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Mi Corazón de Piedra: Ni Una Mirada Atrás

Mi Corazón de Piedra: Ni Una Mirada Atrás

Autor: : Yin Yan Ni
Género: Romance
El funeral de mi hija fue un espectáculo grotesco, empañado por el aire pesado de la hipocresía de la familia de mi marido. Mi esposo, Alejandro, ni siquiera me miraba; en cambio, consolaba a Carmen, la viuda de su hermano, que lloraba delicadamente sobre su hombro, visiblemente embarazada. Pero el horror no terminó ahí: en ese mismo santuario de luto, Alejandro anunció que el hijo de Carmen era la "nueva bendición" de la familia, mientras yo me ahogaba en el dolor. Lo sabía entonces: mi hija, muerta por un plato de setas venenosas que Carmen le había dado, era ahora solo un preludio para el hijo bastardo que crecía en su vientre. Sentí una fría desesperación: me había quitado el anillo de bodas, y el leve tintineo al caer fue un trueno solo para mí, mientras todos celebraban la atrocidad; mi mundo se detuvo, esperando el golpe final. Ese golpe llegó cuando, tras forzarme a cocinar para su amante, Alejandro exigió que le diera mi útero para un trasplante que salvaría a su hijo, revelando que había asesinado a nuestros gemelos conmigo. La humillación, el dolor y la absoluta malicia de sus acciones encendieron una llama oscura dentro de mí, una promesa silenciosa de venganza. Fui abandonada en una bodega en llamas, pero emergí de las cenizas sabiendo que mi plan apenas comenzaba, y que Alejandro pagaría cada lágrima y cada injusticia. Años después, se arrodilló ante mí, un hombre roto y arrepentido, ofreciéndome de nuevo el mundo; pero yo, Sofía, ya había encontrado mi verdadero amor y mi libertad. El anillo de diamantes voló por el aire, un pequeño destello que caía al mar y arrastraba consigo los últimos vestigios del hombre que había sido mi tormento.

Introducción

El funeral de mi hija fue un espectáculo grotesco, empañado por el aire pesado de la hipocresía de la familia de mi marido.

Mi esposo, Alejandro, ni siquiera me miraba; en cambio, consolaba a Carmen, la viuda de su hermano, que lloraba delicadamente sobre su hombro, visiblemente embarazada.

Pero el horror no terminó ahí: en ese mismo santuario de luto, Alejandro anunció que el hijo de Carmen era la "nueva bendición" de la familia, mientras yo me ahogaba en el dolor.

Lo sabía entonces: mi hija, muerta por un plato de setas venenosas que Carmen le había dado, era ahora solo un preludio para el hijo bastardo que crecía en su vientre.

Sentí una fría desesperación: me había quitado el anillo de bodas, y el leve tintineo al caer fue un trueno solo para mí, mientras todos celebraban la atrocidad; mi mundo se detuvo, esperando el golpe final.

Ese golpe llegó cuando, tras forzarme a cocinar para su amante, Alejandro exigió que le diera mi útero para un trasplante que salvaría a su hijo, revelando que había asesinado a nuestros gemelos conmigo.

La humillación, el dolor y la absoluta malicia de sus acciones encendieron una llama oscura dentro de mí, una promesa silenciosa de venganza.

Fui abandonada en una bodega en llamas, pero emergí de las cenizas sabiendo que mi plan apenas comenzaba, y que Alejandro pagaría cada lágrima y cada injusticia.

Años después, se arrodilló ante mí, un hombre roto y arrepentido, ofreciéndome de nuevo el mundo; pero yo, Sofía, ya había encontrado mi verdadero amor y mi libertad.

El anillo de diamantes voló por el aire, un pequeño destello que caía al mar y arrastraba consigo los últimos vestigios del hombre que había sido mi tormento.

Capítulo 1

El funeral de mi hija fue un espectáculo grotesco.

En la capilla, el aire olía a lirios y a la hipocresía de la familia de mi marido.

Alejandro, mi esposo desde hace seis años, no estaba a mi lado. Estaba al otro lado de la sala, sosteniendo a Carmen, la viuda de su hermano, que lloraba delicadamente sobre su hombro.

Estaba embarazada.

Todos lo sabían.

El sacerdote terminó su sermón, y Alejandro se adelantó. No para hablar de nuestra hija, sino para anunciar algo más.

"La vida es un ciclo", dijo, con su voz de torero, resonando en el silencio. "Aunque hemos perdido a una pequeña luz, pronto recibiremos una nueva bendición. El hijo de Carmen traerá nueva suerte a esta familia".

Sentí que el mundo se detenía.

El hijo de Carmen.

Mi hija, muerta por un plato de setas venenosas que Carmen le había dado, ahora era solo un presagio de buena suerte para el bastardo que crecía en su vientre.

El murmullo de los invitados era de aprobación. La matriarca de la familia, la madre de Alejandro, le dirigió a Carmen una sonrisa llena de orgullo. A mí, ni una mirada.

Me quité el anillo de bodas. La alianza de oro, que una vez prometió amor eterno, ahora se sentía como un grillete. Lo dejé caer sobre el banco de madera pulida.

El sonido fue pequeño, pero para mí, fue un trueno.

Nadie se dio cuenta. O a nadie le importó.

Me levanté y caminé hacia la salida. Uno de los amigos de Alejandro, un hombre con cara de comadreja que siempre disfrutaba humillándome en las fiestas, me detuvo.

"¿A dónde vas, Sofía? Alejandro todavía no ha terminado".

"Yo sí he terminado", respondí, y salí de la capilla sin mirar atrás.

El sol de Madrid me golpeó la cara. El aire era pesado, pero por primera vez en años, sentí que podía respirar.

Sabía que se reirían de mí. Escuché una carcajada ahogada antes de que la puerta se cerrara. Seguramente ya estaban haciendo apuestas sobre cuánto tardaría en volver, arrastrándome y pidiendo perdón.

No sabían que el avión privado de Leo ya me esperaba en Barajas.

Leo. Mi amigo de la infancia. Mi único aliado.

El coche que me esperaba me llevó de vuelta a la mansión. Entré por la puerta de servicio, como siempre.

En la cocina, encontré a Alejandro.

"Prepara un gazpacho para Carmen", ordenó, sin siquiera mirarme. "Los antojos del embarazo la están matando".

Mi hija acababa de ser enterrada, y él me pedía que cocinara para su amante.

Mi corazón ya no sentía nada. Era una piedra fría en mi pecho. Fui al refrigerador, saqué los tomates, los pimientos, el pepino. El cuchillo se sentía pesado en mi mano.

Mientras cortaba las verduras, Alejandro se apoyó en el marco de la puerta.

"Cuando nazca el bebé", dijo, como si hablara del tiempo, "lo criarás como si fuera tuyo. Carmen no está hecha para ser madre. Tú sí. Es tu deber".

Dejé el cuchillo. Me sequé las manos en el delantal.

"No", dije.

Él se rió. Una risa corta y cruel.

"¿No? ¿Qué vas a hacer? ¿Irte? ¿A dónde irías sin mí, sin mi dinero?"

Saqué los papeles del divorcio del bolsillo de mi delantal. Los había preparado un abogado que Leo me recomendó. Los puse sobre la encimera.

"Quiero el divorcio, Alejandro".

Él los miró con desdén. "Otro de tus dramas para llamar la atención. Madura, Sofía".

En ese momento, Carmen entró en la cocina, con una mano en su vientre.

"Alejandro, cariño, me siento un poco mareada".

Cogió el vaso de gazpacho que acababa de preparar y bebió un sorbo. Inmediatamente, tosió y se llevó una mano a la garganta.

"¡Ay! ¿Qué le has puesto a esto? ¡Me quema!"

Alejandro se giró hacia mí, sus ojos llenos de furia.

"¿Qué le has hecho?"

"Nada. Es solo gazpacho".

"¡Mientes!", gritó.

Agarró el cuenco grande de gazpacho y me sujetó por el pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás.

"¡Si es tan inofensivo, bébetelo tú!"

Me forzó a beber. El líquido frío y espeso se derramó por mi cara, por mi cuello, entrando en mis pulmones. Luché, pero él era demasiado fuerte. El sabor del pimiento crudo, al que soy mortalmente alérgica, inundó mi boca.

Mi garganta empezó a cerrarse. No podía respirar. Mi vista se volvió borrosa. Lo último que vi antes de desmayarme fue la sonrisa triunfante de Carmen.

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Capítulo 2

Desperté en una cama de hospital. El olor a antiséptico me llenó la nariz. Una vía intravenosa estaba conectada a mi brazo.

Un médico me explicó que había sufrido un shock anafiláctico severo. Si hubieran tardado cinco minutos más en traerme, estaría muerta.

Alejandro no estaba allí.

Cuando me dieron el alta, volví a la mansión. La casa estaba en silencio. Subí las escaleras hacia nuestra habitación.

La puerta estaba entreabierta.

Dentro, sobre nuestra cama de matrimonio, Alejandro y Carmen estaban juntos. Sus cuerpos entrelazados, sus gemidos llenando la habitación que una vez fue nuestro santuario.

Me quedé allí, paralizada, viendo cómo mi marido hacía el amor con la mujer que había matado a mi hija.

El dolor fue tan intenso que se convirtió en una extraña calma. Ya no había nada que pudieran quitarme.

Esperé a que terminaran. Cuando Carmen se fue al baño, entré.

Alejandro me miró, sin una pizca de vergüenza. Solo irritación.

"¿Qué quieres?"

No respondí. Fui directamente a la caja fuerte, oculta detrás de un cuadro de Goya. Marqué la combinación.

El cumpleaños de Carmen.

Dentro estaban mi pasaporte, mis documentos, el poco dinero que había logrado ahorrar. Lo cogí todo.

"¿Te vas de verdad?", preguntó, con un tono burlón. "No durarás ni una semana".

Cerré la caja fuerte y me di la vuelta para mirarlo.

"Reza para que no vuelva nunca, Alejandro. Porque si lo hago, será para destruirte".

Salí de la habitación, bajé las escaleras y crucé la puerta principal por última vez.

Ya en el taxi, de camino al aeropuerto, mi teléfono sonó. Era Alejandro.

"Vuelve ahora mismo, Sofía". Su voz era un látigo. "El médico de Carmen ha llamado. Su embarazo es de alto riesgo. Necesita un trasplante".

"¿Qué tengo que ver yo con eso?"

"El médico dice que puede hacer un trasplante experimental de endometrio. Tu útero está sano. El de ella no. Vas a darle tu revestimiento uterino para salvar a mi hijo".

Me quedé helada.

"Estás loco".

"Tú ya no mereces ser madre. Esto asegurará que no tengas más hijos. Es perfecto. Te espero en la clínica de la familia en diez minutos. Si no vienes, te juro que te encontraré y te arrastraré hasta aquí".

Colgó.

El taxi se detuvo en un semáforo en rojo. Miré por la ventana. El aeropuerto estaba tan cerca. La libertad.

Pero la imagen de mi hija vino a mi mente. Su risa. Y luego, la imagen de Carmen, sonriendo mientras yo me ahogaba.

Una idea oscura y terrible comenzó a formarse en mi mente. Una venganza.

"Cambio de planes", le dije al taxista. "Lléveme a la Clínica De la Vega".

Llamé a Leo.

"Leo, lo siento. Algo ha surgido. Espérame un poco más. Te prometo que valdrá la pena".

Colgué antes de que pudiera responder.

En la clínica, todo estaba preparado. Alejandro me esperaba en la entrada, con una expresión de triunfo.

"Sabía que entrarías en razón".

Me llevaron a un quirófano. El mismo médico que me había salvado la vida ahora se preparaba para mutilarme.

"Esto es una locura, Alejandro", le dije, mientras la anestesia empezaba a hacer efecto.

Él se inclinó sobre mí. Su aliento olía a coñac caro.

"Tú mataste a mi hija", susurré.

"No", dijo él, con una frialdad que me heló los huesos. "Tú perdiste el privilegio de darme herederos. Ahora, tu cuerpo servirá para un propósito útil. Para dar a luz al verdadero heredero de la familia De la Vega".

Mis ojos se cerraron. La oscuridad me envolvió. Pero en esa oscuridad, mi plan de venganza brillaba con una luz cegadora.

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