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Mi Corazón, Tu Falsa Fortuna

Mi Corazón, Tu Falsa Fortuna

Autor: : Huang Xiao Huai
Género: Romance
Diez años de matrimonio. Diez años construyendo un hogar, un sueño, sacrificando mis joyas para comprarle su traje de charro. Pero la noche de nuestro décimo aniversario, él regresó. Su aliento olía a tequila. Su ropa, a un perfume de mujer que no era el mío: Ximena. Mi corazón se hizo pedazos al verlo arrastrarla bajo la lluvia, consolándola después de que ella, con su drama de víctima, casi se lanzó a los coches. "Casi se avienta a los coches por tu culpa", me gritó él, culpándome por su "accidente". ¡Su accidente! ¡Yo soy la traicionada! Fui al hospital, buscando el rastro de su farsa, y allí, entre sus pertenencias, encontré la tableta "rota". En ella, mensajes de meses atrás con Ximena. "Mi amor, ¿cuándo le dirás a tu esposa lo nuestro?". "Ella es solo costumbre". Descubrí un saldo de millones en su cuenta secreta. ¡Millones! Mientras yo vendía mis joyas por nuestro futuro, él era un magnate disfrazado de mariachi humilde. La farsa era tan profunda que mi cuerpo colapsó. Me desmayé. Pero al despertar, una profunda calma me invadió. En los brazos de Miguel Ángel, supe que mi historia debía tener un final diferente. Un final donde yo no era la víctima, sino la arquitecta de mi propio destino.

Introducción

Diez años de matrimonio.

Diez años construyendo un hogar, un sueño, sacrificando mis joyas para comprarle su traje de charro.

Pero la noche de nuestro décimo aniversario, él regresó.

Su aliento olía a tequila.

Su ropa, a un perfume de mujer que no era el mío: Ximena.

Mi corazón se hizo pedazos al verlo arrastrarla bajo la lluvia, consolándola después de que ella, con su drama de víctima, casi se lanzó a los coches.

"Casi se avienta a los coches por tu culpa", me gritó él, culpándome por su "accidente".

¡Su accidente! ¡Yo soy la traicionada!

Fui al hospital, buscando el rastro de su farsa, y allí, entre sus pertenencias, encontré la tableta "rota".

En ella, mensajes de meses atrás con Ximena.

"Mi amor, ¿cuándo le dirás a tu esposa lo nuestro?".

"Ella es solo costumbre".

Descubrí un saldo de millones en su cuenta secreta.

¡Millones! Mientras yo vendía mis joyas por nuestro futuro, él era un magnate disfrazado de mariachi humilde.

La farsa era tan profunda que mi cuerpo colapsó. Me desmayé.

Pero al despertar, una profunda calma me invadió. En los brazos de Miguel Ángel, supe que mi historia debía tener un final diferente.

Un final donde yo no era la víctima, sino la arquitecta de mi propio destino.

Capítulo 1

El olor a cera de vela y a flores recién cortadas llenaba nuestra pequeña casa, un aroma que yo misma había creado para celebrar nuestro décimo aniversario, pero Ricardo aún no llegaba. Miré el reloj de la pared, sus manecillas se movían con una lentitud tortuosa, marcando las diez de la noche, dos horas después de lo que habíamos acordado. El estofado que había preparado con tanto esmero se enfriaba en la estufa, igual que la ilusión en mi pecho. Diez años, una década de mi vida entregada a él, a su carrera como mariachi, a sus sueños que hice míos.

Cuando la puerta finalmente se abrió, no fue el hombre que yo esperaba el que entró, su traje de charro estaba impecable como siempre, pero su aliento olía a tequila y su ropa, a un perfume de mujer que no era el mío, un perfume dulce y barato que se aferraba a él como una segunda piel. Mi corazón se detuvo.

"Perdóname, mi amor, se me complicó la presentación", dijo, su voz un poco arrastrada por el alcohol y la culpa.

No respondí, solo me quedé mirándolo, analizando cada detalle, cada mentira no dicha que flotaba entre nosotros.

"¿Qué pasa, Sofía? ¿Por qué me miras así?"

"Hueles a ella, Ricardo."

Su rostro palideció, la sonrisa ensayada se desvaneció, "¿De qué hablas?"

"Hueles a Ximena."

Ximena, su "hermana del alma", la mujer que había llegado a nuestro pueblo hacía un año y que, desde entonces, se había vuelto la sombra de mi esposo.

Ricardo bajó la mirada, incapaz de sostenerme los ojos, se pasó una mano por el cabello, un gesto nervioso que yo conocía demasiado bien.

"Sofía, yo... fue un accidente."

Un accidente. La palabra resonó en el silencio de la cocina, fría y cortante.

"No sé cómo pasó", continuó él, su voz era un murmullo de autocompasión, "Bebimos de más después de la serenata, ella estaba triste, se sentía sola, y simplemente... sucedió."

Me apoyé en la mesa, sentía que las piernas no me sostenían, el banquete de aniversario sobre el mantel blanco de pronto me pareció una burla cruel.

"¿Sucedió?", repetí, mi voz temblaba de una ira que no sabía que poseía, "¿Así de simple?"

"Ella se siente terrible, Sofía, dice que perdió lo más valioso que tenía, su pureza, que ningún hombre la querrá ahora."

La imagen de Ximena, con sus ojos de venado asustado y su perpetua pose de víctima, apareció en mi mente. Siempre había sabido que era una manipuladora, pero nunca imaginé que Ricardo caería tan bajo.

"¿Su pureza?", solté una risa sin alegría, "¿Y qué hay de mí, Ricardo? ¿Qué hay de nuestros diez años de matrimonio? ¿Eso no vale nada?"

Él levantó la vista, y en sus ojos no vi arrepentimiento, sino una determinación que me heló la sangre.

"Tengo que responder por ella, Sofía."

"¿Responder?"

"No puedo dejarla así, desamparada, la comunidad me juzgaría, a ella la destruirían, es mi responsabilidad ahora."

Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies, cada palabra suya era un clavo más en el ataúd de nuestro matrimonio. Él no estaba eligiendo entre un error y su esposa, estaba eligiendo entre la reputación de Ximena y yo. Y yo estaba perdiendo.

"Quiero el divorcio, Ricardo."

La frase salió de mis labios antes de que pudiera pensarla, un acto reflejo de autopreservación.

"No digas tonterías", respondió él, frunciendo el ceño, como si yo fuera una niña haciendo un berrinche, "No vamos a tirar diez años a la basura por un error, esto se puede arreglar."

"No hay nada que arreglar", dije, mi voz ahora firme, "Se acabó."

Él negó con la cabeza, terco, "No te voy a dar el divorcio, Sofía, eres mi esposa."

En ese instante, mi celular vibró sobre la mesa, una luz solitaria en la creciente oscuridad de mi vida. Lo tomé con mano temblorosa. Era un mensaje de un número que no tenía guardado, pero cuyo nombre reconocí al instante.

Miguel Ángel.

Hacía años que no sabía nada de él, mi exnovio, el charro noble que había amado antes de que Ricardo apareciera en mi vida. El mensaje era simple, solo dos palabras.

"¿Estás bien?"

Capítulo 2

Antes de que pudiera procesar el mensaje de Miguel Ángel, un grito ahogado nos interrumpió, venía de la calle. Era Ximena, parada bajo la lluvia que comenzaba a caer, con el vestido empapado y el maquillaje corrido, una perfecta imagen de desolación.

"¡No puedo vivir con esta vergüenza!", gritó hacia nuestra casa, asegurándose de que los vecinos también fueran testigos de su drama.

Sin pensarlo dos veces, Ricardo corrió hacia la puerta.

"¡Ximena, espera!", le gritó, saliendo tras ella sin siquiera voltear a verme.

Los vi alejarse bajo la lluvia, él tratando de cubrirla con su saco de mariachi mientras ella sollozaba dramáticamente en su hombro. Y yo me quedé allí, en medio de la cocina que olía a traición, con la cena de aniversario intacta y el corazón hecho pedazos. La casa, que siempre había sido mi refugio, de repente se sentía enorme y vacía, cada rincón me recordaba los diez años de mentiras que había vivido.

Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas, y dejé que las lágrimas corrieran libremente por mi rostro. Lloré por mi ingenuidad, por el amor que había dado sin reservas, por la mujer en la que me había convertido: una sombra de mi esposo, una cuidadora de sus sueños que había olvidado los míos.

Pasó más de una hora antes de que Ricardo regresara, estaba empapado y su expresión era dura, sus ojos me lanzaban dagas.

"¿Estás contenta?", me espetó, cerrando la puerta con un golpe seco.

Me levanté, secándome las lágrimas con rabia, "¿Contenta de qué? ¿De que mi esposo me engañe en nuestro aniversario y luego corra a consolar a su amante?"

"¡Casi se avienta a los coches!", gritó él, su voz resonando en la casa silenciosa, "Tuvo una crisis nerviosa por tu culpa, por cómo la trataste."

"¿Por mi culpa?", no podía creer lo que estaba escuchando, "¿Yo soy la culpable de que ustedes dos no pudieran mantener sus manos quietas?"

"Ella es una mujer inocente, Sofía, no entiende de maldad, tú la atacaste, la hiciste sentir como una basura."

Mi risa fue amarga y resonó en la habitación, una carcajada llena de dolor y incredulidad.

"¿Y yo? ¿Cómo se supone que me siento yo, Ricardo? Soy tu esposa, la mujer que ha estado a tu lado en las buenas y en las malas, la que vendió sus joyas para que pudieras comprarte ese traje de charro que tanto querías, ¿o ya se te olvidó?"

Él desvió la mirada, visiblemente incómodo, "Eso no tiene nada que ver, fue un error, ya te lo dije, pero ahora tengo una responsabilidad con ella, no puedo abandonarla en este estado."

Su insistencia en la palabra "responsabilidad" era como un veneno que se filtraba en mis venas.

"Entonces quédate con tu responsabilidad", dije, mi voz plana, vacía de toda emoción, "Pero yo me voy, quiero el divorcio."

"Ya te dije que no", respondió él, su terquedad era un muro contra el que mis palabras chocaban inútilmente.

Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación, como si la conversación hubiera terminado, como si mi dolor no importara. Lo vi desaparecer por el pasillo, escapando una vez más de la confrontación, de sus actos.

Me quedé sola de nuevo, la desesperación amenazaba con ahogarme. Miré mi teléfono, la pantalla todavía iluminada con el mensaje de Miguel Ángel. Mis dedos temblaron mientras escribía una respuesta, las palabras saliendo desde lo más profundo de mi alma rota.

"No, no estoy bien."

Envié el mensaje y casi de inmediato, tecleé otro.

"Miguel Ángel, necesito ayuda."

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