Isa
-¡¿Eres el líder de la mafia italiana?! -grité, totalmente sacada de mis casillas.
¿Con quién diablos me casé? ¿Con quién diablos me metí?
Todas las advertencias estuvieron ahí frente a mis ojos todo el tiempo, pero nunca lo quise ver.
Lo tenía frente a mí y no podía imaginar que él estuvo mintiéndome todo este tiempo. Mis ojos estaban clavados en él, querían descubrir más de lo que él tenía escondido en su mente, pero no era posible. Pero sí podía ver la culpabilidad con la que me miraba. Siempre supe que él tenía algo escondido que no quería que las personas supieran, pero jamás pensé que sería un mafioso tan buscado por la policía. De él se hablaba mucho en la televisión, pues era perseguido por emitir órdenes a sus matones para cometer crímenes horribles. ¿Con quién es que me había casado? No reconocía al hombre que tenía frente a mí. Más bien, jamás lo conocí como pensé que lo hacía.
Estaba más que decepcionada y herida por todo lo que él había hecho. Los recuerdos aparecían en mi mente, uno tras otro, golpeándome, dañándome. Y es que cuando mirabas a Nick, podías ver que él tenía oscuridad en su mirada y un atractivo impresionante, pero jamás pensarías que, por más idiota que pudiese ser, él estuviese encabezando el mayor liderazgo de la mafia italiana. Apenas nos habíamos casado hace dos meses, después de pocos meses de conocernos y perdernos en lo que era nuestro mágico amor, como nosotros le llamábamos, ¿y ya había encontrado un gran motivo para pedirle el divorcio?
Me imaginaba a mí misma dejando los papeles en su escritorio y exigiéndole que los firmara para que pusiéramos punto final a nuestro amor de una vez por todas. Se me ahogaba el corazón y mi pecho se hundía en la tristeza de solo imaginarme que todo lo que soñamos tener y ser, se había acabado todo de un momento para otro. Comencé a tener sospechas de que algo malo estaba pasando con él, de que algo no me decía porque no quería que yo lo supiera, pero no me habría imaginado algo así. Los noticieros de la ciudad de Miami hablaban todo el tiempo de que buscaban a un mafioso multimillonario, y que hasta daban una recompensa de tres millones de dólares a quien diese algo de información certera, y un total de diez millones de dólares a quien fuese capaz de decir en dónde se encontraba dicha persona. El gobierno daba esa cantidad de dinero por encontrar a Nick. A mi esposo... ¡Mi maldito esposo!
¿Cómo es que un chico de veintitrés años era un mafioso tan buscado por las autoridades de Italia?
-Sé lo que estás pensando, pero quiero que me dejes explicarte todo lo que está pasando, Isabella.
-¡¿Qué diablos es lo que tienes que explicarme?! ¿Cómo vas a poder explicar algo así? ¡Nada de lo que diga hará que te deje de ver de la manera en la que te veo ahora, Nick!
-Te mentí, lo sé. No estuvo bien, pero déjame explicarte. No tuve opción, Isabella.
-¡Deja de decir mi nombre!
Lo peor de todo, es que estaba esperando un hijo y él no tenía ni la más mínima idea de eso. Y es que lo supe hace poco. Tres días, para ser exactos, pero no sabía cómo decirle a Nick porque él muchas veces me dijo que no quería tener hijos. Qué difícil se ha vuelto todo para nosotros en tan poco tiempo. Pero estaba segura de que, aunque no fuese lo correcto moralmente, era lo mejor que Nick no supiese nada de que íbamos a tener un hijo, pues yo no quería un padre así para mi hijo. Tomaría mi dinero, dejaría de invertirlo en la empresa multimillonaria de la familia de Nick e iría a alguna otra parte de este mundo en el que él no pudiese llegar a encontrarme. No quería volver a saber nada más de él. Una vez que yo tuviera el papel de nuestro divorcio firmado, todo esto iba a quedar como una mancha oscura de mi pasado. Y él no volvería a saber nada más de mí, y nunca se enteraría de la existencia de nuestro hijo.
Noté que él se acercó un par de pasos hacia mí, pero estiré mi brazo para que se quedara quieto en su lugar y no se acercara más a mí. No lo quería tener cerca. Casi no podía mirarlo, pues en sus ojos veía al chico del que me enamoré perdidamente, al chico con quien tuve mi primera vez, al chico con quien quise casarme. Sus ojos eran como una pantalla que me mostraban toda nuestra historia, pero esa historia fue una farsa, pues el amor mágico que nosotros decíamos tener, no tenía nada de mágico. Solo tenía oscuridad, engaños y mentiras. Lo único que me faltaba para querer asesinarlo, es enterarme de que me había sido infiel alguna vez.
-Déjame hablar contigo.
-¡No se te ocurra acercarte a mí! -le grité.
Él me daba miedo. Estaba aterrada de tenerlo cerca. ¿Y si me hacía algo? Él siempre me dijo que jamás sería capaz de hacer daño de ningún tipo, pero ese fue el Nick que yo creí conocer en aquel cementerio, el día en que mis padres murieron en ese accidente de avión cuando viajaban a Italia a resolver unos asuntos de negocios.
-No te voy a hacer daño, solo quiero que me des una oportunidad de explicarte las cosas. No es como tú piensas que es todo esto.
-¿Y cómo pienso que es? Dime cómo son las cosas, entonces. Porque no te das una sola idea de lo manchada que está tu imagen en mi cabeza en este momento. Me has decepcionado como nunca pensé que harías, Nick. Sabía que tenías actitudes de idiota cuando te empecé a conocer, pero no creí que fueses capaz de ser tan cruel con la gente. Sé que has mandado a matar a las personas.
-Yo no quería ser esta persona, pero tuve que hacerlo porque no me quedó otra opción, más que hacer esto, Isabella. No sabes lo mucho que siento cada día las atrocidades que debo hacer, pero es el deber.
No podía creerlo.
Literalmente, nuestro matrimonio estaba completamente arruinado.
-No me puedo creer que estés llamando deber a algo como esto.
-No he enviado a matar a nadie que no se lo merecía. Todas esas personas eran personas malas, eran monstruos.
-¡Pero si tú también eres un monstruo! ¿Acaso te crees un justiciero? ¿Acaso te piensas que tú estás en el derecho de hacer que las demás personas paguen por lo que hacen? No eres policía, no eres juez, no eres bueno.
Sabía que lo que le estaba diciendo a Nick era duro, pero él tenía que escuchar cada una de mis palabras. Y él se merecía que fuese cruel con mis palabras para que lograse entender la magnitud del asunto. Esto no era algo de poca importancia, estábamos hablando de algo muy grave, estábamos hablando de la mafia italiana.
Me casé con el jefe de la mafia italiana.
Quién lo diría.
-Nada de lo que yo te diga va a hacer que cambies tú idea sobre mí, y lo siento tanto por eso -Ignoró lo que le dije sobre no caminar hacia mí y lo hizo de todas formas. Se arrodilló ante mí y envolvió mis piernas con sus brazos para que no me fuera-. Lo siento tanto, Isabella. Ojalá las cosas hubieran sido distintas.
-Eres un mentiroso -se me cayeron las lágrimas.
Antes ni siquiera tuve ganas de llorar porque me había encontrado en un estado de shock impresionante. Es que no daba crédito a lo que pasaba. Pero ahora, el corazón no paraba de latirme con irregularidad, y esa sensación de debilidad estaba rodeando mi cuerpo, amenazándome con hacerme caer al suelo. Mi presión había bajado y mis lágrimas se asomaban por mis ojos.
Y Nick, el chico al que solo una vez vi llorar hace meses, dejó caer una lágrima por sus mejillas.
-No me dejes, te lo suplico.
-Es medio tarde para que me digas eso. Lo hubieras pensado antes de meterte en la mafia. Te hubieses puesto a pensar que este afán tuyo de ser un justiciero, te traería problemas en los demás ámbitos de tu vida. Eres un desastre, Nick.
-No me digas eso, por favor. Te lo suplico, Isabella, no me dejes. Yo te amo.
Y yo también lo amaba demasiado. Con todo mi corazón. Pero no podía estar con él fingiendo que no sabía nada sobre la mafia, o fingiendo que estaba bien con esto, porque iba en contra de mis valores. Mis padres estarían decepcionados de mí si me vieran en esa situación.
Por reflejo, quise tocar mi panza para aferrarme a mi bebé. Hoy, este bebé era mi fuente de poder, mi fuente de esperanzas, mi fortaleza. Quería tanto ser mamá, que, aunque hoy sentía que el mundo se me caía abajo, iba a hacer todo lo posible para salir adelante y criar a este bebé yo sola. No quería saber nada con Nick. Lo amaba tanto que me quemaba el pecho, se me estrujaba el corazón de solo pensar en que lo tenía que dejar, pero ahora no era yo sola: en mi cuerpo habitaba mi hijo, y no podía permitir que su padre estuviese a su alrededor, sabiendo lo malo que era. Porque no, Nick no era una buena persona.
-Me das tristeza. Eres muy inteligente, pero eres mala persona. Un día de estos, tu consciencia caerá sobre ti y te hará lamentarte por cada uno de tus pecados, y te juro que ese día, te acordarás de mí y sabrás que tuve razón. La culpa te carcomerá. Y yo no me quedaré aquí a ver cómo sucede eso.
Quise quitar sus brazos de mis piernas, pero, a pesar de que él no me hacía daño, estaba presionando fuerte para que yo no pudiese quitarlo de encima.
-No me dejes, te lo suplico. Yo te amo.
Derramé más lágrimas.
-Por favor, por favor... -suplicó otra vez. Nunca pensé que vería a Nick suplicando por algo.
-¡Basta! ¡Suéltame! ¡No quiero que me toques!
-Eres la persona que más amo en todo este mundo, no puedes dejarme. Tú haces que mi mundo se sienta completo. ¿Qué voy a hacer si tú me dejas? No te quiero perder, Isabella. No quiero estar lejos de ti. Quiero darte el mundo entero, quiero hacerte feliz y vivir por el resto de mis días junto a ti. No me abandones -no paró de pedir.
Y vaya que esas súplicas pesaban mucho ahora mismo. Sin embargo, por más que mis deseos me pidieran que lo abrazara, porque se me rompía el corazón de verlo así, tenía que ser fuerte y no dejarme decaer por el sentimiento de pena, de lástima. Yo lo amaba, sí, pero no podía permitir que mi hijo tuviera una vida con un padre así. Era momento de irse, momento de decir adiós.
-Así es como lo has querido tú. Me mentiste desde el primer momento.
-No, no es así. Nunca quise hacerlo. Este peso fue puesto en mis hombros y yo no pude decir que no, ¿comprendes?
-No, y no quiero entender nada. Haz lo que quieras, Nick. Pero yo no puedo estar más en tu vida.
-Delátame, dile a la policía que soy el jefe, haz lo que quieras, arruíname, me lo merezco. Pero no quiero que me dejes. Eso es peor tortura que cualquier otra cosa.
Tengo que admitir que, en parte, me alegraba que él estuviese así, de rodillas ante mí, suplicándome, llorándome. No por ego, sino por la rabia que tenía por dentro. Estaba en shock y tan enojada y decepcionada de mi esposo que no podía no disfrutar de lo mal que él se sentía, porque así de mal es como me sentía yo.
-Se ha terminado lo nuestro para siempre, Nick. No puedo estar más contigo. Me haces daño.
-¡No!
-¡Tú lo quisiste así! -Intenté zafarme de su agarre, pero él no me dejaba.
-¡Lo hice por el bien de las personas, por tu bien! ¡Se lo prometí a tus padres! -confesó, y eso me dejó aún más confundida.
¿Mis padres? ¿Qué tenían que ver mis padres?
-¿De qué estás hablando?
-Tu padre fue el verdadero jefe de la mafia hasta que murió. Yo heredé su puesto porque era El Consigliere.
Isa
Estaba más que devastada por la noticia. Desde hace tres días que no podía creer el giro rotundo que mi vida había dado. Una noche, simplemente me despedí de mis padres y les dije que los vería la próxima semana, cuando regresaran de su viaje a Italia, y al día siguiente me enteré de que su avión se había caído y no hubo ningún sobreviviente. Lo peor de todo, es que el cuerpo de mis padres no había aparecido, pues el avión se derrumbó en el agua. Estaba más que devastada porque había perdido a la única familia que me quedaba y porque ni siquiera tenía las fuerzas como para tener esperanza de que ellos regresaran alguna vez. Las personas que trabajan para mi familia me decían que debía ser fuerte y esperar nuevas noticias, decían que, tal vez, ellos estaban vivos, pero sé que solo lo decían para que yo me sintiera un poco mejor, pero no podía aceptar esa realidad, pues era obvio que, tal y como dijeron los investigadores del caso, no había nadie que haya sobrevivido.
Me tocaba enfrentarme yo sola a la vida ahora. Sin nadie que me amara, sin nadie que estuviese ahí para apoyarme, sin los besos de mi madre o los abrazos de mi padre. Ahora era yo sola contra el mundo y no me podía sentir más vacía que ahora. Sentía que iba a morir.
Di algunas especificaciones para la planificación del funeral de mis padres, pero no hice más que eso, pues no tenía las fuerzas ni las energías como para poder hacer algo así. El asistente de mi padre, que ahora iba a ser mío, se encargó de todo ello.
Mi vestido negro encajaba perfectamente a mi cuerpo. Me gustaba el color negro, pero este día lo odiaba con todo mi ser. No faltaba mucho para que la ceremonia de despedida empezara, así que debía bajarme pronto del auto para caminar hasta el lugar de sepelio. Había visto a mucha gente elegante caminar por el cementerio, y según mi nuevo asistente, todas esas personas eran conocidos y amigos de mis padres. A la mayoría de ellos, nunca los había visto en mi vida. Solo podía reconocer a algunas pocas personas. No tenía ánimos de sociabilizar con nadie, mucho menos de recibir el pésame de las personas, pero lo hacía por mis padres.
-La ceremonia comenzará pronto, señorita White -comunicó mi asistente.
Me quedé un minuto mirando por la ventanilla del auto, viendo a más y más gente caminar en la dirección a la que yo también debía ir. El silencio era ensordecedor. El vacío en mi pecho no me dejaba respirar.
Me bajé del auto sin esperar a que mi asistente abriera la puerta por mí y empecé a caminar con mis incómodos zapatos hacia el lugar del entierro, donde las personas iban tomando asiento en las sillas blancas y adornadas con flores que mis empleados habían preparado. Todo se veía muy lujoso y bonito, y era curioso, porque estos adornos me acompañaban en el peor día de mi vida.
Las personas me observaron de inmediato cuando me acerqué a todos ellos y tomé un lugar en la primera fila de asientos. No le dije nada a nadie porque, simplemente, no me salían palabras y no sabía muy bien qué decir. No era por ser una persona poco amable, es que estaba atravesando el peor suceso de toda mi vida y no sabía cómo manejarlo. En cuestión de minutos, el lugar se llenó de gente. Cuando menos me di cuenta, el lugar estaba casi lleno, con muy pocos asientos vacíos.
No sé en qué momento fue que el padre encargado de dar la ceremonia de despedida empezó a hablar y decir cosas bellas de mis padres. Sí, mis padres eran creyentes y el padre Frank los había conocido muy bien desde hace muchos años. Estaba incómoda, triste, no quería estar ahí, pero si ponía un poco de mi esfuerzo, era por mis padres. Lo hacía por ellos.
Noté la presencia de alguien vestido de negro tomando asiento en una de las sillas de la primera fila del lado izquierdo. Mis ojos viajaron de inmediato hacia él para ver de quién se trataba, pero a ese hombre jamás lo había visto en mi vida.
Era un muchacho en sus veintitantos años, que llevaba un traje increíblemente fino e impecable que lo hacían lucir increíblemente bien. Prestó inmediata atención a las palabras del padre, mientras que yo dejaba mis ojos en él, pues no podía dejar de admirar su belleza. Se notaba que era uno de los tantos millonarios con los que mi padre seguramente había hecho algún trato, aunque era demasiado joven como para ser un empresario con el que mi padre quisiera tratar.
Los ojos del chico se posaron en mí y me puse nerviosa de inmediato, pero eso no hizo que dejara de mirarlo. Mi mirada permaneció en él, quien ahora llevaba los brazos cruzados y una mirada dura, seria. Creo que reconoció que yo era la hija de los fallecidos. Me regaló una sonrisa leve y volvió a mirar hacia adelante. Por alguna razón, esa sonrisa me atravesó.
Isa
Cuando la ceremonia terminó, y todos nos reunimos alrededor de la tumba de mis padres para despedirlos a ambos, antes de que fueran enterrados, casi me da algo. Esto era demasiado fuerte para mis ojos, demasiado fuerte para mi corazón, el cual apenas latía por todo lo que estaba viviendo. Pero me aguanté las lágrimas y no lloré. No quise llorar frente a las personas. Me avergonzaba hacerlo.
Aquel chico al que había visto en la primera fila, el que llegó tarde, se me quedó viendo de una manera extraña. No pude descifrar su mirada, pero era muy llamativa. Me observaba serio, pero se notaba que sentía... lástima por mí.
Una vez que todo terminó, no me quedé a arrodillarme frente a la tumba ni solté una sola lágrima. Creo que fui la primera persona en irse de ahí. Noté la mirada de todos, pero no me importó. Me subí al auto de una vez y esperé a que mi chofer se subiera para llevarme a mi casa de una vez. Lo peor de todo es que no podía irme a acostar, pues tenía que recibir a todas las personas que iban a casa a seguir despidiendo a mis padres.
La gente empezó a llegar poco después de que yo llegara. Tuve que recibir a todos, tuve que escuchar la cantidad de pésames que todos me dedicaban, y tuve que escuchar lo increíbles que eran mis padres como personas, mientras me aguantaba las lágrimas de los ojos y el nudo en la garganta. La casa estaba repleta de personas que no quería que estuviesen allí, quería que se fueran todos de una maldita vez, pues mi cabeza iba a estallar.
Caminé hacia la cocina y me quedé allí, pues el dolor de cabeza que tenía me estaba matando, literalmente. Cerré mis ojos un momento después de sentarme y apoyé mi cabeza en mis manos. Al menos, en esa parte de la casa, había algo de paz. Permanecí así durante varios minutos, hasta que alguien me pegó un susto que casi hace que me caiga de la silla.
-Hola -me habló.
-¡Ay! -me quejé del susto, y fue allí cuando casi me caigo de la silla.
Pero, si no me caí, fue porque sus firmes brazos me retuvieron de la cintura para evitar mi caída. Cuando levanté la mirada para verlo, me encontré con los hermosos ojos marrones del chico al que había visto en el cementerio hace rato. De inmediato me embriagué con su dulce perfume, pero me sentí incómoda porque nos encontrábamos demasiado cerca. Su boca casi que estaba sobre la mía.
-Lo siento -se disculpó, alejándose un poco de mí. Me sentí un poco aturdida por el asunto-. No era mi intención asustarte, Isabella.
¿Cómo es que él sabía mi nombre?
-¿Cómo sabes mi nombre? -le pregunté.
El chico se tomó el atrevimiento de sentarse en la silla a mi lado. ¿Qué es lo que quería?
-Porque conozco a tus padres desde que soy pequeño.
Elevé las cejas.
-¿De quién eres hijo?
-Mis padres han hecho muchas negociaciones con los tuyos. Son socios muy cercanos -respondió.
-Eran, querrás decir -le corregí.
Él clavó su profunda mirada en la mía.
-Lo siento, tienes razón. Mi nombre es Nicholas Leone, Isabella. Tus padres me han hablado mucho sobre ti.
-¿Sombre mí? ¿Por qué?
-Digamos que eras su orgullo. ¿Ellos te han hablado de mí?
Hice una mueca.
-No, la verdad es que no.
-Yo seré el nuevo CEO de las empresas de tus padres, Isabella.
Elevé las cejas, sorprendida por lo que me estaba diciendo.
Pero... es que esto no podía ser real.
-¿Qué estás diciéndome? -pregunté, preocupada.
-¿Qué? ¿No te lo han dicho?
No, definitivamente nadie me había dicho nada de esto. Pero es que no podía ser real. ¿Cómo es que este desconocido iba a ser el nuevo jefe de mis empresas? Debía estar borracho.
-Discúlpame, no sé cuánto has estado bebiendo, pero estás muy equivocado si crees que serás el nuevo CEO de mis empresas. Es que esto no tiene ningún sentido.
Apenas lo conocía, y él ya me caía fatal. Encima lo dijo con una seguridad tan inquietante como molesta.
Pero él no se tomó a mal mi comentario. Al contrario, permaneció sereno y tomó su portafolios y sacó unos papeles y me los tendió para que yo los viera.
-¿Qué es esto?
-Son los papeles en los que tus padres me dejan por escrito que yo sería el jefe si ellos morían por algún motivo. En otras palabras, esto es el contrato que tus padres y yo hemos firmado cuando yo cumplí mis veinte años.
No, Dios mío, esto no podía ser real. Se suponía que yo iba a ser la nueva jefa. Se suponía que yo sería la heredera de todo esto. ¿Cómo se les ocurría a mis padres hacerme una cosa así?
-No, tus padres no te han quitado todo, si es lo que piensas. Tú seguirás teniendo todo el dinero que quieras y tendrás un puesto alto en las empresas, pero yo seré quien lidere todo.
Apoyé los papeles bruscamente sobre la mesada. Por lo poco que había leído, él tenía razón en lo que me decía, pero me negaba a creer que esto fuera verdad. Porque mis padres nunca habrían sido capaces de hacerme esto a mí.
-¿Quién te crees que eres, Nicholas? Tú no puedes ser el nuevo jefe. Estos papeles son una basura, son un fraude. Te juro que te denunciaré por haber querido estafarme con algo como esto -lo amenacé, apuntándolo con el dedo.
Lo peor de todo, es que él seguía comportándose muy sereno.
-No, Isa, él está en lo cierto -respondió mi asistente, quien aparentemente nos había estado observando desde la entrada de la cocina.
-¿Qué dices? Tú... ¿tú sabías sobre esto? -lo miré indignada-. ¡¿Cómo es esto posible?! Este hombre no puede ser el CEO de las empresas. ¡Yo soy la hija de mis padres! ¡A mí me corresponde ser el nuevo CEO!
Mi asistente se acercó a mí.
-Lo siento mucho, señorita Isabella. Yo no quise decirle nada porque era un momento muy delicado, pero el señor Nicholas Leone es el nuevo CEO de las empresas por orden de sus padres, señorita. Ese contrato y el testamento están hecho desde hace años atrás.
Me sentí traicionada. Mis padres siempre me dijeron que yo iba a ser la dueña de las empresas, pero ahora resultaba que no era así. ¿Cómo podían elegir a este desconocido como el nuevo jefe y no a su propia hija?
-¡Es que esto no puede ser!
-Señorita, a partir del lunes, usted tendrá su puesto en la empresa, pero el CEO será él. Lo siento mucho, en serio.
-No te preocupes. Escucharé todas tus opiniones, trabajaremos muy bien juntos -respondió Nicholas, regalándome una sonrisa.
¿Trabajar juntos? Ni hablar.
-¡Tú y yo no trabajaremos juntos nunca en la vida!
-El contrato dice que sí, a no ser que no quieras usar tu puesto, Isabella. En ese caso, tendré que buscar a alguien más.
-¡Ni se te ocurra, maldito...! -me callé la boca para no terminar insultándolo.
-Entonces, te veré el lunes temprano. -Cerró su maletín y se levantó de la silla para luego marcharse.