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Mi Corazón Renacido

Mi Corazón Renacido

Autor: : Lukas Difabio
Género: Romance
En mi lecho de muerte, el hospital olía a despedida, mis pulmones fallaban, no por enfermedad, sino por un desamor tan profundo que me consumió. Mi carrera como diseñadora, mis sueños, todo se había derrumbado por un solo hombre: Ricardo Gómez. Lo recordaba con amargura, aquel aspirante a chef que me convenció de entregarle mis ahorros, la beca a Milán, todo mi futuro, bajo la promesa de un restaurante "nuestro". "Mi amor, con ese dinero abrimos mi restaurante, será nuestro, te lo juro", me dijo, y yo, tonta de mí, le creí. Renuncié a Milán, trabajé lavando platos en "Sabor de Musas", su restaurante. Pero apenas llegaron las ganancias, él me echó a la calle; su nueva musa, Laura Sánchez, la chef pastelera, ocupó mi lugar en su cama y en su mesa. Los vi en revistas, exitosos y sonrientes, mientras yo me hundía en la miseria, el corazón roto y el alma hecha pedazos. La noche que colapsé, lo vi en televisión, declarando a Laura su "verdadera musa", y que yo solo había sido "un escalón". Esa última humillación me robó el aliento y la vida, sentí paz al partir, el pitido del monitor desapareciendo. Pero de repente, una luz cegadora y un ruido ensordecedor me devolvieron, abrí los ojos en un parque, con un joven Ricardo frente a mí. "Entonces, ¿qué dices, Sofi? ¿Me vas a apoyar? Es la oportunidad de nuestras vidas." El maldito día, la carta de Milán arrugada en mi mano. Había regresado, y esta vez, mi respuesta fue: "No, Ricardo, es tu futuro, no el mío." Él me miró con asombro, luego con una mezcla de sorpresa y enojo, y susurró: "No cometas el mismo error dos veces, Sofía." Él también lo recordaba.

Introducción

En mi lecho de muerte, el hospital olía a despedida, mis pulmones fallaban, no por enfermedad, sino por un desamor tan profundo que me consumió.

Mi carrera como diseñadora, mis sueños, todo se había derrumbado por un solo hombre: Ricardo Gómez.

Lo recordaba con amargura, aquel aspirante a chef que me convenció de entregarle mis ahorros, la beca a Milán, todo mi futuro, bajo la promesa de un restaurante "nuestro".

"Mi amor, con ese dinero abrimos mi restaurante, será nuestro, te lo juro", me dijo, y yo, tonta de mí, le creí. Renuncié a Milán, trabajé lavando platos en "Sabor de Musas", su restaurante.

Pero apenas llegaron las ganancias, él me echó a la calle; su nueva musa, Laura Sánchez, la chef pastelera, ocupó mi lugar en su cama y en su mesa.

Los vi en revistas, exitosos y sonrientes, mientras yo me hundía en la miseria, el corazón roto y el alma hecha pedazos.

La noche que colapsé, lo vi en televisión, declarando a Laura su "verdadera musa", y que yo solo había sido "un escalón".

Esa última humillación me robó el aliento y la vida, sentí paz al partir, el pitido del monitor desapareciendo.

Pero de repente, una luz cegadora y un ruido ensordecedor me devolvieron, abrí los ojos en un parque, con un joven Ricardo frente a mí.

"Entonces, ¿qué dices, Sofi? ¿Me vas a apoyar? Es la oportunidad de nuestras vidas." El maldito día, la carta de Milán arrugada en mi mano.

Había regresado, y esta vez, mi respuesta fue: "No, Ricardo, es tu futuro, no el mío."

Él me miró con asombro, luego con una mezcla de sorpresa y enojo, y susurró: "No cometas el mismo error dos veces, Sofía."

Él también lo recordaba.

Capítulo 1

Miro el techo del hospital, las manchas de humedad parecen formar caras que se burlan de mí, el olor a antiséptico inunda mis pulmones y cada respiración es un esfuerzo. Me estoy muriendo, lo sé, es una neumonía que no quise tratar, o más bien, que no pude pagar. Mi carrera como diseñadora de moda se fue al caño, mis sueños se hicieron polvo, todo por él.

Ricardo Gómez.

El recuerdo de su nombre me provoca una tos seca y dolorosa, pienso en él y el monitor a mi lado empieza a pitar con más insistencia.

Hace años, yo era Sofía Pérez, una joven diseñadora con un futuro brillante, tenía una beca para estudiar en Milán, la oportunidad de mi vida, pero Ricardo, mi novio de entonces, un aspirante a chef, me miró con esos ojos de perro abandonado que tan bien sabía poner.

"Mi amor", me dijo, "con ese dinero podemos abrir mi primer restaurante, será nuestro, te lo juro, en un año te compro un boleto a Milán en primera clase".

Le creí, como una tonta le creí.

Renuncié a Milán y le di todos mis ahorros, el dinero que mis padres me habían guardado con tanto esfuerzo, trabajé como mesera en su restaurante, lavé platos, limpié pisos, todo para que su sueño se hiciera realidad, porque su sueño era el mío.

El restaurante, "Sabor de Musas", fue un éxito rotundo, y justo cuando las ganancias empezaban a llegar, Ricardo me dejó, me echó a la calle con una mano adelante y otra atrás.

Su "musa" culinaria, Laura Sánchez, la chef de repostería que él contrató, se convirtió en su nueva inspiración y, poco después, en su esposa.

Los vi en las revistas, sonrientes, exitosos, inaugurando una cadena de restaurantes, mientras yo me hundía en la miseria, trabajando en empleos mediocres, apenas sobreviviendo, con el alma rota.

Anoche, antes de que me trajeran al hospital, los vi en la televisión, Ricardo estaba en una entrevista, hablando de su éxito, a su lado estaba Laura, embarazada y radiante, él la miraba con una devoción que a mí nunca me mostró.

Y luego, borracho en la fiesta de celebración que transmitieron en vivo, se acercó al micrófono.

"Quiero agradecer a mi verdadera musa", dijo arrastrando las palabras, "a mi esposa Laura, sin ella, nada de esto sería posible, ella es mi inspiración, no como otras... que solo sirvieron de escalón".

El mundo entero lo escuchó, y yo también.

Esa fue la última gota, el aire dejó de entrar en mis pulmones, un frío intenso me recorrió el cuerpo y todo se volvió negro.

Siento que mi cuerpo se eleva, una paz extraña me invade, el pitido del monitor se hace cada vez más lejano, hasta que desaparece.

De repente, una luz me ciega y un ruido ensordecedor me golpea.

Abro los ojos de golpe, estoy sentada en la vieja banca de un parque, el sol de la tarde me calienta la cara, a mi lado, un joven Ricardo me mira con impaciencia.

"Entonces, ¿qué dices, Sofi? ¿Me vas a apoyar? Es la oportunidad de nuestras vidas".

Reconozco la escena, es el día, el maldito día en que renuncié a mi sueño, en mi mano siento el papel arrugado, es la carta de aceptación de la academia de Milán.

Estoy viva, he vuelto.

Miro a Ricardo, el mismo hombre que me destruyó, el mismo que se burló de mi sacrificio, pero ahora lo veo con otros ojos, veo la ambición, la manipulación, la mentira detrás de su sonrisa encantadora.

Una sonrisa helada se dibuja en mis labios, la siento extraña, como si no fuera mía.

"No", digo, con una voz firme que no sabía que tenía.

Ricardo parpadea, confundido.

"¿Cómo que no? Sofi, no juegues, es nuestro futuro".

Me pongo de pie y lo miro desde arriba.

"No, Ricardo, es tu futuro, no el mío".

Doy media vuelta y empiezo a caminar, dejándolo con la palabra en la boca.

Siento su mirada en mi nuca, una mezcla de sorpresa y enojo, y entonces, escucho algo que me hiela la sangre.

"No cometas el mismo error dos veces, Sofía", dice en voz baja, casi un susurro.

Me detengo en seco, mi corazón martillea contra mis costillas.

¿Cómo es posible?

Me giro lentamente y lo encaro, su rostro ya no muestra confusión, sino una astucia fría y calculadora que nunca antes le había visto tan claramente.

Él también recuerda.

Capítulo 2

El aire entre nosotros se vuelve denso, pesado, la tarde soleada de repente se siente fría. Ricardo se levanta de la banca y camina hacia mí, su sonrisa falsa ha vuelto a su lugar.

"¿Qué pasa, mi amor? Te noto rara hoy", dice, intentando tomar mi mano.

Aparto mi mano bruscamente.

"No me toques".

Su sonrisa vacila por un segundo, luego intenta una táctica diferente, la del mártir.

"Está bien, entiendo que estés nerviosa, es una decisión importante, pero no tienes que ser así conmigo", dice con un tono de falsa herida. "Solo quiero lo mejor para nosotros".

Me río, una risa amarga y sin alegría.

"¿Para nosotros? ¿O para ti y para Laura Sánchez?".

El nombre sale de mis labios como un veneno y veo cómo el color abandona su rostro. Su mandíbula se tensa. La confirmación que necesitaba.

"No sé de qué estás hablando", dice, pero su voz ha perdido toda la seguridad.

"Oh, claro que lo sabes", me acerco a él, invadiendo su espacio personal. "Sabes exactamente de lo que hablo, recuerdas cada detalle, cada mentira, cada humillación".

Nos miramos fijamente, una batalla silenciosa en medio del parque, ya no hay máscaras, ambos sabemos la verdad.

"Así que tú también...", susurra, y hay un destello de pánico en sus ojos.

"Sí, yo también", confirmo con frialdad. "Y esta vez, las cosas serán muy diferentes".

Me doy la vuelta de nuevo, dispuesta a irme y no volver a verlo jamás.

"¡Espera!", grita. "¡Sofía, no puedes hacerme esto! ¡Necesito ese dinero! ¡Mi restaurante!".

Me detengo, pero no me giro.

"Ese es tu problema, no el mío", digo por encima del hombro. "Consigue tu propio dinero, pídeselo a tu verdadera musa".

Lo dejo allí, plantado y furioso, mientras camino con paso firme hacia la salida del parque, el corazón me late con fuerza, pero no es por miedo, es por la adrenalina de la libertad.

Mientras camino, un recuerdo doloroso de mi vida pasada me golpea con la fuerza de un puñetazo, fue unos meses después de que Ricardo me dejara, yo estaba destrozada pero intentaba salir adelante, había un concurso de diseño para jóvenes talentos, el premio era una pasantía en una de las casas de moda más importantes de la Ciudad de México.

Trabajé día y noche en mi portafolio, era mi única esperanza, el día de la entrega, dejé mi carpeta en la mesa del comedor para ir al baño, cuando volví, la carpeta había desaparecido. La busqué por todas partes, desesperada, pero nunca la encontré.

Perdí la oportunidad.

Ahora lo entiendo todo, Ricardo debió haber entrado a mi antiguo departamento, sabía que tenía una copia de la llave, la robó, saboteó mi futuro para asegurarse de que yo nunca pudiera levantar cabeza, de que nunca pudiera ser una amenaza para él o para su preciosa Laura.

La rabia me quema por dentro, una rabia fría y decidida.

Llego a mi casa y lo primero que hago es sacar la carta de Milán, la leo una y otra vez, mis manos tiemblan. Esta vez, nadie me la va a quitar.

Busco en internet la dirección de la embajada, lleno los formularios, preparo mis documentos, actúo con una rapidez y una determinación que me sorprenden a mí misma.

No voy a perder ni un segundo.

Al día siguiente, mientras salgo de la oficina de correos tras enviar mi aceptación certificada, paso por un puesto de periódicos, en la portada de la sección de sociales veo una foto de Ricardo, sonriendo, rodeado de gente importante en un evento de caridad.

El titular dice: "Ricardo Gómez, la joven promesa de la gastronomía mexicana".

Siento una náusea amarga, el mundo lo ve como un triunfador, un hombre hecho a sí mismo, nadie conoce al monstruo que se esconde detrás de esa fachada.

Pero lo conocerán.

Me lo juro a mí misma.

Esta vez, no habrá sacrificio, no habrá lágrimas en silencio.

Esta vez, habrá justicia.

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