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Mi Destino en Mis Manos: Escapando al Asesino

Mi Destino en Mis Manos: Escapando al Asesino

Autor: : Li Qing
Género: Moderno
Acababa de ganar el premio gastronómico más importante de la Ciudad de México. Mi restaurante, "Corazón de México", era un éxito rotundo, y mi esposo, Iván, sonreía a mi lado para las cámaras, compartiendo mi gloria. Pero esa sonrisa era una máscara. En casa, el trofeo dorado brillaba, mientras su mirada se fijaba en un viejo recorte de periódico. "Tú lo lograste, Luciana. Tú eres la estrella ahora", susurró con una voz vacía, que pronto explotó en un grito infernal. "Si no fuera por ti, si no me hubieras empujado a seguir ese estúpido sueño de fútbol solo para después humillarme con tu éxito", bramó. Su mano se estrelló contra mi mejilla, tirándome al suelo. El dolor fue agudo, pero el miedo peor. Vi la locura en sus ojos, la misma que había visto cuando rompía platos. "Tú me quitaste todo. Me quitaste mi oportunidad con Sasha. Me lo quitaste todo". Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Luché, arañé, pero su furia era más fuerte. Mientras el aire se escapaba, lo último que vi fue mi rostro distorsionado en el trofeo dorado. Mi exitosa vida, mi amor, mi futuro... todo se desvanecía, ahogado por la envidia. ¿Por qué el triunfo se convertía en mi sentencia de muerte? De repente, un rayo de sol me golpeó la cara. El olor a café y pan dulce llenaba el aire. Era mi antiguo dormitorio, diez años atrás. Mi carta de aceptación a la universidad estaba en la mesita de noche. El teléfono sonó. Mi madre me llamó: "¡Iván, es Iván para ti!". Él también había vuelto. Esta vez, nadie me detendría.

Introducción

Acababa de ganar el premio gastronómico más importante de la Ciudad de México. Mi restaurante, "Corazón de México", era un éxito rotundo, y mi esposo, Iván, sonreía a mi lado para las cámaras, compartiendo mi gloria.

Pero esa sonrisa era una máscara. En casa, el trofeo dorado brillaba, mientras su mirada se fijaba en un viejo recorte de periódico. "Tú lo lograste, Luciana. Tú eres la estrella ahora", susurró con una voz vacía, que pronto explotó en un grito infernal.

"Si no fuera por ti, si no me hubieras empujado a seguir ese estúpido sueño de fútbol solo para después humillarme con tu éxito", bramó. Su mano se estrelló contra mi mejilla, tirándome al suelo.

El dolor fue agudo, pero el miedo peor. Vi la locura en sus ojos, la misma que había visto cuando rompía platos. "Tú me quitaste todo. Me quitaste mi oportunidad con Sasha. Me lo quitaste todo".

Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Luché, arañé, pero su furia era más fuerte. Mientras el aire se escapaba, lo último que vi fue mi rostro distorsionado en el trofeo dorado.

Mi exitosa vida, mi amor, mi futuro... todo se desvanecía, ahogado por la envidia. ¿Por qué el triunfo se convertía en mi sentencia de muerte?

De repente, un rayo de sol me golpeó la cara. El olor a café y pan dulce llenaba el aire. Era mi antiguo dormitorio, diez años atrás. Mi carta de aceptación a la universidad estaba en la mesita de noche.

El teléfono sonó. Mi madre me llamó: "¡Iván, es Iván para ti!". Él también había vuelto. Esta vez, nadie me detendría.

Capítulo 1

El olor a trufa blanca y azafrán llenaba el aire, una mezcla que yo misma había perfeccionado. El murmullo de los comensales satisfechos era la música de fondo de mi éxito. Esa noche, nuestro pequeño restaurante, "Corazón de México", había ganado el premio más importante de la gastronomía en la Ciudad de México.

Sostenía el trofeo dorado, su peso se sentía real, sólido. Era la culminación de años de trabajo, de sacrificarlo todo por este sueño.

Mi esposo, Iván Castillo, estaba a mi lado, sonriendo para las cámaras. Pero yo conocía esa sonrisa, era una máscara tensa que apenas ocultaba la tormenta que se agitaba en su interior. Su sueño de ser futbolista profesional se había estrellado contra la dura pared de su falta de talento, y cada uno de mis logros era una espina en su orgullo herido.

Más tarde, en casa, el trofeo brillaba sobre la repisa. El silencio era pesado.

"Lo logramos, amor", dije, tratando de romper la tensión.

Iván no me miró, sus ojos estaban fijos en un viejo recorte de periódico amarillento en la pared, una foto suya con el uniforme de un equipo de tercera división.

"¿Lo logramos?", repitió con una voz vacía. "Tú lo lograste, Luciana. Tú eres la estrella ahora".

Se levantó y caminó hacia mí. Su sombra me cubrió por completo.

"Yo podría haber sido grande", susurró, su aliento olía a tequila barato. "Si no fuera por ti, si no me hubieras empujado a seguir ese estúpido sueño de fútbol solo para después humillarme con tu éxito".

"Iván, yo solo te apoyé..."

"¡Cállate!", gritó, y su mano se estrelló contra mi mejilla. El golpe me tiró al suelo.

El dolor fue agudo, pero el miedo fue peor. Vi la locura en sus ojos, la misma que había visto cuando rompía platos o golpeaba las paredes. Pero esta vez, estaba dirigida a mí.

"Tú me quitaste todo", siseó, acercándose. "Me quitaste mi oportunidad con Sasha, me quitaste una vida tranquila en la fábrica. Me lo quitaste todo".

Sasha Ramírez, su amor de la infancia, el símbolo de la vida sencilla que él creía merecer.

No tuve tiempo de gritar. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Luché, arañé, pero su furia era más fuerte que mi voluntad de vivir. Mientras el aire se escapaba de mis pulmones, lo último que vi fue el reflejo distorsionado de mi rostro en el trofeo dorado.

Y entonces, todo se volvió negro.

...

Un rayo de sol me golpeó la cara. El olor a café recién hecho y a pan dulce llenaba el aire. Era el olor de la casa de mis padres.

Me senté de golpe en mi cama, el corazón latiendo desbocado. Mis manos volaron a mi cuello. No había marcas. No había dolor. Estaba viva.

Miré a mi alrededor. Era mi antiguo dormitorio, con los pósteres de bandas de rock que ya no escuchaba y los libros de texto apilados en el escritorio. Sobre la mesita de noche había un sobre blanco.

Lo abrí con manos temblorosas. Era mi carta de aceptación de la Facultad de Gastronomía de la UNAM.

La fecha... era de hace diez años.

Había vuelto.

En ese momento, el teléfono de la casa sonó. Mi madre contestó en el pasillo. Su voz era alegre.

"¡Iván, qué milagro! Sí, aquí está. ¡Luciana, es Iván para ti!"

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Tomé el teléfono. La voz al otro lado era la misma, pero cargada de una extraña urgencia.

"Luciana, escúchame. Tengo que tomar una decisión. El club de fútbol de Querétaro me ofreció una prueba, pero... Sasha quiere que vaya con ella a la entrevista en la planta de Volkswagen. Dice que es un trabajo seguro".

Era el momento. El punto de inflexión. En mi vida anterior, lo convencí de que siguiera su sueño de fútbol.

Pero esta vez, una risa fría se formó en mi garganta.

"¿Y qué esperas que te diga, Iván?", pregunté, mi voz tranquila.

Hubo un silencio. Luego, su tono se volvió duro, casi acusatorio.

"No, olvídalo. Ya tomé mi decisión. Iré con Sasha a la fábrica. Y tú, Luciana, no te metas más en mi vida. No me vuelvas a buscar. No me arruines esto como lo hiciste antes".

Me quedé helada.

Como lo hiciste antes.

Él también había vuelto.

Mi primer instinto fue gritar, acusarlo, pero me contuve. El alivio me inundó, un alivio tan intenso que casi me hizo llorar. Él había elegido a Sasha. Me estaba liberando.

"De acuerdo, Iván", dije, mi voz sonando sorprendentemente calmada. "Como quieras. Buena suerte en la fábrica".

Colgué el teléfono antes de que pudiera responder.

Me quedé mirando la carta de la UNAM. Esta vez, no había nadie que me detuviera. Esta vez, mi vida sería solo mía.

Capítulo 2

No pasaron ni dos días antes de que Iván apareciera en la puerta de mi casa. Su arrogancia era tan palpable que casi podía tocarla.

"Luciana", dijo, apoyándose en el marco de la puerta como si fuera el dueño del lugar. "He estado pensando".

Lo miré sin decir una palabra.

"Sé que estás dolida porque elegí a Sasha", continuó, con un tono condescendiente. "Pero no tienes que ser tan dramática. Te doy mi permiso. Puedes dejar esa tonta idea de la universidad y venir a la fábrica conmigo y con Sasha. No te dejaré sola".

La absurdidad de sus palabras me dejó sin aliento por un segundo. Luego, una risa amarga escapó de mis labios.

"¿Permiso? ¿Iván, de verdad crees que necesito tu permiso para algo?".

"¿Qué quieres decir con eso?".

"Quiero decir que te vaya bien en tu fábrica de coches. Yo me voy a la UNAM", dije, disfrutando de la confusión que se dibujaba en su rostro.

Justo en ese momento, Sasha apareció detrás de él. Su rostro, que en mi vida anterior yo recordaba como dulce, ahora estaba contraído por los celos.

"¿Qué haces aquí, Luciana? ¿Tratando de convencerlo de que te elija a ti?".

Decidí jugar su juego. Puse una expresión de profunda tristeza, como si me hubieran roto el corazón.

"No, Sasha, por supuesto que no", dije con voz temblorosa. "Yo solo... solo quería desearles lo mejor. No quiero ser una molestia".

Miré a Iván con ojos llorosos. "Veo que eres feliz con ella. No me interpondré".

La expresión de Iván se suavizó, su ego inflado por mi supuesta devoción. "Ves, Sasha, ella entiende. Siempre me ha amado".

Sasha no se lo tragó. Me fulminó con la mirada. "Pues si de verdad lo entiendes, lárgate. No queremos verte cerca de nosotros. Él me eligió a mí".

"Lo sé", susurré, dándome la vuelta para ocultar mi sonrisa. "Les deseo toda la felicidad del mundo".

Cerré la puerta, dejándolos afuera. Escuché a Sasha reprender a Iván por haber venido a verme. La música de sus discusiones era dulce para mis oídos.

Unos días antes de mi partida a la Ciudad de México, sucedió lo inevitable. Mi carta de admisión de la UNAM desapareció de mi escritorio.

No necesité ni un segundo para saber quién era el culpable.

Fui directamente a la casa de Iván. Él y Sasha estaban sentados en el porche, tomados de la mano.

"Iván, mi carta de la UNAM ha desaparecido", dije, mirándolo fijamente.

Él sonrió, una sonrisa torcida y maliciosa. "Qué lástima. Supongo que es el destino. Ahora tendrás que venir a la fábrica con nosotros".

Sabía que negaría todo. La confrontación directa era inútil. Así que cambié de táctica.

Dejé caer los hombros, fingiendo una derrota total. "Quizás tienes razón. Es solo que... tenía tantos planes".

Miré a ambos, con una expresión de profunda pena. "Pensaba estudiar mucho, graduarme con honores. En mi vida... en mis sueños, abría un restaurante de lujo, uno muy famoso. Ganaba mucho dinero".

Hice una pausa, asegurándome de tener toda su atención.

"Pensaba que con ese dinero podría ayudarlos. Comprarles una casa bonita, un coche nuevo... para que no tuvieran que pasar toda su vida ensamblando piezas en una fábrica".

Vi un destello de codicia en los ojos de Iván. Recordaba la vida de lujos que habíamos tenido, los coches caros, la ropa de diseñador, todo pagado con el sudor de mi trabajo.

Sasha también parecía interesada. La idea de una vida fácil era tentadora.

Iván se aclaró la garganta, su arrogancia regresando. "Bueno... quizás exageré. Tal vez la carta no está perdida. A lo mejor se cayó detrás de algún mueble. Déjame... déjame buscarla por ti".

"¿De verdad harías eso por mí, Iván?", pregunté, con la voz llena de una falsa gratitud.

"Claro", dijo, hinchando el pecho. "Siempre cuido de la gente que me importa".

Al día siguiente, Iván apareció en mi puerta con la carta en la mano. Estaba arrugada y tenía cinta adhesiva en varios lugares, como si alguien la hubiera roto y luego pegado de nuevo.

"La encontré", dijo, entregándomela. "Estaba detrás de tu librero. No olvides lo que prometiste, ¿eh? Cuando seas rica, nos ayudarás".

"Por supuesto, Iván", dije, tomando la carta. "Nunca lo olvidaría".

Justo cuando estaba cerrando la puerta, Sasha apareció de la nada y se abalanzó sobre mí, tirando de mi cabello.

"¡Zorra! ¡Sabía que estabas tratando de seducirlo otra vez!".

Grité de dolor y sorpresa. Iván la apartó de mí, pero no antes de que me arañara la cara.

"¡Sasha, cálmate!", le gritó Iván. "¡Fue su culpa por tentarme!".

Me toqué la mejilla, sintiendo la sangre. Los miré a los dos, a la pareja perfecta hecha de estupidez y malicia.

"No te preocupes, Iván", dije con una voz fría como el hielo. "No olvidaré esto. Ninguna de las dos cosas".

Cerré la puerta de un portazo. Mi camino a la UNAM estaba despejado. Y ahora, tenía una razón más para no mirar atrás jamás.

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