– El aniversario que lo destruyó todo
Por Rebeca Miller
La casa estaba en silencio. Solo el tic-tac del reloj en la pared rompía la calma.
Caminaba de un lado a otro en nuestra habitación, deteniéndome cada tanto para acomodar el mantel blanco que había elegido con tanto cuidado. La mesa estaba perfecta: platos de porcelana, copas relucientes, pétalos de rosa rojos que caían sobre el cristal como si fueran caricias atrapadas en el tiempo. Las velas titilaban suavemente, proyectando sombras largas y cálidas. El aroma de su platillo favorito aún flotaba en el aire.
Me había puesto esa lencería roja. La más atrevida. La que pensé que encendería algo en él. El espejo me había devuelto una imagen que intentaba ser sexy, provocativa... pero debajo del encaje, yo solo era una mujer desesperada por salvar un matrimonio que nunca debía empezar.
Globos dorados. Cintas. Un pequeño cartel que decía: "Feliz primer aniversario" . Todo tan tierno, tan ingenuo. Como yo.
Los nueve.
Los diez.
Las una vez.
Nada.
Me senté frente a la mesa. Sirví dos copas de champaña. Solo una se vació. Luego, otra. Y otra más. Las velas empezaron a apagarse solas, derretidas por el tiempo... como yo.
A la medianoche, la comida que había cocinado con esperanza comenzó a enfriarse.
A la una, las lágrimas ya habían corrido todo el maquillaje.
A las tres de la madrugada, la puerta finalmente se abrió.
Él entró. Charles.
Alto. Elegante. Ni una pizca de culpa en su rostro. Ni una palabra.
Se quedó parado, observando. La mesa aún decorada. Las velas ya consumidas. Los globos medio desinflados. Y yo... con la lencería arrugada, los ojos hinchados de tanto llorar, el labial corrido, la piel helada.
- ¿Qué es todo este desastre? -Fue lo único que dijo, con la voz seca, sin emoción.
Me levanté como pude. Sentía el cuerpo pesado, el corazón más aún. Sostuve mi copa vacía y con voz apenas firme susurré:
-Hoy... era nuestro aniversario. El primero. ¿Ya lo olvidaste?
Charles se acercó. Sus ojos eran de mármol.
-No lo olvidé -respondió sin una pizca de emoción-. ¿Cómo olvidaría el día que me desgraciaste la vida con este absurdo matrimonio?
Saliva tragué. Sus palabras me golpearon más que cualquier puñetazo.
Di un paso atrás. Como si pudiera protegerme de él. De su odio.
-Te lo dije en el altar, y te lo repito ahora -continuó, acercándose más-: Puedo darte lujos, joyas, mi apellido... pero jamás tendrás mi corazón.
Algo dentro de mí se quebró. Algo profundo. Irreparable.
-¿Por qué, Charles? -susurré-. ¿Por qué te casaste conmigo si me desprecias tanto?
Él soltó una risa amarga, seca.
-Porque me dejaste sin opción. Porque quedaste embarazada. Porque tu padre nos chantajeó con arruinar el apellido Schmidt. Porque tú y tu familia vieron en mí su pase al paraíso.
-¡Eso no es cierto! -grité, con el alma hecha trizas.
-¿No? -me miró de arriba abajo, con esa mirada que me hacía sentir pequeña-. Mirate. Esta escena ridícula. Esta ropa. Esta cena absurda. ¿De verdad pensaste que esto cambiaría algo?
-Solo quería intentarlo, que te dieras cuenta de que podemos ser felices, pero veo que tú no piensas igual que yo. -Te odio, Charles. Te odio con todo mi corazón -le escupí las palabras, aunque me ardían más a mí que a él.
Y entonces, molestando. Una sonrisa ladina, venenosa.
-Eso no te lo crees ni tú -susurró, acercándose a mí hasta que su aliento rozó mi piel-. Si me odiaras, no estarías aquí esperándome con esa ropa y esta mesa de cuentos de hadas.
Me sujetó el brazo. Con fuerza. Como si yo le perteneciera. Me empujó hacia la cama.
- ¿Quieres tu noche especial, Rebeca? Pues la vas a tener.
-Charles... no así. Por favor... -supliqué.
Pero no le importó.
Me empujó sobre la cama con rabia. Se desabrochó la camisa. Se quitó la corbata. Su mirada era mezcla de deseo y desprecio.
-Vamos, Rebeca. No finjas. Sé que lo deseas. Siempre lo has deseado. ¿No fue así como empezó todo esto?
Lloraba. Pero no grité. No lo empujé. Porque en el fondo... no sabía si me rompía más su rechazo o su cercanía.
Me besó con violencia. Me tocó con urgencia. Y cuando me penetró, no fue amor... fue castigo.
-Dime que te gusta -decía contra mi cuello.
Yo no dije nada. Solo cerré los ojos y me déjé llevar. Porque cuando el amor se mezcla con el miedo... uno ya no sabe cómo escapar.
Cuando terminó, se levantó como si nada. Se abotonó la camisa. Se ajustó el reloj. Miró la habitación: las flores aplastadas, mi cuerpo inmóvil, mi alma vacía.
-No vuelvas a organizar un aniversario más -dijo sin mirarme-. Porque la próxima vez... será peor.
Y se fue.
Cerró la puerta con la misma frialdad con la que abrió mi infierno.
Me quedé ahí. En la cama. Tiritando, sin sábanas, sin dignidad.
Miré el techo. No lloré más. Las lágrimas se habían secado.
Ese fue el día que entendió que Charles nunca me amó.
Y que tal vez... yo tampoco sabía lo que era el amor.
El jardín de la mansión Schmidt estaba decorado como salido de una revista: globos pastel, mesas con manteles de encaje, una carpa elegante donde los niños jugaban entre inflables y música suave. Todo parecía perfecto.
Excepto yo.
Sentada en una silla playera, con un vestido beige que ocultaba mi melancolía, observaba a mis trillizos correr felices entre los hijos de los amigos de Charles. Reían. Se lanzaban por los toboganes inflables, gritaban su felicidad... y por un momento, sentí que algo en mí se quebraba.
Mi mirada se perdió entre los adornos, pero mi mente estaba en otro lado. Con cada carcajada de mis hijos, sentía una punzada de culpa... y de decisión. Hoy era el segundo cumpleaños de los trillizos. Y su padre aún no había aparecido.
-¿Charles no te ha llamado? -La voz grave de mi suegro me sacó de mis pensamientos.
Lo miré, forzando una sonrisa-. Seguramente surgió algo en la empresa -mentí. Pero por dentro sabía la verdad: Charles no vendría. No le importábamos.
Don Augusto me estudió con atención, como si pudiera ver más allá de mis palabras.
-Rebeca... sé que no es el momento -dijo, con una voz que mezclaba compasión y pesar-. Pero sé que tú y Charles no están bien.
Levanté la mirada, fingiendo sorpresa.
-¿Por qué lo dice, señor Augusto? Charles y yo estamos... bien. A veces tenemos nuestras diferencias, como todos.
No me dejó terminar.
-No tienes que defenderlo. Sé quién es mi hijo. Y no te voy a mentir... al principio, no te quería cerca. Pensé que eras una cazafortunas. Pero en estos dos años me demostraste que eres más fuerte de lo que imaginé. Y que amas a mi hijo de verdad.
Sus palabras me apretaron la garganta. No dije nada. Solo asentí, luchando contra las lágrimas.
Entonces lo escuchamos.
-¡Eh, hermano! -gritó uno de los amigos de Charles desde la entrada. Volteé instintivamente. Y allí estaba él. Mi esposo. Impecable. Traje de lino, gafas oscuras, sonrisa de compromiso. Tarde. Como siempre.
Don Augusto se alejó para recibirlo. Yo me quedé inmóvil. Y aún así, Charles me vio. Me vio como siempre lo hacía: con frialdad, como si yo fuera una deuda pendiente, un error con nombre propio.
-¿Se puede saber por qué llegas tarde al cumpleaños de tus hijos? -reclamó su padre, cruzado de brazos.
-Lo siento, papá. El tráfico, un asunto urgente. Pero ya estoy aquí, ¿no?
-Ve a saludar a tu esposa -ordenó Augusto.
-Está bien, no te pongas así. Además, vendrán reporteros, quiero que mis nietos salgan en las revistas.
Ah, claro. La imagen. La fachada. La familia perfecta para los flashes.
Charles se acercó a mí. Se sentó a mi lado con esa seguridad de quien sabe que nadie lo va a cuestionar. Me miró. Largo. Intenso.
-¿Qué sucede? ¿Por qué me miras así? -le pregunté, sin esperar respuesta.
Se llevó una mano al cabello y suspiró.
-Rebeca, Rebeca... ¿Qué voy a hacer contigo?
Y entonces, sin pensarlo, lo solté.
-Dame el divorcio.
Sus ojos se oscurecieron. Me tomó del mentón con fuerza, disimulando ante las miradas. Se acercó a mis labios, rozándolos.
-Nunca -susurró-. Nunca te daré el divorcio.
Me besó. Mordió mi labio con intención. No fue un beso. Fue una marca. Una amenaza disfrazada de afecto.
El dolor me hizo cristalizar los ojos, pero me negué a llorar. Me solté con elegancia, me levanté y caminé hacia los inflables donde mis hijos jugaban sin saber nada de lo que ocurría a su alrededor.
Los reporteros llegaron minutos después. Nos tomaron fotos. A Charles, a los trillizos, a mí. Sonreí. Fingí.
Parecíamos una familia feliz.
Pero por dentro...
Yo ya estaba buscando la salida.
La fiesta terminó entre risas, globos desinflados y el dulce eco de los niños corriendo por el jardín. Me despedí de Rosa con un abrazo largo.
-Adiós, amiga. Cuídate mucho.
-Tú también, Rebeca -me respondió, con una mirada que lo decía todo. Sabía que algo no estaba bien.
Una de las niñeras me ayudó con los niños. Los trillizos ya estaban cansados, somnolientos después de tantas emociones. Caminamos hasta el auto. Justo cuando íbamos a subirnos, Augusto se acercó a Charles.
-¿Por qué no se quedan esta noche aquí? Esta también es su casa.
Charles negó, firme.
-No, papá. Rebeca y yo queremos estar solos.
Me miró con esa expresión que nunca lograba descifrar. Sonreí débilmente.
-Es cierto. Una pareja necesita su espacio. Además, usted sabe que siempre estaré pendiente de usted. No se preocupe.
Augusto me abrazó.
-Te quiero, hija.
-Y yo a usted.
Subí al auto con los niños, y Charles se despidió de su padre antes de sentarse al volante. Apenas arrancó, mi teléfono sonó. Miré la pantalla. Era mi abogado. El corazón me dio un vuelco.
-¿Quién te manda mensajes a esta hora? -preguntó Charles sin quitar la vista del camino.
-Basta, Charles. Estás manejando. Déjame en paz.
-Dímelo, Rebeca. ¿Quién es?
Lo miré con cansancio.
-Bien. Si tanto te interesa, es mi abogado.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada. Esa sonrisa que alguna vez me enamoró y ahora me daba miedo. No dijo nada más durante el camino, pero su silencio pesaba como plomo.
Al llegar a casa, las niñeras aparcaron detrás de nosotros y nos ayudaron con los niños. Yo subía las escaleras cuando sentí su mano en mi brazo.
-Tú vienes conmigo -dijo, tirando de mí con firmeza.
-¿Qué haces? ¡Suéltame! -protesté, tratando de zafarme.
Me arrastró, casi literalmente, hasta su habitación. Sí, suya, porque desde hace meses ya no compartimos cama. Apenas crucé el umbral, me solté de su agarre con fuerza.
-¿Qué demonios te pasa?
-¿Estás loca? ¿Crees que voy a darte el divorcio así como así?
-¡Entonces dime por qué! ¿Por qué quieres seguir atado a mí si no me amas? -grité con el alma desgarrada.
-¡Cállate, Rebeca! -rugió-. ¡Tú y yo sabemos perfectamente cómo empezó esto! ¡Me casé contigo sin amor!
Sus palabras eran cuchillas.
-¡Y no te amo! ¡Nunca te voy a amar!
Me quedé helada. Di un paso hacia la puerta, pero él fue más rápido. Me tomó de ambas muñecas y me empujó hacia la cama. Sentí su peso sobre mí.
-¡Eres pésima en la cama! -escupió con rabia.
Quise levantarme, pero no pude. Mi corazón temblaba.
-Amelia... -susurró, como un veneno-. Ella era la mujer con la que debí casarme. ¡Tú y tu maldita familia me lo arruinaron todo!
-¡Suéltame, Charles! ¡Ya es suficiente! ¡Estoy cansada! ¡Cansada de tus insultos, de tus desprecios!
-¡Nunca vas a ser libre, Rebeca! ¿Me oyes? ¡Nunca!
Sus ojos me miraban con rencor. Yo, con el alma hecha trizas, lo miraba con la certeza de que ya no quedaba nada. Solo ruinas. Solo dolor.
Y mientras él salía de la habitación con la puerta cerrándose tras él, supe que ese matrimonio era una prisión. Y que yo, finalmente, estaba lista para escapar.
Me pregunto -una vez más- cómo llegamos a este punto.
¿Cómo me casé con ese hombre?
La respuesta me lleva dos años atrás...
-Hola... ¿Cómo estás?
Me sobresalté y levanté la vista. Era Charles Schmidt.
Él es Charles Schmidt.
El tipo que todas miraban, el heredero de una fortuna, estudiante brillante, sonrisa ganadora, el único que me hablaba como si yo fuera más que la hija del publicista Miller.
-¿Te asusté? -dijo con una sonrisa ladeada.
-No, no... para nada -respondí bajando la mirada, sintiendo que mis mejillas ardían.
-Vine a contarte algo -se sentó a mi lado, con esa naturalidad suya que siempre me desarmaba-. Hablé con Amelia.
Mi estómago se encogió.
-¿Y...? ¿Le dijiste cómo te sientes?
-Sí. Le dije que me gusta. Mucho. Y... -Sonrió de nuevo-. Bueno, me dijo que pronto se va de viaje, pero que mientras está aquí, podemos salir. Así que... vamos a comenzar a salir.
Lo miré, obligándome a sonreír. Fingí alegría.
-Me alegra mucho por ti, Charles.
Él se inclinó y me besó la mejilla. Un gesto simple... pero para mí, fue como si el mundo se detuviera.
-Gracias por tus consejos, Rebeca. Por escucharme siempre. Eres una gran amiga... la mejor.
Se levantó y se alejó. Lo vi perderse entre los árboles del campus, y una lágrima traicionera se deslizó por mi mejilla. Me la limpié rápido.
-¿Rebeca? -era Rosa, mi mejor amiga-. ¿Todo bien?
-Sí. Charles... acaba de decirme que va a empezar a salir con Amelia.
Rosa me abrazó sin decir nada. Porque sabía. Sabía lo que no me atrevía a confesar:
Yo estaba enamorada de él. Desde siempre.
seis meses después
Estaba en casa, en pijama, repasando conceptos para una entrega. La noche era húmeda, con neblina espesa cubriendo las ventanas. Entonces sonó el teléfono y contesté.
-¿Rebeca? ¿Puedes salir?
-¿Charles? ¿Qué pasa? Estoy estudiando...
-Por favor, Rebeca. Solo sal.
No pregunté más. Me puse un abrigo, bajé en silencio las escaleras y salí por la puerta trasera para que mis padres no me vieran. Al cruzar la calle, lo vi. Su auto deportivo brillaba bajo la luz tenue de la farola.
Charles bajó la ventanilla, sonrió y me hizo una seña.
-Estoy loca -murmuré sin que él me escuchara-. Pero no me importa.
Me acerqué.
-¿Qué sucede?
Abrió la puerta del coche para que entrara.
-Sube.
-Está bien...
Entré al coche, encendió el motor y comenzó a conducir. En el silencio, su voz me sorprendió:
-Hoy me despedí de Amelia.
Sentí un nudo en la garganta.
-¿Se fue?
-Sí. A Rusia. Sus padres insistieron en que terminara su carrera allá. Le prometí que la buscaría cuando termine la universidad...
Lo dijo mirando hacia la carretera. Yo solo asentí.
-Debes estar triste.
-Sí... pero también estoy aliviado porque estoy seguro de que la volveré a ver. Y... quería estar contigo a contarte todo.
No supe qué contestar. Charles estacionó frente a un club exclusivo, donde la música se filtraba por las paredes.
Pidió una botella de vino blanco. Nos sentamos en una mesa apartada.
No tardamos en emborracharnos un poco. Entre risas, miradas largas y silencios tensos, la noche se fue derritiendo.
Al salir, el aire helado nos recibió.
-Tengo un lugar que quiero mostrarte -me dijo.
Condujo por una carretera desierta. Llegamos a un mirador sobre la ciudad.
La vista era mágica: luces parpadeantes, el mar a lo lejos, el cielo despejado.
Charles me tomó de la cintura y me ayudó a subir a la capota del coche. Me ofreció una cerveza.
Nos recostamos juntos, espalda con espalda, mirando las estrellas.
En algún momento, su mano rozó la mía. Luego, su mirada se cruzó con la mía.
Nos quedamos así, demasiado cerca. Respirando el mismo aire.
Y entonces... me besó.
Era un beso lento, suave, cargado de cosas que ninguno de los dos decía.
Me dejé llevar.
Lo deseaba desde hacía años.
Charles me tomó entre sus brazos, me ayudó a bajar, abrió la puerta trasera del coche y, sin una palabra, nos entregamos al deseo.
Su cuerpo junto al mío. Su respiración en mi cuello.
Sus manos explorándome, su boca en mi piel.
Por un momento, el mundo se desvaneció.
Yo ya no era solo la amiga. Era la mujer en sus brazos.
Pero entonces... me aparté, con el corazón desbocado.
-Charles... creo que no deberíamos...
Él me miró, sin rastro de duda.
-Vamos, Rebeca... somos amigos con derecho, ¿no?
Esa frase me partió. Pero asentí.
Porque en ese momento, yo quería tener aunque fuera un pedazo de él... aunque doliera.
Y esa noche, fue el inicio de todo.
De lo que seríamos.
Y de lo que algún día... nos destruiría.
Rebeca Miller
Dos años antes....
Si me hubieran dicho que un par de líneas rosadas podían volverse el punto de quiebre de mi vida, no lo habría creído. Pero ahí estaba yo, dos meses después de haberme entregado a Charles Schmidt por primera vez, caminando de un lado al otro en mi habitación, apretando con fuerza una prueba de embarazo que aún no me atrevía a usar. Tenía el corazón galopando, la boca seca y un nudo en la garganta.
Respiré hondo y entré al baño. Me senté con las piernas temblorosas, recogí un poco de orina y coloqué la muestra sobre el pequeño test blanco. Me levanté, me subí la ropa interior con movimientos torpes y me lavé las manos mientras mi reflejo en el espejo me devolvía la mirada. ¿Quién era esa chica? Desde aquella noche con Charles, apenas lo había visto. Tal vez porque no podía enfrentarlo, no sabía qué decirle, no sabía qué pensaba él de mí. Tal vez simplemente me escondía porque me daba vergüenza.
Volví a mirar la prueba y ahí estaban: dos líneas rosadas.
Me derrumbé en el piso del baño. Las lágrimas me inundaron los ojos. No podía respirar. Sentía que todo mi mundo se caía. "Soy una estúpida... "¿Cómo pude quedar embarazada?", me repetía una y otra vez. Tenía que hablar con él, tenía que contarle. Tal vez, juntos, podíamos encontrar una salida. Pero, ¿mi carrera? No podía dejar de estudiar. No ahora.
Me limpié el rostro, me puse de pie y tomé mi mochila. Guardé mis cuadernos y salí de la habitación. Al bajar, vi a mis padres sentados en la sala, conversando. Mi madre, Evelyn, sostenía una taza de café entre las manos, y mi padre, Bruno, lucía más preocupado que de costumbre.
-Buenos días, papá. Buenos días, mamá -dije, tratando de sonar normal. Le di un beso a mi madre.
Mi padre apenas me saludó con un gesto de la cabeza, pero no tenía tiempo para preguntar qué pasaba.
-Nos vemos luego -les dije y salí rápidamente de la casa.
Subí a mi auto y lo encendí. Tenía que ver a Charles. Tenía que contarle. En el trayecto a la universidad, mi mente era un torbellino. Al llegar, estacioné el coche y comencé a buscarlo con la mirada. Rosa, mi mejor amiga, se me acercó.
-Hola, Rebeca. ¡Te ves pálida! ¿Pasó algo?
Quise llorar. Pero no podía hacerlo allí. Tenía que ser fuerte.
-Rosa, tengo que contarte algo...
Metí la mano en mi mochila buscando la prueba, pero mi corazón se detuvo. No estaba. La había dejado en el baño.
-No, no puede ser...
-¿Qué pasa?
-La prueba... la dejé en el baño. Si mis padres la ven...
En ese momento, escuché su voz.
-Hola, Rebeca. ¿Cómo estás?
Era Charles. Lo miré directo a los ojos.
-Hola, Charles. Necesito hablar contigo. Es urgente.
Rosa captó la tensión y se despidió.
Nos sentamos en una banca. Charles tomó mi mano.
-Te noto extraña. ¿Qué pasa?
No sabía cómo decirlo, pero tengo que ser fuerte.
-No sé cómo decir esto... Charles, esto va a cambiar nuestras vidas. Estoy embarazada. Lo dije sin mirarlo.
El silencio que siguió fue eterno. Me miró con asombro.
-¿Estás segura? A veces esas pruebas fallan.
-Por eso quería decírtelo. No quiero enfrentar esto sola.
-No te preocupes. Te llevaré al hospital para confirmar todo. Luego veremos qué hacer.
Asentí. Pero antes tenía que regresar a casa. Tenía que recuperar la prueba. Me levanté y en ese momento escuché la voz de mi padre:
-¡Rebeca!
Volteé. Allí estaban mis padres. Mi corazón se detuvo. Mi padre me tomó del brazo.
-¿Qué significa esto? ¡Así me pagas todo lo que he hecho por ti!
Las lágrimas comenzaron a brotar sin control. Sentía que el mundo se cerraba sobre mí. Mis compañeros miraban; algunos cuchicheaban. Charles dio un paso al frente.
-Señor Miller, por favor, cálmese. -Que me calme sabiendo que mi hija se ha entregado a un hombre aún sin casarse.
Mi padre lo miró con rabia.
-Yo me haré responsable del bebé. Señor Miller
Mi padre lo miró con rabia y luego dijo:
-Así que tú eres el responsable de esto. Entonces te casarás con mi hija. ¡Eso es lo que harás!
Miré a Charles. Su rostro había cambiado. Se había vuelto frío, inexpresivo.
-Está bien. Me casaré con ella. Pero deje de hacer el ridículo. Así no se solucionan las cosas.
Mi madre se acercó y me abrazó. Yo sollozaba.
-Papá... yo no quiero casarme. ¡No quiero!
-Eso no lo decides tú. Ya tomaste una decisión, ahora te haces responsable.
Se dio la vuelta y comenzó a marcharse. Charles seguía allí, inmóvil, sin mirarme. Su frialdad me desgarró.
Nos subimos al auto. Mi padre tenía una gran sonrisa.
-No sabes lo feliz que estoy al saber que el padre de tu hijo es ese muchacho. Nos has salvado, hija.
-¿Salvar de qué, papá?
Mi madre me tomó la mano con ternura.
-Hija... tu padre está en quiebra. La empresa está perdida.
No pude contenerme. Rompí en llanto mientras el auto se alejaba, llevándome no solo de la universidad, sino de la vida que conocía.
Nada volvería a ser igual.
Después del escándalo que mi padre provocó en la universidad, logró lo que tanto deseaba: casarme con Charles. Y aquí estoy, vestida de blanco, caminando del brazo de mi padre hacia el altar. Su rostro irradia una sonrisa tan amplia como el éxito que cree haber conseguido. Para él, esta boda representa una salvación económica, un triunfo social, una jugada perfecta.
Para mí... era todo lo contrario.
Yo sabía la verdad. Charles no me amaba. Nunca lo hizo. Yo era su amiga, su confidente. La chica que siempre estuvo ahí para escucharlo hablar de Amelia, su verdadero amor. Desde el primer día que lo vi en la universidad, supe que estaba perdida. Siempre buscaba la forma de estar cerca de él, de que me notara, de que supiera que yo existía. Hasta que un día, el novio de Rosa -mi mejor amiga- nos presentó. Desde entonces, Charles se acercaba a mí... pero solo para hablarme de ella.
Nunca me importó ser solo su amiga. Mentira. Sí me importaba. Me dolía. Pero prefería tenerlo cerca, aunque fuera así, a no tenerlo en absoluto.
Y ahora... aquí estaba. En el altar. Frente a él. Viendo su mirada fría, como hielo. Esa parte de Charles no la conocía hasta que mi padre lo obligó a casarse conmigo. Bueno, mi padre y también los suyos. Los Schmidt no podían permitir un escándalo que manchara su reputación, mucho menos con la herencia de una empresa tan respetada en juego. Charles era el heredero. Y ahora, yo era su esposa. Al menos, ante el mundo.
Mi padre lo miró con firmeza mientras me entregaba.
-Espero que hagas feliz a mi hija. Ella se merece que la trates bien.
Charles solo asintió. Luego tomó mi mano con una firmeza mecánica, me miró a los ojos y murmuró con frialdad:
-Te prometo todo mi mundo, Rebeca Miller... pero nunca obtendrás mi corazón.
Sentí cómo esas palabras me atravesaban el alma como un puñal. Bajé la mirada y respiré hondo, obligándome a no llorar. No aquí. No ahora. Arruinaría mi maquillaje... lo único que disimulaba la tristeza en mi rostro. Como un payaso. Un triste payaso disfrazado de felicidad frente al mundo.
Nos colocamos frente al sacerdote. Su voz resonó por toda la iglesia con solemnidad:
-Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos hoy reunidos en este lugar sagrado para presenciar y bendecir la unión de Charles Schmidt y Rebeca Miller en santo matrimonio, un sacramento que es reflejo del amor eterno de Dios por su pueblo.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Amor eterno? Qué ironía.
-El matrimonio no es simplemente un contrato humano, sino una alianza sagrada instituida por Dios. En el libro del Génesis leemos: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán una sola carne."
Yo quería un matrimonio así. Uno verdadero. Uno en el que el amor fuera el cimiento... no la obligación ni el chantaje.
-Desde el principio, Dios quiso que el amor entre un hombre y una mujer fuera señal viva de su amor, fiel y fecundo. Charles Schmidt, Rebeca Miller, ustedes han elegido caminar juntos por el sendero del amor, del respeto y de la entrega mutua. Hoy se prometen fidelidad en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, todos los días de sus vidas.
¿Elegido? ¿Eso creyó el sacerdote? Qué equivocado estaba.
-Este compromiso no es sólo entre ustedes dos. Hoy lo hacen también ante Dios, quien será el centro y el fundamento de su vida matrimonial. Que nunca falte en su hogar la oración, el diálogo, el perdón y el deseo constante de crecer juntos.
Una parte de mí deseaba que todo eso pudiera ser verdad. Que algún día Charles pudiera mirarme con amor. Que todo lo que empezó mal, se corrigiera con el tiempo.
-Les invito ahora a unir sus manos, a mirarse con amor y a responder sinceramente a las preguntas que les haré, como signo de su libre voluntad para casarse.
Tomé su mano. Estaba fría, tensa. Lo miré a los ojos. Él evitó mi mirada.
-Charles Schmidt, ¿aceptas a Rebeca Miller como tu legítima esposa, para amarla y respetarla todos los días de tu vida?
-Sí -respondió sin titubear, pero sin emoción.
-Rebeca Miller, ¿aceptas a Charles Schmidt como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
Mi voz tembló. Una lágrima amenazó con salir, pero logré contenerla.
-Sí -dije.
El sacerdote sonrió satisfecho, como si acabara de presenciar un acto sagrado. No sabía que en realidad estaba bendiciendo una mentira... o al menos, una verdad incompleta.
Después de la ceremonia, las fotos, los abrazos y las felicitaciones vacías, llegó el momento del vals. Charles me tomó de la cintura. Su contacto me estremeció. No porque fuera romántico, sino porque era lejano. Frío. Como si estuviera bailando con una estatua.
-Gracias por no hacer una escena -murmuró él.
-No lo haría... No quiero avergonzar más a mis padres -respondí.
El vals terminó. Aplaudieron. Sonreí. Sonreí tanto que dolía.
Después, subimos al auto que nos llevaría al hotel donde pasaríamos nuestra "noche de bodas". No hablamos. Solo mirábamos por la ventana. Cada uno perdido en sus pensamientos. Él en Amelia, seguramente. Yo... en lo que acababa de hacer con mi vida.
Al llegar, Charles fue el primero en entrar a la habitación. Se quitó la chaqueta y se sentó en un sillón.
-Quítate el vestido -dijo con voz seca.
Me congelé por un instante. Tragué saliva, mis manos temblaban. Ese no era el tono con el que una mujer imagina que su esposo le pedirá que se desnude en su noche de bodas. No había ternura, ni emoción. Solo órdenes.
Empecé a soltar los botones del vestido de encaje que tanto me había emocionado usar. Cada botón que caía era como un golpe al corazón. No por pudor, sino por desilusión. Cuando el vestido resbaló por mis hombros y cayó al suelo, levanté la vista. Charles se estaba quitando la camisa con la misma frialdad. Luego se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera de su pantalón.
-Acércate -dijo sin emoción, sin deseo real. Como si simplemente estuviera cumpliendo un deber, como si yo fuera parte del contrato.
Obedecí. Me acerqué con el corazón desbocado, no por pasión, sino por miedo. Miedo a lo que estaba por pasar, miedo a lo que significaba estar con alguien que no me amaba. Y aún así, yo lo amaba. A pesar de todo.
Su mirada era como hielo. Fría. Inaccesible.
Yo deseaba una caricia, una palabra dulce, un gesto que me hiciera sentir que, tal vez, había esperanza para nosotros.
Pero no fue así.
-Arrodíllate -ordenó, sin una pizca de dulzura en su voz. -. Y tómalo entre tus manos y hazlo bien. Me dijo, mirándome a los ojos.
Mis piernas flaquearon. No sabía si lo hacía por obediencia, por amor o por resignación. Me arrodillé. No por deseo, sino por necesidad de no decepcionarlo... de no romperme del todo esa noche.
Él me miró como si yo no fuera una mujer, sino un objeto más de su vida acomodada. No había fuego entre nosotros, solo cenizas de algo que nunca llegó a encenderse.
Y ahí, en la que debía ser nuestra noche de bodas, entendí que esa no era una unión de amor. Era una transacción. Una cárcel. Una sentencia.
Así comenzó mi matrimonio con Charles Schmidt. Con un vestido blanco... y un corazón roto.