Hace tres meses y dieciséis días, mis padres tuvieron la brillante idea de que cambiarnos de nuestra antigua casa sería la solución a todos nuestros problemas -el despido nefasto de mi padre en el trabajo-, sin embargo, estábamos en la misma miseria que en aquellos días. Tuvieron que cambiarme de colegio para que mis estudios no culminaran antes de siquiera poder graduarme. Al principio me rehusaba a perder a todos mis amigos, pero un nuevo año lectivo estaba por empezar y no había mejor excusa que esa para eliminar todas mis redes sociales, empezar desde cero y quedarme en el anonimato.
El primer día fue la peor de todas mis experiencias. Había llegado tarde a clases porque se pinchó un neumático, y tuvimos suerte de que me dejaran entrar. Luego, no podía encontrar el salón, y tuve que preguntarle a un chico, que, así como yo, había llegado tarde.
-Hola, disculpa... -dije con mi voz aturullada.
-¿Hola? -preguntó confundido.
-No lo encuentro -le enseñé el papel con el número de salón y el nombre de la profesora.
-Es el mismo salón que el mío.
Sonreí. Aunque no iba a estar sola, no me sentía preparada para tener un nuevo amigo.
-Entonces, ¿cómo te llamas?
-Aarón -me cogió de la mano sin pensarlo y me llevó hasta el salón. Notó mi incomodidad y me soltó-. Lo siento, es solo que estamos algo atrasados...
-No pasa nada, me llamo Isabel...
-¿Todos te llaman Isa? -bromeó.
-Sí, pero solo mis amigos.
-Eso dolió -escondió su dolor bajo una sonrisa fingida-. Tampoco conozco a nadie, así que creo que deberíamos quedarnos juntos...
-Yo no creo que...
-Buenos días -interrumpió la profesora-. Soy Alicia González y seré su profesora de clase.
-He oído mucho de ella -me susurró Aarón-, es preferible que no la molestemos.
-¿Por qué?
-Ustedes dos... -nos señaló la profesora-. Por favor, hagan silencio, no permitiré desmanes por ser primer día de clases.
-¿Ves? -susurró de nuevo, luego de que la profesora nos quitara la mirada de encima.
-Sí, tienes razón -sonreí.
5 meses después
Han pasado cinco meses desde la primera clase y aún no consigo ser rápida como mis demás compañeros. Por suerte, tenía a Aarón de mi lado, el chico más listo del aula, pero el menos popular. Nadie quería pasar tiempo con nosotros, porque eran gordofóbicos -era nuestra broma personal- y en los trabajos grupales nadie se enardecía por trabajar con nosotros.
Por varias jornadas matutinas veía como mi mejor amigo prefería apartarme y quedarse solo, inventaba cualquier excusa y Dios, todas eran buenas.
-Me dirás qué te ocurre -pregunté al sentarme junto a él en la hora de salida.
-¿De qué hablas? -me miró fijamente a los ojos.
-Vamos, sé que algo te ocurre, soy tu mejor amiga y lo puedo notar en tu mirada.
-No quisiera hablar del tema -susurró.
-Tenemos bastante tiempo hasta que nuestros padres nos recojan.
-No insistas por favor, Isabel.
-¿Isabel? -golpeé levemente su brazo-. Sabes que está prohibido llamarnos por nuestros nombres.
-¿Quién lo dice? -fingió una sonrisa.
-Lo dice el artículo dos del estatuto de los mejores amigos.
-¿Cuál es el primero?
-No hay secretos entre nosotros.
Se rio. Me miró nuevamente y sacó el celular de su bolsillo, lo revisó y vio la llamada perdida. Me sonrió y se despidió de un beso en la frente sin decirme nada. Esperé, hasta que mis padres me recogieran.
Durante todo el camino a casa miraba por la ventana, estaba realmente preocupada por él y me frustraba que no me dijera lo que le estaba pasando.
-¿Todo bien en clases? -volvió a preguntar mi madre.
-Disculpa, ¿qué me preguntabas?
-¿Te fue bien en el colegio?
-Sí, claro.
-Te notamos algo rara mija, ¿está todo bien?
-Todo bien.
Mis padres se miraron nuevamente como si supieran lo que ocurría y se detuvieron en una gasolinera. No me fijé que dentro de ella estaba Aarón con la mirada perdida mientras esperaba a sus padres que estaban en el mostrador.
-Mija -tosió mi padre para llamar mi atención.
-¿Qué pasa?, ¿por qué nos detuvimos?
-Isa... -mi mamá miró por última vez a mi padre antes de dirigirse a mí-. Los padres de Aarón también están preocupados por él, y creímos que a lo mejor tú podrías hablar con él.
-No entiendo a donde va todo esto...
-Necesitamos que intentes hablar con él, sabes que sus padres pasan muy ocupados, y no quiere hablar con ellos.
-Lo sé muy bien.
-¿Irás con él?
-Bien, solo porque es mi mejor amigo.
Salí del auto de mala gana, odiaba que me presionaran de esa forma, solo yo lo conocía y sabía cuando él quería hablar, y ese momento no era este. Entré por la puerta principal mientras que sus padres salían; intercambiamos miradas y noté que estaban muy preocupados. Me senté frente a él, no fue difícil encontrarlo, le encantaba sentarse en las mesas donde caía el reflejo del atardecer.
-Isa... -dijo consternado ante mi presencia.
-Hola, no creas que te estoy siguiendo...
-De hecho, vine con mis padres y ellos... -miró al mostrador, pero ya no estaban-. Se fueron.
-¿Podemos hablar?
-No creo que sea necesario...
-Lo es -cogí de su mano sin quitarle la mirada de encima y entrelacé nuestros dedos-. Habla conmigo, por favor, todos estamos preocupados.
-Lamento que... -me miró, suspiró y continuó-, mi amistad te aleje de otras personas.
-¿De qué estás hablando? -pregunté confundida.
-Que nadie quiere ser nuestro amigo porque soy gordo...
-Eso no es verdad -lo interrumpí y apreté con más fuerzas su mano-. No vuelvas a decir algo así, ellos son los perdedores, no nosotros.
-Pero míranos, solo somos tú y yo.
-¿Y qué?
-Acaso ¿no quieres tener una mejor amiga?
Su pregunta me mató, desde hace un mes quería tener una mejor amiga, y solo por el hecho de ser mujer. Lo miré nuevamente y chocamos mirada, él estaba esperando que dijera algo.
-Mira, seré honesta contigo -dije segura de mí misma-. Es obvio que quiero tener una amiga, pero me siento bien estando contigo.
-¿Solo bien?
-¿A qué te refieres?
-¿No quisieras sentirte feliz o mejor que bien?
-Aarón, por favor, no está siendo racional.
-¿Quién lo sería a la edad de trece años?
-Tú eres la persona más inteligente y madura que conozco.
-Solo me conoces a mí.
-Te equivocas.
-Los amigos de la escuela no cuentan.
-Yo vengo de otro colegio, tuvimos suerte de que este me aceptara.
Sorprendido por mi respuesta, prefirió mirar hacia afuera del lugar.
-¿Por qué nunca me lo dijiste?
-Porque quise empezar desde cero y no me puedes culpar por eso.
-Al menos tuviste la oportunidad de empezar desde cero otra vez, yo no.
-Aarón...
-Solo te haré una pregunta.
-Lánzala.
-¿Te fijarías en mí si luciera diferente?
-¿Cómo?
-Si fuera...flaco.
-¿Por que me lo estás preguntando?
-Solo respóndela.
-Sí.
-¿Qué? -preguntó anonadado por mi respuesta. Él esperaba que dijera que no.
-Mientras no dejes de ser tú mismo...
Me detuve en seco, no estaba consciente de que herí sus sentimientos, y no lo había notado hasta que se tornó un silencio incómodo que no creía que pasaría; siempre fuimos honestos el uno con el otro, y ahora mi honestidad lo lastimaba. Todos los días, lo vi confiado de sí mismo y ahora desconfiaba de todo.
-Gracias por ser honesta conmigo -fingió sonreír.
-Lo siento, no quise decirlo de verdad.
-No tienes porque disculparte, no te puedo culpar por ser honesta.
-Aarón, no quise decir eso.
El silencio incómodo que había entre nosotros volvió; no tuve otra salida que levantarme, pero él no se inmutó. Su mirada se tornó oscura y triste; acorté nuestra distancia, y lo cogí de las manos. Se dejó llevar lo suficiente para que nuestros cuerpos estuvieran muy de cerca. Me había olvidado por completo lo alto que era, por lo que tuve que empinarme para estar casi a su misma altura.
-Aarón -acaricié sus mejillas con mis dedos-, tienes que poner de tu parte para sentirte mejor...
-Estoy enamorado de ti, Isabel.
-¿Qué? -me separé de él bruscamente-. ¿Es por eso que has estado actuando así?
-Sí.
-¿Por qué?
-No tengo una respuesta, maldita sea -notó el miedo en mis ojos por su repentina actitud y tomó aire para aliviar la tensión de sus hombros.
No recuerdo el momento exacto en el que él acortó aún más la distancia y nuestros labios prácticamente estaban a unos centímetros.
-Me convertiré en otra persona hasta que me gane tu corazón -susurró.
-¿De qué estás hablando?
-Es una sorpresa.
Él esperó que lo hiciera a un lado, pero al no hacerlo lo tomó como un permiso irrevocable de que podía besar mis labios. No estoy segura de cuánto tiempo transcurrió, pero me desconecté por completo del mundo. Para ser su nuestra primera vez, lo hizo más que bien. No sabía que me podía enamorar de mi mejor amigo con solo compartir un beso.
El murmullo de la gente nos separó.
-Lo siento, Isa... -dijo apenado con un brillo en sus ojos.
-No sé qué decir, Aarón, se supone que somos amigos...
-Los mejores.
-¿Por qué lo hiciste?
-Ya te lo dije.
-Después de lo que dije.
-No lo he olvidado.
-Sabes que esa no era mi intención.
-Lo sé, pero muy en el fondo sabes que esos son tus intereses, y no te puedo presionar, solo sé que haré lo imposible.
-¿Imposible?, ¿de qué estás hablando?
-De convertirme en ese chico que tú dices.
-Aarón ya te quiero así, y sabes que me expresé mal.
-Déjame sorprenderte.
-¿Comenzarás a hacer ejercicios? -bromeé.
-Algo mejor -me guiñó el ojo haciendo que una electricidad recorriera cada vena de mi cuerpo.
-¿Me dirás qué es?
-Es una sorpresa.
Me besó nuevamente y me llevó hasta el carro de mis padres, se despidió y se dirigió al carro de sus padres. En cambio, mis padres compartieron los que dirían algunos una sonrisa pícara, mientras que yo intentaba ordenar mis pensamientos. Mi mejor amigo me besó, y se sintió tan bien que no estaba segura si eso afectaría nuestra amistad.
-Y, ¿no notó nada más raro en él ese día? -preguntó Daniel.
-No, ese día no, todo pasó como normalmente pasaría en un día normal en el colegio, con mucho drama de por medio.
-¿Tenía sentimientos hacia él?
-Siempre los tuve, pero no lo supe hasta ese día.
-¿Lo ama?
-Irrevocablemente.
Al día siguiente no sabía qué hacer, ¿cambiaría las cosas entre los dos?, ¿o ambos nos haríamos los locos y seguiríamos con nuestras vidas? Respiré hondo y dejé que las cosas tomaran su rumbo. Eran las cinco de la mañana y aún estaba sentada en el borde de la cama, desorientada. A diferencia de Aarón, me costaba madrugar y estar consciente de mis cincos sentidos, desde muy temprano. Bostecé y comencé a arreglarme, mientras mi mamá me consentía preparándome el desayuno. Bajé las escaleras y saludé a mis padres.
-Buenos días, hijita -dijo mi padre al sentarme cercar de él.
-Hola, padre -lo saludé con una sonrisa.
-Notamos que ayer te fue bien en la conversación que tuviste con Aarón, ¿está todo bien? -preguntó para confirmar lo que ya sabía.
-Sí.
-¿No hubo nada raro? -preguntó mamá al servirnos la comida.
-Nada fuera de lo común entre adolescentes.
-Es una buena noticia, hija, llamaré después a su mamá -dijo mamá contenta
El resto del desayuno lo disfrutamos en silencio. Me lavé los dientes, cogí mi mochila y salí con mi papá a la calle a esperar el expreso escolar. El carro llegó casi en seguida, subí, me senté junto a la ventana como siempre lo hago, pero nunca pasamos por su casa. Me pregunté si estaría enfermo y si es así, ¿por qué no me avisaría? El camino hasta el colegio fue largo, y me sentía rara ya que entre todos hablaban, pero era la única que se interesaba por hablar con el conductor, Jaime, un señor encantador de 54 años, que sonreía a todos los que se subían.
-El niño Aarón no vino hoy, su mamá me llamó y dijo que se sentía indispuesto -dijo Jaime al notar mi preocupación.
-No sabía, pero gracias por decírmelo, señor Jaime.
-Noté que estaba un poco abstraída, por eso aproveché para decirle.
-¿Tanto se me notó?
-Sí, es normal que se preocupe por su amigo.
-Sí, después de clases me comunicaré con él.
-¿Ya se acostumbró a la vida de la secundaria?
-Sí, un poco. Aarón es mi gran apoyo.
-No se preocupe, le irá bien hoy -estacionó el carro en el parqueadero del colegio-. Hemos llegado.
-Gracias, Jaime.
Salí del expreso luego de que todos lo hicieran, al menos hoy no fueron tan notorios al mirarme, pero si los podía oír cuchichear entre ellos. De seguro estarían diciendo algo como: la pareja de los raros terminó su relación y por eso él no vino; ahora pasará sola, como siempre. Sacudí mi cabeza y preferí no pensar en aquello.
Llegó la hora del recreo y salimos todos al patio, me acerqué al bar y pedí tortolines con cola mientras buscaba donde sentarme. Todas las mesas estaban repletas. Encontré una silla disponible donde también estaban sentados un grupo de chicos, incluyendo mujeres que estaban en mi mismo salón.
-¿Me puedo sentar con ustedes? -pregunté con una sonrisa fingida. Ya sabía la respuesta.
-No, no queremos que nadie nos vea con la rara de la clase. -Todos se rieron-. ¿Tu amigo no vino hoy?
-No se atrevan a hablar de él -viré los ojos y busqué donde podría sentarme.
-Espera -dijo uno de ellos-. Se te olvidó esto.
El chico me entregó una servilleta con un dibujo en él. Se rio y se regresó a su puesto. Lo abrí y había un "retrato" de Aarón con una frase desagradable: Nadie quiere ser amigo de la novia de un gordo. Lo arrugué y lo boté en el basurero más cercano. Caminé hasta los asientos debajo de la escalera y comí en silencio lo que me había comprado, quise por un momento sacar mi teléfono, pero la supervisora se cruzaba de un lado a otro cerca de donde estaba. Sonó el timbre y regresé a clases.
Lo que quedaba del día transcurrió sin problema, por lo menos no tenía que soportar a mis compañeros del expreso por la tarde. Esperé junto a la salida hasta que mis padres me recogieran. No demoraron en llegar, supongo que tener a mi mamá trabajando desde casa tenía sus ventajas sobre la "puntualidad".
-Hola -dije al ingresar.
-Hola, mijita, ¿todo bien hoy? -preguntó mamá.
-Sí, solo que Aarón faltó, escuché que estaba enfermo.
-Hablé con su mamá, y dijo que no había amanecido bien.
-¿Puedo visitarlo?
-Me dijo que podía ser viral, tendremos que esperar hasta que se sienta mejor -sonrió.
-Si hija, de seguro mejorará pronto y lo podrás ver en el colegio -añadió papá.
-Creo que tienen razón.
Llegamos a la casa y preparamos el almuerzo en familia. Me dejaron elegir el menú, así que preparamos lasaña de carne. Terminamos de comer y mi madre regresó a su trabajo en el estudio, mientras que mi padre salió de casa en búsqueda de trabajo.
Me encerré en el cuarto y cogí mi móvil, busqué el número de él y le dejé pasando un mensaje. A los cinco segundos me respondió.
-Lamento que ellos te hayan hecho sentir mal -dijo y luego insertó una carita triste.
-No, después de todo no suena tan mal.
-¿No te molestó?
-No.
-Quería verte hoy, pero me levanté sintiéndome mal.
-Si me dijeron mis padres, y también me dijeron que podía ser algo viral.
-Fue lo que dijo el doctor. ¿Me podrás prestar tus apuntes de hoy?
-Claro que sí.
-Le pediré a Adam que vaya por ellos, no necesitas hablar con él, solo déjalos fuera de tu casa cuando te diga.
-Claro, no olvides que te extraño.
-De seguro ya me sentiré mejor mañana, no te preocupes.
-¿Me lo prometes?
-¿Qué cosa? -preguntó confundido.
-Que te sentirás mejor y que no me dejarás sola en el colegio.
-Isa...
-Prométemelo.
-Me haces reír, pero está bien te lo prometo.
-Así me gusta.
-¡Qué engreída! -esperó unos minutos-. Adam ya fue para allá, llegará en veinte minutos.
-Está bien.
Dejamos de hablar y guardé mis apuntes en un sobre. Las clases y los deberes que nos mandaron hoy, deberán ser entregados pasado mañana, así que no tendría ningún apuro en que me los devolviera. Cogí una hoja de mi cuaderno y le escribí una carta, traté de no ser taciturna o romántica, pero cuando se trataba de él, era imposible no hacerlo.
-Te extrañé como no tienes la menor idea; no dejaban de mirarme como si fuera la única rara del planeta y cuando no estás conmigo me siento como tal. Sé que no es el momento, pero cuando te sientas mejor debemos hablar sobre lo que pasó ayer. Mis padres nos vieron, y no sé si los tuyos también. No quiero que haya malentendidos entre nosotros. Te quiero.
Guardé la "carta" en el sobre y cogí mi móvil. Era Aarón, me estaba diciendo que Adam se encontraba a cinco minutos. Abrí la puerta y dejé el sobre donde me había indicado Aarón.
-Ya lo dejé en la puerta, Aarón.
-Gracias, Isabel. Eres la mejor amiga del mundo.
-Tú también lo eres -dejé pasar unos segundos y volví a escribir-. Te guardé una carta también.
-¿Son malas noticias? -bromeó. Él sabía que cuando le escribía caklrtas, era apasionada y en algunas veces melancólica.
-No arruines la sorpresa.
Ambos nos reímos y me concentré en las tareas. Hubo algunos ejercicios que no podía realizar y le escribí a Aarón si podía ayudarme. Pacientemente lo hizo hasta que pudiera entender todo sin problemas. La noche cayó y Aarón no respondió más mis mensajes. Pensé que podría sentirse cansado por lo enfermo que estaba, aún así no dormiría tan temprano, lo conozco bien. Lo llamé y en seguida me contestó, pero no podía oír su voz, escuchaba murmullos inentendibles en su lugar. Luego un sonido estruendoso cortó la llamada. Toqué mi pecho y mi corazón latía más de mil por hora. No quise alarmar a mis padres, por lo que preferí arroparme con la colcha y esperar hasta mañana.
-¿Él se reportó enfermo con usted? -preguntó Daniel.
-No, la mamá de él fue quien le dijo al chófer del expreso escolar que estaba enfermo, y ahí él me contó.
-¿La habían molestado antes? Me refiero cuando usted no estaba cerca de la compañía de Aarón.
-No, fue la primera vez que él faltó a clases, por ende, la primera vez que me molestaban de esa forma.
-¿Le hizo saber lo mal que sentía por el dibujo de la servilleta?
-Sí, ya habían dicho algunos comentarios cuando estábamos juntos, pero nunca llegaron a hacer un dibujo.
-¿Él cómo reaccionó?
-No perdió el control si es lo que está buscando como una respuesta. Solo pidió disculpas de que pasara por algo así.
-¿Se sentía culpable por lo que le hicieron?
-Sí, pero a la final le dije que no sonaba tan mal. Me gustaba que me relacionaran de esa forma con él.
-Pero ¿por qué se referían a usted como "la novia del gordito"?
-Porque solo pasábamos entre nosotros, nadie quería ser nuestro amigo porque él era gordo.
-¿Cómo era usted en el colegio, físicamente?
-No sé porque me lo preguntan si ya conocen la respuesta; era muy delgada, la adolescencia me había afectado como a todas.
-¿Nunca tuvo contactó con él ese día?
-No, incluso tuve que darle mis apuntes a Adam, el "mayordomo" de ellos.
-Usted declaró que esa misma noche escuchó murmullos inentendibles que provenían del lado de Aarón.
-Sí.
-¿No reconoció ninguna voz?
-No.
-¿Y él habló?
-Nunca lo hizo.
-¿Qué pasó después?
-Un sonido estruendoso cortó nuestra llamada y fui a dormir.
-¿Había pasado antes?
-No, tampoco quise alarmar a mis padres.
-Si él hubiese estado en peligro, ¿lo hubiese socorrido?
-Sí.