ALEXIA CUEVAS POV:
Estaba en la prueba final de mi vestido de novia, a solo unos días de casarme con el amor de mi vida, Mauricio.
De repente, mi organizadora de bodas recibió una llamada. Su rostro palideció.
"Señorita Cuevas", me dijo con voz temblorosa, "me acaban de llamar para cambiar el nombre de la novia en las invitaciones... por el de Ida Juan".
Ida era su "amiga", la misma a la que vi a Mauricio arrodillarse en nuestra propia fiesta de compromiso.
En un bar, lo escuché decirles a nuestros amigos: "Alexia es mi obligación, pero Ida es mi placer".
Incluso cuando me caí por las escaleras, él y sus amigos simplemente se dieron la vuelta y continuaron su fiesta, dejándome tirada.
No solo me traicionó, sino que planeaba robar mi fecha de boda, mi salón y hasta el diseño que yo había creado.
Pensó que yo era una tonta, una víctima que aceptaría posponer todo para que él pudiera casarse con su amante en mi lugar.
Pero se equivocó. Fui con mi padre y le dije:
"Quiero que arregles mi boda. Para la misma fecha. Pero con Antonio Díaz".
Capítulo 1
"Papá", dije, mi voz sonaba en el gran estudio, extrañamente firme, "quiero que arregles mi boda. Para la misma fecha. Pero con Antonio Díaz."
Mi padre dejó caer el bolígrafo que sostenía. Se escuchó un pequeño golpe seco contra el pesado escritorio de madera. Me miró con los ojos muy abiertos, una mezcla de shock y confusión. "¿Qué... qué dices, Alexia? ¿Antonio Díaz? ¿No es Mauricio...?" Su voz, normalmente resonante y segura, se quebró en un susurro. La preocupación arrugó su frente.
"Antonio", afirmé, sin titubear. No había espacio para la duda en mi tono. Mi decisión estaba tomada, tallada en piedra, aunque mi corazón se sintiera como un cristal roto.
Mi padre suspiró, un sonido pesado que llenó la habitación. Miró el reloj de pared, luego de vuelta a mí, como si tratara de descifrar un enigma. "Si estás segura, hija mía... entonces así será", murmuró, con una resignación que me partió el alma. La tristeza en sus ojos era un reflejo de mi propio dolor, pero él no sabía la verdadera razón. Aún no.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos, quemando, pero ninguna se atrevió a caer. Mi corazón, un amasijo de dolor y determinación, latió con una fuerza extraña. Era la fuerza de la supervivencia, la de una mujer que se negaba a ser una víctima.
Hace apenas unos días, esa misma fecha grabada en mi mente era el día más feliz de mi vida. El día en que me convertiría en la Sra. Coll. Mauricio y yo. Una historia de amor que creí eterna.
El satén blanco del vestido de novia se deslizó por mi piel, suave y frío. Me miré al espejo del probador, los flashes de las cámaras de la revista de novias parpadeando a mi alrededor. La mujer del espejo era hermosa, sí. Radiante quizás. Pero yo, la Alexia que vivía dentro de ese cuerpo, estaba hueca, vacía. No había alegría en mis ojos, solo una frialdad que me sorprendía.
"¡Estás espectacular, Alexia!", exclamó la vendedora, sus manos ágiles ajustando un último pliegue. "Mauricio se va a caer de espaldas cuando te vea."
Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. Una sonrisa impostada, aprendida.
En la esquina, Mauricio, ajeno a mi tormento, sonreía en su teléfono. Su voz era un murmullo bajo, íntimo. Demasiado cerca, demasiado íntimo para ser solo un "asunto de negocios". Mi ceño se frunció ligeramente. Una punzada de inquietud se clavó en mi pecho.
Justo entonces, el teléfono de mi organizadora de bodas sonó. Era una llamada de su oficina. La escuché hablar, su voz, antes alegre y llena de entusiasmo, se volvió tensa, casi imperceptible. Se disculpó y se alejó un poco. Cuando regresó, su rostro estaba pálido. Me miró con una mezcla de pena y confusión.
"Señorita Cuevas", comenzó, su voz un hilo, "me acaban de llamar para cambiar los nombres en las invitaciones. Dice que... ahora en lugar de Alexia Cuevas... es Ida Juan."
El mundo se hizo añicos. Las palabras de la organizadora golpearon mi oído como una explosión, cada sílaba disolviendo el aire a mi alrededor. Mi corazón dejó de latir. El silencio en mi cabeza era ensordecedor. Solo el eco de su voz se repetía: Ida Juan.
No era solo una traición. Era una bofetada. Una humillación pública antes de que siquiera hubiera ocurrido.
Recordé. Ida Juan. La "amiga" regresó a la ciudad hace apenas un par de meses. La vi, con mis propios ojos, hace solo dos semanas. Mauricio se arrodilló, no ante mí, sino ante ella. En medio de nuestra supuesta fiesta de compromiso. Creí que me había equivocado, que lo había malinterpretado. Que mi mente jugaba conmigo.
Pero las palabras de Mauricio, dichas con una crueldad que aún me helaba la sangre, resonaron: "Alexia es demasiado blanda, demasiado predecible. Necesita un hombre como yo para guiarla. Alguien que no desafíe mi visión".
Y las de Ida, con su voz melosa, pegada a él como una lapa: "Siempre he sido la única, cariño. Alexia es solo un pasatiempo, una distracción. Siempre lo supe." No era cierto que tuviera una enfermedad terminal. Solo era una manipulación. Y funcionó.
Los aplausos, los gritos de júbilo de nuestros "amigos", el destello de los flashes, todo se convirtió en un torbellino infernal. La risa de Ida, el beso de Mauricio. Huí de allí, el corazón en la garganta, la dignidad hecha jirones.
La organizadora de bodas me sacó de mis recuerdos. Su voz, llena de incertidumbre, me preguntó: "¿Señorita Cuevas? ¿Qué hacemos con la fecha? ¿Cancelamos?"
Mis manos temblaron, pero no dejé que nadie lo viera. La rabia, fría y calculada, comenzó a reemplazar el dolor. Mauricio creía que me conocía. Creía que me había roto. Pero Mauricio Coll no era más que un tonto arrogante. Subestimó a la mujer que había amado.
"Conserve la fecha", dije, mi voz sonaba extrañamente fría y plana. "Y reserve el salón de al lado. Quiero la misma decoración. Exactamente igual. Cada detalle." Mi mente ya estaba trabajando, trazando el plan.
La organizadora parpadeó. "¿Exactamente la misma fecha, señorita?"
"Sí", respondí, mi mirada fija en el horizonte. "Y el nombre del novio... eso lo cambiaremos pronto."
Colgué el teléfono, respirando hondo. Justo entonces, la puerta del probador se abrió. Mauricio entró, su rostro resplandeciente.
"¡Mi hermosa novia!", exclamó, acercándose para abrazarme. Su perfume, una mezcla de sándalo y un rastro floral que no era mío, llenó mis fosas nasales. "Estás tan linda hoy."
Mi belleza, me pregunté, ¿era una mercancía? ¿Un trofeo que adornaba su ego?
"Cariño, mi amor... tengo que posponer la boda", dijo, su voz teñida de una falsa pena. "¿Puedes creerlo? Han surgido unos asuntos urgentes de la empresa. Cosas importantes."
Asuntos. Sí, claro. Los asuntos con Ida Juan. Sentí una punzada de amargura. Él pensaba que era estúpida. Él pensaba que me había roto y que podía manipularme a su antojo.
Mauricio quería mi fecha, mi salón, mi boda. Quería robar mi triunfo, incluso mi diseño. Y pensaba que yo sería su víctima.
"Está bien", dije, sonriendo con amargura. Era una sonrisa que él no entendió.
Sus ojos se ensancharon un poco, una sombra de sorpresa cruzó su rostro. Mi "sí" fue su perdición. Una luz de alivio se encendió en sus ojos. Me besó en la frente. "Sabía que lo entenderías, mi amor. Siempre tan comprensiva. Te prometo que todo esto es por nuestro futuro. Te amo."
Su promesa de amor eterno sonó hueca, vacía, como una cáscara sin alma. Cada palabra era una mentira. En mi mente, ya me estaba casando. Pero no con él.
Mauricio se fue, murmurando algo sobre una reunión urgente en la oficina. Yo, por mi parte, me dirigí a casa, el eco de sus mentiras aún resonando en mis oídos. El apartamento que compartíamos, decorado con cada detalle que habíamos elegido juntos, ahora se sentía como una prisión. Me moví por las habitaciones, recolectando mis pertenencias. Cada objeto, cada recuerdo, pesaba como una losa.
Justo cuando terminaba de meter una última pila de ropa en mi maleta, la puerta principal se abrió. Mauricio. Siempre con su sentido de la oportunidad impecable.
"¡Mi amor!", exclamó, su voz llena de una falsa euforia. Entró, los brazos abiertos y una sonrisa forzada. "¿Me extrañaste?" En su mano, sostenía un tallo de rosas rojas. Algunas de las hojas estaban un poco marchitas, los pétalos externos con un ligero tinte marrón.
"Lo siento, mi vida, la reunión se alargó", dijo, su voz empalagosa. Se acercó y me ofreció la rosa. "¿Me perdonas por no poder estar contigo?"
Una risa amarga amenazó con escaparse de mis labios. ¿Perdonarlo? ¿Por una rosa marchita que probablemente recogió de un basurero en su camino? Sentí la ira burbujear, una furia fría y controlada. Me estaba tratando como un objeto desechable.
"¿Por qué sonríes?", preguntó Mauricio, su ceño fruncido ligeramente.
"Por nada", respondí, extendiendo la mano para tomar la rosa. Mi sonrisa se desvaneció. En el cuello de su camisa, justo debajo del cuello, había una mancha roja. Ligera, pero inconfundible. ¡Lápiz labial!
Mi corazón se apretó de nuevo, no de dolor, sino de una indignación hiriente. Una punzada de rabia, aguda y helada, me atravesó. Mauricio parecía ajeno a todo.
"¿Qué es esto, Mauricio?", pregunté, señalando la mancha con el tallo de la rosa. Mi voz era suave, casi un murmullo.
Él palideció. Su mirada se desvió rápidamente hacia la mancha, luego hacia mí. Una mueca de nerviosismo contrajo sus labios. "Oh, eso... uh... seguro fue en la oficina. Ya sabes, la señorita de recepción siempre es tan... efusiva. Me abrazó para felicitarme por el proyecto." Su voz sonaba forzada, cada sílaba un débil intento de mentira.
"Claro", dije, mi tono aún suave. "Déjame lavártela. No queremos que uses una camisa sucia en la oficina." Extendí la mano para quitársela.
"¡No, no! ¡Está bien! La ama de llaves lo hará", dijo, retrocediendo un paso. Su pánico era palpable.
"No te preocupes, yo puedo", insistí, y antes de que pudiera protestar más, le quité la camisa. Él se quedó en silencio, una tensión incómoda llenando el aire.
Una vez que tuve la camisa, él suspiró de alivio. Se inclinó, me dio un beso rápido en la mejilla y dijo: "Siempre tan atenta, mi amor. Eres la mejor".
Me reí, una risa sin alegría. Sostuve la camisa en mis manos, mi mirada fija en la mancha. Atenta, sí. Demasiado atenta, quizás.
Me dirigí al baño, mi mente procesando cada detalle. Él creía que yo era una tonta. Siempre lo había creído.
Puse la camisa en el lavabo, abrí el grifo y dejé que el agua corriera. Pero en lugar de lavar la mancha, mis manos, con una fuerza incontrolable, rasgaron la tela. Se desgarró limpiamente, un sonido seco y definitivo. Mis dedos se tensaron alrededor del cuello, y la camisa se partió en dos. Un símbolo perfecto de nuestra relación.
Mauricio, al ver la camisa rota, apenas parpadeó. "Oh, bueno. Supongo que tendremos que comprar una nueva. No te preocupes, mi amor. Es solo una camisa."
Luego, como si nada hubiera pasado, me abrazó. Me susurró dulces palabras al oído, palabras vacías que ya no significaban nada. Él pensó que con eso bastaba. Pero el aroma dulzón del perfume de Ida aún se aferraba a su piel, oculto bajo el suyo, como una serpiente al acecho.
"La vieja siempre es mejor", observé, mi voz plana.
"Sí, así es", respondió, sin entender la ironía. "La lealtad es importante, ¿no crees? Como la mía hacia ti."
Lealtad. La palabra me quemó la garganta. ¿Su lealtad? Pensé en los cinco años que habíamos compartido, los sueños, los planes. ¿Qué había significado todo eso para él?
Mauricio. Un hombre que me había conquistado con su carisma y su ambición. Al principio, yo era la arquitecta prometedora, con una lista de pretendientes que esperaban para cenar conmigo, pero él, él fue diferente. Me cortejó con una intensidad que pensé que era amor. Recuerdo nuestros primeros días, su implacable persecución, mi orgullo juvenil que se resistía a ceder tan fácilmente. Fingí indiferencia, un juego que él pareció disfrutar.
Entonces llegó el día del incendio en la oficina. El humo, el pánico. Me quedé paralizada, el miedo me congeló los huesos. Él me encontró, me sacó de allí, su rostro cubierto de hollín, sus ojos llenos de una preocupación genuina. En ese momento, en sus brazos, decidí que era el hombre para mí. Le di mi corazón, mi alma. Le prometí mi vida.
"Si alguna vez me engañas, Mauricio", le advertí una noche, "si alguna vez traicionas mi confianza, te juro que te arrepentirás. Te dejaré. Incluso si tengo que casarme con el diablo, lo haré." Él se rió, me besó y dijo que nunca me haría daño. Juró que siempre seríamos nosotros.
Ahora, esas palabras sonaban como un eco distante en un templo vacío. Él se había reído de mi advertencia. Él creía que era una amenaza vana. Pero no lo era.
Las lágrimas finalmente cayeron, calientes y amargas. Cayeron por la Alexia ingenua que había amado a ese hombre. Cayeron por el futuro que creí que tendríamos. Él nunca me amó. Nunca.
"¿Qué pasa, cariño?", preguntó Mauricio, su voz sonaba forzada. Me abrazó, intentando consolarme. "No llores, mi amor. ¿Es por la boda que se pospone? Te juro que encontraremos otra fecha pronto."
Su toque, una vez un refugio, ahora se sentía tóxico. "Estoy bien", murmuré, forcejeando para alejarme de él. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba escapar.
Pero no sería una huida. Sería un movimiento estratégico. Uno que él nunca vería venir.
Mauricio intentó besarme, sus labios buscando los míos, pero giré la cabeza justo a tiempo. Su beso aterrizó en mi mejilla, frío y sin emoción. Me aparté con suavidad.
"¿Qué pasa, mi amor?" , preguntó, su voz sonando un poco tensa. Luego tosió incómodo. "Por cierto, ¿dónde está mi regalo? ¿Esa sorpresa que me dijiste?"
Me dirigí a mi habitación, la que una vez fue "nuestra" habitación. Saqué la invitación de boda que había elegido con tanto cuidado, el papel grueso y elegante. Con una pluma estilográfica, escribí mi nombre y, al lado, el de Antonio Díaz. Con mano firme y corazón helado, doble la invitación a la mitad y la metí en una pequeña caja de terciopelo.
Salí de la habitación y le entregué la caja. Él la tomó, sus ojos brillando de curiosidad. Intentó abrirla, sus dedos juguetones.
"No" , le dije, mi voz sonando extrañamente plana. "Ábrela el día de nuestra boda. Exactamente a la misma hora en la que nos casaríamos. Será una sorpresa. Grande."
Mauricio se detuvo, con la caja a medio abrir. Su mano tembló ligeramente. Me miró, un atisbo de confusión en sus ojos. "¿El día de nuestra boda? ¿Pero si la pospusimos?"
"Lo sé" , respondí, mi sonrisa era un enigma. "Pero es la fecha perfecta, ¿no crees? Es un regalo. Un gran regalo. Disfrútalo." Sellé la caja con un lazo, apretándolo con más fuerza de la necesaria.
Él sonrió, su confusión se desvaneció, reemplazada por una alegría tonta. Me abrazó, su risa resonando en el apartamento. "¡Eres la mejor, Alexia! ¡Soy tan feliz contigo!"
Feliz. Me pregunté qué significaba la felicidad para él. ¿Era la felicidad de un depredador que había asegurado su presa?
Mientras él se duchaba, su voz resonando en la ducha, tomé mi teléfono. Revisé las redes sociales. Lo encontré. En la página de un amigo de Mauricio, una foto. Mauricio, arrodillado. Ida Juan, sonriendo. Un anillo brillante en su dedo. Un video corto de la propuesta de matrimonio. El texto: "¡Felicidades a la pareja! ¡Un amor que por fin se realiza!"
Mi corazón no se apretó. Ya estaba roto.
Desplacé hacia abajo. Comentarios. "¡Por fin! ¡Ya era hora de que Mauricio se decidiera por Ida!" "Siempre supe que ellos eran el uno para el otro." Luego, un comentario de una de mis supuestas "amigas" : "¿Ya bloqueaste a Alexia de su lista de amigos?" Y la respuesta: "Sí, claro. No queremos que se entere antes de tiempo."
Una risa amarga se me escapó. Me reí de la ironía, del patetismo. Me reí de mi propia ingenuidad. Mis "amigos". Aquellos que habían jurado lealtad, que habían compartido confidencias, que habían sido testigos de mi amor por Mauricio. Todos ellos cómplices.
El post desapareció segundos después. Demasiado tarde. Ya lo había visto. Y guardado.
Mauricio salió del baño, envuelto en una toalla, tarareando una canción. "Alexia, ¿estás ahí?"
"Sí" , respondí, guardando el teléfono en mi bolsillo. Mi rostro era una máscara de calma.
Él suspiró de alivio. "¿Todo bien, mi amor?"
"Perfecto" , respondí, mi voz sin inflexión. Me levanté. Necesitaba salir de allí.
Mientras bajaba las escaleras, escuché su voz. Estaba al teléfono, en el salón. Su voz era un murmullo bajo, pero pude distinguir algunas palabras.
"¡Te dije que no publicaras nada, idiota!" , siseó Mauricio. "¿Qué demonios te pasa? ¡Tienes que ser más discreto!" Hizo una pausa, escuchando. "Sí, la bloqueaste. Pero ya eliminaste el post, ¿verdad? ¡Tiene que ser un secreto!" Otra pausa. "No me importa si Ida ya está allí. ¡Alexia no puede saberlo! ¡No aún!"