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Mi Dulce Pecado Prohibido, El  Secreto de Padre Gabroel

Mi Dulce Pecado Prohibido, El Secreto de Padre Gabroel

Autor: : L.alejandra
Género: Romance
Aria Moretti no es una santa, y el internado "San Judas Tadeo" es su última celda antes de un matrimonio forzado que detesta. Sin embargo, en los pasillos de piedra y silencio, se encuentra con su mayor desafío: el Padre Kyler Lombardi. Joven, de una rectitud que irrita y una belleza que duele, Kyler está a un paso de sus votos definitivos. Él representa todo lo que ella debería respetar, y ella es la tentación que él juró combatir. Lo que comenzó como una guerra de insultos y castigos, se transforma en una obsesión que quema los rosarios. Entre confesionarios estrechos y bibliotecas en penumbra, Kyler descubrirá que el hábito no protege el corazón de un hombre, e Aria entenderá que, por primera vez, alguien la ve más allá de su apellido... aunque ese amor sea un camino directo al infierno. El aroma a incienso y cera de vela llenaba el aire, pero para Kyler, el perfume de vainilla y rebelión que emanaba de Aria era mucho más fuerte. La había citado para reprenderla por su última falta, pero el silencio de la noche se había vuelto espeso, eléctrico. Kyler la tenía acorralada contra la madera antigua, sus manos apoyadas a ambos lados de su cabeza, intentando mantener una distancia que su cuerpo ya había decidido ignorar. -Deberías estar en tu dormitorio, Aria -susurró él, con la voz rota, luchando por no bajar la mirada a los labios desafiantes de la chica-. Esto es un sacrilegio. Estás tentando a un hombre de Dios. Aria soltó una risa suave, cargada de una picardía que le recorrió la columna a Kyler como una descarga. Ella subió una mano, delineando con un dedo lento el cuello rígido de su camisa clerical. -¿Un hombre de Dios, Kyler? -le provocó ella, acercándose tanto que sus alientos se mezclaron-. Porque tus ojos no dicen "Padre nuestro", dicen algo mucho más oscuro. Dime... ¿qué pesa más? ¿Tu voto de castidad o el hambre que sientes cuando me tienes cerca? Kyler cerró los ojos, soltando un gruñido ahogado mientras ella se pegaba a su cuerpo, rompiendo la última barrera de tela. -Si me dejas seguir, Aria... no habrá vuelta atrás. Perderé el cielo por ti. -Entonces caigamos juntos -susurró ella, buscando su boca-. Prefiero arder contigo que salvarme sola. En ese instante, el primer botón de la sotana cedió, y el silencio de la sacristía se rompió con el sonido de una respiración agitada que no sabía de rezos, solo de pecado.

Capítulo 1 El Silencio Roto

El aroma del incienso matutino siempre me había devuelto la paz, una especie de ancla en medio de un mundo que afuera se sentía demasiado ruidoso. A mis veintitrés años, mi vida en el internado San Judas Tadeo estaba regida por el segundero de un reloj de pared y el susurro de las oraciones. Ser profesor de Teología y Ética no era solo un trabajo; era el ensayo general para mi entrega total a Dios.

Aquel martes parecía ser un día más de orden absoluto. Me ajusté el cuello clerical frente al espejo empañado de la sacristía, verificando que cada pliegue de mi sotana negra estuviera en su lugar. La tela era pesada, un recordatorio constante del compromiso que estaba a punto de sellar para siempre.

-¿Otra vez peleando con el espejo, Kyler? -La voz de Noah Ricci resonó en el pasillo de piedra, rompiendo mi introspección.

Me giré, encontrando a mi amigo apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa socarrona que siempre parecía burlarse de la solemnidad del lugar. Noah tenía mi misma edad, pero mientras yo buscaba la santidad, él parecía buscar cualquier excusa para una buena fiesta en el pueblo vecino.

-No peleo, Noah. Solo me aseguro de que la presencia sea la adecuada para la clase de hoy -respondí, recogiendo mis libros de la mesa-. La disciplina empieza por uno mismo.

-La disciplina te va a sacar canas antes de los veinticinco, amigo mío -soltó él, caminando a mi lado mientras nos dirigíamos al pabellón de aulas-. ¿Has oído los rumores? Dicen que hoy llega una "joyita" nueva. Una Moretti.

Fruncí el ceño. El apellido me sonaba de las altas esferas de la política y los negocios en el norte, pero no le di importancia.

-Aquí no hay "joyitas", Noah. Solo almas que necesitan guía -sentencié con un tono que pretendía cerrar el tema-. Además, sea quien sea, tendrá que adaptarse a las reglas del San Judas Tadeo como todos los demás.

-Eso espero, porque Connor dice que el ambiente en la administración está tenso. Parece que la chica no viene por voluntad propia -añadió Noah, encogiéndose de hombros-. En fin, te dejo con tus alumnos. Yo tengo que ir a ver por qué la caldera decidió morir de nuevo.

Me despedí de él con un asentimiento y entré al aula de tercer año. El silencio cayó de inmediato. Mis alumnos, jóvenes que apenas empezaban a entender el peso de la responsabilidad, me miraban con respeto. La clase transcurrió con la fluidez habitual: Santo Tomás, la moralidad del acto humano, la contención de los impulsos. Me sentía cómodo allí, en el mundo de las ideas y la rectitud.

Sin embargo, el destino tenía otros planes para el final de mi jornada.

Cerca de las cuatro de la tarde, mientras cruzaba el patio central hacia la biblioteca, el caos estalló. No fue un susurro, fue un estruendo. El sonido de un motor rugiendo a toda velocidad rompió la paz del convento, seguido del chirrido violento de neumáticos sobre la grava.

Me detuve en seco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Una camioneta negra de lujo se había detenido de forma errática frente a la entrada principal, bloqueando el paso de los suministros. Antes de que pudiera acercarme a pedir explicaciones, la puerta trasera se abrió de golpe.

-¡No me pueden obligar a quedarme en este agujero de ratas! -El grito, agudo y cargado de furia, llenó el patio.

Una chica salió de la camioneta como si fuera expulsada por un volcán. Llevaba un vestido ajustado que desafiaba cualquier norma del internado, el cabello oscuro revuelto y una maleta de cuero que lanzó al suelo con un desprecio absoluto. Detrás de ella, dos hombres de traje oscuro intentaron sujetarla, pero ella se zafó con una agilidad felina.

-¡Aria, compórtate! -le gritó uno de los hombres, claramente un empleado de su familia.

-¡Púdranse! -respondió ella, dándose la vuelta y empezando a caminar hacia el interior del edificio.

Yo estaba allí, parado en medio de su camino, con mi Biblia bajo el brazo y una expresión de horror que no pude ocultar. Ella no me vio hasta que estuvo a menos de un metro de distancia. El impacto fue inevitable. Tropezó conmigo con tanta fuerza que mis libros volaron por los aires, aterrizando sobre el suelo polvoriento.

-¡Fíjate por dónde vas, maldita sea! -exclamó ella, sin molestarse en mirar a quién le hablaba.

Me quedé helado. Nadie me hablaba así. Nadie usaba ese lenguaje en este recinto. Me agaché para recoger mi ejemplar de las Confesiones de San Agustín, intentando mantener la calma que mi hábito exigía.

-Señorita, le sugiero que cuide su lenguaje y su forma de entrar a este lugar sagrado -dije, levantándome y fijando mi mirada en ella.

Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron. Sus ojos eran grandes, de un color café tan profundo que parecía fuego quemado, y estaban llenos de una rabia que escondía algo mucho más doloroso. Por un segundo, el aire pareció desaparecer del patio. Ella me barrió de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello clerical con una mueca de burla.

-Vaya, ¿y tú quién eres? ¿El comité de bienvenida celestial? -soltó con sarcasmo, cruzándose de brazos-. Porque pareces demasiado joven para estar tan... abrochado.

-Soy el profesor Kyler Lombardi -respondí, mi voz sonando más tensa de lo que deseaba-. Y usted está interrumpiendo el orden de este internado. ¿Quién es usted para entrar de esta manera?

Ella soltó una carcajada seca, una que no tenía ni un gramo de alegría.

-Soy tu peor pesadilla, "Padre" Kyler. O al menos eso dice mi padre -se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal. Pude oler su perfume, algo dulce y salvaje que contrastaba violentamente con el olor a incienso al que estaba acostumbrado-. Me llamo Aria Moretti, y me han traído aquí para que tipos como tú me "arreglen". Pero te doy un consejo: no pierdas tu tiempo.

-Nadie es un caso perdido, señorita Moretti, aunque su actitud sugiere que tiene un largo camino por delante -repliqué, apretando los libros contra mi pecho-. Mañana tiene clase de Ética conmigo a primera hora. Le sugiero que busque el uniforme reglamentario y se presente con una actitud diferente.

Aria me miró con un brillo desafiante en los ojos. Se inclinó hacia mi oído, tan cerca que sentí el calor de su aliento en mi cuello, provocándome un escalofrío que me hizo retroceder instintivamente.

-¿Ética? -susurró-. Qué aburrido. Prefiero enseñarte yo un par de cosas sobre la tentación, Kyler. Porque me da la impresión de que debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar.

Se separó de mí con una sonrisa triunfal, recogió su maleta y pasó por mi lado golpeando mi hombro intencionadamente. La vi alejarse hacia los dormitorios, seguida por los hombres de su familia que parecían aliviados de haberse deshecho de ella.

Me quedé allí parado, solo en el patio, mientras el sol empezaba a caer. Mis manos temblaban ligeramente. No era solo la falta de respeto, era la forma en que me había mirado, como si pudiera ver las grietas que yo tanto me esforba por ocultar.

-Kyler, ¿estás bien? -Connor Valenti apareció a mi lado, mirando en la dirección por la que se había ido la chica-. Esa es la Moretti. Parece que va a ser un año largo.

-Es una insolente, Connor -dije, tratando de recuperar mi compostura-. Una niña malcriada que no sabe dónde se ha metido.

-O tal vez sabe perfectamente dónde se ha metido y por eso está tan furiosa -murmuró Connor, dándome una palmada en la espalda-. Suerte mañana en clase. La vas a necesitar.

Caminé hacia mi habitación en silencio, pero la paz del incienso ya no me servía. Las palabras de Aria Moretti se repetían en mi cabeza como un eco pecaminoso. Debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar.

Entré en mi celda, cerré la puerta y me arrodillé frente al crucifijo. Intenté rezar, busqué las palabras para pedir por el alma rebelde de esa joven, pero por primera vez en años, las palabras no acudieron a mí. En su lugar, solo veía sus ojos desafiantes y sentía el calor de su presencia cerca de mi cuello.

Aquel fue el día en que entendí que mi mayor batalla no sería contra el mundo exterior, sino contra la tormenta que acababa de entrar por las puertas de mi refugio. Aria Moretti era el caos, y yo, el hombre que juró amar solo a Dios, sentía por primera vez el miedo de ser consumido por el fuego de una mortal.

Capítulo 2 La Manzana de la Discordia

La campana del internado San Judas Tadeo repicó con una puntualidad quirúrgica a las siete de la mañana. Era un sonido que solía infundirme una sensación de propósito, pero esa mañana, el eco metálico golpeó mis sienes como un presagio. Apenas había pegado ojo; la imagen de Aria Moretti, con su mirada de fuego y su perfume de perdición, se había filtrado en mis oraciones como una mancha de tinta en un pergamino sagrado.

Me acomodé la estola con manos firmes y entré al aula de Ética. El murmullo de los estudiantes cesó al instante, pero mis ojos buscaron automáticamente un lugar específico: el pupitre del fondo, junto a la ventana. Estaba vacío.

-Buenos días a todos -dije, proyectando una seguridad que no sentía del todo. Abrí el registro sobre el escritorio de madera oscura-. Antes de comenzar la lección sobre las virtudes cardinales, procederé a pasar lista.

Recorrí los nombres habituales. Todos estaban allí, sentados con sus uniformes impecables y rostros somnolientos. Al llegar al final de la lista, hice una pausa necesaria.

-¿Señorita Aria Moretti?

El silencio que siguió fue denso. Noah, que estaba sentado cerca de la puerta, me lanzó una mirada de advertencia. Nadie respondió. Cerré el libro con un golpe seco que resonó en las paredes de piedra.

-Parece que la señorita Moretti cree que las reglas de asistencia son opcionales -comenté, tratando de que mi voz no delatara mi irritación-. Continuemos. Hoy hablaremos de la templanza, esa virtud que nos permite moderar nuestros impulsos y...

No pude terminar la frase. A través de la ventana que daba al patio de los laureles, un estallido de risas masculinas interrumpió la solemnidad de mi clase. Reconocí las voces: eran algunos de los chicos de último año, los mismos que solían ser ejemplares. Me acerqué al ventanal, con los puños apretados detrás de la espalda.

Lo que vi me hizo sentir un calor súbito subiendo por mi cuello.

Allí estaba ella, sentada sobre una de las mesas de piedra del jardín, rodeada por tres compañeros que parecían hipnotizados. Aria no vestía el uniforme como las demás; había subido la falda de tablas grises varios centímetros por encima de lo permitido, dejando al descubierto unas piernas largas que desafiaban la moral del recinto. La camisa blanca estaba desabrochada en el primer botón y su corbata colgaba floja, como un adorno sin sentido.

Estaba riendo, moviendo el cabello con una libertad que resultaba insultante en aquel lugar de recogimiento. Uno de los chicos le ofrecía un cigarrillo -estrictamente prohibido- mientras otro intentaba llamar su atención con bromas tontas.

-Quédense en sus asientos -ordené a la clase, mi voz sonando como un latigazo.

Salí del aula a grandes zancadas. El aire fresco del patio no logró enfriar mi sangre. Al verme llegar, los chicos se pusieron de pie de un salto, palideciendo al instante.

-¡Lombardi! -balbuceó uno de ellos, intentando esconder el cigarrillo tras su espalda-. Nosotros solo... estábamos dándole la bienvenida a la nueva.

-A sus clases. Ahora -sentencié, sin quitarle la vista de encima a Aria, que permanecía sentada en la mesa, balanceando una de sus piernas con total indiferencia.

Los jóvenes se dispersaron como hojas al viento, dejándome a solas con ella. Me planté frente a la mesa, tratando de ignorar la forma en que el sol de la mañana iluminaba su piel.

-Señorita Moretti, la clase de Ética comenzó hace quince minutos -dije, manteniendo un tono gélido-. Y su uniforme es una ofensa a la decencia de esta institución.

Aria bajó de la mesa con una parsimonia exasperante. Se acercó a mí, pero esta vez no había rastro de seducción en sus ojos; solo había un desafío puro y una falta de respeto que me quemaba las entrañas.

-¿Una ofensa, Kyler? -preguntó, usando mi nombre sin el título, como si fuéramos iguales-. Me parece que lo que te ofende es que alguien aquí se atreva a respirar sin pedirte permiso.

-Aquí no se viene a respirar, se viene a aprender -repliqué, dando un paso hacia ella-. Usted no es especial, Aria. Es una alumna más y debe respetar a sus superiores. Su actitud con esos chicos es inapropiada y su vestimenta es motivo de sanción inmediata.

Ella soltó una risa nasal, cruzándose de brazos. El movimiento hizo que la tela de su camisa se tensara, y tuve que obligarme a mantener la vista fija en sus ojos desafiantes.

-¿Superiores? ¿Tú? -me miró con un desprecio absoluto-. Solo eres un chico que tiene miedo de vivir y se esconde detrás de un disfraz negro. No te equivoques, "profesor". No me quedé a tu clase porque me parece una pérdida de tiempo escuchar a un hombre hablar de moral cuando ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos sin temblar de indignación... o de algo más.

-¡Suficiente! -mi voz tronó en el patio vacío-. No permitiré que me falte al respeto ni que corrompa la disciplina de mis alumnos. Vaya ahora mismo a la dirección a que le ajusten ese uniforme y luego se presentará en mi despacho para cumplir su castigo.

-¿And if I don't want to? -retó ella, dando un paso que casi eliminó la distancia entre nosotros. Podía sentir el calor que emanaba de ella, una energía caótica que amenazaba con derribar mis muros-. ¿Qué vas a hacer, Kyler? ¿Vas a pedirle a Dios que me castigue? ¿O vas a tener que ensuciarte las manos tú mismo conmigo?

El silencio que seguido fue insoportable. Mi corazón latía con una violencia que me asustaba. Aria no estaba tratando de seducirme con palabras dulces; estaba tratando de romperme, de demostrar que mi autoridad era de papel. Y lo peor de todo es que, por un segundo, su rebeldía me resultó más honesta que todas las oraciones que había recitado esa mañana.

-Al despacho -repetí, mi voz ahora era un susurro ronco, cargado de una tensión que no supe ocultar-. Después de las clases. Y asegúrese de que esa falda esté donde debe estar.

Aria me dedicó una última mirada cargada de victoria. Se dio la vuelta sin decir una palabra más, caminando hacia los dormitorios con ese contoneo que era una bofetada a mis votos.

Me quedé allí solo, bajo los laureles, sintiendo que el suelo bajo mis pies empezaba a agrietarse. Ella no me respetaba. Ella no me temía. Y lo más peligroso de todo era que, a pesar de su insolencia y de su uniforme desastroso, una parte de mí -una parte que yo creía muerta- se sentía terriblemente viva ante su presencia.

Aquel día, la lección sobre la templanza fue la más difícil de mi vida, porque el primer impulso que tuve que moderar no fue el de mis alumnos, sino el deseo de alcanzar a Aria y demostrarle que, debajo de la sotana, el hombre que ella despreciaba era capaz de sentir un fuego mucho más peligroso que su propia rebeldía.

Capítulo 3 Palabras de Sal y Fuego

El despacho de Teología era una estancia pequeña, asfixiante, donde el olor a papel viejo y cera de abeja solía serme reconfortante. Esa tarde, sin embargo, se sentía como una jaula. Me senté tras el escritorio de caoba, entrelazando mis dedos con una fuerza que me blanqueaba los nudillos, esperando el sonido del golpe contra la madera.

Cuando la puerta se abrió, no hubo aviso. Aria entró sin llamar, cerrándola tras de sí con un golpe seco que hizo vibrar los cuadros de los santos en las paredes. Se quedó de pie, con la falda aún demasiado corta y esa expresión de hastío que parecía ser su uniforme permanente.

-Aquí me tienes, Kyler. ¿Vas a darme un sermón o vas a pasar directamente a los azotes? Porque tengo mejores cosas que hacer que escuchar citas en latín -soltó, dejándose caer en la silla frente a mí con una falta de elegancia deliberada.

Me puse de pie lentamente, apoyando las palmas sobre la mesa. La rabia que había contenido durante todo el día afloró con una fuerza que me sorprendió a mí mismo.

-Señorita Moretti, su insolencia ha cruzado todos los límites -comencé, mi voz vibrando con una severidad cortante-. No solo desprecia las normas de esta institución, sino que se comporta como si el mundo le debiera algo. Se pasea por los pasillos provocando a sus compañeros, exhibiéndose de una manera que solo busca atención de la forma más barata y vulgar posible.

Aria arqueó una ceja, pero no dijo nada. Su silencio me espoleó a seguir.

-¿Cree que es especial por ser rebelde? No lo es. Es predecible. Es la clásica niña rica y malcriada que, al no recibir el afecto de su familia, decide que la mejor forma de existir es siendo un estorbo para los demás -di un paso alrededor del escritorio, acercándome a ella-. Usted no es una "chica traviesa", Aria. Es una mujer joven que está desperdiciando su vida en pataletas absurdas mientras se viste como si estuviera en un club nocturno en lugar de un lugar de oración. Me avergüenza que alguien con su potencial se reduzca a ser simplemente... un objeto de distracción para chicos que sí quieren aprender.

Me detuve frente a ella, respirando agitado. Me había pasado de sincero. Había sido cruel. Esperaba que saltara, que me gritara, que me lanzara algún insulto mordaz. Pero Aria se quedó inmóvil.

Por un momento eterno, el fuego de sus ojos se apagó, dejando paso a una vacuidad gélida. Sus labios se apretaron en una línea fina y vi cómo tragaba saliva con dificultad. El silencio en el despacho se volvió pesado, asfixiante. Me di cuenta de que mis palabras habían dado en el blanco exacto de su herida: el rechazo de su familia y su lucha por ser algo más que una moneda de cambio.

Ella bajó la mirada a sus manos un segundo y luego volvió a subirla. Su rostro era una máscara de frialdad, pero sus ojos brillaban con una humedad que se esforfesaba por no dejar escapar.

-¿Ya terminaste? -preguntó ella. Su voz era baja, despojada de su habitual sarcasmo, lo cual fue mucho más inquietante-. ¿Ya te sientes más "santo" después de humillarme?

-Aria, yo no pretendía... -intenté retroceder, dándome cuenta del daño.

-No -me cortó ella, poniéndose de pie con una lentitud que me heló la sangre-. Escúchame bien, Kyler Lombardi. Me importa una mierda lo que pienses de mi falda, de mi actitud o de mi supuesta necesidad de atención. Nadie me va a cambiar. Ni tú como profesor, ni como futuro padre, ni como el demonio que llevas escondido bajo ese cuello blanco.

Se acercó a mí, quedando a escasos centímetros. Pude ver el temblor de su mandíbula, la furia contenida que amenazaba con estallar.

-¿Quieres que se acabe el problema? Es sencillo -siseó, señalándome con un dedo-. Deja de mirarme. Deja de buscarme en los pasillos, deja de fijarte en si mi uniforme está corto o largo. Ignórame como lo hace todo el mundo y yo te dejaré en paz con tus libritos y tus rezos. El problema no soy yo, Kyler. El problema es que no puedes dejar de observarme y eso te aterra.

-Eso no es cierto -mentí, sintiendo cómo el sudor frío recorría mi espalda.

-Es la verdad más grande que has escuchado en este despacho -respondió ella con una amargura que me partió el alma-. No me busques más. No intentes "arreglarme", porque no estoy rota. Solo estoy harta de hombres que creen que tienen el derecho de decirme cómo ser.

Se dio la vuelta con una violencia repentina, agarrando su bolso del suelo.

-Quédate con tu moral y tu templo vacío, Kyler -dijo desde la puerta, sin mirarme-. Pero no vuelvas a hablar de mi familia. No tienes ni la menor idea de lo que es ser yo.

La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del internado. Me quedé allí, solo, en medio de la penumbra del despacho. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarme en el respaldo de la silla. Había ganado la discusión desde un punto de vista disciplinario, pero me sentía como el pecador más grande de la tierra. Sus palabras finales se quedaron flotando en el aire como humo de incienso quemado. Deja de mirarme.

Cerré los ojos y, por primera vez, no vi a una alumna rebelde. Vi a una chica que luchaba por no ahogarse en un mar de desprecio. Y lo que más me dolía, lo que me hacía querer arrancarme el hábito en ese mismo instante, era saber que ella tenía razón: no podía dejar de mirarla. Y ese era el secreto que empezaba a devorarme por dentro.

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