Él engañó a mi esposo
Con pasos lentos, me aproximo a la puerta de la oficina de mi querido y atractivo marido. Tengo que preguntarle qué tal me queda el nuevo vestido que Beige diseñó exclusivamente para mí. Apenas llegué a la celebración y no lo vi por ninguna parte; sin embargo, en cuanto escucho los gemidos y jadeos ahogados que provienen del interior del despacho, me detengo en seco, conmocionada. Me quedo sin aliento por lo que mis oídos están captando.
-Ah, ah... -gime ella.
-Eres tan estrecha, Bri. Me encanta que seas así -dice mi esposo con voz entrecortada. Se nota cuánto está disfrutando.
¿Está él con otra mujer?
Retomo el paso con cautela para escuchar con mayor claridad los lamentos de puro placer de esa desconocida, acompañados por la respiración agitada de mi cónyuge.
¿No puedo creerlo?
Siento la ira recorriendo cada fibra de mi ser. Maldito desgraciado. Tres años casados, tres putos años, y miren esto. Me va a escuchar. Todo se irá al carajo, absolutamente todo.
Del otro lado de la oficina...
POV Barbra
Allí nos encontramos los dos, empapados en sudor. Sus manos firmes me sujetan de las nalgas; las aprieta con fuerza mientras se impulsa dentro de mí sin piedad.
-Pueden... ¡Ah! -gimo sonoramente al sentir de nuevo su miembro penetrarme, mientras me aferro al escritorio con desesperación-, entrar...
Mis pies están de puntillas sobre el piso y mi ropa interior yace justo debajo de ellos. No se conformó con dejarme el vestido a medio quitar, sino que lo retiró por completo, dejándome totalmente desnuda.
Entré a su despacho porque me mandó llamar, según indicó el encargado. Supuestamente era un asunto del restaurante. ¿Justo en plena fiesta? Aun así, acudí. Y las cosas terminaron de un modo muy distinto.
-Es mi oficina, no pueden entrar a menos que yo dé el permiso -se interna de nuevo en mi interior.
Cierro los ojos mientras me sostengo con firmeza. Mis pechos descubiertos oscilan por el vaivén y mis pezones erectos rozan el vidrio del mueble.
¿Cómo es que en un tiempo lo odié tanto y luego caí en su juego perverso?
Pero no mentiré: me fascina cuando me posee. Lo hace tan bien. Me volví adicta a su cuerpo y él al mío. Todo comenzó como algo laboral, pero después de que ambos cedimos a la tentación y exploramos nuestras anatomías, no nos detuvimos.
Entonces su ritmo se acelera; me embiste con rapidez. Su pelvis choca contra mis glúteos generando un eco seco en la habitación. Siento cómo entra y sale de mí, volviéndome loca de puro deleite, extasiada por su balanceo. Me sujeto con fuerza y muerdo mi labio inferior; reprimo los gritos, gozando de la lujuria que me transmite.
En ese momento, noto que se inclina un poco hacia adelante.
-Mírame -ordena.
Con lentitud, giro el rostro y me encuentro con sus ojos azules, cuyas pupilas están completamente dilatadas. No respondo, solo me muerdo el labio y jadeo mientras percibo cada una de sus estocadas.
-Gime, maldita sea -suelta con su voz grave y, con la mano, apresa mi mandíbula suavemente, obligándome a observar su semblante cargado de deseo.
Sonrío con malicia mientras lo observo y, al ver que lo ignoro, insiste:
-Bri, hazlo -me da una palmada en la nalga derecha, tan potente que la siento arder-. Sabes que me excita escucharte... -su voz sale entre dientes.
-¡Oh! -entreabro los labios y vuelve a entrar con brío, ocasionando que mi cuerpo se proyecte hacia adelante. Eso me enciende aún más-. ¡Ah! -gimo nuevamente mientras aprieto los bordes del escritorio y cierro los párpados.
Él continúa con su labor y yo estoy a punto de perder el juicio. Siento esa electrizante sensación que me hace viajar. Jadeo bajo, con la respiración desbocada, y dejo caer mi cabeza sobre la madera. Después, siento cómo se derrama en mi interior y sus manos me estrujan con fuerza; al mismo tiempo, se impulsa una última vez y suelta un suspiro de alivio.
-¿Qué me querías decir? -pregunto con el aliento entrecortado.
Se retira y se aleja. Con las manos tomo impulso y me levanto para luego girarme. Lo veo de pie frente a mí. Su rostro está encendido y sus ojos lucen más claros de lo habitual. Solo viste su camisa blanca, arremangada y desabotonada.
Se puede apreciar su físico tan bien trabajado.
No responde; solo veo que se aproxima hacia donde estoy y, sujetando mi cabello, reclama mis labios con exigencia. Yo, apoyada todavía en el escritorio, correspondo a su beso ardiente.
-No te vayas a enojar esta noche -dice entre mis labios.
Elevo la mano y la presiono contra su pecho para distanciarlo un poco.
-¿Por qué lo dices? -inquiero mirándolo a los ojos, esta vez con seriedad.
-Porque el día de hoy, en la fiesta, me acompañará mi esposa.
Al escuchar sus palabras, abro la boca perpleja. El impacto es tan fuerte que siento un golpe en el pecho.
-¿Qué? -parpadeo, atónita.
-Bri...
De inmediato bajo la mirada hacia su mano y distingo el anillo reluciendo en su dedo. Es la primera vez que se lo veo puesto. ¿Cómo no me di cuenta antes? Lo vuelvo a mirar. La sangre me hierve con tan solo reproducir en mi cabeza lo que acaba de confesar.
-¡¿Estás casado?! -exclamo molesta.
-Sí.
Lo examino detenidamente.
-Ah... yo... -balbuceo, porque realmente me he quedado sin palabras-. No lo puedo creer -niego con la cabeza-. ¡¿Después de que me usas es cuando me dices tal cosa?!
-A ver, Bri. No es lo que crees -dice acomodando su cabello azabache hacia atrás mientras me observa.
-He estado teniendo sexo contigo y saliendo, ¿y ahora me sales con que estás casado? -lo fulmino con la mirada-. ¡Eres un maldito imbécil! -lo empujo de inmediato, alejándolo de mí, y después me coloco la ropa interior y mi vestido negro, que descansaba sobre el escritorio.
-Bri, no te pongas así. Te advertí que no te enojaras.
Me giro y lo encaro.
-¡¿Cómo pretendes que no me indigne?! He estado saliendo con un hombre casado -mis ojos escuecen-. Yo... yo no soy así. No hago este tipo de cosas. Si nos descubren, ante todos seré la amante que destruyó un matrimonio. Todos saben quién eres y cualquiera pudo habernos visto.
-De hecho, ya nos vieron.
Me quedo gélida al oírlo.
Él vuelve a hablar:
-Mi esposa ya está al tanto de lo nuestro -anuncia.
-¡¿Qué?! -casi suelto un grito.
Camino de un lado a otro mientras me cubro el rostro con las manos. Vendrá hoy a la fiesta y ya sabe quién soy. Presiento que se avecina un gran escándalo. Esa mujer me va a destrozar. Por Dios, qué van a decir mis compañeros de trabajo y los conocidos fuera de este restaurante. Afuera está la prensa. Solo espero que no sea una mujer violenta.
-¡¿Por qué no me lo dijiste antes?! -lo cuestiono con amargura.
Cierra los ojos y se apoya en su cintura soltando un suspiro.
-Bri, no te lo dije porque...
Lo interrumpo:
-¿Cuántos años llevas de casado?
Se queda en silencio por unos segundos.
-¡Responde! -le ordeno colérica.
-Tres años -confiesa finalmente.
Niego con la cabeza.
-Vaya. Es que... -me muerdo los labios-. Yo... no puedo con esto -levanto las manos en señal de rendición.
Sin decir nada más, me encamino hacia la puerta para salir, pero siento cómo la cierra detrás de mí, bloqueándome el paso. De inmediato me doy la vuelta y lo enfrento.
-Necesito irme -le aviso.
-Déjame explicarte, Bri -suelta en un tono severo.
-¡No quiero escucharte! ¡Ya todo está claro! -espeto muy cerca de su rostro-. ¡Ahora solo te pido que te alejes de mí! ¡No me llames ni me envíes mensajes! -hago una pausa-. ¡¿Y sabes qué?! ¡Seré yo quien hable con ella y lo haré ahora mismo!
Me vuelvo a girar para intentar abrir la puerta y, antes de que lo logre, una mujer entra en la estancia. Me quedo completamente estática al ver de quién se trata. No puedo dar crédito a quien tengo enfrente. Observo sus ojos azules, que me miran con severidad, cargados de furia, y puedo ver su anillo relucir en su dedo. Cuando voy a abrir la boca para articular palabra, ella me corta de inmediato:
-¡No digas nada! -levanta su mano hacia mí-. ¡Escuché todo lo que estaban haciendo tú y mi esposo! ¡Me enteré hasta del momento en que llegaron al orgasmo! -sentencia con voz firme y llena de indignación, mientras me clava una mirada encendida por el enfado.
Barbra
Trabajar y trabajar. En eso se basa la vida cuando eres adulto.
¿Quieres una casa? Debes trabajar.
¿Quieres salir a la playa o viajar a otro país? Debes trabajar.
¿Quieres un lindo vestido? Debes trabajar.
¿Quieres alcanzar tus sueños? Debes esforzarte duro para conseguirlos.
Si no trabajas, no tienes dinero. Y si no tienes dinero, no puedes hacer las cosas que te gustan. Es frustrante, lo sé.
Desde que tengo 19 años trabajo. He tenido muchos empleos: secretaria, niñera, repostera, panadera... de todo un poco. Me gradué de chef porque me apasiona cocinar y amo todo lo relacionado con la comida, tal como los médicos aman salvar vidas.
Estuve trabajando en un restaurante durante mucho tiempo, donde era la chef, pero me despidieron por culpa de una compañera. Así que tuve que buscar empleo en otro lugar y me aceptaron. No como chef, sino como ayudante de cocina. Qué más da, al menos estaré haciendo lo que me gusta. Aunque en realidad lo que más anhelo es tener mi propio restaurante, donde todos disfruten de mis recetas. Para eso me estoy esforzando, laborando día y noche.
Me levanto de la cama y entro a la ducha. Al salir, comienzo a vestirme: mi pantalón y mi camisa de trabajo, un poco de maquillaje natural y listo.
Al salir del apartamento, bajo al estacionamiento y subo a mi scooter negra, me pongo el casco y empiezo a recorrer las calles de Boston. Como de costumbre a esta hora, el tráfico es horrible, y si es día de semana, mucho peor. Al llegar, entro al estacionamiento, me quito el casco y lo guardo. Se ven los autos de mis compañeros. Agarro mi bolsito y entro por la parte trasera del restaurante.
Aquí todo es hermoso y lujoso. Trabajo en uno de los restaurantes más reconocidos y elegantes de Boston, al que acuden muchas personas importantes e incluso celebridades.
Al llegar a los casilleros, guardo mis cosas, me coloco el delantal, recojo mi cabello y me adentro en la enorme cocina. Aquí hay de todo para laborar con comodidad y es muy amplia porque somos muchas personas trabajando. La cantidad exacta que se necesita.
-Hola, Alma -saludo a una de mis compañeras mientras me lavo las manos.
-Hola, Barbra -responde ella, que viene con una cesta llena de pimentones y cebollas.
Mientras seco mis manos, siento que alguien se detiene detrás de mí. Por el olor, sé exactamente de quién se trata.
-Estás despedida -escucho su voz a mi espalda.
Me giro y la miro.
-Qué risa, Naomi -contesto con sarcasmo.
-¿Cómo amaneciste? -pregunta mientras se acomoda el delantal.
-Muy bien, ¿y tú? -inquiero, secando mis manos con un pequeño paño.
-Lo mismo.
En ese momento entra el chef. Es un hombre alto y delgado, de cabello negro y ojos verdes. Rupert es uno de los chefs más reconocidos de Francia, Italia y Estados Unidos.
-¡Bueno, bueno! -exclama dando palmadas para motivarnos-. ¡A trabajar, señores! ¡Hay muchas personas a las que atender!
Y entonces comienza el ajetreo en la cocina. Vamos de un lado a otro preparando diferentes platos. En mi puesto también incluyo lavar vajilla y seguir las órdenes del chef. El trabajo en cocina no es fácil, siempre terminas quemándote con agua caliente o aceite, y cortándote. Eso ocurre con frecuencia.
Después de tanto esfuerzo, llega la hora del almuerzo, lo que significa al menos unos minutos de descanso mientras se hace relevo.
-Vamos, tengo un hambre que me está matando -dice Naomi lavándose las manos.
Seco las mías y la miro.
-Claro, yo igual -respondo, agarrando mi vianda.
Espero a que termine y nos dirigimos juntas al comedor. Es un salón amplio de paredes blancas, mesas largas de hierro, aire acondicionado y hasta una televisión gigante -para cuando el jefe o el encargado quieren informar algún cambio-, entre otras cosas. Allí nos esperan Ricardo y Scarlett. Ellos son meseros, así que solo nos vemos a la hora de entrada, en el almuerzo y al salir. Tomamos asiento frente a ellos e iniciamos nuestra comida.
-¿Hamburguesa, Barbra? -pregunta Ricardo.
Lo miro y asiento.
-Hoy rompo mi dieta -sonrío divertida.
-¿Estás haciendo la de la toronja? -inquiere Scarlett.
Asiento.
-Sí -miento. La verdad es que la dejé hace unas semanas.
-Me comentaron que hoy viene tu persona favorita, Barbra -dice Ric con una leve sonrisa.
Estoy a punto de darle el primer mordisco a mi deliciosa hamburguesa, pero me detengo con la boca entreabierta y lo observo.
-¿El jefe?
Él afirma y mete unas papitas fritas en su boca.
-Qué fastidio... -comento haciendo una mueca y le doy un mordisco a mi hamburguesa.
-Sí, sabemos que tú y él no se llevaron bien la primera vez -recuerda Naomi.
Aún recuerdo el café caliente que le tiré encima sin querer.
-Ni la segunda -murmura Scarlett con diversión, llevándose un pedazo de queso mozzarella a la boca.
-Pero es tu jefe, ¿qué se va a hacer? -comenta Ricardo, curvando los labios.
-Lo sé... -respondo.
-¿A qué viene? -pregunta Scarlett.
-Lo de siempre. Viene a ver cómo va todo por acá.
-¿No confía en Jon? -Scarlett lo mira con las cejas elevadas y toma un sorbo de su lata de Coca-Cola.
-Por supuesto que confía en su encargado, Scarlett -replica Naomi-. Si no, Jon no estaría aquí y solo estaría él.
-Cierto... -añado-. Además, los dueños de las empresas deben cuidar y estar pendientes de sus negocios.
-Bueno, como sea, él viene hoy, así que compórtense todos -comenta Ricardo.
Suelto una risita leve.
-Díselo a Esmé -miro disimuladamente a la pelirroja, que está muy concentrada en su almuerzo mientras habla con su novio, que también trabaja con nosotros.
-¿Se imaginan que el jefe nos llegue de sorpresa sin avisar y los consiga en la despensa? -susurra Scarlett como si contara un secreto.
Naomi suelta una carcajada baja, cerrando los ojos.
-Lo que va a escuchar es algo como: ¡Oh, sí! ¡Ah! -simula Ricardo, imitando gemidos.
Casi escupo el pedazo de hamburguesa al oírlo.
-Nosotras no gemimos así -se defiende Naomi.
-Pero las actrices porno sí -repone él con tono inocente.
-Porque son actrices porno, les pagan por fingir orgasmos -continúa ella con su comida.
-¿Estás queriendo decir que ustedes también lo hacen, pero gratis? -Ric la mira con los ojos entrecerrados.
Ella desliza una sonrisa divertida.
-Nunca lo sabrás... -contesta y le guiña un ojo.
-En realidad algunas sí, pero eso depende del hombre con el que estés teniendo sexo -comenta Scarlett mirando su teléfono.
Los miro a todos.
-¿Cómo es que llegamos a este tema? -frunzo el ceño, intercambiando miradas con todos.
-¿El tamaño? -inquiere Ric.
Scarlett levanta la mirada.
-Puede ser... o lo que dure -se encoge de hombros.
-Quiero uno de esos -suelta Naomi-. En todos los años que tengo de vida, solo uno supo cómo cogerme bien.
Me es imposible no soltar una carcajada.
-¿Uno con pene de caballo? -pregunta Ricardo-. Eres golosa, amiga.
Los tres comienzan a reír con fuerza y yo casi me ahogo de nuevo.
-Ya cállate, Ricardo -dice Naomi entre risas.
-En fin, si los consiguen, posiblemente los despida de una -musita Scarlett entre risas, tapándose la boca.
-Despedidos por ser descubiertos teniendo sexo en la despensa de comida -agrega Naomi.
-Es mejor eso a que te despidan por cortarte un dedo o quemarte las manos -digo con una sonrisa.
Ricardo sonríe divertido.
-Quién te viera, Barbra -comenta moviendo la cabeza.
-El sexo es lo mejor... -suelta Scarlett simulando una voz excitada.
Libero una risa.
-En el fondo, estoy esperando a un Christian Grey que me azote todas las noches -comento divertida.
-No eres la única -Scarlett me lanza una mirada pícara-. Que use su látigo -suelta una carcajada fuerte.
-Uno que no te haga el amor, sino que te folle -añade Naomi riendo.
Y justo en ese momento se acaba la hora del descanso.
-Gracias al cielo -Ric junta las palmas y eleva la cabeza mirando al techo-. Señor, estas amistades que tengo me corrompen.
Todos nos levantamos de la mesa y salimos del comedor.
-Eres el peor de los tres, Ricardo -asegura Scarlett mirándolo.
Ricardo le dirige una mirada de inmediato.
-¿Quién dice? Soy un ángel delante de ustedes, las mujeres son muy perversas.
Regresamos a la cocina y cada quien vuelve a sus labores. De nuevo al vapor y al calor.
Mientras camino de un lado a otro, puedo ver a Esmé con Jack, su novio, que también trabaja en esta área. Están conversando muy acaramelados; ella le agarra el cuello de la camisa y él la tiene recostada contra la pared. Siempre es así, lo hacen por ratos cuando no hay mucha gente en la cocina. Y algunas veces, en secreto, hacen lo suyo. Lo sabemos gracias a Ric, quien un día, durante el descanso, entró a la cocina para buscar agua en el congelador y escuchó los gemidos bajos de ambos. ¿Cómo supimos que eran ellos? Porque eran los únicos que no estaban en el comedor y dedujimos que se encontraban en la despensa.
Pero como no es mi problema, sus vidas y lo que hagan, me dan igual.
En ese momento veo entrar a nuestro querido jefe a la cocina. Luce uno de sus típicos trajes ejecutivos de dos piezas, este de color gris. Travis Masson. Un empresario muy conocido y adinerado, solo eso sé de él, ya que su vida no me interesa en lo más mínimo.
¿Mi odio hacia él? Es simple. El señor Masson cree que Barbra es su mandadera personal. Desde que empecé a trabajar, cada vez que viene al restaurante me manda a hacer lo que quiere. Debo llevarle el café o la bebida que se le antoje, si llega a la hora del almuerzo casi siempre me manda a mí, si quiere comprar algo fuera, Barbra debe ir. Me tiene hasta la coronilla. Cada vez que el imbécil aparece y desea cualquier cosa, Barbra es la que debe ir o llevar. A las novatas siempre nos quieren pisotear, pero esa costumbre se le va a acabar.
Se detiene frente a la cocina, introduce las manos en los bolsillos de sus pantalones finos y nos examina a todos con atención. Su expresión está fruncida y su mandíbula contraída. En ese instante, nuestro chef se acerca a él y ambos se saludan estrechando las manos con tranquilidad.
Travis es unos centímetros más alto que yo, está en forma -se nota incluso bajo el chaleco ceñido-, su tez es clara pero algo bronceada, y sus ojos son de un azul intenso muy claro. Siempre anda impecable y en sus labios suele relucir una sonrisa pícara. Otra cosa que debo admitir es que tiene un rostro sumamente atractivo.
Hay que ser conscientes de que el hombre es más que un 10.
Rupert y el señor Masson se adentran en la oficina, donde los espera Jon. Sigo en lo mío. Agarro uno de los tomates que están en la cesta a mi lado, lo coloco sobre la tabla de madera, pongo la hoja del cuchillo encima y presiono para cortar una rodaja. Así continúo hasta picarlos todos, y luego empiezo con los pimentones, que corto en juliana. Puedo ver que en ese momento Rupert sale de la oficina y se detiene cerca de Naomi.
-El señor Masson quiere para almorzar chuletas de cerdo con ensalada César, salsa y puré de papas -le informa.
-Claro, señor, ya lo preparo -responde Naomi.
Después se acerca a mí.
-¿Qué haces?
«¿Estás ciego?» es lo que me provoca responderle.
-Como podrá ver, estoy picando unos pimentones. Estoy bastante ocupada -hablo sin mirarlo y paso mi muñeca por la frente, simulando secar un sudor inexistente-. Luego debo picar unos...
Me interrumpe.
-Ah, qué bien. El jefe quiere su cappuccino. ¿Puedes preparárselo?
Me dan ganas de zapatear.
Lo observo un momento y muerdo mi labio superior, tragándome las ganas de contestarle de mala manera. ¿Acaso no ve que estoy ocupada? Pero el jefe habló y hay que obedecer.
-Sí, por supuesto -respondo un minuto después, sonriendo sin ganas.
Él sonríe.
-Gracias, Evans.
-De nada, señor.
Se retira y yo voy a lavarme las manos. Luego preparo el cappuccino para mi adorado jefe. Cuando está listo, me dirijo a la oficina. Doy dos toques en la puerta y, al escuchar la voz de Jon decir "Adelante", giro la manilla y entro e inmediatamente percibo el aroma del perfume de mis dos jefes.
La oficina es bastante amplia, con ventanas que tienen persianas, un escritorio grande, una mini sala con sofás de terciopelo negro y detalles plateados, un mini bar y paredes color beige. La verdad, una oficina muy agradable.
Veo a Jon sentado en uno de los sofás negros, hablando por teléfono, y al señor Masson sentado frente al escritorio, usando la computadora.
-Buenas, señor. Aquí está su cappuccino -dejo la taza sobre el platillo al lado de su computadora.
No dice nada, no agradece. Solo permanece concentrado en la pantalla. Ni siquiera levanta la mirada.
«Tómalo con calma, Barbra.»
No agrego nada más, me doy la vuelta y me dirijo a la puerta; pero cuando voy a agarrar la manilla, escucho su voz. Aparto la mano, cierro el puño y maldigo entre dientes.
-Señorita Evans -escucho su voz gruesa.
Me giro con calma, lo miro y dejo relucir lentamente una sonrisa falsa. Con pasos lentos me acerco y me detengo frente a él.
-Dígame, jefe.
-Le falta azúcar -informa, mirándome fijamente con sus ojos azules y el rostro fruncido.
Me inclino hacia adelante, tomo la taza mientras él me observa.
-Ya lo arreglo, señor -suelto de mala gana, casi volteándole los ojos.
-Bien -es lo único que dice y baja la mirada de nuevo a la computadora-. Que sea rápido -ordena.
Lo miro con el rostro fruncido.
-Por favor -pronuncio por él.
Veo cómo eleva la mirada nuevamente hacia mí con gesto serio. Tuerzo los ojos, me giro y salgo de la oficina. Al estar en la cocina, me dirijo al envase de azúcar, le agrego un poco con una cucharita, remuevo en círculos y, sin tocar la puerta, entro de nuevo. Me acerco al escritorio, dejo la taza sobre la mesa y lo miro. Él ya lo hace.
-Espero que le guste, señor -sonrío con falsedad.
El pelinegro toma la taza, la lleva a sus labios, da un trago y me mira fijamente.
-Mucho mejor.
-Barbra, ¿estarás muy ocupada esta tarde? -pregunta Jon levantándose del sofá y deteniéndose a mi lado.
Me vuelvo hacia él.
-Bueno, sí, tengo que ir a una reunión con unos amigos -miento.
Jon asiente.
-El señor Masson y yo tendremos que viajar hoy -mira su reloj-. Y debe ser temprano, ya que debemos estar mañana aquí en la ciudad. Me preguntaba si puedes hacernos un favor.
Trago saliva y miro a mi jefe.
-¿Qué necesitan? -observo de nuevo a Jon.
-Necesitamos que te quedes y supervises unos encargos de comida que vienen al restaurante -informa Jon.
«Barbra la supervisora, un nuevo cargo.»
Lo miro un momento.
-¿A qué hora vienen?
-Sobre la 01:30 a. m. Te lo pedimos a ti porque te vemos de confianza.
Aww. Imbéciles. Es perfecto, tengo que madrugar aquí. Barbra Evans, la burra de carga.
-Está bien, a esa hora estaré. Adiós -me giro para irme.
-¿Estás molesta? -cuestiona mi jefe.
Me doy la vuelta.
-No, para nada. Estoy tan feliz. ¿Otra cosa más, señores? -inquiero con seriedad, mirándolos a ambos.
-Sí -habla de nuevo mi jefe, observándome detenidamente con el rostro fruncido.
-¿Qué?
Puedo ver que recorre mi cuerpo con su mirada azul.
-Debe usar el pantalón negro del uniforme, no jeans, señorita. Recuerde que este es un restaurante prestigioso que todo Boston y otras ciudades de Estados Unidos conocen. Por lo tanto, los empleados deben dar el ejemplo tanto dentro como fuera de las instalaciones.
Miro mis jeans y luego a él.
-Bien -suelto despreocupada.
Giro sobre mis talones y me marcho de la oficina, cerrando la puerta detrás de mí. En ese momento veo que Ricardo se acerca.
-Dios mío, Barbra -Ric se detiene a mi lado sonriendo-. Se te ve tan feliz, como si te hubieran dado un aumento.
Resoplo.
-¡Lo odio! -exclamo entre dientes-. Es un idiota, me provoca destriparlo como a una cucaracha.
-¿A quién odias? -escucho la voz de mi jefe detrás de mí.
Abro mucho los ojos y miro a Ricardo, quien ya lo observa.
-Buenas tardes, señor -y sin decir nada más, mi amigo se retira.
Me giro y lo miro.
-El calor... es horrible... -trato de sonar convincente-. Nos vemos -me alejo de él casi corriendo.
-Señorita Evans -escucho que me llama.
Me detengo y me volteo.
-Dígame -lo observo.
-Las llaves de la puerta trasera -muestra un manojo-. El camión vendrá por el estacionamiento.
Me acerco, abro la palma de mi mano y él las deja allí.
-Cualquier cosa, acude a Milo.
Asiento.
-Claro -me retiro de su vista, lo más lejos posible de él.
Debes aprender a decir no, Barbra. Realmente sí estoy ocupada después del trabajo. Tengo que ensayar mis rutinas, eso es muy pero muy importante, ya que todos los días hago presentaciones delante de muchas personas y debo hacerlo impecable. Me tendré que partir en dos.
Barbra
Al salir del restaurante me dirijo al edificio. Dejo mi scooter en el estacionamiento y subo al piso donde vivo. Saco la tarjeta y entro en mi dulce hogar.
Vivo sola desde que me mudé a la universidad, ya que mis padres están en Alaska. Solo me comunico con ellos cuando tengo tiempo libre. Por eso es muy raro cuando los llamo. Esa es la razón por la que los extraño algunas veces.
Me dirijo a la cocina, agarro un pedazo de pan, abro uno de los cajones y saco el envase de mantequilla de maní. Con una cuchara esparzo un poco sobre el pan y, sin perder tiempo, comienzo a comer.
Después de comer me voy a la habitación y busco en mi armario un traje para hoy. Busco y encuentro el que me conviene. Lo guardo dentro de mi bolsito, luego meto los tacones, dejo el bolso sobre la cama y comienzo a desvestirme para ir a la ducha y lavar mi cuerpo.
Después de varios minutos me coloco un vestido holgado de color rosa y unas zapatillas, agarro mi bolso y salgo del edificio en dirección al estacionamiento. Subo a mi scooter y acelero rumbo al club.
Al llegar estaciono mi moto y entro por la parte trasera del lugar. Se puede escuchar la música a todo volumen. A esta hora apenas empiezan a llegar los clientes; ya algunas chicas se encuentran bailando. Entro al camerino y tomo asiento en el mío. En el sitio están Pilar, Axia, Britney, Lola y otras más que no recuerdo sus nombres, son muchas.
-Hola, Ax -dejo mi bolso sobre mis piernas y la miro. Ella sostiene un labial de color rosa-. ¿Cómo te encuentras?
-Súper -termina de pintarse los labios, presiona y los abre lentamente, casi soltando un beso-. ¿Cómo estás tú? -me dedica una mirada.
Miro mi reflejo en el espejo.
-Muy bien, gracias por preguntar.
Axia usa un traje de dos piezas: sujetador con tiras y un bikini, ambos de color fucsia y llenos de lentejuelas. En su cabello rubio lleva unas trenzas dobles que, con ayuda de extensiones, llegan hasta su trasero bastante grande.
La veo levantarse y mirarme.
-Nos vemos -se despide retirándose.
-Adiós -mascullo mientras inicio mi maquillaje.
Aproximadamente hace tres meses empecé este trabajo como bailarina exótica. Se me hizo fácil entrar, ya que a la jefa le gustó mi perfil y la forma en que bailo. Por supuesto, antes hice una audición, al igual que Britney y Lola, y quedé seleccionada. Lo del baile se me da fácil porque desde pequeña estuve en una academia de danza árabe, lo cual es una ventaja en este empleo. Una de las cosas importantes de este trabajo es el cuerpo: debo mantenerme en forma.
Yo solo me encargo de bailar en la pista, con la ayuda de un tubo metálico o, como otras lo llaman, pole dance. Hay que bailar con sensualidad y usando ropa muy reveladora. Aquí el objetivo es transmitir originalidad y ser extremadamente sexy.
Todas acá somos, digamos, otras personas; tenemos nombres artísticos. Solo con esos nombres nos conocen los clientes del club. Está terminantemente prohibido que los clientes pidan información personal de las bailarinas, ya que ellos solo vienen a pagar por vernos y nosotras solo estamos aquí para bailar, eso es todo. Otra cosa prohibida es salir del club con algún cliente y prostituirse, porque esto es solo un club donde bailamos, no para prestar servicios sexuales.
Hay otros donde sí lo hacen, pero bajo perfil.
Los clientes no deben tocar a ninguna chica que esté bailando. La única forma de que lo hagan es en un privado, y estos mayormente son bailes de regazo, que consisten en bailar sobre el cliente. Aun así, es solo si la bailarina quiere. Si incluye tocar, debe pagar aparte. Hay otras modalidades, como el de mesa, las que se quitan la ropa hasta quedar desnudas, etc. Yo simplemente me encargo de bailar y nada más. He hecho varios privados con pole dance. ¿Lo bueno? Pagan muy bien y, si es privado, mucho más. Aun así tengo muchas solicitudes, pero no las acepto. Mayormente quieren toquetear y sexo.
Mi nombre artístico es Black Ángel -Ángel Negro-, así que en la noche o mientras estoy trabajando solo soy conocida por ese nombre. La única persona que sabe sobre esto es Ricardo, nadie más. Es un secreto que guardo. Muchas personas ven este trabajo como algo indecente, pero lo que no saben es que es igual que cualquier otro oficio, como el de una enfermera o el de una camarera. La diferencia es que bailamos, somos animadoras.
El significado de mi nombre se debe a que siempre visto prendas de color negro, es mi estilo. Algunas veces uso antifaz, otras solo maquillaje, depende del atuendo. Hay que ser creativas.
Me coloco un brassier modelo strapless que hace ver mis senos en su lugar. Es de tela metalizada y me queda muy ajustado. Un bikini, una falda plisada muy corta, todo del mismo material y del mismo color. Por último, unos tacones de aguja con plataforma de 10 cm, negros, igual que la ropa que uso.
Una cosa importante es que la ropa debe ser de buena calidad y cómoda, ya que al bailar puede ocurrir un accidente, como que se rompa alguna prenda, entre otras cosas. Mi cabello castaño oscuro lo dejo suelto con rizos suaves. De maquillaje esta vez solo ojos ahumados y labios de color rojo cereza. Luego, lo que no puede faltar: un perfume llamativo. En esta ocasión, Good Girl de Carolina Herrera.
-Es tu turno -escucho que anuncia Katy, la encargada.
La miro de inmediato y asiento.
-Voy en camino.
Sin perder tiempo me dirijo a la pista y, al salir, solo puedo ver a los espectadores frente a mí y el bullicio. Hay mujeres, pero mayormente son hombres los que asisten. De diferentes edades, tamaños, razas y colores. Solteros, casados, con hijos, sin hijos. De todo tipo.
El club está entre claro y oscuro, lo típico de este tipo de sitios. Así que al comenzar la canción inicio mi baile. Al final el piso ya está lleno de billetes de dólares. No está permitido que los clientes se acerquen a darme dinero; si lo hacen, lo dejan en el piso. Así que el chico que los recoge pasa de inmediato por mi lado para hacerlo.
Después de trabajar, me quito todo lo que llevo puesto y me vuelvo a colocar la ropa que traje. Tuve que pedir permiso por lo que debo hacer hoy, así que hoy digamos que no hubo mucho dinero. Mañana será mejor.
Salgo del lugar despidiéndome de las chicas y me dirijo a la salida donde se encuentra mi motocicleta. Subo a mi scooter y me abro camino al restaurante.
Comienzo a conducir por las solitarias calles de Boston mientras siento el frío que hace que mi piel se erice por completo. Debí traerme un abrigo.
Al llegar no entro por el estacionamiento, sino que estaciono la moto en el callejón. En ese lugar está la puerta trasera que va directo al área de la cocina.
Alerta, miro a ambos lados, saco las llaves, las introduzco en el candado y abro. Luego uso otra de las llaves en la cerradura, giro tres veces y abro. Al entrar, todo está totalmente oscuro. Enciendo la linterna de mi teléfono, cierro la puerta detrás de mí y camino por el pasillo hasta llegar a la cocina. En cuanto llego, las luces se encienden.
En ese momento el vigilante entra a la cocina. Es un señor que ronda los 55 años, más bajo que yo, con ojos grises y viste un traje de pantalón con camisa azul marino.
-Buenas, señor Milo -lo saludo y luego saco mi teléfono para mirar la hora: 01:03.
-Buenas noches, señorita.
-¿No ha venido el camión? -mirandolo elevo la ceja.
-Aún no, señorita -me mira y regala una sonrisa amable de labios apretados.
Asiento lentamente y me cruzo de brazos.
-Me parece que deberíamos esperar en el estacionamiento, ¿no cree? -ladeo la cabeza mirandolo con el ceño fruncido.
-Me parece bien, sígame -él se gira.
Él comienza a caminar con una linterna en la mano y yo lo sigo esta vez alumbrando con la de mi teléfono. Cruzamos por el área de las mesas, que es gigante y todo está completamente oscuro. Nos toca caminar varios minutos y, bueno, el señor Milo camina muy lento. Pero después llegamos al estacionamiento. Al salir puedo ver que este lugar sí está totalmente iluminado. Me quedo de pie, me cruzo de brazos y me limito a esperar la comida.
En estos momentos le he lanzado mentalmente muchas maldiciones a Travis Masson. Mi scooter está del otro lado del restaurante, solo espero que no me la roben. Ambos me hacen venir a estas horas de la madrugada, cuando podría estar aprovechando para ganar dinero.
El señor Milo y yo solo estamos esperando y esperando. Él silba la melodía de Popeye el Marino. El aburrimiento nos hace hacer ciertas cosas. Viéndolo bien, no me gustaría ser vigilante, es demasiada soledad para mi gusto.
Hubo un momento en el que me cansé de estar de pie y simplemente me senté en el piso. Desbloqueo mi teléfono e inicio una partida de Candy Crush para distraerme. Luego se descarga y solo me quedo mirando la nada mientras los ojos se me cierran solos.
-Señorita -escucho una voz lejana y unos toques en mi hombro.
No me había dado cuenta de que me había quedado dormida. Me levanto de un respingo y miro al señor.
-Disculpe, ¿qué hora es? -restrego mis ojos y me pongo de pie.
-Son las 05:30, señorita.
Abro los ojos de par en par, atonita.
-¡Por los cielos! -agarro mi cabeza-. Debo irme -me pongo de pie.
-La acompaño.
Así que con pasos rápidos y sintiendo cómo me hierve la sangre de rabia, llego hasta la puerta.
-Gracias, señor Milo. Que tenga un lindo día -trato de ser amable. Debo agradecer que fue mi unica compañia.
-De nada, señorita, igual para usted -el señor hace una afirmación.
Me siento aliviada de que mi scooter aún esté aquí. Sin perder tiempo subo y me marcho a mi hogar.
Travis Masson, me las vas a pagar.
°°°
Solo escucho que la alarma suena. Extiendo mi mano hasta mi teléfono y la apago. Prácticamente no pegué el ojo en toda la madrugada; si dormí dos horas fue mucho. Me siento agotada, como si hubiera estado en un maratón.
Me levanto para ir nuevamente al trabajo, me doy una ducha rápida y me coloco mi uniforme, esta vez el pantalón negro -que mi jefe tenía razón en llamarme la atención por no usarlo-, es una regla y yo la incumplí. Siempre antes de ir al trabajo desayuno; así que hago unos huevos revueltos y luego tomo asiento en mi sala a comer mientras miro el noticiero. Los ojos me pesan, las ojeras se notan aunque esté a diez mil kilómetros de cualquier persona.
Puto Masson, puto camión, puto Jon.
Horas después me encuentro sobre Miss Pink camino al restaurante. Luego del tráfico me estaciono, bajo y guardo el casco. Sujeto mi cabello y, con mi bolsito ya sobre mi hombro, ingreso al lugar. Por el camino me encuentro con Scarlett que viene llegando.
-Buenos días, Barbra -me saluda ella con una pequeña sonrisa en sus labios mientras me observa con sus ojos verdosos.
-Buenos días, Scarlett, ¿cómo amaneciste?
-Muy bien, con una pereza que te puedo hasta contagiar.
-No, no creo, ya yo la tengo.
Y es la verdad. Ayer me acosté súper tarde por lo del camión de comida que nunca apareció, sin mencionar la pequeña siesta que di con los fantasmas del restaurante y el vigilante.
Entramos a la cocina y ya la mayoría se encuentra en el sitio. Lavo mis manos y salgo a la parte trasera en busca de Ricardo, ya que Naomi aún no llega y los demás no son de confianza. Se me hace algo incómodo entablar una conversación con alguno. Además, están reunidos hablando no sé qué y no quiero entrar en su charla. Tengo tanto sueño que hasta hablar me da pereza.
Al estar frente a la puerta pesada de hierro la empujo y salgo, ahora encontrándome con Ric fumando uno de sus cigarros matutinos.
-Hola -me detengo a su lado.
Él está recostado contra la pared con un pie apoyado en ella y el otro en el piso. Esto es un callejón, donde a los lados solo hay basura.
-Este lugar es asqueroso -comento mirando a los lados.
Él libera humo por la nariz y me mira.
-Hola, Barbri -saluda-. ¿Cómo amaneciste? -acerca nuevamente el cigarro a sus labios y aspira.
Miro al frente y veo el pene grande dibujado sobre la pared de ladrillos. La gente grosera y sus cosas, en vez de hacer una obra tipo Leonardo da Vinci, hacen morbosidades.
-Estoy bien -ladeo mi cabeza, observando el pene-. Vaya, es el pene más grande que he visto -suelto aún mirando.
Ricardo ríe, libera humo y luego tose.
-Si sigues así morirás pronto, amigo -lo miro preocupada.
-Ya no lo puedo dejar -vuelve a dar una calada-. ¿Cómo te fue ayer en el club?
Lanzo un suspiro.
-Muy bien, fue mucha gente.
-Sí, me imagino. ¿Cómo está mi tía? -tira la colilla del cigarrillo.
-Katy está bien -lo observo.
Afirma y luego mira al frente.
-No me había dado cuenta de lo grueso que es -espeta mirando el pene dibujado en la pared.
Dejo escapar otra carcajada estrepitosa.
-Vamos, es hora de entrar -enlazo mi brazo al de él.
-Lo digo en serio -comenta sonriendo.
Entramos y después solo comenzamos con nuestro trabajo de todos los días. Pero yo ando como uno de los zombies de The Walking Dead. Todo me molesta, mi mal humor se nota desde lejos. Pero claro que no por eso le daré malas caras a los que están a mi alrededor.
En el almuerzo los chicos solo hablan y yo estoy en posición de descanso tratando de relajarme.
-¿No dormiste anoche? -inquiere Scarlett.
-Sí, anoche dormí aquí, con los fantasmas del lugar -respondo aún en posición de descanso.
-¿En serio? ¿Estuviste aquí anoche? -interroga Ricardo en un tono sorprendido.
-Sí...
-¿Por qué?
-Órdenes del hijo de puta de Masson -respondo con rabia.
-Oh... lo siento. ¿Por qué tú? -cuestiona Naomi.
-Porque me odia -confieso con molestia.
-Y se acabó el descanso -avisa Ricardo mirando su teléfono.
-A trabajar, compañeros.
Con pesadez me levanto y los sigo para entrar nuevamente a la cocina. Al llegar puedo ver que Jon sale de la oficina y de inmediato clava su mirada sobre mí.
-Evans -escucho que pronuncia mi apellido.
Con pasos lentos me acerco.
-Hola -trato de sonar amigable y que mi rostro no revele el odio instantaneo que le tengo con solo verlo.
-Lo siento por haberte hecho venir, al jefe se le olvidó comunicarte que el camión canceló la entrega -comenta él haciendo una mueca de preocupación.
¡¿Qué!?
Sonrío como una desquiciada.
-¿Es en serio? -mi tono de voz suena serio y una líne se posa en mis labios.
Jon me lanza una mirada llena de comprensión.
-Sí, lo lamento, de verdad. ¿Nos disculpas? -curva los labios con verguenza.
Qué lindo él... ahora sí que le declaré la guerra.
-No te preocupes, está bien -sueno despreocupada.
Mentalmente le saqué el dedo del medio porque si lo hago me despiden.
Saco las llaves y se las entrego.
-Ten.
-Gracias, Barbra.
Sonrío y después me giro. Mi rostro cambia a uno completamente fruncido. Bastardo, idiota, malnacido.
Decido irme nuevamente a continuar con lo que hago. Pero es que la rabia que siento me va a dar un infarto. Se le olvidó. ¡Al maldito se le olvidó! ¡No lo soporto!
En ese momento veo que Rupert se acerca hasta Esmé para indicarle que elabore un cappuccino para el jefe. De inmediato me acerco y me detengo a su lado para observarlos a ambos.
-Yo lo hago -sonrío dulcemente.
-Bien, se lo llevas al señor Masson -Rupert me mira con tranquilidad.
Entrelazo mis manos sonriendo.
-Sí, lo llevaré, señor.
Él me regala una pequeña sonrisa y se retira a otra parte de la cocina. Así que sin perder tiempo comienzo a preparar el cappuccino, y por último le agrego solo un poco de canela. Ya cuando está listo, me encamino en dirección a la oficina donde el jefe se encuentra completamente solo.
Al entrar, él eleva su mirada azul hasta mí.
-Buenos días, señorita Evans -saluda con educación.
Le sonrío.
-Buenos días, jefe. Acá le traigo el cappuccino, el señor Rupert me pidió que se lo entregara -lo dejo sobre su escritorio.
-Gracias -agarra la taza aún mirándome-. Lamento lo de anoche...
Yo igual.
-¡Oh! No se preocupe, está bien. Cosas que suceden -pestañeo con una pequeña sonrisita.
Asiente y toma un trago largo de su bebida.
-Hasta luego, si necesita algo estaré en la cocina -me giro y con pasos lentos comienzo a caminar hacia la puerta mientras mentalmente cuento:
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Escucho que empieza a toser sin parar. Lentamente dejo salir una sonrisa malvada. Doy la vuelta sobre mis zapatos y lo miro con el rostro serio.
-¿Está bien, señor? -frunzo el ceño.
Su rostro blanco ahora es de un tono muy, pero muy rojo.
-Llama una ambulancia -habla con debilidad y continúa tosiendo.
Me giro nuevamente casi lanzando una carcajada. Abro la puerta y salgo de la oficina.
-¡Rápido! ¡El señor Travis está en problemas! -exclamo alarmada para todos los que se encuentran en la cocina.
Todos me observan. Veo cómo Jon sale casi corriendo y entra a la oficina.
-¡Está teniendo una reacción alérgica! ¡Llamen una ambulancia!
Dije que me las iba a pagar. Lo que hice no es para matarlo ni nada, solo una pequeña venganza. Además, solo le coloqué un poquito de canela, que lo único que haría sería ocasionar que su garganta se hinche. Pero nada grave.