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Mi Divorcio, Mi Libertad

Mi Divorcio, Mi Libertad

Autor: : Simeon Kyle
Género: Romance
Mi cuaderno de bocetos era el silencioso testigo de un matrimonio que se desmoronaba, cada mancha de tinta negra un registro amargo de las traiciones de Mateo. Mi esposo, el torero a quien un día amé, vivía obsesionado con Isabella de la Fuente, su capricho adolescente. Lo presencié una y otra vez: en nuestra propia casa, llena de sus fotos, en su desinterés por mí, y en el desplome de un balcón, donde me dejó caer herida para protegerla a ella. Pero la traición definitiva llegó en un hospital, el día de mi accidente. Allí, en mi lecho, me enteré de dos verdades devastadoras: estaba embarazada y necesitaba una transfusión urgente. La vida de nuestro bebé dependía de una donación crucial, pero había un problema: Mateo ya había ordenado que toda la sangre compatible fuera exclusiva para Isabella. ¿La razón? Su cirugía estética. Mi propio marido, el padre de mi hijo, condenó a nuestro pequeño por la vanidad de otra mujer. Sentí cómo se me desgarraba el alma mientras la vida de nuestro no nato se escapaba, víctima de su cruel indiferencia. Esa fue la última gota, el punto sin retorno. Con el corazón hecho pedazos, manché por última vez mi cuaderno, cubriéndolo completamente de negro. Firmé los papeles de divorcio, enterrando mi amor y mi dolor al mismo tiempo. Y así, sin más, desaparecí de Sevilla, lista para forjar mi propio destino y renacer de las cenizas de un amor que casi me consume por completo.

Introducción

Mi cuaderno de bocetos era el silencioso testigo de un matrimonio que se desmoronaba, cada mancha de tinta negra un registro amargo de las traiciones de Mateo.

Mi esposo, el torero a quien un día amé, vivía obsesionado con Isabella de la Fuente, su capricho adolescente.

Lo presencié una y otra vez: en nuestra propia casa, llena de sus fotos, en su desinterés por mí, y en el desplome de un balcón, donde me dejó caer herida para protegerla a ella.

Pero la traición definitiva llegó en un hospital, el día de mi accidente.

Allí, en mi lecho, me enteré de dos verdades devastadoras: estaba embarazada y necesitaba una transfusión urgente.

La vida de nuestro bebé dependía de una donación crucial, pero había un problema: Mateo ya había ordenado que toda la sangre compatible fuera exclusiva para Isabella.

¿La razón? Su cirugía estética.

Mi propio marido, el padre de mi hijo, condenó a nuestro pequeño por la vanidad de otra mujer.

Sentí cómo se me desgarraba el alma mientras la vida de nuestro no nato se escapaba, víctima de su cruel indiferencia.

Esa fue la última gota, el punto sin retorno.

Con el corazón hecho pedazos, manché por última vez mi cuaderno, cubriéndolo completamente de negro.

Firmé los papeles de divorcio, enterrando mi amor y mi dolor al mismo tiempo.

Y así, sin más, desaparecí de Sevilla, lista para forjar mi propio destino y renacer de las cenizas de un amor que casi me consume por completo.

Capítulo 1

El cuaderno de bocetos era antiguo, con las páginas amarillentas y un olor a papel viejo. Con la punta de un pincel fino, Sofía hundió la cerda en el tintero negro. Cada mancha era un ritual, una traición documentada.

Hoy, cubrió la esquina de una Giralda que había dibujado con esmero, una representación de su amor por Mateo.

Quedaban pocas partes del dibujo sin manchar.

Cuando la última parte quedara cubierta de negro, ella se marcharía.

Mateo entró en el estudio sin llamar, como siempre. Vio el cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo.

"¿Qué es esto?" preguntó, con más curiosidad que interés.

Lo cogió y lo hojeó. Vio las manchas negras que se comían poco a poco el dibujo. Se rio, una risa corta y despectiva.

"¿Un drama de niña, Sofía? ¿Llevas la cuenta de mis supuestos errores?"

Dejó caer el cuaderno sobre la mesa con indiferencia y salió de la habitación. Para él, era insignificante. Para Sofía, era la cuenta atrás para su libertad.

El estudio de Mateo era un santuario para otra mujer. En las paredes no había fotos de su boda, sino de Isabella de la Fuente. Isabella en la playa, Isabella montando a caballo, Isabella sonriendo con la misma sonrisa que él recordaba de su adolescencia.

Una vitrina entera contenía trofeos de toreo, pero junto a ellos, una flor seca que Isabella le había regalado hacía quince años. Sofía pasaba por delante cada día, un recordatorio constante de que ella era la extraña en su propio hogar.

El teléfono de Mateo sonó en mitad de la cena. Era uno de sus amigos de la cuadrilla.

"¡Mateo, el cortijo de Isabella está en llamas!"

Mateo se levantó de un salto, la silla cayó hacia atrás con un golpe seco. Su rostro se llenó de pánico. No miró a Sofía. No dijo una palabra. Simplemente corrió hacia la puerta.

"¡Voy para allá!" gritó al teléfono.

Sofía se quedó sola en el comedor, con la comida a medio tocar. El silencio de la casa era abrumador.

Cuando Sofía llegó al cortijo, las llamas devoraban el ala oeste. Los bomberos luchaban contra el fuego. Mateo estaba allí, discutiendo con el jefe de bomberos, con el rostro cubierto de hollín.

"¡Tengo que entrar! ¡Isabella está atrapada dentro!"

"Es demasiado peligroso, señor Vargas. Su carrera depende de su físico, no puede arriesgarse así."

"¡Al diablo con mi carrera!" gritó Mateo. "¡Ella es lo único que importa!"

Ante la mirada de todos, se cubrió la cara con la chaqueta y corrió hacia el edificio en llamas, ignorando los gritos de advertencia.

Sofía observó la escena, con el corazón helado. Vio la devoción en los ojos de Mateo, una devoción que él nunca le había mostrado a ella. Lo vio salir minutos después, llevando a una Isabella que tosía pero estaba ilesa. La abrazaba con una fuerza protectora, susurrándole palabras de consuelo al oído.

La frialdad con la que la había tratado a ella durante tres años de matrimonio contrastaba dolorosamente con el calor que le profesaba a Isabella.

Unos días después, Sofía escuchó a dos miembros de la cuadrilla de Mateo hablar en el patio.

"Siempre fue por ella," dijo uno.

"¿El qué?"

"Todo. Convertirse en torero. Quería impresionarla, cumplir una promesa que le hizo de niño. Dijo que sería el torero más famoso del mundo para ella."

Sofía se apoyó en la pared, sintiendo que le faltaba el aire. Así que toda la vida de su marido, su pasión, su identidad, no era suya. Era un regalo para otra mujer.

El cuaderno estaba sobre su regazo. La tinta negra era fría al tacto. Cada acto de devoción de Mateo hacia Isabella era una nueva mancha, un paso más hacia la puerta de salida. El dibujo de su amor estaba casi completamente oscurecido.

El punto de quiebre llegó en el tablao flamenco de Isabella. Era una noche de celebración por la reapertura tras el incendio. Mateo había insistido en que Sofía fuera.

Estaban en un balcón antiguo, con vistas al escenario. De repente, se escuchó un crujido siniestro. El suelo bajo sus pies tembló.

El balcón se derrumbaba.

En una fracción de segundo, Mateo reaccionó. Su instinto lo guio. Se giró, no hacia su esposa, sino hacia Isabella. La empujó fuera del peligro, protegiéndola con su propio cuerpo.

Sofía no tuvo tiempo de reaccionar. Un trozo de mampostería la golpeó en la espalda y la cabeza. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a Mateo sosteniendo a Isabella, asegurándose de que estuviera bien, mientras ella caía entre los escombros.

Capítulo 2

Lo primero que hizo Sofía al recibir el alta del hospital fue llamar a su abogado.

"Quiero iniciar los trámites de divorcio," dijo con voz firme, sin rastro de duda.

El abogado, un viejo amigo de la familia, no hizo preguntas. Solo dijo: "Preparo los papeles."

Isabella se había instalado en la casa de Mateo mientras su cortijo era reparado. Intentaba cuidar de él, que había sufrido quemaduras leves en el incendio. Pero era torpe, inútil.

Intentó cocinarle una sopa y casi quema la cocina. Intentó cambiarle un vendaje y casi lo ahoga con la gasa. Se quejaba constantemente del olor a antiséptico y de lo aburrido que era estar en casa.

Mateo, sin embargo, la trataba con una paciencia infinita.

"No te preocupes, mi amor. Estoy bien," le decía, mientras él mismo se limpiaba la herida. "Tú solo descansa."

La consolaba por su torpeza, minimizando su propio dolor para calmar la ansiedad de ella.

Una tarde, Isabella, sentada a los pies de su cama, le preguntó con una voz falsamente inocente.

"Mateo, nunca te lo pregunté. ¿Por qué te hiciste torero? Siempre pensé que te harías cargo de la ganadería de tu padre."

Mateo la miró, y en sus ojos brilló una luz que Sofía no había visto en años.

"¿No te acuerdas? Una tarde, cuando teníamos dieciséis años, me dijiste que soñabas con casarte con un torero famoso. Que era lo más romántico y valiente del mundo. Yo solo quería cumplir tu sueño."

Isabella se quedó sin aliento, conmovida. Puso su mano sobre la de él.

"Oh, Mateo..."

Se inclinó y lo besó. Un beso largo y profundo, que sellaba una promesa rota y reavivaba una obsesión.

Sofía lo vio todo desde el umbral de la puerta. Había venido a traerle ropa limpia. Se quedó paralizada, observando la escena. No sintió celos, ni siquiera rabia. Solo una profunda y helada confirmación.

Su matrimonio había sido una mentira desde el principio.

Se dio la vuelta en silencio y se marchó. El beso que acababa de presenciar era la última prueba que necesitaba.

Unos días más tarde, llegó un sobre por correo. Era del seguro. Dentro, había una copia de la póliza de vida de Mateo. La había contratado justo antes de su primera corrida importante.

El único beneficiario no era su padre, ni su familia. Era Isabella de la Fuente.

Sofía sostuvo el papel en sus manos. La letra de Mateo, firme y decidida, designando a otra mujer como la receptora de todo en caso de su muerte.

Comprendió entonces que la vida de Mateo, sus ambiciones, sus miedos y sus sueños, nunca le habían pertenecido a ella. Siempre habían sido para Isabella. Ella solo había sido una espectadora, una esposa de conveniencia en la vida de su propio marido.

Se sentó en su estudio, el único lugar de la casa que sentía como suyo. Abrió su ordenador portátil y buscó un nombre en sus contactos.

Javier Moreno.

Era un antiguo colega de la facultad, un maestro artesano de Córdoba. Hacía años que no hablaban. Marcó su número.

"¿Javier? Soy Sofía Navarro. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero... he oído que tu taller en Córdoba está haciendo un trabajo increíble en la Mezquita. Me preguntaba si... si tendríais un hueco para una restauradora más."

Hubo un silencio al otro lado de la línea, y luego la voz cálida de Javier.

"Sofía. Qué alegría escucharte. Para ti, siempre hay un hueco. ¿Cuándo empiezas?"

Sofía sonrió por primera vez en mucho tiempo.

"Pronto," dijo. "Muy pronto. Me mudo a Córdoba."

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