El cursor parpadeaba en la pantalla, ofreciéndome la oportunidad de escapar a Edimburgo, un mundo lejos de esta casa asfixiante y de Sofía.
Meses llevaba ignorando los comentarios que defendían ciegamente a Sofía, mientras ella me exigía sacrificar mis sueños por una promesa vacía de ir a Madrid, solo para que pudiera atender a Leo, ese parásito que siempre ponía antes que a mí.
Desde la guitarra de mi padre hecha pedazos por sus manos, mi habitación despojada de nuestro mural infantil, hasta la herida en mi sien que arruinó mis exámenes, todo fue por él, y Sofía siempre lo justificaba.
Pero el límite se quebró cuando lo encontré saliendo del baño, e Isabel, mi pequeña y dulce hermana, lloraba aterrorizada, acusándolo de haber intentado besarla a la fuerza.
La rabia me cegó, y aunque lo golpeé hasta que Sofía me detuvo, ella no vio a Isabel, solo a su preciado Leo.
Con el puño ensangrentado, la vi, arrodillada, consolando al mismo monstruo que acababa de asaltar a su hermana, mientras me miraba con reproche.
Y entonces, el mundo entero se volvió en mi contra cuando, al día siguiente, Sofía publicó un comunicado oficial, invirtiendo la historia, declarándome a mí el agresor y a Leo la víctima, para proteger su reputación.
¿Cómo pudo la persona que una vez amé, y que pintó un mural de nuestra familia entrelazada, destruirme tan completamente y mentir así?
Con el corazón hecho añicos por la traición, cogí a Isabel de la mano, y juntos, dejamos esa casa y el veneno de Sofía para siempre, buscando nuestra propia paz y un nuevo comienzo lejos de las mentiras.
El cursor parpadeaba en la pantalla, justo al final del formulario de solicitud de beca. Universidad de Edimburgo. Lo más lejos posible de aquí, de esta casa, de Sofía.
Apreté los dientes. Llevaba meses viendo estos "comentarios". Al principio pensé que me estaba volviendo loco, pero ahora eran una molesta normalidad. Una voz que siempre defendía a Sofía, sin importar lo que hiciera.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe. Era ella.
Sofía me miró con esa frialdad que la caracterizaba.
"¿Ya has rellenado la solicitud?"
No respondí. Solo la miré.
"Cámbiala," ordenó, su voz sin emoción. "Madrid. Dijiste que iríamos juntos. Es una promesa."
Antes de que pudiera decir nada, su teléfono sonó. La expresión de Sofía se suavizó al instante.
"Leo, ¿qué pasa? ¿Necesitas algo? Voy para allá ahora mismo."
Colgó y se giró hacia mí, su cara de nuevo una máscara de hielo.
"Haz lo que te he dicho."
Y se fue, dejándome solo con el eco de sus palabras.
Sacrificio. La palabra me supo a veneno en la boca.
Mi padre, un viticultor respetado, murió en el incendio que casi destruye la bodega de los Vargas. Murió intentando salvarlos a ellos, a la familia de Sofía. Como muestra de una gratitud que ahora me parecía hueca, me adoptaron.
Crecimos juntos. Pero para Sofía, yo siempre estaba en segundo plano. Primero, siempre, estaba Leo.
Cerré el portátil. Madrid. La promesa.
Mi mente voló a la romería del pueblo, justo antes de los exámenes finales. Sofía insistió en que fuéramos. Allí, en medio de la música y la gente, nos encontramos con Leo. Unos matones lo acorralaron, le reclamaban dinero.
Uno de ellos levantó una botella. Iba a estrellarla contra la cabeza de Leo.
En ese instante, sentí un empujón. Sofía me había lanzado directamente a la trayectoria del golpe.
El cristal se rompió contra mi sien. La sangre caliente me corrió por la cara. Lo siguiente que recuerdo es el dolor agudo y las luces de la consulta del médico. Necesité puntos.
Cuando pregunté por Sofía, me dijeron que se había ido con Leo.
"Tuvo un ataque de pánico," me explicó ella más tarde, sin mirarme a los ojos. "Tenía que cuidarlo."
Mi herida afectó mis exámenes. Mi futuro.
Miré la solicitud en la pantalla. Edimburgo. Madrid.
Mi dedo borró "Edimburgo" y tecleó "Madrid".
En ese momento, odié mi promesa, odié a Sofía, y sobre todo, me odié a mí mismo por seguir obedeciendo.
La vida en la casa Vargas se había vuelto un campo de minas desde la llegada de Leo. Sofía lo había apadrinado en un programa de la iglesia, un "alma perdida" que necesitaba guía. Pero yo veía la verdad.
Leo era un parásito.
Decía que había contraído una grave enfermedad infecciosa por proteger a Sofía durante una pelea en una fiesta. Una mentira conveniente que usaba para manipularla. La verdad era que Leo frecuentaba ambientes de riesgo, lugares donde se comparten más que bebidas.
Pero Sofía se lo creía todo. Se sentía en deuda.
Una tarde, volví a casa y encontré los restos de mi guitarra en el suelo del salón. Era la guitarra de mi padre, lo único de valor que me quedaba de él. Estaba hecha pedazos.
Leo estaba sentado en el sofá, mirando la televisión como si nada.
"¿Qué ha pasado?", pregunté, con la voz temblorosa de rabia.
Leo me miró con sus ojos de víctima profesional. "Me asusté. Hubo un ruido fuerte y... la tiré sin querer. Lo siento mucho, Mateo."
Sofía salió de la cocina, secándose las manos en un delantal.
"Mateo, no ha sido para tanto. Es solo una cosa material. Leo está muy sensible últimamente, su enfermedad lo debilita."
"¿Una cosa material?", repetí, incrédulo. "Era de mi padre."
"Lo sé, y lo siento," dijo ella, pero su tono era impaciente. "Pero la salud de Leo es más importante. No le presiones."
Esa noche, durante la cena, Sofía hizo un anuncio.
"Leo se va a mudar con nosotros una temporada. Su estado ha empeorado y necesita cuidados constantes."
El señor y la señora Vargas, mis padres adoptivos, asintieron desde la cabecera de la mesa. Siempre estaban de viaje de negocios, confiaban ciegamente en el juicio de su hija mayor.
Isabel, la hermana pequeña de Sofía, dejó caer el tenedor.
"¿Aquí? ¿En nuestra casa?"
"Sí, Isabel," dijo Sofía con firmeza.
Entonces Leo, con una sonrisa maliciosa, habló.
"Me gustaría la habitación de Mateo. Es la más luminosa."
Sentí un nudo en el estómago. Mi habitación. La habitación que tenía el mural que Sofía y yo pintamos juntos cuando éramos niños, un dibujo que representaba nuestras dos familias, las parras de mi padre entrelazándose con las de los Vargas.
"No", dije en voz baja. "Cualquier otra habitación."
Sofía me lanzó una mirada gélida.
"Mateo, no seas egoísta. Es por la salud de Leo."
"Pero el mural..."
"Se pinta de blanco y ya está," sentenció ella. "No es un drama."
Me levanté de la mesa, incapaz de seguir escuchando.
"Haced lo que queráis."
Mientras subía las escaleras, escuché la voz de Isabel.
"Hermana, eso no está bien. Ese mural es importante para Mateo... y para ti."
La respuesta de Sofía fue cortante.
"Tú no entiendes nada, Isabel. Cállate."