Actualidad
New York
Bobby
Ser un Parker siempre fue asfixiante. No era el mayor de mis hermanos ni el consentido de mis padres. Ese lugar lo ocupaba Kelly. A mí me tocó ser otra cosa: el hijo perfecto. El centrado. El sensato. Y quizás por eso, en algún momento, me obsesioné tanto con la empresa que olvidé lo principal: a Selene. Mi novia. Mi compañera.
Aun así, dimos el paso. Nos casamos creyendo que el compromiso era lo que nos faltaba, como si el matrimonio pudiera arreglar lo que ya se estaba resquebrajando. Ese fue mi maldito error. Perdí el rumbo. No enfrenté la realidad. No estaba listo para ser esposo, y mucho menos para ser hombre. Cuando quise darme cuenta, el mundo ya se me venía abajo. Llámalo arrogancia, estupidez o simple inmadurez. Da igual. A veces me pregunto qué habría pasado si ese día hubiera bajado la voz. Si, en lugar de tratar de tener la razón, hubiese intentado entenderla, pero no lo hice.
Hace cuatro años atrás
¡Diablos! Lo sé... tenía que estar en el consultorio. Pero no fue mi culpa. La reunión se alargó más de lo previsto, y como siempre, terminé atrapado entre ejecutivos, cifras y promesas que no significan nada cuando llego a casa y la encuentro así. Ahí está de pie en medio de la sala, como si me esperara no solo con el reloj, sino con todo el peso de lo que ya no estamos diciendo.
Me preparo para sus quejas. Sé que vienen. Sé que estoy fallando, pero también sé que ella nunca intenta ponerse en mi lugar.
-No sé quién eres últimamente -dice Selena, abrazándose a sí misma, como si el frío viniera de mí y no del clima-. Ya no eres el hombre con el que me casé. Estás distante, apagado, obsesionado con tu trabajo. ¿Dónde quedamos nosotros?
Sus palabras duelen más de lo que quiero admitir. Pero en lugar de acercarme, me encierro en lo de siempre: la defensa.
-Estoy trabajando por nuestro futuro -respondo, sin mirarla-. Lo hago por ti. Por el bebé.
-¿Por nosotros? -suelta una risa amarga-. ¿Sabes cuántas veces me he preguntado si este bebé fue una buena idea? ¿Si no estamos tan rotos que traer un hijo solo terminará por destruirnos?
Sus palabras me atraviesan. Me acerco con cautela, intentando mantener la calma.
-No vuelvas a decir eso.
-¿Por qué? ¿Porque te molesta escucharlo? ¿Prefieres seguir fingiendo que todo está bien, que no duermes en el sofá, que no me evitas, que no me ves llorar?
-¡Estoy harto, Selena! ¡Harto de tus reclamos, de tus dudas, de tus escenas! -estallo. Y apenas lo digo, me arrepiento. Porque lo veo. Veo cómo algo se rompe en sus ojos.
-Gracias por tu sinceridad -murmura. Ya no grita. No discute. Solo habla con ese tono bajo, sereno... ese que usan las personas cuando ya tomaron una decisión-. Esta vez no voy a quedarme esperando a que cambies. Me voy.
Camina hacia la habitación. La sigo, pero no digo nada. El orgullo me aprieta la garganta y me paraliza. La observo mientras mete un par de cosas en una maleta. Movimientos lentos, meticulosos... pero fríos. Nada que indique que se marcha para siempre, y al mismo tiempo, todo en ella lo grita.
-¿A dónde vas a ir? -pregunto al fin.
-No lo sé. A cualquier lugar donde pueda volver a respirar.
-¿Te vas a ir así? ¿Embarazada?
Me mira. Y no hay rabia en sus ojos... solo un cansancio profundo, una tristeza que se instaló hace tiempo y yo no quise ver. Luego baja la mirada y susurra:
-Cuídate Bobby.
Y se va. Sin un portazo. Sin lágrimas. Y yo me quedo ahí, como un imbécil, lleno de rabia. No con ella. Conmigo.
Esa fue la última, vez que la vi y no la detuve, por orgullo, estupidez, ya no importa como le diga, pero fue un error que me sigue persiguiendo. Desde entonces, mi vida es un ciclo repetido de días vacíos, sonrisas fingidas para la prensa y noches rotas que se arrastran una tras otra. Pero aun no pierdo la esperanza de volver a verla, por eso contrate a varios investigadores esperando un rastro de mi esposa, esperando poder cerrar está herida que sigue abierta con su ausencia.
Y otro día más. Otro intento inútil por distraerme, aquí estoy frente al escritorio, fingiendo que el trabajo todavía puede salvarme de mí mismo. Miro sin ver los documentos, los balances, los planes de expansión que ya no me importan. Todo me suena hueco. Y justo cuando pienso en servirme otro café, Rita entra sin tocar. Tiene el rostro pálido y la voz apretada.
-Bobby... hay un hombre aquí. Dice que es urgente. Algo personal.
Alzo la mirada lentamente. "Personal". Esa palabra ya me pesa como un ladrillo en el pecho.
-Hazlo pasar -respondo con la voz rasposa, sintiendo un mal presentimiento subir por mi espalda como un escalofrío.
El hombre que entra camina despacio, como si trajera un cadáver sobre los hombros. Lleva un traje oscuro y arrugado, barba descuidada, y una mirada hundida, casi vacía. Bajo el brazo, una carpeta manchada por la lluvia o por el tiempo. No quiero que la abra.
-Señor Parker -dice, con una voz firme, pero con una tensión evidente que delata que esto no es una visita cualquiera-. Soy el detective Gregson. Gracias por recibirme.
Trago saliva. Siento la garganta seca, como si hubiera tragado vidrio.
-¿Qué quiere? -pregunto, apoyándome con disimulo en el escritorio. Siento un peso en el pecho que me cuesta disimular.
No se sienta. No sonríe. Ni siquiera intenta suavizar el momento.
-Encontramos a su esposa.
Sus palabras caen como una explosión. Un zumbido me invade los oídos.
-¿Qué... qué dijo? -susurro, sintiendo que el aire me falta.
Gregson abre la carpeta con manos lentas, cuidadosas, como si supiera que cada hoja es una herida. La coloca frente a mí, pero no la toco. Solo la observo, paralizado.
-Murió en un accidente de tránsito -dice, manteniendo la voz baja, pero sin rodeos-. Fue hace más de tres años. Cerca de Filadelfia. La registraron como NN. No llevaba identificación. Solo ahora, gracias a registros médicos antiguos, pudimos confirmarlo.
-¡No...! -niego, sacudiendo la cabeza. Doy un paso atrás, como si pudiera rechazar lo que acaba de decir-. ¡No, eso no es posible! Está equivocado. ¡Ella... ella estaba embarazada!
Gregson asiente con pesar, sin moverse del sitio.
-Lo sé -responde con más suavidad-. El informe médico lo indica. Pero no había rastros del bebé.
Siento cómo me tiemblan las piernas. El corazón me golpea las costillas con violencia. Miro el expediente con manos temblorosas. Lo abro como si fuera a encontrar otra historia, una prueba de que esto no es real. Pero ahí está: una foto borrosa de su rostro, amoratado y roto... pero inconfundible Selena.
Mi estómago se revuelve. Me apoyo con torpeza en el escritorio, jadeando, como si me hubieran dado un puñetazo en el pecho.
-No... -murmuro. El mundo se derrumba. Me niego a aceptarlo. No así. No después de tanto buscarla. No con esa mirada vacía.
Gregson da un paso atrás. Baja la mirada. Su voz se apaga:
-Lo siento mucho, señor Parker. Hicimos lo mejor que pudimos.
Levanto la vista hacia él. Quiero gritarle. Quiero romper algo. Pero todo lo que soy está derrumbado. Solo susurro con los labios partidos:
-Váyase... por favor... déjeme solo.
Gregson duda un segundo.
-Por favor, revise la información.
-¡No siga! -estallo con voz rota, mirando el expediente como si quemara-. Le dije que se fuera. Déjeme... solo.
Gregson asiente, despacio. Cierra la carpeta con cuidado, como si cerrara un ataúd. No dice nada más. Se marcha en silencio, dejándome solo con el peso insoportable de su verdad.
Horas más tarde
Después de vaciar una botella entera de whisky, ya nada tenía sentido. Mucho menos seguir en la oficina, rodeado de paredes frías y papeles inútiles. Agarré las llaves del auto sin rumbo fijo, como si manejar pudiera alejarme de la noticia que acababa de destrozarme. Subí al auto, encendí el motor y puse la música a todo volumen. Como si el ruido pudiera silenciar el dolor que me quemaba el pecho. Pero fue inútil.
Tenía las manos apretadas al volante, los nudillos blancos por la presión. Pisé el acelerador. Aceleré sin pensar, sin medir, sin frenar. Las luces de la ciudad pasaban como fantasmas borrosos. Los semáforos rojos eran manchas que no me importaba esquivar. La velocidad me arrancaba lágrimas, o tal vez era el alcohol, o el vacío. No lo sé y justo cuando creí que ya nada importaba...El poste apareció, el golpe, el estallido y con ello la oscuridad.
Y ahora escucho, a lo lejos, un pitido. Persistente. Agudo. Siento un dolor punzante en el costado, como si algo me estuviera desgarrando desde dentro. Abro los ojos a medias. Estoy acostado. Todo huele a alcohol, gasas, limpieza. Hospital. Y entonces la veo.
Una mujer se inclina sobre mí. Tiene el rostro sereno, una belleza que no lastima. Su piel es blanca como porcelana, su cabello castaño cae largo sobre los hombros, y sus ojos... grandes, profundos, marrones. Ojos que parecen ver más de lo que digo. O de lo que siquiera entiendo. Lleva puesta una bata médica, y sobre su pecho, una placa brillante: Dra. Violet Clapton.
-Está despierto -dice con suavidad, mientras ajusta la correa del tensiómetro en mi brazo y revisa los monitores-. Tuvo un accidente, pero está fuera de peligro.
Trato de moverme, pero todo duele. Hasta respirar.
-¿Dónde...? -pregunto, con la voz rasposa, la garganta como papel lija-. ¿Dónde estoy?
-Sala de emergencias. Hospital Saint Claire -responde, sin dejar de mirarme-. Se estrelló contra un poste de luz. Tiene una costilla fisurada, cortes en el rostro y una leve conmoción. Pero va a estar bien.
Intento incorporarme. Apenas levanto la cabeza, pero el dolor me atraviesa con una fuerza brutal. Gimo entre dientes, frustrado, impotente.
-Quédese quieto, por favor -dice ella, con más firmeza esta vez, sujetándome con cuidado por el hombro-. Ya nos comunicamos con su familia... y su esposa está hablando con la policía. ¿Me escuchó?
Sus palabras me atraviesan como una descarga eléctrica.
La miro. Me quedo en silencio. ¿Mi esposa?
-¿Qué...? -balbuceo, apenas audible. El corazón me late con violencia, la garganta se cierra-. ¿Mi esposa...?
Pero ella solo asiente con la cabeza, sin notar mi estado, como si todo tuviera sentido.
Siento que el mundo vuelve a derrumbarse, esta vez desde otro ángulo. ¿Estoy soñando? ¿Alucinando? ¿Ella se confundió? ¿Selena está viva? No puede ser...el detective... el expediente... la foto... su rostro, ¿Entonces qué demonios está pasando?
Unos días después
New York
Violet
Todos creen que los médicos somos personas sin corazón. Fríos. Distantes. Dueños de un ego que ocupa más espacio que la vocación misma. Y sí, quizás algunos lo son... o aprendieron a serlo. Pero no es mi caso. No, yo no soy esa clase de doctora que se esconde detrás del lenguaje técnico o que ve a los pacientes como números de habitación. Yo cargo con cada historia... cada rostro... cada pérdida.
Lo que nadie ve -lo que nadie quiere ver- es que debajo de la bata, también hay una persona que sangra. Que se rompe en silencio. Que, aunque camine firme por los pasillos, a veces tiene el alma hecha pedazos.
Cada vez que pierdo a alguien, una parte de mí también muere. Y claro, después de eso, no queda más opción que hacer lo que se espera de nosotros: ser profesionales. Objetivos. Eficientes. Como si eso nos salvara del dolor. Como si guardar silencio fuera suficiente para protegernos.
Pero no lo es. Nos entrenan para no llorar. Para no titubear. Para no involucrarnos. Nos enseñan a mantener esa línea invisible que separa al médico del humano. Y vaya que es difícil no cruzarla... sobre todo cuando del otro lado hay una mirada que te suplica algo más que medicina. Algo que ninguna receta puede dar: compasión.
Sin embargo, he aprendido a tragarme las lágrimas en baños vacíos. A respirar profundo antes de dar una mala noticia. A sostener la mano de alguien mientras se le apaga la vida sin permitir que mis dedos tiemblen. A dormir con pesadillas en vez de recuerdos. A construir muros por dentro para no colapsar por fuera, pero lo que no aprendí -lo que todavía me cuesta- es a dejar de sentir.
Porque no importa cuántas veces repita el protocolo, cada vez que un paciente muere, revivo un poco el caos de Afganistán. La sangre. El polvo. El estruendo de los gritos. El cuerpo sin vida de Ethan...mi esposo, mi mejor amigo, mi compañero de guerra, mi promesa rota. Y a veces me pregunto si todavía estoy viva. Si lo que queda de mí es suficiente para seguir salvando a otros. O si me estoy desgastando sin darme cuenta.
Quizá por eso evito las citas. Los compromisos. Las emociones que no puedo diagnosticar ni controlar. Porque ser doctora se volvió mi única forma de sobrevivir. Mi única manera de seguir adelante sin que el dolor me consuma.
Aun así, no estaba exenta de los comentarios de mis compañeras. No sé qué clase de maldita manía tenían con creer que yo andaba buscando pareja en cada pasillo del hospital. Era agotador. Y, claro, no perdían oportunidad para dejarlo claro, como aquella noche en la sala de emergencias.
-Violet, cuéntame cómo te fue con el galán. ¿Ya te pidió tu número? -preguntó Miranda con ese tono pícaro que tanto le gustaba usar, mientras apoyaba el codo sobre el escritorio con una sonrisa burlona.
Le lancé una mirada de reproche. Fruncí el ceño sin decir palabra, esperando que entendiera el mensaje. Pero sabía perfectamente a quién se refería: al paciente del accidente automovilístico. El que casi se mata contra un poste después de beber más de la cuenta. Un hombre de cabello castaño corto, barba cuidadosamente descuidada, y unos ojos azules tan claros que parecía imposible no quedarse atrapada en ellos... Una mirada que gritaba tristeza incluso en silencio.
Tragué saliva. Apreté la carpeta contra mi pecho.
-Miranda, deja de creer que me interesa involucrarme con alguien. Y menos con un paciente -le respondí, tratando de sonar firme, aunque mi voz salió un poco más baja de lo que pretendía.
Ella soltó una risa breve, como si mi negación fuera una broma.
-¡Por Dios! Si yo estuviera en tu lugar no dejaría escapar a ese galán -dijo, levantando las cejas con malicia.
Solté un suspiro, exasperada.
-El galán está casado... -murmuré, bajando un poco la voz, esperando que con eso terminara el tema.
Pero no. Claro que no. Miranda alzó una ceja, se inclinó hacia mí con gesto conspirativo y susurró:
-Te corrijo. La rubia es su hermana. La esposa del excongresista Darcy. Lo investigué.
Me giré hacia ella con incredulidad. Parpadeé.
-¡Diablos! Eres peor que la CIA... -dije con una sonrisa incrédula-. ¿Acaso ahora eres una agente encubierta?
-Aún no, pero lo tendré en cuenta si me aburro de la medicina -respondió con una carcajada ligera, mientras recogía unos papeles del escritorio-. Mientras tanto, no dejes escapar a ese bombón, te hará bien un poco de compañía.
Me quedé en silencio unos segundos. No lo admití en voz alta, pero tenía razón. Porque sabía que una parte de mí quería volver a sentir. Y la otra... aún no estaba lista para soportar las consecuencias.
Lo cierto es que después de una jornada caótica lo único que deseo con el alma es una buena taza de chocolate caliente, una ducha larga... y mi cama. Mi santuario, por eso me apresuro sacando mis pertenencias del casillero, cuando escucho la inconfundible voz de Miranda retumbar a mi espalda, como si alguien hubiese dejado una radio encendida en volumen máximo.
-Alguien tiene prisa por irse a casa... -canturrea con burla-. Pero esta noche no escaparás, Violet. Te lo advierto. Necesito celebrar que mi paciente respira, tiene función cerebral y, según todo, ¡va a despertar!
Cierro los ojos por un segundo, respiro hondo y me giro despacio con la mochila colgando del hombro.
-No quiero ser aguafiestas, pero todavía necesitarás más estudios para asegurar que está fuera de peligro - digo con voz serena, aunque sé que le voy a pinchar el entusiasmo-. Milagros médicos no se celebran antes de tiempo. Aún no.
Miranda arruga la nariz, exagerando un puchero de drama. Cruza los brazos sobre su pecho y me lanza una mirada ofendida.
-¡Qué crueldad de tu parte! ¿Tanto te cuesta tener un poquito de empatía con tu amiga? ¿Ni siquiera fingir alegría?
-Estoy siendo realista, Miranda -respondo, alzando ligeramente una ceja-. No te haría ningún favor si te doy falsas esperanzas. Y... -hago una pausa, señalando la puerta con la cabeza-. Mis pies ya ni los siento.
-Una cerveza -insiste, levantando un dedo como si negociara en una corte celestial-. Una. Nada más. No me hagas beber sola en un bar rodeada de internos hormonales y médicos frustrados.
-Y yo necesito dormir -le contesto, entrecerrando los ojos-. ¿Sabes lo que es eso? Dormir. Se escribe con D, de "déjame en paz".
Ella suelta una carcajada, menea la cabeza y se acerca, cogiéndome del brazo como si fuera a secuestrarme.
-No seas tan trágica, Violet. Te va a hacer bien. Además... -susurra con una sonrisa pícara-. Nunca se sabe con quién puedes cruzarte esta noche. Por ahí, con suerte, aparece ese bombón de ojos azules otra vez.
Le lanzo una mirada letal.
-¿Otra vez con eso?
-¡No lo niego! ¡Lo invocaría si pudiera! -ríe, y luego me guiña un ojo-. Aunque creo que a ti no te haría nada mal cruzártelo. Solo digo...
Sus palabras quedan flotando. Yo solo niego con la cabeza, resignada. No voy a ganar esta batalla, eso está claro.
-Una cerveza. Nada más -resoplo-. Y después, me voy a casa.
-¡Eso es lo que quería oír! -dice Miranda, aplaudiendo como si hubiéramos logrado un trasplante exitoso.
Un rato más tarde
El bar no es exactamente mi lugar favorito. Está lleno, huele a cerveza y desodorante masculino, y la música está lo suficientemente alta como para evitar una conversación sincera... pero no tan fuerte como para callar mis pensamientos. Miranda ya está rodeada de colegas, riendo con un mojito en la mano, como si no existiera nada más allá de ese instante.
Yo, en cambio, me quedo sentada al borde de la barra, jugando con la servilleta entre los dedos como si fuera un salvavidas en medio de una marea de risas, vasos tintineando y luces bajas. Estoy contando los minutos, esperando tener una excusa decente para huir sin parecer una antisocial.
-¿Vas a pedir algo o planeas torturar esa servilleta toda la noche? -dice una voz a mi izquierda, cálida, grave... familiar.
Levanto la vista. Y ahí está Robert Parker, el galán.
Camisa oscura, sin corbata, el primer botón desabrochado. Su cabello castaño algo revuelto, la barba recortada justo al límite, y esos ojos... azules, nublados, con una tristeza tan profunda que parece no tener fondo. Me mira con una sonrisa ladeada, casi tímida, como si estuviera tanteando el terreno, como si no supiera si tiene permiso para estar ahí... o si ya nada le importa.
-Deberías estar en cama -le digo, entrecerrando los ojos con un gesto acusador, pero sin dureza-. Recuperándote de los traumatismos.
-Lo intenté -responde, encogiéndose de hombros-. Pero dormir no me está funcionando. Pensé que un trago ayudaría... aunque no lo está haciendo.
Bebe un sorbo sin apartar la vista de mí. Hay algo inquieto en su mirada, algo que no se acomoda del todo.
-¿Y tú qué haces aquí? -pregunta, alzando una ceja con curiosidad genuina-. ¿Olvidando las penas o buscando compañía?
Su pregunta cae como una losa pesada, dejándome arrinconada y sin saber como responderle.
La misma noche
New York
Bobby
Muchos escapan de la realidad para no sentir culpa, decepción o dolor... pero sabes que es solo temporal. Podrás ignorarlo, taparlo, anestesiarlo por un rato... pero al final te alcanza. El pasado no se borra, no importa cuántas veces quieras dar borrón y cuenta nueva. Se queda ahí, como una mancha que no se quita. Vuelve con sus errores, con sus preguntas sin respuesta, con todo lo que no supiste decir, con lo que perdiste.
Y, aun así, seguimos huyendo. Porque la maldita cobardía nos gana. Porque no todos sabemos mirar de frente lo que rompimos. Nos escondemos detrás del alcohol, de una cama vacía, de una rutina que simula normalidad. Fingimos que estamos bien, que podemos con todo... pero por dentro nos estamos deshaciendo.
Y yo no soy la excepción. Nunca lo fui.
Fue tan devastador escuchar al detective decirlo en voz alta -"Selena está muerta"- que sentí cómo algo se me partía en dos. No pude soportarlo. No tuve el coraje de asimilarlo con entereza. Me emborraché como un miserable, con la esperanza de apagar el incendio en el pecho. No quería pensar, no quería sentir. Solo necesitaba silencio, aunque viniera del fondo de una botella.
Pero lo que realmente conseguí fue casi matarme. Me subí al auto sin rumbo, sin lógica, sin ganas de volver. Terminé estrellado contra un poste, con cortes en la cara, una costilla fisurada y el cuerpo tan adolorido como si me hubiera pasado por encima una jauría de elefantes. Y, aun así, eso no fue lo peor.
Lo peor vino después... cuando abrí los ojos y entendí que no estaba escapando del dolor. Estaba corriendo directo hacia él. Porque hay algo que el alcohol no apaga, que los golpes no borran, que ni el cansancio silencia...Y es el peso de la culpa.
Sin embargo, en medio del dolor, de la confusión y del zumbido persistente en mis oídos, había algo que no encajaba. Las palabras de la doctora se repetían en mi cabeza una y otra vez, como una maldita contradicción: "Su esposa está hablando con la policía..."
Me quedé inmóvil, aturdido, como si mi mente no pudiera procesar lo que acababa de oír. Un segundo después, la puerta de la sala de emergencias se abrió... y ahí estaba Kelly, mi hermana. Con el rostro descompuesto, el cabello revuelto, los ojos llenos de angustia, furia... y ese amor incondicional que, sinceramente, no creía merecer en ese momento, pero entendía el malentendido de la doctora.
Y seguí, recostado en la camilla, con el cuerpo adolorido y la cabeza a punto de estallar, mientras ella entraba como una tormenta.
-¡Mierda, Bobby! -estalló, plantándose junto a mi cama con los brazos cruzados-. ¿En qué demonios estabas pensando para conducir borracho? ¿Dónde quedó mi hermano el centrado?
Cerré los ojos con fuerza. Apreté los dientes. No tenía fuerzas para discutir. No después de todo lo que había pasado. Pero Kelly no iba a callarse. Nunca lo hacía.
-Basta de regañarme, Kelly... -murmuré con la voz ronca, quebrada-. Ya tengo suficiente con la culpa que me consume como para seguirte escuchando.
Ella no se movió. Me miró fijo, clavando los ojos en los míos, y respiró hondo como si intentara mantener el control. Su voz se quebró apenas cuando dijo:
-Claro que me vas a escuchar. Porque no tienes idea de lo que sentí cuando me llamaron. Pensé que te habías matado. -Su voz se hizo más baja, más rota-. No sabes lo que fue imaginarte muerto, sin poder hacer nada. No sé ni cómo no me quebré en el auto camino aquí...
Vi cómo sus ojos se humedecían, cómo luchaba por no romperse. Se pasó una mano por el vientre con un gesto inconsciente, buscando serenarse, y entonces, en medio de esa tensión, solté con un suspiro y un intento de ironía:
-¡Diablos...! El embarazo sí que te tiene sensible. Pobre Matthew, lo que debe aguantarte...
Ella frunció el ceño, pero no respondió. Me conocía demasiado bien. Sabía que ese comentario era solo una forma de protegerme del abismo que se abría bajo mis pies.
-¿Eso es todo lo que vas a decir? -soltó con decepción, cruzando los brazos otra vez-. ¿Después de estrellarte, después de hacerme pasar por esto?
Sentí cómo sus palabras se clavaban en mi pecho. Suspiré. Bajé la voz.
-Sácame de aquí, Kelly... Quiero ir a casa. Tal vez... pensar en visitar la tumba de Selena.
Ella negó con la cabeza de inmediato, como si esa idea fuera lo peor que pudiera ocurrírseme.
-¿Para qué? ¿Para seguir martirizándote? ¿Para revolcarte en la culpa una vez más? Ni lo pienses.
-¿Entonces qué quieres que haga? -alcé un poco la voz, aún sin mirarla-. ¿Que salga, que me distraiga, que me olvide como si nada?
-Exactamente -me dijo con firmeza-. Distráete. Conoce a alguien. Como la doctora que te atendió... amable, inteligente, hermosa. Tu tipo de mujer.
Me giré para verla. Dolido. Confundido. Incrédulo.
-Estás loca... Acabo de enterarme de que mi esposa está muerta y pretendes que actúe como si no me importara.
-No, Bobby -susurró entonces, y su tono cambió, más bajo, más triste, como si cada palabra le pesara en el pecho-. No te digo que no te importe... te digo que ya no puedes hacer nada por ella. No puedes traerla de vuelta. Y tampoco puedes seguir castigándote.
Me quedé callado. Sentí un nudo en la garganta que no me dejaba tragar. El corazón me latía lento, como si cada latido doliera. Ella se inclinó hacia mí, con manos temblorosas me acomodó la sábana como si pudiera aplacar mi dolor con ese simple gesto...
-No te pido que la olvides -continuó, con los ojos vidriosos pero firmes-. Solo que no te olvides de ti. La vida no se detiene por nadie, Bobby. Es injusta, cruel, sí, pero también te da nuevas oportunidades... si te atreves a mirarlas. No sigas huyendo. No sigas viviendo entre cenizas.
Tragué saliva con dificultad. La miré por unos segundos.
-¿Lo dices por Matthew?
Ella ladeo la cabeza, sin responder, pero no hacía falta. Su historia con Matthew no fue un cuento de hadas, aun así, tenían un nuevo comienzo y un hijo en camino.
-Lo digo porque no es bueno seguir arrastrando un pasado que duele, que no puedes cambiar. Entonces lo que toca es levantarte y recoger los pedazos que quedan de ti...
La observé en silencio. La voz de Kelly, su mirada, su postura... todo era diferente.
-Nunca te había escuchado hablar así -dije finalmente, sin rastro de burla-. Supongo que cambiaste. Como todos.
Ella sonrió, apenas con nostalgia.
Al final, me dieron el alta al día siguiente. El médico fue claro, pero más clara fue Kelly: si no guardaba reposo, llamaría a papá. No bromeaba. Incluso se jactó de haber hecho malabares para evitar que la policía me arrestara por daño a la propiedad. Aunque la conozco bien... seguro movió un par de contactos, chantajeó a alguien con su carita de embarazada y resolvió todo a su manera.
Así que terminé como un reo en mi propio pent-house, rodeado de recuerdos que me mordían los talones. El perfume de Selena aún colgaba de las cortinas, sus libros seguían ordenados en la repisa. Cada rincón tenía su voz, su risa, su ausencia. Y esta noche, no pude más.
Me dije que no me iba a dejar tragar por la culpa ni por esa soledad que ya se sentía como segunda piel. En cuanto Kelly y Matthew salieron por la puerta, tomé mi abrigo, bajé por el ascensor y salí a la calle. Subí al primer taxi sin destino.
-¿A dónde lo llevo? -preguntó el chofer, mirándome por el retrovisor.
-No lo sé... solo maneje. Cuando vea un lugar que parezca olvidado por el mundo, me deja ahí.
Después de un rato, el taxi se detuvo frente a un bar pequeño, medio escondido entre locales cerrados. Bajé, caminé sin pensarlo demasiado y empujé la puerta. Adentro, el aire olía a madera vieja, a cerveza y a una nostalgia tibia. La música no era demasiado fuerte, las luces eran tenues, y el murmullo general tenía ese ritmo lento de los que no tienen prisa por volver a casa.
Fue entonces que vi a Violet Clapton, la doctora que me atendió después del accidente, sentada sola en la barra. El cabello suelto cayéndole sobre los hombros, la mirada clavada en la servilleta que giraba entre sus dedos como si en ese gesto encontrara algo de control.
Y no sé qué me impulsó a acercarme. Tal vez las palabras de Kelly: "Conoce a alguien, sal, respira". O tal vez esos ojos, tan jodidamente humanos, que me desconcertaron desde la sala de emergencias. Así me senté a su lado. Y antes de darme cuenta, ya estaba hablando. Con sinceridad, demasiada, quizá. Porque a veces es más fácil confesarlo todo a una desconocida que no te juzga, que no sabe tu historia completa.
Y ahora el silencio reina entre nosotros, pero no es incómodo. Es ese tipo de silencio que se instala cuando dos personas han bajado la guardia y están decidiendo qué hacer con la vulnerabilidad que flota en el aire.
-Hay más razones para estar en un bar que solo olvidar o emborracharse -dice de pronto Violet, sin mirarme, mientras hace girar el vaso vacío entre sus dedos.
Su voz me toma por sorpresa. Es firme, pero baja, como si hablase más consigo misma que conmigo.
-¿Ah, sí? -respondo, apoyando los antebrazos en la barra, sin quitarle los ojos de encima-. Ilústrame, por favor.
Ella suelta un suspiro, casi imperceptible, y se encoge de hombros.
-Mi amiga me arrastró hasta aquí por una cerveza, y ahora es el centro de atención de todos esos internos hormonales -dice, con una sonrisa cansada.
Sigo su mirada. Veo a una mujer rubia riendo a carcajadas rodeada de un grupo de jóvenes residentes.
-¿Y tú? ¿Vienes buscando diversión? -pregunta, girando hacia mí con interés.
-Yo... no lo sé -murmuro, bajando la vista al vaso en mi mano, casi vacío-. Supongo que busco algo que no me recuerde que el mundo se me vino abajo hace una semana.
Ella me observa en silencio. La veo fruncir apenas el ceño, como si intentara adivinar qué tan rota está mi historia. Me lanza una mirada rara, incómoda, como si recordara algo.
-¿Te pasa a menudo eso de contarle cosas personales a una extraña? -pregunta, con una media sonrisa.
-Solo cuando la extraña ya me vio con la cara partida y llorando por morfina -digo, devolviendo la sonrisa con un deje de ironía.
-Tienes un punto -responde. Y por primera vez, noto que baja un poco la guardia.
Y entonces, como si el ambiente se cortara de golpe, una voz masculina irrumpe con tono engreído:
-Violet -dice un hombre de voz grave-. No esperaba encontrarte en un bar... pero definitivamente la noche acaba de mejorar.
Ambos giramos la cabeza. Un tipo corpulento, de unos 37 años, camisa ajustada, barba perfectamente recortada. Sonríe con esa seguridad desagradable que viene de saberse atractivo y necesario. Sus ojos recorren a Violet con descaro, como si le perteneciera.
Violet cambia por completo. Se tensa, su sonrisa desaparece.
-Hola, Galvin -responde, intentando sonar neutral-. Solo vine un rato, ya estaba por marcharme.
-No puedes irte justo ahora -dice, acercándose-. Vamos a una mesa. Quiero hablar contigo... sin interrupciones.
Ella titubea, da un paso hacia atrás, incómoda. Me lanza una mirada rápida, casi pidiendo auxilio.
-Eh... es que yo...
Me levanto. Saco unos billetes del bolsillo, los dejo con calma sobre la barra. Me acerco a ella sin dudarlo. Apoyo una mano firme en su hombro. Ella gira hacia mí, y le hablo sin apartar la vista de Galvin.
-Amor -digo con tono tranquilo, pero claro-, ya pagué la cuenta. ¿Nos vamos?
Violet se queda callada un segundo. Me observa. Luego, como si algo dentro de ella se aflojara, asiente con una sonrisa suave que apenas curva sus labios.
-Sí... claro. Gracias.
Galvin se queda congelado. Nos observa con la mandíbula apretada. Pero no dice nada más.
Salimos juntos. La puerta del bar se cierra tras nosotros con un golpe sordo. Afuera, la noche es densa, el aire fresco. Caminamos en silencio unos metros.
-Gracias por salvarme de mi compañero -dice finalmente, con la mirada fija en el suelo, mientras camina a mi lado-. Es de esos doctores que se creen irresistibles, con un ego del tamaño del edificio... En una palabra: insoportable.
Su tono suena entre fastidiado y avergonzado. Evita mirarme, como si le costara admitirlo.
-No fue nada -respondo, encogiéndome de hombros-. Tampoco me debes explicaciones.
Ella asiente, pero no dice nada más. Caminamos en silencio hasta que, justo al llegar cerca del estacionamiento, se detiene de golpe. Yo freno unos pasos más adelante. La escucho trastear con sus llaves y, cuando me doy vuelta, me está observando. Tiene una expresión indecisa, como si dudara entre hablar o seguir caminando.
-Supongo que no trajiste tu auto -dice, haciendo girar las llaves entre los dedos-. Si quieres, puedo llevarte a tu casa... o... no sé, tal vez tienes otros planes.
Su tono es neutro, pero hay algo en sus ojos que no lo es. Tal vez una pizca de curiosidad, o quizás empatía. O solo cortesía. No lo sé y por primera vez no tengo una respuesta clara.