El invierno en Snorre-Vik no era simplemente una estación; era una entidad que respiraba. En este recóndito pueblo noruego, el frío no era un concepto meteorológico, sino un vecino silencioso que se filtraba por las rendijas de las casas y se instalaba en el centro del pecho. Para la mayoría de los habitantes, el invierno era un enemigo contra el que luchar con abrigos de lana gruesa, tazas de café humeante y chimeneas de leña crujiente. Para mí, sin embargo, el frío era mi lengua materna.
Era el elemento en el que mis pulmones habían aprendido a expandirse y mi piel a endurecerse como el diamante.
Caminar fuera de los muros de la mansión Moldoveanu se sentía como cruzar un portal hacia otra dimensión. Tras veinte años de ser la "Princesa de Cristal" -un título que cargaba con más ironía que honor en los pasillos de mi hogar-, el asfalto de la universidad bajo mis botas era el suelo más firme que jamás había pisado.
La mansión siempre había sido una jaula de oro y hielo. Allí, cada mueble de caoba y cada moldura de mármol parecía recordarme que yo era una anomalía, una mancha violeta en un linaje de pureza grisácea. En casa, no había guardias de ojos plateados vigilando cada uno de mis suspiros de manera obvia, pero la Virtud de Anulación de mi padre, Alistair, siempre estaba presente, flotando en el aire como una neblina invisible que sofocaba cualquier rastro de emoción espontánea. Estar fuera, bajo el cielo plomizo de Snorre-Vik, era como aprender a respirar de nuevo.
- Engel, por el amor a lo que sea que adoren los humanos, relaja los hombros. Estás tan tensa que pareces estar a punto de estallar en mil pedazos -la voz de Bianca, vibrante y llena de una energía que yo envidiaba, rompió mi trance.
Bianca no era mi prima de sangre, pero era mi sangre en todo lo que importaba. Mi tía Serafina la había convertido hacía años, rescatándola de una muerte segura en los barrios bajos de Oslo, para que yo no creciera en una soledad absoluta. A diferencia de mí, Bianca era una "Impura" con orgullo. No poseía la belleza estática y perfecta de los nacidos vampiros, pero su Virtud del Eco le permitía leer las auras, ver los colores de las almas ajenas como si fueran pinceladas de luz sobre un lienzo oscuro. Ella era mi brújula en este nuevo mundo de ruidos y olores.
- Es la libertad, Bianca. Tiene un peso extraño, como si el aire fuera más denso aquí afuera -respondí, ajustando mi bufanda de seda oscura.
El tejido era una barrera entre el mundo y yo. Ocultaba mi mandíbula afilada, pero nada podía ocultar mis ojos. Mis ojos violetas, la herencia maldita de una madre hechicera que solo conocía por los susurros prohibidos del servicio y las miradas de lástima de mi padre. El violeta no era un color permitido en la paleta de los Moldoveanu; era el color de la transgresión.
El campus era un hervidero de vida humana. Era fascinante y aterrador a la vez. Cientos de estudiantes corrían de un lado a otro, y yo podía sentir sus corazones latiendo con un ritmo frenético, como pequeños tambores biológicos golpeando en la base de mi cráneo. Sus aromas eran un asalto sensorial: perfumes baratos de vainilla, el olor metálico del sudor tras una carrera, el aroma amargo del café recién hecho y el químico de los detergentes de ropa. Comparado con el olor a cera, mármol y antigüedad de mi hogar, la universidad olía a urgencia. Olía a vida que sabe que tiene un final.
- ¡Oigan! ¿Son nuevas? -una voz masculina nos detuvo frente a la imponente escalinata de piedra del auditorio principal.
Me tensé por instinto, mis dedos buscando la empuñadura de una daga que mi padre me había prohibido traer. Pero no era un enemigo. Era un chico de cabello castaño revuelto y una sonrisa tan amplia que parecía incapaz de guardar secretos.
- Soy Dean -dijo él, extendiendo una mano cálida. No la tomé. No por arrogancia, sino por el miedo atávico a que mi temperatura de bajo cero quemara su piel humana-. Y esta es Maya. Estábamos discutiendo si eran de este planeta o si acababan de bajar de un glaciar de Svalbard.
Maya, una chica de cabello oscuro cortado en un estilo bob y una chaqueta de mezclilla llena de parches de bandas de rock, nos dio una mirada apreciativa, libre de la malicia que yo esperaba.
- Ignora a Dean, es un idiota amable. Pero tiene razón, tienen un estilo increíble. ¿Artes o Historia?
Bianca dio un paso al frente, sus ojos zafiro brillando por un segundo mientras su Eco escaneaba a los recién llegados. Noté cómo su postura se relajaba al instante; sus hombros bajaron y una sonrisa genuina apareció en sus labios.
- Historia del Arte. Yo soy Bianca y ella es mi prima, Engel.
- Dean y Maya... -susurré, probando los nombres en mi lengua. Se sentían ligeros, sin los títulos y apellidos pesados que solían acompañar a cada presentación en mi mundo. Sus auras, según el gesto de aprobación de Bianca, eran como hogueras acogedoras en una noche de tormenta.
- Vengan con nosotros -invitó Maya, señalando la entrada del auditorio-. Si se sientan solas, los de la fraternidad Hellefjord las acecharán como buitres buscando carne fresca. Nosotros somos un escudo mejor, aunque Dean solo sepa defenderse con chistes malos.
El Auditorio y el Rey de la Tormenta
El interior del auditorio de Snorre-Vik era una pieza arquitectónica que parecía querer devorar la luz. Madera de roble oscuro, techos tan altos que se perdían en las sombras y un eco que amplificaba el murmullo de cientos de estudiantes. Nos sentamos en la zona media. Dean no paraba de hablar sobre lo difícil que era conseguir una hamburguesa decente en el pueblo, mientras Maya le reñía por sus prioridades existenciales. Yo intentaba escucharlos, intentaba asimilar cómo era ser una humana de veinte años preocupada por la comida, pero entonces el escenario se llenó.
La Directora Vance caminó hacia el podio con una elegancia que me recordaba a un halcón. Su presencia era magnética, pero mi mirada, gobernada por un instinto que no reconocía como propio, se desvió hacia la fila de académicos situados detrás de ella.
Y entonces, el aire de mis pulmones simplemente se evaporó.
Había un hombre sentado al final de la mesa. No vestía las túnicas académicas tradicionales, sino una camisa de algodón oscura que se ajustaba a unos hombros que parecían cargar con el peso de una montaña. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, pero fueron sus ojos los que detuvieron mi sistema circulatorio.
Eran grises. Pero no el gris estático y muerto de mis familiares. Eran el gris de una tormenta eléctrica en el Mar del Norte, cargados de una energía cinética que hizo que mi propia Virtud vibrara bajo mi piel como una cuerda de violín a punto de romperse.
En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, sentí un choque térmico devastador. Una ola de calor, un fuego líquido que no debería existir en mi mundo de hielo, viajó desde las plantas de mis pies hasta la nuca, conectándome a él a través de la distancia. El ruido del auditorio se apagó por completo. Dean desapareció, Maya desapareció, incluso la presencia protectora de Bianca se volvió un borrón insignificante. Solo estábamos él y yo, dos puntos de luz en un universo que acababa de colapsar.
Sus ojos se entrecerraron, fijos en el violeta de los míos. Pude ver cómo sus fosas nasales se dilataban ligeramente, como si estuviera rastreando mi esencia a través del oxígeno compartido, filtrando mi olor a nieve y magia entre el hedor de los humanos. No era una mirada de profesor a alumna. Era la mirada de un depredador que acababa de encontrar algo que las leyes de la naturaleza decían que no debería existir.
Forcé la vista hacia mis rodillas, apretando los puños sobre la falda de lana. Mi piel, que siempre estaba a una temperatura que congelaría el agua, estaba... caliente. Mi sangre latía con una urgencia que me asustaba. Durante todo el discurso de la Directora, no escuché una sola palabra. Solo sentí el peso de su observación, una presión gravitacional que me mantenía anclada a mi asiento. No necesitaba mirar para saber que el "Profesor de los ojos grises" no había dejado de estudiarme ni un segundo.
El Almuerzo: Un Espejismo de Humanidad
- Engel, ¿estás segura de que no quieres probar el estofado? Está sorprendentemente bueno para ser comida de cafetería -dijo Dean mientras nos acomodábamos en una mesa de madera bajo los robles centenarios del patio.
- No tengo mucha hambre, gracias -mentí, aunque el olor de la carne especiada me revolvía el estómago de una forma extraña. Mi hambre hoy era de otro tipo, una sed de respuestas que ningún alimento humano podría saciar.
Observé a Dean y Maya con una fascinación silenciosa. Ellos hablaban de sus orígenes en Oslo, de cómo habían decidido estudiar en Snorre-Vik para escapar de la tecnología y el caos de la capital. Eran simples, eran reales. Maya sacó un cuaderno de bocetos y empezó a trazar la silueta de los fiordos con trazos rápidos de carboncillo, mientras Dean bromeaba sobre sus fallidos intentos de aprender a esquiar sin terminar en el hospital.
- En realidad, yo crecí cerca del mar -decía Maya sin levantar la vista de su dibujo-. Hay algo en el movimiento del agua que me hace sentir en paz. ¿Y ustedes? Siempre han vivido en esa mansión en la colina, ¿verdad? Es un poco... intimidante.
- Es una herencia familiar complicada -respondió Bianca con una soltura que yo envidiaba, cubriéndome como siempre-. Nuestra familia prefiere el aislamiento, pero Engel y yo necesitábamos ver qué había más allá de los muros de piedra. La historia es mejor vivirla que leerla en libros de hace doscientos años.
Bianca se inclinó hacia mí, fingiendo que me arreglaba un mechón de cabello platino.
- Son almas puras, Engel -susurró para que solo yo la oyera, su voz cargada de la vibración de su Eco-. Dean es lealtad pura, su aura es de un naranja cálido, como una chimenea. Y Maya... ella es como el agua profunda, tranquila pero fuerte. Podemos ser nosotras mismas con ellos, dentro de lo que cabe. No ven monstruos, solo ven a dos chicas raras.
Por un momento, me permití reír de una broma absurda de Dean sobre un profesor de latín. Fue un sonido extraño para mis propios oídos, como cristales chocando entre sí en una brisa suave, pero se sintió bien. Por un momento, no fui la heredera de un linaje que esperaba mi cristalización. Fui solo una chica de veinte años haciendo amigos bajo el sol pálido de Noruega.
El Regreso al Castillo de Hielo
Sin embargo, el hechizo de normalidad se rompió en cuanto el sol empezó a ocultarse tras las montañas escarpadas. Las sombras en Snorre-Vik se alargaban como dedos negros y delgados, recordándonos que nuestro tiempo en el mundo de los vivos, bajo la luz que todo lo perdona, había terminado por hoy.
Caminamos de regreso hacia la mansión en silencio. A medida que ascendíamos por el sendero arbolado, la calidez que Dean y Maya habían dejado en mi pecho se evaporaba, reemplazada por la rigidez de mi apellido. Las puertas de hierro forjado se abrieron con un chirrido que, para mis oídos, sonó como el cierre de una celda.
- Bianca -dije cuando finalmente estuvimos en la seguridad del ala oeste de la mansión, rodeadas de nuevo por el silencio sepulcral-. El hombre del auditorio... el profesor de los ojos grises. ¿Lo sentiste?
Me detuve frente a un gran espejo de plata con marco de obsidiana. Mi reflejo parecía el de un fantasma; mi piel era más pálida que el mármol, casi translúcida, y mis ojos violetas brillaban con una intensidad febril, como si hubiera una tormenta eléctrica atrapada en mis iris.
Bianca se abrazó a sí misma, un gesto de vulnerabilidad que en ella era tan raro como la lluvia en el desierto. Sus ojos zafiro estaban fijos en la nada, perdidos en las frecuencias que aún vibraban en su memoria sensorial.
- Lo sentí, Engel. Pero no fue como lo sentiste tú -su voz era apenas un susurro que se perdía en la inmensidad del pasillo-. Mientras tú te quedabas sin aliento, mi Eco se volvió completamente loco. No pude ver su aura, Engel. Era imposible. Fue como intentar mirar directamente al sol con los ojos bien abiertos.
Se acercó a mí y me tomó de los hombros. Sus manos, generalmente firmes, temblaban contra mi piel fría.
- Algo en ese hombre no es humano, Engel. Pero tampoco es vampiro. El instinto que mis ancestros me dejaron como "Impura" gritaba que corriera en la dirección opuesta. Sentí una energía volcánica, algo tan destructivo que si él simplemente quisiera, todo este castillo de hielo ardería en llamas en cuestión de segundos. Me dio pánico, Engel. Un miedo primario, el de una presa frente a un incendio forestal que no puede apagar.
Me quedé en silencio, mirando mi reflejo en el espejo de plata. El miedo de Bianca era lógico; era el instinto de supervivencia que había mantenido a los de su clase vivos durante siglos. Pero yo, por alguna razón que me aterraba más que el propio hombre, no sentía miedo. Sentía una atracción gravitacional, una fuerza que me arrastraba hacia ese incendio forestal.
El profesor de los ojos grises. El hombre que hacía que mi sangre de hielo hirviera. Mañana tendría su clase de Alquimia, y por primera vez en mi vida de porcelana, no estaba asustada por lo que vendría. Estaba ansiosa por quemarme.
El Punto de Vista de Lyon: El Depredador en la Sombra
El aire en el auditorio de Snorre-Vik era demasiado delgado para un hombre que estaba acostumbrado a respirar la densidad húmeda del bosque y el olor a tierra vieja bajo la lluvia. Estaba sentado allí, con una camisa de algodón que me apretaba los hombros y el fastidio de una corbata de seda que se sentía como una soga al cuello, escuchando el monótono discurso de la Directora Vance sobre el "intelecto, el futuro y la tradición".
Para el mundo exterior, para los registros académicos y los burócratas de la universidad, yo era el Dr. Lyonechka Ursu, un experto en Alquimia y Geología con doctorados en universidades humanas que me servían de escudo perfecto. Pero para mí mismo, no era más que un lobo enjaulado en un disfraz de civilización. Mi Alquimia de fuego bullía bajo mi piel, impaciente tras semanas de contención forzada. Ser un espía en territorio enemigo, rodeado de esos parásitos de sangre fría que se hacían llamar aristocracia vampírica, requería una paciencia que mi sangre Alfa no poseía de forma natural.
Mis sentidos estaban en alerta máxima, filtrando la estática del ambiente. Podía oler el miedo rancio de los humanos en las filas traseras, el aroma a papel viejo de los académicos que se creían sabios, y el hedor metálico, seco y sin vida de los vampiros de sangre pura. Los Vandermir apestaban a una arrogancia que se sentía como perfume barato, y los Varkas a una crueldad que se remontaba a siglos de opresión oculta bajo guantes de seda.
Pero entonces, el mundo cambió de eje.
No fue un sonido, ni un movimiento brusco. Fue un rastro. Un aroma que cortó la pesadez del auditorio como una hoja de afeitar de obsidiana. Era frío, purísimo, como el hielo de un glaciar que nunca ha sido tocado por el sol desde el inicio de los tiempos. Pero bajo esa capa de escarcha inicial, había algo más... algo que olía a flores de medianoche que florecen solo en el eclipse, y a una energía eléctrica que hizo que los vellos de mis brazos se erizaran bajo la camisa.
Giré la cabeza con una lentitud depredadora, manteniendo mi máscara de aburrimiento académico. Mis ojos grises escanearon la multitud, ignorando las caras borrosas, hasta que la encontré.
Allí estaba ella.
Parecía una mota de luz en medio de un mar de sombras grises. Su piel era tan pálida que resultaba casi translúcida, como si estuviera hecha de polvo de luna prensado y mármol fino. Pero lo que me detuvo el corazón de un golpe seco fueron sus ojos. Violetas. Un color que no debería existir en este lado de la realidad, un color que las leyendas prohibidas de mi manada asociaban con algo mucho más antiguo y peligroso que los mismos vampiros. Eran ojos de una belleza prohibida, ojos que gritaban "peligro" y "promesa" en la misma frecuencia vibratoria.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, mi lobo interior se puso en pie, rugiendo en el silencio absoluto de mi mente. No era un rugido de agresión territorial, sino de reconocimiento absoluto. Sentí una descarga de calor tan violenta en mi pecho que temí seriamente que la mesa de madera frente a mí empezara a humear por la combustión de mi propia energía. Mi pulso se aceleró, golpeando mis oídos como un tambor de guerra en medio de la estepa.
¿Qué eres?, me pregunté, enterrando las uñas en las palmas de mis manos hasta que sentí el pinchazo del dolor para no saltar del escenario y reclamarla allí mismo. Ella era una Moldoveanu, el emblema de mis enemigos jurados, la hija del hombre que yo debía destruir, pero ese violeta eléctrico era una anomalía que me quemaba las entrañas con una sed que nunca antes había conocido.
El Aula: El Depredador al Acecho
La mañana siguiente fue un ejercicio de tortura autoinfligida. Pasé las horas previas a mi clase de Alquimia Antigua caminando de un lado a otro en mi oficina, ignorando los informes urgentes de mi manada que llegaban por canales encriptados. El olor de la chica -esa mezcla de frío glacial y flores nocturnas- seguía impregnado en mi memoria sensorial, desafiando toda mi lógica y entrenamiento. Los Ursu no se sentían atraídos por los Moldoveanu; nosotros los cazábamos, los manteníamos a raya, o simplemente los ignorábamos en su arrogante estatismo.
Cuando entré al laboratorio del sótano, el ambiente estaba cargado. El sótano era mi territorio; el olor a azufre, mercurio y minerales antiguos solía calmar a la bestia que llevo dentro, pero hoy solo servía para agudizar mis instintos de caza. Dejé mi maletín sobre el gastado escritorio de roble y me quité las gafas de montura negra. Eran parte del disfraz de "intelectual", pero ahora mismo estorbaban la claridad de mi visión depredadora. Necesitaba verla sin filtros.
Vi a los estudiantes entrar en goteo. Los humanos se amontonaban en las filas medias, buscando instintivamente la calidez de sus propios cuerpos contra la humedad del sótano. Los vampiros, liderados por un Viktor Vandermir que caminaba como si fuera el dueño del aire que respirábamos, se sentaron al frente, mirándome con una mezcla de curiosidad cínica y desprecio aristocrático.
Pero ella buscó la retaguardia. Entró con otra chica, una cuya aura vibraba con un azul defensivo y punzante: una guardiana silenciosa que escaneaba la sala con ojos de halcón. La chica de los ojos violetas, Engel, caminaba como si esperara que el suelo de piedra se rompiera bajo sus pies en cualquier momento, intentando desesperadamente ser invisible tras una cortina de cabello rubio platino que brillaba incluso en la penumbra.
Pobre tonta. Para un lobo, ella era un faro en la noche más cerrada del invierno.
- Buenos días -mi voz sonó más profunda de lo que pretendía, casi un gruñido sordo que hizo que un par de humanos en la primera fila se estremecieran y revisaran sus apuntes con nerviosismo-. Soy el Dr. Lyonechka Ursu. Y hoy no vamos a hablar de fórmulas memorizadas. Vamos a hablar de la transmutación. No la de los metales vulgares, sino la de la energía interna que cada uno de ustedes, lo sepa o no, posee.
Caminé por el pasillo central, sintiendo cómo el aire se calentaba a mi paso debido a mi incapacidad de contener mi propio calor interno. Mi Alquimia estaba inquieta, respondiendo a su cercanía. Podía sentir el frío que emanaba de ella al fondo del aula; era una presencia que reclamaba mi atención por encima de todo lo demás, una nota discordante y hermosa en una sinfonía de mediocridad académica.
- La Alquimia requiere equilibrio -dije, deteniéndome justo al lado de su pupitre, invadiendo deliberadamente su zona de confort. Ella bajó la vista de inmediato, fijándola en sus manos entrelazadas, pero pude notar el leve, casi imperceptible temblor de sus hombros-. El calor para derretir la estructura, el frío para forjar la nueva forma. Si el catalizador no es el adecuado, si la voluntad flaquea, el resultado no es la creación, sino la destrucción pura.
Quería tocarla. La necesidad era física, casi dolorosa, un hambre que me recorría la columna vertebral y se instalaba en mis colmillos. Quería confirmar si su piel era tan fría como el hielo de los fiordos o si escondía bajo esa fachada el mismo incendio que yo llevaba dentro.
- Señorita... -me incliné un poco más, rompiendo todas las barreras de etiqueta. Pude oler su confusión, su miedo delicioso y ese rastro dulce y eléctrico de magia latente que ella intentaba sofocar-. Moldoveanu, ¿cierto?
- Sí, doctor -respondió ella. Su voz era como el tintineo de campanas de cristal golpeadas por un viento helado. Frágil en la superficie, pero con un núcleo de acero que vibraba con una fuerza oculta.
- Acompáñeme al frente -ordené. No fue una invitación. Necesitaba que se alejara de la seguridad de su prima y de su aura azul. Necesitaba que estuviera en mi radio de acción, donde pudiera observar cada micro-reacción de su piel.
Ella se levantó con una gracia que me cortó el aliento. Mientras caminaba hacia la mesa de demostración, el aula quedó en un silencio sepulcral. Viktor Vandermir entornó los ojos, sus pupilas dilatándose mientras intentaba entender por qué yo estaba prestando tanta atención a la "híbrida" de los Moldoveanu. Mi rango como Alfa ocultaba mis intenciones bajo una capa de autoridad profesional férrea.
- Vamos a trabajar con mercurio líquido -anuncié para la clase, aunque mi mirada no se apartaba ni un milímetro de ella-. Es el elemento del cambio, el mensajero entre los mundos. Un metal que es líquido y sólido al mismo tiempo. Como algunos de nosotros.
Le pasé el matraz de cristal. Fue un movimiento rápido, calculado por mi mente táctica para que el contacto físico fuera inevitable pero lo suficientemente breve para pasar desapercibido ante los ojos de los demás. Sin embargo, para nosotros, el tiempo se estiró hasta romperse.
Cuando sus dedos gélidos rozaron los míos, la reacción fue telúrica. No fue una chispa ruidosa; fue un arco voltaico sutil, una luz azul eléctrica que solo nosotros vimos de cerca, pero que se sintió como una explosión de dinamita en mis venas. El mercurio en el matraz, que debería haber permanecido estable, empezó a hervir instantáneamente, agitándose como si tuviera vida propia. El cristal crujió, amenazando con estallar por la diferencia de temperatura extrema entre mi calor volcánico de Alfa y su frío absoluto de Moldoveanu.
- Dr. Ursu... -susurró ella, su aliento rozando mi mano. Sus ojos violetas estaban empañados por el miedo y por algo que se parecía peligrosamente a la fascinación, a la misma sed que me estaba consumiendo a mí.
Para los demás, solo parecía que el matraz estaba defectuoso o que la reacción química había sido inesperadamente rápida. Pero yo vi la verdad en sus iris. Supe en ese instante que ella no era una vampira común, ni siquiera una híbrida ordinaria. Ella era la clave. Puse mi mano sobre la suya, envolviendo el cristal caliente y sus dedos gélidos con mi palma ardiente en un gesto que era a la vez una protección y un reclamo.
- Cállate y aguanta, Engel -susurré, usando una frecuencia tan baja que solo sus oídos pudieron captarla en medio de la estática del laboratorio-. El monstruo en mí está reconociendo algo en ti que ni tú misma sabes que posees. No dejes que vean que tienes miedo. Domina tu frío, o nos quemaremos ambos aquí mismo.
Sus ojos buscaron los míos con una intensidad desesperada, y por un segundo eterno, la tregua política entre nuestras especies dejó de existir. No había vampiros ni lobos en ese sótano. Solo había dos criaturas salvajes, dos errores de la naturaleza reconociéndose en el borde de un abismo compartido. Mi lobo interior aulló en un triunfo primitivo al sentir cómo su energía empezaba a estabilizarse bajo mi toque, como si nuestras almas hubieran estado esperando este choque químico para despertar.
- El experimento ha concluido -dije en voz alta, recuperando el matraz con un movimiento brusco y dándole la espalda a la clase para ocultar la dilatación de mis pupilas y la intensidad de mi mirada-. Vuelva a su asiento, señorita Moldoveanu. Y el resto de la clase, traten de no romper el material de laboratorio con su "entusiasmo" estático. La alquimia no es un juego de niños.
Ella regresó al fondo del aula con las piernas temblando visiblemente, mientras yo me quedaba allí, de pie frente a la mesa, con la mano todavía ardiendo como si hubiera tocado el corazón de una estrella. Mi misión en Snorre-Vik, la venganza que había planeado durante años, acababa de volverse infinitamente más peligrosa. Porque ahora mi objetivo había cambiado: ya no quería solo los secretos de los Moldoveanu.
La quería a ella. Y estaba dispuesto a destruir cada ley de este mundo para obtenerla.
El Punto de Vista de Lyon: La Jaula de los Suspiros
El aula de alquimia todavía conservaba ese calor residual que mi presencia siempre dejaba, una huella térmica que delataba mi naturaleza ante cualquiera que supiera rastrear la energía. Pero en cuanto Engel Moldoveanu cruzó el umbral de la puerta, escoltada por esa chica del aura azul defensiva, el aire se sintió repentinamente vacío. Me quedé unos segundos apoyado contra la mesa de demostración, mirando el matraz de mercurio que aún emitía un hilo de vapor plateado. Mis dedos, los mismos que habían envuelto los de ella, todavía palpitaban con una corriente eléctrica que se negaba a morir.
Para cualquier humano en esa sala, lo que acababa de ocurrir había sido un simple fallo en el material o una descarga de estática inusualmente fuerte. Para un Alfa de la estirpe Ursu, había sido una colisión tectónica.
- ¿Dr. Lyon? -la voz de Viktor Vandermir me sacó de mi estupor. Estaba de pie cerca de la salida, con esa sonrisa aristocrática y vacía que me daban ganas de borrarle a puñetazos-. Un experimento... interesante. Nunca había visto al mercurio reaccionar con tanta violencia ante una estudiante. Especialmente con esa estudiante.
Enderecé la espalda, dejando que mi altura y la amplitud de mis hombros hicieran el trabajo de intimidación por mí. Viktor era un sangre pura, un hijo del privilegio vampírico, pero frente a un Alfa, no era más que un parásito con un traje caro.
- La alquimia es inestable, Vandermir. Como algunas genealogías que se creen intocables -le respondí con un tono tan gélido que lo hizo borrar la sonrisa de inmediato-. Si terminaste de curiosear, tengo materiales que recoger y un informe que redactar.
Lo vi marcharse, pero su olor a envidia y sospecha se quedó flotando en el aire como una mancha de aceite. No me importaba. Recogí un ejemplar de "Tratados sobre la Volatilidad del Alma", un libro de cuero viejo y desgastado que contenía más verdades sobre la hibridez de las que la universidad se atrevería a enseñar. No era un libro de texto. Era el cebo.
Salí del aula y me adentré en los pasillos del ala este. Snorre-Vik no era solo una universidad; era una estructura laberíntica de piedra fría, techos abovedados y vitrales que filtraban la luz de la tormenta, convirtiéndola en sombras alargadas. Mis botas resonaban contra el suelo de granito, un eco rítmico que intentaba ocultar el latido acelerado de mi corazón. Sabía exactamente dónde estaba ella. Su aroma era como una brújula en medio de la niebla; una mezcla de nieve recién caída, flores de medianoche y ese rastro eléctrico que solo yo podía percibir.
Las encontré cerca de la biblioteca, en un tramo del pasillo donde las luces parpadeaban debido a la carga estática que la tormenta exterior estaba inyectando en el edificio. Estaban solas. Bianca, la guardiana, hablaba en susurros urgentes, mientras Engel mantenía la cabeza baja, con los hombros tensos y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos parecían perlas de mármol.
Aceleré el paso, asegurándome de que mis pisadas se escucharan con claridad antes de alcanzarlas. No quería asustarla, pero necesitaba que sintiera mi presencia antes de verla.
- Señorita Moldoveanu.
Se detuvieron en seco. Bianca se puso frente a ella de inmediato, con un instinto defensivo que casi me hizo sonreír. Valiente, pero inútil. Yo no era una amenaza que ella pudiera detener con palabras o auras azules.
- Doctor Lyon -dijo Bianca, con voz firme pero con los ojos dilatados por la cautela-. Íbamos camino a la biblioteca para estudiar los textos que mencionó.
Ignoré a la escolta por completo. Mis ojos estaban anclados en Engel. Desde esta distancia, podía ver el ligero temblor de su bufanda de seda. Podía oler su confusión, un rastro dulce de miedo mezclado con una curiosidad que empezaba a arder.
- Se dejó esto en el aula -mentí con una naturalidad que me sorprendió a mí mismo, extendiendo el pesado libro de cuero hacia ella.
Engel levantó la vista. Sus ojos violetas me golpearon con la fuerza de un huracán bajo cero. En la penumbra del pasillo, ese color parecía cobrar una vida propia, brillando con una intensidad que me hizo apretar los dientes para no dejar escapar un gruñido de posesión. Ella dudó, extendiendo una mano pálida y delicada hacia el ejemplar.
Nuestros dedos no llegaron a tocarse esta vez, pero la proximidad fue suficiente para que el aire entre nosotros se volviera denso, casi sólido. Era una presión atmosférica que hacía que mi lobo rascara las paredes de mi conciencia, exigiendo que la reclamara, que la alejara de este nido de vampiros, que le explicara por qué mi fuego no la consumía, sino que la despertaba.
- Yo... no recuerdo haber traído esto conmigo, doctor Lyon -susurró ella. Sus labios estaban a pocos centímetros de mi campo de visión. Eran del color de las rosas que sobreviven al primer hielo.
- Entonces considérelo una lectura obligatoria, señorita Engel -me incliné un poco más, invadiendo su espacio personal, rodeándola con el calor que emanaba de mi cuerpo para que sintiera la diferencia entre su mundo de sombras y mi incendio interno-. Hay capítulos sobre la estabilidad de los elementos híbridos que le resultarán... reveladores. Especialmente la página ciento cuarenta y dos.
Bianca dio un paso adelante, rompiendo la burbuja que nos rodeaba.
- Gracias por su interés, doctor. Nos aseguraremos de que lo lea antes de la próxima clase.
Me erguí, recuperando mi máscara de indiferencia académica, pero antes de que se dieran la vuelta para marcharse, fijé mi mirada en los ojos violetas de Engel una última vez.
- No intente ocultarlo, Engel -le dije, usando su nombre de pila como si fuera una confesión secreta-. Lo que pasó en el laboratorio no fue un error del cristal. Fue tu sangre respondiendo a la mía. Y esto -señalé el espacio entre nosotros, donde el aire aún vibraba- es solo el principio de la ecuación.
La vi palidecer, si es que eso era posible, antes de que asintiera rápidamente y se alejara por el pasillo, seguida de cerca por una Bianca muy preocupada. Me quedé allí, en la penumbra, inhalando el rastro de su perfume que aún flotaba en el aire estático. Sabía que los Vandermir estarían vigilando, que mi misión estaba en la cuerda floja y que me estaba metiendo en la boca del lobo... literalmente. Pero por primera vez en mi vida, no me importaba la estrategia. Solo me importaba el violeta de sus ojos.
El Refugio de la Oficina: Cenizas y Deseo
Cerré la puerta de mi despacho con una fuerza que hizo vibrar los cristales de las estanterías. No encendí las luces. Mi visión de Alfa filtraba la oscuridad con una claridad insultante, convirtiendo mi refugio en un mapa de sombras nítidas. Me arranqué la corbata con un gesto violento y la arrojé sobre el escritorio, sintiendo que el aire de la habitación al fin era suficiente para mis pulmones saturados de su aroma.
Caminé hacia el mueble bar y me serví un vaso de whisky de malta, un líquido que quemó mi garganta con un calor familiar pero insuficiente. Dejé que mi frente descansara contra el vidrio helado del ventanal, mirando hacia el bosque que rodeaba Snorre-Vik.
Doce años. Doce años desde que vi mi aldea arder bajo el fuego azul de los vampiros. Doce años odiando cada átomo de su especie, jurando que el fuego de los Ursu los borraría del mapa. Y ahora, aquí estaba yo, con el corazón martilleando contra mis costillas por una Moldoveanu.
- No es solo una vampira -susurré al vacío de la oficina.
No lo era. Ninguna vampira pura reaccionaba así a mi contacto. Ningún ser de sangre fría podía estabilizar mi Alquimia de la forma en que ella lo hacía. Al tocarla, no sentí el asco que había entrenado durante una década; sentí el alivio de un hombre que finalmente encuentra agua en el desierto.
Cerré los ojos y la vi de nuevo. Supe, con el instinto ancestral que corre por mis venas, que la lógica había muerto en ese pasillo. Ella era mi Mate. Mi pareja destinada. La única mujer en el mundo capaz de sostener mi fuego sin convertirse en cenizas. Y era la hija de mi peor enemigo.
- Si el mundo tiene que arder para que yo te mantenga a mi lado, Engel -dije, mirando mi reflejo en el cristal, donde mis ojos ya no eran grises, sino del plata brillante de la caza-, entonces que empiecen a preparar las antorchas. Porque no voy a dejarte ir.