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Mi Familia Quiso Matarme

Mi Familia Quiso Matarme

Autor: : Caspian Noir
Género: Mafia
Después de tres años infiltrado en el infierno para salvar a mi país, regresaba a casa como "El Fantasma", el héroe que desmanteló a los capos más peligrosos. Soñaba con el abrazo de mi Luciana y el orgullo de mis padres. Pero al cruzar el umbral, el abrazo se convirtió en terror. Mis ojos se clavaron en el vientre abultado de Luciana, su hijo no era mío. Mi hermano Iván, machete en mano, y mis padres me recibieron con hostilidad, tildándome de criminal y vergüenza. Me ofrecieron un juego de ruleta rusa con balas reales; luego, al negarme, me apuñalaron con veneno y me ataron en la plaza pública, con un bidón de gasolina a mis pies. Mi propia familia me sentenciaba a morir quemado vivo, acusándome de ser una plaga, mientras el pueblo me arrojaba piedras y mi madre lloraba, pero por Iván, no por mí. ¿Cómo pude llegar a esto, yo, que di todo por ellos mientras ellos se aliaban con la corrupción que juré destruir? Justo cuando la antorcha ardía sobre mi destino, una voz retumbó desde los cielos. Mi comandante, en helicóptero, bajó para revelar la verdad: yo era Máximo Castillo, el héroe nacional, a punto de recibir la más alta condecoración del país. Ahora, con la verdad al descubierto y el pasado hecho cenizas, el Fantasma renace para cazar a los verdaderos monstruos.

Introducción

Después de tres años infiltrado en el infierno para salvar a mi país, regresaba a casa como "El Fantasma", el héroe que desmanteló a los capos más peligrosos. Soñaba con el abrazo de mi Luciana y el orgullo de mis padres.

Pero al cruzar el umbral, el abrazo se convirtió en terror. Mis ojos se clavaron en el vientre abultado de Luciana, su hijo no era mío.

Mi hermano Iván, machete en mano, y mis padres me recibieron con hostilidad, tildándome de criminal y vergüenza. Me ofrecieron un juego de ruleta rusa con balas reales; luego, al negarme, me apuñalaron con veneno y me ataron en la plaza pública, con un bidón de gasolina a mis pies.

Mi propia familia me sentenciaba a morir quemado vivo, acusándome de ser una plaga, mientras el pueblo me arrojaba piedras y mi madre lloraba, pero por Iván, no por mí. ¿Cómo pude llegar a esto, yo, que di todo por ellos mientras ellos se aliaban con la corrupción que juré destruir?

Justo cuando la antorcha ardía sobre mi destino, una voz retumbó desde los cielos. Mi comandante, en helicóptero, bajó para revelar la verdad: yo era Máximo Castillo, el héroe nacional, a punto de recibir la más alta condecoración del país. Ahora, con la verdad al descubierto y el pasado hecho cenizas, el Fantasma renace para cazar a los verdaderos monstruos.

Capítulo 1

Tres años. Tres años como un fantasma, infiltrado en las entrañas del infierno para que el país pudiera respirar. Mi nombre, Máximo Castillo, fue borrado, reemplazado por un alias y una lápida en mi pueblo natal. El gobierno me necesitaba, decían. Era un programa de "redención" para tipos como yo, exmiembros de cárteles de bajo rango, carne de cañón para una guerra que nadie quería pelear.

Pero yo sobreviví. No solo eso, me convertí en una leyenda, el "Fantasma" que derribó a tres capos. En mi cabeza, guardaba el premio gordo: un libro de contabilidad codificado, la llave para desmantelar toda la red de corrupción que quedaba, incluyendo a los políticos y oficiales que se ensuciaron las manos.

La misión principal había terminado. El Comandante Mateo Ríos, mi superior y el único hombre que me veía como algo más que un criminal redimido, me concedió un permiso. "Ve a casa, Máximo. Antes de la ceremonia, antes de que te convirtamos en un héroe nacional. Ve a ver a tu familia".

No esperaba una fiesta. No esperaba flores. Solo quería el abrazo de Luciana, mi esposa, y quizás una mirada de aprobación de mis padres, aunque siempre prefirieron a mi hermano mayor, Iván.

Llegué a mi pueblo al atardecer. La casa era la misma, con la pintura desconchada que prometí arreglar. Pero al verme, la reacción no fue de alegría. Fue de puro terror.

Luciana, mi Luciana, estaba en el porche. Sus ojos se abrieron como platos. Soltó un grito ahogado, un sonido que se clavó en mi pecho, y corrió adentro, cerrando la puerta con un golpe seco.

Confundido, me acerqué. La puerta se abrió de nuevo, pero no era ella. Era mi hermano, Iván. En su mano, un machete oxidado brillaba débilmente bajo la luz del crepúsculo. Detrás de él, mis padres me miraban con una mezcla de miedo y hostilidad.

"¿Qué haces aquí?", siseó Iván.

"He vuelto, hermano".

"No deberías haberlo hecho", dijo, su voz temblando, pero no de emoción, sino de rabia contenida. "Eres un fantasma. Los fantasmas traen problemas. ¡Pones en peligro a la familia!".

"El peligro ya pasó, Iván. Los derroté. A todos ellos".

Mi padre dio un paso al frente, su rostro una máscara de desprecio. "Derrotaste... ¿a quién? Eras un matón de poca monta. Un criminal. Tu muerte fue una bendición para esta familia".

Las palabras me golpearon más fuerte que cualquier bala. Miré más allá de ellos, hacia la ventana, buscando a Luciana. Y entonces la vi. Su silueta se recortó contra la luz de la sala. Y noté algo que hizo que mi sangre se helara.

Su vientre estaba abultado. Estaba embarazada.

La confusión se convirtió en una furia fría y pesada. Tres años. Habían pasado tres años. Ese hijo no era mío.

Mis ojos se clavaron en Iván. Él desvió la mirada, pero no antes de que viera un destello de triunfo culpable en sus ojos. Todo encajó en su lugar. El miedo, la hostilidad, el machete.

"La abandonaste", espetó mi madre, su voz aguda y acusadora. "La dejaste sola. ¡Iván la cuidó! ¡Él fue el hombre que tú nunca fuiste!".

Luciana apareció detrás de ellos, su rostro bañado en lágrimas, pero no de pena, sino de ira. "¡Tú nos dejaste! ¡Creímos que estabas muerto! ¿Qué esperabas, que te guardara luto para siempre? ¡Iván me dio un futuro!".

Un futuro construido sobre mi tumba. La furia me ahogaba.

"Luché por ustedes", logré decir, mi voz ronca. "Luché por este país".

"¡Mentiroso!", gritó Iván, levantando el machete. "¡Siempre has sido un egoísta! ¡Solo piensas en ti!".

Capítulo 2

Mi padre me silenció con un gesto. Se adentró en la casa y regresó con una pequeña caja de madera, una que yo reconocía. Era la caja donde guardaba sus medallas de juventud. La abrió frente a mí. Dentro, sobre un lecho de terciopelo raído, había dos balas.

"Una es de fogueo, la otra es real", dijo con una frialdad que me partió el alma. "Juega a la ruleta rusa. Si vives, te largas a la selva y no vuelves nunca más. Si mueres, nos harás un último favor".

Me quedé mirándolo, incrédulo. ¿Un favor? ¿Mi muerte era un favor?

"Es por el bien de la familia", suplicó mi madre, las lágrimas corriendo por sus mejillas. "Por tu sobrino, el nieto que viene en camino. Tu sombra no puede destruir su futuro".

La palabra "sobrino" resonó en el silencio. Me negué a tocar la caja.

"Luché para que pudieran dormir en paz. Para que este pueblo fuera seguro. El gobierno me va a condecorar. Soy un héroe".

Iván soltó una carcajada amarga y cruel. "¡Un héroe! ¿Tú? Eres un cobarde. Un matón que huyó y nos dejó con tus problemas. Si no te mataron tus enemigos, lo haremos nosotros para proteger lo nuestro".

Algo en su tono, en la mirada de mi padre, me hizo dudar. Sentí que algo estaba terriblemente mal. Con un movimiento rápido, pateé la caja. Las balas cayeron al suelo de tierra con un sonido metálico.

No rodaron. Cayeron pesadas. Las recogí. Ambas eran reales. No había fogueo. No había elección. Querían matarme desde el principio.

"Maldito seas", gruñó Iván, su rostro contorsionado por la furia de ser descubierto. "¡Eres una amenaza! ¡Arruinarás todo lo que he construido!".

"¿Construido sobre qué, Iván? ¿Sobre mentiras? ¿Sobre mi supuesta muerte?".

"¡Tú no sabes nada!", gritó. "Tengo una posición. El señor Ramírez, el político, confía en mí. Tu regreso lo complica todo".

El político local. Un hombre conocido por sus conexiones turbias. Ahora entendía. La corrupción que yo había jurado destruir tenía sus tentáculos aquí, en mi propia casa, en mi propio hermano.

"Esa información que tengo", dije, mirándolos a todos, "la que puede derribar a gente como Ramírez, traerá seguridad y prosperidad a este pueblo. A ustedes".

"¡Delirios!", gritó mi padre. "¡Mentiras! Si fueras un héroe, ¿por qué volverías solo, como un perro callejero, sin nadie que te reciba?".

Estaba harto. El dolor era tan profundo que se había convertido en un vacío helado. Di media vuelta para marcharme. No había nada que salvar aquí.

"No te irás a ninguna parte", dijo Iván.

En ese instante, las sombras del callejón cobraron vida. Varios hombres armados, sicarios, salieron de la oscuridad. Iván los había llamado. Había alertado al político corrupto.

La pelea fue brutal y corta. Mi entrenamiento se impuso. Esquivé, golpeé, desarmé. Pero eran demasiados. Mientras me defendía de uno, otro se deslizó por mi flanco. Sentí un dolor agudo y ardiente en el brazo. Un cuchillo.

Miré hacia abajo. La hoja estaba untada con una sustancia oscura y pegajosa. Reconocí el veneno al instante. Una toxina de acción lenta, una de las favoritas de los cárteles. Iván lo había planeado todo para que pareciera un ajuste de cuentas.

Mi visión empezó a nublarse. La fuerza abandonó mis piernas. Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue el rostro triunfante de mi hermano.

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