

En mi vida pasada, esto no sucedió.

Mi sangre se heló. Es Horacio. Debe haberlo arreglado. Una forma de incriminarme desde el principio.

"¡Cuidado!", grité, lanzándome hacia adelante.

Pero era demasiado tarde. Carlota, siempre protectora del hombre que ama, reaccionó por instinto. Agarró el brazo de Horacio y tiró de él hacia atrás, sacándolo del camino del peligro.

Tropezaron hacia atrás juntos, una imagen perfecta de preocupación.

El pesado armatoste de metal se estrelló contra el suelo exactamente donde habían estado parados. No me golpeó directamente, pero la fuerza del impacto lo hizo deslizarse por el mármol. Se estrelló contra mi pierna, y una lluvia de chispas calientes y vidrios rotos estalló, salpicándome la cara y los brazos.

Un dolor agudo me recorrió la pierna. Me derrumbé, el mundo se inclinó.

La multitud ahogó un grito.

A través del zumbido en mis oídos, escuché la voz de Horacio, cargada de pánico y acusación fabricados.

"¡Dios mío, Carlota! ¡Él hizo esto! ¡Intentó matarme!".

Levanté la vista. Horacio me señalaba con un dedo tembloroso, su rostro una máscara de terror. Carlota lo miraba a él, luego a mí. Su expresión se endureció, pasando de la sospecha al asco puro e inalterado.

Le creyó.

"Sáquenlo de aquí", dijo, su voz como el hielo.

Dos guardias de seguridad me levantaron. El dolor en mi pierna era un fuego blanco, pero no era nada comparado con el abismo helado que se abría en mi pecho.

Ni siquiera miró mis heridas. Estaba atendiendo a Horacio, quitándole una mota de polvo de su traje perfecto.

Me arrastraron. Mientras me sacaban por la puerta, miré hacia atrás una última vez.

La vi a ella, la mujer por la que di mi vida, rodeando con sus brazos al hombre que la destruiría.

Y vi a Horacio Franco, por encima de su hombro, mirándome directamente.

Estaba sonriendo.

Capítulo 2

Desperté en mi propia cama. El blanco estéril de un hospital era un recuerdo de otra vida. Esta vez, mi castigo era más personal.

Mi brazo estaba vendado, pero el trabajo era torpe, hecho con rabia. Mi pierna palpitaba con un dolor profundo y persistente. Carlota no desperdiciaría un médico en mí por un "numerito" como ese.

Tomé mi celular. La pantalla era un faro en la habitación oscura. Una alerta de noticias fue lo primero que vi.

"¿Titanes de la tecnología enamorados? Carlota Mayo y Horacio Franco: una noche de drama y romance".

Debajo del titular había una foto. Carlota y Horacio saliendo del hotel. Él la rodeaba con el brazo, en un gesto protector. Ella se inclinaba hacia él, con el rostro vuelto hacia el suyo. Se veían perfectos juntos.

Una oleada de náuseas me golpeó, tan aguda que me dejó sin aliento. Esto es lo que yo quería. Este es el precio.

Mis ojos se desviaron hacia mi escritorio. Allí había un sobre grueso de una universidad en Guadalajara. La carta de aceptación para su programa de veterinaria. La última vez, la tiré sin pensarlo dos veces. Mi mundo estaba aquí, con ella.

Ahora, era mi única vía de escape.

Un suave golpe en la puerta me hizo saltar. Se abrió y Horacio Franco entró. Llevaba un tazón de sopa, con una sonrisa amable y preocupada en el rostro.

"Hola, chavo", dijo en voz baja. "Carlota está ocupada en reuniones, pero quería que me asegurara de que comieras algo. Está preocupada".

Puso el tazón en mi mesita de noche. El vapor se elevó, llevando un aroma familiar, enfermizamente dulce.

Cacahuates.

Soy mortalmente alérgico a los cacahuates. Una cucharada podría cerrarme la garganta.

Horacio lo sabe. Por supuesto que lo sabe. En mi vida pasada, vi el archivo detallado que su asistente guardaba sobre mí. Alergias, miedos, historial médico. Horacio se habría encargado de conocer mis debilidades.

"No tengo hambre", dije, con la voz ronca.

La sonrisa de Horacio se tensó una fracción. "Vamos, Álex. No seas difícil. Carlota la preparó ella misma antes de irse esta mañana. Se va a decepcionar mucho".

Una mentira. Carlota no ha cocinado en más de una década. Pero es una mentira diseñada para herir.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Era Carlota. Parecía cansada, estresada, pero forzó una pequeña sonrisa cuando vio a Horacio.

"Veo que estás jugando a la enfermera", le dijo a él, su voz suavizándose.

Luego me miró y su rostro se endureció. "¿Qué pasa ahora? Álex, Horacio está siendo amable contigo. Lo menos que puedes hacer es ser agradecido".

La miré, una súplica desesperada y silenciosa en mis ojos. *Tú lo sabes. Tienes que recordarlo.* Ella fue quien me llevó de urgencia al hospital cuando tenía diez años después de comer una galleta en una fiesta de la escuela. Me sostuvo la mano todo el tiempo, susurrando que nunca dejaría que nada me pasara.

Pero la mujer que estaba frente a mí no era la misma persona. El amor la había cegado. O quizás, mi obsesión rompió esa parte de ella hace mucho tiempo.

No había reconocimiento en sus ojos. Solo impaciencia.

Esta es la prueba. Y tengo que fallarla. Por su bien.

Con una mano que se sentía desconectada de mi cuerpo, tomé la cuchara. Recogí el líquido cremoso.

Me la llevé a los labios y tragué.

La reacción fue violenta e inmediata. Mi garganta se cerró. Se sentía como si estuviera llena de grava caliente. No podía respirar. Sonidos sibilantes escaparon de mis labios mientras dejaba caer el tazón, arañándome el cuello.

Mi EpiPen. Está en el cajón de mi escritorio. Tropecé hacia él, con la visión borrosa.

Logré abrir el cajón, mis dedos buscando torpemente el autoinyector.

"¡Mira, va a agarrar algo!", gritó Horacio, con un temblor de pánico en la voz.

"Tropezó" hacia adelante, chocando conmigo. Mi mano tuvo un espasmo. El EpiPen salió volando de mi agarre, deslizándose por el piso de madera y debajo de la cama.

Caí de rodillas, jadeando por aire. Miré a Carlota, con la mano extendida, una súplica silenciosa de ayuda.

Ella vio a un monstruo.

Me vio a mí, un chico "violento e inestable", tratando de alcanzar al hombre que ama.

"¡Álex, detente! ¡Estás loco!", gritó, su rostro una máscara de horror y furia.

Agarró su teléfono, no para llamar al 911, sino para marcar el número rápido de seguridad.

"Está teniendo otro episodio. Llévenlo al cuarto frío del sótano. Que se enfríe".

El cuarto frío. Era un castigo de broma cuando era niño, después de que rompí un jarrón. Le tenía pánico a la oscuridad, y me encerraba por un minuto antes de abrir la puerta y reírse, atrayéndome en un abrazo.

Ahora, era una tumba.

Dos guardias me agarraron por los brazos. No podía luchar. Mis pulmones estaban en llamas. Puntos negros bailaban en mi visión.

Mientras me sacaban de la habitación, escuché la voz tranquilizadora de Horacio.

"Está bien, Carlota. No fue su intención. Simplemente no está bien".

Lo último que vi antes de que cerraran de golpe la pesada puerta aislante fue a Carlota, permitiendo que Horacio la atrajera en un abrazo reconfortante, dándome la espalda por completo.

El clic de la cerradura resonó en la oscuridad helada. Luego, solo quedó el sonido de mi propia respiración irregular y fallida.

Capítulo 3

Una rendija de luz y una ráfaga de aire cálido me salvaron. Una de las empleadas más nuevas, enviada a buscar algo, me encontró horas después, con los labios azules e inconsciente en el suelo.

Pasé los siguientes dos días en un delirio febril en mi habitación. Ningún médico vino. Nadie me revisó, excepto la empleada que me traía las comidas, con los ojos llenos de lástima.

Al tercer día, el mundo volvió a enfocarse con una claridad cruel. Escuché sonidos desconocidos en el pasillo: risas, hombres de la mudanza. Horacio Franco se estaba mudando.

No solo se mudó. Tomó mi habitación.

"La luz es mucho mejor aquí", le oí decir a Carlota en el pasillo. "Y la vista de los jardines es espectacular. No te importa, ¿verdad, cariño?".

"Por supuesto que no", respondió ella, con voz indulgente. "Álex puede tomar la habitación de invitados en el ala oeste. Apenas usa este espacio de todos modos".

Mi habitación. La habitación que ella diseñó para mí después de que mis padres murieron. La que tenía el techo pintado como un cielo nocturno, porque tenía miedo de dormir en la oscuridad.

No protesté. No dije una palabra. Solo observé cómo los hombres de la mudanza se llevaban mi vida en cajas.

Lo único que importaba era el peso cálido y vivo acurrucado a mis pies. Beto. Un pequeño terrier mestizo y desaliñado que encontré abandonado en un parque el año pasado. Es mi sombra, mi confidente, la única criatura en esta casa que me mira sin una agenda.

Empaqué mis pocas pertenencias en una sola maleta. Mi nueva habitación era más pequeña, más fría, con vistas al garaje. Beto pareció sentir el cambio, gimoteando suavemente y empujando mi mano con su nariz húmeda.

Horacio comenzó su reinado en la casa. Se quejaba de que Beto soltaba pelo. "Accidentalmente" tropezaba con él. Le dijo a Carlota que el perro era un "mugroso perro callejero" que no pertenecía a una casa como esta. Cada queja abría otra brecha entre ella y yo.

Una tarde, estaba al teléfono, haciendo una llamada difícil. Era a un refugio que no sacrifica animales a una hora de distancia. Estaba arreglando llevar a Beto allí, para mantenerlo a salvo hasta que pudiera irme a Guadalajara.

"Puedo llevarlo mañana", dije, con la voz entrecortada.

De repente, un ladrido agudo cortó el aire. Era Beto. Venía del balcón de mi antigua habitación.

Mi sangre se congeló.

Dejé caer el teléfono y corrí. Salí al rellano principal justo a tiempo para verlo.

Horacio estaba de pie en el balcón, sosteniendo a Beto por el pellejo del cuello, colgándolo sobre el patio de piedra tres pisos más abajo.

Me vio, y una sonrisa lenta y cruel se extendió por su rostro.

"Esta pequeña rata es una verdadera molestia, Álex", dijo, su voz casual, como si estuviera hablando del clima.

"¡Horacio, no!", grité, lanzándome hacia las escaleras. "¡Por favor!".

Él solo me observó, sus ojos brillando con triunfo.

"Es como tú", dijo en voz baja. "Un callejero que nunca debería haber sido traído a un lugar como este".

Y entonces, lo soltó.

El tiempo se ralentizó. Vi el pequeño y confundido cuerpo de Beto caer por el aire. Vi el destello de su pelaje blanco contra el cielo gris.

El sonido cuando golpeó la piedra fue un golpe seco, nauseabundo y final.

Mi propio grito fue crudo, arrancado de la parte más profunda de mi alma. Miré la pequeña forma rota en el patio. Inmóvil.

"Él también era huérfano, ¿sabes?", dijo Horacio desde el balcón, su voz teñida de falsa simpatía. "Igual que tú. Tus padres murieron tan trágicamente, ¿no? Una lástima que le dejaran su desastre a Carlota para que lo limpiara".

Algo dentro de mí se rompió.

El dolor, el sufrimiento, la injusticia de dos vidas, todo se encendió en un solo punto de rabia al rojo vivo.

No recuerdo haber subido corriendo las escaleras. Solo recuerdo el crujido de un hueso bajo mi puño. Estoy encima de él, mis manos en su garganta, el mundo se ha vuelto rojo.

Voy a matarlo.

"¡Álex! ¡¿Qué estás haciendo?!".

El grito de Carlota me trajo de vuelta.

Estaba de pie en la puerta, con el rostro pálido por la conmoción. Me ve a mí, un animal salvaje, encima de Horacio, que sangra por una nariz rota y jadea por aire.

No ve al monstruo que acaba de asesinar a mi perro.

Ve al monstruo que siempre ha creído que soy.

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