Sevilla entera susurraba sobre el ultimátum: el magnate del aceite de oliva, Don Alejandro, exigía que mi marido, Javier, me entregara.
Si no lo hacía, destruiría su carrera de torero y la ganadería familiar.
Javier, el hombre que juró amarme, no vaciló ni un segundo para enviarme, un sacrificio necesario para su legado.
En mi vida pasada, rogué, supliqué, le recordé al hijo que llevaba en mi vientre.
Pero él solo me miraba con fría indiferencia.
Catalina, su amante, se ofreció a ir en mi lugar, y al volver, se quitó la vida, un informe médico reveló que también estaba embarazada.
Javier, consumido por una rabia oculta, esperó hasta que di a luz.
Luego, en un acto de locura, provocó un "trágico accidente" que mató a nuestro recién nacido, culpándome de la muerte de Catalina y condenándome a una vida infernal que acabó con mi propia muerte.
¿Por qué hizo esto? ¿Por qué tanto odio y crueldad?
Pero he renacido, y esta vez, con los recuerdos de esa vida grabados a fuego, conozco el futuro.
Así que, cuando Javier me comunicó la noticia, en lugar de luchar, simplemente asentí.
Esta vez, no lucharía; esta vez, les daría exactamente lo que querían, y mucho más.
Sevilla entera susurraba sobre ello.
El magnate del aceite de oliva, Don Alejandro, un hombre tan poderoso como excéntrico, exigía que el famoso torero Javier enviara a su esposa embarazada, Isabela, a su remoto cortijo andaluz.
Si se negaba, Don Alejandro usaría su inmenso poder para destruir la carrera de Javier y la prestigiosa ganadería de su familia.
Javier, mi marido, aceptó sin dudarlo.
Para él, yo era un sacrificio necesario para proteger su legado.
En mi vida pasada, luché contra este destino con todas mis fuerzas. Me aferré a él, le rogué, le recordé el hijo que llevaba en mi vientre.
Pero él solo me miró con frialdad.
Catalina, su amante y amiga de la infancia, se ofreció a ir en mi lugar, fingiendo una lealtad que no sentía.
Recuerdo su regreso. Volvió y se quitó la vida. Un informe médico reveló que ella también estaba embarazada.
Javier, consumido por una rabia oculta que nunca entendí, esperó. Esperó hasta el día en que di a luz a nuestro hijo.
Entonces, en un ataque de locura, provocó un "trágico accidente" que mató a nuestro recién nacido.
Me culpó de la muerte de Catalina. Sufrí un infierno y luego morí.
Pero renací.
Y esta vez, con los recuerdos de esa vida grabados a fuego en mi memoria, conozco el futuro.
Así que, cuando Javier me comunicó la noticia con su habitual indiferencia, simplemente asentí.
"Está bien".
Él me miró, desconcertado por mi calma. Esperaba lágrimas, súplicas.
"Prepara tus cosas. El coche de Don Alejandro llegará mañana", dijo, su voz dura.
No respondí. Fui a nuestra habitación y empaqué una pequeña maleta.
Al día siguiente, un coche de época, negro y reluciente, esperaba en la puerta.
Javier y Catalina estaban de pie en el umbral, él con una expresión indescifrable, ella con una sonrisa triunfante.
Subí al coche sin mirar atrás, dejando atrás al hombre que me asesinó y a la mujer que orquestó mi caída.
Esta vez, no lucharía.
Esta vez, les daría exactamente lo que querían.
El coche se alejó por el camino de tierra, levantando una nube de polvo que engulló la imagen de la casa.
Mi casa. O lo que yo creía que era mi casa.
En mi vida anterior, Catalina me había dicho con una sonrisa venenosa: "Isabela, el cortijo de Don Alejandro es un lugar sin retorno. Los que entran nunca vuelven a salir".
Ahora entendía que no era una advertencia, sino una promesa.
Recuerdo la última confrontación que tuvimos antes de mi partida en esa vida.
Yo estaba desesperada, suplicándole a Javier que no me enviara. Catalina, actuando como la anfitriona, me ofreció un vaso de gazpacho.
"Bebe algo, querida. Te calmará los nervios".
Cuando me negué, su máscara de amabilidad se desvaneció.
Me arrojó el gazpacho helado a la cabeza. El líquido rojo y espeso goteó por mi pelo y mi cara.
Luego, se arrojó por las escaleras, gritando mi nombre, acusándome de haberla empujado.
Javier, sin siquiera mirarme, la creyó.
Me arrastró a la bodega, un espacio oscuro y helado. Sabía de mi claustrofobia, un miedo paralizante que él mismo había provocado años atrás, encerrándome en un armario durante una de sus rabietas.
Me dejó allí.
Ahora, renacida, me sentía extrañamente tranquila. La calma antes de la tormenta.
Cuando Catalina se acercó al coche justo antes de que partiera, su rostro era una máscara de falsa preocupación.
"Isabela, pobrecita. Debes estar asustada. Bebe esto, es un agua de hierbas para calmarte durante el viaje".
Me ofreció una botella de cristal.
Reconocí el líquido. Era el mismo que me había dado en mi vida pasada, justo antes de que Catalina se fuera en mi lugar. El veneno que, según el informe médico, había complicado su embarazo.
Esta vez, lo acepté con una sonrisa.
"Gracias, Catalina. Eres tan amable".
Bebí el contenido de la botella bajo su mirada satisfecha.
El coche arrancó. A los pocos kilómetros, un dolor agudo y terrible me desgarró el vientre.
El veneno era potente.
Mi plan estaba en marcha.
Saqué de mi bolso una tarjeta de visita arrugada. La de un joven veterinario al que había ayudado durante la Feria de Abril, cuando lo encontré herido y escondido de unos rivales de su familia.
Le entregué la tarjeta al chófer de Don Alejandro, un hombre de rostro serio.
"Por favor, llame a este número. Dígale que la bailaora de Triana está en peligro".
El hombre me miró por el espejo retrovisor, vio el sudor en mi frente y el dolor en mi rostro. Asintió y cogió el teléfono.
Mi conciencia se desvaneció mientras el dolor me consumía.