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Mi Bebé, Mi Venganza

Mi Bebé, Mi Venganza

Autor: : Lan You Ruo
Género: Urban romance
El chirrido de los neumáticos fue el último sonido coherente antes de que el mundo se desgarrara, y el impacto lanzó mi cuerpo de ocho meses de embarazo contra el cinturón, con el instinto de proteger a mi bebé como mi primera y única verdad. El olor a metal quemado y a gasolina llenaba el aire mientras las sirenas se acercaban, y yo me aferraba a la vida, sintiendo cómo se me escapaba la presión y la calidez entre mis piernas, un terror puro que ahogaba el dolor físico. "Mi bebé", susurré con los labios secos, "salven a mi bebé", mientras me arrastraban del coche hacia el torbellino de batas blancas que me llevaría a la sala de urgencias, a los pies de mi esposo, el Dr. Alejandro Vargas, el cirujano más respetado, mi única esperanza. Pero justo cuando creí que su presencia traería alivio, su teléfono sonó, y la mención de Isabella, mi prima también embarazada, borró de su rostro toda preocupación por mí y por nuestro hijo. Cuando el ginecólogo advirtió sobre un desprendimiento de placenta y sufrimiento fetal, la vida de nuestro bebé pendiendo de un hilo, Alejandro, con una arrogancia que nunca le había visto, lo ignoró, ordenando que el anestesiólogo fuera a ver a Isabella porque "Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural." "Deja de ser dramática, Sofía", susurró cruelmente mientras me abandonaba a mi suerte, "Isabella me necesita más." La oscuridad me envolvió al escuchar el monitor cardíaco sonar plano, la voz del Dr. Morales, un joven médico, rompiendo el silencio: "La perdimos." Pero mi hijo vivió, su débil llanto resonó en la habitación mientras escuchaba a las enfermeras hablar de Alejandro alardeando de su "hijo, sano y fuerte, el bebé más hermoso", que resultó ser el de Isabella. Una ira volcánica me quemó por dentro, eclipsando el dolor físico, no por miedo, sino por una furia fría y calculadora, arrancándome las vías con un grito ahogado. "Venganza", susurré, una promesa silenciosa para mí misma, forjada en la traición que nunca perdonaría: destruir a Alejandro Vargas, el hombre que me había dejado morir.

Introducción

El chirrido de los neumáticos fue el último sonido coherente antes de que el mundo se desgarrara, y el impacto lanzó mi cuerpo de ocho meses de embarazo contra el cinturón, con el instinto de proteger a mi bebé como mi primera y única verdad.

El olor a metal quemado y a gasolina llenaba el aire mientras las sirenas se acercaban, y yo me aferraba a la vida, sintiendo cómo se me escapaba la presión y la calidez entre mis piernas, un terror puro que ahogaba el dolor físico.

"Mi bebé", susurré con los labios secos, "salven a mi bebé", mientras me arrastraban del coche hacia el torbellino de batas blancas que me llevaría a la sala de urgencias, a los pies de mi esposo, el Dr. Alejandro Vargas, el cirujano más respetado, mi única esperanza.

Pero justo cuando creí que su presencia traería alivio, su teléfono sonó, y la mención de Isabella, mi prima también embarazada, borró de su rostro toda preocupación por mí y por nuestro hijo.

Cuando el ginecólogo advirtió sobre un desprendimiento de placenta y sufrimiento fetal, la vida de nuestro bebé pendiendo de un hilo, Alejandro, con una arrogancia que nunca le había visto, lo ignoró, ordenando que el anestesiólogo fuera a ver a Isabella porque "Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural."

"Deja de ser dramática, Sofía", susurró cruelmente mientras me abandonaba a mi suerte, "Isabella me necesita más."

La oscuridad me envolvió al escuchar el monitor cardíaco sonar plano, la voz del Dr. Morales, un joven médico, rompiendo el silencio: "La perdimos."

Pero mi hijo vivió, su débil llanto resonó en la habitación mientras escuchaba a las enfermeras hablar de Alejandro alardeando de su "hijo, sano y fuerte, el bebé más hermoso", que resultó ser el de Isabella.

Una ira volcánica me quemó por dentro, eclipsando el dolor físico, no por miedo, sino por una furia fría y calculadora, arrancándome las vías con un grito ahogado.

"Venganza", susurré, una promesa silenciosa para mí misma, forjada en la traición que nunca perdonaría: destruir a Alejandro Vargas, el hombre que me había dejado morir.

Capítulo 1

El rechinido de los neumáticos fue el último sonido coherente que escuché, seguido por un estruendo metálico que pareció desgarrar el mundo, el impacto me lanzó hacia adelante con una fuerza brutal y el cinturón de seguridad se clavó en mi vientre abultado con una presión insoportable.

Mi primer instinto, incluso antes de sentir el dolor, fue proteger a mi bebé, mis manos volaron para cubrir mi panza de ocho meses, un gesto inútil contra la violencia del choque.

Fragmentos de vidrio llovieron sobre mí como un granizo helado, y un dolor agudo y punzante me atravesó las costillas, robándome el aliento.

El olor a metal quemado y a gasolina llenó el aire, denso y nauseabundo, y vi el otro coche, o lo que quedaba de él, reducido a un amasijo de hierros retorcidos.

Mi mundo se redujo a una sinfonía de dolor y pánico, mientras una mancha roja comenzaba a extenderse sobre mi vestido de diseñador, el vestido que había creado para mi baby shower.

Las sirenas aullaban a lo lejos, acercándose, pero el tiempo se estiraba, cada segundo una eternidad de agonía, todo mi cuerpo temblaba sin control, y un frío profundo se instaló en mis huesos.

Cuando los paramédicos finalmente me sacaron del coche destrozado, sus voces eran urgentes y tensas.

"Fractura de costillas, posible hemorragia interna."

"Está embarazada, ¡rápido, la presión está cayendo!"

En la ambulancia, el movimiento me provocaba oleadas de dolor, pero mi única preocupación era el pequeño ser que se movía débilmente dentro de mí, sentía una humedad tibia entre mis piernas y el pánico se convirtió en terror puro.

"Mi bebé," susurré, con los labios secos y agrietados. "Salven a mi bebé."

Llegamos al hospital en un torbellino de batas blancas y luces fluorescentes, me llevaron directamente a una sala de urgencias, donde las caras de los médicos y enfermeras se arremolinaban sobre mí, serias y preocupadas.

"Necesitamos al doctor Vargas, ¡ahora! Es su esposa."

La mención de su nombre, Alejandro, mi esposo, me trajo una pizca de alivio en medio del caos, él era el mejor cirujano plástico del país, un hombre respetado y poderoso en este mismo hospital, él sabría qué hacer, él nos salvaría.

Esperé, contando las punzadas de dolor como si fueran los segundos en un reloj, hasta que finalmente apareció en la puerta, su impecable bata blanca contrastaba con mi estado lamentable.

Pero su cara no mostraba la angustia que yo esperaba, sus ojos, normalmente llenos de adoración por mí, estaban distantes, casi fríos, me miró como si fuera una paciente más, un problema a resolver.

"Sofía," dijo, su voz sin emoción.

Justo en ese momento, su teléfono sonó, él lo miró y su expresión cambió por completo, una ansiedad palpable se apoderó de su rostro.

"¿Isabella? ¿Qué pasa? ¿Ya estás en el hospital? ¿Rompiste fuente?"

Isabella. Mi prima, que vivía con nosotros, también embarazada.

La sangre se me heló en las venas, un frío peor que el del shock del accidente, vi cómo la preocupación por mí se desvanecía de su rostro, reemplazada por una urgencia que no era para mí, ni para nuestro hijo.

Un ginecólogo se acercó a él, con mi expediente en la mano.

"Doctor Vargas, su esposa tiene un desprendimiento de placenta, está perdiendo mucha sangre, el bebé está en sufrimiento fetal, necesitamos hacer una cesárea de emergencia ahora mismo."

Alejandro ni siquiera me miró, su atención estaba completamente en su teléfono.

"Prepara a Isabella para el parto," le dijo a una enfermera por el teléfono, ignorando por completo al ginecólogo. "Voy para allá."

El ginecólogo, un hombre mayor de apellido López, insistió.

"Doctor, no me está entendiendo, la vida de su esposa y de su bebé están en peligro inminente, necesitamos su autorización y al anestesiólogo."

Alejandro finalmente colgó y se giró hacia López, su cara era una máscara de arrogancia profesional.

"Doctor López," dijo con un tono condescendiente, como si hablara con un novato. "Conozco a mi esposa, Sofía es una mujer fuerte, puede soportar un parto natural, no hay necesidad de una cirugía tan invasiva."

El doctor López lo miró incrédulo.

"¡Pero el desprendimiento de placenta! ¡El sufrimiento fetal!"

"Son diagnósticos preliminares," lo cortó Alejandro. "Mi prima, Isabella Castillo, está a punto de dar a luz, ella es mucho más delicada, necesita más atención, el anestesiólogo irá a su habitación, Sofía no lo necesita."

Sentí como si me hubieran golpeado de nuevo, más fuerte que en el propio accidente, las palabras de mi esposo, el hombre que había jurado protegerme, eran una sentencia de muerte.

Me estaba abandonando, en el momento más vulnerable de mi vida, por mi prima.

"Alejandro," logré decir, mi voz un hilo tembloroso. "Por favor, me duele, el bebé..."

Él se inclinó, pero no para consolarme, su rostro estaba a centímetros del mío, y su voz fue un susurro cruel que solo yo podía oír.

"Deja de ser tan dramática, Sofía, siempre quieres ser el centro de atención, Isabella me necesita más, compórtate."

Luego, se enderezó y se dirigió al equipo médico con su autoridad de jefe de cirugía.

"Llévenla a una sala de partos, monitoreen sus signos vitales, estaré revisando su progreso, ahora, si me disculpan, tengo una emergencia real que atender."

Vi cómo se daba la vuelta y se alejaba por el pasillo, sin mirar atrás ni una sola vez.

Las enfermeras me miraban con una mezcla de lástima y horror, impotentes ante las órdenes del influyente doctor Vargas.

Mientras me empujaban en la camilla hacia una sala de partos normal, el dolor de mis costillas rotas no era nada comparado con el dolor de la traición que me destrozaba el alma.

Estaba sola, herida y a punto de perder a mi hijo, y el hombre que debía salvarme me había arrojado a los lobos.

Capítulo 2

El tiempo en la sala de partos se convirtió en una tortura borrosa y sin fin, las manecillas del reloj de la pared parecían moverse con una lentitud cruel, cada tic-tac marcaba una nueva ola de dolor que me recorría el cuerpo.

Las contracciones se mezclaban con el dolor agudo de mis costillas rotas, creando una agonía que me hacía querer gritar hasta desgarrarme la garganta, pero apenas tenía fuerzas para respirar.

Una joven enfermera intentaba consolarme, limpiándome el sudor de la frente con un paño húmedo.

"Respire profundo, señora Romero, intente relajarse."

¿Relajarme? ¿Cómo podía relajarme cuando sentía que mi cuerpo se partía en dos y el hombre que amaba me había abandonado para asistir el parto de mi prima?

Cada vez que una contracción me sacudía, un nuevo torrente de sangre tibia se escapaba de mí, manchando las sábanas blancas, el olor a hierro llenaba mis fosas nasales, un recordatorio constante de que algo iba terriblemente mal.

De repente, el monitor cardíaco fetal, que había estado emitiendo un ritmo constante aunque débil, comenzó a sonar de forma errática, el sonido se volvió más y más lento, una señal alarmante que hizo que la enfermera palideciera.

"¡Doctor, rápido! ¡Estamos perdiendo el ritmo cardíaco del bebé!" gritó hacia el pasillo.

El doctor López entró corriendo, su rostro era un mapa de preocupación.

"La presión arterial de la madre está por los suelos, está entrando en shock hipovolémico, ¡necesitamos hacer la cesárea ya!"

Miró a su alrededor, su frustración era evidente.

"¡¿Dónde demonios está el anestesiólogo?! ¡Lo necesito aquí ahora!"

La joven enfermera respondió con voz temblorosa.

"Señor, el doctor Vargas ordenó que asistiera a la señorita Castillo, dijo que la señora Romero no lo necesitaba."

La cara del doctor López se contrajo en una mueca de pura ira.

"¡No me importa lo que dijo Vargas! ¡Esta mujer y su hijo se están muriendo! ¡Vayan a buscarlo, díganle que es una emergencia de código rojo!"

Pero yo sabía que era inútil, Alejandro no vendría, para él, la única emergencia estaba en la habitación de Isabella.

Mi visión comenzó a oscurecerse por los bordes, los sonidos de la habitación, los pitidos de las máquinas, las voces urgentes, todo comenzó a desvanecerse, como si estuviera hundiéndome en agua profunda y oscura.

Mis pensamientos se volvieron lentos y confusos, ya no sentía el dolor, solo un frío inmenso y una sensación de flotar.

Recordé el día de mi boda, la sonrisa de Alejandro, sus promesas de amor eterno, ¿cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento su amor se había convertido en esta crueldad monstruosa?

Una imagen de mi bebé, un rostro que nunca había visto pero que amaba con cada fibra de mi ser, apareció en mi mente.

"Lo siento, mi amor," pensé, una lágrima solitaria rodando por mi sien. "Mamá no fue lo suficientemente fuerte."

Sentí que mi cuerpo se rendía, mis músculos se relajaban y mi respiración se volvía superficial, casi inexistente.

El último sonido que registré fue el pitido agudo y continuo del monitor cardíaco.

Un sonido plano, final.

Luego, la voz del doctor López, llena de pánico y desesperación, rompiendo el silencio.

"¡La perdimos! ¡El corazón se detuvo! ¡Código azul, código azul en la sala de partos dos! ¡Traigan el desfibrilador, ahora!"

La oscuridad me envolvió por completo.

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