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Mi Amante Secreto El CEO

Mi Amante Secreto El CEO

Autor: : NATHS
Género: Romance
Irina, una joven de espíritu noble, cree haber encontrado la felicidad en su vida de esposa obediente y señora de una hacienda. Pero su mundo que parece perfecto, lleno de flores y tranquilidad... se tambalea cuando a su vida llega un seductor heredero que, disfrazado de capataz, se infiltra en la hacienda con intenciones ocultas y termina siendo víctima de un amor que no esperaba. Irina cae rendida ante su encanto, y juntos viven una pasión prohibida que los consume. Cuando planean escapar, y dejar atrás las apariencias para comenzar una vida sin cadenas, el esposo de Irina descubre la verdad y frustra la huida, manipulando los hechos para separar a los amantes. Herido y lleno de rencor, Orlando regresa a su hogar y acepta el papel que tanto tiempo rechazó: ser el heredero de una poderosa fortuna. Pero no lo hace por ambición... lo hace por venganza. Porque la mujer que lo hizo amar como nunca, también fue la que, en sus ojos, lo traicionó. Lo que era amor, se convierte en odio. Y Orlando solo tiene una cosa en la mente: "Si no pudo ser mía por amor... será mía por poder"

Capítulo 1 PRÓLOGO. La rabieta de un playboy.

Orlando Montes de Oca, provenía de una de las familias más acaudaladas de la capital mexicana. Era el único heredero del emporio de bancos agrícolas Montes de Oca, y su vida entera se había construido sobre lujos, excesos y libertades desmedidas. No tenía límites. No los conocía.

Todas las noches se sumergía en el resplandor de los antros más exclusivos, acompañado de copas caras, risas huecas y mujeres que no recordaba al día siguiente.

Y cuando salía el sol, Orlando apenas se dignaba a abrir los ojos. Dormía hasta tarde, evadiendo cualquier responsabilidad como si fuera una plaga.

Su padre, don Aurelio Montes de Oca, lo observaba con una mezcla de decepción y desesperanza.

-Este muchacho va a acabar enterrándome antes de tiempo -gruñía entre dientes, cada vez que llegaban reportes del más reciente escándalo.

Había intentado todo: amenazas, sermones, sobornos emocionales, incluso una breve internación en Europa bajo el pretexto de "rehabilitación de la imagen". Pero nada funcionaba. Y su última carta estaba por jugarse.

-Te vas a los Estados Unidos a estudiar otra carrera -le soltó una mañana, seco como un balazo-. Y si no, te olvidas de mi apellido y de mi fortuna. Escoge.

Orlando apenas alzó una ceja, aún en bata de seda, con el cigarro sin encender colgando de sus labios.

-Otra carrera, papá... ya tengo un título, ¿para qué quiero otro? ¿Para colgarlo en el baño?

Don Aurelio se puso rojo de furia.

-Entonces hazte cargo del negocio familiar -ordenó, clavando los ojos en él como si esperara por fin una muestra de madurez.

Orlando soltó una carcajada seca.

-¿Hacerme cargo? Ni loco. Viejo, ni voy a estudiar otra carrera, ni voy a convertirme en tu esclavo con corbata. ¿O qué, crees que nací para firmar papeles y seguir tus órdenes?

El rostro del padre se endureció, pero Orlando no bajó la mirada.

-Vamos, aún estás lo bastante joven como para seguir firmando cheques, ¿no lo crees, padre?

- - - -

Justo ese día, en un semáforo cualquiera, Orlando vio a una mujer de pie, con un ramo de flores en los brazos y la mirada cansada de quien ha madrugado todos los días de su vida. Y rió para sus adentro.

-Linda, ¿cuánto por ese ramo? -le preguntó desde su auto lujoso, con una sonrisa pícara.

-Doscientos, señor -respondió ella, nerviosa, sin saber si mirar el ramo o el rostro de él.

Volvió. Una, dos, tres veces. Y aunque ella creyó que era el destino -o al menos un golpe de suerte- Orlando sólo buscaba algo más que un ramo. Buscaba una excusa para molestar. A su padre. Al mundo. A sí mismo.

Y entonces se le ocurrió la idea.

-¿Casarte con una florera? ¿Estás enfermo? -gritó don Aurelio, con el rostro desencajado, al verlo entrar con aquella mujer vestida con las mismas ropas modestas con las que vendía en la calle.

-Ya está hecho, papá. Por lo civil. Tengo el acta. Y no te preocupes, firmó un contrato. Todo se anula cuando yo diga -respondió Orlando, con una sonrisa maliciosa.

-¡Imbécil! -Don Aurelio le lanzó el primer cenicero de mármol que tuvo al alcance-. ¡Desde hoy no eres mi hijo! ¡Al menos que vengas dispuesto a seguir mis reglas, no verás ni un solo peso de mi parte!

-¿De verdad me estás desheredando por una mujer? -ironizó Orlando, quitándose con calma una hoja del ramo que aún llevaba la chica.

-¡No! ¡Te estoy desheredando porque eres un parásito! ¡Y me da asco ver cómo arrastras a esta pobre mujer en tu circo personal!

La joven, que hasta ese momento creía haber encontrado al príncipe que la sacaría de la pobreza, se dio cuenta de que no era más que una pieza en el ajedrez caprichoso de un niño rico.

-¿Esto... es lo que soy para ti? -le susurró a Orlando, con los ojos empañados- ¿Una excusa para joder a tu papá?

Pero él ni siquiera se inmutó. Se encogió de hombros, riendo por lo bajo.

-Tranquila, firmaste un contrato, ¿no? Esto es solo temporal.

Ella tragó saliva, sintiendo cómo el mundo que apenas comenzaba a imaginar se desmoronaba ante sus pies.

Don Aurelio no esperó más. Ordenó a los guardias de la casa que los sacaran inmediatamente. Y mientras los escoltaban a la calle, él se quedó de pie, temblando de rabia.

-Cuando la resaca de tu idiotez pase, no vengas arrastrándote. Aquí ya no tienes casa. Ya no tienes nada.

Orlando caminó hacia su coche, aún sonriente, como si todo fuera parte de una gran broma. Encendió el motor, mirando de reojo a la mujer sentada en el asiento del copiloto, que ya no tenía flores, ni sonrisa, ni esperanza.

-No te preocupes -le dijo él, como quien calma a una mascota-. Mi papá hace esto siempre. Se le pasa rápido. Vamos a un hotel. Mañana él enviará a uno de sus empleados por mí.

La muchacha lo miró con ilusión. En su mundo, aquello sonaba a promesa de una vida diferente, de lujo, de cuentos que no terminaban mal. Sonrió, creyendo que todo lo malo había quedado atrás, y lo siguió sin cuestionar nada.

El hotel era un cinco estrellas en pleno corazón de la ciudad. Mármol blanco, recepcionistas uniformados, y una fuente que danzaba en medio del lobby. Ella miraba todo como si entrara a un palacio.

Pero bastaron cinco palabras para derrumbarlo todo.

-Señor, su tarjeta fue cancelada.

Orlando frunció el ceño, irritado como si le hubieran dicho que el sol no iba a salir al día siguiente.

-¿Qué demonios dice? Prueba otra vez. Esas terminales siempre fallan -espetó con desprecio, y sacó de su cartera no una, sino ocho tarjetas-. Mira, usa cualquiera de estas.

Las dejó caer sobre el mostrador como quien lanza monedas a una fuente, esperando un deseo cumplido. El recepcionista revisó una por una, metódico, incómodo. Y al final, las devolvió todas.

-Todas fueron rechazadas, señor.

El silencio fue brutal. Ella lo miró, sin entender. Orlando respiró hondo, y por primera vez, sintió algo que desconocía: vergüenza. No dijo más. Solo tomó las tarjetas y salió con ella detrás, en silencio.

Acudió a uno de sus amigos de fiesta, de esos que se reían de cualquier cosa siempre y cuando hubiese tequila de por medio. Lo acogió, sí, pero solo por tres días. A la semana, ya la sonrisa de cortesía se había vuelto una mueca.

Mientras tanto, don Aurelio Montes de Oca no se dignó a llamar. Ni un mensaje, ni una amenaza, ni un insulto. El silencio era su forma más cruel de desprecio.

Orlando, acostumbrado a tener todo sin mover un dedo, se vio obligado a salir al mundo real. Buscó trabajo. En bancos, agencias, empresas de tecnología, bufetes de abogados... su título universitario servía apenas como posavasos.

Lo miraban, lo reconocían, y luego bajaban la voz:

-Es el hijo de don Aurelio... mejor no.

Y si algún empresario osaba darle una oportunidad, pronto recibía una llamada anónima, una advertencia. Su padre se encargaba de sabotear cualquier intento de independencia.

-¿Qué esperabas? -le soltó su amigo, harto ya del parásito que se había instalado en su sofá-. Viviste del nombre de tu padre toda tu vida, y ahora lo tienes en contra. No vales nada sin él.

Orlando callaba. Mordía su orgullo como una piedra.

Una tarde, mientras fumaba sentado en la banqueta, su amigo se le acercó con una cerveza en la mano y una expresión de resignación.

-Tengo a un conocido en Tijuana... tiene una hacienda muy grande, necesita un capataz. No está mal pagado, y al menos tendrás casa y comida. Además... será un respiro lejos de esta ciudad, y tal vez, tu viejo se calme si no te ve rondando.

-¿Un qué? ¿Capataz? -Orlando torció la boca como si le hubieran dicho que debía convertirse en campesino-. ¿Qué hace un capataz?

-Pues... trabajar. Supervisar obreros, controlar producción, ver ganado. No es un spa -dijo el amigo, medio en broma, medio en serio-. Pero sirve para que tú y esa mujer salgan de aquí. Dos meses aguantándolos es demasiado.

Orlando no lo admitía, pero la convivencia con su esposa -esa muchacha de mirada dulce que una vez vendía flores- ya le resultaba asfixiante. Desde que se convirtió en "señora de Montes de Oca", había dejado de trabajar.

-Ya no necesito vender flores -le decía-. Me avergüenza que me vean en la calle ahora que soy una señora.

Y él pensaba: ¿señora de qué, si ni casa tengo?

Las discusiones se habían vuelto rutina. Ella lloraba. Él gritaba. Y ambos se culpaban mutuamente por estar donde estaban. Pero ella no lo dejaba. Seguía a su lado como si aún esperara que la pesadilla terminara.

Y entonces, Orlando tomó una decisión.

-Dile a tu amigo que acepto -dijo, casi con satisfacción cínica-. Nada puede ser peor que seguir al lado de esa mujer.

Capítulo 2 El nuevo capataz es un descarado.

Narra Irina

Estaba sentada junto a mi esposo, recostada contra su hombro, mientras él hablaba por teléfono. Yo solo escuchaba retazos de la conversación, hasta que su rostro se iluminó con una emoción que no veía desde hacía semanas.

-¿De verdad? ¿Ya lo encontraste? -dijo, con esa voz grave que tanto me gustaba cuando estaba entusiasmado-. Sí, claro, tráelos. A los dos. Que se vengan directo a La Niña.

Así llamaba a nuestra hacienda. La Niña. No por mí, claro, o eso decía él con una sonrisa en los labios cada vez que lo preguntaban... pero yo sabía que sí. Era su forma de decirme que me pertenecía, como yo le pertenecía a él.

Llevo más de dos años casada con Miguel Martínez. Mi único y primer amor, el dueño de todos mis suspiros y de cada uno de mis desvelos. A su lado conocí lo que era sentirse mujer, sentirse amada, deseada, cuidada como una joya. Me lo da todo, absolutamente todo, y me consiente como si aún fuéramos novios. Pero últimamente... algo ha cambiado.

En los últimos dos meses, Miguel ha estado más tenso, más ausente. Ya no me abraza por las noches como antes ni me acaricia el pelo mientras dormimos. Lo entiendo, claro. Sostener una hacienda tan grande, con sus caballos, su ganado, sus peones, sus deudas, sus números... debe ser extenuante. El último capataz renunció sin previo aviso y eso lo desestabilizó por completo. Pero ahora, con el nuevo capataz que su amigo le había recomendado, las cosas volverían a ser como antes. Al menos, eso esperaba.

Dos días después, finalmente llegaron.

Yo estaba sentada en el corredor, con un vestido claro que el viento acariciaba suavemente, cuando Miguel me llamó con su voz enérgica:

-Irina, ven, quiero presentarte a alguien.

Me puse de pie con gracia, ajustándome el lazo del cabello y caminé hacia donde estaban. Allí estaba él.

El nuevo capataz.

Orlando.

Lo primero que pensé fue que se habían equivocado. Ese hombre no parecía haber pasado un solo día bajo el sol. Piel blanca, limpia, casi delicada. Uñas cuidadas. Alto, imponente. Ancho de espalda, brazos marcados. Pero lo que más me perturbó fue su mirada. Intensa. Oscura. Penetrante. Como si quisiera leerme el alma. O devorarla.

-Mucho gusto, señora -dijo, con una voz grave y educada, casi impersonal, mientras me tendía la mano.

Lo miré, y cometí el error de recorrerlo con la vista. De arriba abajo. Me detuve un segundo de más en sus manos grandes y fuertes, las mismas que supuse pronto estarían sosteniendo las riendas de nuestros caballos. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y, por un instante, tuve que bajar la mirada. Me sentí vulnerable. Peor aún: me sentí tentada.

-Ella es mi esposa, Irina -dijo Miguel, con una sonrisa de orgullo, sin notar nada extraño en el ambiente.

-Un placer, señora Irina -repitió Orlando, y algo en su tono me hizo sentir desnuda, expuesta. Tal vez fue imaginación mía. Tal vez no.

A su lado estaba su esposa, Cristina. Una mujer de mirada tímida, vestida con sencillez. Apenas la registré. Toda mi atención estaba atrapada en ese hombre que, sin haber dicho nada fuera de lugar, me alteraba el pulso.

Una incomodidad nueva y vergonzosa se instaló en mi cuerpo. Respiré hondo, queriendo deshacerme de esa sensación.

-Creo... que el cambio de clima me ha afectado -murmuré, arrugando el rostro como si tuviera migraña. Me llevé los dedos a la sien y fingí malestar.

Miguel, como siempre atento, se acercó de inmediato y me tocó la frente con sus labios.

-Gracias a Dios no tienes fiebre... pero es mejor que descanses, amor -susurró con ternura, acariciándome la mejilla.

-Sean bienvenidos -dije en voz baja, mirando a Orlando fugazmente antes de girarme. Sentí que debía huir de allí, alejarme de esa presencia que amenazaba con despertar algo dentro de mí que yo misma había enterrado desde que me convertí en la esposa de Miguel.

Me encerré en mi recámara con las cortinas cerradas, con los zapatos aún puestos, con el corazón golpeando como un caballo desbocado. Me recosté en la cama, pero no pude cerrar los ojos. Y la imagen de Orlando se repetía en mi mente una y otra vez. Su silueta, su voz, su forma de mirarme.

¿Qué demonios me pasa?

No era deseo... o tal vez sí. No podía decirlo con claridad. Solo sabía que algo en él me removía, como una tormenta dormida despertando bajo la tierra. Y esa inquietud me revolvía el estómago, me erizaba la piel.

¿Será peligroso tenerlo aquí?, pensé. Porque algo en lo profundo de mí susurraba que su presencia no traería calma, sino un incendio.

Y yo, en el fondo, no estaba segura de querer apagarlo.

Sentí un calor que invadía mi cuerpo y mis capullos comenzaron a endurecerse. Deslicé una de mis manos por mi vientre, pasándola con suavidad por mi pelvis hasta dejarla entre mis piernas. Sin poder apaciguar el cúmulo de calor en esa zona de mi cuerpo, empecé a apretar mis muslos.

Estaba excitada, nada más de pensar en él. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así, y guiada por un impulso, comencé a tocarme todo el cuerpo, abandonándome a mí misma, dejando que mis pensamientos se adueñaran de mi ser mientras apretaba mis senos imaginando que eran sus manos, esas manos grandes y fuertes que estrujaban mis pechos endurecidos. No pasaron más de cinco minutos cuando me estremecí en un rico orgasmo; mi feminidad estaba empapada, tenía el pubis erecto y el rostro totalmente ruborizado.

-Oh, Dios mío... ¿qué acabo de hacer? -exclamé, llevándome ambas manos al rostro mientras la culpa me atravesaba el pecho como una daga filosa y certera.

Fue un impulso. Un instinto tan primitivo como irracional. Me dejé arrastrar por algo vergonzoso, algo que ni yo misma logro comprender.

<<¡No soy así! ¡Y sobre todo, adoro a mi esposo!>>, me recriminé, sintiendo que una parte de mí se había quebrado.

¿Cómo fui capaz de fijarme en ese hombre? ¿Qué me pasa?

Capítulo 3  Intrusos en la cena.

Narra Irina.

Nadie me incitó... ¡ni siquiera él! Orlando no ha hecho ni el más mínimo gesto hacia mí. No ha cruzado más que una mirada educada y distante. ¿Y yo? Aquí, como una tonta, fantaseando con un extraño. ¡Qué vergüenza!

Me levanté de la cama, sintiéndome sucia, culpable, fuera de mí. Como si hubiera cometido una traición imperdonable. Caminé hacia el baño como si huyera de algo que me perseguía desde dentro.

Llené la tina con agua caliente, vertí aceites esenciales, lavanda y jazmín, y sales aromáticas, como si eso pudiera purificar algo más profundo que mi piel.

Cuando por fin me sumergí en la tibieza del agua, sentí que los músculos se relajaban... pero mi alma seguía en guerra. Cerré los ojos, hundí la cabeza hasta cubrir mis oídos, deseando que el silencio apagara el ruido en mi conciencia. Pero no, no funcionó.

Lo que realmente debía lavar no era mi cuerpo... era mi conciencia.

-¡Irina, por Dios! -me susurré entre dientes, con rabia-. No puedes permitirte esto. No puedes.

Miguel no se merece una mujer que le falle... ni siquiera en pensamiento. Ha sido mi roca, mi amor, el hombre que me hizo su esposa y me construyó un palacio donde yo solo tenía ruinas.

Él me ha dado todo... y yo, ¿yo qué estoy haciendo? Pensando en otro. Obsesionándome como una colegiala. ¡Qué horror!

No era justo para él. Tampoco para mí. Mi familia me educó con valores, y si alguna vez esto saliera a la luz, el escándalo, el bochorno, la humillación... ¡me destruirían por completo!

-Mi niña... -dijo la voz de Miguel, interrumpiendo de golpe mi remolino mental.

Esa forma de llamarme. Su tono tierno, protector. Siempre logra arrancarme del abismo, aunque no lo sepa.

-Amor, estoy en la tina -respondí con rapidez, acomodándome el cabello mojado como si eso pudiera borrar de mi rostro la culpa. Como si mis ojos no hablaran ya de mi infidelidad silenciosa.

Él se acercó sin dudarlo, se sentó en el borde de la bañera y me acarició con sus dedos cálidos. Sus caricias no eran pasionales, no esta vez. Eran tiernas, dulces... llenas de una devoción que me hizo sentir aún más ruin.

-¿Te sientes mejor? -me preguntó, acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos.

Asentí con la cabeza, evitando su mirada.

-Dormiré un ratito más y ya verás como se me pasa este malestar -le mentí, por segunda vez en el día. A él, que nunca me ha mentido. A él, que no sospecha nada.

-Bueno, princesa, te dejo descansar. Voy a darles las instrucciones a los trabajadores para que el nuevo capataz se instale en la hacienda -me informó con su tono siempre sereno.

No pude evitar fruncir el ceño.

-Creo que ese hombre no tiene ni idea de lo que es ser un capataz. No sé... tengo el presentimiento de que no aportará nada bueno a la hacienda -dije, pero por dentro sabía que no hablaba de la hacienda. Hablaba de nosotros. De mí.

Él me tomó el mentón con delicadeza y me obligó a mirarlo a los ojos.

-Amor... aprende a creer en los demás. Deja de ser tan desconfiada, tenle un chin de fe. Hazlo por mí -me susurró antes de sellar sus palabras con un beso suave que dolió como una herida.

-Bien... lo haré únicamente por ti. Pero sigo pensando que no aportará nada bueno. Ya verás -dije mientras él salía de la habitación sonriendo, sin saber lo que yo luchaba por esconderle.

Descansé. O al menos eso intenté. La tarde pasó como una niebla espesa entre pensamientos confusos y sentimientos encontrados. Pero al caer la noche, decidí que debía concentrarme en lo que era real: mi esposo, mi matrimonio, nuestra vida juntos.

Hoy tendría una noche romántica con él. Hoy lo elegiría, con todo y sus defectos, con su estrés, con su carga. Él es mío, y yo soy suya.

Busqué entre mis vestidos el que nunca me había atrevido a usar. Uno de tirantes finos, semitransparente, de un gris satinado que acariciaba mis curvas con descaro. Me miré al espejo. Me sentía atrevida. No necesitaba más que eso: la seguridad de que aún podía encender el fuego entre nosotros.

No usé ropa interior.

-Esta noche, Miguel, necesito que me recuerdes que soy tuya... y solo tuya -me dije frente al espejo, con los labios entreabiertos y con el corazón latiéndome en un compás nuevo.

Me puse las sandalias de tacón plateado, solté mi cabello, perfumé mis clavículas. Y bajé las escaleras como una mujer decidida a reconquistar su propia historia.

Al llegar al comedor, Miguel se quedó paralizado. Su mirada se clavó en mí con una mezcla de asombro, desconcierto y deseo. Boquiabierto, no logró emitir palabra alguna durante unos segundos eternos, y no lo culpo. Ni yo misma me reconocía. Nunca antes me había atrevido a tanto. Jamás.

-Amor, estás... estás hermosa, pero... -balbuceó con un tono de voz ronco, casi contenido, como si sus pensamientos estuvieran batallando entre el placer y el pudor.

No alcanzó a terminar la frase porque, de la nada, surgieron dos figuras por el pasillo que conectaba con las habitaciones de invitados. El capataz y su esposa irrumpieron en el comedor como si les perteneciera, sin un mínimo de cortesía, sin tocar la puerta, sin anunciarse.

Mis ojos se agrandaron al verlos entrar tan campantes.

«¿Cómo demonios entraron?», me pregunté, ya que, la puerta de la cocina siempre estaba cerrada con llave, y la principal también. Para ingresar aquí desde su alojamiento debían haber dado una vuelta enorme. O... ¿acaso ya tenían acceso libre? ¿Miguel les había dado una llave?

-Buenas noches, mi señora -entonó la mujer con una voz cantarina, suave pero firme. Su presencia tenía ese algo de las mujeres del campo, sencillas, fuertes, acostumbradas al trabajo duro, y, sin embargo, no me transmitía amenaza alguna.

Todo lo contrario a su marido.

Él, en cambio, caminaba con un aire de suficiencia que me hizo apretar los dientes. Sus ojos no tardaron en recorrerme de arriba abajo, y cuando se detuvieron en mis senos, que se insinuaban sin pudor tras la tela semitransparente del vestido, sentí una mezcla de vergüenza, furia y desamparo.

Quise cruzarme de brazos, cubrirme, desaparecer. ¡Qué ridícula fui al pensar que esta noche sería íntima y especial! ¡Qué estúpida al creer que aún podía controlar algo en esta casa!

-Buenas noches, señora -dijo él, sin disimular su mirada-. Disculpe que le estemos importunando.

«Importunando, mis ovarios», pensé. Lo que estaba haciendo era invadir, observar, deleitarse con lo que no le pertenece. Sentí la turbación subirme como una fiebre por la espalda.

Entonces Miguel, como si leyera mis pensamientos, pero no supiera interpretarlos, habló con esa voz amable que tanto amaba y que, en ese instante, me pareció la más traidora del mundo.

-Mi amor, esta tarde fui a informarte que invité al capataz y a su esposa a quedarse aquí en la hacienda -explicó con tono tranquilo, como si me contara que había traído pan fresco del pueblo-. Ya que es muy grande y solo estamos nosotros dos viviendo, pensé que era buena idea. De paso los invité a cenar para darles la bienvenida.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estallar en carcajadas. ¿La bienvenida? ¿Aquí? ¿Así? ¿Ahora?

Quise gritarle: ¿Y también vas a invitarlo a dormir entre nosotros? ¿O a compartir mi ropa interior, ya que tan libre es el acceso a nuestra casa? Pero no dije nada.

En cambio, esbocé una sonrisa irónica, venenosa, mientras mi garganta ardía con la necesidad de escupir la incomodidad.

-Creo que mejor me voy a cambiar para no molestar enseñando mis bubis, ¿no crees, amor? -dije con dulzura ácida, lanzándole una mirada fulminante que él no tardó en captar.

Miguel tragó saliva. Su expresión cambió. No me respondió, pero sabía que lo había herido. Y eso, en vez de aliviarme, me dolió más a mí.

«Esta noche iba a ser nuestra», pensé mientras me alejaba hacia la habitación, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.

La del capataz, sucia y descarada. La de su esposa, curiosa. La de Miguel... confundida. Como si no entendiera por qué estaba molesta. Como si no notara que había abierto la puerta a un abismo que no sabía cómo cerrar.

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